Sebastián aprendió a ser hombre demasiado pronto. A los 10 años preparaba cereal para sus hermanas

menores mientras su madrastra Camila trabajaba tres empleos para mantenerlos con vida. Cuando ella colapsó con
neumonía, él fue quien llamó a la ambulancia. Y cuando su tío Ricardo
apareció en el hospital diciendo, “Ella no tiene vínculos de sangre con ustedes,
Sebastián fue quien se plantó frente a sus hermanas y dijo, “No nos vamos sin nuestra mamá.” Pero decir no era fácil,
pelear era otra cosa, especialmente cuando descubrieron que su padre les había dejado una fortuna escondida en
una casa que se caía a pedazos y que su tío estaba dispuesto a destruir a la
única familia que tenían para quedarse con todo. A veces proteger a tu familia
significa convertirte en un hombre antes de tiempo. Momento de decisión. Dale
like si crees que Sebastián Valeria e Isabela son los héroes más valientes que
has visto. Comenta gracias, Camila, si crees que ella es la verdadera heroína
por no rendirse nunca. Y suscríbete si crees que tío Ricardo se merecía algo
peor que solo perder el caso. Y esta historia comenzó con un funeral bajo la lluvia, tres niños asustados y una
promesa que cambiaría todo. Te lo advierto, vas a llorar. Respira hondo.
Vamos allá. Sebastián recordaba el día del funeral de su papá en pedazos como un plato
roto. Recordaba el cajón café. Recordaba que hacía frío, aunque era junio.
Recordaba que Valeria apretaba su mano tan fuerte que le dolía, pero él no la soltó porque ella temblaba. Isabela, que
apenas tenía 4 años, preguntó tres veces, “¿Cuándo despierta papi?” Nadie
le respondió. “Mami Camila, porque así le decían ahora. Aunque al principio solo era Camila, estaba de negro y
lloraba sin hacer ruido. Sebastián no entendía por qué los adultos lloraban así callados como si tuvieran miedo de
hacer ruido. Eso fue hace 6 meses. Ahora vivían en un departamento pequeño que
olía a humedad. Sebastián tenía 10 años y trataba de ser el hombre de la casa
como papá le había dicho una vez. Eso significaba ayudar a Valeria con la tarea. Significaba preparar cereal para
Isabela en las mañanas cuando mami Camila ya se había ido a trabajar.
Valeria tenía 7 años y hacía muchas preguntas. ¿Por qué mami trabaja tanto?
¿Por qué tío Ricardo nos mira raro? Sebastián no tenía respuestas, pero fingía que sí. Isabela tenía 5 años y
todavía jugaba con su conejo de peluche, el que papá le regaló. Ella no entendía
que papá no iba a regresar. El miércoles, tío Ricardo y tía Mónica vinieron al departamento. Sebastián los
escuchó desde su colchón en el piso de la sala. Él dormía ahí porque las niñas compartían el único cuarto con mami y
Camila. No puedes cuidarlos adecuadamente, Camila, dijo tío Ricardo. Su voz era como cuando el director de la
escuela regañaba a alguien. Tres niños en un departamento de una habitación.
Estoy haciendo lo mejor que puedo, respondió mami Camila. Su voz sonaba cansada. No eres su madre de sangre,
dijo tía Mónica. Esa palabra sangre hizo que algo se retorciera en el estómago de
Sebastián. Él me nombró tutora. Legalmente soy su madre, dijo mami
Camila, y su voz sonó dura. Veremos qué dice un juez sobre eso”, dijo tío
Ricardo. Sebastián escuchó la puerta cerrarse. Apretó los puños bajo la cobija delgada. Valeria susurró desde el
cuarto. “Sebas, ¿qué es tu tora? Significa que mami Camila nos puede
cuidar. Tío Ricardo nos va a quitar de ella. Sebastián no respondió porque no
quería mentir. Esa noche Sebastián soñó que estaba en el funeral otra vez, pero
esta vez había dos cajones. Uno para papá, otro para mami y Camila.
Se despertó con el corazón golpeando en su pecho. La sala estaba oscura. Entonces escuchó otro sonido, alguien
llorando. Caminó descalso hacia la cocina. Mami Camila estaba sentada en la mesa con la cabeza entre las manos
llorando, como Isabela lloraba cuando se caía fuerte y sin esconderse. Mami,
susurró Sebastián. Camila levantó la cabeza rápido, limpiándose las lágrimas.
Sebastián, mi amor, ¿qué haces despierto? Él se acercó, dijo la verdad.
Escuché lo que dijo tío Ricardo. No quiero que nos separen de ti. Los ojos
de Camila se llenaron de lágrimas nuevas. Ven aquí. Sebastián era grande
para 10 años, pero se sentó en su regazo como cuando era pequeño. Ella lo abrazó
fuerte. No voy a dejar que eso pase”, susurró mami Camila contra su cabello.
“Tu papá me pidió que los cuidara y voy a hacerlo, te lo prometo. Aunque tío
Ricardo tenga abogados, aunque tenga 100 abogados, Sebastián enterró su cara en
el hombro de ella y por primera vez en 6 meses lloró, no como adulto, como niño,
porque eso era lo que era, solo un niño que quería que su familia dejara de romperse. A la mañana siguiente,
Sebastián se despertó con Valeria sacudiéndolo. Sebas despierta. Algo anda
mal con mami. Sebastián corrió al cuarto. Mami Camila estaba en la cama con la cara roja y sudando. Cuando él
tocó su frente estaba ardiendo. “Mami, ¿estás bien?” Camila abrió los ojos con
dificultad. Solo un poco de fiebre, mi amor. Pero Sebastián vio el termómetro
en la mesa de noche 39ºC. Valeria lo miró con ojos grandes y
asustados. Isabella empezó a llorar y Sebastián pensó lo mismo que había
pensado en el funeral. Y si ella también nos deja, Sebastián no sabía qué hacer.
Mami Camila no se levantaba. Ya eran las 8 de la mañana y ella siempre se
levantaba a las 6. Isabela lloraba en el cuarto. Valeria estaba parada junto a la
cama mordiéndose las uñas. Sebas está muy caliente”, susurró Valeria, “como cuando Isabela tuvo fiebre alta.
Sebastián tocó la frente de Camila otra vez. Ardía. El termómetro decía 39 5ºC.
Mami, dijo Sebastián, sacudiéndola suavemente. Mami, despierta. Camila
abrió los ojos apenas, pero no enfocaba bien. Entonces empezó a toser, una tos
profunda que sonaba como si algo estuviera roto adentro de ella. Sebastián sintió que el miedo le
apretaba el pecho. Así había empezado con papá. No, no, otra vez voy a pedir
ayuda. Dijo y corrió a tocar la puerta de la vecina doña Lupita. En el hospital
los tres niños se sentaron en sillas de plástico azul. Doña Lupita había llevado a Camila en su carro viejo. Los doctores
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