El Colapso: La caída del Reino Visigodo y el inicio de Al-Ándalus

En la historia de España, pocos eventos son tan decisivos como el año 711. Imagina un reino que ha dominado la península durante más de dos siglos, una potencia militar heredera de Roma. Y sin embargo, en cuestión de meses, todo se derrumba. No fue una invasión lenta, fue un colapso total.
La caída del reino Bisigodo no solo redibujó el mapa de Europa, sino que marcó el inicio de una lucha que duraría casi 800 años. ¿Cómo es posible que todo un estado desapareciera de la noche a la mañana? ¿Fue solo la fuerza del Islam o hubo una traición desde dentro? Hoy analizamos la autopsia de un desastre, la caída de la Hispania bisigoda.
Un gigante con pies de barro. Para entender el desastre, hay que mirar bajo la alfombra de la Toledo del siglo VI. Los bisigodos habían logrado algo difícil, unificar la península bajo una misma fe, el catolicismo, gracias a la conversión de Recaredo en el 589. Pero bajo esa unidad religiosa, el reino era un polvorín político.
El gran problema era su sistema de sucesión, la monarquía [música] electiva. El rey no heredaba el trono automáticamente, era elegido por los nobles. El resultado, cada vez que un rey moría, comenzaba un juego de tronos sangriento con conspiraciones, asesinatos y facciones rivales. A esto sumamos una crisis social, una élite bisigoda, inmensamente rica y una población hispanoorromana empobrecida y descontenta.
El reino parecía fuerte por fuera, pero por dentro estaba podrido por la división. Solo hacía falta una chispa para que todo explotara. Y esa chispa llegó en el año 710. El detonante, traición y guerra civil. Tras la muerte del rey Hitiza estalla el caos. Los nobles eligen a don Rodrigo, el duque de la Bética, como nuevo rey.
Pero los partidarios de los hijos de Witiza no lo aceptan y controlan el noreste de la península. Estamos ante una guerra civil en toda regla. Es aquí donde entra la leyenda y la historia. Las crónicas hablan del conde don Julián y la supuesta traición para facilitar el paso a los musulmanes. Pero lo que sabemos históricamente es que la facción enemiga de Rodrigo buscó aliados al otro lado del estrecho.
Allí el califato Omeya, una fuerza expansiva imparable, esperaba su oportunidad. Lo que quizás empezó como una petición de ayuda de una facción bisigoda, se convirtió en una invasión en toda regla. En el 711, Tarik ibn Ziyad cruza el estrecho con unos 7000 hombres vereveres y desembarca en la roca que hoy lleva su nombre, Gibraltar, Jabal, Taric.
Rodrigo, que estaba combatiendo a los vascones en el norte, tiene que bajar a la desesperada para frenar la amenaza. El desastre, Guadalete y el colapso. El destino de la península se decidió en un solo día. La batalla de Guadalete o de la laguna de la Janda. Rodrigo llegó con un ejército numéricamente superior, pero desleal.
En el momento crítico de la batalla, las alas de su ejército, comandadas por los parientes de Witiza le abandonaron o directamente se cambiaron de bando. No querían que Rodrigo ganara, querían que los musulmanes le debilitaran para tomar ellos el poder. Fue un error de cálculo fatal. Rodrigo murió en combate o desapareció para siempre y el ejército bisigodo fue aniquilado.
Los musulmanes no se limitaron a intervenir y marcharse. Vieron que el reino estaba descabezado y decidieron quedárselo todo. La invasión, relámpago, el fin. Lo que siguió no fue una guerra larga, sino un paseo militar. Tarik y su superior Musa, avanzaron casi sin oposición. ¿Por qué tan rápido? Porque la población estaba harta.
Los judíos, perseguidos por los bisigodos y los campesinos explotados, no vieron a los musulmanes como invasores, sino como libertadores, o al menos como un mal menor. Ciudades clave como Toledo se rindieron casi sin luchar. En menos de 5 años, el reino Bisigodo había dejado de existir. Alándalus nacía sobre sus cenizas.
Hacia el año 716, los musulmanes controlaban casi toda la península. La Hispania romana y Bisigoda había muerto. Parecía el fin de la historia cristiana en el territorio. Sin embargo, en medio de este colapso, un pequeño grupo de nobles, soldados y clérigos que se negaron a someterse huyeron hacia el único lugar donde la caballería islámica no podía maniobrar bien, las inexpugnables montañas de la cordillera cantábrica.
Allí, bajo la lluvia y el frío, un noble llamado Pelayo estaba a punto de organizar la resistencia. Pero esa es la historia para el próximo vídeo.
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