La Indígena Que Curó al Granjero y Se Volvió Heredera: El Escándalo Que Sacudió Oaxaca, 1642

El viento soplaba con fuerza aquella noche de octubre de 1642 en las afueras de Oaxaca. La luna, apenas una fina línea en el cielo, apenas iluminaba el sendero de tierra que serpenteaba entre los campos de maíz hasta la finca de don Sebastián Aguirre. Francisca Hernández caminaba con paso firme, aunque su corazón latía con fuerza.
A sus 22 años había aprendido que una mujer indígena no debía mostrar miedo, especialmente cuando era convocada a la casa de un español adinerado en medio de la noche. Dicen que el patrón está muriendo. Le había informado Pedro, el capataz cuando tocó a su puerta horas antes. Ha pedido por ti. Dice que solo tú puedes salvarlo. Francisca sabía bien por qué la buscaban.
Su abuela le había enseñado el poder curativo de las plantas, un conocimiento ancestral transmitido de generación en generación entre las mujeres de su familia. Ya había atendido a varios habitantes del pueblo, pero nunca a alguien como don Sebastián, un hombre con tanto poder que podía hacer desaparecer a cualquiera con un simple gesto.
Al llegar a la hacienda, María, la única criada que quedaba en la casa, la esperaba en la puerta. Su rostro reflejaba el terror que sentía. “Gracias a Dios que has venido”, susurró. Todos han huído. Dicen que es la peste, que está maldito. No es la peste, respondió Francisca con serenidad. Llévame con él. La habitación de don Sebastián estaba en el segundo piso.
Un olor penetrante a enfermedad y deterioro inundaba el pasillo. María se persignó antes de abrir la puerta y tras indicarle dónde estaba el enfermo, retrocedió hasta el umbral, negándose a entrar. Don Sebastián yacía en una cama enorme. Su piel, normalmente rojiza por el sol y el vino, tenía ahora un tono amarillento. Sus ojos, hundidos en las cuencas, apenas se abrieron cuando Francisca se acercó.
Las sábanas de lino, antes blancas, estaban manchadas de sudor y otros fluidos que Francisca prefirió no identificar. “Has venido”, murmuró el hombre con voz débil. Sabía que vendrías. Francisca dejó su bolsa de remedios sobre una mesa y se acercó para examinar al enfermo. No necesitó mucho tiempo para reconocer los síntomas, la piel amarilla, el dolor abdominal que hacía que el hombre se retorciera cada pocos minutos la fiebre que lo consumía.
Es su hígado, don Sebastián, dijo finalmente. Está enfermo por dentro. ¿Puedes curarme? La pregunta flotó en el aire cargado de la habitación. Francisca conocía la respuesta, pero también conocía las implicaciones de lo que estaba a punto de hacer. Curar al hombre más poderoso y temido de la región podría cambiar su vida para siempre, aunque no necesariamente para bien.
Puedo intentarlo, respondió finalmente, pero necesitaré varios días y deberá seguir mis instrucciones al pie de la letra. Don Sebastián asintió débilmente. Haré lo que sea necesario. Si me salvas, te recompensaré generosamente. Durante las siguientes tres semanas, Francisca se convirtió en la sombra de don Sebastián.
Preparaba infusiones de hierbas que recolectaba al amanecer. Aplicaba cataplasmas sobre su vientre hinchado y le daba baños con agua tibia, infusionada con plantas medicinales. Poco a poco el color regresando al rostro del hacendado y su apetito mejoró. Para el asombro de todos, especialmente del padre Tomás, que había acudido varias veces a dar la extrema unción al moribundo, don Sebastián comenzó a recuperarse y con cada día que pasaba, su gratitud hacia Francisca crecía, al igual que su dependencia de ella. Una noche, mientras Francisca
cambiaba las sábanas de la cama, don Sebastián la observaba con una mirada que la joven no supo interpretar. “¿Sabes que no tengo familia, Francisca?”, dijo de repente. “Mi esposa murió hace años. No tenemos hijos. Todo lo que ves, estas tierras, esta casa, no tengo a nadie a quien dejárselo.” Francisca no respondió.
Continuó con su tarea, evitando los ojos del hombre. He estado pensando continuó él. Tú me has devuelto la vida. Quizás Dios te envió por una razón. Solo hice lo que sé hacer, don Sebastián. Cualquiera con conocimiento de las plantas habría hecho lo mismo. No, la interrumpió él. No cualquiera habría arriesgado su vida cuidando a un hombre que todos creían condenado.
Mereces una recompensa adecuada. Fue entonces cuando don Sebastián le propuso algo inaudito. Quería que Francisca se quedara en la hacienda, no como sirvienta, sino como su pupila. Le enseñaría a leer y escribir, la introduciría en la sociedad española y eventualmente la convertiría en su heredera. Es una locura, respondió Francisca genuinamente sorprendida.
Soy una mujer indígena. La gente hablará. Que hablen”, respondió él con una sonrisa que no alcanzó sus ojos. “Estaré muerto cuando realmente importe. Mientras tanto, les diremos que eres mi sobrina lejana, recién llegada de España. Nadie se atreverá a cuestionarme.” Francisca debería haber sentido alegría ante semejante propuesta.
Convertirse en la heredera de don Sebastián significaba escapar de la pobreza y la discriminación. que había sufrido toda su vida. Sin embargo, algo en la mirada del hombre, una sombra que parecía esconderse detrás de sus palabras amables, la inquietaba profundamente. Esa noche, mientras regresaba a su pequeña choa en el pueblo, Francisca no podía dejar de pensar en la propuesta.
¿Era realmente una oportunidad o una trampa elaborada? ¿Qué precio tendría que pagar realmente por esa súbita fortuna? Al día siguiente, cuando regresó a la hacienda, se sorprendió al encontrar a don Sebastián vestido y sentado en el comedor, como si los últimos meses de enfermedad no hubieran existido.
Frente a él había un hombre de aspecto severo que Francisca reconoció de inmediato, don Alfonso Mendoza, el notario de Oaxaca. Ah, Francisca, sonrió don Sebastián, llegas justo a tiempo. Don Alfonso ha venido a ayudarnos con los documentos necesarios para hacer oficial tu estatus como mi heredera. El notario la miró con desconfianza, apenas disimulada.
Es esta la joven de la que me habló, una indígena. Mi sobrina tiene sangre indígena por parte de su madre. Es cierto, respondió don Sebastián con una tranquilidad que heló la sangre de Francisca, pero les aseguro que es mi pariente legítima y ha demostrado más lealtad que cualquier español que conozco. La mentira flotó en el aire como un mal presagio.
Francisca quiso protestar, decir que ella no había aceptado nada aún, pero la mirada de don Sebastián, repentinamente dura y amenazante la silenció. Siéntate, sobrina”, ordenó señalando una silla a su lado. “Gon Alfonso nos explicará el procedimiento.” Durante la siguiente hora, Francisca permaneció en silencio mientras los hombres discutían términos legales que apenas comprendía.
Finalmente, el notario colocó un documento frente a ella. Debe firmar aquí, señorita”, indicó con evidente desagrado. “O hacer su marca si no sabe escribir.” Francisca tomó la pluma que le ofrecían, su mano temblando ligeramente. Sentía que estaba a punto de sellar un pacto con el pero el miedo a lo que podría suceder, si se negaba, era aún mayor.
Cuando el notario se marchó, don Sebastián se sirvió una copa de vino, algo que Francisca le había prohibido expresamente durante su convalescencia. “Brindemos, sobrina”, dijo, ofreciéndole otra copa. “por tu nuevo futuro.” Francisca aceptó la copa, pero no bebió. ¿Por qué yo, don Sebastián? Hay muchas personas que podrían ser su heredero, personas que no causarían tanto escándalo.
El hombre la miró por encima del borde de su copa, sus ojos súbitamente fríos. Porque me salvaste la vida, Francisca, y porque no tengo a nadie más. La soledad es un enemigo peor que cualquier enfermedad. ¿Tú me entiendes, verdad? también está sola en el mundo. Dils, esa noche, mientras regresaba a su choza por lo que sería la última vez, Francisca sintió que alguien la seguía.
Se detuvo varias veces, pero el camino estaba desierto. Solo el viento entre los maizales y el ocasional ulular de un búo rompían el silencio. Al llegar a casa, encontró sobre su cama un vestido de seda azul, zapatos finos y joyas que jamás habría podido permitirse. Junto a ellos, una nota escrita con letra elegante. Para mañana, tu nueva vida comienza al amanecer.
Francisca se sentó en el borde de la cama tocando la suave tela del vestido con dedos temblorosos. Tenía la sensación de que acababa de firmar algo más que un documento legal, algo oscuro se cernía sobre su futuro. Una amenaza que no podía nombrar, pero que sentía tan real como el vestido que ahora sostenía entre sus manos. Afuera, la luna finalmente había salido de detrás de las nubes.
Su luz plateada se filtraba por la pequeña ventana, proyectando sombras que parecían moverse con vida propia. Francisca se estremeció. Por primera vez en su vida sentía que el remedio podría ser peor que la enfermedad. Los primeros rayos del sol apenas asomaban por el horizonte. Cuando Francisca llegó a la hacienda de don Sebastián, vistiendo el lujoso vestido azul, el tejido de seda rozaba su piel de una manera extraña, como si fuera una segunda piel que no le pertenecía.
