México No Tenía Alas en 1915 — Villasana Alcanzó 6km Altitud con Hélice Anáhuac

 

 

Si crees que conoces la historia de la aviación, prepárate para descubrir un capítulo que las potencias mundiales prefieren olvidar. Un joven ingeniero mexicano, en plena revolución, sin recursos, sin apoyo de grandes corporaciones, logró lo que los genios de Europa y Estados Unidos no pudieron hacer: rediseñar la física del vuelo para conquistar alturas imposibles.

Quédate hasta el final porque lo que estás a punto de escuchar desafiará todo lo que creía saber sobre quién verdaderamente dominó los cielos en el siglo XX. 11 de abril de 1910. Pashuka, Hidalgo. Mientras el mundo miraba hacia Europa y Estados Unidos como las cunas de la aviación, un joven de apenas 19 años despegaba en un aeroplano completamente diseñado y construido por el mismo.

 Juan Guillermo Villasana López se elevaba a 700 m sobre la capital hidalguense, desafiando no solo la gravedad, sino también el escepticismo de una nación que aún no creía en sus propios talentos. Ese vuelo no fue un simple experimento de juventud. Fue el primer grito de guerra de un genio que estaba a punto de cambiar la aviación mundial para siempre.

 Nacido el 10 de febrero de 1891 en Pachuca de Soto, Villasana no venía de familias poderosas ni de academias prestigiosas. Su padre era evanista, un artesano de la madera y esa herencia familiar resultaría ser el arma secreta que revolucionaría la tecnología aeronáutica. Desde niño, Villasana devoraba revistas de aviación en alemán, francés e inglés, idiomas que aprendió por cuenta propia solo para saciar su obsesión por las máquinas voladoras.

 A los 13 años ya diseñaba y construía modelos de avión de su propia invención, haciéndolos volar en los llanos de la hacienda de Santa Prieta. Mientras otros adolescentes jugaban en las calles, él estudiaba matemáticas, física y aerodinámica en el colegio Liceo, preparándose para un destino que ni el mismo podía imaginar. En 1909, a los 18 años, Villasana fundó junto con otros apasionados la primera organización aeronáutica de México, la Sociedad de la Aviación.

 No había instructores, no había manuales en español, no había precedentes. Todo lo que tenían era pasión y la determinación de demostrar que México podía volar tan alto como cualquier nación europea. Y así fue como un año después, el 11 de abril de 1910, Villasana pilotó su aeroplano bautizado como Pachuca, marcando un hito en la historia de la aviación latinoamericana.

 Pero aquí comienza la verdadera historia, la que nadie te cuenta. En 1910, cuando los ases franceses Roland Garros, Audenard Berrier y Simon llegaron a México para exhibiciones aéreas, ocurrió algo revelador. Durante un aterrizaje en la Ciudad de México, el patín de cola de su avión se rompió y los franceses, con toda su experiencia europea, no sabían cómo repararlo en tierras mexicanas.

 Fue Villasana quien ofreció sus servicios reparando el desperfecto con maestría y convirtiéndose así en el primer técnico mecánico aeronáutico mexicano. Los europeos quedaron impresionados, pero aún no habían visto nada. Francisco Imadero, recién llegado a la presidencia en 1911, comprendió algo que pocos líderes de la época entendían.

 El futuro de las guerras estaría en los cielos. Después de abordar una aeronave de dos plazas durante una exhibición, Madero autorizó las primeras compras de material aéreo y envió aspirantes a pilotos a la Moy Santa Aviación School en Nueva York. Pero más importante aún, el 19 de abril de 1912, el general José González Salas, ministro de Guerra y Marina, encargó a Villas a la construcción de cinco aeroplanos tipo de Perdusing para el ejército mexicano.

 El primero de ellos recibió el nombre de Latinoamérica y con él México dejaba de ser un mero importador de tecnología para convertirse en productor. El 4 de abril de 1913, Villasana y el piloto Miguel Ebrija ejecutaron algo nunca antes visto en América Latina, un simulacro de bombardeo aéreo en el aeródromo de Valbuena usando bombas Martín Ale.

