En los años duros de la revolución, cuando el polvo del norte era más temido que las balas, había una mujer que todos

respetaban en San Juan del Río. Doña Micaela Arámbula, madre de Doroteo

Arango, el hombre que el mundo conocería como Pancho Villa. Era una mujer de

carácter recio, ojos de fuego y manos curtidas por el trabajo. En su rancho

humilde, enseñaba a los niños a leer y a los hombres a respetar la palabra.

Decían que si el centauro había nacido valiente, era porque la sangre de esa mujer llevaba fuego del cielo. Pero la

guerra no perdonaba a nadie, compadre. Los federales controlaban la zona con

puño de hierro y uno de ellos, el coronel Hilario Montiel, era conocido

por su crueldad sin medida. Su odio hacia Villa era personal. Juraba

que mientras su madre viviera, el alma del centauro nunca tendría paz. Y en una

tarde abrazadora de junio decidió cumplir esa maldición. Entró al pueblo

con 50 hombres a caballo, con el sol cayendo sobre los techos como plomo

derretido. Doña Micaela no huyó. Salió al patio con la frente en alto,

sosteniendo el rosario entre los dedos. Sabía quién era Montiel. Sabía a qué

venía. “Tu hijo ha hecho arder medio México”, le dijo el coronel con voz pastosa de odio. “Hoy le voy a enseñar

lo que duele perder lo que más se ama.” Las mujeres del pueblo lloraban escondidas. Los hombres apretaban los

puños impotentes. Nadie se atrevía a moverse, nadie, porque el que hablaba

moría. Montiel mandó traer dos maderos grandes, viejos, secos por el sol. Nadie

entendía lo que iba a hacer hasta que vieron a sus hombres clavar los palos en forma de cruz frente a la iglesia. El

aire se volvió espeso, el silencio insoportable. “Amárrenla ahí!”, ordenó el coronel y

dos soldados la sujetaron mientras ella rezaba en voz baja. “Perdónalos, Señor”, murmuró. Y esas

fueron las últimas palabras que el pueblo escuchó antes de que los clavos rompieran el aire como relámpago. El

llanto de las mujeres se mezcló con el canto de los grillos. La madre del centauro quedó clavada ante los ojos de

todos, mártir de una venganza que no era suya. El coronel Montiel montó su

caballo, escupió al suelo y gritó, “Que venga tu hijo a buscarte si tiene

los huevos. Luego se fue dejando la cruz al sol, como si la justicia de Dios hubiera sido

reemplazada por la del odio humano. A varios kilómetros de ahí, un mensajero

escapaba al galope con la noticia que él haría el corazón de Villa. El mensajero

se llamaba Tomás, un chamaco de 18 años con más corazón que kilos en el cuerpo.

Había visto la cruz levantarse frente a la iglesia y el rostro sereno de doña Micaela clavado al madero, como si la fe

le sostuviera el dolor. Cuando los federales se fueron, él no se permitió

llorar. Corrió al establo, encilló el caballo más ligero del pueblo y salió

por la vereda de mezquites sin mirar atrás. Cada respiro le sabía a hierro caliente.

El sol le tumbaba los párpados, pero Tomás no aflojaba. Sabía que el desierto

es juez. Al que duda lo entierra, al que decide lo guía. Con la camisa pegada al

sudor y los labios partidos, apretó los dientes hasta sangrar. La orden del corazón era una sola: alcanzar a villa.

El viento le traía ecos de campanas y llantos. Él solo escuchaba una frase,

“Que venga tu hijo a buscarte.” Atrás, en el pueblo, Hilario Montiel mandó clavar un cartel en la puerta de la

iglesia. “Por cada campesino que alimente a Villa colgaré otro inocente.”

Era su forma de gobernar, miedo por decreto. Los hombres bajaron la mirada, las mujeres cubrieron a sus niños. Nadie

habló. Alguien recogió el rosario de doña Micaela del polvo y lo guardó en silencio, como quien guarda una bandera.

Tomás cruzó el arroyo seco de los laureles y subió por las lomas pedregosas donde el aire corta los

pulmones. El caballo resoplaba espuma. El muchacho le habló como a un hermano.

Aguanta, compa. Es por la madre del centauro. A lo lejos, la sierra de

Chihuahua dibujaba colmillos en el cielo. Dicen que cuando la causa es justa, las montañas se abren. Aquella

tarde parecía cierto. Cayó la noche como manta de carbón, pero

el chamaco siguió por instinto, guiado por la franja lechosa del cielo y por un

rumor que los del norte conocen, el de herraduras viejas marcando el camino de

los dorados. Cada tanto, Tomás bajaba para caminar al lado del animal y no

reventarlo. Luego volvía a montar y apretaba el paso. No había mapa, había

destino. Al amanecer del tercer día, con los ojos en brasas y las piernas temblando, el

mensajero vio humo de fogón entre unos ocotes, guardias a caballo, sombreros

anchos, cartucheras cruzadas. Era un puesto villista. Tomás se dejó caer de

la montura, besó la tierra y dijo con la voz hecha astillas: “A Pancho Villa

traigo palabra de su madre.” Y el desierto, que todo oye, guardó silencio

para escuchar. El guardia mayor, un hombre de bigote espeso y mirada dura, se inclinó sobre

el muchacho. De su madre dijiste. Tomás asintió temblando de cansancio. La

crucificaron en San Juan del Río. El coronel Montiel lo hizo por venganza. El

silencio cayó como piedra sobre los hombres del campamento. Ninguno habló.

El mayor se enderezó con el rostro pálido y salió corriendo hacia la tienda principal. Despierten al general, es

urgente. Dentro de la carpa, Pancho Villa dormía apenas 3 horas después de

otra noche de movimiento. Cuando oyó su nombre seguido de la palabra madre, se

levantó de golpe con los ojos encendidos. ¿Qué dijiste, compadre? El mayor tragó saliva. Un muchacho llegó

desde San Juan. trae malas nuevas. Villa salió sin ponerse el sombrero, con la

pistola al cinto y el corazón ardiendo. Cada paso que daba parecía pesar una tonelada. El centauro se arrodilló junto

al mensajero exhausto, le dio agua con sus propias manos y esperó que el joven

pudiera hablar. Fue Montiel, la crucificó frente a todos. Dijo que era