México Tenía la Industria Cinematográfica Perfecta en 1947 — Hasta que 3 Decisiones la Debilitaron

 

 

Imagina que tu país tiene la industria cinematográfica más poderosa de todo el mundo hispanohablante. Tus películas se ven desde el sur del continente hasta España. Tus actores son ídolos en dos continentes y en Hollywood te miran con respeto. Es 1947 y si eres mexicano, esto no es un sueño, es tu realidad. Pedro Infante acaba de estrenar Los Tres García.

 María Félix está en la cima de su carrera. Gabriel Figueroa ganó un globo de oro por la perla, la primera película mexicana en conseguirlo. Los estudios Churubusco, Tepeyac y México Films están produciendo más de 80 películas al año. América Latina entera está esperando ver qué sale de México. Pero aquí viene lo brutal. En menos de 10 años todo ese imperio se va a desmoronar y no por falta de talento, ni por crisis económica, ni porque llegó la televisión.

 se va a quebrar principalmente por tres decisiones concretas que tomaron personas específicas y que nadie quiso o supo detener. Hoy te voy a contar como un gringo con conexiones políticas, el gobierno estadounidense y dos sindicatos peleados entre sí debilitaron irreversiblemente lo que pudo haber sido el Hollywood latinoamericano, principalmente a través de tres decisiones que marcaron el destino de toda una industria.

 Para entender la caída, primero hay que entender la gloria. Y la época de oro del cine mexicano no fue suerte. fue el resultado perfecto de varios factores que se alinearon en el momento justo. Todo empezó en 1936 con Allá en el Rancho Grande de Fernando de Fuentes. Esta película fue un éxito masivo no solo en México, sino en toda América Latina y hasta en Estados Unidos.

 Por primera vez, el cine mexicano demostró que podía competir internacionalmente, que tenía una identidad propia. y que el público hispanohablante estaba hambriento de ver su cultura en la pantalla grande. Entonces llegó la Segunda Guerra Mundial y aquí es donde todo cambia. Estados Unidos entró en guerra en 1941 y de repente Hollywood tenía otros problemas.

 La celulosa para hacer película escaseaba porque se necesitaba para el esfuerzo bélico. Los equipos se racionaban y lo más importante, Washington necesitaba desesperadamente que América Latina no se fuera con los nazis. Ahí entra la llamada política de buena vecindad de Franklin D. Roosevelt. Estados Unidos creó la oficina del coordinador de asuntos interamericanos dirigida por Nelson Rockefeller.

 El objetivo era simple, usar el cine como propaganda antifascista en español y para eso necesitaban a México. Rockefeller no era tonto. Sabía que Brasil hablaba portugués, que España tenía a Franco en el poder y que necesitaba un socio estable. México era el candidato perfecto, un país estable, con una industria cinematográfica creciente y con ganas de expandirse.

Entonces, Estados Unidos le dio a México todo lo que necesitaba. El Comité Interamericano les proporcionó equipos, rollos de película, plantas de luz, reflectores y cámaras. México filmó películas como Soy puro mexicano y espionaje en el Golfo con mensajes antinazis. En 1943, la revista Variety declaró que Estados Unidos estaba dispuesto a que México dominara el mercado latinoamericano.

Mientras Europa estaba en ruinas y Hollywood enfocado en la guerra, México producía y producía. En 1945 llegaron a hacer 82 películas en un solo año. Los estudios churubusco se inauguraron en 1944, los Quutemoc en 1945, los Tepeyac en 1946 y México Films en 1947. Todo el aparato estaba funcionando a máxima capacidad y no solo eso, el talento estaba ahí.

 Gabriel Figueroa era considerado uno de los mejores directores de fotografía del mundo. Emilio El indio Fernández hacía películas que ganaban premios en Can. Pedro Infante, Jorge Negrete, Dolores del Río y María Félix eran estrellas genuinas con carisma internacional. En 1947, México era una potencia cinematográfica. Las películas mexicanas se distribuían en toda América Latina, en España y en las comunidades hispanas de Estados Unidos.

 El cine mexicano no solo entretenía, definía lo que significaba ser latinoamericano para millones de personas. Era el momento perfecto. Pero justo cuando todo parecía invencible, tres decisiones empezaron a quebrar los cimientos. William Oscar Jenkins Beidle, nacido en Tennessee en 1878, empresario, especulador y una de las figuras más señaladas en el declive del cine mexicano.

 Este tipo llegó a México durante la revolución y construyó una fortuna vendiendo alcohol durante la ley seca estadounidense, controlando ingenios azucareros en Puebla y eventualmente comprando salas de cine. Kenkins empezó con una sala en Puebla en 1939. Junto con su socio Gabriel Alarcón formó la cadena de oro y empezó a comprar más y más cines.

