Una súplica rota detuvo a un hombre que había aprendido a remendar heridas de ganado y a callar las suyas. Acaba con

mi dolor. No era un ruego lanzado al viento, sino una orden desesperada

pronunciada por una mujer con los labios partidos y la respiración truncada en el

filo de una noche que olía a tierra mojada y a soga vieja. A Santiago Roldán, ranchero de manos anchas y ojos

que rara vez se apartaban del horizonte, esa frase lo atravesó como un rayo que encuentra el árbol exacto. La encontró

en la puerta del galpón tambaleante con un chal polvoriento pegado al cuerpo. La

lámpara de quererosen iluminó los contornos. Pómulo amoratado, mechones

pegados a la frente, la ropa desilachada a la altura de las costillas. Se sostuvo

un segundo de más, como si con orgullo midiera el último tramo de dignidad, y cayó. Santiago logró sostener su peso

antes de que golpeara el suelo. Murmuró algo que nadie, salvo el silencio, habría entendido. Él la alzó sin

preguntas, con esa forma torpe y cuidadosa que usan los hombres que han vivido más entre bestias que entre

personas, y la llevó al cuarto donde guardaba las medicinas, los vendajes y los recuerdos que duele tocar. No

hables”, dijo con una voz que apenas usaba. “Cada palabra es aire que te hace falta”. La mujer apretó los dientes y

quiso asentir hasta que un latigazo en el costado le arrancó un gemido. Santiago, más por instinto que por

ciencia, palpó con la palma abierta contando pausas. Una, dos, tres. Notó el

relieve donde el hueso reclamaba su lugar. No era una caída simple. Esa asimetría le habló de un golpe certero,

de alguien que sabe dónde romper sin matar. Preparó una mezcla de árnica y hojas de consuelda, agua tibia, y la

colocó con suavidad. Luego improvisó un vendaje firme cruzado bajo el pecho,

como se vendan los barriles para que no se abran en el camino. Hizo que bebieras orbos minúsculos. Te va a arder al

principio, advirtió. Después pasa. Ella con los ojos entrecerrados dejó escapar

la frase que lo había clavado a esa noche. Acaba con mi dolor, repitió y

cerró los párpados como si confiara en él desde antes de conocerlo. Afuera, el

cielo estiró una sábana de nubes pálidas. Adentro, el reloj de pared golpeó los segundos uno por uno, hasta

que las respiraciones de ambos se acomodaron al mismo compás. Cuando el temblor se volvió fiebre, Santiago

empapó un paño y lo apoyó en la frente de la desconocida. Observó el chal. En

el borde, unas iniciales bordadas con hilo rojo. LM. ¿Cómo te llamas?,

preguntó cuando el pulso de la fiebre dejó de tirar hacia arriba. Los labios se separaron apenas. Lucía dijo Lucía

Mareña. Santiago le sostuvo la mirada breve. Le pareció una mirada que antes

había sido altiva. y ahora solo quería algo simple: descansar sin miedo.

Tropiezos de memoria rozaron al ranchero, pero los espantó. Le acomodó una manta sobre el torso, se sentó en el

banquito de madera y aguardó a que el alba entrara discreta por la endija.

Cuando el primer gallo cantó, la fiebre había bajado a un murmullo. Lucía dormía

con la boca entreabierta, apretando entre los dedos algo pequeño. Santiago se inclinó. Era una caja de lata del

tamaño de una palma abollada en una esquina. No la tocó. Se levantó para

atender a los caballos. El moro coceó impaciente. El rancho, salvo por los

pasos y el relincho, parecía un lugar donde nunca había pasado nada. A media

mañana, Lucía despertó de golpe, como quien recuerda que el mundo no se detiene porque a uno le duela. Llevó la

mano a las costillas y soltó un quejido breve. Santiago se acercó con un jarro de agua. Bebe de a poco y no trates de

incorporarte de golpe. Gracias, dijo ella y bebió. ¿Dónde? En mis tierras, a

tres leguas de arroyo seco. Soy Santiago Roldán. Roldán, repitió con una sombra

de reconocimiento que él no supo leer. No, no recuerdo cómo llegué. Santiago

dudó. A veces los recuerdos tardan en acudir cuando la vergüenza los espanta.

En ese momento, el viento trajo un rumor de cascos lejano. El ranchero afiló el

oído. Vienen jinetes murmuró. No te muevas. La mirada de ella se crispó. El

miedo subió como un resorte. Santiago le puso un dedo en los labios y entró al patio. Dos hombres montados, polvareda y

cinchas apretadas, se acercaban sin apuro, como quien ya conoce el camino y no teme encontrar resistencia. El

primero llevaba un sombrero con cinta de cuero, el segundo una cicatriz que bajaba como un colmillo hasta el mentón.

Se detuvieron en la cerca desmontar. “Buenos días, Roldán”, dijo el del

sombrero. “Soy el comisario Pardo. Tenemos un asunto que preguntar.” Santiago se apoyó en el poste sin

mostrar la inquietud. Pregunte, comisario. Se ha visto por la zona a una mujer delgada, pelo oscuro, chal rojo,

venía herida. Alguien la golpeó. Dicen, “Un accidente”, dicen otros. “Si pasa

por aquí, avisará”. “No, si pasa, lo sabremos todos, comisario. En un lugar

como este nada llega sin levantar polvo”, respondió Santiago y sostuvo la

mirada. El comisario esbozó una sonrisa que no calentaba los ojos. También dicen

que la mujer lleva una caja, una caja con papeles. Hay hombres poderosos muy

interesados en esos papeles, hombres que pagan por ellos. Si la viera, si supiera

algo, sería prudente no meterse. Bajó la voz dulzona. Hay dolores que uno mismo

se busca. Santiago no se movió. Cada cual conoce sus dolores, comisario.

¿Algo más? Pardo suspiró. Tiró de las riendas. Eso es todo. Si la ve, avise.

Si no, que tenga buen día, Roldán. Se marcharon soltando risas cortas. El

polvo volvió a asentarse. Santiago entró de nuevo y encontró a Lucía con los dedos crispados alrededor de la caja.

Son ellos susurró. O sus perros. ¿Quiénes? Lucía cerró los ojos. El

silencio también puede ser una especie de nombre. Santiago no la apuró. Le sirvió un caldo aguado, amarró la puerta

del cuarto con un alambre invisible desde fuera y fue al corral. Sabía que en cuanto el comisario oliera algo

volvería. También sabía que su nombre, el de Pardo, no se pronunciaba solo.

Había otro, un nombre que el pueblo decía con cuidado, don Esteban Lujan,

dueño de media comarca y de la otra mitad a través de deudas, un hombre que había regalado botellas y ases, que

había apretado manos en ferias mientras medía el cuello de los demás. En el pecho de Santiago, ese nombre era una

piedra antigua. El sol se coló hasta la tarde. Lucía, a ratos dormida, a ratos

despierta, se mantuvo muda hasta que la luz comenzó a declinar. Entonces pidió