Médico desaparecido en 1993 — remodelación del hospital revela un sótano con camillas antiguas

 

 

El sol de agosto caía implacable sobre Monterrey cuando Adrián Maldonado recibió la llamada que cambiaría su vida para siempre. Era el 15 de agosto de 1996 y su hermana menor, Fernanda, una brillante ingeniera eléctrica de apenas 28 años, no había llegado a casa después de su turno nocturno en la central termoeléctrica Valle de México.

 La voz temblorosa de su madre al otro lado de la línea le heló la sangre. No sabemos dónde está Adriana. Nadie la ha visto desde anoche. Fernanda Maldonado había sido una de las pocas mujeres en graduarse con honores de la Facultad de Ingeniería de la UNAM en 1992. contra todos los pronósticos y los comentarios machistas de sus compañeros, había conseguido un puesto en una de las centrales eléctricas más importantes del país, ubicada en las afueras de la Ciudad de México.

 Era meticulosa, responsable hasta el extremo y jamás había faltado un solo día al trabajo sin avisar. Su desaparición no tenía ningún sentido. Si estás disfrutando esta historia, suscríbete al canal. y déjanos un comentario diciéndonos desde dónde nos estás viendo. Tu apoyo nos ayuda a seguir trayéndote contenido como este.

Los primeros días después de la desaparición fueron un borrón de desesperación y confusión. Adriana viajó inmediatamente desde Monterrey a la Ciudad de México junto con sus padres Héctor y Guadalupe. La familia Maldonado se instaló en un pequeño hotel cerca de la central eléctrica. decididos a no moverse de ahí hasta encontrar alguna pista sobre el paradero de Fernanda.

El edificio de la central se alzaba imponente, una estructura de concreto y acero que parecía guardar secretos entre sus muros grises y sus interminables pasillos. El ingeniero jefe de la central, un hombre de unos 50 años llamado Roberto Zamora, los recibió con una mezcla de preocupación y nerviosismo.

 Sus ojos evitaban el contacto directo mientras explicaba los acontecimientos de aquella noche. Fernanda estaba supervisando el sector 3 dijo con voz ronca, secándose el sudor de la frente con un pañuelo arrugado. teníamos un problema menor con uno de los generadores. Ella bajó a revisarlo alrededor de las 11 de la noche. Eso fue lo último que supimos.

Adriana observó detenidamente al ingeniero Zamora. Había algo en su lenguaje corporal que no le convencía, una tensión que iba más allá de la preocupación natural por una empleada desaparecida. ¿No había nadie más con ella? preguntó tratando de mantener la calma. Samora negó con la cabeza.

 El turno nocturno es reducido. Solo estaban cuatro técnicos más, pero cada uno en diferentes sectores. La central es enorme, sabe, tiene más de 100 haáreas. La policía local había iniciado una investigación, pero desde el principio quedó claro que no le darían la prioridad que merecía el agente asignado al caso, un hombre barrigón llamado Ruiz.

 apenas tomó notas durante la primera entrevista con la familia. “Señores, entiendo su angustia”, dijo con un tono que rayaba en la condescendencia. “Pero hay que considerar todas las posibilidades. Su hija tenía novio, problemas económicos. A veces las personas deciden alejarse un tiempo. Guadalupe Maldonado, una mujer pequeña pero de carácter firme, se puso de pie de un salto.

 “Mi hija no se fue por su voluntad”, dijo con voz temblorosa de ira. Fernanda es una profesional respetada. Tiene metas, proyectos. jamás nos haría esto. Héctor colocó una mano reconfortante sobre el hombro de su esposa, pero sus propios ojos brillaban con lágrimas contenidas. Los días se convirtieron en semanas y las semanas comenzaron a acumularse sin ningún avance significativo.

Adriana tomó la decisión de quedarse indefinidamente en la ciudad de México. Su trabajo como contadora en una firma de Monterrey podía esperar. Encontrar a su hermana era lo único que importaba. Comenzó su propia investigación paralela entrevistando a cada uno de los trabajadores que habían estado de turno aquella noche.

 La mayoría mostraba una cooperación superficial, pero Adriana podía sentir que había algo que no le estaban diciendo. Uno de los técnicos, un joven llamado Miguel Sánchez, parecía especialmente nervioso cada vez que lo interrogaba. Finalmente, después de varios encuentros casuales en la cafetería de la central, Miguel accedió a hablar con ella en privado.

 Se reunieron en un pequeño restaurante alejado donde el ruido de otros comensales ofrecía cierta privacidad. “Mire, señorita Maldonado,”, comenzó Miguel jugando nerviosamente con su servilleta. Yo no sé exactamente qué pasó esa noche, pero sí sé que hay cosas raras en esa central. Adriana se inclinó hacia delante, su corazón latiendo con fuerza.

 ¿Qué tipo de cosas? Miguel miró a su alrededor antes de continuar en voz baja. Hay zonas a las que no nos dejan entrar, túneles viejos que supuestamente están sellados y en las noches a veces se escuchan sonidos extraños que vienen de abajo del subsuelo. Algunoscompañeros han visto a gente entrando y saliendo por puertas que oficialmente no existen.

 Las palabras de Miguel abrieron una nueva línea de investigación. Adriana comenzó a hacer preguntas más específicas sobre la estructura de la central eléctrica. descubrió que el edificio había sido construido en 1978 sobre lo que antes era un complejo industrial más antiguo. Los planos originales mostraban varios niveles subterráneos, pero cuando solicitó los planos actualizados le dijeron que gran parte de esa información estaba clasificada por razones de seguridad nacional.

