La noche que Diego enterró a su tío bajo la luna, llena sus manos de 11 años sangraban mientras la pala golpeaba

piedras. Camila, 9 años sorda, sostenía una vela temblorosa iluminando el hoyo.

Ninguno lloró, ya no les quedaban lágrimas. Tres días antes, su madre los

había vendido por 5000 pesos en una gasolinera. Una semana después, el tío

alcohólico que los compró murió de cirrosis. Ahora Diego enfrentaba una elección imposible llamar a las

autoridades y perder a su hermana para siempre o convertirse en criminal a los

11 años. Eligió el crimen. Eligió a Camila. Lo que vino después, nadie lo

vio venir. Diego transformó 3 hectáreas de agaje en un imperio alimentario,

pulseras tejidas a mano, jarabe artesanal en frascos reciclados, una

marca llamada Los Olvidados, que generaba 120,000 pesos mensuales. Pero

cuando su madre regresó con cámaras de influencer y mentiras perfectamente ensayadas, el secreto enterrado bajo el

granero amenazó con destruirlo todo. Confesaría para salvarla de nuevo. Estoy

grabando esto por la mañana. Y tú, ¿en qué momento del día lo estás escuchando?

¿Desde qué país? Cuéntamelo. Es hermoso pensar que una historia puede acompañarte en cualquier momento estés

donde estés. El sol apenas despuntaba cuando Liliana sacó el espejo del bolso y se retocó el

labial rojo, ignorando completamente a las dos pequeñas figuras sentadas en la

acera polvorienta de la gasolinera. El calor del asfalto ya empezaba a subir, pero el frío que Diego sentía venía de

adentro. A sus 11 años había aprendido en las calles que las lágrimas no

compraban pan. Solo la observación y el silencio te mantenían con vida. Camila,

de 9 años, le tocó el brazo. Sus manos temblaban al signar, ¿a dónde vamos?

Diego no tenía respuesta. Solo sabía que su madre había mencionado la palabra carga en cada conversación telefónica de

los últimos 6 meses. Un taxi destartalado escupió humo negro al detenerse. Del asiento trasero descendió

Beto Méndez, el hermano alcohólico de Liliana. Piel amarillenta, ojos vidriosos, olor a tequila rancio

precediendo cada paso vacilante. Diego notó algo más. Las manos de su tío

temblaban, no solo por el alcohol, sino por algo peor. Liliana extendió una

carpeta sobre el capó caliente del Mercedes. Firmas aquí, aquí y aquí. La

custodia se transfiere. Te deposito hoy mismo. Su voz era mecánica, como leyendo

una lista de compras. Diego se acercó lo suficiente para escuchar invisible como

había aprendido a ser. Beto garabateó su nombre sin leer ni una línea. Liliana le

entregó un sobre. Él contó con dedos amarillos 5000 pes. ¿Segura de esto,

Lily? Preguntó Ricardo desde el auto, mirando a los niños por el retrovisor con indiferencia absoluta. Son niños,

¿sabes? Liliana rió, una risa seca sin humor. Por favor, les estoy haciendo un

favor. Ahora van a tener espacio para correr aire limpio. Yo nunca pedí esto.

Tenía 19 cuando nació él. Señaló a Diego sin mirarlo. 19. Toda mi vida arruinada

por decisiones que ni siquiera recuerdo haber tomado. Diego sintió esas palabras como cuchillos. No era que su madre no

los quisiera, era que lamentaba que existieran. Liliana se agachó mecánicamente frente a Camila. Mami

tiene que irse un tiempo. Sí, pero el tío te va a cuidar muy bien. Jaló a la

niña hacia ella para una selfie rápida. Camila ni siquiera tuvo tiempo de procesar. Click. El flash. Liliana ya

estaba tecleando. A veces soltar es crecer. Nuevos comienzos. Self love. Se

subió al Mercedes. Diego escuchó su voz a través de la ventana entreabierta.

Ya estoy libre, Ricky. Por fin puedo ser yo. Ahora sí empezamos de verdad. El

motor rugió. Polvo. El auto desapareció. Camila lloró en silencio, lágrimas

corriendo por su rostro. Signó desesperadamente. ¿Por qué nos odia? Diego la abrazó.

Mintió con los labios para que ella pudiera leer. No nos odia. Solo está confundida. Pero por dentro hizo un

cálculo frío. Miró el sobre en manos de Beto. 5000 pesos. Menos de lo que costaba el bolso falso

de diseñador de su madre. Eso era su valor. Eso era lo que valían sus vidas

para la mujer que los había traído al mundo. Beto tosió violentamente. No fue

una tos normal, fue un espasmo que lo dobló en dos. Escupió en un pañuelo y lo

guardó rápido, pero Diego alcanzó a ver sangre fresca roja como el labial de su madre. Vámonos, chamacos”, dijo Beto con

voz como papel de lija. “La granja tiene espacio.” El taxi avanzó por caminos de

terracería. Diego observó campos de agabe y casas abandonadas. No rezó, no

lloró, calculó. Si su tío estaba tociendo sangre, le quedaban semanas, quizás días. Cuando muriera, vendrían

por ellos. Lo separarían. a Camila a una institución para sordos, a él a un hogar

estatal, años sin verse. Diego apretó la mano de su hermana. No sabía cómo

todavía, pero encontraría la manera. Tenía que hacerlo, porque si había algo que las calles le habían enseñado, era

esto. Nadie venía a salvarte. Tenías que salvarte tú mismo. La granja era un

monumento al abandono. Tres haáreas de agrecían salvajes, entre malezas sus

pencas azules cubiertas de polvo y espinas. La casa principal tenía el techo parcialmente colapsado y ventanas

sin vidrios. El granero al fondo conservaba los viejos anaqueles de secado, donde alguna vez se procesó

tequila. Ahora solo acumulaba botellas vacías. y el olor agrio de la rendición.

Aquí está su cuarto, dijo Beto señalando un colchón manchado. Mañana arreglamos

todo. Pero Diego reconoció una promesa hueca cuando la escuchaba. Beto salió a

las 11 de la mañana, regresó a las 3 de la madrugada tambaleándose. Así pasaron

se días. Diego y Camila sobrevivían con tortillas duras nopales, cortados de

cactus silvestres, agua del pozo hervida en lata sobre fogata. Diego exploraba la

propiedad como estratega. Localizó palas en el cobertizo, revisó el camión viejo.

Estudió cada rincón. Cada detalle era un recurso futuro. La mañana del séptimo

día, Beto no había regresado. Diego lo encontró en el granero recostado junto

al tractor. Piel amarillo intenso, casi dorada, abdomen grotescamente hinchado,

tres botellas vacías, charco de vómito seco. Puso dos dedos en el cuello de su