1200 Katyushas Sobre Berlín — El Momento en que Göring Supo que Alemania Perdió

 

 

El cielo sobre Berlín estaba negro aquella noche de abril de 1945, pero no era la noche lo que oscurecía el firmamento. Germán Goring, reage marchal del tercer Rage, segundo hombre más poderoso de Alemania, comandante supremo de la Luft Buffe, se encontraba de pie en lo que quedaba de su búnker, observando el horizonte con unos binoculares que temblaban en sus manos.

Lo que vio en ese momento cambiaría su vida para siempre. Un sonido comenzó a llenar el aire. un silvido, luego otro y otro. Y de repente 100 silvidos simultáneos rasgaron el cielo como las garras de un demonio arrancando el tejido mismo de la realidad. 100 cohetes Katyusa volaban hacia Berlín en ese preciso instante, mientras el primer cohete impactaba apenas 3 km de su posición, Gorín comprendió algo que Hitler jamás admitiría.

 La guerra había terminado, Alemania había perdido y él, el hombre que juró que ni una sola bomba caería sobre suelo alemán, sería testigo de la destrucción total de la capital del Rage. Pero para entender este momento, debemos retroceder. Debemos conocer la historia del arma más temida del Ejército Rojo. El arma que los alemanes llamaban el órgano de Stalin, el arma que convertiría ciudades enteras en cenizas.

 Cuando los nazis invadieron la Unión Soviética el 22 de junio de 1941, llevaban consigo la certeza absoluta de la victoria. Wermt había aplastado a Polonia en 27 días. Francia cayó en 6 semanas. Yugoslavia resistió 11 días. Los soviéticos, según los cálculos de Hitler, no durarían más de 3 meses. Gorí personalmente aseguró al furer que la Luft Buffe destruiría la aviación soviética en cuestión de días.

 La maquinaria de guerra alemana era imparable, pero Stalin tenía un as bajo la manga, un arma secreta que llevaría el terror al corazón mismo del soldado alemán, un sistema de lanzamiento múltiple de cohetes montado sobre camiones que podía disparar 16 proyectiles en menos de 10 segundos. Los BM13, conocidos universalmente como Katayusa.

 El 14 de julio de 1941, apenas tres semanas después de la invasión, las tropas alemanas que avanzaban hacia Orsa escucharon por primera vez ese sonido, un silvido agudo que crecía en intensidad. Los veteranos de la Wermcht, hombres que habían sobrevivido a Polonia, Francia y los Balcanes, miraron al cielo buscando el origen del ruido.

 No vieron nada, solo cielo azul. Entonces el infierno cayó sobre ellos. 16 cohetes impactaron en una zona de menos de 100 m² en menos de 15 segundos. Vehículos volaron por los aires. Hombres desaparecieron vaporizados. Los que sobrevivieron quedaron sordos, sangrando por los oídos, incapaces de distinguir arriba de abajo.

 Un solo lanzador Katyusa había causado más bajas que un batallón entero de artillería convencional. Los alemanes no sabían que los había golpeado. Los reportes llegaron a Berlín describiéndolo como armas de terror soviéticas. Los soldados alemanes comenzaron a llamarlos el órgano de Stalin por el sonido que producían al ser disparados, similar al de un órgano de iglesia tocado por un demente, pero los soviéticos tenían otro nombre, Katyusa, un diminutivo cariñoso del nombre Katia, como si el arma más mortífera del arsenal soviético fuera una niña querida. Y Stalin amaba sus

catyusas. Durante los siguientes 3 años, mientras la guerra consumía millones de vidas en el Frente Oriental, Stalin ordenó la producción masiva de estos lanzacohetes. Miles de unidades catusa surgieron de las fábricas soviéticas, cada una capaz de disparar 16 cohetes de 132 mm.