 La frustración de la familia crecía a día. Héctor había tenido que regresar a Monterrey por compromisos laborales, pero Guadalupe se quedó junto a Adriana, negándose a abandonar la búsqueda. Las dos mujeres se levantaban cada mañana antes del amanecer y pasaban el día siguiendo cualquier pista, por pequeña que fuera.

 Pegaron volantes con la foto de Fernanda por toda la ciudad de México. Su rostro sonriente, con esos ojos oscuros, llenos de inteligencia y determinación, miraba desde postes de luz, muros y ventanas de comercios. Un mes después de la desaparición, Adriana recibió una llamada anónima. La voz era masculina, distorsionada, como si hablara a través de un pañuelo.

 Si quiere saber qué pasó con su hermana, busquen los archivos de 1978. Pregunte por el proyecto continuidad. La línea se cortó antes de que pudiera hacer ninguna pregunta. Adriana quedó mirando el teléfono, su mente procesando frenéticamente esas palabras crípticas. El proyecto continuidad. El nombre sonaba oficial, gubernamental.

Adriana pasó días investigando en bibliotecas y archivos públicos, pero no encontró ninguna mención a ese proyecto. Fue su madre quien tuvo la idea de contactar a un viejo amigo de la familia, el licenciado Vargas, un abogado retirado que había trabajado durante años en asuntos relacionados con infraestructura energética.

Cuando Adriana le mencionó el proyecto continuidad, el rostro del anciano se puso pálido. ¿Dónde escuchaste ese nombre?, preguntó Vargas con voz tensa. Adriana le contó sobre la llamada anónima. El licenciado suspiró profundamente antes de hablar. Lo que voy a decirte es información no confirmada, rumores de hace muchos años.

En los 70, durante el gobierno de López Portillo, se construyeron varios búnkers y túneles subterráneos en instalaciones clave del país. La Guerra Fría estaba en su apogeo y México quería estar preparado para cualquier eventualidad. El proyecto continuidad era el nombre en código para estas construcciones secretas.

La revelación le dio un nuevo enfoque a la investigación. Si realmente existían túneles secretos bajo la central eléctrica, ¿era posible que Fernanda hubiera descubierto algo que no debía? Podría haber tropezado con alguna operación clandestina. Las preguntas se multiplicaban, pero las respuestas seguían siendo esquivas.

Adriana intentó obtener más información oficial, pero se encontró con puertas cerradas y funcionarios que negaban la existencia de cualquier estructura subterránea más allá de los niveles técnicos básicos de la central. Mientras tanto, la vida continuaba su curso indiferente. Septiembre llegó con sus celebraciones patrias y la Ciudad de México se llenó de banderas y música.

Para la familia Maldonado, sin embargo, cada día que pasaba sin noticias de Fernanda, era una agonía renovada. Guadalupe había adelgazado notablemente. Su rostro se había vuelto más anguloso y las arrugas alrededor de sus ojos se habían profundizado. Adriana la veía envejecer día a día bajo el peso del dolor y la incertidumbre.

En octubre, la investigación policial fue oficialmente archivada. El agente Ruiz les informó con tono burocrático que sin ninguna evidencia de delito y después de dos meses sin ningún avance, el caso se consideraba cerrado. “Pueden seguir reportándola como persona desaparecida”, dijo con indiferencia. Pero no podemos dedicar más recursos a esto.

 Adriana sintió una furia ardiente en su pecho, pero sabía que discutir sería inútil. El sistema había fallado a Fernanda, como fallaba a tantas otras personas desaparecidas en el país. Fue entonces cuando Adriana tomó una decisión radical. Si las autoridades no iban a ayudarla, ella misma entraría a la central eléctrica y buscaría esos túneles.

 Con la ayuda de Miguel Sánchez, quien se había convertido en un aliado secreto, planearon una infiltración nocturna. Miguel le conseguiría un uniforme de técnico y una identificación falsa. El riesgo era enorme. Si los descubrían, ambos podrían enfrentar cargos serios. Pero para Adriana la posibilidad de encontrar respuestas valía cualquier precio.

 La noche elegida fue el 28 de octubre. Miguel había conseguido el turno nocturno y se aseguró de que Adriana pudiera entrar sin levantar sospechas. Con el corazón martilleando en su pecho, Adriana cruzó la entrada dela central vestida con overall azul y casco amarillo. Los guardias apenas miraron su identificación falsa. antes de dejarla pasar.

 Una vez dentro, siguió las indicaciones precisas que Miguel le había dado. Bajaron tres niveles por escaleras de servicio hasta llegar a una zona de mantenimiento poco utilizada. Es aquí”, susurró Miguel señalando una puerta metálica oxidada en el extremo de un pasillo mal iluminado. Según los planos viejos que pude conseguir, detrás de esta puerta debería haber acceso a los niveles inferiores, pero está cerrada con llave y no tengo acceso.

Adriana examinó la puerta. El óxido cubría gran parte de la superficie, pero la cerradura parecía relativamente nueva, lo cual era extraño si supuestamente nadie usaba esa entrada. Usando una ganzúa que había aprendido a manejar viendo videos instructivos en las últimas semanas, Adriana trabajó en la cerradura durante varios minutos angustiosos.

Finalmente escuchó el clic distintivo que indicaba que había cedido con un chirrido metálico que les puso los nervios de punta. La puerta se abrió revelando una escalera que descendía hacia la oscuridad. El aire que salía de ahí era frío y tenía un olor a humedad y abandono. Miguel encendió su linterna y ambos comenzaron el descenso.

 Los escalones de concreto estaban cubiertos de polvo, pero Adriana notó con un escalofrío que había marcas recientes de pisadas. Alguien más había estado ahí recientemente. Bajaron durante lo que pareció una eternidad, pasando varios rellanos hasta que finalmente llegaron a un largo corredor subterráneo. Las paredes eran de concreto reforzado y cables eléctricos gruesos corrían a lo largo del techo.

