Al Capone Planeó la PEOR Masacre de Chicago — Y Nadie Pudo TOCARLO

 

 

14 de febrero de 1929, 10:36 de la mañana. Siete hombres estaban alineados contra la pared del garaje SMC Carta Company en Chicago. Pensaban que era una redada policial rutinaria. No lo era. Cuatro hombres con uniformes de policía entraron con ametralladoras Thompson. En 90 segundos, 70 balas destrozaron siete cuerpos.

 La masacre del día de San Valentín acababa de redefinir la violencia organizada en América. Y Al Capone, el hombre que ordenó la masacre, estaba a 1000 millas de distancia en Florida, estableciendo la coartada perfecta. Pero lo que hizo después del tiroteo, la forma en que convirtió la mayor atrocidad criminal en su mayor victoria estratégica, eso es lo que los libros de historia nunca cuentan.

 Para entender esa mañana sangrienta en Chicago, necesitas entender la guerra que la precedió. 1929, Chicago era un campo de batalla. La prohibición había convertido el alcohol ilegal en el negocio más lucrativo de América y dos hombres querían controlarlo todo. Al Capone, de 30 años, italiano, Brooklyn, vicioso, inteligente, imparable, controlaba el southside de Chicago.

 Su imperio generaba 100 millones de dólares al año, en 1929, eso equivalía a más de 1000 millones de hoy. Del otro lado estaba George Bugs Morren, irlandés, líder de la North Side Gang. Morren odiaba a Capone con cada fibra de su ser. No era solo negocios, era étnico, era territorial, era personal.

 Durante 3 años habían estado matándose mutuamente. Tiroteos desde autos en marcha, bombas en bares, ejecuciones en callejones. Chicago sangraba y nadie podía detenerlo porque la policía, los jueces, los políticos, todos estaban en la nómina de alguien. Capone había intentado negociar, había enviado emisarios, había ofrecido dividir la ciudad.

 Moran escupió en cada oferta. No negoció con italianos, dijo Morán en una entrevista con el Chicago Tribune en diciembre de 1928. Fue el insulto equivocado al hombre equivocado, porque Alcapone no se enojaba, se volvía estratégico. Si esta historia de poder, estrategia y vengancia te está enganchando, dale like ahora mismo.

 Suscríbete porque vamos a revelar secretos de Al Capone que nunca has escuchado. Y activa las notificaciones, porque la próxima semana contamos como Capones sobrevivió ocho intentos de asesinato en un solo año. No te lo puedes perder. Enero de 1929, Capone convocó una reunión en el Ford Deus, su club en South Wabash Avenue. Presentes: Jack Machine Gun McGern, su ejecutor principal, Frank Nitty, su mano derecha, Jake Greasy Thom Gusek, su cerebro financiero, y un hombre del que nadie sospechaba, un policía corrupto llamado John Scales. Quiero a Morán

muerto”, dijo Capone encendiendo un cigarro cubano. “Pero no puede parecer que fui yo. Necesito estar en otro estado. Necesito que parezca que la policía lo hizo. Necesito que sea tan espectacular que nadie se atreva a desafiarme de nuevo.” McGern sonrió. Tenía un plan. El plan era simple, pero brillante.

 Usar un informante para decirle a Morán que un camión de whisky robado de Detroit llegaría al garaje SMC Cartebrero a las 10:30 de la mañana. Whisky de alta calidad, precio bajo, demasiado bueno para rechazarlo. Moran mordería el anzuelo, enviaría a sus mejores hombres. Mientras tanto, Capón estaría en Miami, en su mansión de Palm Island, rodeado de testigos.

Coartada de hierro, McGern reclutaría asesinos de fuera de la ciudad, nadie de Chicago, sin conexiones rastreables. Los asesinos vestirían uniformes de policía. Cuando entraran al garaje, los hombres de Morán pensarían que era una redada. Se pondrían contra la pared sin resistencia. Entonces, las ametralladoras hablarían.

