En las vastas praderas de Dakota, una mujer nativa de estatura colosal fue

desterrada por su propia tribu, condenada a vagar sola hasta que la muerte la reclamara. Pero el destino

tenía otros planes cuando un pequeño vaquero, constantemente humillado por su diminuta estatura, la encontró al borde

del colapso durante una tormenta brutal, lo que comenzó como un simple acto de compasión se transformaría en una

historia épica de amor imposible, valentía inquebrantable. y el descubrimiento de que la verdadera

grandeza nunca se mide en centímetros. El viento de las praderas de Dakota era

una fuerza viva que cantaba melodías antiguas entre las hierbas infinitas, acariciaba las montañas erosionadas y

compartía secretos ancestrales que solo los bisontes y las rocas milenarias comprendían. Para Seneda, ese viento

incansable se había convertido en su único compañero fiel en la vastedad solitaria. Cada mañana el viento

trenzaba sus largos cabellos negros mientras cazaba bajo el sol abrasador. Por las noches secaba sus lágrimas

silenciosas y llevaba hasta sus oídos el eco lejano de las risas y cantos de la tribu Lacota, que la había desterrado

sin piedad. Seneda era hija de la tierra misma y su nombre significaba precisamente eso en

su lengua nativa. La tierra la había moldeado con proporciones que desafiaban todo lo conocido por su pueblo. Se

erguía más alta que el guerrero más imponente, con hombros anchos como los de un oso joven, y manos capaces de

arrancar arbustos de raíz o romper el cuello de un siervo con un solo movimiento poderoso y preciso. Esta

fuerza descomunal que debió ser considerada una bendición divina se había transformado en su maldición más

cruel. Los murmullos comenzaron cuando apenas era una niña que ya superaba en altura a

los muchachos de su edad. se convirtieron en miedo cuando alcanzó su estatura adulta siendo adolescente, una

torre de gracia y poder incomparables. Ota, el anciano cuya sabiduría era tan

retorcida y antigua como la madera flotante del río sagrado, finalmente se

dio ante los temores supersticiosos de toda la tribu. Durante el consejo declaró con voz grave

que un espíritu de la tierra había poseído el cuerpo de Seneda y que ella era demasiado grande para su mundo. El

recuerdo de aquellos rostros llenos de miedo, desconfianza y algunos incluso

rebosantes de odio puro ardía como brasas en su pecho. Le dieron

provisiones para apenas una semana. Le dieron la espalda colectivamente y la

abandonaron sola frente a la inmensidad aterradora de las praderas interminables sin misericordia alguna. Habían pasado

muchas lunas desde entonces y la soledad se había convertido en su segunda piel protectora. sobrevivía porque era

increíblemente fuerte y resiliente. Aprendió a leer las huellas mejor que cualquier cazador experimentado, a

encontrar agua donde parecía imposible y a construir refugios con prácticamente

nada a su disposición. Su estatura colosal, antes fuente de vergüenza y

rechazo, ahora era su herramienta de supervivencia más valiosa. Podía alcanzar las ramas más altas para

recolectar frutos silvestres, divisar presas a kilómetros de distancia con su

vista privilegiada y defenderse ferozmente contra los depredadores que osaban desafiarla en su territorio

solitario. Pero cuando caía la noche y el fuego crepitaba mientras las estrellas se

desplegaban como polvo de diamante sobre tercio pelo negro, el dolor regresaba

implacable. Era un dolor sordo y profundo. El sufrimiento de un corazón que anhelaba desesperadamente pertenecer

a algo, a alguien, a algún lugar en este mundo hostil. A un día de caminata hacia el este,

donde las llanuras comenzaban a ondular formando colinas suaves, otro solitario luchaba contra sus propios demonios

internos. Daniel era la completa antítesis de Seneda en todos los sentidos posibles.

Donde ella era una montaña imponente, él era una piedra pequeña, pero increíblemente tenaz y resistente.

Pequeño, compacto y frecuentemente ignorado por todos. poseía una resiliencia forjada en el fuego cruel

del ridículo constante. Desde su infancia lo llamaban pequeño Daniel, un

apodo humillante que lo seguía como una sombra burlona y persistente a donde quiera que fuera, en aquel territorio

despiadado del oeste salvaje. Había ahorrado cada centavo ganado, trabajando

más duro que cualquier otro hombre para comprar ese pequeño rancho modesto. Era

un pedazo de tierra que absolutamente nadie quería. Atrapado entre las vastas

extensiones del poderoso Floyd, un ganadero cuya crueldad era tan inmensa como su fortuna aparentemente inagotable

y su influencia corruptora. Floyd nunca perdía ninguna oportunidad de humillar

públicamente a Daniel con comentarios hirientes y crueles. La última vez que se cruzaron en el

pueblo, su enorme figura proyectó una sombra humillante sobre Daniel mientras

gruñía burlonamente que el enano seguía jugando patéticamente a ser vaquero y

que debía cuidarse de no ser arrastrado por el viento. Daniel no respondió a las provocaciones porque había aprendido

hacía mucho, que su verdadera fuerza no residía en sus puños diminutos, sino en

su perseverancia inquebrantable. Su rancho era pequeño, pero

inmaculadamente cuidado. Sus pocas cabezas de ganado estaban saludables. Su cabaña era sólida como

una fortaleza y su corazón bondadoso seguía latiendo. Ese día particular, el

cielo occidental tomaba un tono violáceo de mal augurio que presagiaba tormenta.

Las nubes se amontonaban pesadas y amenazantes, prometiendo una de esas tormentas devastadoras que solo las

dacotas sabían producir con furia desatada. Daniel, con el rostro curtido

por el sol y la preocupación constante, contaba su ganado meticulosamente.

Faltaba una res, una vaquilla joven nacida en primavera que probablemente se

había asustado por el cambio dramático de presión atmosférica. Maldiciendo su mala suerte, montó a

Paches, un caballo tampoco impresionante, pero confiable como su dueño, y cabalgó decidido hacia las

colinas ondulantes con los ojos entrecerrados buscando desesperadamente.

El viento se levantó transformándose de queja lastimera, en aullido, ensordecedor y amenazante. La lluvia

comenzó como agujas heladas y luego se convirtió en torrentes que transformaban el polvo seco en lodo resbaladizo.

Daniel tiró el ala de su sombrero hacia abajo, protegiendo su rostro del diluvio implacable que caía sin cesar. Encontró