 Mientras la Revolución Mexicana desangraba al país, Villasana estaba escribiendo el manual de la guerra moderna. Pero había un problema que nadie podía resolver, un enemigo invisible que frustraba cada intento de dominar los cielos mexicanos. México tenía un secreto mortal para la aviación, su altitud. La ciudad de México se encuentra a 2,240 m sobre el nivel del mar y en 1915 eso significaba una sentencia de muerte para cualquier aeroplano diseñado en Europa o Estados Unidos.

 El aire enrarecido actuaba como llantas en hielo. Los aviones tardaban una eternidad para despegar, volaban lento y no lograban subir más allá de 100 m. Para poner esto en perspectiva, en 1915 el récord mundial de altitud era apenas 2423 m. Los ingenieros europeos intentaban resolver el problema con motores más potentes, gastando fortunas en tecnología que solo incrementaba marginalmente el rendimiento.

 Pero Villasana identificó algo que los geniosdel viejo mundo habían pasado por alto. El problema no estaba en los motores, estaba en las hélices. mayor elevación, menor densidad del aire. Las hélices europeas diseñadas para operar a nivel del mar o cerca de él simplemente no podían generar suficiente empuje en el aire enrarecido del altiplano mexicano.

Era un problema de física básica que requería una solución revolucionaria, no incremental. Y fue en 1915, en plena guerra civil, con recursos limitados y un país fracturado, cuando Villasana tuvo su momento de genialidad. Aquí es donde la historia se vuelve extraordinaria, donde la tradición familiar de evanistas se encontró con la ingeniería aeronáutica de vanguardia.

Villasana diseñó una hélice completamente nueva, fabricada no con una sola madera como las europeas, sino con varias maderas distintas ensambladas en un patrón revolucionario. Las láminas de diferentes materiales se colocaban alternadamente y en forma de abanico, creando una estructura que compensaba el bajo empuje en altitudes elevadas.

 El diseño no solo era más eficiente, era más estable, más resistente y permitía a los aviones alcanzar alturas que nadie creía posibles con la tecnología de la época. La bautizó como la hélice Anhawak, un nombre que honraba la tierra azteca que la vio nacer. Pero Villasana sabía que los nombres no prueban nada, que las palabras no conquistan cielos.

Necesitaba demostrarlo al mundo y para eso necesitaba una prueba definitiva. Si pensabas que esta historia termina con un simple vuelo de prueba, estás muy equivocado. Quédate porque lo que viene a continuación hizo temblar las bases de la aviación mundial y obligó a las potencias a reconocer que México había superado su tecnología.

 No te pierdas como un invento mexicano llegó a Japón y cambió el curso de la historia aeronáutica. El 5 de febrero de 1915, en medio del caos revolucionario, Benustiano Carranza creó oficialmente el arma de aviación militar. 5co días después, el 10 de febrero, se convertiría en la fecha conmemorativa de lo que hoy conocemos como la Fuerza Aérea Mexicana.

 Carranza instruyó a la Secretaría de Guerra y Marina la construcción de hangares y talleres, pero más importante aún, confíó en mentes brillantes como Villasana y su sobrino, el piloto Alberto Salinas Carranza, para fortalecer el cielo constitucionalista. El 15 de noviembre de 1915, Carranza fundó los talleres nacionales de construcciones aeronáuticas conocidos como TNCA.

 Estas instalaciones ubicadas en lo que anteriormente fue la hacienda de Valbuena en la Ciudad de México comenzaron simplemente como taller de mantenimiento de la pequeña y antigua flota. Pero bajo la dirección de Alberto Leopoldo Salinas Carranza, Francisco Santarini Tognoli y Juan Guillermo Villasana López, los TNCA crecieron hasta convertirse en una auténtica fábrica de aviones y equipo completamente mexicano.

 Las instalaciones eran impresionantes para la época. Contaban con sección técnica para proyectos, sala de dibujo, carpintería con herramientas mecánicas y eléctricas, sección mecánica equipada contornos eléctricos, laboratorio químico para pruebas de materiales diversos, fundición dotada con cuatro fraguas, un ventilador crup y un martillo de vapor, además de las secciones de motores y vestidura.

 Entre 1915 y 1920, el gobierno constitucionalista planteó la urgente necesidad de que el ejército fuera autosuficiente en sus aprovisionamientos, lo que llevó a la reapertura de fábricas de armas, pólvora y al establecimiento de capacidad aeronáutica nacional. En los TNA se diseñaron y construyeron los primeros aeroplanos 100% mexicanos con piezas, motores, técnicos, ingenieros, pilotos y tecnología locales.

