La esclava que salvó al amo y recibió la libertad como castigo — Zumira, Cartagena 1856

Dicen que la libertad es el mayor tesoro del hombre, el anhelo más profundo del alma humana. Pero, ¿qué sucede cuando esa libertad se entrega no como una bendición, sino como una sentencia de muerte? ¿Qué pasa cuando te abren la jaula solo para que te devoren los lobos? Para su mira en la calurosa Cartagena de 1856, recibir su carta de libertad no fue el día más feliz de su vida, sino el inicio de una pesadilla que nadie vio venir.
Ella salvó la vida de su amo cuando todos los demás huyeron y su recompensa fue el castigo más cruel que la ingratitud humana puede concebir. Es una verdadera bendición y un bálsamo para el alma encontrarte aquí, mi querido compañero de historias y saberes. Gracias por detener tu paso un momento para escuchar.
Antes de adentrarnos en los secretos que esconden las viejas murallas de piedra, te invito con todo cariño a que te suscribas a nuestro canal y nos regales un me gusta. Así nos aseguramos de que no te pierdas ni un solo detalle de estos relatos que el tiempo ha intentado borrar, pero que nosotros rescatamos para ti. Ahora sí, acomódate bien, cierra los ojos por un instante y deja que mi voz te transporte.
Imagina el calor húmedo y salado de Cartagena de Indias a mediados del siglo XIX. El sol allí no calienta, el sol allí muerde. Las calles empedradas quemaban las plantas de los pies descalzos y el aire olía a pescado, a especias y a sudor antiguo. Era el año 1856. Hacía apenas unos años que la esclavitud había sido abolida oficialmente en la joven República de la Nueva Granada, lo que hoy llamamos Colombia.
Sin embargo, una cosa es lo que dicen los papeles firmados por los políticos en la fría Bogotá y otra muy distinta es lo que ocurría dentro de las cazonas coloniales de la costa. En la imponente mansión de la familia de la Torre, el tiempo parecía haberse detenido. Don Aurelio de la Torre, un hombre de carácter agrio, mirada severa y bigote canoso, siempre impecable, seguía gobernando su casa como si las leyes nuevas no existieran.
Y allí, moviéndose como una sombra silenciosa entre los corredores de arcos blancos y patios llenos de elchos, estaba Zumira. Su mira no era joven, pero tampoco era una anciana. Tenía esa edad indefinible de las mujeres que han trabajado de sol a sol desde que tienen memoria. Su piel era del color de la caoba pulida y sus ojos profundos y oscuros.
habían visto nacer y morir a más miembros de la familia de la torre que el propio don Aurelio. Ella era la que conocía el secreto para que el arroz con coco quedara en su punto exacto. Ella era la que sabía qué hierba hervir para bajar la fiebre de los niños y ella era la que conocía dónde se guardaba la plata y dónde se escondían las vergüenzas de la familia.
Aunque la ley decía que su mira ya era libre, ella no tenía a dónde ir. ¿Qué hace una mujer que ha servido toda su vida sin tierra, sin dinero y sin familia propia en un mundo que la desprecia? Por eso se quedó. se quedó por un techo, por un plato de comida y tal vez por una lealtad malentendida hacia aquellos que la consideraban parte del mobiliario.
Pero el destino, mis amigos, tiene una forma curiosa de barajar las cartas. Sucedió en el mes de agosto, cuando las lluvias traen consigo las plagas y los miedos. Una noche, tras una cena o pípara donde don Aurelio se había jactado de sus negocios con mercaderes ingleses, un silencio sepulcral cayó sobre la casa.
El amo comenzó a sudar frío. Su rostro, habitualmente colorado por el vino, se tornó de un amarillo ceroso. Era el vómito negro, la fiebre amarilla. El pánico se apoderó de la mansión más rápido que el fuego en la paja seca. La esposa de don Aurelio, doña Matilde, una mujer de nervios frágiles y devoción escasa, empacó sus baúles.
Esa misma madrugada con el pañuelo cubriendo su nariz y boca, ordenó que prepararan el carruaje para huir a la hacienda del interior, lejos de los miasmas de la ciudad amurallada, los hijos, los primos e incluso el médico de cabecera, un hombre de ciencia que temía más a la muerte que a Dios. abandonaron el barco. “No hay nada que hacer”, dijo el doctor antes de salir apresurado.