 En poco tiempo, Jenkins controlaba la gran mayoría de las salas comerciales en México a través de la compañía operadora de teatros SA Kotza, un control casi absoluto del negocio deexhibición. ¿Y qué pasa cuando una sola persona controla dónde se pueden ver las películas? Pasa que esa persona controla todo el negocio.

 Jenkins no era productor, no le importaba el arte ni la calidad, le importaba el dinero y descubrió que podía hacer más dinero obligando a los productores a hacer películas baratas y rápidas. Así nacieron los famosos churros, películas de bajo presupuesto, mal hechas, repetitivas, filmadas en tiempo récord. Jenkins pagaba porcentajes mínimos a los productores por concepto de exhibición.

 Si una película no le gustaba, la sacaba de cartelera, aunque todavía pudiera ganar dinero en taquilla. Luego la reestrenaba meses después, pero ya con tarifas planas en lugar de porcentajes y así se quedaba con más ganancias. Los productores no tenían opción. Si no hacías lo que Jenkins quería, tus películas no se exhibían.

Y si no se exhibían, no recuperabas tu inversión. José Revueltas, el escritor y guionista, publicó un artículo legendario en 1949 titulado Jenkins estrangula al cine. En ese texto denunció como el monopolio estaba matando la calidad del cine mexicano. Miguel Contreras Torres, director y productor, escribió todo un libro llamado El libro negro del cine mexicano, donde documentó las prácticas abusivas de Jenkins, pero no sirvió de nada.

 Jenkins tenía conexiones políticas. Era amigo de los hermanos Ávila Camacho, Manuel, que fue presidente de México, y Maximino, que fue gobernador de Puebla. Con esa protección nadie lo podía tocar. El monopolio de Jenkins convirtió una industria artística en una fábrica de productos desechables. Los directores talentosos quedaron atrapados.

 Los guionistas escribían las mismas historias una y otra vez. Los actores repetían los mismos personajes. El público empezó a cansarse y lo peor, el prestigio internacional que México había construido, empezó a desmoronarse porque las películas que llegaban al extranjero eran cada vez peores. Esta fue la primera gran decisión que debilitó al cine mexicano, permitir que un solo hombre concentrara el poder de exhibición y lo usara para destruir la calidad.

 Y lo más trágico es que el gobierno mexicano lo sabía. El presidente Abelardo L. Rodríguez hasta intentó expulsar a Jenkins en 1953 aplicándole el artículo 33 constitucional por fraudes al fisco. Pero ya era tarde. Jenkins se vengó comprando los cines de Rodríguez a precio irrisorio y consolidando aún más su poder.

 Mientras Jenkins estrangulaba la industria desde adentro, Estados Unidos decidió abandonar a México desde afuera. La Segunda Guerra Mundial terminó en 1945. Europa estaba en ruinas, pero Hollywood no. Y Washington ya no necesitaba que México hiciera propaganda antifascista. La política de buena vecindad murió con Franklin D. Roosevelt en 1945.

Harry Estruman la mantuvo por inercia un par de años. Pero cuando llegó la Guerra Fría, Estados Unidos redirigió toda su atención y recursos a Europa. América Latina quedó en segundo plano. No fue un ataque directo, fue un retiro estratégico, pero el efecto fue devastador. Esto significó que toda la ayuda que México había recibido, equipos, materiales, apoyo financiero, distribución, se evaporó.

 Peor aún, Hollywood regresó con fuerza y quería recuperar los mercados que México había dominado durante la guerra. Las compañías estadounidenses empezaron a presionar agresivamente para que sus películas se distribuyeran en América Latina. usaron su poder financiero, sus conexiones políticas y su infraestructura superior para desplazar al cine mexicano.

 Y el gobierno mexicano no reaccionó a tiempo. Aquí está la segunda decisión fatal. El gobierno mexicano no implementó medidas proteccionistas cuando debió hacerlo. No creó cuotas de pantalla obligatorias para películas mexicanas. no subsidió la producción nacional de manera efectiva, no invirtió en mejorar la infraestructura de distribución internacional, simplemente dejó que Hollywood hiciera lo que quisiera.

 Entre 1946 y 1953, el desencanto latinoamericano fue total. Durante la guerra, Estados Unidos había prometido cooperación y desarrollo. Después de la guerra, simplemente se fue. Toda la inversión que se había hecho en fortalecer al cine mexicano como herramienta de propaganda se abandonó de la noche a la mañana.

 México intentó mantener su posición por cuenta propia, pero sin el apoyo estadounidense y enfrentando la competencia despiadada de Hollywood era casi imposible. Las películas mexicanas seguían siendo populares en América Latina, pero cada vez era más difícil conseguir distribución. Las salas preferían exhibir películas estadounidenses porque eran más rentables y porque las distribuidoras gringas ofrecían mejores condiciones comerciales.