 Algunas luces fluorescentes parpadeaban débilmente, proporcionando apenas suficiente iluminación para ver. El túnel se extendía en ambas direcciones, perdiéndose en la penumbra. Adriana eligió ir hacia la izquierda, siguiendo lo que parecía ser la dirección del sector 3, donde Fernanda había estado trabajando la noche de su desaparición.

caminaron en silencio con solo el eco de sus pasos acompañándolos. Cada pocos metros había puertas metálicas numeradas, pero todas estaban cerradas con candados industriales. Después de caminar unos 100 met, llegaron a una intersección donde el túnel se dividía en tres direcciones. En la pared había un viejo letrero descolorido con flechas y códigos que no significaban nada para ellos.

 Miguel consultó un mapa aproximado que había dibujado basándose en los planos antiguos. “Creo que deberíamos ir por aquí”, dijo señalando el túnel central. “Según esto, debería llevarnos directamente debajo del sector 3.” Siguieron adelante, pero la atmósfera comenzó a cambiar. El aire se volvió más denso, más opresivo.

 Adriana sintió que le costaba respirar, no por falta de oxígeno, sino por la creciente sensación de terror que se apoderaba de ella. ¿Qué encontrarían allí abajo? Y si Fernanda realmente había descubierto algo terrible. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un sonido que venía de algún lugar adelante, voces apagadas y el distante zumbido de maquinaria.

 Miguel la detuvo con un gesto urgente. Apagaron sus linternas y se pegaron a la pared, avanzando lentamente hacia la fuente del sonido. A medida que se acercaban, las voces se hicieron más claras. Eran dos hombres conversando en tono casual sobre horarios y turnos. Adriana y Miguel llegaron hasta una esquina y se asomaron cuidadosamente.

Lo que vieron los dejó atónitos. Había una gran sala subterránea, brillantemente iluminada, llena de equipo técnico sofisticado y monitores de computadora. Al menos seis personas trabajaban en diferentes estaciones, todos vestidos con batas de laboratorio blancas. La sala parecía una especie de centro de control o instalación de investigación.

En el centro había algo que parecía un generador masivo, pero de un diseño que ninguno de los dos había visto antes. Cables gruesos salían de él y se conectaban a paneles cubiertos de luces parpadeantes. “¿Qué diablos es esto?”, susurró Miguel, su voz apenas audible. Adriana negó con la cabeza igual de confundida.

 Esta definitivamente no era una instalación de mantenimiento normal. La tecnología ahí dentro parecía estar décadas adelantada a lo que se usaba en el resto de la central. sacó una pequeña cámara que había traído consigo y comenzó a tomar fotos discretamente. Fue entonces cuando lo vio. En una mesa al fondo de la sala junto a un archivero metálico, había un objeto que reconoció instantáneamente el termo de café personalizado de Fernanda, ese que sus padres le habían regalado cuando se graduó con sus iniciales grabadas en la tapa. El

corazón de Adriana dio un vuelco. Fernanda había estado ahí. La evidencia era innegable. Sin pensar en las consecuencias, Adriana estaba a punto de entrar a la sala cuando Miguel la sujetó con fuerza del brazo. No siseó urgentemente. Hay guardias armados.Adriana siguió su mirada y vio que tenía razón.

 En el extremo opuesto de la sala, dos hombres con uniformes oscuros y pistolas al cinto vigilaban una puerta que probablemente conducía a otra sección del complejo subterráneo. Adriana sintió lágrimas de frustración quemando sus ojos. Estaba tan cerca, tenía evidencia de que Fernanda había estado ahí, pero no podía hacer nada sin poner en peligro sus propias vidas.

Miguel la jalaba suavemente, instándola a retirarse. “Tenemos que irnos”, murmuró. “Ya tenemos fotos. Podemos usar esto como evidencia, pero si nos descubren aquí, desapareceremos también.” A regañadientes, Adriana aceptó. Comenzaron a retroceder lentamente por el túnel por donde habían venido, pero no habían avanzado más de 50 m cuando escucharon el inconfundible sonido de pasos rápidos detrás de ellos y una voz autoritaria gritando alto, identifíquense habían sido descubiertos.

 Sin decir palabra, ambos echaron a correr. Sus linternas rebotaban salvajemente mientras corrían por el túnel, proyectando sombras monstruosas en las paredes. Detrás de ellos, los pasos de sus perseguidores resonaban cada vez más cerca. Adriana sintió un dolor agudo en el costado por el esfuerzo, pero no se detuvo.

 La escalera de salida estaba adelante. Podía ver la entrada del túnel donde habían comenzado su descenso. Subieron los escalones de dos en dos, con las piernas ardiendo por el esfuerzo. Miguel llegó primero a la puerta y la empujó, pero algo había cambiado. La puerta que habían dejado entreabierta ahora estaba completamente abierta y al otro lado había tres guardias de seguridad de la central esperándolos con los brazos cruzados. Estaban atrapados.

“Quietos ahí!”, ordenó uno de los guardias, un hombre corpulento con cicatriz en la mejilla. Tienen mucho que explicar. Los guardias que los perseguían por las escaleras llegaron un momento después, bloqueando cualquier posible escape. Adriana y Miguel fueron rodeados. Uno de los perseguidores, un hombre de unos 40 años con lentes, se acercó a Adriana con expresión severa.

“La señorita Maldonado, supongo.” dijo con voz fría. “Sabíamos que eventualmente intentaría algo así.” La llevaron junto con Miguel a una oficina en los niveles superiores de la central. No era la oficina del ingeniero Zamora, sino un lugar que Adriana no había visto antes, austero y sin ventanas.