 Cada cohete portaba 22 kg de explosivo de alto poder. Y lo mejor de todo, los catusas eran móviles. Montado sobre camiones, podían llegar a una posición, disparar su carga letal completa en menos de un minuto y desaparecer antes de que la artillería enemiga pudiera responder. Los alemanes aprendieron a temerlos. Cuando escuchaban ese silvido característico, sabían que tenían segundos para buscar refugio o morir.

 No había término medio con las catusas, o sobrevivías o no, y la mayoría no lo hacía. Pero fue en Stalingrado donde las catusas demostraron su verdadero poder. Durante el sitio de la ciudad, cuando cada metro de terreno se disputaba con sangre y acero, las catusas soviéticas bombardearon las posiciones alemanas día y noche.

 Los alemanes que sobrevivieron a Stalingrado hablaban en susurros del terror que sentían cuando el cielo se llenaba de silvidos. Sabían lo que venía después. Friedrich Paulus, el comandante alemán en Stalingrado, escribió en su diario personal antes de la rendición, el sonido de esas malditas cosas destruye la moral de mis hombres más rápido que los propios cohetes.

 Los veteranos de Francia tiemblan como niños cuando las escuchan. Y ahora, en abril de 1945, esas mismas catusas estaban apuntando hacia Berlín. Goring lo sabía. había recibido los reportes. El ejército rojo había concentrado más de 100 unidades catusa alrededor de Berlín.

 Era la mayorconcentración de artillería de cohetes en la historia de la guerra, posiblemente en la historia de la humanidad y todas estaban listas para disparar. Cuando Goring leyó el número en el informe de inteligencia, 100 unidades, lo primero que hizo fue verificar si era un error tipográfico. 100 catusas significaban 19,200 cohetes en un solo salvo, 19,200 proyectiles de 132 mm cayendo sobre Berlín en cuestión de minutos.

 Cada cohete con 22 kg de explosivo hizo los cálculos mentalmente, más de 400 toneladas de explosivo cayendo sobre la capital del Reich en menos de 10 minutos y no habría advertencia. Las catyusas no daban advertencias. La ironía no escapó a Goring. Él, que en 1940 había prometido personalmente a Hitler que ni una sola bomba aliada caería sobre suelo alemán.

Él que había declarado públicamente que si una bomba llegaba a Berlín, la gente podía llamarlo Meyer. Él que había construido su reputación sobre la supuesta invencibilidad de la Luft Buffe, ahora estaba parado en un búnker reforzado, esperando que el cielo cayera literal y metafóricamente sobre su cabeza.

 Las primeras catyusas comenzaron a disparar el 16 de abril de 1945 a las 3 de la madrugada. Goring estaba despierto. Había estado despierto durante 3 días. El sueño era imposible cuando sabías lo que venía. Estaba revisando mapas inútiles en su búnker cuando escuchó el primer silvido. Levantó la cabeza. Por un momento, el mundo pareció detenerse.

Luego escuchó el segundo silvido y el tercero y el cuarto. Y de repente el aire mismo pareció gritar con la voz de 1000 demonios mientras 19,200 cohetes atravesaban el cielo nocturno de Berlín. El sonido era indescriptible. No era solo un ruido, era una presencia física que te golpeaba en el pecho, que hacía vibrar tus huesos, que convertía tus entrañas en líquido.

 Los veteranos de la Wermcht, que habían sobrevivido años de combate en el Frente Oriental, habían advertido sobre este sonido, pero ninguna descripción podía prepararte para la realidad. El búnker de Goring tembló, las luces parpadearon, el polvo cayó del techo y entonces comenzaron los impactos. Boom, bom, bom. Bom, bom.

 No eran explosiones individuales, era un rugido continuo que duró 8 minutos completos. 8 minutos de puro infierno cayendo desde el cielo. 8 minutos durante los cuales el reage marchal Germán Goring, segundo hombre del Rage, comandante de la Luft Buffe, condecorado con la gran cruz de hierro, se acurrucó en una esquina de su búnker con las manos sobre las orejas, llorando.