Los zapatos, demasiado rígidos para unos pies acostumbrados a la libertad, le provocaban un dolor punzante con cada paso. Pero lo que más le incomodaba era la sensación de estar interpretando un papel en una obra cuyo guion desconocía. Don Sebastián la recibió en el gran salón, donde ya estaban reunidas varias personas. Francisca reconoció al padre Tomás, cuya expresión oscilaba entre la confusión y la desaprobación.
A su lado, una mujer entrada en años con un vestido negro riguroso la observaba como si fuera un insecto particularmente desagradable. Completaban el grupo tres hombres que Francisca nunca había visto, todos vestidos con la elegancia que denotaba su posición social privilegiada. Ah. Aquí está mi querida sobrina”, anunció don Sebastián con voz jovial, demasiado entusiasta para sonar sincera.
“Señores, les presento a Francisca de Aguirre y Mendoza, recién llegada de España. Francisca, estos son algunos de mis más cercanos amigos y socios, don Ricardo Vega, don Felipe Ortega y don Martín Salazar. Y por supuesto, ya conoces al padre Tomás. Y esta es doña Leonor de Zúñiga, viuda de mi difunto primo. Francisca hizo una reverencia torpe, consciente de que todos los ojos estaban fijos en ella, evaluándola, juzgándola.
Podía sentir el desprecio que emanaba de cada uno de ellos, apenas disimulado por cortesía. Es un placer conocerlos”, murmuró intentando imitar el acento que había escuchado de las damas españolas que ocasionalmente visitaban el pueblo. “El placer es nuestro”, respondió don Ricardo, el más mayor de los tres hombres.
Sus ojos, sin embargo, reflejaban cualquier cosa menos placer. “Debo decir que Sebastián ha sido muy discreto respecto a su existencia. Dice usted que viene de España, de Madrid. Intervino rápidamente don Sebastián. Su madre, mi prima, se casó allí. Desafortunadamente, ambos padres fallecieron recientemente, dejándola sin más familia que yo.
Qué tragedia, comentó doña Leonor con un tono que sugería que la única tragedia era la presencia de Francisca en esa sala. Y qué afortunada coincidencia que haya llegado justo cuando Sebastián más necesitaba compañía. Casi parece providencial. El silencio que siguió fue tan denso que podría haberse cortado con un cuchillo.
Francisca sentía que cada segundo que pasaba la hundía más en una mentira que amenazaba con asfixiarla. He invitado a todos ustedes”, continuó don Sebastián ignorando el comentario de la viuda. Porque quiero que sean los primeros en saber que he decidido hacer de Francisca mi heredera universal, siendo mi único pariente vivo, es lo natural.
La noticia, aunque ya conocida por Francisca, cayó como una bomba en la sala. El padre Tomás dejó escapar una exclamación ahogada. Don Felipe soltó su copa que se estrelló contra el suelo de mármol. Doña Leonor palideció tanto que por un momento Francisca temió que fuera a desmayarse. “Tu heredera”, preguntó finalmente don Martín rompiendo el silencio.
“Sastián, con todo respeto, apenas la conoces y tienes otros compromisos, otras expectativas que has creado a lo largo de los años.” La mirada que don Sebastián le dirigió fue tan gélida que hizo que Francisca se estremeciera, aunque no iba dirigida a ella. Mis decisiones sobre mi patrimonio son asunto exclusivamente mío, Martín. Esperaba que mis amigos se alegraran por mí por haber encontrado a alguien que pueda continuar mi legado.
“Por supuesto que nos alegramos”, se apresuró a decir don Ricardo, aunque su tono indicaba todo lo contrario. “Solo nos preocupamos por ti. Una decisión tan importante requiere reflexión. He tenido tiempo de sobra para reflexionar mientras yacía en mi lecho de muerte”, respondió don Sebastián. una experiencia que aclara maravillosamente las prioridades de un hombre.
El desayuno que siguió fue una tortura para Francisca. Cada bocado que intentaba tragar se convertía en arena en su boca. Sentía las miradas de todos sobre ella, especialmente la de doña Leonor, que no dejaba de examinarla como si estuviera buscando pruebas de un crimen. Cuando finalmente los invitados se marcharon, no sin antes murmurar promesas de futuras visitas y felicitaciones que sonaban como amenazas veladas, Francisca sintió que podía respirar por primera vez en horas.
Don Sebastián, sin embargo, parecía más animado que nunca. Ha ido mejor de lo que esperaba”, comentó sirviéndose un generoso vaso de Brandy. Están escandalizados, por supuesto, pero se adaptarán. El dinero y el poder tienen ese efecto en la gente. No creo que me acepten nunca, respondió Francisca, dejándose caer en un sillón.
El corsé que María había insistido en que usara le oprimía las costillas, dificultándole la respiración. Saben que no soy quien usted dice que soy. Don Sebastián se acercó a ella, su rostro repentinamente serio. No importa lo que ellos crean, lo que importa es lo que puedo demostrar. Y tengo documentos, testimonios, todo lo necesario para respaldar nuestra historia.
Nadie se atreverá a contradecirme. ¿Por qué hace esto? ¿Por qué no simplemente me da una recompensa y me deja seguir con mi vida? La pregunta quedó suspendida en el aire mientras don Sebastián la miraba con una expresión que Francisca no podía descifrar. Había algo en sus ojos, una mezcla de anhelo y cálculo que la inquietaba profundamente.
“Porque estoy solo, Francisca”, respondió finalmente, “Porque me salvaste la vida cuando todos me habían abandonado y porque veo algo en ti, un potencial que ni tú misma reconoces. Bajo mi tutela podrías convertirte en una de las mujeres más poderosas de Nueva España. Lo que don Sebastián no dijo, lo que flotaba en el espacio no dicho entre sus palabras, era que también la veía como una posesión, un nuevo juguete para combatir su aburrimiento y soledad.
Francisca lo sabía, lo sentía, pero ¿qué podía hacer? Había firmado los documentos, estaba atrapada. Las semanas siguientes fueron un torbellino de cambios. Francisca fue sometida a un riguroso entrenamiento en etiqueta, historia, literatura y música. Don Sebastián contrató tutores que la instruían desde el amanecer hasta bien entrada la noche.
Cada error era corregido, cada gesto inapropiado era señalado y modificado, hasta que Francisca comenzó a sentir que su verdadera personalidad se desvanecía bajo capas y capas de comportamiento aprendido. Por las noches exhausta se retiraba a la lujosa habitación que ahora ocupaba en el ala este de la hacienda.
A menudo, en la oscuridad se encontraba llorando silenciosamente, añorando su antigua vida, la libertad de caminar descalza por el bosque recolectando plantas, la simplicidad de conversar con otras mujeres del pueblo sin temer que cada palabra pudiera traicionarla. Una noche, mientras intentaba conciliar el sueño, escuchó voces que provenían del despacho de don Sebastián, justo debajo de su habitación.
La ventana estaba entreabierta y el sonido ascendía claramente en el aire quieto de la noche. Es una locura, Sebastián, decía una voz que Francisca reconoció como la de don Ricardo. Todo Oaxaca sabe que esa muchacha es una indígena del pueblo. Nadie cree tu historia de la sobrina española. Eso no importa, respondió don Sebastián, su voz ligeramente arrastrada, señal de que había estado bebiendo. Los documentos están en orden.
Es legalmente mi heredera. ¿Y qué hay de Leonor? Le prometiste que te casarías con ella después de un periodo de luto adecuado. Tiene cartas tuyas confirmándolo. Hubo un silencio seguido por el sonido de un vaso golpeando contra una superficie dura. Leonor es una viuda amargada que solo busca mi fortuna.
Nunca tuve intención de casarme con ella. Te has vuelto loco, amigo mío insistió don Ricardo. Primero esta farsa de la sobrina heredera y ahora me entero de que has estado haciendo preguntas sobre la muerte de tu esposa después de todos estos años. ¿Por qué remover ese asunto? Francisca contuvo la respiración. Nunca había oído hablar de la esposa de don Sebastián más allá de saber que había muerto años atrás.
Digamos que tengo dudas que nunca fueron adecuadamente respondidas”, respondió don Sebastián. Su voz había adquirido un tono peligroso que Francisca estaba aprendiendo a reconocer. Y ahora, si me disculpas, es tarde. El sonido de pasos y una puerta cerrándose indicó que la conversación había terminado. Francisca permaneció despierta durante horas, repasando lo que había escuchado.
¿Qué dudas tendría don Sebastián sobre la muerte de su esposa? ¿Y por qué ahora después de tanto tiempo? Al día siguiente, durante el desayuno, don Sebastián parecía inusualmente taciturno. Apenas tocó su comida y rechazó el té de hierbas que Francisca había preparado para él, algo que nunca antes había hecho. ¿Se encuentra bien?, preguntó ella finalmente, preocupada por el cambio en su comportamiento.
Perfectamente, respondió él sin levantar la mirada de su plato. Hoy vendrá el padre Tomás, quiere hablar contigo en privado, algo sobre tu instrucción religiosa. Francisca asintió, aunque la idea de estar a solas con el sacerdote la inquietaba. El padre Tomás nunca había ocultado su desaprobación hacia ella. Cuando el religioso llegó, don Sebastián los dejó solos en el pequeño oratorio de la hacienda.