 Dentro, sentado detrás de un escritorio de metal, estaba un hombre mayor de cabello plateado y traje oscuro. Su placa de identificación lo identificaba como comandante Rivas, pero no especificaba de qué institución. “Señorita Maldonado”, comenzó Rivas con voz calmada pero firme, ha entrado ilegalmente a una zona restringida de seguridad nacional.

 Eso es un delito federal grave. Su cómplice también enfrentará cargos. Adriana, todavía sin aliento y con el corazón latiendo desbocado, reunió todo su coraje para responder. Mi hermana desapareció en esta central hace dos meses. Encontré su termo allá abajo. ¿Qué le hicieron? ¿Dónde está? Ribas suspiró y se reclinó en su silla, estudiándola durante un largo momento.

 Finalmente pareció tomar una decisión. Lo que voy a decirle es información clasificada. Si revela cualquier cosa de lo que escuche esta noche, las consecuencias serán severas, tanto para usted como para su familia. ¿Entiende? Adriana asintió, aunque cada fibra de su ser quería gritar que no le importaban sus amenazas, que solo quería saber qué había pasado con Fernanda.

 La instalación que vieron es parte de un proyecto de investigación energética clasificado”, continuó Rivas. Su hermana descubrió su existencia accidentalmente mientras reparaba unos cables defectuosos. Bajó siguiendo el cableado y encontró uno de los accesos. No tenía autorización de seguridad para estar ahí, pero en lugar de reportarlo comenzó a hacer preguntas, demasiadas preguntas.

Las palabras de Rivas confirmaban los peores temores de Adriana. ¿Está muerta?, preguntó con voz quebrada. ¿La mataron para mantener el secreto? Ribas negó con la cabeza. Su hermana está viva, señorita Maldonado, pero no está aquí. Después de que descubrió la instalación, se tomó la decisión de ofrecerle un puesto en el proyecto.

 Era demasiado talentosa para simplemente eliminarla. Le dieron a elegir unirse al proyecto o enfrentar cargos de seguridad nacional que la mantendrían en prisión por años. Adriana sintió como si el piso se abriera bajo sus pies. Me está diciendo que Fernanda eligió desaparecer, que nos dejó sin decir nada, sabiendo el dolor que nos causaría.

La idea era incomprensible, imposible de aceptar. Ribas asintió lentamente. No fue una decisión fácil para ella, pero se le hizo entender que era la única manera de proteger a su familia también. Si hubiera rechazado la oferta, ustedes podrían haber estado en peligro. El proyecto es de suma importancia nacional.

 Miguel, que había permanecidoen silencio hasta ese momento, finalmente habló. ¿Y qué pasa con nosotros ahora? nos van a hacer desaparecer también. Rivás lo miró con expresión impasible. Eso depende de qué tan cooperativos sean. La señorita Maldonado tiene dos opciones. Puede regresar con su familia y decirles que no encontró nada, que la búsqueda fue infructuosa. Vivirá con el conocimiento de que su hermana está viva y trabajando en algo importante para el país.

 O puede intentar hacer pública esta información en cuyo caso tanto ella como su familia enfrentarán consecuencias legales severas. La oficina quedó en silencio tenso. Adriana sentía como si estuviera en una pesadilla de la que no podía despertar. Durante dos meses había buscado incansablemente a su hermana, enfrentándose a la indiferencia burocrática y la falta de respuestas.

 Y ahora que finalmente sabía la verdad, resultaba ser algo que nunca podría compartir con sus padres, algo que tendría que cargar sola. por el resto de su vida. “Quiero verla”, dijo finalmente Adriana. Su voz apenas un susurro. Quiero ver a Fernanda. Necesito saber que realmente está bien. Rivas consideró la petición durante un largo momento antes de negar con la cabeza.

 Eso no es posible. Su hermana firmó un acuerdo de no contacto con su vida anterior. Es parte del protocolo de seguridad del proyecto. Lo siento, pero esas son las reglas. Las lágrimas que Adriana había contenido durante horas finalmente comenzaron a caer. Lloró en silencio, su cuerpo sacudido por sollozos que provenían de lo más profundo de su ser.

Miguel, a su lado lucía igualmente devastado, consciente de que él también estaba ahora atrapado en esta red de secretos que amenazaba con tragárselos a todos. Ribas les dio unos minutos antes de continuar. “Les daremos 24 horas para tomar su decisión”, dijo finalmente, poniéndose de pie.

 “Pueden quedarse en un alojamiento que tenemos cerca de aquí. No intenten contactar a nadie. Mañana a esta hora me darán su respuesta. Si eligen cooperar, la señorita Maldonado podrá regresar con su familia y el joven Sánchez podrá continuar con su vida normal. Si no dejó la amenaza flotando en el aire, innecesaria de completar.

 Los llevaron a un edificio anodino a unos kilómetros de la central. Era básicamente una casa segura, con habitaciones simples, pero limpias y guardias discretos vigilando todas las salidas. Adriana y Miguel fueron colocados en cuartos separados. Sola en su habitación, Adriana se sentó en la cama y sacó las fotos que había tomado de la instalación subterránea.

La cámara había sobrevivido a la persecución escondida en su bolsillo. Las imágenes mostraban claramente la sala de control, el equipo sofisticado y en una de las fotos, apenas visible en el borde, estaba el termo de Fernanda. Esa noche no pudo dormir. Su mente giraba sin parar. procesando todo lo que había descubierto.

Fernanda estaba viva, eso era lo más importante, pero la había perdido de todas formas, no a la muerte, sino a los secretos del gobierno, a un proyecto clasificado que era más importante que los lazos familiares. ¿Cómo podría vivir con eso? ¿Cómo podría mirar a sus padres a los ojos sabiendo lo que sabía y no poder decirles nada? La mañana llegó gris y fría.

