Como 66 sicarios del CJNG fueron aniquilados en menos de una hora. No

fueron soldados, no fueron rivales, fueron simples rancheros. Y ahora,

compadre, vas a ver cómo le hicieron. Esta madera, piedras, y hasta sus perros

participaron en aquella masacre. Porque 12 días antes, esos mismos sicarios

habían torturado, abusado y usado su poder de una manera que quizá ni te

pueda contar aquí, pero tengo que hacerlo para que entiendas cómo empezó todo y cómo la unión de unos rancheritos

humildes se volvió su fuerza. Cavaron, prepararon, esperaron y cuando los

sicarios entraron, ya era demasiado tarde para volver. Compadre, tú estás

escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al video. Y ahora sí,

vamos a comenzar. El rugido de los motores rasgó el silencio del amanecer.

11 troconas blindadas del cártel Jalisco Nueva Generación avanzaban por el camino

de tierra levantando nubes de polvo color naranja que se elevaban 3 m sobre

la carretera. 66 sicarios armados hasta los dientes. Chalecos antibalas nivel 4.

AR15S con miras holográficas. AK47s cuerno de chivo. Dos ametralladoras

calibre 50 montadas en las troconas de adelante y atrás. Uniformes tácticos

negros con las siglas CJNG pintadas en blanco en la espalda, pasamontañas,

botas militares, radios de largo alcance. Son las 6:15 de la mañana del

23 de octubre de 2024 en la tierra caliente de Michoacán.

El convoy avanza por la brecha que conecta la carretera federal con San Miguel del Monte, un poblado de 840

habitantes a 18 km de Apachingán. Vienen por don Chui, vienen a ejecutarlo en la

plaza del pueblo delante de todos, delante de los 89 niños que estudian en

la escuela primaria, delante de las familias que se atrevieron a decirle no

al cártel más poderoso de México. Un hombre de 63 años que cultiva aguacate y

limón en 12 haáreas heredadas de su padre, que camina con cojera visible

desde que una mula lo pateó hace 15 años, que prepara café en una olla de

peltre todas las mañanas a las 5, que conoce cada árbol, cada piedra, cada

curva del camino, que lleva 40 años viviendo en el mismo rancho de adobe y

Teja, que perdió a su hermano menor hace 3 años cuando los Viagras controlaban la

zona, que vio morir a 23 vecinos por negarse a pagar derecho de piso y que

hace exactamente tres semanas enterró a Miguel, su sobrino de 14 años, torturado

y ejecutado por sicarios del Cesta NG. Lo que esos 66 sicarios jamás imaginaron

es que Don Chuy no está solo, que 240 rancheros están escondidos en los morros

que flanquean el camino, que pasaron tr días cabando hoyos de 2 m de profundidad

y llenándolos con estacas de madera de encino afiladas como cuchillos, que

juntaron 3,000 piedras del tamaño de naranjas y las apilaron en posiciones

estratégicas. que construyeron barreras de troncos con púas de fierro soldadas, que entrenaron

a 80 perros para atacar en manada, que cada hombre, cada mujer, cada abuelo en

ese pueblo juró sobre la tumba de Miguel que el CJNG no volvería a llevarse ni un

solo niño más y que en exactamente 32 minutos esos 66 sicarios estarían

muertos. Cero sobrevivientes. Ni uno solo logrará huir, ni uno solo tendrá

tiempo de llamar refuerzos, ni uno solo regresará a Jalisco a contar lo que pasó. Y hoy vas a descubrir exactamente

como 240 rancheros con rifles del 22, escopetas oxidadas, fundas de cuero y

piedras ejecutaron la emboscada más letal del año contra el CJNG. Como don

Chuy, un hombre con dos costillas fracturadas y el corazón destrozado por

la muerte de su sobrino, planeó durante 72 horas la trampa perfecta.

Como Doña Lupe, una mujer de 68 años que perdió dos hijos y cuatro nietos por

culpa del narco, coordinó las posiciones desde el morro más alto con un walky y

una bandera roja. Como la coneja, viuda de 54 años, mató a

siete sicarios con pedradas en la cabeza, usando una funda que su padre le enseñó a usar cuando tenía 12 años. Y

como 89 niños escondidos en el sótano de la iglesia oyeron durante 32 minutos los

disparos, las explosiones, los gritos y los aullidos de 80 perros hambrientos de

venganza, rezando para que sus padres volvieran vivos. Porque cuando 66

hombres armados invaden un pueblo para ejecutar públicamente a un ranchero y

terminan siendo aniquilados hasta el último, el mensaje resuena en todo Michoacán, en Jalisco, en Guanajuato y

en cada plaza donde opera el cártel Jalisco Nueva Generación. Ningún sicario

está a salvo. Ningún convoy tiene garantía de llegar a su destino. Y la

gente de la tierra caliente, esa gente que el narco creyó que podía someter con balas y miedo, ya no corre, ya no se

esconde, ya no paga. 2 de octubre de 2024. San Miguel del Monte despierta

como siempre. Gallos cantando a las 5 de la mañana, humo saliendo de las cocinas

de adobe, olor a tortillas recién hechas, don Aurelio ordeñando sus cuatro

vacas, doña Carmen barriendo el patio, los niños preparándose para ir a la

escuela con sus mochilas remendadas y sus cuadernos forrados con papel

destraza. Miguel Ochoa, 14 años, sobrino de Don Chuy, camina por la brecha que

lleva a la escuela. Lleva puesta una playera roja del América que su tío le

regaló en su cumpleaños. Tenis blancos ya sucios del polvo del camino. Mochila

azul con un parche de Spider-Man. En la mano derecha un mango manila que

arrancó del árbol de su abuela. Miguel es buen estudiante, saca ochos y nueves.

Ayuda a su mamá con sus tres hermanos menores. Los fines de semana trabaja con

don Chui en la huerta de aguacates. Gana 200 pesos por día que ahorra en una lata

de galletas escondida debajo de su cama. Sueña con comprar una bicicleta de montaña para no caminar los 3 km hasta