Verano de 1940, Francia. Tras la caída de París, las fuerzas alemanas  

ocupan el norte del país, mientras el recién  instaurado régimen de Vichy asume el control del  

sur aún no ocupado. La nación se convierte no solo  en un campo de batalla, sino también en un mercado  

de codicia, traición y lucha por la supervivencia.  A medida que el control nazi se afianza y se  

vuelve más profundo, la industria francesa  orienta progresivamente sus esfuerzos hacia  

la producción de vehículos, municiones y todo  tipo de suministros destinados a los ocupantes.  

Mientras unos optan por resistir y otros se rinden  ante la nueva autoridad, ciertos hombres de gran  

poder e influencia deciden colaborar activamente,  intercambiando lealtad por seguridad, privilegios  

e influencia política. Entre ellos se encuentra un  industrial antaño celebrado como héroe nacional:  

pionero del automóvil moderno y creador del  primer tanque francés. Durante la ocupación,  

sus fábricas producirán decenas de miles de  vehículos para el ejército alemán, lo que lo  

convierte en un símbolo de colaboración  y traición. Su nombre es Louis Renault. 

Louis Renault, el menor de seis hijos de una  familia burguesa adinerada, nació el 12 de  

febrero de 1877 en París. Desde pequeño mostró  una temprana fascinación por la mecánica y por  

todo aquello que pudiera desmontarse o mejorarse.  Mientras otros niños jugaban al aire libre, Louis  

pasaba horas manipulando motores, experimentando  con la electricidad y trazando minuciosos diseños.  

En su adolescencia, instaló un pequeño taller  en la casa de campo familiar de Billancourt,  

a las afueras de París, donde se dedicaba con  entusiasmo casi obsesivo a modificar motores y  

estudiar los más recientes avances en automoción. En diciembre de 1898, Renault presentó su primer  

automóvil, una pequeña máquina a la que llamó  Voiturette. Incorporaba una innovadora caja de  

cambios de transmisión directa, que poco después  patentó. Ese mismo mes quiso demostrar su eficacia  

subiendo la empinada cuesta de la Rue Lepic, en  Montmartre, al norte de París, y ganó una apuesta  

con varios amigos que dudaban de su invento.  Pero, más allá de la anécdota, la demostración le  

proporcionó trece pedidos en el acto, marcando así  el verdadero inicio de su carrera como fabricante. 

En febrero de 1899, Louis se unió oficialmente a  sus hermanos Marcel y Fernand, formando Renault  

Frères. Marcel se ocupaba de la administración,  mientras que Fernand dirigía las ventas, lo que  

permitía a Louis concentrarse por completo en la  ingeniería. El momento era especialmente propicio:  

los automóviles seguían siendo una novedad,  y las carreras que se organizaban por toda  

Europa ofrecían a los fabricantes una  forma eficaz de demostrar sus avances y  

dar a conocer sus vehículos. Los hermanos Renault  participaron con entusiasmo en esas competiciones,  

con Marcel al volante en la mayoría de las  ocasiones. Las victorias no tardaron en llegar,  

proporcionándoles una valiosa publicidad,  y los pedidos comenzaron a multiplicarse.  

En poco tiempo, los coches Renault se exportaban a  Gran Bretaña, Nueva York e incluso a Buenos Aires,  

prueba clara de que la empresa había  alcanzado una exposición internacional. 

La tragedia golpeó en 1903, cuando Marcel  murió durante la carrera París-Madrid. Fernand,  

ya con la salud muy deteriorada, se retiró poco  después y falleció en 1909. Louis, con apenas  

algo más de treinta años, se convirtió entonces en  el único jefe de la compañía. Desde ese momento,  

los automóviles Renault no solo llevaron su  nombre, sino también su carácter y su férrea  

voluntad. Admiraba a Henry Ford, pionero de los  métodos de producción modernos en Estados Unidos,  

y pronto introdujo sistemas similares  en Francia. Como Ford, era autoritario,  

exigente e intolerante con la disidencia. La Primera Guerra Mundial, que se extendió desde  

el 28 de julio de 1914 hasta el 11 de noviembre  de 1918, transformó por completo la actividad de  

las fábricas de Renault, que pasaron casi de la  noche a la mañana a dedicarse exclusivamente a  

la producción militar. De sus talleres salían  proyectiles, camiones, motores de aviación y,  

finalmente, el revolucionario tanque Renault  FT. Esta máquina ligera, maniobrable y de gran  

eficacia se convirtió en una de las armas  más decisivas del conflicto, consolidando  

la reputación de Renault como un verdadero  patriota de la industria. Por su contribución  

a la victoria francesa, fue condecorado con el  título de Gran Oficial de la Legión de Honor. 

Para la década de 1920, Renault no sólo era  increíblemente rico y poderoso, sino también  

temido. Los trabajadores de su enorme fábrica lo  apodaban «el ogro de Billancourt», reflejo de su  

reputación de empleador autoritario y despiadado.  Exigía lealtad, no toleraba sindicatos y mantenía  

un estricto sistema de vigilancia sobre  su plantilla. Las huelgas eran reprimidas,  

los trabajadores eran registrados a la salida  de la fábrica y cualquiera que fuera sorprendido  

distribuyendo propaganda sindical era despedido. En esos mismos años, Renault contrajo matrimonio  

con Christiane Boullaire, veinte años menor  que él. Dos años más tarde nació su único hijo,  

Jean-Louis. A pesar de su fortuna e influencia,  su vida privada estuvo marcada por la turbulencia,  

fruto de su carácter dominante y de una profunda  desconfianza hacia los demás. Poseía varias  

residencias, entre ellas una en la elegante  avenida Foch, una de las calles más prestigiosas  

y caras de París, y otra en el castillo de  Herqueville, una vasta propiedad rural que  

se extendía a lo largo de más de tres kilómetros  junto al Sena y abarcaba unas 4.000 hectáreas.  

El personal de servicio accedía al  castillo mediante un túnel privado  

que comunicaba directamente con la residencia. También compitió con ferocidad contra su gran  

rival, André Citroën, a quien solía referirse  con desprecio como «el pequeño judío». Aunque  

sentía una profunda antipatía personal hacia él,  Renault disfrutaba de aquella rivalidad que lo  

mantenía en constante tensión creativa. Cuando la  empresa Citroën quebró en 1934, tras una expansión  

demasiado ambiciosa y acelerada, Renault reconoció  con una sonrisa que casi lamentaba la victoria:  

competir con Citroën, admitió, lo  había impulsado a superarse y a