El Lirio Blanco de Stalingrado: La mujer que dominó el cielo de la muerte

 

 

Estalingrado, 1942. La ciudad ardía, el vulga se ahogaba en humo y en el cielo hombres cazaban hombres. Entonces vieron algo imposible. Un casa pilotado por una mujer, elegante, preciso, letal. La llamaron la rosa blanca de Stalingrado. Pero las rosas más hermosas florecen donde nadie espera que algo sobreviva.

Agosto de 1942. Estalingrado no era una ciudad, era una herida abierta en la tierra. Las ruinas humeaban día y noche. El río Volga arrastraba cadáveres. Las calles eran trincheras. Cada edificio una fortaleza, cada ventana una tumba potencial y sobre todo eso el cielo. El cielo de Stalingrado era otro campo de batalla, quizás el más brutal.

 La luft buff dominaba el aire con precisión mecánica. Stucas descendían aullando sobre las posiciones soviéticas. Mr. Schmids patrullaban en formación cerrada. Los pilotos alemanes, veteranos de Polonia, Francia y los Balcanes, volaban con la confianza de quien nunca ha conocido la derrota. Los pilotos soviéticos morían rápido.

Muchos tenían menos de 100 horas de vuelo. Subían con aviones anticuados, mal mantenidos, sin radios funcionales. Las tácticas eran desesperadas. Atacar de frente, disparar todo, regresar si sobrevivías. La mayoría no regresaba. En tierra, los soldados levantaban la vista hacia las explosiones en el cielo. Veían las estelas de humo, los paracaídas que nunca se abrían, los casas que caían en espiral.

 Sabían que perder el cielo significaba perder la guerra. Y en agosto de 1942 estaban perdiendo el cielo. El aire olía a combustible quemado y muerte. El rugido de los motores nunca cesaba. Las sirenas antiaéreas sonaban tan seguido que dejaron de tener sentido. Estalingrado se desangraba y el cielo sobre Estalingrado también moría.

Pero en medio de ese infierno, alguien estaba por llegar, alguien que nadie esperaba. Su nombre era Lidia Vladimir Opna Litbiak. Tenía 21 años cuando llegó a Stalingrado. Había crecido en Moscú, hija de un empleado ferroviario. A los 14 años voló su primer planeador. A los 15 pilotaba aviones ligeros.

 A los 19 era instructora de vuelo. Cuando Alemania invadió la Unión Soviética en junio de 1941, Lidia mintió sobre sus horas de vuelo para ser aceptada en combate. Le dijeron que las mujeres no podían ser pilotos de casa. Ella insistió. Finalmente, en octubre de 1941, fue admitida en uno de los tres regimientos aéreos femeninos formados por orden directa de Stalin.

 Mujeres que volaban casas, bombarderos y aviones de ataque nocturno. No era propaganda, era desesperación. Los hombres morían tan rápido que la Unión Soviética necesitaba pilotos de donde fuera. Lidia voló primero en el frente sur, luego fue transferida a Stalingrado. Llegó en septiembre de 1942, en pleno infierno.

 Sus superiores desconfiaban, los mecánicos hacían chistes, algunos pilotos masculinos se negaban a volar en formación con ella. Lidia no respondía con palabras, respondía en el cielo. Su primer combate en Stalingrado fue caótico. Tres Jack, uno soviéticos contra cinco Meser Schmid BF109. Los alemanes atacaron desde arriba con el sol a sus espaldas.

 Lidia giró violentamente, evitó la primera ráfaga, se pegó a la cola de un BF109 y disparó. El casa alemán comenzó a humear y se alejó perdiendo altitud. Derribado. Aterrizó con el corazón golpeándole el pecho. Los mecánicos la miraron diferente. Uno de los pilotos que Liria derribó en esos primeros días era Ervin Meer, unas alemán con la cruz de caballero y 11 victorias confirmadas.

