La Esclava Que Aprendió a Rezar Al Revés Para Maldecir al Cura Que La Compró: Hidalgo, 1712 

El viento azotaba con furia las estrechas calles empedradas de Pachuca, levantando nubes de polvo que se arremolinaban como espíritus inquietos. El año 1712 había comenzado con una sequía implacable que castigaba la región de Hidalgo, convirtiendo las tierras fértiles en páramos resecos y agrietados.

 La luz del atardecer bañaba de tonos anaranjados las paredes de adobe de las casas señoriales y los muros imponentes de la iglesia de San Francisco, proyectando sombras alargadas que parecían garras intentando aferrarse a cualquier transeunte desprevenido. Teresa observaba el paisaje desde la ventana estrecha del carruaje. Sus manos, cubiertas de cicatrices por los años de trabajo en los cañaverales de Veracruz.

 Temblaban ligeramente mientras sostenía el pequeño crucifijo de madera que su madre le había entregado antes de morir. A sus 22 años, su rostro ya mostraba las marcas del sufrimiento. Ojos hundidos que habían visto demasiado, labios apretados que guardaban secretos inconfesables. “Llegamos, padre Damián”, anunció el cochero deteniendo los caballos frente a una casa de dos pisos con un pequeño jardín interior.

 El padre Damián Salcedo, un hombre corpulento de unos 50 años, ajustó su sotana negra y descendió del carruaje. Su rostro, marcado por la viruela que había sobrevivido en su juventud, mostraba una expresión severa que contrastaba con la sonrisa forzada que dirigió a Teresa. “Baja ya, mujer”, ordenó, extendiendo una mano regordeta hacia ella. “Esta será tu nueva casa.

” Teresa obedeció en silencio, consciente de su nueva condición. El documento que la convertía en propiedad del sacerdote pesaba como plomo en el bolsillo de su falda raída, una esclava al servicio de Dios y de su representante en la tierra. Habían sido las palabras exactas utilizadas en la transacción.

 La casa olía a incienso y a humedad. Las paredes estaban decoradas con crucifijos tallados en madera oscura y pinturas religiosas que mostraban martirios sangrientos. Teresa sintió un escalofrío recorrer su espalda al ver la imagen de Santa Águeda con los pechos cercenados en una bandeja. “Doña Clemencia”, llamó el padre Damián y una mujer mayor de rostro afilado y ojos negros como carbones apareció desde la cocina.

 Esta es Teresa, la nueva sirvienta. Enséñale sus obligaciones y asegúrate de que entienda las reglas de esta casa. Doña Clemencia examinó a Teresa de pies a cabeza con mirada crítica. Sí, padre. Me encargaré de que aprenda rápido. Bien, estaré en mi estudio. No quiero interrupciones hasta la hora de la cena. Cuando el sacerdote desapareció por el pasillo, doña Clemencia agarró con fuerza el brazo de Teresa.

 Escúchame bien, susurró, acercando su rostro arrugado al de la joven. El Padre es un hombre santo, pero severo con quienes no cumplen sus expectativas. La última sirvienta se detuvo como si hubiera dicho demasiado. Simplemente haz lo que se te ordene, mantén la cabeza agachada y reza para que Dios te dé la fuerza necesaria.

 Teresa asintió, sintiendo como el miedo se instalaba en su estómago como una piedra fría. ¿Qué le pasó a la última sirvienta? Los ojos de doña Clemencia se oscurecieron aún más. pecó contra Dios y el Padre que disciplinarla. Ahora está en un convento pagando por sus transgresiones. La anciana hizo la señal de la cruz.

 Vamos, te mostraré la cocina y luego tu habitación en el sótano. El sótano era un espacio reducido y húmedo, con una pequeña ventana enrejada a ras del suelo que dejaba entrar una luz mortecina. Una cama estrecha con un colchón de paja, un baúl de madera y una guamanil comprendían todo el mobiliario. En la pared colgaba un crucifijo de metal oxidado.

 “Aquí dormirás”, indicó doña Clemencia. Levántate al amanecer para preparar el desayuno del Padre y acuéstate después de limpiar la cocina tras la cena. Los domingos acompañarás al Padre a la iglesia, donde te quedarás en la parte trasera con las demás sirvientas. Antes de que Teresa pudiera responder, escucharon pasos en la escalera.

 El padre Damián descendía lentamente con un libro grande encuadernado en cuero bajo el brazo. “Doña Clemencia, veo que ya le está mostrando sus aposentos”, dijo con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. “Déjenos solos, por favor. Quiero hablar con Teresa sobre la importancia de la obediencia y la piedad.

” La anciana se retiró con una reverencia, lanzando una mirada de advertencia a Teresa antes de desaparecer por la escalera. El silencio se hizo espeso en la habitación. Teresa podía escuchar los latidos de su propio corazón mientras el sacerdote colocaba el libro sobre el baúl y se sentaba en la cama haciendo crujir la estructura de madera.

 Ven, siéntate a mi lado”, ordenó palmeando el espacio junto a él. Teresa obedeció, manteniendo una distancia prudente que el sacerdote eliminó acercándose más a ella. “Teresa, ¿sabes por qué estás aquí? Para servir en su casa, Padre. Para servir a Dios a través de mí.” corrigió colocando una mano pesada sobre la rodilla de la joven. Tu alma está manchada por el pecado como la de todos los de tu condición.

 Pero aquí, bajo mi tutela, aprenderás el camino de la salvación. Los dedos del sacerdote se clavaron en la piel de Teresa, quien contuvo el impulso de apartarse. “Sí, Padre”, murmuró bajando la mirada. Mira este libro, dijo alcanzando el tomo encuadernado en cuero. Es un registro de pecados y penitenci.

 Cada transgresión tiene su castigo correspondiente. Abrió el libro y pasó las páginas amarillentas lentamente. Mentir, un día sin comida. Robar, 10 azotes. Desobedecer, ayuno de tres días. Impureza, su voz adquirió un tono más grave. La impureza requiere penitencias más profundas. Teresa sintió que el aire abandonaba sus pulmones cuando el sacerdote cerró el libro de golpe.

 “Esta noche rezaremos juntos”, anunció poniéndose de pie. Después de la cena vendrás a mi estudio. Necesito asegurarme de que conoces las oraciones correctamente. Tras la partida del sacerdote, Teresa se permitió llorar en silencio. Las lágrimas caían sobre el suelo de tierra apisonada, formando pequeños círculos oscuros que desaparecían rápidamente, como si la misma tierra quisiera ocultar su sufrimiento.

 Esta noche, después de servir una cena de carne estofada y vino tinto al padre Damián, Teresa fue conducida al estudio. La habitación estaba iluminada por velas de cera que proyectaban sombras danzantes sobre los estantes repletos de libros y los retratos de santos que decoraban las paredes. Arrodíllate”, ordenó el sacerdote señalando un reclinatorio de madera tallada frente a un altar pequeño con una imagen de la Virgen de los Dolores. Recita el Ave María.

 Teresa comenzó a recitar la oración con voz temblorosa. Cuando terminó, el padre Damián se situó detrás de ella. “Otra vez”, dijo, “pero esta vez con verdadera devoción.” Mientras Teresa repetía las palabras sagradas, sintió las manos del sacerdote sobre sus hombros, descendiendo lentamente por su espalda.

 “El Señor está contigo”, susurró el padre Damián en su oído con un aliento cálido que olía a vino. “Yo, como su siervo, debo guiarte hacia su luz.” Un ruido en la puerta interrumpió el momento. Doña Clemencia apareció con una expresión agitada. “Padre, disculpe la interrupción. Doña Catalina Mendoza ha enviado a su criado.

 Su hijo está gravemente enfermo y solicita su presencia urgentemente. El padre Damián se irguió visiblemente contrariado. Los Mendoza, sí, debo ir inmediatamente. Son benefactores importantes. Se volvió hacia Teresa. Continuaremos mañana con tu instrucción. Vete a tu habitación y reza por el alma del joven Mendoza.

 Cuando el sacerdote abandonó la casa, Teresa regresó a su sótano, donde encontró a doña Clemencia esperándola con una vela en la mano. “Niña”, dijo la anciana en voz baja, “ten cuidado, el padre tiene necesidades. La última muchacha no supo manejarlas y acabó mal. ¿Qué quiere decir? Doña Clemencia negó con la cabeza. Solo puedo advertirte.

No le des motivos para castigarte. Sus penitencias son severas. La mujer dejó una pequeña bolsa de tela sobre el baúl. Hierbas ayudarán a dormir sin sueños. Cuando Teresa quedó sola, sacó de entre sus ropas el pequeño crucifijo que había ocultado. Lo observó durante largo rato, recordando las palabras que su madre le había susurrado antes de morir.

 Hay oraciones que Dios escucha y oraciones que escuchan otros. Esa noche, mientras la luna llena proyectaba su luz plateada a través de la pequeña ventana enrejada, Teresa comenzó a susurrar el Ave María al revés, palabra por palabra, como le había enseñado una anciana en los cañaverales.