 Cuando finalmente terminó, el silencio fue casi peor que el bombardeo. Goring se obligó a ponerse de pie. Sus piernas temblaban. Se acercó a la escalera que conducía a la superficie. Dos de sus guardias lo miraban con ojos vidriosos en estado de soc. Ninguno se movió para detenerlo cuando comenzó a subir. Lo que vio cuando emergió del búnker cambió algo fundamental en su interior. Berlín ardía.

 No secciones de Berlín, no barrios específicos. Toda la ciudad, hasta donde alcanzaba la vista, era un mar de llamas. El cielo estaba teñido de naranja y rojo. El calor era tan intenso que podía sentirlo en la cara a pesar de estar a kilómetros de los incendios más cercanos. Y el olor, el olor a madera quemada, metal derretido y carne carbonizada.

 Goring se quedó allí en la entrada de su búnker contemplando el apocalipsis que había caído sobre la capital de su país. Y en ese momento algo se rompió en su interior. Toda la arrogancia, toda la certeza, toda la fe ciega en la victoria final se evaporó como agua sobre metal caliente. Alemania había perdido la guerra. no perdería en el futuro.

 Ya había perdido este momento. Esta noche, esta lluvia de fuego soviética sobre Berlín era el epitafio del tercer rage. Pero la historia de cómo llegaron a este momento es aún más fascinante y terrible. Retrocedamos a 1938. En un pequeño instituto de investigación Eleningrado, un ingeniero llamado Andrey Costicov estaba trabajando en un proyecto secreto.

 Stalin había ordenado el desarrollo de un sistema de artillería móvil que pudiera desplegar poder de fuego masivo en poco tiempo. La idea era revolucionaria. En lugar de cañones pesados que tardaban horas en posicionarse, querían cohetes ligeros que pudieran dispararse desde plataformas móviles. Costicov no era el único trabajando en el proyecto.

 Un equipo de ingenieros soviéticos había estado experimentando con cohetes de combustible sólido durante años, pero fue Costicov quien tuvo la idea brillante de montar múltiples lanzadores en la parte trasera de un camión. 16 tubos de lanzamiento que podían dispararse en secuencia rápida. Los primeros prototipos fueron desastrosos.

Los cohetes explotaban en el lanzador. La precisión era tan mala que era imposible predecir dónde caerían. Los camiones se incendiaban por el calor de los lanzamientos. Costicov estuvo a punto de ser enviado a un gulag envarias ocasiones cuando los prototipos fallaban espectacularmente frente a comisarios políticos del partido.

 Pero Costicov persistió, refinó el diseño, mejoró los propulsores, reforzó los lanzadores y en 1941, justo meses antes de la invasión alemana, finalmente tuvo un sistema funcional, el BM13. Stalin lo vio personalmente en una demostración e inmediatamente ordenó la producción masiva.

 Cuando los alemanes invadieron, solo había 50 unidades kayusa en todo el ejército rojo. 50 unidades contra 3 millones de soldados alemanes, 4,000 tanques y 5,000 aviones. Las probabilidades eran absurdas, pero esas 50 catusas causaron un impacto desproporcionado. En la batalla de Smolensk, una sola batería de siete catusas destruyó un depósito de combustible alemán que contenía suficiente gasolina para abastecer a una división pancer completa durante dos semanas.

 En Moscú, las catyusas detuvieron un avance alemán que había roto las líneas defensivas soviéticas. En Kursk convirtieron el mayor ataque blindado de la historia en un cementerio de tanques alemanes y con cada victoria Stalin ordenaba más y más y más. Para 1942 había 500 unidades catusa. Para 1943, 2000. Para 1944, 5000.

