Por defenderse de una tentativa de violación, Rosa Bobadilla fue enviada a

prisión por 3 años. 3 años encerrada por el crimen de no dejarse violar. Pero

cuando salió de esa celda en 1913, México ya no era el mismo país y Rosa

tampoco era la misma mujer. Peleó en 168 combates, comandó un pelotón entero, le

dio órdenes a generales. Emiliano Zapata la nombró coronela personalmente. ¿Cómo

es posible que la mujer que salvaría pueblos enteros fuera castigada por salvar su propia vida? ¿Qué tiene que

pasar en la mente de una persona para que 3 años de injusticia la conviertan

en una de las guerreras más temidas de México? Esta es la historia de Rosa

Bobadilla. Tú estás escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde qué

ciudad nos estás oyendo. Dale like al video y ahora sí, vamos a comenzar. Y

todo comenzó con un disparo que ella nunca debió haber hecho. O tal vez sí,

en las montañas del Estado de México, donde la niebla se enreda entre los pinos como fantasmas de la historia,

nació una mujer que haría temblar a los federales. Su nombre era Rosa Bobadilla.

Y lo que nadie sabía entonces es que esa niña de Capuloac llevaría dos pistolas

en la cintura hasta el día de su muerte, a los 77 años de edad. Pero esta

historia no comienza con su nacimiento, comienza con un disparo en la noche, con

sangre derramada en el polvo de un camino y con una viuda que decidió que

nunca más un hombre la tocaría sin su permiso. Era febrero de 1910 y México

estaba a punto de estallar. Don Porfirio Díaz llevaba más de 30 años en el poder

y el país entero era como un barril de pólvora esperando la chispa. Pero en

Santiago Tianguistenco, donde Rosa vivía después de enviudar, la gente todavía no

hablaba de revolución. Hablaban de cosechas, de lluvias, de santos y de

muertos. Y hablaban en voz baja de la viuda Bobadilla, esa mujer que caminaba

sola por las calles con la cabeza en alto, como si no le importara lo que dijeran las lenguas venenosas del

pueblo. Rosa tenía 33 años cuando mataron a su esposo. Severiano Casas no

era un hombre cualquiera. Su padre había sido general en las fuerzas de Juárez.

Había peleado contra los franceses, había conocido el sabor amargo de la guerra y el sabor más amargo todavía de

la victoria que nunca llega completa. Severiano heredó ese orgullo, esa

rectitud y también heredó una enfermedad que se lo llevó lentamente,

consumiéndolo como vela que se derrite gota a gota. Cuando finalmente murió en

1907, dejó un testamento. Ese documento todavía existe, guardado en los archivos

de Toluca, amarillento y frágil, pero con cada palabra clara como el día en que fue escrito. En ese testamento,

Severiano dejó todo a Rosa, la casa, las tierras, el dinero que había ahorrado de

su trabajo como arriero y comerciante y le dejó algo más, una pistola española

calibre 44 con cachas de nar y el peso justo para que una mano de mujer pudiera

sostenerla sin temblar. Rosa aprendió a usar esa pistola no

porque pensara que la necesitaría, sino porque Severiano se lo había pedido

antes de morir con esa voz que ya era apenas un susurro. Aprende a defenderte,

mi rosa, porque cuando yo no esté, este mundo no va a ser amable contigo. Y

tenía razón, el mundo no fue amable. Los primeros meses de viudez fueron duros

pero soportables. Rosa tenía dos hijos pequeños que alimentar, una casa que mantener,

tierras que trabajar. Se levantaba antes del amanecer, cuando el cielo todavía

era del color de la obsidiana y trabajaba hasta que la oscuridad la obligaba a detenerse. Las mujeres del

pueblo la miraban con una mezcla de respeto y desconfianza. Una viuda sola,

joven todavía, con dinero propio. Era peligrosa, no para ellas, sino para el

orden establecido de las cosas, para esa cadena invisible que mantenía a cada

mujer en su lugar designado. Primero hija, luego esposa, luego madre, siempre

bajo la sombra protectora y asfixiante de un hombre. Pero Rosa no buscaba

sombra. Había crecido bajo el sol de Capuluac en una familia que comerciaba,

que viajaba, que sabía leer y escribir en tiempos en que la mayoría de la gente

moría sin conocer más palabras que las del Padre Nuestro. Su padre le había

enseñado a hacer cuentas, a negociar, a no bajar la mirada ante nadie. y su

madre, su madre le había enseñado algo todavía más valioso, que el silencio de

una mujer no siempre es su misión, a veces es estrategia, a veces es la calma

antes de la tormenta. Había una cantina en Santiago Tianguistenco, donde los

hombres bebían pulque y contaban mentiras sobre su valentía. Era un lugar

de polvo y penumbra donde el olor del alcohol se mezclaba con el sudor y el tabaco. Una noche de febrero, cuando el

aire todavía tenía ese frío que corta la piel como navaja, un hombre salió de esa

cantina tambaleándose. Se llamaba, bueno, su nombre no importa.

La historia lo olvidó. Como olvida a todos los hombres que confunden el poder

con el derecho, lo que importa es lo que hizo. Vio a Rosa cruzar la calle. Iba

sola, como siempre caminaba desde que enviudó, con su reboso negro cubriendo los hombros y su mirada fija en el

camino que la llevaría de vuelta a casa. El hombre la había estado observando

durante semanas, durante meses tal vez, la había visto en la iglesia, en el

mercado, caminando junto a la asequia con sus hijos, y en su mente retorcida

por el alcohol y por algo más oscuro que el alcohol, había llegado a creer que esa mujer le pertenecía, que por ser

viuda, por estar sola, estaba disponible como si el luto fuera una invitación.

se acercó. Rosa escuchó los pasos detrás de ella y apresuró el paso. Conocía ese

sonido, esa cadencia irregular del hombre borracho y conocía también el

peligro que traía consigo. Pero el hombre fue más rápido, le bloqueó el