El padre Tomás permaneció de pie, negándose a sentarse, como si temer contaminarse por la proximidad de Francisca. “¿Sabes que no apruebo esta farsa?”, Comenzó sin preámbulos. Una indígena haciéndose pasar por una dama española heredera de una de las mayores fortunas de Nueva España. Es un insulto a Dios y al orden natural.
No fue mi idea, padre, respondió Francisca, manteniendo la cabeza agachada, como le habían enseñado que debía hacer ante figuras de autoridad. Don Sebastián insistió. Don Sebastián no está en su sano juicio desde que enfermó o quizás desde antes. El sacerdote comenzó a pasearse por la pequeña habitación. ¿Sabes que su esposa, doña Isabel, murió en circunstancias extrañas? Francisca negó con la cabeza, aunque la conversación que había escuchado la noche anterior le vino inmediatamente a la mente.
Cayó por las escaleras. O eso es lo que se dijo. Pero había rumores, rumores de que don Sebastián la había empujado durante una discusión. Nada se pudo probar, por supuesto. ¿Por qué me cuenta esto, padre?, preguntó Francisca, un escalofrío recorriendo su espina dorsal. El sacerdote se detuvo frente a ella, sus ojos negros fijos en su rostro.
Porque temo por tu alma, hija, y por tu vida. Don Sebastián es un hombre peligroso, especialmente para las mujeres que lo rodean. Su esposa no fue la única en sufrir una muerte prematura bajo este techo. ¿Qué quiere decir? Su primera prometida antes de doña Isabel enfermó repentinamente y murió en cuestión de días.
Y hace algunos años, una joven sirvienta que se rumoreaba había llamado su atención, desapareció sin dejar rastro. Francisca sintió que su corazón se aceleraba. Está sugiriendo que don Sebastián No estoy sugiriendo nada, la interrumpió el padre Tomás. Solo te advierto que tengas cuidado. Este hombre no es el benefactor desinteresado que pretende ser.
tiene planes para ti, planes que quizás no comprendas hasta que sea demasiado tarde. Cuando el sacerdote se marchó, Francisca permaneció en el oratorio intentando calmar su respiración. Las palabras del padre Tomás habían confirmado los temores que ya anidaban en su corazón. Estaba atrapada en una telaraña cada vez más compleja, con un hombre cuyas verdaderas intenciones seguían siendo un misterio para ella.
Esa noche, mientras cenaban, don Sebastián parecía haber recuperado su buen humor. Hablaba animadamente sobre una fiesta que planeaba organizar para presentar oficialmente a Francisca en sociedad. Invitaremos a todas las familias importantes de la región. explicaba mientras se servía más vino. Será tu debut, tu entrada triunfal en la alta sociedad de Nueva España.
Francisca asintió distraídamente, su mente todavía ocupada por la inquietante conversación con el padre Tomás. “¿Puedo preguntarle algo personal, don Sebastián?”, dijo finalmente. El hombre la miró con sorpresa, no acostumbrado a que ella tomara la iniciativa en la conversación. Por supuesto, querida, ¿cómo murió su esposa? La pregunta cayó como una piedra en un estanque tranquilo.
El rostro de don Sebastián se transformó, su expresión amable dando paso a algo más oscuro, más amenazante. ¿Quién te ha hablado de Isabel?, preguntó, su voz repentinamente fría. Nadie en particular, mintió Francisca. Solo me preguntaba, ya que voy a ser su heredera, debería conocer su historia. ¿No cree? Don Sebastián la observó durante un largo momento, como si estuviera evaluando la veracidad de sus palabras.
Finalmente pareció relajarse un poco. Isabel murió hace 10 años. Un accidente desafortunado. Cayó por las escaleras y se rompió el cuello. “Lo siento mucho,” murmuró Francisca. “No lo sientas. Nuestro matrimonio no era feliz. Isabel era frágil. mentalmente inestable. Tenía episodios de paranoia en los que me acusaba de las cosas más absurdas.
Don Sebastián tomó un sorbo de vino antes de continuar. La noche que murió habíamos discutido. Ella amenazó con irse, con abandonarme. Yo salí de la habitación para calmarme. Cuando regresé, la encontré al pie de las escaleras, inmóvil. La historia sonaba ensayada, como si la hubiera contado muchas veces. Pero había algo en su mirada, una sombra de culpa o tal vez de arrepentimiento que hizo que Francisca dudara de cada palabra.
“Debe haber sido terrible para usted”, dijo intentando mantener un tono neutral. “Lo fue”, respondió él, su mirada perdida en algún punto lejano. “Pero la vida continúa, y ahora te tengo a ti, Francisca, mi nueva familia.” La forma en que lo dijo, con una mezcla de posesión y anhelo, hizo que Francisca sintiera un escalofrío. Había algo profundamente perturbador en la manera en que don Sebastián la miraba como si fuera simultáneamente una hija, una posesión y algo más que no podía o no quería nombrar.
Esa noche Francisca no pudo dormir. Las palabras del padre Tomás y la inquietante historia de don Sebastián se mezclaban en su mente formando patrones siniestros. ¿Estaba realmente en peligro o eran solo rumores maliciosos propagados por quienes envidiaban su repentina buena fortuna? Cerca de la medianoche escuchó un ruido fuera de su puerta, pasos que se acercaban lentamente y luego se detenían.
El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier sonido. Francisca contuvo la respiración esperando. Después de lo que pareció una eternidad, los pasos se alejaron. Con el corazón martilleando en su pecho, Francisca se levantó y se acercó sigilosamente a la puerta. La abrió apenas una rendija, lo suficiente para mirar hacia el pasillo oscuro.
Estaba vacío, pero en el suelo, justo frente a su puerta, había algo. Se agachó para recogerlo. Era un pequeño retrato en miniatura de una mujer. A la débil luz de la luna que se filtraba por las ventanas del pasillo, Francisca pudo distinguir un rostro pálido enmarcado por cabello oscuro, ojos grandes y tristes que parecían mirarla directamente a ella.
Dio la vuelta al retrato y descubrió una inscripción. Isabel de Aguirre, 1632, la esposa muerta de don Sebastián. Francisca volvió a su habitación cerrando la puerta con llave. ¿Quién había dejado el retrato? ¿Y por qué? ¿Era una advertencia, una amenaza? Las preguntas se arremolinaban en su mente mientras observaba el rostro de la mujer que había precedido su presencia en esa casa.
Había algo en los ojos de Isabel, una tristeza profunda, un miedo que parecía trascender la muerte y el tiempo para conectar con el propio miedo creciente de Francisca. Como si desde el más allá la difunta esposa de don Sebastián intentara comunicarle algo vital, una advertencia que Francisca temía comprender demasiado tarde. La mañana siguiente amaneció gris y fría, un reflejo perfecto del estado de ánimo de Francisca.
Había dormido poco, perseguida por sueños inquietantes en los que una mujer de cabello oscuro y ojos tristes la perseguía por pasillos interminables. Al despertar, su primer pensamiento fue para el retrato que había encontrado, pero al buscarlo entre las sábanas revueltas, descubrió con alarma que había desaparecido.
¿Lo había soñado todo? No estaba segura de haber tenido el pequeño retrato entre sus manos. Alguien debía haber entrado en su habitación mientras dormía. La idea hizo que un escalofrío recorriera su espalda. Cuando bajó a desayunar, encontró a don Sebastián inusualmente animado, revisando lo que parecían ser planos arquitectónicos.
Ah, Francisca, buenos días, la saludó con entusiasmo. Ven a ver esto. He estado pensando en renovar el ala este de la hacienda, convertirla en tus aposentos personales. Francisca se acercó intentando mantener la compostura a pesar de su inquietud. Es muy generoso de su parte, pero no es necesario, insisto, respondió él señalando los tu propio salón, un estudio, una biblioteca, todo lo que una dama de tu posición merece.
Don Sebastián, comenzó Francisca, eligiendo cuidadosamente sus palabras. Anoche encontré algo extraño frente a mi puerta, un retrato en miniatura de de su esposa. El cambio en la expresión del hombre fue inmediato y alarmante. Su rostro, antes animado, se endureció como una máscara. Un retrato de Isabel, imposible. Ordené destruir todos sus retratos después de su muerte.
Era pequeño, oval, tenía su nombre y la fecha, 1632. Don Sebastián se levantó bruscamente, su silla raspando el suelo con un chirrido desagradable. ¿Dónde está ahora? Ese es el problema. Desapareció. Estaba segura de haberlo dejado sobre mi mesita de noche, pero esta mañana ya no estaba. Debes haberlo soñado dijo don Sebastián después de un momento de reflexión.
Has estado bajo mucha presión últimamente. Es natural que tu mente te juegue malas pasadas. No fue un sueño, insistió Francisca. Alguien lo dejó ante mi puerta y alguien entró en mi habitación para recuperarlo. Don Sebastián la miró con una expresión que oscilaba entre la preocupación y algo más oscuro, más amenazante.