 No era brujería, le había asegurado la mujer, sino una forma de hablar con los espíritus de los ancestros cuando Dios parecía haberse olvidado de los suyos. María Ave”, murmuró Teresa con los ojos cerrados y el crucifijo apretado contra su pecho. “Gracia de llena, tic, señor”, el Un crujido en la escalera la hizo abrir los ojos de golpe.

 La silueta del padre Damián se recortaba contra la tenue luz que provenía del pasillo superior. “¿Qué estás haciendo, Teresa?”, preguntó con una voz que intentaba parecer amable, pero que no lograba ocultar un tono amenazante. Teresa ocultó rápidamente el crucifijo entre los pliegues de su vestido, rezando por el joven Mendoza, padre, como usted me ordenó.

 El sacerdote descendió los últimos escalones y se acercó a la cama. Escuché palabras extrañas. ¿Qué tipo de oraciones estaba recitando el Ave María, padre? respondió Teresa, sintiendo como el miedo secaba su garganta. El padre Damián la observó con suspicacia. El hijo de los Mendoza se recuperará, pero me temo que he visto algo preocupante en ti esta noche.

 Se sentó en el borde de la cama haciendo que Teresa se pegara a la pared. Hay oscuridad en tu alma, Teresa. Puedo sentirla y es mi deber como siervo de Dios, expulsarla. La mano del sacerdote se posó sobre la pierna de Teresa, quien contuvo la respiración. “Mañana comenzaremos con tu verdadera instrucción”, dijo, apretando con fuerza.

 Aprenderás a servir como es debido. Cuando el padre Damián finalmente se marchó, Teresa permaneció inmóvil durante largo tiempo, escuchando los sonidos nocturnos de la casa, el crujir de la madera, el ulular del viento colándose por las rendijas y un llanto lejano que no podía determinar si era real o producto de su imaginación aterrorizada.

 En ese momento, Teresa tomó una decisión. Si Dios no la escuchaba, buscaría a quienes sí lo hicieran. No sería la primera esclava en resistir, ni la primera mujer en rebelarse contra su destino impuesto. Sacó nuevamente el crucifijo y lo sostuvo frente a sus ojos. Luego, con determinación lo giró hasta que la figura de Cristo quedó boca abajo.

 No era un acto de herejía, se dijo a sí misma, sino de supervivencia. una nueva forma de oración para un nuevo propósito. “Perdóname, madre”, susurró mientras las primeras luces del alba comenzaban a filtrarse por la ventana enrejada. “Pero debo encontrar mi propio camino hacia la salvación.” Los días en la casa del padre Damián transcurrían con una rutina inflexible que Teresa aprendió rápidamente.

 Se levantaba antes del amanecer para encender el fuego en la cocina y preparar el chocolate caliente que el sacerdote tomaba cada mañana. Luego limpiaba la casa, lavaba la ropa, ayudaba a doña Clemencia con la preparación de las comidas. Y por las tardes, cuando el padre regresaba de sus obligaciones parroquiales, debía estar disponible para lo que él llamaba sesiones de instrucción espiritual.

Estas sesiones siempre tenían lugar en el estudio con la puerta cerrada y las cortinas echadas. El padre Damián le leía pasajes de la Biblia, especialmente aquellos relacionados con la obediencia y la sumisión. Mientras Teresa permanecía arrodillada en el reclinatorio durante horas hasta que sus piernas se entumecían y el dolor se volvía insoportable.

 “El dolor purifica el alma”, le explicaba el sacerdote observándola con una mezcla de satisfacción y algo más oscuro que Teresa prefería no identificar. Cada momento de sufrimiento te acerca más a la gracia divina. Pero había algo en la mirada del padre Damián, en la forma en que sus ojos se detenían en ciertas partes de su cuerpo, que hacía que Teresa sintiera un miedo vceral más profundo que cualquier temor que hubiera experimentado antes.

 Una tarde, mientras limpiaba el polvo de los estantes en la biblioteca, Teresa encontró un libro pequeño oculto detrás de los grandes tomos de teología. Estaba encuadernado en piel negra sin título en el lomo. La curiosidad pudo más que la prudencia y, aprovechando que estaba sola, lo abrió. Las páginas contenían dibujos anatómicos de mujeres desnudas junto con anotaciones en latín que no podía entender.

 Algunas páginas mostraban instrumentos que parecían diseñados para causar dolor. Látigos con múltiples correas, tenazas, hierros que recordaban a los usados para marcar el ganado. Teresa sintió náuseas al comprender que aquello no era un texto médico ni teológico, sino algo mucho más siniestro. ¿Qué haces? La voz de doña Clemencia la sobresaltó tanto que dejó caer el libro.

 La anciana se apresuró a recogerlo y tras una mirada rápida a la página abierta lo cerró con fuerza. Nunca jamás debes tocar los libros personales del Padre. dijo con una urgencia que traicionaba verdadero miedo. Si te hubiera encontrado él, ¿qué es ese libro? Preguntó Teresa, incapaz de contener su turbación. Doña Clemencia miró hacia la puerta, asegurándose de que estaban realmente solas.

 El padre tiene intereses particulares en el estudio de la carne y sus debilidades. Respondió en un susurro. En su juventud, antes de tomar los hábitos, estudió medicina en España. Dice que es necesario entender el cuerpo para poder salvar el alma. Esos instrumentos penitencias, cortó la anciana devolviendo el libro a su escondite para casos extremos de posesión demoníaca o tentación carnal.

 se santiguó rápidamente. Teresa, debes ser muy cuidadosa. El Padre ha mostrado un interés especial en tu salvación y eso puede ser peligroso. Esa noche, en la soledad de su sótano, Teresa volvió a practicar las oraciones invertidas. No solo el Ave María, sino también el Padre Nuestro y el Credo, susurradas en la oscuridad como un escudo invisible contra lo que presentía, se avecinaba.

Nuestro padre, cielos los enestas que un ruido en el pasillo superior la alertó. Rápidamente se metió en la cama y fingió dormir. Los pasos se detuvieron frente a la puerta del sótano, pero después de unos momentos de tensión continuaron alejándose. Teresa soltó el aliento que había estado conteniendo.

 Al día siguiente, mientras servía el desayuno, notó que el padre Damián la observaba con una intensidad inquietante. Teresa, dijo finalmente, limpiándose la boca con una servilleta de lino, hoy es un día importante. Comenzaremos con tu verdadera purificación. Teresa sintió que su corazón se aceleraba. Purificación, padre, he observado signos preocupantes en ti.

 Rebeldía, falta de verdadera contrición, pensamientos impuros. El sacerdote tomó un sorbo de chocolate. Esta tarde, después de vísperas, te esperaré en la capilla privada. Vendrás vestida solo con una túnica blanca que doña Clemencia te entregará. Teresa miró de reojo a la anciana que mantenía la vista fija en el suelo, como si quisiera desaparecer.

“Sí, padre”, respondió Teresa, sintiendo como el miedo se transformaba en una determinación fría y calculada. Mientras limpiaba los platos del desayuno, Teresa escuchó una conversación entre el padre Damián y doña Clemencia en el pasillo. Preparar la capilla como la última vez, decía el sacerdote.

 Asegúrese de que las cadenas estén bien fijadas y que el agua bendita sea abundante. Esta vez el demonio es más fuerte, más astuto. Padre, la voz de doña Clemencia sonaba temblorosa. ¿Estás seguro de que la muchacha está poseída? A mí me parece una joven obediente y no cuestione mi discernimiento. La voz del padre Damián se elevó con ira apenas contenida.

 He visto los signos, la he oído murmurar oraciones blasfemas en la oscuridad. El enemigo ha encontrado refugio en ella y es mi deber como soldado de Cristo expulsarlo. Teresa dejó de respirar por un momento. La había escuchado rezar al revés. Sabía que tenía que actuar rápido o correría la misma suerte que la anterior sirvienta, sea cual fuere su destino.

Cuando doña Clemencia entró en la cocina, sus ojos estaban enrojecidos. Teresa dijo en voz baja, escúchame bien, debes huir. Ahora, mientras el padre está ocupado con sus oraciones matutinas. Huir. Teresa la miró sorprendida. No esperaba ayuda de la anciana que siempre había parecido tan devota al sacerdote.

 “Sí, huir”, insistió doña Clemencia con una urgencia inusual. “Conozco esa mirada en sus ojos. La vi antes con Margarita, la muchacha anterior. Se acercó más, hablando casi contra el oído de Teresa. No está en ningún convento. El padre dijo que el demonio era demasiado fuerte y que no pudo salvarla. La enterraron en secreto de noche en tierra no consagrada.

 El horror de la revelación golpeó a Teresa como un puño físico. La mató. No directamente, respondió la anciana con lágrimas en los ojos. Fue el tratamiento, tres días de ayuno, flagelación y otras cosas que no quiero recordar. Al final, su corazón simplemente se detuvo. ¿Por qué me ayuda ahora? Ha dejado que esto ocurra antes doña Clemencia bajó la mirada avergonzada.

 Porque no puedo cargar con otra muerte en mi conciencia. ¿Por qué he visto cómo rezas cuando crees que nadie te observa y no veo maldad en ti, sino desesperación? La anciana sacó un pequeño monedero de entre sus ropas. No es mucho, pero te ayudará a llegar a la Ciudad de México. Tengo una sobrina allí en el barrio de la Mercede. La costurera. Dile que vas de mi parte.