 Un guardia trajo desayuno que Adriana apenas tocó. Su estómago estaba hecho un nudo. A las 10 de la mañana la vinieron a buscar. Miguel ya estaba en la oficina cuando ella llegó, luciendo tan cansado y angustiado como ella se sentía. Rivás estaba sentado en el mismo escritorio con la misma expresión impasible de la noche anterior.

 “¿Han tomado su decisión?”, preguntó sin preámbulos. Adriana y Miguel intercambiaron una mirada. Habían tenido unos minutos para hablar esa mañana en el pasillo y habían llegado a un acuerdo. Miguel habló primero. “Yo cooperaré. No diré nada. Solo quiero volver a mi vida.” Ribas asintió aprobadoramente antes de volverse hacia Adriana.

 Ella respiró profundamente antes de responder: “Cooperaré también, pero con una condición. No le diré a mis padres la verdad sobre lo que descubrí. Les diré que seguí buscando y no encontré nada. Pero necesito algo de Fernanda, una carta, una nota, algo escrito con su puño y letra que me confirme que realmente está bien y que tomó esta decisión voluntariamente.

Sin eso no puedo estar segura de que todo lo que me está diciendo es verdad. Ribas la estudió durante un largo momento como evaluando si podía confiar en ella. Finalmente asintió lentamente. Es una petición razonable. Veré qué puedo hacer, pero necesito su palabra, señorita Maldonado, de que si le proporcionamos esa carta, usted cumplirá su parte del acuerdo.

 Adriana asintió, sintiendo que estaba vendiendo su alma, pero sin otra opción real. Pasaron tres días más en el alojamiento. Tres días en los que Adriana se sintió suspendida en el tiempo, atrapada entre dos realidades. La realidad de su familia destrozadabuscando respuestas y la realidad de los secretos que ahora cargaba.

 El cuarto día, Ribas apareció con un sobre manila. Dentro había una carta escrita a mano en papel simple. Adriana reconoció inmediatamente la letra de su hermana, esa caligrafía pequeña y precisa que había visto en infinidad de tarjetas de cumpleaños y notas familiares a lo largo de los años. Sus manos temblaban mientras leía.

 Querida Adriana, si estás leyendo esto, significa que me has estado buscando y has llegado muy lejos. Necesito que sepas que estoy bien y que la decisión que tomé, aunque difícil, fue mía. No puedo explicarte los detalles, pero estoy trabajando en algo importante, algo que algún día podría cambiar el futuro energético de nuestro país.

 Sé que esto debe ser increíblemente doloroso para ti y para mamá y papá. Los extraño cada día, cada hora, pero no podía rechazar esta oportunidad. No después de todo, por lo que luché para llegar hasta aquí. Por favor, diles que siempre los amaré. Diles que a veces las personas tienen que tomar decisiones imposibles por razones que no pueden explicar.

 Cuida de ellos, Adriana. Tú siempre has sido la fuerte. Te quiero. Tu hermana Fernanda. Ah, las lágrimas empañaron la vista de Adriana mientras leía y releía la carta. era realmente la letra de Fernanda, no había duda. Y las palabras sonaban como ella, con esa determinación característica mezclada con cariño. Pero había algo más en el mensaje, algo en la forma en que estaban escritas ciertas palabras que le decía a Adriana que su hermana no había escrito esto completamente libre.

 Había matices, pequeñas señales de presión. Sin embargo, también era cierto que Fernanda siempre había sido obsesivamente dedicada a su trabajo. Si realmente le habían ofrecido la oportunidad de trabajar en un proyecto de investigación avanzada, habría elegido eso sobre su familia. La Fernanda, que Adriana conocía era capaz de tal sacrificio.

Había visto a su hermana trabajar días enteros sin dormir cuando tenía un proyecto importante en la universidad. Su ambición y dedicación profesional eran legendarias. ¿Esto es suficiente?, preguntó Rivas sacándola de sus pensamientos. Adriana dobló cuidadosamente la carta y la guardó en su bolsillo. Asintió lentamente.

Sí, cumpliré mi palabra. Rivas pareció satisfecho. Bien, entonces están libres de irse. El señor Sánchez volverá a su trabajo en la central como si nada hubiera pasado. Usted, señorita Maldonado, puede regresar con su familia. Recuerden, están siendo observados. Cualquier intento de revelar lo que saben resultará en consecuencias inmediatas.

Antes de irse, Adriana hizo una última pregunta. ¿Por qué me creen? ¿Cómo saben que no voy a correr directamente a la prensa con todo esto? Rivas sonríó fríamente. Porque usted ama a su familia, señorita Maldonado, y porque sabe que no tiene evidencia real que alguien le creería. Las fotos que tomó fueron confiscadas.

 No tiene forma de probar nada de lo que vio. Y si intenta hablar, solo conseguirá poner a sus seres queridos en peligro. Además, agregó su voz suavizándose ligeramente. Ahora sabe que su hermana está viva y relativamente bien. Eso es más de lo que la mayoría de las familias de personas desaparecidas llegan a saber. Adriana regresó al hotel donde su madre la esperaba.

 Guadalupe se puso de pie de un salto cuando la vio entrar con ojos llenos de esperanza desesperada. Encontraste algo? ¿Hay alguna noticia? Adriana abrazó a su madre sintiendo el peso aplastante de la mentira que estaba a punto de decir. No, mamá. Seguí cada pista que pude, pero no hay nada. Fernanda simplemente desapareció. Los siguientes días fueron los más difíciles de la vida de Adriana.

 Tuvo que sentarse con sus padres y decirles que era tiempo de aceptar que quizás nunca sabrían qué pasó con Fernanda. vio el dolor y la decepción en sus rostros, el peso de la pérdida, hundiéndolos más profundamente en la desesperación. Héctor había envejecido años en apenas dos meses.