Nadie entra en las habitaciones sin mi permiso, Francisca. Quizás deberías descansar hoy. Cancelaré tus lecciones. No era una sugerencia, sino una orden. Francisca asintió, comprendiendo que sería inútil insistir. Pero mientras regresaba a su habitación, su mente trabajaba frenéticamente. Estaba segura de lo que había visto. Alguien en la hacienda quería comunicarse con ella, advertirle de algo o quizás asustarla.
A media tarde, mientras intentaba distraerse con un libro que apenas comprendía, escuchó un suave golpe en su puerta. Era María, la criada que había permanecido en la casa cuando todos los demás huyeron durante la enfermedad de don Sebastián. “Señorita”, susurró la mujer mirando nerviosamente por encima del hombro. “Tengo un mensaje para usted de doña Leonor.” Francisca se sorprendió.
La viuda del primo de don Sebastián. ¿Qué mensaje? Quiere verla en secreto esta noche en la capilla del pueblo. Dice que es importante, que tiene información que usted necesita conocer. ¿Qué tipo de información? María negó con la cabeza. No lo sé, señorita. solo me pidió que le entregara el mensaje y que tuviera cuidado de que nadie me viera hacerlo.
Después de que la criada se marchara, Francisca se quedó pensando en la extraña invitación. Podría ser una trampa. Doña Leonor había dejado claro su desprecio durante aquella primera reunión. ¿Por qué querría ayudarla ahora? Pero por otro lado, si había alguien que podría tener información sobre don Sebastián y su pasado, era ella.
La decisión fue difícil, pero finalmente el deseo de conocer la verdad superó sus temores. Esa noche, cuando la hacienda se sumió en silencio, Francisca se deslizó fuera de su habitación. vestía ropas sencillas que había conservado de su antigua vida, lo que le permitiría pasar desapercibida en el pueblo. El aire nocturno era frío y húmedo, anunciando lluvia.
Francisca se envolvió más estrechamente en su rebozo mientras caminaba apresuradamente hacia el pueblo. La capilla estaba en la plaza principal, un edificio modesto comparado con la catedral de Hashaka, pero imponente a su manera en la oscuridad. Al entrar, el olor a incienso y cera derretida la envolvió.
Unas pocas velas iluminaban tenuemente el interior. Al principio creyó que estaba sola. Luego, una figura emergió de la sombra cerca del altar. “Has venido”, dijo doña Leonor. Su voz, normalmente altiva, sonaba cansada. “No estaba segura de que lo harías. Tu mensaje decía que era importante”, respondió Francisca, manteniéndose a una distancia prudente.
“Lo es.” Doña Leonor se acercó un poco más, lo suficiente para que Francisca pudiera ver su rostro a la luz vacilante de las velas. Parecía haber envejecido años en las pocas semanas desde su último encuentro. Se trata de tu seguridad, de tu vida. Mi vida está en peligro. Todos los que se acercan demasiado a Sebastián terminan sufriendo, respondió la viuda.
Algunos mueren, otros desaparecen y algunos, como yo, quedamos atrapados en su telaraña, incapaces de escapar, pero conscientes del peligro. Francisca se estremeció. El padre Tomás mencionó a su esposa y a una prometida anterior y a una sirvienta. Isabel, Elena y Juana, enumeró doña Leonor. Tres mujeres, tres muertes misteriosas.
Y eso solo en los últimos 15 años. Hay más si nos remontamos más atrás. Está sugiriendo que don Sebastián las mató. No tengo pruebas. Nadie las tiene. Sebastián es demasiado astuto, demasiado poderoso, pero sí, eso es exactamente lo que estoy sugiriendo. Francisca sintió que le faltaba el aire, aunque había sospechado algo similar desde las advertencias del padre Tomás, escucharlo expresado tan claramente era aterrador.
“¿Por qué me cuenta esto? ¿Usted me desprecia?”, doña Leonor soltó una risa amarga. Te desprecio porque eres una impostora, pero eres también una mujer joven en peligro mortal y no puedo quedarme callada sabiendo lo que sé y qué sabe exactamente. La viuda miró a su alrededor como si temiera a ser escuchada antes de continuar.
Sebastián tiene un patrón. encuentra a una mujer que le interesa, la aísla de todos sus vínculos anteriores, la colma de atenciones, de regalos y luego, cuando la tiene completamente bajo su control, comienza a cambiar. Se vuelve posesivo, paranoico, acusa a la mujer de traicionarlo, de burlarse de él y finalmente la mata.
Completó Francisca, su voz apenas un susurro. Exactamente. Y ahora te ha elegido a ti, pero dice que soy su sobrina, su heredera. Doña Leonor la miró con una mezcla de lástima y exasperación. Eso es solo el principio, querida. Pronto empezará a insinuar que debes agradecerle de otras maneras, que una simple relación familiar no es suficiente para expresar el vínculo especial que comparten.
Francisca recordó la manera en que don Sebastián la miraba a veces. con una intensidad que la hacía sentir incómoda. Había querido creer que era solo su imaginación. Pero ahora, ¿por qué nadie ha hecho nada? ¿Por qué las autoridades no lo investigan? Sebastián Aguirre es uno de los hombres más ricos y poderosos de Nueva España, respondió doña Leonor.
Tiene amigos en la audiencia, en el cabildo, incluso en la iglesia. Nadie quiere enfrentarse a él. Además, siempre ha sido cuidadoso. Nunca hay testigos, nunca hay pruebas concretas, solo rumores, sospechas. ¿Qué puedo hacer?, preguntó Francisca, la desesperación filtrándose en su voz. No tengo a dónde ir. Firmé documentos.
Acepté ser su heredera. Huye, respondió doña Leonor sin dudar. Ahora, mientras todavía puedes, antes de que sea demasiado tarde. ¿A dónde me encontraría? Tengo parientes en Ciudad de México. Puedo arreglar para que te quedes con ellos mientras decides qué hacer. Francisca la miró con desconfianza. ¿Por qué me ayudaría? Hasta hace unas semanas usted esperaba casarse con don Sebastián y heredar su fortuna.
El rostro de doña Leonor se endureció. Sebastian me prometió matrimonio después de la muerte de mi esposo. Me mantuvo esperando durante años, siempre con excusas, siempre con promesas. que nunca cumplió. Ahora sé por qué. Era solo otro de sus juegos, otra forma de ejercer poder sobre alguien. Nunca tuvo intención de casarse conmigo.
Aún así, ¿por qué arriesgarse ayudándome? Porque no pude ayudar a las otras, respondió la viuda, su voz quebrada por la emoción. Porque sospechaba lo que estaba pasando con Isabel. Pero no hice nada porque el remordimiento es una carga demasiado pesada para seguir llevándola. Francisca quería creerle, pero años de desconfianza hacia los españoles le impedían aceptar sin más su oferta.
¿Cómo sé que esto no es una trampa? Quizás usted también quiere que desaparezca, pero por sus propias razones. Doña Leonor pareció considerar la pregunta. No puedes estar segura,” admitió finalmente, “tendrás que confiar en tu instinto, pero piensa en esto. Si quisiera perjudicarte, simplemente podría haber ido a las autoridades con la verdad sobre tu identidad.
No necesitaría elaborar un plan tan complicado. Era un buen argumento y Francisca lo sabía. Además, su instinto le decía que la viuda estaba siendo sincera, por más improbable que pareciera. Si decido aceptar su ayuda, ¿cuándo tendría que partir? Mañana por la noche, respondió doña Leonor. Tengo un carruaje que parte hacia Ciudad de México. El cochero es de confianza.
Necesito tiempo para pensarlo. No tienes tiempo, Francisca. Cada día que pasas en esa casa es un día más cerca de un final trágico. Francisca sabía que la viuda tenía razón, pero la decisión no era sencilla. Wir significaba renunciar a todo lo que había ganado, la seguridad económica, la promesa de una vida mejor que la que jamás había soñado.
Pero quedarse podría costarle algo mucho más valioso, su vida. Le haré saber mi decisión mañana”, dijo finalmente. “¿Cómo puedo comunicarme con usted? María te traerá mi respuesta”, respondió doña Leonor. Confía en ella. Está tan aterrorizada de Sebastián como deberías estarlo tú. Al salir de la capilla, Francisca sintió que se giró varias veces durante el camino de regreso, pero las calles estaban desiertas.
Aún así, no podía sacudirse la sensación de ojos invisibles siguiendo cada uno de sus movimientos. Cuando finalmente llegó a la hacienda, se deslizó por una puerta lateral que María había dejado sin tranca para ella. El corazón le latía con fuerza mientras subía silenciosamente las escaleras hacia su habitación.
Estaba a punto de llegar al pasillo de los dormitorios cuando escuchó voces provenientes del despacho de don Sebastián. ¿Seguro de que era ella?, preguntaba don Sebastián, su voz tensa. Completamente, señor, respondía otra voz que Francisca no reconoció. La seguí desde que salió de la hacienda. Se reunió con doña Leonor en la capilla.
Estuvieron hablando durante casi una hora. Pudiste oír lo que decían. No, señor, la capilla es grande y yo debía mantener la distancia para no ser descubierto. Hubo un silencio y luego el sonido de pasos acercándose a la puerta. Francisca retrocedió rápidamente buscando un lugar donde esconderse. Se metió en un pequeño armario, justo cuando la puerta del despacho se abría.