Teresa tomó el monedero con manos temblorosas. Gracias. murmuró sintiendo una mezcla confusa de gratitud y desconfianza. Pero, ¿cómo saldré sin que me vea? El Padre estará en la iglesia hasta el mediodía. Yo diré que te he enviado al mercado para cuando note tu ausencia, ya habrás tomado distancia.

 El plan parecía demasiado simple, demasiado frágil. Teresa sabía que si la atrapaban, su castigo sería aún peor, pero quedarse significaba enfrentar un horror seguro esa misma tarde. Ve a tu habitación, recoge lo esencial y sal por la puerta trasera, continuó doña Clemencia. Sigue el camino hacia el sur. A mediodía de camino encontrarás una posta donde pasan las carretas que van a la capital.

 Teresa asintió y se dirigió rápidamente hacia las escaleras que llevaban al sótano. Pero antes de bajar se detuvo y miró a la anciana. ¿Por qué el padre hace esto? ¿Por qué compra esclavas para esto? Doña Clemencia cerró los ojos un momento, como si la pregunta le causara dolor físico. El padre Damián cree sinceramente que está salvando almas.

 En su mente retorcida piensa que expulsa demonios y purifica espíritus. Pero yo creo, bajó aún más la voz, creo que disfruta del poder, del dolor ajeno y usa la religión para justificarlo. Teresa descendió a su habitación con el corazón latiéndole en la garganta. recogió su crucifijo, un chal de lana que había traído consigo y el pequeño saquito de hierbas que doña Clemencia le había dado para dormir.

 No tenía nada más que pudiera llamar propio. Cuando estaba a punto de salir, notó algo bajo su almohada, un pequeño libro envuelto en un pañuelo de seda. Lo desenvolvió con cuidado y vio que era un devocionario. Pero al abrirlo descubrió que entre sus páginas se ocultaban hojas escritas a mano con oraciones que nunca había visto en la iglesia.

 Oraciones antiguas, algunas en lenguas indígenas, otras mezclando el español con palabras que no reconocía. Un regalo, decía una nota escrita con letra temblorosa. Para protección, úsalo con sabiduría. C. Teresa guardó el libro entre sus ropas y subió sigilosamente las escaleras. La casa parecía vacía y silenciosa.

 En la cocina tomó un pequeño cuchillo que ocultó en su cinturón y un pan que envolvió en un paño. Estaba a punto de salir por la puerta trasera cuando escuchó la voz del padre Damián proveniente del estudio. No había ido a la iglesia como doña Clemencia había asegurado. Teresa se quedó paralizada. con la mano en el picaporte.

Completamente inusual, decía el sacerdote. El obispo vendrá la próxima semana para presenciar el exorcismo. Le he hablado de mis métodos y está ansioso por verlos en acción. Teresa no podía escuchar a su interlocutor, pero por el tono de la conversación parecía que el padre Damián estaba hablando con alguien importante.

 Por supuesto, la muchacha es solo una esclava, pero el demonio no discrimina. A veces, incluso, prefiere los recipientes más humildes para sus obras. Un escalofrío recorrió la espalda de Teresa. No solo planeaba someterla a torturas bajo el pretexto de un exorcismo, sino que iba a convertirlo en un espectáculo para impresionar al obispo.

 La puerta del estudio se abrió de repente. Teresa apenas tuvo tiempo de esconderse detrás de una cortina cuando el padre Damián y un hombre vestido con ropas elegantes salieron al pasillo. Aseguro, don Alonso, que será una experiencia edificante”, continuaba el sacerdote. “Mis métodos son poco ortodoxos, lo admito, pero efectivos. He salvado muchas almas que otros habrían condenado como casos perdidos.

 Confiamos en su juicio, padre”, respondió el hombre. El obispo está particularmente interesado en sus técnicas de persuasión física. Hay demasiada indulgencia estos días, demasiada laxitud moral. Los dos hombres se dirigieron hacia la puerta principal. Teresa los escuchó salir y luego el sonido de un carruaje alejándose era su oportunidad.

 Salió de su escondite y se dirigió rápidamente hacia la puerta trasera. Pero cuando la abrió, se encontró cara a cara con doña Clemencia. “Teresa!”, exclamó la anciana visiblemente sorprendida. Pensé que ya te habías ido. Miró por encima del hombro de la joven hacia el interior de la casa. El padre ha salido, pero volverá pronto. Debes apresurarte.

Teresa dudó. La conversación que acababa de escuchar había sembrado sospechas en su mente. Y si todo era una trampa y si doña Clemencia, lejos de ayudarla, solo estaba cumpliendo órdenes del sacerdote para probar su obediencia. Voy al mercado, como usted dijo, respondió cautelosamente. A comprar especias para la cena.

 Una sombra de comprensión cruzó el rostro de la anciana. No confías en mí”, dijo, “no como una pregunta, sino como una constatación. Y tienes razón en ser prudente, pero te estoy diciendo la verdad, Teresa. Tienes que irte ahora. El padre ha ido a la casa de don Alonso Mendoza para discutir los preparativos del evento de esta tarde.

 Regresará antes del mediodía.” Algo en la urgencia de doña Clemencia convenció a Teresa. Asintió brevemente y pasó junto a la anciana, dirigiéndose hacia el camino que conducía al sur, tal como le había indicado. “Que Dios te proteja”, susurró doña Clemencia a sus espaldas. Dios nos ha olvidado hace tiempo, respondió Teresa sin volverse, apretando el paso.

El sol de media mañana caía implacable sobre los campos resecos que rodeaban Pachuca. Teresa caminaba con la cabeza cubierta por el chal, intentando no llamar la atención de los pocos viajeros que pasaban en dirección contraria. Cada vez que escuchaba el sonido de cascos o ruedas, se ocultaba entre la vegetación que bordeaba el camino, temiendo que fuera el padre Damián en su búsqueda.

Después de varias horas de camino, sus pies comenzaron a sangrar dentro de las sandalias de cuero gastado. El hambre y la sed la atormentaban, pero no se atrevía a detenerse. La posta que doña Clemencia había mencionado no aparecía y Teresa comenzó a temer que la hubiera enviado en la dirección equivocada deliberadamente.

Cuando el sol comenzaba a descender, llegó a un cruce de caminos donde se alzaba una cruz de piedra cubierta de musgo. Se dejó caer a su sombra agotada y bebió las últimas gotas de agua de la cantimplora que había llenado antes de partir. Señor”, murmuró mirando la cruz. “si aún me escuchas, muéstrame el camino.

” Como respondiendo a su plegaria, escuchó el ruido de una carreta acercándose. Teresa se incorporó rápidamente, dispuesta a ocultarse de nuevo, pero algo la detuvo. La carreta estaba conducida por una mujer indígena de mediana edad que viajaba sola con un cargamento de vasijas de barro. La mujer detuvo la carreta junto a Teresa y la observó con ojos oscuros y penetrantes.

¿Hacia dónde vas, muchacha?, preguntó en un español marcado por un acento que Teresa no pudo identificar. “A Ciudad de México”, respondió Teresa, dubitativa. La mujer la examinó de pies a cabeza, deteniéndose en sus pies ensangrentados y en su rostro quemado por el sol. Subes”, dijo finalmente, señalando el espacio junto a ella en el pescante.

“Voy a Actopan, a medio camino de México. ¿Puedes acompañarme hasta allí?” Teresa dudó solo un instante antes de subir a la carreta. El alivio de no tener que seguir caminando superaba cualquier recelo. “Gracias”, dijo mientras la mujer hacía chasquear la lengua para poner en marcha a los bueyes. “Me llamo Teresa.

” La mujer asintió sin mirarla. “Yo soy Shitle y sé quién eres, Teresa, la esclava que huyó de la casa del padre Damián.” Teresa sintió que el corazón se le detenía. “¿Cómo? Las noticias vuelan”, respondió Shitel con una sonrisa enigmática, especialmente las que involucran al padre Damián. “Es un hombre inconocido en la región.

 ¿Va a entregarme?”, preguntó Teresa, preparándose para saltar de la carreta en movimiento si era necesario. Shochitl soltó una risa breve y áspera. “¿Entregarte?” “No, hija, voy a ayudarte.” El padre Damián, su rostro se ensombreció. Tiene muchas cuentas pendientes con mi gente. No eres la primera que huye de él, aunque sí la primera que lo hace con vida.

 Teresa sintió un escalofrío. Conoció a Margarita. Los ojos de Shitle se llenaron de tristeza. Mi sobrina, respondió en voz baja. La vendieron al padre cuando tenía 16 años. Duró tr meses bajo su techo. Cuando la encontraron, su cuerpo estaba Se detuvo, incapaz de continuar. “Lo siento”, murmuró Teresa, sintiendo que las lágrimas le picaban en los ojos.

Viajaron en silencio durante un rato, mientras el sol descendía hacia el horizonte, tiñiendo el paisaje de tonos rojizos y dorados. Finalmente, Shitl habló de nuevo. “¿Tienes familia en México?” Teresa negó con la cabeza. Solo el nombre de una mujer, Inés Valverde, sobrina de doña Clemencia, la ama de llaves del padre.