 Guadalupe lloraba en silencio cada noche, sus soyozos ahogados penetrando las delgadas paredes del hotel. Finalmente, a principios de noviembre, la familia Maldonado regresó a Monterrey. La casa, que antes estaba llena de vida, ahora parecía un mausoleo silencioso. La habitación de Fernanda permanecía intacta, como un santuario congelado en el tiempo.

 Adriana trataba de retomar su vida normal, volviendo a su trabajo, viendo a sus amigos, pero nada era igual. Cargaba el secreto como una piedra en su pecho, pesado e imposible de ignorar. Los meses pasaron lentamente. Navidad llegó y pasó en un borrón de tristeza contenida. La silla vacía de Fernanda en la mesa era un recordatorio constante de su ausencia.

Guadalupe había envejecido dramáticamente. Su cabello, que antes tenía solo algunas canas, ahora era mayoritariamente blanco. Héctor se había vuelto más callado, más retraído. Lafamilia Maldonado había sido irreparablemente alterada por la desaparición de Fernanda. Adriana sacaba la carta de su hermana cada noche y la leía una y otra vez, buscando algún significado oculto, alguna pista que le dijera que Fernanda realmente estaba bien.

 A veces se preguntaba si había tomado la decisión correcta al no revelar lo que sabía. Sus padres merecían la verdad sin importar cuán dolorosa fuera. O era mejor dejarlos con la incertidumbre en lugar de la certeza de que su hija había elegido abandonarlos. 1997 llegó sin fanfarria. Enero fue particularmente frío en Monterrey ese año.

 Adriana había caído en una rutina mecánica. Trabajo, casa, trabajo, casa. Evitaba eventos sociales, no tenía energía para pretender que todo estaba bien. Sus amigas de la universidad trataban de sacarla, de hacerla volver a la vida, pero ella rechazaba todas las invitaciones. ¿Cómo podía divertirse sabiendo lo que sabía? Miguel Sánchez la llamaba ocasionalmente, siempre desde teléfonos públicos diferentes, siempre breve.

 ¿Estás bien?, preguntaba, “Sí, mentía, Adriana. ¿Has sabido algo más?” No, nada, mejor que no hablemos. Y colgaban. Ambos sabían que probablemente sus líneas estaban intervenidas, que alguien en algún lugar estaba monitoreando sus comunicaciones. Fue en abril de 1997 cuando algo inesperado sucedió. Adriana recibió un paquete por correo en su trabajo.

 No tenía remitente, solo su nombre y dirección escritos con letra de imprenta en el sobre. Dentro había un recorte de periódico sobre un simposio internacional de ingeniería eléctrica que se llevaría a cabo en Guadalajara en junio. Uno de los artículos destacaba los avances recientes en tecnología de generación eléctrica limpia. No había nota adjunta, pero Adriana sintió instintivamente que esto era un mensaje.

 Pasó semanas debatiendo si debería ir al simposio. Finalmente decidió que no tenía nada que perder. Pidió tiempo libre en el trabajo y viajó a Guadalajara a principios de junio. El simposio se llevaba a cabo en un gran centro de convenciones moderno. Cientos de ingenieros, investigadores y académicos de todo el mundo habían asistido.

 Adriana se registró y comenzó a recorrer las diferentes salas de conferencias sin estar realmente segura de qué estaba buscando. El segundo día del simposio, durante una presentación particularmente técnica sobre sistemas de red inteligente, Adriana la vio. Era solo por un momento una figura al fondo del auditorio, pero habría reconocido esa silueta en cualquier lugar.

Fernanda, su hermana estaba ahí, vestida con un traje formal azul marino, el cabello recogido en un moño profesional. Lucía más delgada, más seria, pero era innegablemente ella. El corazón de Adriana comenzó a latir descontroladamente. Se puso de pie, lista para correr hacia su hermana, pero en ese momento sus ojos se encontraron a través del auditorio abarrotado.

 Fernanda la había visto por un breve instante. Sus rostros reflejaron todo el amor y el dolor que compartían. Entonces Fernanda negó con la cabeza casi imperceptiblemente y salió rápidamente del auditorio por una puerta lateral. Adriana la siguió empujando entre la multitud de asistentes, disculpándose mientras avanzaba.

 Para cuando llegó al pasillo donde había visto desaparecer a Fernanda, su hermana ya no estaba visible. Corrió por el pasillo mirando en cada sala de reuniones, cada rincón. Pero era como si Fernanda se hubiera evaporado. Finalmente, exhausta y con lágrimas corriendo por sus mejillas, Adriana se dejó caer en un banco del pasillo. Fue entonces cuando notó el pequeño sobre que alguien había dejado en el banco junto a ella.

 Dentro había una nota breve. Estoy bien. Sé feliz por mí. No me busques más. F. La letra era definitivamente de Fernanda. Adriana apretó la nota contra su pecho, sollozando abiertamente. Ahora su hermana estaba viva, estaba trabajando, estaba logrando cosas importantes, pero estaba perdida para ella de todas formas.

 Regresó a Monterrey al día siguiente, sintiéndose paradójicamente mejor y peor que antes. Al menos ahora sabía con certeza que Fernanda estaba bien, que no estaba siendo retenida contra su voluntad en algún lugar horrible. había elegido su camino por razones que Adriana podría nunca entender completamente. Era un cierre de tipo, aunque no el que hubiera querido.

 Los años siguientes pasaron en un borrón. Adriana eventualmente le contó a sus padres que había visto a Fernanda brevemente en el simposio, que su hermana estaba viva y bien, pero trabajando en un proyecto secreto del gobierno y no podía tener contacto con ellos. Fue una versión editada de la verdad, pero suficiente para darles algo de paz.