Vigílala día y noche”, ordenó don Sebastián, “y averigua que está tramando Leonor. Esa mujer siempre ha sido una espina en mi costado.” “Sí, señor”, respondió el desconocido. “¿Y si intentan algo?” La respuesta de don Sebastián el heló la sangre de Francisca. Entonces harás lo que sea necesario para proteger mis intereses.
Como siempre, Francisca esperó hasta que los pasos se alejaron antes de salir de su escondite. Con el corazón martilleando en su pecho, se deslizó hasta su habitación y cerró la puerta con llave. Su mente era un torbellino de pensamientos aterradores. Don Sebastián sabía de su encuentro con doña Leonor. Tenía espías y estaba dispuesto a hacer lo que sea necesario para proteger sus intereses.
Ya no había decisión que tomar. Tenía que huir y pronto. Pero primero necesitaba pruebas. algo que pudiera usar contra don Sebastián si alguna vez la encontraba. Algo que explicara por qué una mujer indígena sin educación formal había sido nombrada heredera de una de las mayores fortunas de Nueva España. Esa noche, mientras la hacienda dormía, Francisca hizo algo que nunca habría imaginado que tendría el valor de hacer.
Se deslizó hasta el despacho de don Sebastián y comenzó a buscar entre sus documentos. No sabía exactamente qué estaba buscando, pero confiaba en que lo reconocería cuando lo viera. Pasó horas examinando papeles a la luz de una pequeña vela, cuidando de no hacer ruido y de dejar todo exactamente como lo había encontrado. Estaba a punto de darse por vencida cuando en el fondo de un cajón cerrado con llave que había logrado forzar, encontró un pequeño libro encuadernado en cuero negro.
Al abrirlo, descubrió que era un diario personal. Las primeras entradas databan de más de 20 años atrás. Francisca comenzó a leer y lo que encontró la dejó sin aliento. Don Sebastián había documentado meticulosamente sus conquistas, como él las llamaba, mujeres a las que había seducido, manipulado y finalmente eliminado cuando se cansaba de ellas o cuando amenazaban con exponerlo.
Todas habían muerto. Algunas habían sido enviadas a conventos lejanos, otras habían sido casadas apresuradamente con hombres de provincias remotas. Pero algunas, incluidas Isabel y la misteriosa Elena, habían sufrido accidentes. Lo más perturbador era la frialdad con la que describía estos eventos. No había remordimiento, solo un cálculo pragmático sobre cómo deshacerse de un problema y pasar al siguiente objetivo.
Y lo peor de todo, en las entradas más recientes, Francisca encontró su propio nombre junto con planes detallados sobre cómo convertirla no solo en su heredera, sino en su próxima víctima. Francisca es diferente, había escrito, tiene un espíritu que las otras no tenían, un fuego interior que anhelo poseer, controlar y eventualmente extinguir.
Será mi obra maestra. Con manos temblorosas, Francisca arrancó las páginas que la mencionaban a ella y a Isabel. Era la prueba que necesitaba, aunque rezaba por no tener que usarla nunca. Las dobló cuidadosamente y las escondió entre sus ropas. Antes de devolver el diario a su escondite, regresó a su habitación justo antes del amanecer, exhausta, pero con una nueva determinación.
Ya no había dudas. Debía escapar de la hacienda y de don Sebastián Aguirre lo antes posible. Su vida dependía de ello. Ese día actuó con normalidad, asistiendo a sus lecciones y compartiendo las comidas con don Sebastián, como siempre. Él parecía observarla con más atención de lo habitual, pero Francisca se esforzó por mantener una fachada de normalidad, aunque por dentro estuviera aterrorizada.
Por la tarde, María le trajo un mensaje de doña Leonor. El carruaje estaría esperándola en la parte trasera de la capilla a medianoche. Debería llevar solo lo esencial. Todo lo demás sería proporcionado en Ciudad de México. Mientras el sol se ponía en el horizonte tiñiendo el cielo de rojo sangre, Francisca miró por la ventana de su habitación hacia los campos y colinas que rodeaban la hacienda.
En algún lugar más allá de esos campos estaba la libertad, la posibilidad de una vida que no estuviera controlada por el capricho enfermizo de un hombre obsesionado con poseer y destruir. Solo tenía que sobrevivir hasta la medianoche. Lo que Francisca no sabía era que don Sebastián ya había descubierto su plan de fuga y que tenía sus propios planes para asegurarse de que nunca abandonara la hacienda con vida.
El reloj de la hacienda marcaba a las 11 de la noche cuando Francisca terminó de preparar su pequeño bulto con lo esencial, un cambio de ropa, las páginas arrancadas del diario de don Sebastián y un puñado de hierbas medicinales que siempre llevaba consigo. Había considerado tomar algunas de las joyas que don Sebastián le había regalado, pero temía que pudieran ser utilizadas para rastrearla.
La casa estaba inusualmente silenciosa. Normalmente, a esta hora aún se escucharía el movimiento de los sirvientes terminando sus labores diarias, pero esta noche parecía que todos se hubieran desvanecido. El silencio era tan denso que Francisca podía oír los latidos de su propio corazón mientras esperaba el momento adecuado para escapar.
A las 11:30 se deslizó fuera de su habitación. Había decidido utilizar la escalera de servicio en lugar de la principal, menos visible desde el despacho de don Sebastián. Con cada paso que daba, esperaba escuchar una voz o unos pasos que delataran que había sido descubierta, pero el silencio se mantenía.
Al llegar al primer piso, se detuvo un momento para orientarse. Debía cruzar el vestíbulo y salir por la puerta lateral que daba al huerto. Desde allí podría seguir un sendero entre los árboles que la llevaría hasta el pueblo sin ser vista desde la casa principal. Estaba a punto de cruzar el vestíbulo cuando escuchó voces provenientes del despacho de don Sebastián.
Se detuvo en seco, conteniendo la respiración. La puerta estaba entreabierta y un hilo de luz se derramaba sobre el suelo de mosaico. “Ya está todo preparado, señor”, decía una voz que Francisca reconoció como la del mismo hombre que había informado sobre su encuentro con doña Leonor. “El carruaje nunca llegará a Ciudad de México.
Excelente”, respondió don Sebastián. Su voz sonaba extrañamente tranquila, casi complacida. y Leonor se ocuparán de ella mañana. Parecerá un asalto, como ordenó. Hubo una pausa y luego don Sebastián habló de nuevo. Es una lástima que haya tenido que llegar a esto. Tenía grandes planes para Francisca.
Realmente creí que podría ser diferente. Diferente a las otras, señor, más maleable, más agradecida. Después de todo, la saqué de la miseria, le di un futuro y así me lo paga. Conspirando a mis espaldas con esa arpía, Francisca sintió que su sangre se helaba. No solo sabían de su plan de escape, sino que tenían previsto matarla en el camino. Y también a doña Leonor.
Tenía que advertir a la viuda. Tenía que hacer algo. Con el corazón martilleando en su pecho, se alejó silenciosamente de la puerta y buscó una salida alternativa. No podía usar la puerta lateral ahora. Seguramente habría alguien vigilando. Sus ojos se posaron en una pequeña ventana cerca de la cocina. Era estrecha, pero quizás lo suficientemente ancha para que pudiera pasar a través de ella.
Se dirigió hacia allí, moviéndose tan silenciosamente como le era posible. La ventana estaba cerrada, pero no atrancada. La abrió con cuidado, procurando no hacer ruido, y se deslizó al exterior. La noche era fresca y oscura, con nubes que ocultaban la luna. Francisca lo agradeció. La oscuridad sería su aliada. Se pegó a las sombras de la casa y comenzó a avanzar hacia el sendero que llevaba al pueblo.
Había recorrido apenas la mitad del camino cuando escuchó el inconfundible sonido de cascos de caballos aproximándose. Se aplastó contra el tronco de un árbol, rezando para no ser vista. Un grupo de jinetes pasó cerca de donde ella se escondía. Eran cuatro hombres armados con espadas y pistolas. No podía distinguir sus rostros en la oscuridad, pero estaba segura de que eran los hombres que don Sebastián había enviado para interceptar el carruaje que supuestamente la llevaría a Ciudad de México. Cuando los jinetes se alejaron,
Francisca cambió de dirección. Ya no podía ir a la capilla. Sería una trampa. Tampoco podía regresar a la hacienda. Su única opción era el pueblo indígena donde había nacido y crecido. Allí tendría amigos que podrían esconderla al menos temporalmente. Caminó durante horas evitando los caminos principales y orientándose por las estrellas como le había enseñado su padre.
Al amanecer divisó las primeras casas del pueblo. Nunca el humilde conjunto de chozas de adobe le había parecido tan hermoso. Se dirigió directamente a la casa de Tomasa, una anciana que había sido amiga de su abuela y que la había acogido cuando quedó huérfana. La mujer abrió la puerta antes de que Francisca pudiera llamar como si hubiera estado esperándola.
Sabía que vendrías”, dijo la anciana haciéndola pasar. “Lo vi en un sueño. El hombre de la casa grande te busca para hacerte daño.” Francisca no se sorprendió. Tomasa siempre había tenido sueños premonitorios, una habilidad que muchos en el pueblo respetaban y temían a partes iguales. Don Sebastián descubrió que planeaba huir.