 Shochitl frunció el ceño. Doña Clemencia, ¿te ayudó a escapar? Sí, me dio dinero y me dijo cómo llegar a México. La mujer indígena guardó silencio como si estuviera considerando esta información. Es extraño dijo finalmente doña Clemencia. Siempre ha sido como la sombra del padre Damián. Algunos dicen que es su madre, aunque él nunca lo ha reconocido.

 Esta revelación sorprendió a Teresa, su madre, pero ella lo trata con tanta deferencia, casi con miedo. Miedo, sí. Asintió Shochitl. Miedo es lo que tiene, porque conoce mejor que nadie la verdadera naturaleza de su hijo. Giró la cabeza para mirar directamente a Teresa y ahora parece que intenta redimirse ayudándote. Interesante.

 El camino se volvía cada vez más solitario a medida que se adentraban en una zona de colinas bajas cubiertas de vegetación seca. Teresa comenzó a sentirse inquieta. “Falta mucho para Acto Pan. Llegaremos al anochecer”, respondió Shitl, “pero no iremos al pueblo. Tengo una casa en las afueras donde estará segura esta noche.

Mañana decidiremos qué hacer.” Teresa asintió, aunque una parte de ella seguía alerta. Confiaba en Schochitel más de lo que había confiado en doña Clemencia, pero la experiencia le había enseñado a ser cautelosa. A medida que la oscuridad descendía sobre el camino, Teresa sacó el pequeño devocionario que había encontrado bajo su almohada y lo abrió a la escasa luz del atardecer.

 Las oraciones manuscritas la intrigaban. Algunas parecían católicas, pero con palabras cambiadas, invertidas o sustituidas por términos indígenas. Schitle observó el libro con interés. “Un libro de oraciones,” comentó, “pero no oraciones comunes. Doña Clemencia lo dejó para mí”, explicó Teresa. Dijo que era para protección.

 “Bu, protección”, repitió Sochitlle con una sonrisa enigmática. Sí, eso es oraciones de protección, pero no dirigidas al Dios de los españoles, sino a los antiguos dioses de esta tierra. Dioses que nunca nos han abandonado, aunque hayan intentado borrarlos. Teresa cerró el libro repentinamente inquieta. No soy bruja, dijo con firmeza.

 Solo una mujer que intenta sobrevivir. Bruja. Shochitle soltó una carcajada que resonó en el silencio del camino. Esa es una palabra que ellos usan para las mujeres que no pueden controlar para las que se atreven a pensar por sí mismas. Hizo una pausa observando el horizonte. No, Teresa, no eres una bruja.

 Eres una mujer que ha aprendido que a veces para sobrevivir hay que hablar con dioses que otros han olvidado. La casa de Shitl era una construcción sencilla de adobe con techo de paja ubicada en un claro rodeado de árboles de mezquite. A pesar de su apariencia modesta, el interior estaba sorprendentemente limpio y ordenado, iluminado por velas de cera amarilla que desprendían un aroma dulce y herbáceo.

“Siéntate”, indicó Schochitle, señalando una estera tejida junto al fogón central. Prepararé algo de comer. Teresa obedeció, observando con curiosidad los objetos que decoraban las paredes. Manojos de hierbas secas colgando de las vigas, pequeñas figuras talladas en madera y lo que parecían ser máscaras ceremoniales de distintos tamaños y formas.

 En un altar ubicado en un rincón, varias velas ardían frente a una extraña combinación de imágenes, un crucifijo de madera oscura, una pequeña estatua de la Virgen María y junto a ellas figuras de piedra que claramente no pertenecían a la iconografía cristiana. Schitl notó su mirada. Los dioses no son enemigos entre sí”, comentó mientras removía una olla que había puesto al fuego.

 “Solo los hombres los hacen combatir.” “El padre Damián diría que eso es herejía”, respondió Teresa, aunque sin tono de reproche. “El padre Damián dice muchas cosas.” Soochitl sirvió un cuenco de caldo humeante y se lo pasó a Teresa, pero sus acciones hablan más fuerte que sus palabras. Come, necesitas recuperar fuerzas.

 El caldo tenía un sabor intenso y reconfortante, con hierbas que Teresa nunca había probado antes. Comió con avidez, dándose cuenta de lo hambrienta que estaba. ¿Qué vas a hacer ahora?, preguntó Shchitl cuando Teresa terminó de comer. Seguir hacia México como planeaba, buscar a Inés Valverde y pedirle trabajo o al menos refugio hasta que pueda encontrar mi propio camino.

Shochitl negó con la cabeza. No es seguro. El padre Damián tiene contactos en la capital. Además, si doña Clemencia te envió allí, podría ser una trampa. ¿Por qué me ayudaría para luego traicionarme? para probar tu fe, tu obediencia o quizás para darte una falsa sensación de libertad antes de que te capturen.

 No sería la primera vez que juega con sus víctimas de esa manera. Teresa sintió un escalofrío. Entonces, ¿qué sugiere que haga? Quédate aquí unos días, descansa, recupera fuerzas. Luego te llevaré a un lugar donde el padre Damián nunca te encontrará. ¿Por qué me ayuda?”, preguntó Teresa, mirándola directamente a los ojos. “Apenas me conoce.” Shitle sostuvo su mirada.

“Porque vi en tus ojos lo mismo que vi en los ojos de mi sobrina, un espíritu que se niega a ser quebrantado. Porque cada mujer que escapa de hombres como el padre Damián es una victoria para todas nosotras.” hizo una pausa. Y porque tienes algo especial, Teresa, algo que te permitió sobrevivir donde otras perecieron.

 ¿Qué cosa? El don de ver más allá de las máscaras, de reconocer el mal, aunque se vista con ropas sagradas. Shochitl señaló el pequeño devocionario que Teresa había dejado sobre la estera y el coraje de buscar protección en lugares que otros temerían explorar. Esa noche Teresa durmió profundamente por primera vez en mucho tiempo, arropada en mantas tejidas con lana de borrego y arrullada por el canto de los grillos que llegaba desde fuera.

 No tuvo pesadillas, sino un sueño extraño, pero no amenazante. Se veía a sí misma de pie en el centro de un círculo de mujeres que cantaban en una lengua que no entendía. En el sueño no sentía miedo, sino una extraña sensación de pertenencia, como si hubiera encontrado finalmente su lugar. Al amanecer fue despertada por el sonido de voces.

 se incorporó rápidamente, alerta, recordando de golpe dónde estaba y los eventos del día anterior. “Buscándola por todas partes”, decía una voz masculina en un tono bajo y urgente. “Han ofrecido una recompensa.” “¿Cuánto?”, preguntó la voz de Schitle. 50 pesos. Una fortuna. Dicen que la esclava robó objetos sagrados de la iglesia y que está poseída por el demonio.

 Teresa contuvo la respiración, temiendo que la descubrieran. se acercó sigilosamente a la puerta entreabierta que separaba la habitación principal de la pequeña alcoba donde había dormido. Shitl estaba de pie junto al fogón hablando con un hombre joven vestido con ropas de campesino. A pesar de su atuendo humilde, sus rasgos finos y la cadencia de su habla revelaban un origen que no era indígena ni campesino.

“Mentiras”, respondió Schitle con firmeza. El padre Damián intenta justificar sus propios pecados acusando a otros de estar poseídos. No es la primera vez. Lo sé, asintió el joven, pero esta vez cuenta con el apoyo del obispo. Han enviado hombres a todos los caminos. Revisan cada casa, cada granja. Es cuestión de tiempo antes de que lleguen aquí.

 Teresa sintió que el miedo le oprimía el pecho. No había escapatoria. la atraparían y la devolverían al padre Damián, quien ahora tendría una excusa perfecta para someterla a los horrores que había planeado para ella. No la encontrarán, afirmó Sochitel con una seguridad que sorprendió a Teresa. Tengo un plan, pero necesitaré tu ayuda, Manuel.

 Ya ves que puedes contar conmigo respondió el joven, que Teresa ahora suponía era Manuel. Después de lo que le hizo a Margarita. Entonces escucha con atención. Shochitel bajó aún más la voz, obligando a Teresa a acercarse más a la puerta para escuchar. Esta noche, cuando la luna esté en lo alto, traerás tu carreta aquí cubierta como si transportaras mercancías.

 Llevarás a Teresa al río de las ánimas, donde Tomás los esperará con la barca. Él la llevará río abajo hasta el poblado de Santa María. donde vive mi hermana, allí estará segura hasta que podamos hacer otros arreglos. Es peligroso, objetó Manuel. Los caminos están vigilados. Por eso irás tú, replicó Shchitl. Nadie sospecha del hijo del ascendado don Francisco.

 Dirás que llevas mercancías para vender en el mercado de Actopan. Teresa se sorprendió al escuchar esto. El joven era hijo de un hacendado. ¿Por qué arriesgaría su posición para ayudar a una esclava fugitiva? ¿Y si nos detienen y registran la carreta? Teresa irá oculta en un compartimento secreto bajo el piso. Ni siquiera el más meticuloso de los guardias lo encontrará.