“Es la voluntad del Altísimo. No se acerquen a él si quieren vivir. La casa quedó desierta. Las puertas abiertas golpeaban con el viento y el silencio solo era roto por los quejidos agónicos que provenían de la habitación principal. Todos se fueron, todos, menos su mira. Ella vio partir los carruajes, vio cómo se llevaban la plata, las joyas y hasta las imágenes de los santos, pero dejaban atrás al hombre que les había dado todo eso.
Su mira subió las escaleras de madera con paso firme. No lo hizo por amor, pues es difícil amar a quien te ha mirado por encima del hombro toda la vida. Lo hizo por humanidad. Lo hizo porque en su corazón, moldeado por el dolor y la resistencia, no cabía la crueldad de dejar morir a un hombre solo, ahogado en sus propios fluidos. Entró en la habitación.
El olor era insoportable, una mezcla de enfermedad y muerte que hubiera hecho retroceder al más valiente. Don Aurelio yacía en la cama con Dosel, temblando, delirando, llamando a una madre que hacía años descansaba en el cementerio de manga. Su mira no tuvo miedo. abrió las ventanas para que entrara la brisa marina, buscó agua fresca del algive y entonces recurrió a lo único que era verdaderamente suyo, la sabiduría de sus ancestros.
No usó las sangrías ni los mercurios de los doctores blancos. usó las cortezas que guardaba en su delantal, las hojas de matarratón, las oraciones cantadas en voz baja que su abuela le había enseñado antes de ser embarcada en un barco negrero. Durante cinco días y cinco noches, su mira no durmió. Limpió al amo cuando su cuerpo expulsaba la enfermedad.
Le dio de beber gota a gota infusiones amargas que él rechazaba en su delirio, pero que ella le obligaba a tragar con firmeza. le puso paños fríos en la frente hirviendo y le sostuvo la mano cuando los terrores de la fiebre le hacían gritar. Ella luchó contra el ángel de la muerte en esa habitación y contra todo pronóstico ella ganó.
Al sexto día, la fiebre se dio. Don Aurelio abrió los ojos. Ya no tenían el velo vidrioso de la muerte. Estaba débil, flaco como un esqueleto, pero lúcido. Lo primero que vio fue el techo alto de su habitación. Lo segundo fue a su mira, sentada en una silla de madera en un rincón, dormitando con la cabeza sobre el pecho agotada.
El hombre intentó hablar, pero su garganta estaba seca como el desierto. Hizo un ruido y su mira despertó al instante. Se acercó con un vaso de agua. Beba a don Aurelio despacio”, dijo ella con voz suave. Él bebió, la miró con incredulidad, miró la habitación vacía. “¿Dónde están?”, preguntó con un hilo de voz. “¿Dónde está Matilde? Mis hijos.
” Zumira, que nunca había aprendido a mentir, porque la verdad era lo único que poseía, bajo la vista. Se fueron, amo. Tuvieron miedo de la peste. Solo quedamos nosotros. Un silencio denso llenó el cuarto. Don Aurelio comprendió. Su familia, su sangre, lo había dejado morir como a un perro.
Y esta mujer, esta esclava a la que nunca había dado más que órdenes y algún grito destemplado, le había salvado la vida. Uno pensaría, mi querido amigo, que el corazón de un hombre se ablandaría ante tal acto de sacrificio. Uno pensaría que la gratitud inundaría su alma, pero el orgullo de un hombre poderoso es una bestia extraña y peligrosa.
A veces de verle la vida a quien consideras inferior no genera amor, sino un resentimiento profundo y oscuro. una humillación que el ego no puede soportar. Pasaron las semanas, don Aurelio recuperó las fuerzas. La familia regresó avergonzada, pero con excusas floridas en los labios. Doña Matilde lloró lágrimas de cocodrilo diciendo que rezó cada día por él.
Don Aurelio no dijo nada, pero su mirada hacia su mira cambió. Ya no la ignoraba. Ahora la miraba con una fijeza inquietante. No había calidez en sus ojos, había cálculo. Zumira sentía esa mirada en su nuca mientras servía la sopa, mientras barría el patio. Sentía un frío que no venía del clima. Algo se estaba gestando en la mente del patrón.
Una tarde de domingo, don Aurelio la mandó llamar a su despacho. Su mira se alizó el delantal y entró. El amo estaba sentado tras su gran escritorio de roble con un documento en la mano y el notario de la ciudad a su lado. Su mira, dijo él sin invitarla a sentarse. Dígame, Señor, me has servido bien.
