Cásate conmigo y los cuidaré. Al pronunciar esas palabras a la

desconocida con un bebé recién nacido, el guerrero solitario que solo conocía

guerras, polvo y sangre, resquebrajó su coraza de soledad y cambiaría sus

destinos para siempre. Hola, mi querido amigo. Soy Ricardo Rodríguez, el

narrador de sueños y destinos. Antes de comenzar, te invito a suscribirte a

nuestro canal y cuéntame desde qué ciudad nos estás viendo. Un fuerte

abrazo y disfruta la historia. El polvo se alzaba con cada paso del caballo,

formando nubes rojizas que el viento arrastraba hacia el horizonte. Nayati

llevaba tres días cabalgando desde la frontera y el cansancio ya no era algo

que sintiera en el cuerpo, sino una presencia constante, como una sombra

adherida a sus huesos. Había cumplido su misión. El convoy de mercancías había

llegado a salvo. Los bandidos habían huido después de ver su rifle apuntando

desde la loma y el patrón le había pagado en monedas de plata que ahora pesaban en su alforja. Pero el dinero

nunca le había dado la sensación de logro que buscaba, solo el alivio momentáneo de saber que podría comprar

provisiones, cartuchos y algunas semanas de paz antes de la siguiente guerra. El

camino de tierra se extendía recto y vacío bajo el sol de mediodía. A ambos

lados el desierto mostraba su cara más dura, arbustos secos, piedras grises,

cactus retorcidos que parecían garras saliendo de la tierra. Era un paisaje

que Nayati conocía mejor que las líneas de su propia mano, un territorio que

había recorrido tantas veces que ya no necesitaba mapas ni referencias. Sabía

dónde encontrar agua, dónde evitar las serpientes de cascabel, dónde acampar

sin ser visto. Pero esa tarde, mientras el calor apretaba y el caballo avanzaba

con paso cansado, algo inusual llamó su atención. A lo lejos, junto a un

mezquite solitario, había una figura tendida en el suelo. Desde la distancia

parecía un bulto de ropa abandonada, pero cuando se acercó un poco más, notó

que se movía. Nayati frenó el caballo y entrecerró los ojos, observando con la

cautela que le habían enseñado desde niño. Podía ser una trampa, un ceñuelo

para emboscar a viajeros solitarios. ya le había pasado antes, pero algo en la

forma en que la figura se movía con gestos torpes y desesperados, le hizo

dudar. Desmontó sin hacer ruido, dejando el rifle listo contra el hombro y se

acercó con pasos lentos. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, vio que era

una mujer joven tendida de costado, con el rostro enrojecido por el sol y los

labios agrietados. tenía el cabello negro pegado a la frente por el sudor y la ropa, un

vestido sencillo de algodón, estaba cubierta de polvo y desgarrada en varios

lugares. Pero lo que más le llamó la atención fue el bulto que sostenía

contra su pecho, envuelto en una manta raída que alguna vez había sido blanca.

El bulto se movió y soltó un llanto débil, entrecortado,

un bebé. Nayati se arrodilló junto a ella, bajando el rifle. La mujer abrió los

ojos con esfuerzo y lo miró sin comprensión, como si estuviera viendo una aparición. Tenía los ojos oscuros y

vidriosos, perdidos en algún lugar entre la conciencia y el delirio. “Agua,”

susurró ella con voz quebrada. Nayati no respondió, fue hasta su

caballo, sacó el odre de cuero y regresó junto a ella. le acercó el agua a los

labios, dejando que bebiera despacio, con cuidado de que no se atragantara.

Ella bebió con desesperación, derramando parte del líquido por el mentón, y

después cerró los ojos con un suspiro tembloroso.

El bebé volvió a llorar, un sonido agudo y débil que cortaba el silencio del

desierto. “El niño también necesita”, dijo Nayati en español señalando al

bebé. Ella lo miró sin entender del todo, pero sus brazos se aflojaron y dejó que él

tomara al pequeño. Nayati desenvolvió la manta con cuidado y vio un niño de pocos

meses con la piel enrojecida por el calor y el rostro arrugado de hambre y

sed. No sabía mucho de bebés, pero sabía lo suficiente para entender que este

estaba al borde de la muerte. “¿Cuánto tiempo llevan aquí?”, preguntó mirando a

la mujer. Ella tardó en responder como si las palabras le costaran un esfuerzo

físico. No sé, dos días, tal vez tres. Y antes de eso, caminando, su voz era

apenas un hilo. Caminando desde el pueblo, Nayati observó el horizonte en

todas direcciones. El pueblo más cercano estaba a dos jornadas a caballo. A pie,

con un bebé en brazos y sin provisiones. Era una condena de muerte. Que hubieran

llegado tan lejos era un milagro o una terquedad que rozaba la locura. ¿Por

qué? Preguntó, aunque ya imaginaba la respuesta. En esos pueblos pequeños las

razones siempre eran las mismas: vergüenza, rechazo, miedo. Ella cerró

los ojos y no respondió. Nayati no insistió. envolvió nuevamente al bebé y

lo colocó con cuidado junto a ella. Luego se quedó ahí en cuclillas, mirando

a esa mujer y a ese niño que el desierto había escupido a sus pies. podía seguir

su camino, darles agua, algo de comida, indicarles la dirección del pueblo más

cercano y marcharse. Era lo sensato. Él no tenía familia, no tenía casa fija, no

tenía nada que ofrecer más allá de sus habilidades con el rifle y el rastreo.

Su vida era moverse de un lugar a otro, cumplir contratos, cobrar y partir. No