en la oscuridad sofocante de la selva filipina, donde la humedad se pega a la

piel como una segunda capa y el aire huele a tierra mojada y vegetación

podrida. Un joven mexicano llamado Alberto Mendoza se encuentra agazapado

detrás de un árbol caído con el corazón latiéndole tan fuerte que teme que el

enemigo pueda escucharlo. No es piloto. ¿No viste el uniforme del legendario

Escuadrón 2011? Esas águilas aztecas que surcan los cielos de Luzón en sus

poderosos P47 Thunderbolts? Alberto es algo mucho más humilde, algo que para

muchos resultaría invisible en la narrativa heroica de la guerra.

Es un campesino de Jalisco que se unió al ejército estadounidense a través del

programa brasero, buscando una oportunidad de alimentar a su familia y

sin saberlo terminó escribiendo su nombre en una de las páginas más

extraordinarias de la participación mexicana en la Segunda Guerra Mundial.

Su historia comienza no con bombas cayendo del cielo ni con motores rugiendo sobre el Pacífico, sino con las

manos callosas de un hombre que trabajaba la tierra bajo el sol implacable de los Altos. Un hombre que

conocía cada surco de su milpa, como conocía las líneas de su propia palma. Y

ahora, en mayo de 1945 se encuentra a miles de kilómetros de

casa, en un lugar donde la muerte acecha detrás de cada elcho gigante y cada enredadera colgante.

Para entender cómo Alberto llegó hasta aquí, debemos remontarnos tres años atrás, a aquellos días oscuros de mayo

de 1942, cuando dos barcos petroleros mexicanos, el potrero del llano y el faja de oro,

fueron hundidos por torpedos alemanes en aguas del Golfo de México. Aquellos ataques cobardes que costaron la vida a

docenas de marineros mexicanos encendieron la llama del patriotismo en todo el país. El presidente Manuel Ávila

Camacho, tras exigir reparaciones que Alemania e Italia se negaron a pagar, no

tuvo más opción que declarar la guerra al eje el 22 de mayo de 1942.

México, ese país que apenas dos décadas antes había sangrado en su propia

revolución. Ese pueblo que conocía el dolor de la guerra civil y la lucha por

la justicia, ahora se encontraba frente a un enemigo global, frente a la

maquinaria de odio y destrucción que amenazaba consumir al mundo entero en la

oscuridad. La respuesta del pueblo mexicano fue inmediata y conmovedora.

Miles de jóvenes se presentaron como voluntarios, ansiosos por defender no

solo a México, sino los valores de libertad y dignidad que el fascismo

buscaba aniquilar. Entre esos voluntarios estaban los pilotos que

formarían el escuadrón 2011, 300 hombres seleccionados de entre miles, los

mejores de los mejores, quienes entrenarían en suelo estadounidense para

dominar el arte mortal del combate aéreo. Pero la historia de México en la

guerra no se escribió solo en los cielos. Mientras el Escuadrón 2011

aprendía a volar los temibles P47 Thunderbolts en campos de entrenamiento

de Texas, mientras dominaban las tácticas de ataque rasante y bombardeo de precisión, miles de mexicanos

cruzaban la frontera hacia el norte. llegaban como parte del programa brasero, un acuerdo entre México y

Estados Unidos que buscaba llenar el vacío laboral dejado por los millones de

estadounidenses que habían partido hacia los frentes de batalla. Alberto Mendoza

fue uno de esos braseros, aunque su destino tomaría un giro que nadie

hubiera podido predecir. A sus 24 años, Alberto era un hombre delgado, pero

fuerte. con manos que conocían el peso del arado y ojos que habían visto

demasiadas cosechas perdidas, demasiadas sequías. Había visto demasiados hermanos menores

con el estómago vacío. Cuando escuchó sobre el programa brasero, vio una oportunidad que no

podía desperdiciar. Su esposa, María, estaba embarazada de

su segundo hijo y los campos de Jalisco no daban para alimentar bocas adicionales.

Estados Unidos necesitaba trabajadores, pagaba en dólares y prometía condiciones

dignas. Era una oportunidad que brillaba como oro en medio de la pobreza del

campo mexicano. Alberto llegó a California en el verano de 1942

junto con cientos de otros mexicanos que compartían sus esperanzas y sus miedos.

Trabajó en los campos de algodón bajo el sol abrasador, en las huertas de naranjas, donde el aroma cítrico se

mezclaba con el sudor y el cansancio. Trabajó en las granjas, donde el trabajo

era duro, pero el pago era justo. Cada dólar que ganaba lo enviaba de vuelta a

María, imaginando su sonrisa al recibir el giro, imaginando a sus hijos con

zapatos nuevos y tortillas frescas en la mesa. Pero había algo en Alberto que lo

distinguía de muchos otros braceros, algo que lo hacía inquieto bajo el cielo estrellado de California cuando

terminaba su jornada y se sentaba a fumar un cigarrillo junto a las barracas de los trabajadores. Era un sentimiento

que no podía nombrar fácilmente, una especie de llamado que resonaba en lo

profundo de su pecho cada vez que escuchaba las noticias de la guerra en la radio, cada vez que veía pasar los

convoyes militares por las carreteras, cada vez que leía en los periódicos

viejos sobre las batallas que se libraban en Europa y el Pacífico, Alberto sentía que debía hacer algo más,

que su contribución no podía limitar. arse a cosechar algodón mientras el mundo ardía. En marzo de 1943,

cuando los reclutadores del ejército estadounidense llegaron a los campos de California buscando voluntarios, Alberto

fue uno de los primeros en presentarse. No hablaba inglés con fluidez, apenas

podía mantener una conversación básica, pero su determinación era clara en cada

gesto. era clara en cada palabra entrecortada que pronunciaba. Los reclutadores vieron