Me salvaste la vida cuando mi propia sangre huyó. Eso es algo que un caballero no puede ignorar. Su mira sintió una pequeña esperanza. Quizás le daría una pequeña pensión, una habitación propia para su vejez. Don Aurelio se puso de pie y le extendió el papel. La ley dice que ya no hay esclavos, pero tú has seguido aquí bajo mi techo.
Hoy quiero regularizar tu situación para siempre. Aquí tienes tu carta de libertad firmada y sellada ante notario. Eres libre, su mira, total y absolutamente libre. Ella tomó el papel con manos temblorosas. “Gracias, amo. Que Dios se lo pague. No me des las gracias todavía”, interrumpió él con una voz fría y cortante.
“Como eres una mujer libre, ya no tienes obligaciones conmigo y yo no tengo obligaciones contigo.” Su mira levantó la vista confundida. “Señor, eres libre”, repitió él acercándose a ella. Y en esta casa solo vive mi familia y mis sirvientes contratados. Tú no eres familia y no tengo intención de contratarte. Tu presencia aquí me recuerda momentos que prefiero olvidar.
Me recuerda la debilidad. El corazón de su mira se detuvo. Te doy la libertad, su mira, y como mujer libre debes marcharte de mi casa ahora mismo. Pero, don Aurelio, balbuceó ella, sintiendo que el suelo se abría, no tengo a dónde ir. He vivido aquí 40 años. No tengo dinero. No tengo techo.
Ese es el precio de la libertad, dijo él dándose la vuelta para mirar por la ventana. Tienes lo que la ley exige. Tienes tu vida. Lo que hagas con ella ya no es asunto mío. Toma tus trapos y vete antes de que anochezca. Si te encuentro aquí mañana, llamaré a la guardia por invasión de propiedad. Zumira miró al notario buscando piedad, pero el hombre solo se encogió de hombros y siguió escribiendo en su libro.
La echaron a la calle, así sin más, con un papel en la mano que decía que era dueña de su destino, pero con el estómago vacío y la noche cayendo sobre Cartagena. La puerta de la cazona se cerró con un golpe seco a sus espaldas, el mismo sonido que hace la tapa de un ataúd. Su mira se quedó parada en el empedrado. Tenía la libertad en las manos, sí, pero esa libertad se sentía fría, pesada.
y aterradora. Era un castigo disfrazado de regalo. Don Aurelio se había librado de su deuda moral, echándola a su suerte, condenándola a la miseria, para no tener que ver cada día el rostro de la mujer que fue más valiente que él. Pero lo que don Aurelio no sabía y lo que Zumira estaba a punto de descubrir es que la vida da muchas vueltas y que a veces cuando te empujan al abismo es cuando aprendes que tienes alas.
o garras. Allí, bajo la luz de un farol de aceite, Zumira apretó los puños. No iba a morir en la calle, no después de haber vencido a la muerte misma. Pero, mis queridos amigos, lo que sucedió esa primera noche de soledad y el extraño encuentro que su mira tuvo en el puerto es una historia que merece ser contada con calma en nuestra próxima cita.
Mis queridos amigos, imaginen por un momento el silencio que queda después de un portazo. No el silencio de la paz, sino ese silencio hueco, frío y aterrador que se instala cuando uno se queda del lado de afuera. Así estaba su mira. Del otro lado de la madera tallada quedaba su vida entera, sus rutinas, la cocina donde había pasado décadas, el olor a café de la mañana.
Y tristemente el hombre al que había salvado de las garras de la muerte apenas unos días atrás. La noche en Cartagena, allá por 1856, no era como las noches de ahora, llenas de luces eléctricas y bullicio de turistas. No, mis amigos. Aquella era una noche de sombras largas, iluminada apenas por la luna y por los faroles de aceite que parpadeaban como ojos cansados en las esquinas.
La humedad del Caribe se le pegó a la piel a su mira, mezclándose con las lágrimas que se negaba a derramar. Ella miró el papel que tenía en la mano, la carta de libertad. Bajo la luz amarillenta de un farol, las letras parecían bailar burlonamente. Ese papel decía que ella era libre, pero su estómago le recordaba que era pobre. Y en aquel tiempo, como a veces sucede en el nuestro, la libertad sin pan es una prueba muy amarga para el espíritu.