 Se fabricaron las series de aeroplanos A, B, C, D, E y F, junto con motores radiales o estrella enfriados por aire llamados Trébol, Nesaalcoyotl, Astatl y SS México. Los modelos fueron reconocidos a nivel mundial y en apenas 5 años fabricaron 58 máquinas voladoras. logrando que la aviación del país viviera su época de oro.

 Pero el mayor logro de los TNCA fue la creación y producción de la hélice Anawak. Villasana sabía que necesitaba pruebas irrefutables de su superioridad tecnológica. No bastaba con decir que funcionaba mejor. Tenía que demostrarlo con números, con altitudes, con récords que nadie pudiera negar. Primera prueba. Comparación directa.

 Villasana instaló la hélice Anahuak en un aeroplano que anteriormente usaba hélices europeas importadas. Los resultados fueron asombrosos. El tiempo de despegue se redujo drásticamente, la velocidad de ascenso se duplicó y la estabilidad mejoró notablemente, pero aún no era suficiente. Segunda prueba, vuelo sostenido de altitud.

 Con la hélice anahuak instalada, los aviones lograban elevarse a alturas que antes eran imposibles con las hélices convencionales. El avión alcanzó casi el doble de razón de ascenso comparado conlas hélices europeas. Los pilotos reportaban mayor estabilidad y control incluso en aire extremadamente enrarecido.

 Tercera prueba, la prueba definitiva. Villasana volaría de la Ciudad de México a Pachuca, 90 km de distancia, pero no por la ruta directa del valle. Volaría sobre la sierra de Pachuca. Montañas que representaban el desafío más extremo para cualquier aeronave de la época. El 7 de mayo de 1916 a las 6:23 de la mañana, Villasana despegó de Valbuena.

 Alcanzó 4500 m de altitud, cruzó la sierra y completó el vuelo con éxito absoluto. Era la prueba irrefutable. La hélice anahuak no solo funcionaba, superaba todo lo que existía en el mercado mundial. El 6 de enero de 1917, el avión número 6 de la serie A, equipado con Hélice Sanhawak, realizó la primera entrega del servicio postal mexicano por vía aérea.

 No era solo la primera vez en México, era la primera vez en el mundo que el correo se transportaba de manera regular por este medio. México, en plena revolución lideraba la innovación postal aeronáutica mundial. En 1917, Villasana desempeñó comisiones representando al gobierno de México y fue enviado a El Salvador a entregar los aviones que se obsequiaron a aquel país hermano.

 La hélice anahuak comenzaba a exportarse y el mundo empezaba a notar que algo extraordinario estaba sucediendo en México. Estados Unidos, Japón y Francia, entre otros países, quisieron comprar la patente. ofrecieron fortunas, presionaron diplomáticamente, pero Villasana tomó una decisión que pocos ingenieros hubieran tomado. Prefirió donarla al gobierno de México.

En lugar de enriquecerse personalmente, decidió que la patente debía pertenecer a su nación, quien luego obsequió copias a países amigos. Era un acto de patriotismo que definiría el carácter del ingeniero para siempre. Pero el verdadero reconocimiento mundial llegó en 1919 cuando ocurrió algo que sacudió a la comunidad aeronáutica internacional.

 Un piloto norteamericano volando en Japón con una aeronave equipada con la hélice Anahwak alcanzó 19,750 pies de altitud, aproximadamente 6,020 m. Era el récord mundial de altitud, casi el triple de límite que la aviación mundial había logrado con tecnología convencional. Para entender la magnitud de este logro, consideremos que el Mont Blanc, la montaña más alta de los Alpes, tiene 4808 m.

 El piloto con la hélice anahwak había superado esa altura por más de 100 m. A esa altitud de 6020 m, la presión atmosférica es solo el 47% de la presión al nivel del mar. La temperatura es aproximadamente 25º C bajo 0. La densidad del aire es apenas el 52% de la densidad al nivel del mar. El oxígeno disponible es tan escaso que los pilotos experimentaban mareos, dificultad respiratoria y desorientación.

 Y aún así, con la hélice anahuak, el avión mantenía estabilidad y control. El gobierno nipón, a través del general Gaisinaga del Cuerpo aéreo imperial de Japón, le otorgó a Villasana la medalla imperial en 1919. Era un reconocimiento sin precedentes para un ingeniero latinoamericano, una admisión tácita de que la tecnología mexicana había superado la japonesa, la estadounidense y la europea.