 10 de febrero de 1929, Capone abordó un tren a Miami, se registró en su mansión, organizó fiestas, jugó golf. Se fotografió con celebridades, cada momento documentado, cada hora contabilizada. McGern, mientras tanto, estaba en Chicago ejecutando el plan. había traído a cuatro sicarios de Saint Louis, Fred Killerberg, James Ray, John Scalis y Albert Winchenk, que se parecía tanto a Bugs Moren que era escalofriante.

También había alquilado dos autos, un cadilac negro que parecía un vehículo policial no marcado y un buig para escapar. El 13 de febrero, el informante llamó a Morán. El camión llega mañana 10:30, Garaje SM. No llegues tarde. Moran confirmó. enviaría a sus mejores hombres. 14 de febrero de 1929, día de San Valentín, 10:15 de la mañana.

Siete hombres esperaban dentro del garaje en 20122 North Clark Street. No eran cualquier hombre, eran el núcleo del imperio de Morán. Albert Weinenk, Adam Her, contador de Morán. Frank Gusenberg y su hermano Peter, ejecutores. Albert Kellek, teniente principal. Reinhard Schwimmer, un optometrista que quería vivir como gangster.

 John May, mecánico, padre de siete hijos. Estaban fumando, riendo, esperando el whisky que nunca llegaría. Afuera, en un for estacionado al otro lado de la calle, dos vigías observaban.Cuando vieron el cadilac policial acercarse, hicieron una señal. Todo listo. 10:36 de la mañana. Cuatro hombres salieron del Cadillac, dos con uniformes de policía de Chicago, completos con placas y porras dos vestidos de civil con abrigos largos.

Todos llevaban ametralladoras Thompson escondidas. Entraron al garaje con calma, profesionalmente. Redada policial, todos contra la pared, manos arriba. Los siete hombres obedecieron sin dudar. Las redadas eran comunes. Pagarían la multa, saldrían en horas. Rutina. Se alinearon contra la pared norte, mirando los ladrillos, manos en alto.

 Entonces el infierno se desató. Las Thompson rugieron. 70 balas en 90 segundos. El sonido era ensordecedor, como truenos atrapados en un espacio cerrado. Las balas destrozaron cuerpos, astillaron huesos, salpicaron sangre en las paredes. Frank Gutenberg recibió 14 impactos, pero seguía consciente. Su hermano Peter, 10 balas, Win Shank, Heyer, Cachelek, Schwimmer, May, todos cayeron en charcos de sangre expandiéndose.

 Cuando las armas se silenciaron, el garaje olía a pólvora y muerte. Los cuatro asesinos actuaron su papel final. Los dos policías salieron primero con las armas enfundadas, luego apuntando con sus armas a los dos de civil como si los estuvieran arrestando. Para cualquier testigo en la calle, parecía que la policía acababa de hacer arrestos.

 El cadilac se alejó calmadamente, sin prisa, sin sirenas. Dentro del garaje, Frank Gusenberg seguía vivo. Apenas un perro comenzó a ullar en el edificio adyacente. La dueña llamó a la policía. Cuando los verdaderos policías llegaron a las 10:47 de la mañana, encontraron una escena sacada de una pesadilla. Sangre por todas partes, casquillos de bala cubriendo el piso.

 Siete cuerpos destrozados, seis muertos, uno agonizando. El sargento Thomas Loftus se arrodilló junto a Frank Gusenberg. ¿Quién te disparó, Frank? Gutenberg, con 14 balas en su cuerpo, miró al oficial y susurró, nadie me disparó. murió tr horas después sin decir otra palabra. El código de la calle Nunca delates. Ni siquiera cuando estás muriendo.

 La noticia explotó como una bomba. Para las 2 de la tarde, todos los periódicos de América llevaban la historia en primera plana. Masacre del día de San Valentín. Siete muertos en guerra de pandillas de Chicago. Fotografías de los cuerpos. Detalles gráficos. El público estaba horrorizado, fascinado, indignado.

 Y Bugsmoren llegó al garaje a las 10:33 de la mañana, 3 minutos tarde. Vio el cadilac policial afuera y algo en su instinto le dijo que se alejara. Dio la vuelta y se fue. 3 minutos le salvaron la vida. Cuando los reporteros lo encontraron esa tarde, Moran estaba pálido, temblando. Solo Capone mata a sí, dijo su voz quebrándose.