Su mira comenzó a caminar. No sabía a dónde iba. Sus pies simplemente se movían por instinto. Sus pasos resonaban en el empedrado de las calles amuralladas, un sonido solitario, tac, tac, tac, que marcaba el ritmo de su angustia. Pasó frente a las grandes cazonas de los nobles, escuchando risas lejanas, el tintineo de cubiertos de plata y pianos que tocaban melodías alegres.
Qué contraste tan doloroso, ¿verdad? La vida seguía su curso festivo mientras el mundo de ella se había desmoronado. Mientras caminaba, una voz interior, quizás la voz del miedo, le susurraba que regresara, que se arrodillara ante la puerta de don Aurelio y suplicara ser esclava de nuevo a cambio de un plato de sopa.
Pero entonces, mis queridos oyentes, sucedió algo en el corazón de esa mujer. Recordó el calor de la fiebre que ella había curado. Recordó las hierbas que había mezclado con sus propias manos para salvar a ese hombre ingrato. Y se dijo a sí misma, “Si tuve el poder para arrebatarle un alma a la muerte, no tendré el poder para salvar mi propia vida.
” Con ese pensamiento enderezó la espalda. Ya no era una sirvienta expulsada, era una mujer caminando hacia su destino. Sus pasos la llevaron inevitablemente hacia el puerto, hacia la bahía de las ánimas. El mar siempre ha sido refugio de los desamparados, quizás porque su inmensidad nos hace sentir que nuestros problemas, por grandes que sean, son pequeños ante la creación de Dios.
El puerto a esa hora ya no tenía el ajetreo del día, pero no estaba desierto. Había marineros borrachos cantando coplas desafinadas, estivadores durmiendo sobre sacos de café y perros flacos buscando sobras. El olor era fuerte, una mezcla de salitre, pescado seco, brea y sudor. Para una dama de alcurnia hubiera sido insoportable, pero para su mira olía a verdad, olía a vida cruda.
Se sentó en un viejo cajón de madera cerca del agua, abrazándose a sí misma para protegerse de la brisa marina. Cerró los ojos y por primera vez en toda la noche rezó. No pidió milagros. ni riquezas. Pidió fuerza. Pidió que el Señor le mostrara el camino, porque se sentía como un barco sin timón en medio de la tormenta. Y como suele suceder cuando uno pide con fe sincera, la respuesta llegó, aunque no de la forma en que uno espera.
¿No bajó un ángel del cielo con alas doradas? No. La respuesta llegó en forma de una voz ronca y profunda con el acento de los viejos tiempos. ¿Qué haces aquí tan sola, mujer con esa cara de velorio ajeno? Su mira abrió los ojos sobresaltada. Frente a ella, iluminada por la brasa de un cigarro de tabaco negro, estaba una figura imponente.
Era una mujer anciana de piel tan oscura que se confundía con la noche envuelta en pañol de colores vivos. Estaba sentada frente a un brasero donde todavía humeaba una olla de hierro. era Matomasa. Todos en el puerto conocían a Matomasa, aunque su mira encerrada en su jaula de oro y servidumbre nunca la había visto. Matomasa vendía pescado frito y cocadas a los trabajadores del muelle, pero se decía que vendía mucho más que eso.
Se decía que vendía consejos, remedios y que sabía leer los ojos de la gente mejor que cualquier letrado. tu mira con la garganta seca intentó hablar, pero la voz le falló. solo pudo levantar el papel que tenía en la mano como si eso explicara todo. Matomasa soltó una carcajada suave que sonó como piedras rodando en el río.
Se acercó cojeando un poco, tomó el papel, lo miró sin leerlo porque no sabía de letras y se lo devolvió con desprecio. “Papeles”, dijo la anciana escupiendo el humo del tabaco hacia el mar. “Los blancos creen que la vida cabe en un papel. Eso no sirve para tapar el frío, mija. ¿Te echaron? Sí, susurró su mira.
Me dieron la libertad y me echaron. Matomasa asintió como si hubiera escuchado esa historia mil veces. Se volvió hacia su olla, sacó un trozo de pescado frito envuelto en una hoja de plátano y se lo tendió a su mira. “Come”, ordenó. “La libertad con hambre no sirve para pensar. llena la barriga primero y luego veremos qué hacemos con esa libertad tuya.
