Soy Regina Reyes y Pancho Villa me ordenó defender Torreón a costa de lo que sea.

¿Cómo podría defender Torreón entero con solo dos balas?

Regina, ¿dónde estás? Vine para hacerte mí antes de ocupar Torreón.

Ni en 100 vidas ni 1000 años sería suya, coronel. Yo soy de Villa.

Hoy ocuparemos Torreón. Solo si yo lo permito.

Torreón es territorio dorado y aquí no entran los federales.

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El sol caía como bala perdida sobre Torreón cuando Regina se asomó por las puertas batientes de la estrella dorada.

Sus ojos azules escanearon la calle polvorienta, donde solo el viento bailaba con los papeles viejos.

“Pinche calor del demonio”, murmuró ajustándose el corsé que realzaba sus

curvas morenas. Las cantinas necesitaban clientes, pero los hombres andaban en la

revolución. Sus manos firmes limpiaban vasos mientras recordaba los besos

ardientes de Villa la noche anterior a su partida. “Volveré por ti, Morena.” Había

prometido el centauro entre caricias que la dejaron temblando, pero ya llevaba

dos semanas sin noticias. Y en estos tiempos de traiciones, dos semanas

podían significar una eternidad. El tequila no bastaba para ahogar esa

angustia. Los parroquianos habituales se acercaban al anochecer, vaqueros,

comerciantes y algún que otro soldado desertor. Regina sabía manejarlos con

mano firme y pistola al cinto. Aquí se respeta a la patrona. Había establecido

desde el primer día. Su belleza era letal, pero su carácter era más peligroso que una víbora del desierto.

Ningún cabrón se atrevía a propasarse. Doña Remedios, su madre, leía las cartas

del tarot en una mesa del rincón. Sus ojos antiguos veían más allá del

presente y últimamente murmuraba cosas extrañas sobre sangre y pólvora. “Mi

hija se avecina tormenta”, le había dicho esa mañana. Regina no creía en

supersticiones, pero el instinto de mujer del desierto nunca mentía. Algo

malo se cocinaba en el horizonte. Un jinete llegó a galope tendido, el

caballo espumando por el hocico. El mensajero se tambaleó al desmontar con

la camisa ensangrentada y el terror pintado en la cara. “Vill ha sido

traicionado”, gritó antes de desplomarse. Las palabras cayeron como rayo en la cantina. Regina sintió que el

mundo se venía abajo, pero su rostro permaneció sereno como piedra del

desierto. “¿Qué carajo estás diciendo?”, rugió Regina acercándose al mensajero.

El hombre, joven y tembloroso, apenas podía hablar entre jadeos. El cuervo,

Joaquín Morales, lo entregó a los federales por dinero. Villa está

prisionero en el cuartel de Saltillo. La cantina se sumió en silencio mortal.

Regina apretó los puños hasta que las uñas se clavaron en la piel. Los hombres

comenzaron a murmurar entre dientes. Algunos hablaban de huir, otros de

venganza. Pero Regina sabía que sin villa los revolucionarios eran ovejas

sin pastor. Y hay más, continuó el mensajero con voz quebrada. El coronel

Santa María viene hacia Torreón con un batallón. Dice que viene a limpiar la

región de villistas y a reclamar cierta cantinera para él. Una carcajada amarga

brotó de los labios de Regina. El coronel había estado obsesionado con

ella desde que la vio en una fiesta en Chihuahua. Sus propuestas indecentes

siempre las había rechazado con desprecio. Pero ahora con villa fuera

del juego, el maldito se sentía libre de tomar lo que quería. “Que venga el hijo

de perra”, murmuró tocando la pistola en su cadera. “Aquí lo esperamos.”

La cantina se vació rápidamente. Los hombres sabían que enfrentar a los federales era suicidio. “Cobardes!”, les

gritó Regina, pero entendía su miedo. Familias que proteger, vidas que

preservar. Solo quedaron ella, doña Remedios y Paco, el cantinero manco que

había perdido la mano peleando con Villa. “Patrona,” dijo Paco, “deberíamos

largarnos. No hay honor en morir por terquedad. huir como rata asustada. Regina se

sirvió un tequila doble y lo bebió de un trago. El licor quemó su garganta como

la ira quemaba su corazón. Esta cantina la levanté con mis manos, con mi sudor y

mi sangre. Ni el diablo mismo me va a correr de aquí. Sus ojos azules

brillaron con determinación feroz. La morena no conocía el significado de la

palabra rendición. Doña Remedio se acercó lentamente, sus guaraches

arrastrándose por el piso de madera. Mi hija, hay cosas que no sabes de

nuestra familia, secretos que guardé esperando este momento. De entre sus

ropajes sacó una pistola antigua con cachas de plata labrada y grabados

extraños. Esta arma perteneció a tu bisabuela, una bruja que enfrentó a los

apaches con solo dos balas especiales. Regina tomó la pistola sintiendo un peso

extraño, como si el arma tuviera vida propia. “¿Dos balas nada más?”, preguntó

extrañada. “Son balas bendecidas por las brujas del desierto”, explicó la anciana.

Una para la justicia, otra para el amor, pero debes usarla sabiamente porque

después solo tendrás tu valor y tu astucia. La joven sintió un escalofrío recorrer

su espina dorsal. ¿Crees en esas tonterías, mamá? Regina examinó las

balas. Tenían símbolos grabados que parecían moverse bajo la luz de las velas.