 Y ahora, en 1945 frente a Berlín, Stalin había concentrado 100 de sus mejores unidades Kayusa. Los comandantes soviéticos llamaron a la operación Puño de Hierro. El plan era simple y brutal. Bombardear Berlín hasta convertirla en escombros. Destruir cualquier capacidad alemana de resistencia organizada, quebrar la moral de los defensores antes de que comenzara el asalto terrestre y funcionó.

 Goring regresó a su búnker aquella noche del 16 de abril, se sentó en su escritorio, sacó una botella dechnaps y se sirvió un vaso. Lo bebió de un trago, luego otro y otro. Cuando la botella estuvo vacía, sacó una hoja de papel y comenzó a escribir. No era una carta oficial. No era un reporte militar, era algo más personal, una confesión, una admisión, una despedida.

 Escribió sobre cómo había conocido a Hitler en los primeros días del partido nazi, cómo habían soñado con devolver la grandeza a Alemania, cómo habían planeado construir un rage que duraría 1000 años, como cada victoria había alimentado su certeza de que estaban destinados a gobernar Europa y cómo todo había sido una mentira. escribió sobre el momento en que supo que Alemania perdería.

 No fue cuando los aliados desembarcaron en Normandía. No fue cuando Stalingrado cayó, no fue cuando los americanos y británicos comenzaron a bombardear ciudades alemanas. Fue esa noche cuando escuchó 100 catusas disparando simultáneamente, cuando sintió el búnker temblar como si la tierra misma intentara escupirlo, cuando subió a la superficie y vio Berlín transformada en un infierno.

Porque en ese momento comprendió algo fundamental sobre la guerra. No se trataba de ideología, no se trataba de superioridad racial, no se trataba de espacio vital o destino manifiesto, se trataba de producción industrial, se trataba de recursos, se trataba de quien podía fabricar más tanques, más aviones, más cohetes.

 Y los soviéticos habían fabricado 100 catusas solo para Berlín. ¿Cuántas más tenían en reserva? ¿Cuántas más podían producir? La respuesta era simple y aterradora. tantas como necesitaran. Goring nunca envió esa carta, la quemó a la mañana siguiente, pero el contenido quedó grabado en su mente y cuando semanas después Hitler se suicidó en su búnker mientras el ejército rojo entraba a Berlín, Goring no sintió sorpresa, solo un profundo cansancio.

 La historia de las catusas sobre Berlín no es solo la historia de un bombardeo, es la historia de como la arrogancia se encuentra con la realidad. Es la historia de como un hombre que prometió que ni una bomba caería sobre Alemania, terminó presenciando la destrucción total de su capital. Es la historia de como el arma más temida del ejército rojo, escribió el epitafio del tercer rage con fuego y acero.

 Pero hay más en esta historia, mucho más. Los días siguientes al primer bombardeo masivo fueron un descenso continuo al caos. Las catusas no dispararon solo una vez, dispararon cada noche durante una semana. 100 unidades, 19,200 cohetes por salvo una vez por noche durante siete noches seguidas. 134,400 cohetes cayeron sobre Berlín en una semana.

 La ciudad dejó de existir como entidad funcional. Las líneas de agua colapsaron. El sistema eléctrico falló completamente. Las carreteras desaparecieron bajo montañas de escombros. Los hospitales se derrumbaron con los pacientes dentro. Las líneas de defensa alemanas se evaporaron y Goring observaba cada noche. No podía dejar de mirar.

 Era como si estuviera hipnotizado por la destrucción. Cada noche subía a la superficie de su búnker, se paraba en la entrada y contemplaba el espectáculo apocalíptico. Sus asistentes intentaron detenerlo. Era peligroso. Los cohetes podían caer en cualquier lugar, peroGoring los ignoraba. Déjenme mirar, les decía, “Déjenme ver lo que he traído sobre mi país.

” Porque Goring, en su delirio moral en colapso, había llegado a una conclusión perturbadora. Esto era su culpa. No solo de Hitler, no solo del partido nazi, suya personalmente. Él había sido quien aseguró a Hitler que la Luft Buffe podía defender Alemania de cualquier ataque aéreo. Él había sido quien prometió que la producción industrial alemana podía igualar a la soviética.