Guadalupe lloró durante días, un llanto que era mitad alivio, mitad renovada, pérdida. Héctor simplemente asintió como si una parte de él siempre hubiera sabido que algo así había ocurrido. La familia nunca se recuperó completamente.Fernanda era un fantasma entre ellos, presente en cada reunión familiar.

 En cada celebración. Adriana se casó en 1999, pero la ausencia de su hermana en la boda un dolor agudo que empañó incluso los momentos más felices. Tuvo dos hijos, niños que nunca conocerían a su tía Fernanda, excepto a través de fotos y anécdotas cuidadosamente editadas. Los años se convirtieron en décadas.

 Adriana seguía la carrera de su hermana desde lejos a través de artículos académicos publicados bajo seudónimos que solo ella reconocía como el estilo de escritura de Fernanda a través de avances tecnológicos que parecían llevar la marca de su brillantez. México había hecho progresos significativos en tecnología de energía limpia en los años siguientes a 1996.

Y Adriana se preguntaba cuánto de eso se debía al trabajo secreto de su hermana. Guadalupe murió en 2010 sin haber vuelto a ver a su hija menor. En su lecho de muerte pidió que Adriana le prometiera que si alguna vez veía a Fernanda nuevamente, le dijera que la perdonaba y que entendía.

 Héctor la siguió dos años después. Ambos fueron enterrados en Monterrey con un espacio vacío en la parcela familiar. reservado para Fernanda, aunque todos sabían que probablemente nunca sería ocupado. Fue en mayo de 2024, casi 28 años después de la desaparición de Fernanda, cuando todo finalmente salió a la luz de la manera más inesperada.

 Un apagón masivo afectó gran parte del centro de México, incluyendo la Ciudad de México y sus alrededores. Fue el peor apagón en la historia del país, dejando a millones sin electricidad durante casi una semana. Las cuadrillas de reparación trabajaban frenéticamente para restaurar el servicio. Durante las reparaciones, en la antigua central termoeléctrica Valle de México, que había sido parcialmente modernizada, pero seguía en operación, los trabajadores descubrieron algo que no debería haber existido.

Mientras excavaban para reparar cables dañados en el sector 3, sus palas chocaron con concreto donde solo debería haber tierra. siguieron excavando y encontraron lo que parecía ser el techo de una estructura subterránea. La noticia llegó rápidamente a las autoridades y pronto un equipo de ingenieros y funcionarios de gobierno llegó al sitio.

 Lo que encontraron fue asombroso, una extensa redes y salas subterráneas que se extendían por kilómetros bajo la central. La estructura tenía décadas de antigüedad, claramente construida durante la época en que el proyecto Continuidad fue implementado durante la Guerra Fría. Pero lo más sorprendente fue lo que encontraron en el nivel más profundo del complejo.

 Una sala sellada contenía archivos, documentos y equipos de investigación que databan de principios de los años 90 hasta aproximadamente 2015. Entre los documentos había registros de personal y ahí en blanco y negro estaba la verdad, una lista de científicos e ingenieros que habían sido reclutados secretamente para trabajar en proyectos de energía avanzada.

 El nombre de Fernanda Maldonado estaba ahí junto con docenas de otros. La revelación causó un escándalo nacional. Los medios de comunicación se lanzaron sobre la historia como buitres. Familias de todo el país que habían perdido a seres queridos en circunstancias misteriosas, comenzaron a preguntarse si sus casos estaban relacionados.

El gobierno se vio forzado a admitir la existencia del proyecto secreto, aunque insistían en que todos los participantes habían sido voluntarios y que el proyecto había sido terminado años atrás. Adriana, ahora una mujer de 56 años con canas en el cabello y líneas de risa alrededor de sus ojos, vio la noticia en la televisión con una mezcla de emociones complejas.

Parte de ella sintió vindicación. No había estado loca. Todo lo que había descubierto esa noche en 1996 era real. Otra parte sintió una profunda tristeza renovada por todos los años perdidos, todas las mentiras que había tenido que decir, todo el dolor que su familia había soportado. Los periodistas no tardaron en rastrear a las familias de las personas nombradas en los documentos.

 Una reportera joven y tenaz llamada Carolina Mendoza llegó a la puerta de Adriana una semana después del descubrimiento. “Señora Adriana Maldonado”, dijo cuando Adriana abrió la puerta. “Me gustaría hablar con usted sobre su hermana Fernanda.” Adriana la invitó a pasar. Después de casi 30 años guardando el secreto, finalmente podía hablar libremente.

 Le contó a Carolina toda la historia, la desaparición de Fernanda, su propia investigación, el descubrimiento de los túneles, la carta, el encuentro en Guadalajara. Carolina tomaba notas frenéticamente, sus ojos cada vez más grandes con cada revelación. ¿Tiene idea de dónde está su hermana ahora? preguntó Carolina.

 Adriana negó con la cabeza. No he sabido nada de ella desde 1997. Ni siquiera sé si sigue viva. Tendría 56 años ahora, mi misma edad. A veces medespierto en medio de la noche y me pregunto si estará en algún lugar mirando las mismas estrellas que yo, preguntándose por mí. La historia de Adriana apareció en la portada de varios periódicos nacionales.

Su valentía al buscar a su hermana durante aquellos terribles meses de 1996 y su sacrificio al guardar el secreto durante casi tres décadas para proteger a su familia, conmovió a la nación. recibió cientos de mensajes de otras familias que habían pasado por situaciones similares, personas que habían perdido a seres queridos en circunstancias misteriosas y nunca habían obtenido respuestas.