Ha enviado hombres para matarme. Lo sé, hija. También vendrán aquí. Este no es un lugar seguro para ti. ¿Dónde puedo ir? Me buscarán en todas partes. Tomasa la miró con tristeza. Hay un lugar donde no te encontrarán, pero el precio es alto. ¿Qué lugar? El convento de Santa Catalina en Antequera. Las monjas aceptan a mujeres que huyen de situaciones peligrosas.
Una vez dentro, nadie puede sacarlas sin permiso del obispo. Francisca sintió un escalofrío. El convento significaba renunciar a su libertad, a cualquier posibilidad de una vida normal. significaba encierro perpetuo, votos de silencio, obediencia absoluta. Debe haber otra solución. No la hay, hija.
Don Sebastián Aguirre es demasiado poderoso. Tiene ojos y oídos en todas partes. Si te quedas aquí, no solo tú estarás en peligro, sino todos los que te ayuden. Francisca sabía que la anciana tenía razón. Don Sebastián no se detendría hasta encontrarla y no tendría escrúpulos en castigar a cualquiera que se interpusiera en su camino.
¿Cómo llegaré al convento? Los caminos estarán vigilados. Mi nieto te llevará. conoce senderos que solo usan los indígenas, caminos que los españoles desconocen. Mientras Tomasa preparaba algo de comida para Francisca, la joven le contó todo lo que había descubierto: el diario de don Sebastián, las mujeres que habían desaparecido o muerto en misteriosas circunstancias, los planes para matarla a ella y a doña Leonor.
Ese hombre es el diablo”, murmuró la anciana persignándose. Siempre lo supimos, pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta. “Tengo que advertir a doña Leonor”, dijo Francisca. “planean matar la mañana, hacerlo parecer un asalto es demasiado arriesgado, respondió Tomasa. Si intentas comunicarte con ella, te encontrarán.
No puedo dejar que la maten por intentar ayudarme. Tomasa reflexionó un momento. Hay otra forma. Mi nieto puede llevar un mensaje al padre Tomás. Él podría advertir a doña Leonor sin levantar sospechas. El plan se puso en marcha inmediatamente. El nieto de Tomasa, un joven llamado Juan, partió hacia la iglesia del pueblo con un mensaje verbal para el padre Tomás.
Mientras tanto, Francisca se preparaba para su viaje al convento, que comenzaría al anochecer. Las horas pasaron lentamente. Francisca intentó descansar, pero el miedo y la incertidumbre mantenían su mente alerta. ¿Habría llegado el mensaje al padre Tomás? ¿Estaría doña Leonora a salvo? ¿Conseguiría ella misma llegar al convento sin ser descubierta? A media tarde, Juan regresó con noticias inquietantes.
El padre Tomás no estaba en la iglesia. Dicen que fue llamado urgentemente a la hacienda de don Sebastián esta mañana. A la hacienda. ¿Por qué? Nadie lo sabe con seguridad. Algunos dicen que don Sebastián está enfermo de nuevo, otros que está redactando un nuevo testamento. Un nuevo testamento.
Francisca sintió un escalofrío. ¿Estaba don Sebastián cambiando su testamento para desheredarla o era algo más siniestro? Tenemos que irnos ahora decidió. No podemos esperar hasta la noche. Es peligroso, advirtió Tomasa. Los hombres de don Sebastián estarán buscándote a plena luz del día. Es más peligroso quedarse, respondió Francisca.
Si está cambiando su testamento, el siguiente paso será eliminar cualquier prueba de su plan original. Me buscará con más a que nunca. A regañadientes, Tomasa aceptó. Juan preparó un caballo y Francisca se vistió con ropas masculinas que la anciana guardaba de su difunto esposo. Con el pelo recogido bajo un sombrero y la piel oscurecida con tierra, esperaba pasar desapercibida como un simple campesino indígena.
Se despidió de Tomasa con lágrimas en los ojos, sabiendo que probablemente nunca volvería a verla. “Gracias por todo”, susurró. Nunca olvidaré lo que has hecho por mí. Ve con Dios, hija respondió la anciana. Y recuerda, la verdad siempre encuentra su camino hacia la luz, por oscura que sea la noche. Juan y Francisca partieron por un sendero estrecho que serpenteaba entre los cerros, alejándose de los caminos principales.
El joven cabalgaba delante guiando el camino mientras Francisca se aferraba a su cintura vigilando constantemente a su alrededor. Habían recorrido apenas una legua cuando escucharon cascos de caballos acercándose rápidamente desde atrás. Juan espoleó su montura intentando ganar velocidad, pero el sendero era demasiado estrecho y pedregoso para galopar sin riesgo.
“Allí!”, gritó Juan señalando una densa arboleda a un lado del camino. Escóndete mientras los distraigo. Antes de que Francisca pudiera protestar, el joven la ayudó a desmontar y la empujó hacia los árboles. Sigue este arroyo hacia arriba. Te llevará a un viejo templo en ruinas. Espérame allí hasta el anochecer. Si no he llegado para entonces, continúa sola hacia el convento.
Está a unas tres leguas al este. Y sin más, Juan regresó al sendero y cabalgó en dirección contraria, intentando alejar a los perseguidores de Francisca. Ella se internó en la arboleda siguiendo el curso del pequeño arroyo que ascendía por la ladera de la montaña. A su alrededor, los sonidos del bosque se mezclaban con los ecos distantes de los cascos de los caballos.
Rezó para que Juan estuviera a salvo, para que consiguiera despistar a los hombres de don Sebastián. Después de lo que pareció una eternidad, llegó a las ruinas que Juan había mencionado. Era un antiguo templo zapoteca con piedras talladas que emergían entre la vegetación como testigos silenciosos de un pasado glorioso, ahora olvidado.
Francisca encontró un rincón protegido entre dos muros de ruidos y se sentó a esperar. El pequeño bulto con sus escasas posesiones apretado contra el pecho. Las páginas del diario de don Sebastián, su única prueba contra él, estaban cuidadosamente dobladas y escondidas en su corsé. Las horas pasaron lentamente.
El sol comenzó a descender hacia el horizonte, tiñiendo el cielo de naranja y rojo. No había señal de Juan. Francisca empezaba a temer lo peor cuando escuchó pasos acercándose. Se escondió rápidamente detrás de una de las paredes derrumbadas, conteniendo la respiración. Los pasos se acercaban lentamente con cautela.
¿Sería Juan o los hombres de don Sebastián habían conseguido seguir su rastro? Francisca, la voz era apenas un susurro, pero la reconoció de inmediato. Era Juan. Salió de su escondite, el alivio inundando su cuerpo. Gracias a Dios temía que te hubieran atrapado. El joven tenía un corte en la mejilla y su ropa estaba desgarrada y manchada de barro, pero estaba vivo.
“Casi lo hacen,”, respondió. Eran tres hombres armados hasta los dientes. Logré despistarlos en el bosque, pero no tardarán en organizar una búsqueda más amplia. ¿Cómo nos encontrarán en estas ruinas? No lo harán fácilmente, pero no podemos quedarnos aquí. El caballo escapó durante la persecución. Tendremos que continuar a pie. La noticia era desalentadora.
Sin caballo, el viaje al convento les llevaría mucho más tiempo y sería más peligroso. Pero no tenían alternativa. Esperaron hasta que la oscuridad fue completa antes de abandonar las ruinas. Juan conocía bien la región y guiaba a Francisca por senderos casi invisibles, apenas marcados en el terreno montañoso.
Caminaron durante horas bajo la débil luz de las estrellas, deteniéndose solo para descansar brevemente cuando el terreno se volvía demasiado escarpado o cuando necesitaban recuperar el aliento. Cerca de la medianoche llegaron a la cima de una colina desde donde se podía ver a lo lejos. Las luces de Antequera.
El convento de Santa Catalina estaba en las afueras de la ciudad, un imponente edificio de piedra rodeado por altos muros. “Casi hemos llegado”, dijo Juan señalando las luces. “Una hora más de camino, quizás menos.” Francisca asintió, demasiado exhausta para hablar. Sus pies estaban lados, su cuerpo dolorido por el esfuerzo, pero la visión de su destino le dio nuevas fuerzas.
Pronto estaría a salvo, al menos temporalmente. Estaban descendiendo la colina cuando escucharon voces y vieron el resplandor de antorchas acercándose desde un camino lateral. Juan agarró a Francisca por el brazo y la arrastró fuera del sendero hacia un grupo de arbustos. Abajo! Susurró urgentemente.
Se agazaparon entre la vegetación apenas respirando, mientras un grupo de al menos 10 jinetes pasaba a pocos metros de ellos. La luz vacilante de las antorchas, Francisca reconoció a varios de los capataces de don Sebastián y a otros hombres que nunca había visto, pero que tenían el aspecto inconfundible de mercenarios. “¡La quiero viva!”, gritaba un hombre que cabalgaba al frente.
“Era don Ricardo, el amigo de don Sebastián. El que la encuentre recibirá 100 pesos. El que la mate sin motivo responderá ante mí. Cuando el grupo se alejó, Francisca y Juan permanecieron inmóviles durante largos minutos, asegurándose de que no hubiera rezagados. Finalmente, Juan rompió el silencio.