 Él había sido quien desestimó los reportes de inteligencia que advertían sobre la producción masiva de Katyusas. Y ahora, mientras Berlín ardía noche tras noche bajo la lluvia de cohetes soviéticos, Gorín comprendía que cada promesa había sido una mentira, cada garantía había sido falsa, cada predicción había estado equivocada. La Luft Buffe, su Luft Buffe, la fuerza aérea que había aterrorizado a Europa, ya no existía de manera significativa.

Los pilotos experimentados estaban muertos, los aviones destruidos, el combustible agotado, los aeródromos bombardeados. Todo lo que quedaba eran algunos casas que ocasionalmente intentaban interceptar bombarderos aliados solo para ser derribados por escoltas que superaban en número y calidad cualquier cosa que Alemania pudiera poner en el aire y las catusas seguían cayendo.

 La tercera noche del bombardeo, Goring recibió la visita de Albert Sper, el ministro de armamentos de Hitler. SPer había viajado a través de una berlín en llamas para ver a Goring. Cuando entró al búnker estaba cubierto de polvo y ceniza. Tenía una quemadura en el brazo izquierdo. Parecía que había envejecido 10 años en una semana.

 Germán, dijo Sper usando el nombre de pila en lugar del título militar, algo que normalmente nunca habría hecho. Tienes que hablar con el furer. Goring lo miró sin comprender. Hablar con el sobre qué? sobre rendirse. El silencio que siguió fue absoluto. Ambos hombres sabían que lo que Speer acababa de decir era traición.

 Sugerir la rendición era un crimen capital. Hitler había ordenado ejecuciones por ofensas menores, pero Goring no llamó a los guardias. En cambio, sirvió dos vasos dechnaps y le entregó uno a Sper. Adolf nunca se rendirá, dijo Goring. Preferirá ver a Alemania destruida completamente antes que admitir la derrota.

 Entonces debemos hacerlo sin él, respondió Esper. Goring contempló su vaso. Por un momento pareció considerar la propuesta. Luego negó con la cabeza. Es demasiado tarde, Albert. Incluso si quisiéramos rendirnos. ¿Crees que los soviéticos aceptarían después de lo que les hicimos después de 20 millones de muertos? ¿Crees que Stalin aceptaría otra cosa que no sea la rendición incondicional y la destrucción total del rage? Spero no tenía respuesta.

 Ambos sabían que Goring tenía razón. Esa noche las catusas volvieron a disparar y esta vez Goring contó los impactos. Un, dos, tres, cuatro. perdió la cuenta en algún lugar después de 1000, pero siguió contando de todas formas. Era su penitencia, su castigo autoimpuesto. Para el viigésimo de abril, cumpleaños de Hitler, Berlín era irreconocible.

 70% de los edificios estaban destruidos o gravemente dañados. Las calles estaban bloqueadas por escombros de 3 m de altura. Incendios ardían sin control en todos los distritos y las catusas seguían cayendo. Hitler celebró su cumpleaños en el Furer Bunker a 15 m bajo tierra. Goring fue invitado, pero no asistió.

 En cambio, envió una carta, una carta breve que decía simplemente, “Main furer, le deseo muchos años más de vida y victoria.” Al Hitler, Germán Goring, era una mentira. Ambos sabían que Hitler no tendría muchos años más. Ambos sabían que la victoria era imposible, pero las formas debían mantenerse hasta el final. Lo que Goring no le dijo a Hitler en esa carta era lo que había visto la noche anterior.

Durante el bombardeo más intenso hasta la fecha, Goring había observado algo que lo dejó paralizado de asombro y terror. Las catusas habían comenzado a usar una nueva táctica. En lugar de disparar todos sus cohetes hacia el centro de Berlín, ahora disparaban en patrones. creaban una cuadrícula de impactos que sistemáticamente destruía cada edificio, cada calle, cada metro cuadrado de la ciudad.