Su mira aceptó el alimento. El sabor del pescado sazonado con comino y ajo le devolvió el alma al cuerpo. Mientras comía, Matomasa la observaba con ojos penetrantes, unos ojos que habían visto pasar muchas lunas y muchas desgracias. “¿Y qué sabes hacer, mujer libre?”, preguntó la anciana. Porque aquí en el puerto el que no rema se hunde.
Zumira tragó el último bocado y pensó, ¿qué sabía hacer? ¿Sabía limpiar platas? Sabía almidonar camisas, sabía servir el vino sin derramar una gota. Pero esas eran habilidades de esclava doméstica. En la calle eso no valía nada. “Sé, sé curar”, dijo su mira casi con timidez. Matomasa se detuvo.
El humo del cigarro quedó suspendido en el aire. Curar, preguntó inclinándose hacia adelante. Curar de verdad o poner pañitos de agua tibia. Curé a mi amo, dijo Zumira, sintiendo que una chispa de orgullo se encendía en su pecho. Tenía la fiebre amarilla. Los médicos lo desauciaron. El cura le dio la extrema unción. Pero yo busqué las hierbas.
la quina, el matarratón, el sauco. Le bajé la fiebre cuando ya estaba frío. Le devolví la vida y por eso te echó. Concluyó Matomasa, asintiendo con sabiduría. El orgullo del hombre es frágil, mi hija. No soportan de verle la vida a quien consideran inferior. Te hizo un favor, aunque te parezca un castigo. Un favor. Preguntó su mira incrédula.
Estoy en la calle, vieja. No tengo techo. Tienes las manos, replicó Matomasa con firmeza, señalando las palmas de su mira. Y tienes el conocimiento de la tierra. Aquí en el puerto la gente se enferma todos los días. Fiebres, cortes, dolores de barriga, mal de ojo. Los médicos de la ciudad no bajan hasta aquí y si bajan cobran en oro.
Si de verdad sabes curar, nunca te faltará techo ni comida. Su mira miró sus propias manos. Estaban ásperas por el trabajo, pero eran fuertes. Eran manos que conocían los secretos de las plantas, manos que sabían detectar el calor de la enfermedad y el frío de la muerte. Quédate aquí esta noche”, dijo Matomasa, acomodando unos sacos vacíos junto a su puesto.
“Mañana, cuando salga el sol, veremos si esas manos tuyas tienen magia o si solo sirven para lavar ropa ajena. Pero te advierto una cosa, sumira.” ¿Qué cosa? Ahora eres libre y eso significa que ya no trabajas para que otro engorde. Ahora trabajas para ti. Si curas, la moneda es tuya. Si fallas, el hambre es tuya.
¿Tienes el coraje para eso? Su mira miró hacia el mar oscuro, donde las olas golpeaban contra los pilotes del muelle. El miedo seguía allí agazapado en su estómago, pero junto al miedo había nacido algo nuevo, una sensación extraña, vertiginosa y potente, la responsabilidad de su propia existencia. Sí, dijo Sumira, “tengo el coraje.
Esa noche, mis amigos, Sumira durmió sobre sacos de café, arrullada por el sonido del mar y protegida por la presencia ronca de Matomasa. No tenía colchón de plumas ni sábanas de hilo, pero por primera vez en 40 años durmió sin esperar la campana del amo. Durmió siendo dueña de sus sueños, pero la prueba de fuego llegaría al amanecer, porque el destino, que a veces parece jugar a los dados con nosotros, tenía preparado un desafío inmediato para probar si su mira realmente tenía el don de la sanación o si era solo una ilusión.
Justo cuando el sol comenzaba a teñir de naranja las murallas de piedra, un grito desgarrador rompió la calma del puerto. Un grupo de pescadores corría cargando el cuerpo inerte de un joven que había sido picado por una mantarraya venenosa. El muchacho estaba morado, convulsionando y la espuma le salía por la boca.
Un médico, por Dios, un médico! Gritaban los hombres, sabiendo que ningún médico llegaría a tiempo. Matomasa miró a Zumira que se había levantado de un salto. “Ahí está tu prueba, mujer libre”, dijo la anciana. “Demuéstrale a Dios por qué te sacó de esa casa”. Zumira sintió que el tiempo se detenía. Podía quedarse quieta, esconderse y dejar que la tragedia pasara.
