24 de junio de 1928. Algunos quedaron brutalmente muertos en

una sola noche. ¿Sabes lo que puede causar un amor prohibido cuando se

mezcla con celos y mezcal? En la plaza de Xtlán del Río, en pleno baile más

importante del año, los balazos callaron la tambora y la alegría se convirtió en

tragedia. Compadre, aquí te voy a contar con todos los detalles la verdadera

historia detrás de este corrido. Tú estás escuchando el canal Legendarios

del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al video. Y

ahora sí, vamos a comenzar. El mero día de San Juan. La plaza de Xlán del río

ardía con luz de antorchas y faroles de petróleo. El calor de junio se pegaba a

la piel como miel espesa, mezclado con olor a carne asada, tamales y ese dulzor

del ponche que las mujeres servían en jarros de barro. La tambora tronaba desde el templete y los músicos no

paraban de arrancar corridos y sones que hacían vibrar las tablas. Era la noche

de San Juan Bautista, la fiesta más esperada del año. Las mujeres lucían

vestidos de colores vivos, rebos bordados sobre los hombros. Los hombres

traían camisas de manta planchadas, paliacates al cuello, sombreros según

les alcanzara el dinero. Los niños corrían entre las piernas de los adultos, mientras los viejos comentaban

en corrillos quién bailaba con quién. Don Alberto Sánchez García y García

observaba desde su lugar privilegiado, sentado con las familias importantes.

Era hombre alto, de bigote bien recortado y traje oscuro que delataba su

origen español. A su lado, doña Mercedes abanicaba el aire caliente, sonriendo

con esa elegancia heredada de las jalicienses de buena cuna.

Ambos miraban con orgullo a su hija Micaela, que bailaba en el centro de la plaza. Micaela tenía 17 años y era la

muchacha más bonita de Islá del río. Llevaba vestido azul cielo con encajes,

cabello negro recogido en chongo alto, flores blancas prendidas que se mecían cuando giraba. Pero si alguien miraba

más allá de su sonrisa perfecta, podía notar cierta tensión en sus hombros,

cierta rigidez en sus movimientos. El hombre que la hacía girar era Simón

Navarro, hijo de don Refugio, dueño de tierras extensas hacia Jala. Simón tenía

22 años, complexión fuerte de trabajador del campo, manos limpias y modales

educados. Llevaba pantalón de Casimir, camisa blanca, botas bien boleadas.

Bailaba con torpeza honesta de quien se esfuerza por hacerlo bien. “Te ves muy

hermosa esta noche, Micaela”, le dijo cuando la música pausó. “Gracias, Simón.

Tú también te ves muy bien. Palabras educadas, correctas, vacías. Don Alberto

sonreía aprobador. Doña Mercedes asentía satisfecha. Todo marchaba según lo

planeado. Pero tres meses atrás las cosas habían sido diferentes.

Una tarde de marzo, Micaela había ido al mercado y buscó refugio del calor bajo

un toldo. Ahí lo vio por primera vez. Realmente

Juan Guadalupe Rodríguez estaba sentado ayudando a su madre, doña Petra. a servir comida corrida a trabajadores del

campo. Tenía 21 años, complexión delgada pero fibrosa, ojos oscuros que cuando la

miraron la atravesaron como un rayo. ¿Gustas sentarte, gerita? El sol está

bien bravo. Micaela debió seguir de largo. Debió recordar quién era ella y

quién era él, pero algo en esa voz la hizo detenerse. Se sentó. Comieron

juntos. Hablaron de cosas sin importancia, pero entre esas palabras se

tejió algo que ninguno supo nombrar, pero ambos sintieron con claridad absoluta.

Después vinieron otros encuentros, conversaciones que se alargaban, miradas

que duraban más de lo permitido y luego los encuentros secretos. Micaela,

saliendo por la puerta trasera cuando sus padres dormían, Juan esperándola donde la luz del farol no alcanzaba.

Caminatas por las orillas del pueblo, palabras susurradas como oraciones,

besos que sabían a pecado y gloria. Juan le había regalado un listón rojo que

ahora Micaela llevaba escondido en el corpino, pegado a su corazón, oculto

bajo el azul cielo que sus padres habían elegido. Nadie podía verlo, nadie debía saber. La

música cambió. Simón le hizo reverencia torpe pero sincera y ella respondió con

sonrisa que no le llegaba a los ojos. Don Alberto se acercó para felicitar a

Simón, palmearle la espalda como quien ya lo considera familia. Doña Mercedes

arregló una flor desprendida del cabello de Micaela. Lo estás haciendo muy bien,

hija. Don Refugio está muy contento. Tu padre también. Micaela asintió porque

era lo único que podía hacer. Miró hacia la multitud que llenaba la plaza, hacia

los rostros que se mezclaban bajo la luz de las antorchas. Y entonces, entre el humo de los puestos y el polvo que

levantaban los bailadores, sus ojos encontraron otros ojos. Ojos que la

conocían de verdad, ojos que ardían con algo que no era solo amor, sino también

dolor, furia, desesperación. Juan Guadalupe estaba del otro lado,

recargado contra el poste donde vendían mezcal. Tenía el sombrero echado hacia atrás, camisa arrugada, una botella en

la mano. La mirada que le clavó era un grito silencioso que atravesó toda la

distancia entre ellos. Ella sintió que el aire se le escapaba.

Juan levantó la botella, tomó un trago largo sin dejar de mirarla, se limpió la

boca con el dorso de la mano. Después caminó directo al puesto donde un hombre

gordo servía mezcal en vasos de barro. Pidió otro trago y luego otro. La mano

que sostenía el vaso temblaba, pero su mandíbula estaba apretada con determinación que daba miedo. Don