No me lleves al orfanato, por favor. Después de que su madre murió sobre una

estera, huyó con hambre, miedo y dos trapos viejos en la mochila.

Dormía en el suelo, corría de los guardias, comía de la basura, hasta que un día entre botellas y restos podridos,

escuchó un llanto. ¿Quién te dejó aquí, pequeña? Era un bebé frágil, abandonada. Amamaca

la acogió. La llamó Chimamanda. Pero años después, en medio del mercado, un

millonario miró a la niña, palideció y susurró, “Ese collar era de mi hija.”

[Música]

[Aplausos] [Música] El sol apenas se había levantado sobre

la aldea empapada de barro cuando ya estaba de pie, equilibrando una vieja

palangana en la cabeza y pateando la puerta de madera con el pie descalzo.

“¡Mamá, me voy ahora! La gente del basural llega temprano”, gritó intentando no despertar a las ranas que

vivían en el balde del baño. Adentro, mamá haca toscía seco, encogida sobre la

estera, con un paño caliente envuelto en el tobillo infectado. Su casa, si es que

podía llamarse así, era una mezcla de pedazos de zin, plásticos negros y

madera podrida. Cuando llovía, parecía que el cielo se había roto. El agua entraba por todos

lados y el suelo se volvía barro. barro que muchas veces servía de almohada improvisada cuando el colchón

estaba demasiado empapado. “Esta casa es como mi marido, solo aparece cuando llueve”, decía mamá Amaca con una risa

cansada, recordando al hombre que las había abandonado cuando la hija aún usaba pañales. Amakaca tenía solo 12

años, pero hablaba como quien ya había vivido 70. Sus ojos eran grandes, no de

miedo, sino de quien observaba todo. Soñaba con ser abogada, de esas que

aparecen en la televisión gritando protesto su señoría, y usando peluca,

aunque nadie supiera para qué servía esa peluca. En la pared de sin de la casa

había pegado con saliva y esperanza una hoja arrancada de revista con la imagen

de una mujer de traje sosteniendo una balanza de la justicia. Esa soy yo,” decía. Aunque la mujer

fuera blanca, rubia y con unos tacones más altos que el cuello de una gallina.

Pero la escuela, que era su templo, empezó a parecer cada vez más distante.

La mensualidad era baja, unos 800 nairas, pero para quien no tenía ni

dinero para comprar jabón, aquello parecía el precio de un avión. Y con la

enfermedad de la madre, todo se volvió más pesado. Primero fue una tos, después

una herida en la pierna que se hinchó como una pelota de fútbol. Es solo picadura de mosquito, va a

pasar, decía Mamaca. Pero no pasó. La pierna se calentó, se puso roja y luego

negra en las puntas. Era como si la pobreza hubiera decidido mudarse allí

para siempre. La escuela entonces se volvió lujo. Amakaca cambió los libros por una bolsa

plástica y empezó a caminar con las mujeres del basural, aprendiendo a identificar metal bueno para vender

plástico, que aún servía y el olor de una sobra de comida que no mataba. Solo

tumbaba a uno o dos por semana. Reía cuando alguien se quejaba del olor.

“Huele a dinero”, decía agitando una botella de vidrio llena de hormigas muertas. Mi hija, aún eres una niña,

deja eso para mí”, decía la madre con los ojos hundidos de fiebre y culpa.

Pero amaca sacudía la cabeza. Si no voy yo, ¿quién va? Dios. Hasta

Dios, si pasa por aquí, va a querer saltar este pantano. Y salía corriendo con los pies

agrietados, el estómago rugiendo, pero con una terquedad en el pecho, que ni

tres inundaciones arrancaban. Lo que más le dolía no era el hambre, ni la sed, ni el peso del saco de basura

que parecía doblarse cada día. Era escuchar desde la ventana de la escuela

las voces de sus compañeros leyendo en voz alta. La

la es de Juan gritaban y ella repetía por dentro moviendo los labios con los

ojos empañados porque en el fondo aún era una niña, una niña que quería

escribir abogada como profesión en el formulario escolar y no recogedora de

dinero reciclable. A veces, cuando volvía con las manos sucias y los ojos ardiendo de humo del

basural, se sentaba al lado de la madre y decía, “Mamá, un día voy a tener

dinero de verdad, no de botella PET, sino de papel de tarjeta de esos que los políticos cargan hasta en el bolsillo

del pantalón de dormir.” La madre reía, apretaba su mano flaca y

decía, “Solo no dejes que el corazón se endurezca, porque si se endurece, ni con

todo el dinero del mundo podrás comprarlo de vuelta.” Y así pasaban los días. Pobreza como compañía constante,

enfermedad como vecina silenciosa y la esperanza, ah, esa era la más terca de

todas. dormía en la misma estera mojada que hamaca y despertaba con ella cada

santo día, golpeando en el pecho de la niña y susurrando, “Aún no se ha

acabado.” El día en que Mama Amaca partió fue el más silencioso que el pantano conoció.

Ni las ranas croaron, ni el viento silvó entre las rendijas del techo de Zink.

Solo Amaca, sentada al lado del cuerpo flaco y frío de su madre, sostenía su

mano ya sin vida, los ojos vacíos como si el mundo se hubiera detenido. El

cuerpo fue enterrado allí mismo detrás del barracón, envuelto en una sábana

limpia, la única que tenían. No hubo velas ni oraciones bonitas, solo una

promesa susurrada entre lágrimas. Voy a sobrevivir, mamá, por ti. Con la muerte

de mamá, los vecinos que antes solo murmuraban, ahora hablaban abiertamente.

Esa niña no puede quedarse sola. Al día siguiente, la directora de la escuela, doña Ofon, la mandó llamar. Amaca, hija

mía, ya no tienes a nadie, ¿verdad? Amamaca solo bajó los ojos.

Entonces, lamentablemente tendremos que notificar a la asistencia social. Ellos

se encargarán de ti. Te mandarán a un orfanato. Es lo mejor.

Lo mejor. Amakaca ya había escuchado historias de esos orfanatos del gobierno. Niños durmiendo en el suelo

frío, recibiendo golpes por comer de más, desapareciendo sin explicación.