Están formando un cerco alrededor de la ciudad, murmuró. Saben que intentarás llegar al convento. ¿Qué podemos hacer?, preguntó Francisca, el terror amenazando con paralizarla. Si nos ven, no tenemos oportunidad contra tantos hombres armados. Juan reflexionó un momento. Hay un camino alternativo dijo finalmente, “A través del cementerio viejo.
Nadie lo usa porque dicen que está embrujado, pero nos llevará directamente a la parte trasera del convento, un cementerio.” Francisca sintió un escalofrío. Es nuestra única opción, la única que nos permite evitar a los hombres de don Sebastián. No había elección. Retomaron la marcha. Ahora, moviéndose con extrema cautela, deteniéndose ante el menor ruido, Juan los guió hacia el este, alejándose del camino principal que llevaba a la ciudad.
Pronto llegaron a un muro bajo y parcialmente derrumbado que rodeaba un antiguo cementerio. Las lápidas, muchas de ellas inclinadas o rotas, proyectaban sombras inquietantes bajo la luz de las estrellas. Una neblina baja se arrastraba por el suelo envolviendo las tumbas como si fueran fantasmas. “Mantente cerca”, susurró Juan mientras saltaba el muro.
“Y no te detengas por nada.” Francisca lo siguió intentando ignorar el miedo que sentía. No era solo el temor a los vivos, lo que la asustaba en ese momento. Las historias de aparecidos y ánimas en pena que había escuchado desde niña parecían súbitamente muy reales en este lugar de muerte. Avanzaron entre las tumbas, el silencio roto solo por el ocasional ulular de un búo o el crujido de sus propios pasos sobre hojas secas.
La niebla se espesaba a medida que se adentraban en el cementerio, dificultando la visibilidad. De repente, Juan se detuvo en seco. Francisca casi chocó contra él. ¿Qué ocurre? Susurró el joven. Señaló hacia adelante. A través de la niebla podían distinguir la silueta de un hombre de pie junto a una cripta.
Estaba inmóvil, como si esperara. “Retrocedamos”, murmuró Juan. Buscaremos otro camino. Pero cuando se giraron, vieron a otro hombre bloqueando el camino por donde habían venido. Y luego a otro, emergiendo de entre las tumbas a su derecha. Estaban rodeados. Francisca Hernández, dijo una voz familiar. Don Ricardo avanzó hacia ellos una pistola en la mano.
Has causado muchos problemas para ser una simple indígena. Francisca dio un paso atrás buscando instintivamente la protección de Juan, pero el joven estaba tan atrapado como ella. ¿Dónde está don Sebastián? Preguntó intentando ganar tiempo mientras su mente buscaba desesperadamente una salida. “Don Sebastián está indispuesto”, respondió don Ricardo con una sonrisa fría.
Sufrió una recaída de su enfermedad. Muy conveniente en realidad. me ha otorgado plenos poderes para resolver este asunto. ¿Qué asunto? Tu traición. Por supuesto, después de todo lo que hizo por ti, planeabas abandonarlo. Peor aún, robaste documentos privados de su despacho, así que sabían de las páginas del diario.
¿Cómo habían registrado su habitación o tenía don Sebastián la costumbre de revisar periódicamente su diario para asegurarse de que nadie había descubierto sus secretos? No sé de qué habla, mintió Francisca. Don Ricardo se acercó más. su rostro apenas visible en la penumbra. No insultes mi inteligencia, muchacha. Sabemos que tienes las páginas.
Devuélvelas y quizás consideremos ser misericordiosos. Juan dio un paso adelante, interponiéndose entre Francisca y don Ricardo. “Déjela ir”, dijo con voz firme. “Ella no ha hecho nada malo.” Don Ricardo apenas le dedicó una mirada. Apártate, indio, o muere aquí mismo. No me apartaré. El disparo resonó en el cementerio como un trueno.
Juan cayó hacia atrás, un agujero oscuro en el centro de su pecho. Francisca gritó intentando sostenerlo, pero el joven estaba muerto antes de tocar el suelo. Un problema menos, dijo don Ricardo, volviendo a cargar su pistola con calma. Ahora, Francisca, las páginas. No lo pediré otra vez. El shock y el horror paralizaron a Francisca por un instante.
Juan, que solo había querido ayudarla, yacía muerto a sus pies, y ella sería la siguiente si no actuaba rápidamente. Las tengo aquí, dijo finalmente, llevándose la mano al corsé. Se las daré. Don Ricardo sonrió con satisfacción. Una decisión sabia. Francisca extrajo lentamente las páginas dobladas de su escondite.
Eran su única prueba contra don Sebastián, su única esperanza de justicia, pero de nada servirían si ella estaba muerta. extendió la mano, ofreciendo las páginas a don Ricardo. Cuando el hombre se acercó para tomarlas, Francisca aprovechó su distracción para lanzarle un puñado de tierra a los ojos con la otra mano. Don Ricardo gritó momentáneamente cegado y Francisca aprovechó la confusión para empujarlo con todas sus fuerzas.
El hombre trastailló hacia atrás tropezando con una lápida baja. Cayó pesadamente, su pistola disparándose accidentalmente. La bala alcanzó a uno de sus propios hombres que se desplomó con un grito de dolor. Francisca no esperó a ver más. Corrió entre las tumbas zigzagueando para dificultar que le dispararan.
las páginas del diario nuevamente seguras contra su pecho. Podía oír gritos y maldiciones detrás de ella, el sonido de hombres tropezando en la oscuridad. La niebla, que antes le había parecido aterradora, ahora era su aliada, ocultándola de sus perseguidores. Corrió hasta que sus pulmones ardían, hasta que sus piernas amenazaban con fallarle.
No sabía si iba en la dirección correcta, solo sabía que tenía que alejarse. Finalmente, cuando creía que no podía dar un paso más, vio una luz a través de la niebla. Era una ventana iluminada en un alto muro de piedra, el convento. Con las últimas fuerzas que le quedaban, Francisca se arrastró hasta la puerta lateral que distinguió en el muro.
Golpeó con desesperación, mirando constantemente por encima del hombro. temiendo ver emerger a sus perseguidores de la niebla en cualquier momento. “Por favor”, gritó, “Ayuda en el nombre de Dios, Abran!” Después de lo que pareció una eternidad, escuchó el sonido de pasos acercándose desde el interior.
Una pequeña ventanilla en la puerta se abrió y un rostro de mujer mayor enmarcado por una toca blanca la observó con sorpresa. ¿Quién eres y qué buscas a esta hora?, preguntó la monja. Me llamo Francisca Hernández, respondió ella, las palabras saliendo entrecortadas por el esfuerzo. Busco asilo. Hombres armados me persiguen. Quieren matarme.
La monja la miró con desconfianza. ¿Por qué te persiguen? Porque sé demasiado, respondió Francisca extrayendo las páginas del diario. Tengo pruebas de los crímenes de don Sebastián Aguirre. Ha matado a mujeres y ahora quiere matarme a mí. El sonido de voces y pasos acercándose por el cementerio llegó claramente hasta ellas.
La monja miró más allá de Francisca hacia la niebla y luego de nuevo a la joven aterrorizada que imploraba su ayuda. “Don Sebastián Aguirre es uno de nuestros principales benefactores.” dijo lentamente. El corazón de Francisca se hundió. Iba a rechazarla. iba a dejarla morir a las puertas del convento. Pero continuó la monja, ninguna riqueza puede comprar el deber cristiano de proteger a los inocentes.
Con esas palabras, abrió la pesada puerta de madera. Entra, hija, rápido. Francisca se deslizó al interior del convento, justo cuando las primeras siluetas de sus perseguidores emergían de la niebla. La monja cerró la puerta tras ella y corrió los pesados cerrojos. “Sígueme”, ordenó. “Te llevaré con la madre superiora.” Mientras seguía a la monja por los oscuros y silenciosos pasillos del convento, Francisca sentía un torbellino de emociones, alivio por haber escapado, dolor por la muerte de Juan, miedo por lo que le depararía el futuro, pero
sobre todo sentía una determinación renovada. había sobrevivido, tenía las pruebas y se aseguraría de que don Sebastián Aguirre pagara por sus crímenes, aunque fuera lo último que hiciera en esta vida. La madre superiora, una mujer de avanzada edad, pero con ojos agudos, que parecían ver directamente a través de Francisca, la recibió en su austera celda.
Escuchó en silencio el relato de la joven, examinando las páginas del diario con expresión impasible. Estas son acusaciones muy graves”, dijo finalmente don Sebastián Aguirre es un hombre poderoso con amigos en la audiencia y en el cabildo. “Lo sé, madre”, respondió Francisca, “pero estas son sus propias palabras escritas de su puño y letra.
Habla de mujeres que hizo desaparecer, de accidentes que él mismo provocó. ¿Y por qué te eligió a ti como su heredera?” Francisca bajó la mirada. Lo curé cuando estaba enfermo. Todos los demás lo habían abandonado, temiendo que fuera la peste. Él me vio como una nueva posesión, una nueva víctima. La madre superiora asintió lentamente.