 Japón, una potencia industrial emergente, rendía honores a un joven mexicano que había revolucionado la aviación desde un taller en medio de una guerra civil. Villasana no solo había inventado una hélice mejor, había redefinido lo que era posible en la aviación. había demostrado que la innovación no requiere de grandes corporaciones ni de gobiernos estables, sino de mentes brillantes dispuestas a cuestionarlo establecido y a trabajar con los recursos disponibles.

Su herencia familiar como evanista, que otros hubieran visto como irrelevante para la ingeniería aeronáutica, resultó ser la clave que desbloqueó altitudes imposibles. Pero la historia de Villazana no termina ahí. A partir de 1915 ocupó importantes puestos en la aviación militar mexicana, siendo colocado en su fundación como instructor técnico del Pie Veterano de Pilotos.

 En 1931 fue nombrado director de los Talleres Nacionales de Construcciones Aeronáuticas, el mismo lugar donde había creado su invento revolucionario. Ocupó este cargo cuatro ocasiones hasta 1940, guiando a nuevas generaciones de ingenieros y pilotos mexicanos. Villasana también alcanzó importantes rangos militares.

 Fue teniente técnico de aviación, siendo el primer civil que tendría rango militar en México. Llegó a ser capitán, jefe de la Escuela Militar de Aviación e inspector general de Mecánica. Cada uno de estos títulos representaban no solo reconocimiento personal, sino la institucionalización del conocimiento aeronáutico mexicano. Al final de la revolución en 1920, el arma aérea de las fuerzas constitucionales había producido aproximadamente 50 aviones TNCA completamente mexicanos.

 México no solo había sobrevivido una guerra civil devastadora, había emergido como unapotencia aeronáutica regional capaz de diseñar, construir y exportar tecnología de vanguardia. Los biplanos Serie A, los parasoles serie H y los microplanos series eran testimonio de una capacidad industrial que pocos países latinoamericanos podían igualar.

 Hacia 1941, las instalaciones de los TNCA pasaron brevemente a manos de la compañía Canadian Car and Foundry, pero su incapacidad para producir un solo avión llevó al general Roberto Fierro Villalobos a realizar las gestiones necesarias para que regresaran a manos mexicanas. Las instalaciones fueron entonces conocidas como los talleres generales de Aeronáutica.

 retomando el viejo proyecto de dotar a la Fuerza Aérea Mexicana con aeronaves nacionales. Juan Guillermo Villazana López falleció el 23 de febrero de 1959 en la Ciudad de México. En 1994 sus restos fueron trasladados a la rotonda de las personas ilustres de Pachuca, reconocimiento póstumo a una vida dedicada a elevar a México literal y figuradamente.

 En 1975 fue inaugurado en Pachuca, Hidalgo, el Aeropuerto Nacional Juan Guillermo Villazana en honor al ingeniero y aviador hidalguense. Pero la verdadera pregunta que debemos hacernos es, ¿por qué esta historia no es tan conocida como la de los hermanos Rait o los pioneros europeos? ¿Por qué un ingeniero que revolucionó la aviación mundial, que permitió récords de altitud nunca antes vistos y que recibió medallas imperiales de potencias extranjeras permanece en la sombra de la historia oficial? La respuesta es incómoda, pero necesaria. La narrativa

dominante de la aviación mundial ha sido escrita por las potencias industriales del hemisferio norte. Europa y Estados Unidos prefieren presentarse como los únicos innovadores, como los maestros indiscutibles de la tecnología aeronáutica. Reconocer que un joven mexicano en plena guerra civil, con recursos limitados y sin apoyo corporativo superó su tecnología, desafía esa narrativa cómoda.

 Villasana no solo inventó una hélice. Desmanteló el mito de la superioridad tecnológica absoluta de las potencias industriales. Demostró que la innovación puede surgir desde cualquier rincón del mundo, que los problemas locales pueden generar soluciones globales y que el talento no conoce fronteras geográficas ni privilegios económicos.

