
La monja Roberta despertó con el sabor amargo del té de Dios todavía en la lengua. La celda giraba, las paredes de
adobe se desdibujaban. Intentó levantarse, pero sus piernas no
respondieron. Miró hacia abajo, su hábito negro rasgado hasta la cintura,
manchas oscuras que no eran tierra. El crucifijo en la pared la observaba con
ojos de plata muerta. Recordó la taza de porcelana blanca con la cruz dorada, las
palabras del obispo Magno López susurrándole que era bendición divina,
el líquido espeso bajando por su garganta. Ahora sabía la verdad. Dios no
había estado en esa taza. Se arrastró hasta la puerta, cada movimiento arrancándole gemidos. El convento de San
Pedro de las colonias dormía bajo luna llena de septiembre, cómplice de secretos que nadie pronunciaba. Dejó el
hábito manchado sobre el altar de la capilla pequeña, acusación muda que
gritaba más fuerte que cualquier palabra. Salió descalza hacia la noche del desierto de Chihuahua, donde el
viento soplaba frío entre mezquites retorcidos. Caminó tres días por la Sierra Madre, bebiendo de arroyos secos,
comiendo tunas que le desgarraban las manos. El cuarto día cayó sobre tierra
roja. Escuchó cascos aproximándose. Levantó la vista. Hombres armados con
cananas cruzadas, sombreros tejanos manchados de polvo, rifles terciados.
Uno desmontó con movimiento fluido. Era Tomás Urbina, dorado de la división del
norte. ¿Estás herida, muchacha?”, preguntó con voz ronca. Roberta negó con
la cabeza, aunque mentía. Necesito ver a Pancho Villa. Urbina intercambió miradas
con los otros dorados, hombres que raramente mostraban expresión alguna.
“El centauro está en Parral. ¿Por qué una muchacha como tú necesita ver al
general? Porque hubo un crimen, porque hubo injusticia y porque me dijeron que
Pancho Villa odia a los padres corruptos que violan en nombre de Dios. El
silencio cayó denso como plomo. Urbina asintió lento, montó su caballo y
extendió la mano. Sube, muchacha. Si lo que dices es verdad, el general va a
querer escucharte. Y si mientes, que Dios te ampare, porque Villa no perdona
mentiras sobre curas. Dos horas después llegaron al campamento villista en un
valle escondido. Carpas de lona raída, fogatas donde soldaderas preparaban
frijoles, hombres limpiando rifles. Y en el centro, sentado en un tronco junto a
una fogata, estaba él. Pancho Villa no era el más alto ni corpulento, pero
cuando levantó la vista, Roberta sintió ese peso de presencia que tienen los
hombres, que han decidido quién vive y quién muere demasiadas veces. 36 años,
pero aparentaba más. Rostro curtido por sol del desierto, bigote espeso. No
tenía copa de tequila ni cigarro porque Villa no bebía alcohol ni fumaba. Junto
a él estaba Rodolfo Fierro, el carnicero, hombre delgado de ojos fríos,
que limpiaba su pistola. Colt. ¿Quién es?, preguntó Villa. Dice que hubo un
crimen, respondió Urbina. Villa entrecerró los ojos, estudiando a
Roberta con intensidad. Acércate. Roberta caminó hasta quedar frente al
centauro. Se arrodilló porque sus piernas no aguantaban más y comenzó a
hablar. Mi nombre es Roberta. Era hermana Roberta del convento de San
Pedro de las colonias. Hace 4 días el obispo Magno López me llamó a su cámara
después de vísperas. Dijo que tenía una bendición especial, algo que Dios le
había revelado. Me sirvió una taza de té que llamó el té de Dios. Lo bebí porque
era un obispo, mi general. Desperté horas después en mi celda. Mi hábito
estaba rasgado, mi cuerpo estaba La frase murió, pero Villa levantó una
mano. No necesitas decir más, muchacha. Entiendo lo que ese hijo de perra te
hizo. El campamento enmudecío. Fierro había dejado de limpiar su pistola y
miraba a Roberta con reconocimiento en esos ojos habitualmente vacíos. Villa se
puso de pie, le puso una mano en el hombro con gentileza brutal. Levántate,
Roberta. Aquí nadie se arrodilla, excepto para apuntar rifles. Volteó
hacia Fierro. Prepara los caballos. Llevamos cinco hombres. Esto es trabajo
quirúrgico, no batalla campal. ¿Vas a ayudarme?, preguntó Roberta. No voy a
ayudarte, muchacha. Voy a hacer justicia. Y hay diferencia. La justicia
no pregunta, no negocia, no perdona. se dio vuelta hacia el campamento y su voz
retumbó. Vamos a San Pedro de las colonias. Vamos a visitar a un hombre de Dios que profanó lo sagrado y cuando
volvamos, ese obispo ya no estará sentado en su trono dorado. Fierro
regresó con seis caballos, incluyendo siete leguas, el legendario corsel de
Villa. ” ¿La muchacha viene con nosotros?”,
preguntó Fierro. Viene, tiene derecho a ver cómo la justicia se cumple. Roberta
montó con torpeza, pero se aferró a las riendas con determinación. Los seis
jinetes partieron cuando apareció la primera estrella, galopando hacia sur por caminos secretos. Villa cabalgaba
adelante y en su mente ya trazaba el plan exacto de cómo haría pagar a obispo
Magno López cada gota de veneno servida, cada mentira susurrada, cada violación
cometida bajo falso manto de bendición divina. La cabalgata nocturna duró dos
días atravesando territorio hostil. Villa conocía cada arroyo seco, cada
cañón escondido donde refugiarse cuando aviones huertistas sobrevolaban. Durante
la primera noche, acampados en una depresión rocosa, Villa se sentó junto a
Roberta. Necesito que me cuentes todo. Todo lo que recuerdas del convento, del
obispo, de cualquier otra muchacha que sepas. Sufrió lo mismo. Roberta miró las
llamas. Más fácil hablar sin encontrar esos ojos. El obispo Magno López llegó
hace 8 años con reputación de santo. Al principio todo parecía normal, pero
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