 No era bombardeo aleatorio, era exterminio calculado. Goring había visto los mapas de los soviéticos capturados por la inteligencia alemana. Sabía que Stalin había ordenado dividir Berlín en sectores. Cada sector sería bombardeado metódicamente hasta que no quedara nada. Y las catusas eran perfectas para este trabajo.

 Podían disparar, moverse y volver a disparar en otro sector en menos de 30 minutos. Era eficiente, era implacable, era terriblemente efectivo. Y mientras observaba el patrón de explosiones, Goring tuvo una revelación perturbadora. Los soviéticos no estaban usando las catuzas solo para destruir infraestructura militar. Estaban enviando un mensaje, un mensaje a todoslos que habían apoyado al régimen nazi, un mensaje que decía, “Esto es lo que sucede cuando invades Rusia.

 Esto es lo que sucede cuando matas a 20 millones de nuestros ciudadanos. Esto es lo que sucede cuando intentas destruirnos.” Y el mensaje era claro. Los soviéticos no solo querían ganar la guerra, querían asegurarse de que Alemania nunca pudiera volver a amenazarlos. Para el 23 de abril, el ejército rojo había rodeado completamente Berlín.

 Las últimas rutas de escape estaban cortadas. Los defensores alemanes, principalmente ancianos del Volkssturm y niños de las juventudes hitlerianas, se preparaban para una última resistencia inútil y las catyusas intensificaron su bombardeo. Ahora disparaban cada 4 horas, día y noche sin descanso. El sonido se había vuelto tan constante que los supervivientes en los búnkers de Berlín desarrollaron una especie de locura inducida por ruido.

 Escuchaban los silvidos incluso cuando no estaban ahí. Saltaban ante cualquier sonido agudo, se acurrucaban en esquinas, temblando incontrolablemente. Goringa había dejado de beber, no porque hubiera encontrado alguna forma de sobriedad moral, sino porque el alcohol ya no funcionaba. Nada funcionaba. El terror era tan absoluto que ninguna droga, ningún licor podía mitigarlo.

 En cambio, había comenzado a escribir. Llenaba cuadernos enteros con sus pensamientos, reflexiones sobre la guerra, sobre sus decisiones, sobre los momentos en que podría haber cambiado el curso de los eventos. ¿Qué hubiera pasado si hubiera prestado atención a los reportes de inteligencia sobre las catusas en 1941? ¿Qué hubiera pasado si hubiera insistido en desarrollar sistemas antiaéreos específicamente diseñados para interceptar cohetes? ¿Qué hubiera pasado si hubiera sido honesto con Hitler sobre las verdaderas capacidades de la Luft

Buffe? Pero todas estas preguntas eran inútiles. El pasado no podía cambiarse, solo podía contemplarse con horror y remordimiento. El 25 de abril llegó un mensajero al búnker de Goring. Era un joven teniente de la CSS, no mayor de 20 años. Estaba cubierto de sangre. Su uniforme estaba desgarrado. Tenía una herida en la cabeza que sangraba profusamente.

 Err Marchal, jadeó el teniente. El furer solicita su presencia inmediata en el furer búnker. Goring lo miró. ¿Para qué? El teniente tragó saliva. No estoy autorizado a decirlo, es Rit Marchal, solo que debe venir inmediatamente. Goringa asintió lentamente. Sabía lo que significaba. Hitler finalmente estaba enfrentando la realidad.

 Finalmente estaba preparándose para el final. El viaje al Furer Bunker fue la experiencia más surreal de la vida de Goring. Berlín ya no era una ciudad, era un paisaje lunar de cráteres, escombros y cuerpos. Los edificios que aún se mantenían en pie eran solo fachadas. Todo el interior había sido quemado o destruido y las catusas seguían cayendo.