 El gobierno, bajo presión pública inmensa, finalmente estableció una comisión de la verdad para investigar el proyecto Continuidad y otros programas secretos similares. Se revelaron más detalles sobre la naturaleza del proyecto. Había sido una iniciativa para desarrollar tecnología de energía renovable, avanzada que pudiera hacer a México energéticamente independiente.

Los científicos e ingenieros reclutados habían trabajado en aislamiento casi total. Se les había prohibido contacto con sus vidas anteriores por razones de seguridad nacional. Algunos de los científicos que habían participado en el proyecto comenzaron a salir a la luz pública ahora que el secreto había sido revelado.

Daban entrevistas explicando el trabajo que habían hecho, justificando las decisiones que habían tomado. Muchos expresaban arrepentimiento por el dolor que habían causado a sus familias, pero también insistían en que su trabajo había sido vital para el desarrollo tecnológico del país. Adriana esperaba cada día que Fernanda fuera una de las que apareciera públicamente.

revisaba las noticias obsesivamente, buscaba su nombre en cada artículo, pero pasaban las semanas y los meses y Fernanda permanecía en silencio. Había docenas de nombres en la lista que nunca se presentaron. Personas que habían elegido mantener su anonimato incluso después de que el secreto se revelara.

 Fue en diciembre de 2024, exactamente 28 años después de aquel primer Navidad sin Fernanda, cuando finalmente recibió noticias. Un paquete llegó por correo certificado a su casa en Monterrey. Dentro había una carta larga, varias páginas escritas con la familiar caligrafía de Fernanda. Las manos de Adriana temblaban mientras la abría.

 Mi querida hermana Adriana, comenzaba la carta, no tengo palabras para expresar cuánto lo siento. Siento el dolor que te causé, que les causé a mamá y papá. He vivido con esa culpa cada día durante casi 30 años, pero necesito que entiendas por qué tomé las decisiones que tomé. La carta continuaba explicando en detalle lo que había sucedido aquella noche de agosto de 1996.

Fernanda había estado reparando un generador defectuoso cuando notó una irregularidad en el cableado. Siguiendo los cables, había descubierto un acceso oculto a los niveles subterráneos. Su curiosidad de ingeniera la había llevado a explorar y había encontrado la instalación secreta. “Al principio, estaba aterrorizada”, escribía Fernanda.

 Pensé que me matarían por haber descubierto su secreto, pero entonces me mostraron en qué estaban trabajando, Adriana. Era tecnología que podría revolucionar cómo generamos y distribuimos energía, podría ayudar a millones de personas, no solo en México, sino en todo el mundo. Me ofrecieron la oportunidad de ser parte de algo verdaderamente trascendente.

Fernanda explicaba que la decisión de unirse al proyecto había sido la más difícil de su vida. Sabía lo que les haría, especialmente a mamá, pero también sabía que si rechazaba el proyecto continuaría sin mí y yo habría perdido la oportunidad de hacer algo realmente significativo con mi vida y mi carrera.

 Me dijeron que el secreto solo sería por unos años, que eventualmente el proyecto sería desclasificado. Nunca imaginé que tomaría tanto tiempo. La carta revelaba detalles fascinantes sobre el trabajo que Fernanda había hecho durante esos años. había sido parte de un equipo que desarrolló una nueva forma de almacenamiento de energía renovable, algo que ahora era utilizado en varios países bajo diferentes nombres y patentes corporativas.

El trabajo que hicimos cambió el mundo, aunque nadie lo sepa. Escribía con un dejo de orgullo y tristeza. Traté de dejar el proyecto varias veces a lo largo de los años”, continuaba la carta, pero siempre había una razón más para quedarme, un descubrimiento más que estábamos a punto de lograr y con el tiempo se volvió más fácil estar lejos, no porque no los extrañara, sino porque enfrentar lo que había hecho se volvió más difícil con cada año que pasaba.

¿Cómo podría volver después de 5 años? Después de 10. El tiempo hace que algunas decisiones sean irreversibles, incluso cuando técnicamente podrías revertirlas. La carta explicaba que Fernanda había dejado el proyecto oficialmente en 2015, cuando finalmentehabía sido cerrado y su tecnología transferida a instituciones públicas y compañías privadas a través de canales legítimos.

 Pero para entonces escribía, “Había estado muerta para ustedes durante casi 20 años. ¿Cómo podría simplemente aparecer y decir, “Hola, perdón por desaparecer. Seguí sus vidas desde lejos. Supeé durante días. Supe la siguió. Estuve en su funeral, Adriana, aunque no me viste. Me paré en la parte de atrás con lentes oscuros.

 y me despedí del hombre que me enseñó a amar la ciencia. Fernanda admitía que había considerado revelarse cuando los túneles fueron descubiertos, pero el miedo la había paralizado. Tenía miedo de tu ira, de tu rechazo. Tenía miedo de que me dijeras que nunca me perdonarías y tenías todo el derecho de hacerlo. Arruiné tantas cosas, perdí tanto tiempo con la gente que amaba.

Todo por un proyecto que, por que fuera, nunca podría llenar el vacío que dejé en mi familia. Al final de la carta, Fernanda proponía un encuentro. Si estás dispuesta a verme, si puedes encontrar en tu corazón, aunque sea la más pequeña posibilidad de perdonarme, me gustaría verte. Entenderé si dices que no.

 Entenderé si prefieres mantenerme muerta en tu memoria. Pero si hay una posibilidad, aunque sea remota, de que podamos recuperar algo de lo que perdimos, me gustaría intentarlo. Estaré en Monterrey el 15 de enero de 2025, 29 años después de mi desaparición. Estaré en el parque Fundidora a las 3 de la tarde junto a la fuente principal.

 Si vienes, sabré que hay esperanza. M.