O podía dar un paso al frente y reclamar su lugar en el mundo. El corazón le latía desbocado, no de miedo, sino de una fuerza antigua que le subía por los pies desde la tierra misma. Sin dudarlo más, su mira corrió hacia el tumulto. “Abran paso!”, gritó con una voz que no reconoció como suya, una voz de mando y autoridad. “Déjenme ver la herida.
” Los hombres, sorprendidos por la determinación de aquella mujer desconocida, se apartaron. Su mira se arrodilló junto al muchacho. La herida era fea, negra e hinchada. El veneno corría rápido. “Necesito agua caliente, un cuchillo limpio y fuego”, ordenó su mira mirando a los ojos a los rudos pescadores.
Ahora, mis queridos amigos, lo que sucedió en esa hora crítica, cómo su mira utilizó su saber ancestral para pelear contra el veneno bajo la mirada atónita del puerto, y cómo esto cambiaría para siempre su fortuna y la de muchos en Cartagena. Es algo que requiere que nos sentemos nuevamente con calma, porque la historia de cómo la esclava expulsada se convirtió en la curandera más respetada de la bahía apenas está comenzando.
Pero eso con el favor de Dios, se los contaré la próxima vez. Mientras el crepúsculo caía sobre Cartagena, su mira no vio pescadores ni curiosos. solo vio la vida de aquel muchacho escapándose entre sus dedos. Con manos firmes que hasta esa mañana solo habían servido para fregar pisos y peinar cabellos ajenos.
Tomó el cuchillo, no le tembló el pulso. Calentó la hoja en el fuego improvisado hasta que el metal brilló con un rojo vivo. Y mientras lo hacía, murmuraba oraciones que su abuela le había enseñado en sus hurros. Palabras antiguas que mezclaban la fe en Dios con los secretos de la tierra. Su mira aplicó el calor sobre la herida. No cortó, sino que usó la temperatura para neutralizar el veneno, tal como le dictaba su instinto.
Luego lavó la zona con el agua caliente y aplicó un emplasto de tabaco y hierbas que Matomasa le alcanzó en silencio. El muchacho se retorció una última vez y luego, para asombro de todos, su cuerpo se relajó. La espuma en su boca cesó. Su respiración, antes agitada y ruda se volvió serena como la marea baja. Un silencio profundo, casi sagrado, cubrió el puerto. Nadie se atrevía a hablar.
Fue la madre del joven quien rompió el hechizo, cayendo de rodillas para besar las manos de aquella mujer negra, de aquella esclava expulsada que acababa de devolverle a su hijo. Es un milagro. Susurraban los pescadores quitándose los sombreros con respeto. Su mira se puso de pie limpiándose el sudor de la frente. Ya no bajaba la cabeza.
Miró hacia las murallas de la ciudad, hacia la casa de su antiguo amo. Él había creído que al darle la libertad sin un centavo, la condenaba a la miseria y a la muerte. Pensó que sin su techo ella no sería nada. Pero, ¿cuán equivocado estaba aquel hombre? Su castigo había sido en realidad la llave de su destino.
Desde esa tarde, la fama de su mira corrió como la pólvora por los barrios de Getsemaní y San Diego. Ya no era la criada de nadie. Se convirtió en la sanadora más buscada, la mujer que tenía el don en las manos y a Dios en el corazón. Los pescadores le traían el mejor pescado, las señoras le regalaban telas y nunca, escúchenme bien, nunca le faltó un techo ni un plato de comida.
Con los años, su mira envejeció, rodeada de respeto y cariño. Se dice que mucho tiempo después vio pasar a su antiguo amo, ya viejo, solo y amargado, caminando con dificultad. Ella no sintió rencor, solo una inmensa gratitud, porque gracias a su crueldad ella había encontrado su verdadera fuerza. Él le dio la libertad como una condena, pero ella la recibió como una bendición del cielo.
Y así es, mis queridos amigos, como la vida nos enseña que a veces cuando creemos que nos han quitado todo, en realidad nos están dejando las manos libres para recibir algo mucho mejor. Los caminos del Señor son misteriosos, pero siempre, siempre llegan a buen puerto. Espero que esta historia haya tocado sus corazones tanto como el mío. Ha sido un verdadero honor compartir este momento con ustedes hasta el final.
Si este relato les ha traído paz o un buen recuerdo, les pido con mucho cariño que se suscriban, le den un me gusta y compartan este video con sus seres queridos. Eso nos ayuda a seguir contando historias. Muchas gracias por su compañía y los espero en el próximo
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