En el verano de 1977, en una vasta tierra donde las áridas praderas se extendían hasta el horizonte, existía un pequeño pueblo que prosperaba gracias a la ganadería y sus ferias anuales.

Una vez al año, al amanecer, cuando los rebaños de ganado más robustos salían de las granjas, se celebraba una feria ganadera.

Era mucho más que un simple lugar para comprar y vender.

Era un lugar donde los granjeros exhibían su ganado, donde los niños corrían y jugaban entre los terneros, donde los aromas de la carne a la parrilla, la cerveza fría y el polvo se mezclaban para crear una atmósfera rural única.

Esa mañana, la feria bullía de actividad desde temprano.

Viejas camionetas estaban estacionadas en filas a lo largo del extenso campo abierto. Vendedores de tacos habían instalado pequeños puestos de madera. Botellas de refresco de vidrio se apilaban en torres dentro de neveras portátiles.

Música norteña resonaba a todo volumen desde un viejo altavoz sujeto a un poste de madera.

En medio del campo abierto se alzaba una sencilla arena construida con gruesos tablones y postes de madera clavados en el suelo.

A su alrededor, se congregaban grupos de personas.

Los pastores hablaban del precio del ganado. Los comerciantes observaban las reses con ojos calculadores. Los niños corrían de un lado a otro entre los corrales de los terneros.

Todo transcurría como en cualquier otra feria.

Hasta que apareció el toro.

El animal estaba en un corral aparte, cerca de la arena.

Era terriblemente grande.

Pecho ancho. Hombros robustos. Cuernos brillantes y curvados.

Cada vez que respiraba con dificultad, levantaba polvo bajo sus pezuñas.

No se quedaba quieto.

Daba vueltas por el corral, golpeando ocasionalmente sus cuernos contra los tablones de madera.

Un joven que estaba cerca susurró:

—Dicen que trajeron a este toro anoche.

El hombre que estaba a su lado respondió:

—Dicen que es muy feroz.

El toro volvió a golpear el suelo con sus pezuñas. El sonido de sus cascos golpeando la tierra seca resonaba con fuerza.

Quienes estaban cerca del establo retrocedieron automáticamente unos pasos.

Nadie quería ser el primero en probar suerte con el animal.

Cerca del mediodía, se oyó un nuevo sonido.

El rugido del motor de un camión proveniente del camino de tierra que conducía al recinto ferial.

Una gran nube de polvo se elevó a lo lejos.

Todos se volvieron para mirar.

Una vieja camioneta Ford de color oscuro entró en el campo.

El vehículo se detuvo cerca de la arena.

La puerta se abrió.

Salió un hombre.

Era alto y de hombros anchos, llevaba un sombrero negro y un cinturón de cuero con una hebilla grande y brillante.

No necesitaba presentación.

Todos lo conocían.

Don Tiburcio Gálvez.

El terrateniente más rico de la región.

Poseía numerosas granjas, rebaños de ganado y vastas extensiones de tierra; tanto que se decía que uno podría cabalgar todo el día y aun así no las recorrería todas.

Caminó hacia la parte trasera del camión.

Dos hombres que lo acompañaban abrieron un gran contenedor metálico en la parte trasera del camión.

Al desbloquearlo, se levantó la tapa.

La luz del sol entró a raudales.

Los que estaban más cerca guardaron silencio.

Dentro había lingotes de oro.

Tantos que la luz se reflejaba en sus rostros.

Un hombre exclamó:

—¡Dios mío…!

La noticia se extendió como la pólvora por la pradera.

—¡Hay oro!

—¡Mucho oro!

—¡Un barril entero de oro!

Don Tiburcio subió a la parte trasera del camión.

Miró a la multitud con una mirada lenta y deliberada, como alguien acostumbrado a ser el centro de atención.

Entonces habló en voz alta:

—¡Escuchen! La multitud fue enmudeciendo poco a poco.

Señaló hacia el establo.

“Aquí tengo cien libras de oro”.

Una oleada de revuelo recorrió la multitud.

Continuó:

“Este oro pertenecerá a quien se atreva a montar ese toro”.

Señaló directamente al toro que golpeaba sus cuernos contra las tablas de madera.

“¡Sólo, móntalo!”.

La multitud miró al toro.

Luego al barril de oro.

Después se miraron entre sí.

Un hombre rió nerviosamente.

“¿Estás bromeando?”.

Otro hombre negó con la cabeza.

“Él nunca bromea con el dinero”.

Don Tiburcio sonrió con sorna.