Te quedarás aquí bajo nuestra protección hasta que este asunto pueda resolverse adecuadamente. Mañana enviaré estas páginas al obispo con una carta explicando la situación. Él decidirá cómo proceder. Y si don Sebastián viene a buscarme, tiene influencia incluso en la iglesia. Este convento es terreno sagrado”, respondió la madre superiora con firmeza.
Ni siquiera don Sebastián Aguirre se atrevería a violarlo. Y mientras estés dentro de estos muros, nadie puede obligarte a salir sin mi consentimiento. Por primera vez en lo que parecía una eternidad, Francisca sintió que podía respirar. No estaba a salvo. No completamente, pero al menos había encontrado un refugio temporal. Durante los días siguientes, el convento se convirtió en su fortaleza.
Las monjas la acogieron con una mezcla de curiosidad y compasión. Algunas la evitaban, temerosas de verse involucradas en un escándalo que afectaba a uno de los hombres más poderosos de la región. Otras, especialmente las más jóvenes, la bombardeaban con preguntas sobre el mundo exterior. Francisca se adaptó a la rutina del convento.
Oraciones al amanecer, trabajo en los huertos durante el día. más oraciones al anochecer. La vida era dura, pero ordenada, predecible. Y después del caos de los últimos meses, esa predictibilidad era un bálsamo para su espíritu atormentado. Una semana después de su llegada, recibió la noticia. Don Sebastián Aguirre había muerto.
Según los informes, su enfermedad había regresado con mayor virulencia, llevándoselo en cuestión de días. El padre Tomás había administrado los últimos sacramentos. La noticia debería haberle proporcionado alivio, pero Francisca sentía una inquietud que no podía explicar. Era realmente posible que don Sebastián hubiera muerto de forma natural justo cuando ella había escapado con pruebas que podrían destruirlo.
Sus sospechas se confirmaron cuando dos días después recibió una visita inesperada. Doña Leonor de Zúñiga, acompañada por un hombre mayor que Francisca no conocía, solicitó verla. La madre superiora permitió el encuentro, pero insistió en estar presente. “Ha sido muy valiente, Francisca”, dijo doña Leonor después de los saludos iniciales.
Y muy afortunada, pocos han desafiado a Sebastián Aguirre y vivido para contarlo. ¿Es cierto que ha muerto?, preguntó Francisca directamente. Doña Leonor y el hombre intercambiaron miradas. Sí no, respondió finalmente la viuda. Su cuerpo ha muerto ciertamente, pero las circunstancias permíteme presentarte a don Felipe Ortega, médico y viejo amigo mío.
El hombre se inclinó respetuosamente. Yo atendí a don Sebastián en sus últimos momentos. El padre Tomás me llamó con urgencia, diciendo que había recaído. Cuando llegué, encontré a un hombre muriendo con todos los síntomas de un envenenamiento agudo. Envenenamiento, repitió Francisca sintiendo un escalofrío.
¿Quién? Eso es lo que queremos averiguar, respondió doña Leonor. Los últimos días de Sebastián fueron caóticos. tu huida, la búsqueda frenética, los rumores que comenzaban a circular sobre las páginas robadas de su diario, tenía muchos enemigos y algunos de ellos podrían haber decidido que era el momento de actuar. ¿Por qué me cuentan esto?, preguntó Francisca confundida.
Ya no tengo nada que ver con don Sebastián ni con su hacienda. Doña Leonor sonrió levemente. Ahí es donde te equivocas, querida. Según el último testamento de Sebastián, redactado la mañana antes de su muerte, tú sigues siendo su heredera universal. La noticia cayó como un rayo sobre Francisca. ¿Qué? Pero si había ordenado matarme.
¿Por qué me mantendría como su heredera? Nadie lo sabe con certeza, respondió don Felipe. Quizás en sus últimos momentos experimentó un atisbo de remordimiento. O quizás, sabiendo que iba a morir, quiso asegurarse de que su fortuna no cayera en manos de quienes podrían haber causado su muerte. “No la quiero”, dijo Francisca firmemente.
“No quiero nada que haya pertenecido a ese hombre. Comprendo tu rechazo, dijo doña Leonor, pero piensa en esto. Con esa fortuna podrías hacer mucho bien. Podrías ayudar a tu pueblo, construir escuelas, hospitales. Podrías usar el dinero manchado de Sebastián para limpiar en parte el daño que hizo en vida. La idea era tentadora, pero Francisca no podía evitar sentir que había una trampa oculta.
¿Y ustedes qué ganan con esto? Doña Leonor sonríó. Perspicaz hasta el final. Tengo una propuesta para ti. Hay ciertas propiedades de Sebastián que siempre he querido adquirir. Si estás dispuesta a vendérmelas a un precio razonable, te ayudaré a navegar los complejos procedimientos legales necesarios para reclamar tu herencia. Sin mí te aseguro que los abogados y funcionarios te devorarán viva.
Era un trato pragmático, pero honesto en su franqueza. Francisca miró a la madre superiora buscando consejo. La anciana había permanecido en silencio durante toda la conversación, observando y escuchando. El dinero en sí no es malo, hija dijo finalmente. Es el uso que se le da a lo que determina su valor moral. Si decides aceptar esta herencia, podrías convertirla en un instrumento de bien.
Después de mucha reflexión, Francisca aceptó el trato, pero con una condición. Antes de reclamar oficialmente la herencia, se investigaría a fondo la muerte de don Sebastián Aguirre. Si se descubría que había sido asesinado, los culpables serían llevados ante la justicia, sin importar su posición o influencia. La investigación llevada a cabo discretamente por don Felipe y algunos aliados de confianza, reveló una verdad sorprendente.
Don Sebastián había sido envenenado, efectivamente, pero no por un enemigo externo. Las pruebas apuntaban a María, la criada que había permanecido en la hacienda durante su enfermedad. Cuando fue confrontada, María confesó sin remordimiento, vi lo que le hizo a Juana. Mi hermana pequeña”, dijo, la sedujo, la usó y cuando se cansó de ella, la hizo desaparecer.
Durante años esperé mi oportunidad de vengarla. Cuando Francisca escapó con las pruebas de sus crímenes, supe que era el momento. Estaba distraído, vulnerable. El veneno estaba en su vino, el mismo que bebía cada noche mientras planeaba nuevas atrocidades. La justicia en Nueva España en 1642 no era equitativa ni justa. María, una sirvienta indígena, habría sido ejecutada sumariamente por el asesinato de un español de la élite, sin importar las circunstancias o las motivaciones.
Pero Francisca, ahora dueña de la fortuna de don Sebastián, utilizó su nuevo poder para intervenir. Con la ayuda de doña Leonor y el padre Tomás, arregló para que María fuera enviada a un convento lejano en España bajo una identidad nueva. No era una absolución completa, pero al menos le daba una oportunidad de vivir.
Un año después de su huida desesperada de la hacienda, Francisca Hernández, ahora conocida como doña Francisca de Aguirre, había transformado su vida y la de muchos a su alrededor. Parte de la antigua hacienda se convirtió en un hospital para indígenas donde se combinaban los conocimientos medicinales tradicionales con la medicina europea.
otra parte se destinó a una escuela donde los niños indígenas podían aprender a leer y escribir herramientas que les darían más oportunidades en un mundo dominado por los españoles. Las páginas del diario de don Sebastián, la prueba que había arriesgado su vida por obtener, fueron entregadas finalmente al obispo. Aunque no hubo un proceso oficial contra la memoria de don Sebastián Aguirre, demasiados poderosos habrían sido salpicados por el escándalo.
Las páginas sirvieron para negociar protección para Francisca y sus proyectos. En cuanto a doña Leonor, cumplió su parte del trato. Adquirió varias propiedades de la herencia y se convirtió en una aliada leal, aunque siempre pragmática, de Francisca. Con el tiempo, las dos mujeres, tan diferentes en origen y educación, pero unidas por su experiencia con un hombre cruel, desarrollaron una amistad genuina.
Francisca nunca se casó. Su experiencia con don Sebastián le había dejado cicatrices emocionales profundas, una desconfianza hacia los hombres que nunca superó completamente, pero encontró satisfacción en su independencia, en la capacidad de decidir su propio destino y de ayudar a otros a mejorar sus vidas.
La historia de la indígena que curó al granjero y se volvió heredera, se convirtió en una leyenda en la región de Oaxaca. Con el tiempo los detalles se distorsionaron. Algunos se perdieron, otros se exageraron. Algunos decían que Francisca había hechizado a don Sebastián, otros que el espíritu de Isabel, su esposa muerta, había intervenido para protegerla.
Pero el núcleo de la historia permaneció. Una joven indígena que, enfrentada a un poder abrumador y a una maldad implacable, encontró la fuerza para sobrevivir, para buscar justicia y, finalmente, para transformar la tragedia en algo positivo. En una época y un lugar donde las mujeres, especialmente las indígenas, tenían pocas opciones y menos poder.
Francisca Hernández había desafiado las expectativas y reescrito su propio destino. Y en las noches oscuras, cuando el viento soplaba con fuerza entre los campos de maíz de Oaxaca, algunos juraban escuchar dos voces femeninas conversando. la voz tranquila y determinada de Francisca, la otra, el susurro agradecido de Isabel de Aguirre, finalmente en paz al ver que su asesino había recibido de alguna manera la justicia que merecía. M.
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