A las 6:15 de la mañana del 30 de noviembre de 1939, el bosque helado de Colá estaba en

silencio. La nieve caía en copos finos, casi imperceptibles, amortiguando el

sonido de la guerra que recién comenzaba. En ese silencio absoluto, un hombre pequeño, apenas 1,60,

se agachaba detrás de un montículo blanco con el aliento contenido dentro de su boca llena de nieve. Su nombre era

Simo. Jaija. un granjero finlandés de 33 años que había dejado atrás su granja,

su perro y sus armas de casa para servir como francotirador voluntario en la

guerra de invierno. Frente a él, más allá de las líneas de árboles, se movía

un ejército entero. Miles de soldados soviéticos cruzaban la frontera con uniformes oscuros que contrastaban

brutalmente contra la nieve pura. Venían confiados. Stalin les había prometido

una campaña fácil. Finlandia caería en dos semanas, pero los soviéticos no

conocían el bosque, no conocían el frío y, sobre todo, no conocían a Simo Hai.

Su rifle Mossin Nagant M28, sin mira telescópica, descansaba sobre una capa

de nieve endurecida. Mientras otros francotiradores soviéticos usaban ópticas brillantes, Simo confiaba en

miras de hierro simples pero seguras. Sabía que el reflejo de una lente bajo

el sol invernal era una sentencia de muerte. También sabía que el vapor del aliento podía delatar su posición, así

que llenaba su boca de nieve antes de disparar. Ese era su truco, no era tecnología, era instinto. A 100 m frente

a él, tres figuras se movían torpemente en la blancura. Soldados del Ejército

Rojo, jóvenes y pesadamente abrigados, avanzaban sin cobertura. Cimo apuntó con

calma. No respiraba, no temblaba, solo observaba. Su dedo presionó el gatillo

con la misma precisión con la que un agricultor corta el trigo maduro. Bang.

El primero cayó, el segundo se agachó confundido, buscando un enemigo que no

podía ver. Bang! Otro cuerpo sobre la nieve. El tercero comenzó a correr. Simo

esperó. Calculó el ritmo del paso, el balanceo del arma, la dirección del viento. Bang! Tres disparos, tres

muertes, ni un sonido más. En la tarde los soviéticos regresaron con refuerzos.

Creían que se enfrentaban a una unidad entera de tiradores. En realidad seguían

combatiendo contra un solo hombre. Cada noche Simo cambiaba de posición. Se

enterraba en la nieve, cubría su rastro con ramas congeladas. Durante el día

cazaba hombres con la misma paciencia con la que cazaba alces en su juventud.

Su comandante, el teniente Arne Yutilinen, apodado el terror de cola,

observaba con incredulidad los informes. En una sola semana, Aa había confirmado

25 bajas soviéticas. No usaba prismáticos, no tenía radio y su

camuflaje era apenas una sábana blanca sobre su abrigo de lana, pero su puntería era sobrenatural. Un

francotirador promedio necesitaba tres disparos para asegurar una baja. Simo

rara vez fallaba el primero. Los rumores empezaron a circular entre las tropas

finlandesas. Dicen que hay un granjero en Koyá que dispara más rápido que la

muerte. No es humano, respondían otros. Es el espíritu del invierno. Mientras

tanto, en el cuartel soviético del Eningrado, los informes eran alarmantes.

Un solo tirador había paralizado el avance de todo un batallón. Los hombres se negaban a avanzar sin cobertura de

artillería. Algunos juraban haber visto fantasmas blancos moviéndose entre los

pinos. Stalin, furioso, ordenó enviar francotiradores de élite para cazar a

ese misterioso enemigo al que los soldados rusos llamaban

la muerte blanca. El primer intento fue un desastre. Un tirador soviético,

Vasili Ivanov, llegó al frente con un SVT40 con mira telescópica. Pasó dos

días buscando cualquier rastro del finlandés. En la mañana del tercero vio una sombra blanca a 200 m. apuntó,

contuvo la respiración y sintió el impacto antes de oír el disparo. La bala de Jaijaha le había

atravesado la cabeza justo por debajo del visor. Los soviéticos comenzaron a

cambiar de táctica. Empezaron a usar artillería pesada para saturar las zonas donde creían que se escondía el enemigo

invisible. Bombardearon bosques enteros, destruyeron aldeas, quemaron kilómetros

de tundra, pero Simo seguía allí. Imperturbable, silencioso, imposible de

encontrar. Cada noche, al regresar a su trinchera, limpiaba el rifle con

meticulosidad, ajustaba la mira de hierro, medía la distancia de su próximo punto de

observación y se sentaba frente a una pequeña fogata apagada. En su libreta

marcaba los días y las bajas confirmadas. Después de las primeras tres semanas, el número ascendía a 138,

pero para él no era una competencia. Simo Jaija no era un asesino, era un

campesino que defendía su tierra. Cada vez que apretaba el gatillo, recordaba

los campos nevados donde había crecido, el olor del pan de centeno que su madre horneaba, el sonido de su perro ladrando

al amanecer. Para él la guerra no era gloria, era supervivencia. En el

horizonte, las auroras boreales ceñían el cielo de verde y púrpura. Simo

levantó la vista observando como las luces danzaban sobre el campo de batalla. Mañana volverán”, murmuró y

volvió a llenar su boca con nieve. El amanecer del 12 de diciembre de 19v

trajo un silencio irreal. Las temperaturas descendieron a 40ºC,

un frío tan profundo que el metal del rifle quemaba la piel al contacto. Los

soviéticos habían detenido su avance durante la noche. Sus motores se congelaban, las armas no disparaban y

los soldados morían en sus propias trincheras, abrazados para no dormir. Sin embargo, Simo Mohaij seguía allí,

moviéndose entre la nieve con la precisión de un animal del bosque. Su rutina era inhumana. 4 horas de sueño,

20 de vigilancia. No hablaba con nadie, salvo cuando recibía órdenes breves del teniente Yutinen. Dormía con el rifle en

los brazos, envuelto en un abrigo que olía a humo y pólvora. Su piel estaba