 ¿Crees que Capone se salió con la suya? Dale like si quieres saber cómo terminó esta historia y deja un comentario. ¿Fue Capone un genio criminal o un monstruo? Hablemos. En Miami, Alcapone se despertó el 14 de febrero en su mansión de Palm Island. Desayunó huevos y tocino preparados por su chef personal. jugó golf en el Miami Beach Country Club con tres políticos locales y un juez.

Almorzó en el Buildmore Hotel. 50 personas lo vieron ese día. Cuando los reporteros finalmente llegaron a su puerta esa noche preguntando sobre Chicago, Capone pareció genuinamente sorprendido. Una masacre. Siete muertos. Dios mío, eso es terrible. Pero yo he estado aquí todo el día. Pregúntenle a cualquiera. Y tenía razón.

 Su coartada era perfecta, impenetrable, pero aquí está la parte que la gente no entiende. Capone no quería esconder que fue él. Quería que todos supieran que fue él, pero que no pudieran probarlo. Esa era la jugada maestra. Tres días después de la masacre, Capone dio una entrevista al Miami Herold.

 Escuchen, soy un hombre de negocios dijo. Encendiendo un cigarro. Vendo cerveza y licor a personas que lo quieren. ¿Es eso un crimen? Pero cuando la gente empieza a matarse en las calles, cuando niños inocentes están en peligro, eso cruza una línea. Yo no tengo nada que ver con eso. El reportero lo presionó. Señor Capone, Bxmoran dice que solo usted mata a sí. Capone sonrió.

 Esa sonrisa fría que hacía que hombres duros revisaran sus testamentos. Bugsmoran habla mucho para un hombre que llegó tarde a su propia ejecución. La declaración se publicó en cada periódico importante. Capone acababa de admitir públicamente, sin admitir nada, que fue responsable y no había nada que nadie pudiera hacer al respecto.

 La policía de Chicago interrogó a 400 personas. Nadie vio nada, nadie sabía nada. Los uniformes policiales desaparecieron. Las ametralladoras nunca se encontraron. Los asesinos volvieron a Saint Louis y nunca hablaron. El Cadiyak fue hallado quemado en un callejón, sin huellas, sin evidencia, caso cerrado por falta de pruebas, pero hubo consecuencias no legales, estratégicas.

 La masacre del día de San Valentín aterrorizó al bajomundo criminal de tal manera que cambió las reglas del juego. Dentro de dos semanas, tres pandillas rivales contactaron a Capones solicitando paz. No negociaciones, rendición. Toma lo que quieras. Solo no nos hagas lo que le hiciste a Morán. Capone consolidó su control sobre Chicago sin disparar otra bala. Su imperio creció.

 Para 1930 controlaba 10,000 espiquisis, casinos, burdeles, casas de apuestas. La policía, los jueces, el alcalde, todos en su bolsillo. Era intocable, pero el gobierno federal estaba observando. No podían acusarlo de asesinato, no tenían evidencia. Así que fueron tras su dinero. Elliot Ness y los intocables comenzaron a desmantelar sus operaciones de licor.

 El res, liderado por el agente Frank Wilson, empezó a rastrear cada dólar. No lo atraparon por la masacre, lo atraparon por evasión fiscal. En 1931, Alcapone fue condenado a 11 años en prisión federal. No por asesinar a siete hombres, por no pagar impuestos sobre dinero de cerveza ilegal. La ironía era brutal, pero incluso desde prisión la sombra de la masacre del día de San Valentín lo seguía.

 Otros reclusos lo evitaban. Los guardias lo vigilaban constantemente. Desarrolló sífilis, que eventualmente lo volvió loco. Cuando salió en 1939 era una sombra del hombre que una vez controló Chicago. Murió en 1947 a los 48 años. Su mente destruida por la enfermedad. Sus últimas palabras según su esposa May.