Mayer logró saltar en paracaídas y fue capturado por soldados soviéticos. Cuando pidió conocer al piloto que lo había vencido, los rusos le presentaron a Lidia. Mayer, un veterano condecorado, se echó a reír pensando que era una broma de propaganda. No podía creer que una chica de 21 años, vestida con un uniforme gastado, lo hubiera superado en un duelo de muerte.

Solo cuando ella le describió punto por punto y con precisión técnica cada maniobra que él había hecho en el aire, el alemán guardó silencio y se cuadró ante ella. En los días siguientes voló misiones de escolta, patrulla y ataque terrestre. Aprendió a volar bajo, rozando las ruinas, esquivando el fuego antiaéreo.

 Aprendió que en Stalingrado no había pilotos viejos, solo pilotos con suerte. Y ella tenía talento. También era indisciplinada. Rompía formación para perseguir objetivos, volaba más cerca de lo permitido, discutía con sus comandantes, pero derribaba aviones. Y en estalingrado eso era lo único que importaba. Nadie esperaba que sobreviviera, mucho menos que destacara.

 Pero Lidia Lbiak no había venido a sobrevivir, había venido a luchar. Para octubre de 1942, el cielo sobre Stalingrado seguía siendo un matadero, pero ahora había un casa que todos conocían, un Jack 1 con flores blancas pintadas en el fuselaje. Lidia lo había personalizado con ayuda de los mecánicos, rosas, lirios, margaritas, flores delicadas sobre metal de guerra.

Los pilotos alemanes comenzaron a llamarlo la rosa blanca. No lo decían con burla, lo decían con respeto y con miedo, porque esa rosa blanca derribaba aviones. Lidia volaba diferente a los demás, no seguía las tácticas estándar. Atacaba de cerca con ráfagas cortas y precisas. Se metía en combates cuerpo a cuerpo que la mayoría evitaba.

 Giraba más cerrado, esperaba más tiempo antes de disparar y acertaba. En una misión de escolta, un piloto alemán veterano la persiguió durante varios minutos. Lidia giró, subió, descendió, pero él no la soltaba. Hasta que ella cortó motores, perdió velocidad abruptamente y cuando el alemán pasó de largo por inercia, Lidia volvió a acelerar y le disparó desde abajo.

 El Messer Schmith explotó en el aire, otro derribado, pero cada victoria tenía un precio. Compañeras suyas murieron, pilotos con los que había entrenado desaparecieron. Lidia asistió a funerales vacíos porque no había cuerpos que enterrar. Conoció a Alexei Salomatin, otro piloto de casa.

 Se enamoraron entre misiones, volaban juntos cuando podían. Se cuidaban en el aire. Alexei murió en combate en marzo de 1943. Lidia no lloró en público. Voló su siguiente misión al día siguiente, pero algo en ella cambió. comenzó a volar con más rabia, más riesgo, como si desafiara al cielo a llevársela también. Y el cielo respondía. En enero de 1943, durante la batalla decisiva por Stalingrado, Lidia participó en combates aéreos casi diarios.

 Derribó bombarderos, casas, aviones de reconocimiento. En una sola semana acumuló cuatro derribos confirmados. Los informes soviéticos la mencionaban cada vez más. Los interrogatorios a pilotos alemanes capturados también. Una piloto vuela un casa con detalles de rosas blancas es muy peligrosa. La propaganda soviética intentó convertirla en símbolo, fotografías, entrevistas, mensiones en los periódicos del frente. Lidia lo odiaba.

 No quería ser símbolo, quería volar, pero se estaba convirtiendo en leyenda de todos modos. Cada misión la elevaba, cada pérdida la acercaba al final y ella lo sabía. Escribió cartas a su madre, breves, secas, sin dramatismo. Hablaba del clima, de la comida, de pequeñeces. Nunca mencionaba el miedo, pero entre líneas su madre podía leerlo.

 El cielo de Stalingrado no perdonaba a nadie, ni siquiera a las rosas. Primavera de 1943. Lidia Lidiac ya no era una anomalía, era un as. 12 derribos confirmados, quizás más, porque no todos los combates se documentaban adecuadamente en el caos de Stalingrado. Había derribado ases alemanes experimentados, pilotos con medallas, con años de combate, hombres que no esperaban ser superados por una mujer de 22 años volando un casa pintado con flores.