 La ironía es brutal. Estados Unidos ayudó a construir el cine mexicano para sus propios intereses y luego lo abandonó cuando ya no lo necesitaba. Y México no tuvo lavisión estratégica de prepararse para ese momento. Esto nos hace reflexionar. Hagamos un ejercicio de imaginación. Si el gobierno de México hubiera protegido la industria en ese momento, ¿creen que hoy estaríamos viendo a los estudios Churubusco competir cara a cara con Netflix o Disney? ¿O el avance de Hollywood era simplemente inevitable? Déjame tu respuesta en los comentarios.

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 Si Jenkins estrangulaba desde la exhibición y Hollywood atacaba desde la distribución, los sindicatos cinematográficos decidieron rematar todo desde adentro con una guerra que duró décadas. En 1945 todo explotó. Salvador Carrillo, líder del Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica CTIC, le dio una cachetada a Gabriel Figueroa, el famoso director de fotografía durante una discusión sobre el manejo de fondos sindicales.

 Figueroa acusó a Carrillo de desvío de dinero y corrupción. El 25 de febrero de 1945, Mario Moreno Cantinflas, en solidaridad con Figueroa, anunció que la sección siete de actores se saldría del stick. Lo siguieron los directores, los músicos, los guionistas y los técnicos. El primero de marzo de 1945 fundaron el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica STPC con Cantinflas como secretario general y Jorge Negrete como secretario de conflictos.

 Fidel Velázquez, el todopoderoso líder de la Confederación de Trabajadores de México, se puso furioso. Publicó desplegados en periódicos llamando a Cantinflas nazi fascista por dividir al Movimiento obrero. Amenazó al CTPC con violencia. En 1946, los miembros del STPC se atrincheraron en los estudios Churubusco con armas de fuego para defenderse.

Afortunadamente, no hubo muertos, pero la tensión era extrema. El presidente Manuel Ávila Camacho intentó mediar. En septiembre de 1945 emitió un laudo presidencial que delimitaba las funciones de cada sindicato. El esteis se quedaría con distribución y exhibición, el STPC con producción.

 Pero el STE no respetó el laudo. Empezó a boicotear las películas hechas por trabajadores del STPC, impidiendo que se exhibieran en las salas que controlaban. Esta guerra sindical paralizó la industria. Los productores no sabían con qué sindicato trabajar. Los trabajadores tenían miedo de ser boicoteados. Las filmaciones se retrasaban o se cancelaban.

 Y lo peor, ninguno de los dos sindicatos aceptó la entrada de nuevos talentos. Los sindicatos se volvieron clubes cerrados, controlados por las mismas figuras que estaban desde los años 40. Nuevos directores, guionistas, actores y técnicos no podían entrar a la industria porque los sindicatos lo impedían. Esto condenó al cine mexicano a envejecer sin renovación.

 Para 1948, el Stace tenía 3507 miembros y el STPC tenía 2,575. Juntos representaban el 6% de la Fuerza Obrera Nacional. Pero en lugar de usar ese poder para defender la industria, lo usaron para pelear entre ellos durante décadas. La guerra sindical es la tercera decisión fatal porque cerró las puertas a la innovación, encareció la producción, creó un ambiente de desconfianza y convirtió a la industria en un campo minado político.

 Cualquier productor que quisiera hacer una película tenía que navegar por un laberinto de conflictos sindicales, boicots y amenazas. En 1947, México tenía todo para convertirse en el Hollywood de América Latina. Tenía estudios, tenía talento, tenía mercado, tenía prestigio internacional. Pero tres decisiones clave lo debilitaron profundamente.

 Primera decisión, permitir que William Jenkins monopolizara la exhibición y convirtiera el cine en una fábrica de churros baratos. Segunda decisión. No proteger la industria cuando Estados Unidos terminó la política de buena vecindad y Hollywood regresó a competir sin piedad. Tercera decisión, dejar que los sindicatos se mataran entre sí durante décadas en lugar de unirse para defender la industria.

 Estas no fueron fuerzas invisibles del mercado, fueron personas concretas tomando decisiones concretas. Jenkins escogió el dinero sobre la calidad. El gobierno mexicano escogió la inacción sobre el proteccionismo. Los líderes sindicales escogieron el poder personal sobre la unidad gremial y el resultado está documentado. Para los años 60, el cine mexicano estaba en crisis.

 La producción cayó drásticamente. La calidad siguió bajando. El público perdió interés. Los estudios cerraron uno por uno. Tepeyc, Claca desaparecieron entre 1957 y 1958. Solo Churubusco sobrevivió. En los años 90, cuando se liberalizó la industria, la producción mexicana estaba en números patéticos, menos de 25 películas al añoen promedio.

 Todo ese imperio que en 1947 producía 82 películas anuales había colapsado. La historia del cine mexicano es una lección brutal sobre cómo un imperio cultural puede destruirse no por falta de talento, sino por malas decisiones estratégicas. México tuvo su oportunidad de oro y la dejó escapar. Hola, amigos. Muchas gracias por haber visto este video.

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