 Manuel pareció considerar el plan durante un momento. Bien, dijo finalmente, “Volveré esta noche cuando la luna esté en su punto más alto.” Cuando el joven se marchó, Teresa salió de su escondite. “Lo escuché todo”, admitió. “Es demasiado peligroso. No quiero poner en riesgo a más personas.” Shotchitló con una mezcla de compasión y determinación.

 No es tu decisión, Teresa. Ya está en marcha. ¿Por qué ese joven, el hijo de un ascendado, arriesgaría todo por mí? La mirada de Shitle se ensombreció. Manuel tenía una hermana menor, Josefina, hermosa, inteligente, apenas 15 años. El padre Damián la seleccionó para instruirla personalmente en los misterios de la fe. Hizo una pausa como reuniendo fuerzas para continuar.

 Después de seis meses, la devolvió a su familia diciendo que había alcanzado un estado de gracia tal que necesitaba recluirse del mundo. Pero la niña ya no hablaba, apenas comía y tenía el cuerpo cubierto de cicatrices. Se arrojó al río un mes después. Teresa sintió náuseas y su familia no hizo nada.

 ¿Qué podían hacer? acusar a un sacerdote respetado, amigo personal del obispo. Don Francisco intentó buscar justicia a través de los canales oficiales, pero solo consiguió ser amenazado con la excomunión. Schchitl suspiró profundamente. Desde entonces, Manuel ha dedicado su vida a ayudar a quienes sufren bajo el yugo de hombres como el padre Damián.

 No es el único, Teresa. Hay toda una red de personas que trabajan en silencio, ayudándose mutuamente. Durante el resto del día, Shochit y Teresa se prepararon para el viaje nocturno. La mujer indígena le enseñó a Teresa algunas oraciones en Nahwatle, explicándole su significado y poder. No son conjuros ni hechicerías, aclaró Shchitl.

 Son formas antiguas de hablar con lo sagrado, de conectar con fuerzas que están dentro y fuera de nosotras. También le dio a Teresa un amuleto tallado en piedra verde que representaba a una mujer con los brazos cruzados sobre el pecho. “Tonansin”, explicó nuestra madre tierra. Los españoles la llaman Guadalupe ahora, pero es la misma fuerza, el mismo espíritu protector.

Llévala contigo siempre. A medida que caía la noche, Teresa sentía una mezcla de ansiedad y determinación. Había sobrevivido hasta ahora. Había escapado de la casa del padre Damián y había encontrado ayuda inesperada. Quizás, después de todo, había un plan mayor para ella, un destino que aún no podía vislumbrar.

 Cuando escucharon el sonido de la carreta aproximándose, Shitle se levantó rápidamente. Es hora dijo entregándole a Teresa un pequeño bulto con provisiones. Recuerda todo lo que te he enseñado y sobre todo recuerda que no estás sola. Manuel entró en la casa con paso apresurado. Debemos darnos prisa dijo visiblemente nervioso. Hay patrullas en el camino principal.

Tendremos que tomar la ruta por el bosque. Shitl asintió y condujo a Teresa hacia la carreta. Tal como había dicho, había un compartimento oculto bajo el piso entre dos vigas de madera. Es estrecho, advirtió Manuel. Pero seguro permanecerás allí hasta que lleguemos al río.

 Será un viaje incómodo, pero corto si todo va bien. Teresa se introdujo en el espacio reducido que apenas le permitía moverse. Olía a tierra húmeda y a especias, probablemente de transportes anteriores. “Que los dioses te protejan”, susurró Schitle antes de que Manuel cerrara la trampilla. El viaje fue tan incómodo como Manuel había advertido.

 Cada bache en el camino hacía que Teresa se golpeara contra las duras tablas de madera. El aire era escaso y caliente y pronto comenzó a sentir que le faltaba el aliento. Para mantener la calma, recitó en silencio las oraciones que Xchitl le había enseñado, concentrándose en la cadencia de las palabras extrañas. De repente la carreta se detuvo.

 Teresa contuvo la respiración aguzando el oído para escuchar lo que sucedía fuera. “Buenas noches, joven Manuel”, dijo una voz desconocida. “¿Qué lo trae por estos caminos a estas horas?” “Llevo mercancías para el mercado de mañana en acto pan”, respondió Manuel con una naturalidad que impresionó a Teresa. “Quiero llegar antes del amanecer para conseguir un buen puesto.” Mercancías.

 ¿Qué tipo de mercancías? Telas, capitán, telas finas de la hacienda de mi padre y algunos fardos de especias. Tendremos que revisar, me temo. Buscamos a una fugitiva, una esclava que ha robado objetos sagrados de la iglesia. Teresa sintió que su corazón se aceleraba tanto que temía que pudieran escucharlo. “Por supuesto, capitán”, respondió Manuel con tono cooperativo, aunque le aseguro que solo llevo lo que le he dicho.

 Se escucharon pasos alrededor de la carreta y luego el sonido de manos apartando telas y moviendo objetos. “¿Qué hay bajo este piso?”, preguntó la voz del capitán. Hubo un momento de silencio que a Teresa le pareció eterno. “Nada, capitán”, respondió finalmente Manuel. “Solo las vigas que sostienen la carreta”. Mm. El hombre pareció dudar.

Este compartimento parece demasiado elevado para ser solo un piso. Es una carreta especial diseñada para proteger las mercancías valiosas del agua en caso de lluvias o al cruzar ríos, explicó Manuel. Mi padre la mandó construir después de perder un cargamento completo en una tormenta el año pasado. Se produjo otro silencio durante el cual Teresa contuvo la respiración hasta sentir que los pulmones le ardían.

 Bien, dijo finalmente el capitán. Puede continuar, joven Manuel, pero tenga cuidado. Esa mujer que buscamos es peligrosa. Dicen que practica brujería y que ha hechizado a varios hombres. para que la ayuden en su huida. Estaré atento, capitán, y gracias por su servicio en la protección de nuestros caminos.

 La carreta se puso en movimiento nuevamente. Teresa esperó varios minutos antes de atreverse a soltar el aire contenido en sus pulmones, temiendo que incluso eso pudiera delatarla. Después de lo que pareció una eternidad, la carreta volvió a detenerse. Esta vez escuchó el sonido del agua cercana y el crujido de ramas bajo las ruedas.

 “Hemos llegado”, susurró la voz de Manuel cerca del compartimento. “Voy a abrir la trampilla.” Cuando la tabla se levantó, Teresa parpadeó ante la tenue luz de una lámpara de aceite. El aire fresco nunca le había parecido tan dulce. Rápido! Urgió Manuel, ayudándola a salir. Tomás nos espera en la orilla. Teresa emergió a la luz plateada de la luna.

 Estaban en un pequeño claro junto a un río que fluía silenciosamente, sus aguas negras reflejando el cielo estrellado. A unos metros de distancia, un hombre de avanzada edad esperaba junto a una barca pequeña y desgastada. “Esta es Teresa”, dijo Manuel guiándola hacia la embarcación. Tomás te llevará río abajo hasta Santa María.

 Allí estarás segura al menos por un tiempo. Gracias, murmuró Teresa, consciente de que las palabras eran insuficientes para expresar su gratitud. Arriesgaste mucho por mí. Manuel la miró con intensidad. No lo hice solo por ti, lo hice por Josefina, por Margarita, por todas las que no pudimos salvar.

 Tomó la mano de Teresa y depositó en ella una pequeña bolsa que tintineó con el sonido de monedas. Esto te ayudará a empezar una nueva vida lejos de aquí. No puedo aceptarlo protestó Teresa intentando devolverle la bolsa. Debes hacerlo insistió Manuel. Donde vas necesitarás recursos para sobrevivir y a mí no me falta nada.

 Tomás carraspeó discretamente. Debemos irnos. La marea está bajando y será más difícil navegar si esperamos más. Teresa asintió y subió a la barca que se balanceó precariamente bajo su peso. “Una última cosa”, dijo Manuel entregándole un pequeño paquete envuelto en tela. “Ábrelo cuando llegues a tu destino.

” Tomás empujó la barca con un remo largo y comenzaron a deslizarse silenciosamente por las aguas. Teresa miró hacia atrás, viendo como la figura de Manuel se empequeñecía en la distancia hasta que el recodo del río lo ocultó por completo. El viaje por el río fue tranquilo, pero tenso. Tomás apenas hablaba, concentrado en guiar la barca por el cauce que en la oscuridad parecía lleno de peligros invisibles.

 De vez en cuando el hombre levantaba la cabeza y olfateaba el aire como si pudiera detectar amenazas por el olor. “¿Cuánto falta para llegar?”, preguntó Teresa después de varias horas de navegación. “Llegaremos al amanecer si los espíritus del río no son favorables,”, respondió Tomás hablando por primera vez en mucho tiempo.

 Su voz era grave y áspera, como si no la usara con frecuencia. Descansa mientras puedas. Necesitarás tus fuerzas para lo que viene. ¿Qué quieres decir? ¿Qué viene? Tomás la miró con ojos que parecían reflejar la sabiduría de muchos años. La libertad no es solo la ausencia de cadenas, niña. Es el comienzo de una lucha diferente, más dura en algunos aspectos, pero al menos ahora será tu propia lucha, no la impuesta por otros.