En marzo de 1943 participó en un combate contra una formación de bombarderos Junkers U88 escoltados por casas. Lidia y su escuadrón atacaron desde arriba. Ella se concentró en uno de los bombarderos. Ignoró las ráfagas de los artilleros de cola. Se acercó hasta sentir el calor del motor enemigo y disparó.

 El Junker se partió en dos. regresó a la base con su avión lleno de agujeros de bala. Los mecánicos contaron 17 impactos. Lidia salió del cockpit, fumó un cigarrillo y pidió que le arreglaran el avión para la siguiente misión. Voló incluso herida. Una vez un fragmento de metralla le cortó la pierna durante un combate.

 Ella apretó los dientes, terminó la misión, aterrizó y solo entonces permitió que la llevaran a la enfermería. Estuvo de vuelta en el aire tres días después. La moral soviética se elevaba cada vez que la veían despegar. Los soldados en tierra señalaban su avión y gritaban, “¡Es ella, la rosa!” Para ellos era prueba de que podían ganar.

 Para los alemanes era una amenaza que había que eliminar. Pusieron precio a su cabeza, ofrecieron medallas a quien la derribara, pero Lidia seguía volando. No dominó el cielo durante años, lo dominó mientras estuvo viva. Y en Stalingrado eso era más de lo que la mayoría lograba. En junio de 1943 fue transferida al 73er regimiento de aviación de guardias.

 Más misiones, más presión, más peligro. Voló sobre el saliente de Kursk, sobre el Donbas, sobre el infierno que la guerra se inventaba cada día. Siguió derribando aviones, siguió pintando flores en su casa, pero las flores eventualmente se marchitan. 1 de agosto de 1943, cerca de la ciudad de Orel, sobre territorio enemigo, Lidia Lidiac despegó en su última misión.

Era una patrulla de combate estándar, cuatro casas soviéticos barriendo el área, buscando objetivos de oportunidad. El cielo estaba nublado. Los detalles de lo que sucedió son confusos. Los informes oficiales son vagos. Los testigos vieron cosas diferentes. Lo que se sabe es esto. Varios casas Meserschmid BF109 les atacaron por sorpresa desde el alto contra el sol.

Lidia se enganchó en combate. Otros pilotos soviéticos intentaron seguirla, pero ella volaba demasiado rápido, demasiado agresivo.Alguien vio su avión girar violentamente. Alguien vio humo, pero nadie vio un paracaídas. Lidia no regresó. Su escuadrón esperó en la pista. Escanearon el horizonte. Esperaron el sonido de su motor.

Silencio. Al día siguiente la buscaron. Volaron sobre la zona del combate. No encontraron restos. No encontraron señales. Lidia Vladimirovna Lidviaak simplemente desapareció. Tenía 22 años. Había volado más de 60 misiones de combate. Había derivado entre 12 y 14 aviones enemigos confirmados, quizás más. Había sido herida varias veces, había sobrevivido cuando nadie esperaba que lo hiciera y luego un día de agosto dejó de existir.

 La Unión Soviética la declaró muerta, pero no le dieron honores inmediatos. Durante años fue solo un nombre más en una lista interminable de caídos. Solo en 1979, 36 años después de su muerte, recibió póstumamente el título de heroína de la Unión Soviética. Para entonces, nadie recordaba exactamente dónde había caído, pero los que la conocieron nunca la olvidaron.

Los pilotos hablaban de ella en voz baja. La rosa blanca que voló cuando el cielo moría, la mujer que demostró que el coraje no tenía género. La piloto que convirtió el horror en belleza, aunque fuera por un instante. Su avión con flores pintadas se convirtió en símbolo, no de propaganda, de humanidad en medio de la barbarie.

Lidia no sobrevivió la guerra, pero la guerra nunca la olvidó. Y en algún lugar, sobre los cielos que una vez dominó, su leyenda sigue volando. Elegante, precisa, eterna. Yeah.