El sol caía sin piedad sobre los llanos de Chihuahua. El aire olía a pólvora
vieja y a sudor, y el polvo se pegaba a la piel, como si quisiera recordar que
allí, en ese norte, la dignidad se pagaba con sangre. En una cantina
perdida entre caminos, un grupo de federales bebía mezcal con risas huecas.

Entre ellos estaba el coronel Hilario Rangel, un hombre de bigote afilado y lengua venenosa, conocido por tratar al
pueblo como animales. A su lado, dos campesinos encorbados
aguantaban insultos solo para poder comer. En una de las mesas del fondo,
Rodolfo Fierro, el verdugo más temido del centauro del norte, bebía en
silencio, con el sombrero bajo y la mirada oculta. Vestía como cualquiera, sucio de viaje,
con el polvo del camino pegado al alma. No llevaba insignias ni escoltas, solo
el silencio de quien ya ha visto más muerte de la que un hombre debería soportar. El coronel ebrio lo observó de
reojo. ¿Y tú quién diablos eres? Gritó golpeando la mesa. Fierro no respondió.
El hombre siguió provocando. Te hablo, mono sucio. ¿No sabes quién manda en estas tierras? Algunos soldados rieron,
otros callaron notando algo en la mirada del desconocido. Pero Rangel, ciego de
soberbia, no supo ver que la muerte lo escuchaba. Fierro levantó lentamente la
vista. Sus ojos eran dos filos fríos, como acero recién forjado. No dijo
palabra, solo bebió el último trago y lo dejó caer al suelo. El sonido del vidrio
quebrado fue como una sentencia. El coronel se levantó furioso y lo empujó.
Te dije que te apartes, maldito mono sucio rugió. Los presentes contuvieron
el aire. Nadie sabía que el hombre al que acababa de humillar era la sombra
del propio Pancho Villa. Fierro, sin inmutarse, respiró hondo. “¿Sabes lo que
es el respeto, coronel?”, preguntó con voz baja. No respondió el otro riendo.
Eso lo enseñan los hombres, no los animales. Entonces Fierro sonrió, pero
no con alegría, sino con el gesto de un depredador que huele sangre. Entonces, hoy vas a aprenderlo. El silencio se
hizo espeso. Afuera, el viento del norte comenzó a soplar con fuerza, levantando
polvo y presagio. En algún lugar lejano, un trueno retumbó. Era el desierto respirando,
anunciando que la justicia estaba a punto de despertarse. El coronel Rangel,
creyéndose intocable, se acercó tambaleando a fierro. Con el dedo tembloroso por el alcohol, le apuntó al
pecho. A ver, marrano, ¿qué vas a hacer? Ladrar. Los soldados rieron, pero una
risa nerviosa, forzada. Había algo en el silencio de fierro que les helaba los
huesos. El desconocido no temblaba, no respondía, no retrocedía, solo observaba
como quien decide dónde abrir una tumba. Fierro se puso de pie. Su sombra cayó
sobre el coronel como un presagio. Era más alto, más firme, más frío que
cualquier soldado allí dentro. Te voy a dar una oportunidad, dijo finalmente.
Pide perdón. Los federales se quedaron mudos. Pedir perdón era impensable para un
hombre como Rangel, pero lo verdaderamente temible era como lo había dicho Fierro, no como amenaza, sino como
sentencia. El coronel escupió al suelo. A ti, a ti
te escupiría en la cara si no apestaras tanto. Se volvió hacia sus hombres.
Miren, un perro quiere darme órdenes. Algunos soldados intercambiaron miradas.
Nadie se atrevía a decirlo, pero los rumores sobre Rodolfo Fierro eran conocidos. El hombre que hacía justicia
sin pestañear, el rayo de Pancho Villa, el que enterró a más hombres que la propia guerra. Uno de los campesinos
murmuró, “Coronel, déjelo, ese hombre no es cualquiera.” Pero Rangel lo empujó.
“Cállate, el gobierno me respalda. Aquí mando yo. Entonces Fierro dio un paso al
frente. El ruido de sus botas en el suelo fue como un disparo. Se paró cara a cara con
el coronel y dijo muy despacio, “No, aquí manda el desierto y tú ya lo
ofendiste.” Rangel retrocedió un instante, sorprendido por el temple del
desconocido. Luego, para no perder autoridad, quiso sacar la pistola de su
funda, pero no alcanzó. En un movimiento limpio y brutal, Fierro le sujetó la
muñeca, lo giró sobre sí mismo y lo estampó contra la mesa. Las botellas
cayeron al piso, el mezcal se derramó como sangre y la cantina entera contuvo
el aliento. Fierro habló sin gritar, “Te lo advertí.” Rangel, atrapado, levantó la cabeza con
dificultad. ¿Qué eres tú? Fierro acercó su rostro tan cerca que el
coronel pudo ver su propio miedo reflejado en esos ojos helados. Soy
Rodolfo Fierro. Los soldados quedaron helados. El coronel perdió el color y el
silencio por un instante eterno, fue absoluto. El nombre cayó en la cantina
como un rayo, Rodolfo Fierro. Los soldados, que segundos antes reían,
ahora tragaban en seco. Uno dejó caer su vaso, otro se persignó sin pensarlo,
porque si villa era el trueno, fierro era el rayo que caía antes de que nadie
pudiera reaccionar. El coronel Rangel, atrapado contra la mesa, sintió por
primera vez un miedo que no conocía. No, no puede ser. Tú estás lejos, con
Villa allá en el norte. Balbuceó Fierro sonrió apenas. El norte es grande,
coronel, y yo cabalgo donde la injusticia apesta. Fierrón lo soltó un
instante, solo para verlo intentar levantarse como una serpiente herida.
Rangel quiso recuperar algo de dignidad. “Soldados, arréstenlo!”, gritó. Pero
nadie se movió. Nadie se atrevió. La fama del verdugo del centauro era más
fuerte que el uniforme. Sus manos habían enviado a decenas al polvo y su nombre
era más temido que cualquier decreto del gobierno. “¿Nadie va a obedecer?”, preguntó Fierro mirando a los federales
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