 Siempre supe que el día de San Valentín me perseguiría y Bugsmen. Nunca se recuperó. Perdió a sus mejores hombres, su influencia, su imperio. Para 1930 era un criminal menor robando tiendas para sobrevivir. Fue arrestado en 1946 por robo y murió en prisión en 1957. Cuando le preguntaron sobre Capone en una entrevista de 1952, Morán escupió.

 Ese bastardo me robó todo. No con balas, con miedo. Me hizo irrelevante. Tenía razón. La masacre del día de San Valentín no solo mató a siete hombres, mató una era. Después de ese día, nadie desafió a Alcapone abiertamente. No porque fuera el más fuerte, porque era el más despiadado, porque entendía algo que otros criminales no.

El miedo es más poderoso que la fuerza. La masacre se convirtió en leyenda. Hollywood hizo películas, se escribieron libros. El garaje en 20122 North Clark Street se convirtió en atracción turística mórbida hasta que fue demolido en 1967. Los ladrillos manchados de sangre fueron vendidos como souvenirs.

 Algunos dijeron que los ladrillos estaban malditos. Los dueños reportaron mala suerte, enfermedades, tragedias, superstición. Quizás o quizás la sangre de siete hombres inocentes clama justicia incluso décadas después. Si esta historia de ambición, traición y el precio final del poder te impactó, suscríbete ahora. Tenemos 20 historias más de Alcapone que te van a dejar sin aliento.

 Dale like si crees que Capone fue un genio táctico y comenta, ¿la masacre fue estrategia brillante o maldad pura? La próxima semana, ¿cómo Capone sobornó a un jurado completo y salió libre? Activa la campanita. 14 de febrero de 1929. Siete hombres murieron en 90 segundos. Un hombre a 1000 millas de distancia orquestó cada detalle y nadie pudo tocarlo.

 Esa es la historia que los libros cuentan, pero aquí está la verdad que no cuentan. Alcapone ganó la batalla, pero perdió la guerra. La masacre lo hizo famoso, poderoso, temido, también lo marcó. El gobierno no lo persiguió por licor, lo persiguió porque la masacre del día de San Valentín hizo que el crimen organizado fuera imposible de ignorar.

 Antes del 14 de febrero, las pandillas eran un problema local, después eran una amenaza nacional. J. Edgar Hoover creó el FBI parcialmente en respuesta a Chicago. Las leyes federales se fortalecieron. La prohibición terminó en 1933, destruyendo el modelo de negocio de Capone. Todo porque siete hombres murieron en un garaje.

 Capone pensó que la masacre consolidaría su imperio para siempre. En realidad inició su caída. Ese es el peligro del poder absoluto. Te hace sentir invencible y esa arrogancia te destruye. Hoy, 95 años después, la masacre del día de San Valentín sigue siendo el símbolo definitivo de la era de los gangsters.

 No porque fue la más sangrienta, hubo masacres peores, sino porque fue perfecta, planeada con precisión militar, ejecutada sin fallas y completamente impune. Alcapone demostró que en la América de la prohibición, con suficiente dinero, suficiente inteligencia y suficiente despiadado, podías asesinar a siete hombres a plena luz del día y nunca pagar el precio.

 Pero pagó, solo que no de la manera que esperaba, no con justicia. con irrelevancia. Recordamos a Alcapone no como el emperador criminal que construyó un imperio de 100 millones de dólares, sino como el hombre que ordenó una masacre y murió loco y olvidado. Sus últimos años los pasó en su mansión de Florida hablando con fantasmas, creyendo que era todavía el rey de Chicago. No lo era.

 Era un hombreroto, perseguido por siete fantasmas que nunca lo dejaron ir. 14 de febrero, día de San Valentín, día del amor, día de la masacre, día en que Alcapone demostró que el poder sin límites es el camino más rápido a la autodestrucción. Esa es la lección, no de los libros de historia, de las calles de Chicago, de un garaje manchado de sangre, de siete hombres que murieron porque un hombre decidió que el respeto se gana con miedo. Estaba equivocado.

 El respeto real se gana con honor y Al Capone nunca lo tuvo.