 Durante el trayecto, Gorín contó seis alvas de cohetes. Cada una sonaba como el fin del mundo. Su vehículo tuvo que detenerse tres veces para evitar impactos directos. En un punto, un cohete cayó tan cerca que la onda expansiva volcó parcialmente el vehículo. Gorí golpeó su cabeza contra el techo, vio estrellas y por un momento pensó que había llegado su fin, pero el vehículo se enderezó.

Continuaron y finalmente llegaron al furer búnker. Hitler lo esperaba en su oficina subterránea. Cuando Goring entró, casi no reconoció al hombre sentado detrás del escritorio. Hitler había envejecido décadas en semanas. Su piel era gris, sus manos temblaban incontrolablemente. Sus ojos, que una vez habían hipnotizado a millones con su intensidad, ahora eran los ojos de un hombre roto.

 “Germán”, dijo Hitler. Su voz era apenas un susurro. ¿Escuchas eso? Goring escuchó. Incluso a 15 metros bajo tierra podía escuchar el sonido distante de las catusas, el silvido, las explosiones, el rugido continuo de Berlín siendo destruida. Sí, Main Furer, respondió Goring. Dijiste que ni una bomba caería sobre suelo alemán, continuó Hitler.

 No era una acusación, era una simple declaración de hecho. Me lo prometiste, Germán, me juraste que la luft buffe protegería el Rich. Goring no tenía defensa. Lo siento, Mainfurer. Hitler asintió lentamente. Yo también lo siento, Germán. Siento haber creído que podíamos ganar. Siento haber llevado a Alemania a esto. Hizo una pausa.

 Los soviéticos estarán aquí en días, tal vez horas. Y cuando lleguen esto terminará. ¿Qué va a hacer Mainfurer? Hitler lo miró directamente. Lo que debía hacer en Stalingrado, lo que debía ser en Kursk, lo único que un soldado puede hacer cuando la batalla está perdida. Goring comprendió. ¿Cuándo? Pronto, respondió Hitler. Muy pronto.

Esa fue la última conversación entre Hitler y Goring. El ridó del furer bnunquer esa noche y nunca regresó. 5 días después, el 30 de abril de 1945, Adolf Hitler se suicidó junto a Eva Brown, pero las catusas no sedetuvieron. Continuaron disparando hasta el 2 de mayo, cuando finalmente cesaron las hostilidades en Berlín.

 Para entonces, la ciudad había recibido más de 200,000 cohetes, 200,000 proyectiles de 132 mm, más de 4,000 toneladas de explosivo de alto poder. Berlín había dejado de existir como ciudad funcional. Era una necrópolis, un monumento a la locura de la guerra y al precio del imperialismo. Goring fue capturado por las fuerzas americanas el 9 de mayo.

Cuando los interrogadores le preguntaron sobre el bombardeo de Berlín, Goring respondió con una sola frase que se volvería famosa. “Las catyusas me enseñaron que Dios, si existe, es ruso.” Durante los juicios de Nuremberg, Goring fue interrogado extensamente sobre su papel en la guerra, sobre los crímenes de guerra, sobre el holocausto, sobre la destrucción de Europa, pero siempre regresaba al mismo tema.

 Las catusas sobre Berlín. Entienden, le dijo a uno de sus interrogadores. Yo había visto bombardeos antes. Londres, Rotterdam, Barsab. Había visto lo que la Luft Buffe podía hacer. Pensé que entendía el poder destructivo de la guerra moderna, pero las catyusas eran diferentes. No era solo la destrucción física, era psicológica, era el sonido.

 Era saber que cada noche, sin falta miles de cohetes caerían sobre tu ciudad y no había absolutamente nada que pudieras hacer para detenerlos. Era como ser golpeado por un dios enojado y sabías que te lo merecías. El fiscal le preguntó si sentía remordimiento por sus acciones. Gor guardó silencio por un largo momento antes de responder. Remordimiento.