 La hélice anahwak no fue solo una mejora incremental, fue un salto cuántico en la ingeniería aeronáutica. Mientras los ingenieros europeos intentaban resolver el problema de altitud con fuerza bruta, añadiendo motores más potentes y consumiendo más combustible, Villasana lo resolvió con elegancia y eficiencia. Su enfoque holístico, que combinaba conocimiento tradicional deistería con principios avanzados de aerodinámica, creó una solución que era simultáneamente más simple y más efectiva que todo lo que existía.

 El récord de 620 m alcanzado con la hélice Anahuak en 1919 no fue superado fácilmente representó un estándar de excelencia que obligó a fabricantes europeos y estadounidenses a repensar completamente sus diseños de hélices. Algunos adoptaron principios similares al diseño de Villasana, otros intentaron caminos diferentes, pero todos reconocieron que el mexicano había abierto una nueva era en la aviación de altitud.

 La historia de Villasana también nos enseña sobre el valor del contexto y la adversidad. No inventó la hélice anahuak, a pesar de la revolución mexicana, la inventó porque la revolución creó condiciones que demandaban soluciones urgentes e innovadoras. La necesidad de autosuficiencia militar, la imposibilidad de importar tecnología extranjera y la determinación de demostrar capacidad nacional convergieron en el momento perfecto para que un genio como Villasana brillara.

Benustiano Carranza merece reconocimiento por su visión al crear los TNA y al confiar en talento nacional como Villasana y su sobrino Alberto Salinas Carranza. En medio del caos revolucionario, Carranza comprendió que la soberanía no se defendía solo con rifles y caballos, sino también con aviones y tecnología aeronáutica.

 Su decisión de invertir en aviación militar y en capacidad de fabricación nacional fue estratégica y visionaria. Alberto Salinas Carranza, sobrino de Benustiano y pionero de la aviación militar mexicana, fue fundamental en la institucionalización del conocimiento aeronáutico. Tomó parte en la batalla de El ébano contra las fuerzas villistas y colaboró en la campaña de Yucatán.

organizó el departamento de aviación con sus talleres de aeronáutica y una escuela para la formación de pilotos militares. Sin su liderazgo administrativo y su comprensión de la importancia estratégica de la aviación, los inventos de Villasana podrían haber quedado como curiosidades técnicas sin aplicación práctica.

 La colaboración entre Villasana, Salinas Carranza y Santarini y Tognoli en los TNCA representa un modelo de trabajo en equipo que raramente se menciona en lashistorias de innovación. No fue un genio solitario trabajando en un garaje. Fue un equipo multidisciplinario que combinaba ingeniería, liderazgo militar y visión estratégica.

 Ese modelo colaborativo permitió que México no solo inventara tecnología superior, sino que la produjera en serie, la probara en combate y la exportara exitosamente. El impacto de la hélice anawak se extendió más allá de récords de altitud. mejoró significativamente la capacidad operacional de la aviación militar mexicana, permitiendo reconocimientos aéreos más eficientes, bombardeos más precisos y transportes más seguros.

 El vuelo postal de 1917, el primero en el mundo, fue posible gracias a la confiabilidad y eficiencia de las hélices anahuak. Sin ellas, el correo aéreo podría haber sido un experimento fallido en lugar de una revolución en las comunicaciones. La decisión de Villasana de donar la patente al gobierno mexicano, en lugar de venderla a potencias extranjeras, merece análisis profundo.

 En 1915 a 1919, las patentes aeronáuticas valían fortunas. Estados Unidos, Japón y Francia ofrecían sumas considerables por tecnología que les diera ventaja estratégica. Villasana podría haberse convertido en millonario, pero eligió el patriotismo sobre la riqueza personal. Esa decisión garantizó que México mantuviera control sobre su innovación y pudiera usarla para fortalecer su posición geopolítica.

 El obsequio de copias de la patente a Países Amigos por parte del gobierno mexicano fue un movimiento de diplomacia tecnológica brillante. En lugar de vender la tecnología como mercancía, México la compartía como gesto de buena voluntad, ganando prestigio internacional y fortaleciendo alianzas. El Salvador, que recibió aviones mexicanos en 1917, es ejemplo de como la tecnología aeronáutica se convirtió en herramienta de política exterior.

 La medalla imperial otorgada por Japón a Villasana en 1919 tiene significado geopolítico profundo. Japón, en plena expansión como potencia industrial y militar, reconocía públicamente la superioridad técnica de un ingeniero mexicano. Era una admisión sin precedentes que desafiaba las jerarquías raciales y tecnológicas de la época.