Teresa asintió, comprendiendo la profundidad de sus palabras. Se envolvió en la manta que Sochitel le había dado y se recostó en el fondo de la barca, observando el cielo estrellado. Por primera vez en mucho tiempo sintió que podía permitirse un momento de esperanza. Sin embargo, mientras la barca se deslizaba por las aguas oscuras, no podía evitar pensar en lo que había dejado atrás, en el padre Damián, en sus sesiones de instrucción, en el libro de instrumentos de tortura disfrazados de herramientas de exorcismo. Cuántas mujeres habían

sufrido bajo sus manos antes que ella. ¿Cuántas sufrirían después? Y había otra pregunta que la atormentaba. ¿Por qué doña Clemencia la había ayudado realmente? Si era verdad lo que Shochit le había dicho, que era la madre del padre Damián, que la había movido a ayudar a Teresa a escapar, ¿remordimiento, redención o algo más siniestro? Con estas preguntas dando vueltas en su mente, Teresa finalmente cedió al agotamiento y se quedó dormida, arrullada por el suave balanceo de la barca y el murmullo constante del agua.

Despertó sobresaltada cuando la barca chocó suavemente contra la orilla. El cielo comenzaba a aclararse en el este, tiñiendo las nubes de tonos rosados y dorados. Habían llegado a un pequeño embarcadero de madera. junto al cual se alzaba un pueblo de casas bajas con techos de paja. “Santa María”, anunció Tomás amarrando la barca a un poste, hogar de pescadores, campesinos y personas que prefieren no ser encontradas.

 Teresa descendió de la embarcación con las piernas entumecidas por el viaje. El aire olía a humo de leña y a pescado, y a lo lejos se escuchaba el canto de un gallo saludando al nuevo día. “La casa de Sitlali está al final de esa calle”, indicó Tomás señalando un camino de tierra que se adentraba en el pueblo. “Es la hermana de Xochitl.

 ¿Te está esperando? ¿No vienes conmigo?”, preguntó Teresa repentinamente ansiosa ante la perspectiva de quedarse sola en un lugar desconocido. “Mi lugar está en el río”, respondió Tomás con una sonrisa cansada. “Además, tengo otros viajeros que necesitan mi ayuda.” Metió la mano en una bolsa de cuero que llevaba al cinto y extrajo un pequeño objeto que entregó a Teresa.

 Un recuerdo del viaje y una protección. Era una piedra pulida por el agua con un agujero natural en el centro, sencilla pero hermosa, como un ojo que hubiera visto el paso de incontables años. “Gracias”, dijo Teresa guardando la piedra junto al amuleto que le había dado Shitlle. “Ve con cuidado.” Fue la despedida de Tomás mientras volvía a su barca.

 Y recuerda, las aguas del río nunca son las mismas, aunque el río lo sea. Así es también con las personas. Podemos cambiar nuestro curso sin cambiar quiénes somos en esencia. Con estas enigmáticas palabras resonando en su mente, Teresa se adentró en el pueblo de Santa María hacia lo que esperaba sería el comienzo de una nueva vida.

 Pero mientras caminaba, no podía evitar la sensación de que el pasado no había terminado con ella, que de alguna manera el padre Damián seguía allí como una sombra alargada que ni siquiera la distancia podía disipar completamente. La casa de Sitlali estaba ubicada en el extremo más alejado del pueblo, casi oculta entre árboles frondosos y enredaderas que trepaban por sus muros de adobe.

 A diferencia de las demás viviendas de Santa María, esta parecía deliberadamente diseñada para pasar desapercibida, con pequeñas ventanas cubiertas por esteras tejidas y una puerta baja que obligaba a agacharse para entrar. Teresa llamó suavemente, sintiendo el peso de la incertidumbre. Y si Sitlali no la esperaba realmente, y si todo había sido una trampa elaborada, un camino circular que la llevaría de vuelta al padre Damián.

 Sus temores se disiparon cuando la puerta se abrió y apareció una mujer que era el reflejo de Shochitlle, aunque con el cabello completamente blanco y arrugas más profundas surcando su rostro cobrizo. “Teres”, dijo la mujer con una voz suave pero firme. “Te esperábamos. Entra rápido. El interior de la casa era sorprendentemente espacioso y estaba iluminado por la luz que se filtraba a través de aberturas estratégicamente ubicadas en el techo.

 Un aroma a hierbas secas y copal impregnaba el ambiente mezclándose con el olor a masa de maíz y chile tostado. En un rincón junto a un telar cintura, una niña de unos 12 años levantó la mirada con curiosidad. Soy Sitlali, se presentó la mujer. Y esta es mi nieta Yolotle. Mi hermana me avisó de tu llegada con los susurros del viento.

Teresa arqueó una ceja confundida. Los susurros del viento. Sitlali sonró revelando dientes sorprendentemente blancos y parejos para una mujer de su edad. es lo que llamamos a nuestro sistema de mensajes. Tenemos personas que recorren los caminos aparentemente como mercaderes o viajeros, pero que en realidad llevan noticias de un poblado a otro.

 Hizo un gesto hacia una mesa baja donde humeaba un cuenco de atole. Come, debes estar hambrienta después del viaje. Teresa aceptó agradecida el alimento y se sentó en una estera tejida. La niña Yolotle se acercó cautelosamente y se sentó frente a ella, observándola con ojos oscuros e intensos. ¿Es cierto que escapaste de un sacerdote malo? Preguntó la niña ignorando la mirada de advertencia de su abuela.

 Jootlle, no molestes a nuestra invitada, reprendió suavemente Sitlali. Teresa necesita descansar. No importa, intervino Teresa, ofreciendo una sonrisa cansada a la pequeña. Sí, escapé de un hombre que usaba el manto de la religión para hacer cosas terribles. ¿Cómo qué? insistió Jolotl con la curiosidad propia de su edad, cosas que ningún hombre, sacerdote o no, debería hacer jamás a otra persona, respondió Teresa, sin querer entrar en detalles que pudieran perturbar a la niña, pero ahora estoy aquí y estoy a salvo.

 Por el momento, acotó Sitlali con un tono que hizo que Teresa sintiera un escalofrío. Padre Damián no es de los que se rinden fácilmente, especialmente cuando se trata de alguien que conoce sus secretos. ¿Crees que me encontrará aquí? Sitlali negó con la cabeza. Santa María es un lugar seguro. Muchos de los que vivimos aquí tenemos razones para mantenernos alejados del mundo exterior.

Nos protegemos mutuamente, hizo una pausa como considerando sus siguientes palabras. Pero no puedes quedarte para siempre. Eventualmente tendrás que decidir si huir más lejos o o qué o enfrentarlo, concluyó Sidlali con una mirada que parecía traspasar a Teresa y ver algo en su interior que ni ella misma conocía.

 Esa noche, después de un baño con agua caliente y hierbas aromáticas que le devolvió parte de la energía perdida, Teresa se acomodó en un petate junto al fogón central de la casa. Antes de dormir, recordó el paquete que Manuel le había entregado y que aún no había abierto. Lo desenvolvió con cuidado, revelando un pequeño libro de cuero gastado y junto a él un objeto que la dejó sin aliento, un sello oficial de la iglesia, idéntico al que el padre Damián usaba para autentificar documentos.

 “¿Qué es esto?”, susurró para sí misma, abriendo el libro con manos temblorosas. Era un diario escrito con letra apretada y nerviosa. Las primeras páginas estaban fechadas tres años atrás y firmadas por alguien llamada Josefina Mendoza, la hermana de Manuel, la joven que se había suicidado tras su instrucción con el padre Damián. Teresa comenzó a leer sintiendo que el corazón se le encogía con cada página.

El diario documentaba en detalle desgarrador el descenso al infierno de Josefina bajo la tutela del sacerdote. Comenzaba con entradas llenas de devoción y admiración hacia quien ella consideraba un guía espiritual y gradualmente se transformaba en un registro de horror, humillación y desesperación. 10 de junio 1709.

Hoy el padre Damián me dijo que mi cuerpo alberga demonios de lujuria, que puede verlos moverse bajo mi piel. Para exorcizarlos, me hizo desvestirme mientras él recitaba oraciones en latín. Luego me azotó con un látigo de siete colas, diciendo que cada golpe expulsaba un pecado capital. Cuando sangré, dijo que era la corrupción abandonando mi cuerpo.

 Recé para que Dios me diera fuerzas, pero sentí que mis oraciones rebotaban contra un cielo vacío. Las lágrimas corrían por las mejillas de Teresa mientras continuaba leyendo. Las páginas finales eran casi incoherentes, fragmentos de pensamientos y oraciones interrumpidas que revelaban una mente al borde del colapso. Ya no sé quién soy.

Ya no sé si Dios existe. Si existe, ¿cómo permite esto? El Padre dice que es por mi bien, que cada dolor me acerca más a la salvación, pero yo solo siento que me hundo más en un pozo sin fondo. A veces cuando estoy sola, rezo al revés. No sé por qué lo hago. Tal vez porque si Dios no me escucha, quizás lo haga el  Y quizás el sea más misericordioso que el padre Damián.