“¿Qué pasa?”.

Miró a su alrededor.

“¿Acaso no hay hombres en este pueblo?”.

Sus palabras cayeron en saco roto.

Pero nadie dio un paso al frente.

El toro golpeó sus cuernos contra las tablas de madera.

Se levantó una nube de polvo.

Un hombre murmuró:

— «Ese animal mata a cualquiera».

— «Nadie es tan tonto».

Don Tiburcio se cruzó de brazos.

Esperó.

Pero nadie salió.

Entre la multitud, había una anciana.

Estaba de pie junto a un pilar de madera de la arena.

Un rebozo oscuro le cubría los hombros.

Sus sandalias estaban desgastadas por los años de caminar.

Se llamaba Doña Melquía de Sakirarte.

La mayoría de la gente del pueblo la conocía.

No porque fuera rica.

Sino porque era pobre.

Tras la muerte de su marido hacía muchos años, perdió su pequeña granja.

Vivía de trabajos ocasionales.

Limpiando corrales.

Ayudando en la cocina.

Vendiendo comida en el mercado.

Nadie la tenía en cuenta.

Era solo una anciana viuda.

Pero en ese momento, ella miraba al toro.

Mirándolo fijamente durante un buen rato.

La multitud seguía murmurando.

—Cien libras de oro…

—Con ese dinero se podría comprar una hacienda entera.

—Pero primero, tenemos que sobrevivir.

Nadie se percató de que la puerta del establo se había abierto con un crujido.

Nadie se dio cuenta de que la viuda había desaparecido de su sitio.

Hasta que alguien gritó.

—¡Oigan! ¡Miren!

Todas las miradas volvieron a la plaza.

Y entonces…

Toda la feria quedó en silencio.

Sobre el lomo del toro…

había una persona sentada.

Nadie vio cómo se subió.

Nadie supo cuándo entró en el establo.

Pero allí estaba Doña Melquía.

Sentada sobre el lomo del toro.

C

El animal se enfureció al instante.

Saltó.

Dio vueltas.

Golpeó el suelo con sus cascos.

El polvo se levantó como una tormenta.

La multitud entró en pánico.

—¡Dios mío!

—¡Tírenla!

—¡Se va a morir!

Pero nadie se atrevió a entrar en el establo.

El toro corrió por la plaza.

Se lanzó hacia la izquierda.

Luego hacia la derecha.

Pero la viuda no gritó.

No se resistió.

Solo se inclinó al ritmo de los movimientos del animal.

Como si hubiera montado toros toda su vida.

Don Tiburcio ya no sonreía.

Observaba la escena con los ojos entrecerrados.

Un trabajador susurró a su lado:

—Patrón…

—El toro no puede quitársela de encima.

El toro siguió saltando.

El sonido de los cascos golpeando el suelo.

El crujir de la madera.

El polvo llenaba el aire.

Y en medio del caos…

la viuda permanecía aferrada al lomo del animal.

El toro giró.

Giró de nuevo.

Saltó de nuevo.

Pero ella seguía allí.

Los ancianos entre la multitud comenzaron a susurrar entre sí.

—«Esa es Melquía».

—«La esposa de Nazario».

Un joven preguntó:

—«¿Quién es Nazario?».

Un anciano respondió:

—«El mejor pastor de toros de esta región… antes de morir».

El joven volvió a mirar hacia la arena.

El toro seguía intentando zafarse de su jinete.

Pero parecía…

que empezaba a cansarse.

El polvo se disipó.

La respiración del animal se hizo pesada.

Su paso se ralentizó.

Y luego aún más. Toda la feria contuvo la respiración.

Don Tiburcio estaba de pie junto a la valla de madera. Su mirada estaba fija en el toro.

Y en la anciana que iba sobre su lomo.

El toro dio unos pasos más.

Respiraba con dificultad.

El sol brillaba directamente sobre la arena.

Sudor y espuma blanca aparecieron alrededor de la boca del animal.

Se detuvo.

Se quedó inmóvil.

Toda la feria quedó en silencio, un silencio tan profundo que se podía oír la respiración del toro.

La viuda permaneció sentada sobre su lomo.

Sin moverse.

Sin hablar.

Don Tiburcio apretó con más fuerza la barandilla de madera.

Y en ese preciso instante…

comenzó a deslizar los pies por el lomo del toro.

La multitud contuvo la respiración.

Porque nadie sabía…

cuando sus pies tocaran el suelo…

si el toro se quedaría quieto.

O atacaría.