 Para Japón, que buscaba demostrar que las naciones no occidentales podían dominar tecnología moderna, el logro de Villasana servía como validación de sus propias ambiciones. El récord de altitud de 6020 m alcanzado con la hélice anahuak representaba más que un número. A esa altitud, los pilotos enfrentaban condiciones extremas: frío intenso, oxígeno escaso, presión atmosférica reducida y desorientación sensorial.

 Que un avión pudiera no solo alcanzar esa altura, sino mantener estabilidad y control demostraba la superioridad fundamental del diseño de Villasana. No era suerte, era ingeniería excepcional basada en comprensión profunda de aerodinámica y ciencia de materiales. La construcción de la hélice anahuak, con múltiples maderas ensambladas en patrón específico anticipó principios de materiales compuestos que solo se generalizarían décadas después.

Villasana entendió intuitivamente que diferentes materiales con propiedades distintas, correctamente combinados, podían crear estructura superior a cualquiera de sus componentes individuales. Era un concepto revolucionario en 1915, cuando la mayoría de hélices se fabricaban con madera única o con metal.

 El ensamble en forma de abanico permitía que cada sección de la hélice optimizara su contribución al empuje total. La raíz, sometida a mayores fuerzas centrífugas usaba maderas más resistentes. Las puntas, donde la velocidad lineal era mayor, empleaban maderas más ligeras que reducían estrés estructural. Era un diseño holístico que consideraba toda la complejidad del sistema, no solo una variable aislada.

 La capacidad de los TNCA para fabricar 58 aviones en 5 años en medio de guerra civil, con infraestructura limitada y recursos escasos, es testimonio de capacidad organizacional excepcional. No solo diseñaban aviones, fabrican cada componente: motores, hélices, estructuras, sistemas de control. Los motores radiales Trébol, Nesawalcoyotl, Astatl y SS México eran completamente mexicanos, diseñados específicamente para condiciones de altitud del país.

 La serie A de biplanos, los parasoles serie H y los microplanos serie se representaban diversificación tecnológica impresionante. No se limitaban a copiar diseños extranjeros. Desarrollaban aeronaves específicas para diferentes misiones: reconocimiento, bombardeo, entrenamiento, transporte. Esa flexibilidad y adaptabilidad convirtió a la aviación mexicana en fuerza genuinamente operacional, no en colección de juguetes importados.

 El primer servicio postal aéreo del mundo realizado el 6 de enero de 1917 con avión mexicano equipado con hélice anahwak cambió para siempre las comunicaciones globales. Antes de eso, el correo dependía de trenes, barcos ycarruajes limitado por geografía y velocidad de transporte terrestre. El avión eliminó esas limitaciones conectando lugares remotos con centros urbanos en horas en lugar de días o semanas.

 México no solo participó en esa revolución, la lideró. Era bastante joven para soñar lo imposible. Era lo bastante temerario para desafiar a los poderosos. Para algunos el cielo es el límite. Para Juan Guillermo Villasana López fue solo el comienzo. Precursor de la aviación mexicana, creador de la hélice anahuac, ingeniero que revolucionó la aviación mundial desde un taller en Valbuena.

 Su legado no es solo técnico, es filosófico. La innovación no conoce fronteras, el talento no requiere privilegios y la determinación puede superar cualquier adversidad. Hoy cuando veas un avión surcando los cielos, recuerda que parte de esa tecnología tiene raíces en un joven mexicano que se atrevió a reimaginar la física del vuelo.

 Recuerda que los récords de altitud que hoy consideramos normales fueron posibles porque alguien en México en 1915 decidió que el aire enrarecido no era un límite, sino un desafío a superar. Recuerda que la historia de la aviación es más amplia, más diversa y más fascinante de lo que las narrativas oficiales admiten. Juan Guillermo Villasana López murió en 1959, pero su invento transformó para siempre la aviación mundial.

 La hélice anahuak permitió que la humanidad conquistara altitudes antes imposibles, abrió rutas aéreas sobre montañas y valles, hizo posible el correo aéreo y demostró que México podía competir y superar a las grandes potencias en innovación tecnológica. Si esta historia te impactó tanto como debería, compártela, porque el mundo necesita conocer a los genios olvidados que cambiaron nuestra realidad sin recibir el reconocimiento que merecían.

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