 La última entrada. Fechada apenas un día antes de su suicidio, heló la sangre de Teresa. He decidido. Si Dios no me quiere y el no me reclama, entonces elegiré yo misma mi destino. El río me llama. Sus aguas prometen paz al menos. Pero antes de irme dejaré este testimonio y una maldición. Que cada palabra aquí escrita se vuelva contra el padre Damián algún día.

 que encuentre alguien más fuerte que yo, alguien que pueda hacer lo que yo no pude, detenerlo. Teresa cerró el diario abrumada. Comprendió entonces por qué Manuel se lo había entregado. No era solo un testimonio, era un legado, una responsabilidad. La última voluntad de Josefina que alguien detuviera al padre Damián.

 Junto al diario había una nota escrita por el propio Manuel. Teresa, te entrego las últimas palabras de mi hermana y el sello del padre. Ambos pueden ser armas poderosas en las manos adecuadas. Mi familia ha intentado obtener justicia a través de los canales oficiales sin éxito. Quizás tú, que has visto el verdadero rostro del mal y has sobrevivido, puedas lograr lo que nosotros no pudimos.

 Cualquiera que sea tu decisión, cuentas con nuestro apoyo, Manuel. Al día siguiente, Teresa compartió su descubrimiento con Sitlali, quien escuchó en silencio, con una expresión grave que se profundizaba a medida que la joven avanzaba en su relato. No es la primera vez que escucho historias así sobre el padre Damián, dijo finalmente la anciana.

 ni será la última, me temo, a menos que alguien lo detenga. ¿Pero cómo? Preguntó Teresa, extendiendo las manos en un gesto de impotencia. Es un sacerdote respetado, con conexiones poderosas. Yo soy solo una esclava fugitiva, sin derechos ni voz. A veces, respondió Sitlali, los que parecen más débiles son los únicos que pueden derribar a los poderosos, precisamente porque nadie los vea.

La anciana se levantó con movimientos fluidos que desmentían su edad y se dirigió a un arcón de madera tallada. Además, no está sola en esta lucha. De dentro del arcón extrajo un paquete envuelto en tela de algodón y atado con fibra de maguei. Lo depositó frente a Teresa con un gesto solemne. Esto ha estado en nuestra familia por generaciones explicó desde antes de que los españoles llegaran a nuestras tierras.

 Es conocimiento antiguo preservado a través de los siglos a pesar de la persecución y la destrucción de nuestros códices. Teresa desenvolvió el paquete con cautela, revelando lo que parecía ser un libro, pero no como los que conocía. Estaba hecho de corteza de amate, con jeroglíficos y símbolos pintados en colores vibrantes que sorprendentemente no habían perdido intensidad con el paso del tiempo.

 ¿Qué es esto?, preguntó pasando los dedos reverentemente por las páginas. Un códice, respondió Sitlali, una forma de escritura que usaban nuestros antepasados. Este en particular contiene conocimiento sobre, digamos, formas alternativas de justicia. No entiendo. Cuando la justicia de los hombres falla, cuando los poderosos abusan de su posición, a veces es necesario recurrir a métodos más antiguos, más directos.

 Shitlali señaló una página donde se representaba a una mujer con los brazos extendidos hacia el cielo, mientras figuras oscuras parecían caer a sus pies. Nuestros antepasados sabían que las palabras tienen poder, que los rituales realizados con intención pura y propósito justo pueden cambiar el curso de los acontecimientos.

Me estás hablando de Teresa dudó temiendo pronunciar la palabra. No de brujería, si es lo que temes. Sonrió Sitlali como si hubiera leído su pensamiento. Los españoles llaman brujería a todo lo que no comprenden. Esto es sabiduría antigua, conocimiento de cómo las energías fluyen a través del mundo y cómo podemos dirigirlas.

 Durante las semanas siguientes, Teresa permaneció en Santa María aprendiendo de Sitlali y de otras mujeres del pueblo. Aprendió sobre plantas medicinales y venenosas, sobre el poder de los símbolos y los rituales, sobre formas de comunicación que no requerían palabras. Y sobre todo aprendió que su experiencia con el padre Damián, lejos de ser única, formaba parte de un patrón más amplio de abuso que se extendía por todo el territorio.

 “No es solo el padre Damián”, le explicó una tarde Sitlali mientras tejían juntas en el patio trasero de la casa. Es un sistema entero que protege a hombres como él y silencia a sus víctimas. Entonces, ¿qué sentido tiene luchar? Preguntó Teresa, sintiendo el peso del desaliento. Si es todo un sistema, ¿qué puede hacer una persona? Una grieta en un muro puede parecer insignificante, respondió Sitlali con una sonrisa enigmática.

 Pero con el tiempo esa grieta puede hacer que todo el muro se derrumbe. Cada acto de resistencia, por pequeño que sea, debilita los cimientos del sistema. A medida que pasaba el tiempo, Teresa comenzó a sentirse más en casa en Santa María. La gente del pueblo la aceptó como una más, sin hacer preguntas sobre su pasado.

 Trabajaba ayudando a Sitlali con sus hierbas medicinales que vendían en los pueblos cercanos y ocasionalmente acompañaba a los pescadores en sus salidas al río, descubriendo que tenía un talento natural para la navegación. Sin embargo, por las noches, cuando el silencio se adueñaba del pueblo, los recuerdos volvían. Veía el rostro del padre Damián.

 escuchaba su voz hablando de demonios y posesiones, mientras sus manos recorrían su cuerpo con un propósito que nada tenía de sagrado. Y leía una y otra vez el diario de Josefina, sintiendo que cada palabra era una piedra que se sumaba al peso de su responsabilidad. Una tarde, mientras regresaba de recoger hierbas en el bosque cercano, Teresa vio a un grupo de jinetes aproximándose al pueblo.

 Instintivamente se ocultó tras un árbol, observando con el corazón acelerado. Eran cuatro hombres vestidos con la indumentaria propia de los oficiales de la corona. Uno de ellos llevaba un estandarte con los símbolos reales. Teresa corrió hacia la casa de Sitlali, encontrándola en el patio trasero, aparentemente tranquila, como si ya estuviera enterada de la visita.

“Soldados”, exclamó Teresa jadeando, “vieno! Lo sé, respondió Sitlali, sin dejar de moler hierbas en un mortero de piedra. Los pájaros me lo dijeron esta mañana. Los pájaros, mis informantes, aclaró la anciana con una sonrisa leve. Tenemos ojos y oídos en muchos lugares. No te preocupes, no vienen por ti.

 Entonces, ¿por qué están aquí? Por los impuestos, probablemente, o para reclutar hombres jóvenes para las milicias o simplemente para recordarnos quién manda. Sitlali dejó el mortero y miró directamente a Teresa, pero su llegada es oportuna, nos da información valiosa. ¿Qué información? Que el padre Damián ha dejado de buscarte, al menos activamente.

 Si siguiera ofreciendo recompensas por tu captura, estos hombres traerían órdenes específicas y vendrían directamente a registrar las casas. Sidlali se limpió las manos en su falda, lo cual significa que es momento de tomar decisiones. ¿Qué decisiones? Si seguirás huyendo o si. Sitlali hizo una pausa significativa. “Si lo enfrentaré”, completó Teresa, sintiendo una mezcla de terror y determinación ante la idea.

 Esa noche, mientras los soldados se alojaban en la casa del alcalde del pueblo, Teresa, Sitlali y otras cinco mujeres, se reunieron en una cueva oculta en las afueras de Santa María. En el centro de la cueva habían dispuesto un círculo de piedras y dentro de él varios objetos. El diario de Josefina, el sello del padre Damián, el crucifijo de Teresa, el códice y diversos objetos personales que cada mujer había traído consigo.

 Esta noche comenzó Sitlali con una voz que parecía resonar en las paredes de piedra. No somos solo nosotras, somos todas las mujeres que han sufrido bajo las manos de hombres que pervirtieron lo sagrado para satisfacer sus propios deseos oscuros. Una de las mujeres a quien Teresa conocía como Raquel, una judía conversa que había huído de la persecución en España, dio un paso adelante.

 Por mi hermana Rebeca, torturada hasta la muerte por negarse a renunciar a la fe de nuestros padres, dijo colocando un mechón de cabello negro en el centro del círculo. Otra mujer, Esperanza, cuyo esposo había muerto en las minas, se adelantó. Por mi hija Dolores, que se quitó la vida después de ser violada por el capataz, que se suponía debía protegerla, dijo depositando una pequeña muñeca de trapo junto al mechón de cabello.

 Una por una, las mujeres se acercaron al círculo, nombrando a aquellas por quienes buscaban justicia, dejando ofrendas que simbolizaban sus historias. Cuando llegó el turno de Teresa, sintió un nudo en la garganta. “Por Josefina”, dijo colocando el diario en el centro. “Por Margarita, por todas las que no conocí, pero que sufrieron lo mismo que yo.

” Y hizo una pausa, sorprendida por lo que estaba a punto de añadir. Por mí misma, por la niña que fui y que me fue arrebatada demasiado pronto. Sidlali asintió con aprobación. y comenzó a recitar palabras en una lengua antigua, mientras las demás mujeres formaban un círculo tomándose de las manos. Teresa cerró los ojos sintiendo una extraña energía que parecía fluir a través de sus venas, conectándola con las demás mujeres en un vínculo que trascendía el tiempo y el espacio.

