La polvareda del rancho El Mesquite se levantaba pegajosa de desgracia. Aquella

tarde de 1910 el sol de agosto caía como fierro al

rojo vivo sobre el desierto de Chihuahua, haciendo que la tierra se rajara y los nopales se marchitaran como

esperanza de pobre. El olor a miedo tenía color en ese pedazo olvidado del

norte, mezclado con el sudor agrio de los que trabajaban el campo y el olor

metálico de la sangre que los terratenientes derramaban por cualquier cosa. Ahí, donde la sequía hacía gemir

las piedras y la vida costaba menos que un puñado de tortillas, vivía Valentina,

una mujer de ojos castaños que guardaban más valor que rencor. Valentina era

chaparrita, pero tenía presencia de quien no se doblaba fácil. Su cabello

castaño, amarrado en un chongo sencillo, enmarcaba un rostro bonito, marcado por

el sol y la desilusión. Tenía veintitantos años, pero sus ojos ya

conocían el sabor amargo de la traición. El marido, un hombre parrandero y

celoso, que bebía más tequila que lo que trabajaba, la había abandonado después

de meses de pleitos y humillaciones. Él decía que Valentina era muy altanera,

que no se comportaba como una mujer de respeto debía comportarse. En verdad, el

cabrón le tenía celos a la fuerza de ella, a la manera como miraba a los demás a los ojos, sin agachar la cabeza.

De vuelta en la casa de sus padres en el rancho, Valentina ayudaba en las tareas

del día a día. Su padre, don Ricardo, era un hombre de bien, trabajador que

sacaba del suelo seco el sustento de la familia. Su madre, doña Elena, era una

curandera respetada en la región, conocedora de las hierbas y los rezos

que aliviaban desde dolor de panza hasta mal de ojo.

La familia no tenía mucho, pero tenía dignidad. Y Valentina, aun cargando la

vergüenza del matrimonio deshecho, nunca negó ayuda a quien tocaba a su puerta.

El patio del rancho era de tierra pisonada, con algunas gallinas escarvando y un mezquite dando sombra

rala cerca del portal. La casa de Adobe tenía paredes gruesas que aguantaban un

poco el calor, pero no mucho. En las tardes sofocantes, Valentina se sentaba

en el portal con la jícara en el regazo, pelando tunas o cosciendo alguna ropa

rota. Era ahí donde pensaba en la vida, en los sueños que tenía de chamaca y que

ahora parecían muertos como el arroyo seco que cruzaba la propiedad. En ese

pedazo del norte, la ley era la del más fuerte. Los terratenientes mandaban en

todo, en las tierras, en la gente, hasta en las almas. Quien no se doblaba pagaba

caro. Sus capataces recorrían los caminos cobrando cuotas inventadas.

Tomando lo que querían, haciendo lo que se les antojaba. El pueblo sufría

callado, porque reclamar era pedir que lo mataran. Valentina conocía bien esa

realidad. Había visto a vecinos perder todo, familias enteras expulsadas de sus

tierras por deudas que nunca existieron de verdad. Pero Valentina tenía algo que

mucha gente había perdido, compasión. Su corazón aún se le apachurraba cuando

veía a alguien sufriendo. Aún tenía fuerzas para tender la mano, para

dividir lo poco que tenía, para cuidar a quien necesitaba. En el norte, quien no

tiene tierra tiene que tener valor o el sol le quema hasta el alma, decía don

Ricardo. Y Valentina tenía ese valor aún sin saber el destino que el desierto le

reservaba. Órale, compa. Si te está gustando esta historia del mero general Villa, suscríbete para que no te pierdas

lo que viene. Esto apenas empieza y se va a poner bien chingón. Era ya casi la

tarde cuando Valentina regresaba de la casa de una vecina llevando un frasco de

piloncillo que doña Elena le había encargado. El camino era de tierra apisonada, lleno

de piedras sueltas y rodeado por el chaparral seco. El calor aún mordía la

piel, incluso con el sol empezando a bajar. Valentina seguía con su paso

firme, acostumbrada a ese suelo que conocía desde Chamaca. Fue cuando lo

vio, un cuerpo caído a la orilla del camino, medio escondido detrás de unos

mezquites. De lejos parecía un costal de maíz tirado ahí. Pero cuando Valentina

se acercó, el corazón se le apretó. Era un hombre y estaba sangrando. La sangre

se había esparcido por la camisa de algodón. tiñiendo la tela de rojo oscuro, casi negro. Su respiración era

débil, jadeante. Cada vez que el pecho se le inflaba, parecía que sería la

última. Valentina soltó el frasco de piloncillo en el suelo con cuidado y se

arrodilló al lado del desconocido. El rostro de él estaba sucio de tierra y

sangre, pero ella logró ver que era un hombre de unos trein y tantos años,

moreno, con bigote grueso y una expresión dura a un inconsciente. “¡Ay,

Dios mío!”, Valentina, murmuró, persignándose rápidamente. Miró a su

alrededor buscando señales de alguien más. Pero el camino estaba vacío, solo

el viento caliente sacudiendo las ramas secas del chaparral y el canto triste de

un censontle a lo lejos. Valentina sabía que aquel hombre había recibido balazos,

varios balazos. Podía ver los hoyos en la ropa, la carne desgarrada, la sangre

que no paraba de escurrir. Sabía también que la gente baleada en el camino

normalmente era problema, podía ser ladrón. Podía ser fugitivo, podía ser

cualquier cosa que trajera bronca. Pero cuando Valentina le tocó el brazo

sintiendo la piel caliente de fiebre, su corazón habló más fuerte. “No puedo

dejar que este hombre se muera aquí como un perro”, se dijo a sí misma. Con esfuerzo, Valentina logró arrastrar al

hombre para la sombra de un mezquite. Él gimió bajito, aún sin despertar. Ella se

quitó el pañuelo que usaba en el cuello e intentó detener el sangrado de la herida más fea, un hoyo en el hombro que

parecía haber atravesado. Sus manos se pusieron rojas rápidamente,