Siento remordimiento por muchas cosas, pero específicamente sobre las catusas no es remordimiento lo que siento. Es asombro. Asombro ante el hecho de que los soviéticos, a quienes considerábamos subhumanos, construyeron un arma tan simple, pero tan devastadora, que cambió el curso de la guerra.

 Las catyusas no deberían haber funcionado. El diseño era básico, la precisión era terrible. Cualquier ingeniero alemán habría desechado el concepto por primitivo, pero funcionó porque los soviéticos entendieron algo que nosotros no. La guerra moderna no se trata de precisión, se trata de volumen, se trata de quien puede poner más acero en el aire más rápido.

 Y ellos ganaron esa competencia de manera tan absoluta que es casi cómico. Goring fue condenado a muerte por ahorcamiento. La noche antes de su ejecución programada se suicidó con una cápsula de cianuro que había ocultado durante meses. Su último acto fue una carta a su esposa Emy. En esa carta mencionó las catusas una última vez. Emy, querida, cuando pienses en mí, no pienses en los desfiles o las medallas o los días de gloria.

 Piensa en aquella noche de abril cuando 100 catusas dispararon sobre Berlín. Piensa en el momento en que supe que todo había sido en vano. Piensa en el precio que Alemania pagó por nuestra arrogancia y jura que nuestros hijos nunca repetirán nuestros errores. La historia de las 12 kayusas sobre Berlín es más que una historia militar.

 Es una lección sobre Hiubris, sobre la diferencia entre propaganda y realidad, sobre cómo la arrogancia puede llevar a la destrucción absoluta. Goring prometió que ni una bomba caería sobre Alemania. En cambio, cientos de miles cayeron y cuando las catusas comenzaron a disparar, cuando 100 lanzacohetes apuntaron sus tubos hacia Berlín, el destino del rage quedó sellado.

 No fue un general brillante lo que derrotó a Alemania. No fue una batalla épica. Fue la capacidad industrial soviética de producir miles de catusas. Fue la determinación de Stalin de usar cada una de ellas. Fue el hecho simple e inexorable de que cuando 100 unidades Kayusa disparan simultáneamente, no hay defensa posible, solo hay rendición o muerte.

 Y Goring en aquella noche de abril de 1945, mientras observaba el cielo llenarse de silvidos y Berlín transformarse en un infierno, finalmente comprendió esta verdad. comprendió que la guerra estaba perdida. comprendió que Alemania había perdido no por falta de valor o determinación, sino porque habían subestimado masivamente a su enemigo.

Los soviéticos, a quienes los nazis consideraban subhumanos, habían construido el arma más efectiva de la guerra y la habían usado para escribir el epitafio del tercer reich en fuego y acero. Las catyusas no solo destruyeron Berlín, destruyeron la ilusión de invencibilidad alemana, destruyeron la fe en la superioridad tecnológica nazi, destruyeron todo lo que el rey había pretendido representar.

 Y Goring, observando desde la entrada de su búnker mientras 19,200 cohetes caían sobre su ciudad, finalmente comprendió el verdadero costo de la guerra que habían comenzado. Este es el momento en que Goring supo que Alemania había perdido. No cuando los aliados desembarcaron en Normandía, no cuando Stalingrado cayó, no cuando los bombarderos británicos y americanos comenzaron a destruir ciudades alemanas.

 Fue cuando escuchó elsilvido de 12 catusas disparando simultáneamente. Fue cuando sintió la tierra temblar bajo sus pies. fue cuando vio el cielo nocturno transformarse en un río de fuego descendente. En ese momento, Germán Goring, reage marchal del tercer rage, segundo hombre más poderoso de Alemania, comandante supremo de una luft buffe que ya no existía, supo con certeza absoluta que todo había terminado.

 Las catusas habían pronunciado el veredicto final y no había apelación posible. M.