¿A dónde van los niños que nadie quiere? La pregunta golpeó al pache más temido

en el pecho porque él conocía la respuesta. Lo que decidió cambiaría a ambos para siempre. Hola, mi querido

amigo. Soy Ricardo Rodríguez, el narrador de sueños y destinos. Antes de

comenzar, te invito a suscribirte a nuestro canal y cuéntame desde qué

ciudad nos estás viendo. Un fuerte abrazo y disfruta la historia. El pueblo

existía porque todavía había gente empeñada en permanecer en ese pedazo de frontera donde la ley cambiaba según el

hombre armado que llegara primero. Era un lugar pobre hecho de casas de adobe

que el sol rajaba cada verano y las lluvias derretían cada temporada. Las

calles no tenían nombre porque nadie necesitaba nombres cuando todos sabían

dónde vivía el herrero, dónde estaba la cantina. donde se compraba el pan duro

que duraba semanas sin echarse a perder. El trabajo era duro y escaso. Los

hombres salían antes del alba hacia las haciendas vecinas, buscando jornales que

apenas alcanzaban para tortillas y frijoles. Las mujeres lavaban ropa ajena

en el río cuando había agua o cargaban cubetas desde el pozo cuando el río se

secaba. Los niños aprendían temprano que la infancia era lujo de ricos. A los 5

años ya sabían cargar leña. A los siete ya trabajaban en algo. A los 10 ya

tenían la mirada cansada de quien ha visto demasiado. El pueblo sobrevivía con un comercio frágil de sal, cuero y

munición. Cuando llegaban comerciantes de ciudades más grandes, los precios

subían y la gente compraba menos. Cuando llegaban bandidos, los precios subían. Y

la gente no compraba nada. Cuando no llegaba nadie, el pueblo se olvidaba del

mundo exterior y el mundo exterior se olvidaba del pueblo, lo cual a veces era

bendición y a veces maldición. El agua era el nervio de todo. Cuando escaseaba,

la miseria crecía junto con la violencia. Los hombres peleaban por turnos en el pozo. Las mujeres escondían

vasijas llenas como quien esconde oro. Los niños aprendían a no desperdiciar ni

una gota a lamer el rocío de las piedras al amanecer, a reconocer qué plantas

guardaban humedad en las raíces. En ese lugar, los niños eran vistos como brazos

futuros o como bocas de menos. Los que tenían familia fuerte vivían, los que no

desaparecían, no siempre morían. A veces simplemente se volvían invisibles, vagando por los

márgenes hasta que alguien los usaba para algo o hasta que el hambre o la enfermedad terminaban el trabajo que la

negligencia había comenzado. Lucía tenía 8 años, edad suficiente para

comprender cuando era ignorada, pero demasiado pequeña para imponerse. Sus

pies estaban sucios del polvo del camino, pero su vestido, aunque gastado,

mostraba señales de haber sido lavado con cuidado, no hacía mucho. Su cabello

oscuro, trenzado con manos que sabían hacerlo, comenzaba a deshacerse por los

lados. Tenía la piel quemada por el sol, pero no curtida como la de los niños que

trabajaban en el campo desde que nacían. Eso la marcaba como alguien que había

tenido hasta hacía poco alguna forma de protección. Había pasado el día

recargada cerca del pozo del pueblo, un punto donde la gente inevitablemente

circulaba. El pozo era el corazón del lugar rodeado de piedras desgastadas por

1000 manos que habían jalado mil cubetas. El agua que subía siempre traía

ese olor a tierra mojada y metal. Lucía conocía ese olor. Lo había respirado

toda la mañana, toda la tarde esperando. Aún así, nadie la había llamado por su

nombre. Nadie había preguntado de quién era hija. Nadie había exigido explicación sobre por qué una niña

permanecía ahí inmóvil esperando algo que no llegaba. La primera mujer que

pasó era doña Carmen, conocida por su lengua afilada y su corazón cerrado.

Miró a Lucía de reojo, frunció el ceño y siguió su camino arrastrando su cubeta.

“Seguro es de los Medina”, murmuró a su comadre, siempre dejando a sus crías por

ahí. Pero los Medina no tenían una niña de esa edad y ambas mujeres lo sabían.

El panadero pasó después, empujando su carretilla con los panes del día. Lucía

lo miró con hambre obvia en los ojos. Él desvió la mirada, apretó el paso. Ya

bastantes bocas tenía que alimentar en su propia casa. Un grupo de niños corrió

cerca gritando y jugando. Uno se detuvo. Observó a Lucía. ¿Quién eres?, preguntó

con la franqueza cruel de los niños. Lucía abrió la boca para responder, pero

una mujer mayor jaló al niño del brazo. No hables con extraños. Lo regañó,

aunque Lucía no era extraña, la habían visto antes, solo que nadie quería

recordar dónde. Algunas mujeres supusieron que estaba bajo el cuidado de alguien y siguieron con sus tareas.

Hombres apresurados prefirieron no involucrarse. Otros, los que siempre

rondaban el límite entre la pobreza y el crimen, observaron a la niña como quien

calcula oportunidades. Don Laureano, que tenía fama de comprar niños para trabajar en su rancho, se

detuvo un momento demasiado largo. Lucía sintió ese peso en la mirada, ese tipo

de atención que no prometía nada bueno. encogió contra la pared del pozo

haciéndose pequeña. Percibía esas miradas y por eso se sujetaba la muñeca

como si aquello la mantuviera entera. En la muñeca había una cinta simple de

tela desteñida que alguna vez había sido azul. Estaba amarrada con un nudo complicado, hecho con demasiado cuidado

para ser casualidad. No era adorno, era mensaje. Aunque Lucía no sabía

exactamente qué mensaje, Nayati llegó al pueblo al final del día, cuando el sol

ya tenía las montañas distantes de colores que parecían sangre y fuego.