Era julio de 1945 y el calor en la isla de Luzón,

Filipinas, era tan brutal que hasta los hombres más curtidos sentían como el

aire ardiente les quemaba los pulmones con cada respiración. El sol del

Pacífico golpeaba sin piedad sobre la pista de aterrizaje de la base aérea de

Porc, donde los pilotos del escuadrón 2011 de la Fuerza Aérea Expedicionaria

Mexicana esperaban con impaciencia poder subir nuevamente a sus aviones, pero

había un problema que ninguno de ellos había anticipado cuando dejaron México

meses atrás, un problema que amenazaba con paralizar por completo las

operaciones de combate de las Águilas Aztecas en el momento más crítico de la guerra contra Japón. Los poderosos

Republic P47 Thunderbolt, esos gigantes de acero que pesaban casi 7 toneladas y

que habían sido asignados a los mexicanos, permanecían en tierra inmóviles como dinosaurios varados en la

selva filipina. Los motores Prat and Whdney R2800

Double Wasp, maravillas de la ingeniería norteamericana, con 18 cilindros capaces

de generar más de 2000 caballos de fuerza, se negaban a encender y cuando

finalmente lo hacían, después de incontables intentos y litros de sudor

derramados por los mecánicos estadounidenses, funcionaban de manera irregular, tosiendo y escupiéndose como

ancianos enfermos, perdiendo potencia justo cuando los pilotos necesitaban

toda la fuerza disponible para despegar con las bombas y municiones que

llevarían contra las posiciones japonesas en la isla. Los oficiales norteamericanos

estaban desconcertados. Habían revisado cada componente, cada línea de combustible, cada bujía y cada válvula.

Pero el problema persistía como un fantasma mecánico que se burlaba de todos sus conocimientos técnicos. Los

manuales de mantenimiento, esos gruesos volúmenes escritos por ingenieros de la

Republic Aviation Corporation no ofrecían ninguna respuesta satisfactoria

para lo que estaba ocurriendo. Los Thunderball que volaban sin problemas en Europa, donde el escuadrón 2011 había

entrenado durante meses en el frío de Texas, ahora parecían rechazar el clima

tropical del Pacífico, como si fueran caballos salvajes, negándose a ser

domados. Cada día que pasaba sin poder volar era un día perdido en la campaña

de liberación de Filipinas, un día más en que las tropas aliadas en tierra

seguían enfrentando la feroz resistencia japonesa sin el apoyo aéreo que

desesperadamente necesitaban. El capitán radamés Gaxiola Andrade,

comandante del escuadrón 2011, sentía la presión como un peso físico sobre sus

hombros. Había prometido al general Douglas Macartrhur que los mexicanos

demostrarían su valía en combate, que México no había enviado a sus mejores pilotos hasta el otro lado del mundo

para quedarse en tierra mientras otros libraban la batalla final contra el imperio japonés. Fue entonces cuando

apareció en escena un hombre que nadie habría imaginado como el salvador de la

situación. Su nombre era José de Jesús Sánchez Morales, pero todos en el

escuadrón lo conocían simplemente como Chucho. No era un ingeniero aeronáutico

graduado de alguna prestigiosa universidad, ni un oficial de alto rango con décadas de experiencia en la

aviación militar. Era un mecánico de aviación con el rango de sargento, un

hombre que había crecido en el campo mexicano en una pequeña comunidad de Jalisco, donde había aprendido desde

niño que cuando algo se rompe no se tiene el lujo de llamar a un especialista o esperar repuestos que

tardarían semanas en llegar. Chucho había aprendido a arreglar tractores con

alambre y ingenio, a hacer que motores desgastados cobraran vida nuevamente con

ajustes que ningún manual habría recomendado, a encontrar soluciones

donde otros solo veían problemas imposibles. Sus manos callosas, curtidas

por años de trabajo duro, conocían el lenguaje secreto de las máquinas, ese

diálogo íntimo entre el metal y el aceite, entre la mecánica y el instinto.

Mientras los técnicos estadounidenses seguían consultando sus manuales y diagramas, buscando respuestas en la

teoría, Chucho se acercó a uno de los Thunderbolt silenciosos y comenzó a

observarlo de una manera diferente. No miraba el avión como una compleja máquina de guerra diseñada por

ingenieros sofisticados, sino como un ser vivo que estaba tratando de

comunicar su malestar. Se arrodilló junto al motor, colocó su

oreja cerca de las placas de metal, escuchando atentamente como si el avión

pudiera susurrarle sus secretos. Los demás mecánicos lo observaban con una

mezcla de curiosidad y escepticismo, preguntándose qué podría descubrir este

mexicano que ellos con todo su entrenamiento formal no habían podido

encontrar. Pero Chucho no prestaba atención a las miradas ni a los

murmullos. estaba completamente concentrado, con los ojos entrecerrados

bajo el sol implacable, las manos explorando cada tubería, cada conexión,

cada superficie del motor que se negaba a funcionar correctamente. Pasaron las

horas y Chucho continuaba su examen meticuloso, deteniéndose de vez en

cuando para pensar, para conectar observaciones que hacía, para construir

en su mente una imagen completa de lo que estaba sucediendo dentro de ese laberinto de pistones y válvulas.

Finalmente, cuando el sol comenzaba a descender hacia el horizonte, pintando

el cielo filipino con tonos naranjas y púrpuras que contrastaban brutalmente

con la verde intensidad de la selva circundante, Chucho se puso de pie y anunció con una

tranquilidad que sorprendió a todos que había encontrado el problema. No era una

falla mecánica en el sentido tradicional”, explicó con palabras sencillas pero precisas. No había una

pieza rota que necesitara ser reemplazada ni un componente defectuoso

que hubiera salido mal de la fábrica. El problema era mucho más sutil y al mismo