 No era una misa negra ni un ritual satánico como los que el padre Damián había descrito en sus sermones para aterrorizar a sus feligres. Era algo más antiguo y paradójicamente más puro, una comunión de espíritus afines unidos por el dolor compartido y la búsqueda de justicia. Cuando el ritual terminó, Teresa sintió una claridad que no había experimentado antes. Sabía lo que debía hacer.

 “Voy a regresar a Pachuca”, anunció mientras caminaban de vuelta al pueblo bajo la luz de la luna. ¿Estás segura? Preguntó Sitlali. Aunque su tono sugería que ya conocía la respuesta. “Sí”, respondió Teresa con firmeza. “No puedo seguir huyendo para siempre y no puedo permitir que el padre Damián siga haciendo daño a otras mujeres.

 ¿Qué piensas hacer exactamente?” “Usaré el sello para crear un documento que lo incrimine”, explicó Teresa. “El diario de Josefina será evidencia.” y dudó un momento. Usaré todo lo que he aprendido aquí, las oraciones invertidas, los rituales, el conocimiento de las plantas, no para causar daño indiscriminado, sino para exponer la verdad y obtener justicia.

Titlali la observó durante un largo momento como evaluando su determinación. No será fácil”, advirtió finalmente, “y será peligroso. El padre Damián tiene aliados poderosos, pero yo también los tengo ahora,” respondió Teresa, apretando la mano de la anciana. Ustedes y todas las mujeres que vinieron antes que yo y que dejaron su sabiduría para que pudiéramos usarla.

 La mañana siguiente, Teresa comenzó los preparativos para su regreso a Pachuca. Vidlali y las demás mujeres le proporcionaron hierbas, amuletos y conocimientos que pudieran serle útiles. Raquel, que había sido escribada a huir, le enseñó a falsificar la letra del padre Damián usando muestras del diario de Josefina.

 El sello es la mitad de la autenticidad”, explicó Raquel guiando la mano de Teresa mientras practicaba la firma del sacerdote. La caligrafía es la otra mitad. Debes capturar no solo la forma de las letras, sino el ritmo, la presión de la pluma, los pequeños detalles que hacen único cada trazo. Mientras tanto, Esperanza, que había trabajado como cocinera en la casa de un funcionario colonial, le enseñó a Teresa sobre venenos sutiles que no mataban, sino que inducían estados de confusión, paranoia o debilidad. No para matar”, insistió

Esperanza, “so debilitar, para hacer visible lo que normalmente permanece oculto. Un hombre bajo los efectos de estas hierbas revelará verdades que normalmente mantendría sepultadas.” Tres días más tarde, Teresa estaba lista para partir, vestida con ropas sencillas, pero respetables, con el cabello recogido bajo un rebozo y un pequeño fardo que contenía sus escasas posesiones, se despidió de las mujeres que se habían convertido en su familia.

“Recuerda,”, dijo Sitlali entregándole un pequeño saquito de cuero que contenía hierbas y otros objetos. La verdadera fuerza no está en el odio o la venganza, sino en la verdad. Tu objetivo no es destruir al padre Damián, sino exponer lo que realmente es para que no pueda seguir haciendo daño.

 Teresa asintió guardando el saquito entre sus ropas. Volveré, prometió, aunque tanto ella como Sitlali sabían que era una promesa incierta. Viva o muerta, siempre serás parte de nosotras. respondió la anciana, abrazándola con fuerza. El viaje de regreso a Pachuca fue largo y arduo, pero Teresa ya no era la misma mujer asustada que había huído meses atrás.

Cada paso que daba estaba imbuido de propósito. Cada oración invertida que susurraba durante las noches tenía ahora un objetivo claro. Al llegar a las afueras de Pachuca, Teresa no se dirigió directamente a la casa del padre Damián. En su lugar fue a la iglesia principal, donde sabía que el sacerdote oficiaba la misa del atardecer cada día.

 Se sentó en la última banca con el rostro parcialmente oculto por el rebozo y observó. El padre Damián estaba en el altar imponente con su casulla bordada en hilo de oro, su voz retumbando entre las paredes de piedra mientras hablaba del fuego eterno que esperaba a los pecadores. Teresa lo estudió con ojos nuevos.

 Ya no veía a un ser todopoderoso cuya mera presencia la paralizaba de terror. Veía a un hombre con toda su falibilidad y sus debilidades humanas. Un hombre que había causado sufrimiento inmenso, sí, pero un hombre al fin y al cabo mortal, vulnerable. Cuando la misa terminó, esperó a que la mayoría de los feligreses se hubieran marchado antes de acercarse al confesionario.

 Sabía que el padre Damián solía atender confesiones después del servicio. “Ave María purísima”, dijo, arrodillándose en el oscuro cubículo de madera, su voz deliberadamente alterada para que no la reconociera. Sin pecado concebida respondió la voz del padre Damián desde el otro lado de la rejilla. Dime tus pecados, hija mía, padre, comenzó Teresa con un temblor en la voz que no era fingido.

 He venido a confesar, pero también a advertir. Advertir el tono del sacerdote cambió, volviéndose más alerta. ¿De qué hablas? De Teresa, la esclava que escapó de su casa. Hubo un silencio tenso antes de que el padre Damián respondiera, “¿Qué sabes tú de esa mujer? Sé que ha regresado, padre, y que trae consigo pruebas, cartas, documentos con su sello, testimonios de otras mujeres que pasaron por sus sesiones de instrucción.

 Teresa hizo una pausa dejando que las palabras calaran hondo. Dice que si usted intenta perseguirla nuevamente, entregará todo al virrey. Quien me han dicho, no ve con buenos ojos los escándalos que puedan afectar la imagen de la iglesia. ¿Quién eres tú? La voz del padre Damián había perdido su tono autoritario, reemplazado por una urgencia casi desesperada.

 ¿Cómo sabes estas cosas? Soy solo una mensajera, padre, alguien preocupado por el bienestar de la iglesia y de esta comunidad. Teresa me pidió que le dijera que ella no le teme, que ha aprendido a rezar no solo al revés, sino en formas que usted ni siquiera puede imaginar y que sus oraciones están siendo escuchadas.

 Con estas palabras, Teresa se levantó y salió rápidamente del confesionario, perdiéndose entre la multitud que aún deambulaba por la plaza frente a la iglesia. No miró atrás, pero podía sentir el peso de una mirada siguiéndola mientras se alejaba. Los días siguientes fueron una danza cuidadosa de acciones calculadas. Teresa no se ocultó, pero tampoco se expuso innecesariamente.

Se alojó en una pequeña posada en las afueras de la ciudad, pagando con el dinero que Manuel le había dado. Durante el día recorría el mercado, las plazas, los lugares públicos, dejándose ver lo suficiente para que la noticia de su regreso llegara a oídos del padre Damián, pero nunca quedándose el tiempo suficiente en un lugar para ser atrapada.

 Comenzó a circular rumores sutilmente aquí y allá. Una palabra susurrada a un vendedor, una insinuación dejada caer frente a una lavandera, una pregunta aparentemente inocente a un monaguillo, como gotas de agua que una a una van erosionando una piedra. Los rumores comenzaron a crear fisuras en la reputación, hasta entonces intachable del padre Damián.

 Mientras tanto, usando el sello y las habilidades aprendidas de Raquel, Teresa creaba documentos que incriminaban al sacerdote. No eran falsificaciones completas, sino alteraciones de documentos reales que el padre Damián había firmado. Un párrafo añadido aquí, una frase modificada allá, transformando textos inocuos en confesiones veladas o en órdenes siniestras.

 Una semana después de su regreso, Teresa supo que sus acciones estaban teniendo efecto cuando escuchó desde su mesa en una taberna que el padre Damián había cancelado la misa dominical alegando enfermedad. Los rumores decían que se le veía demacrado, que apenas comía o dormía, que saltaba ante el menor ruido y que había comenzado a acusar a personas inocentes de conspirar contra él.

 Dicen que ve demonios por todas partes, comentaba un hombre a otro entrevos de pulque. Ayer echó a una anciana de la iglesia acusándola de brujería, solo porque tosió durante su sermón. Yo escuché que encontraron escritos extraños en la puerta de su casa, añadió otro. Palabras al revés, dicen algunos. Teresa escuchaba todo esto con una mezcla de satisfacción y cautela.

 Su plan estaba funcionando quizás demasiado bien. El padre Damián estaba desmoronándose bajo la presión de sus propios temores, azuzados por las acciones de Teresa y por las hierbas que ella había conseguido introducir en su comida a través de sobornos a los sirvientes. Pero sabía que un hombre acorralado podía ser peligroso.

 Y el padre Damián, con todo su poder menguante, seguía siendo una amenaza. La confrontación final llegó una noche lluviosa cuando Teresa se dirigía a su posada después de un día de preparativos. Una figura emergió de las sombras de un callejón bloqueándole el paso. Era doña Clemencia. Teresa dijo la anciana con una voz que era apenas un susurro.

 Debes venir conmigo ahora. ¿Por qué habría de hacerlo? Respondió Teresa, llevando instintivamente la mano al cuchillo que llevaba oculto entre sus ropas. La última vez que confié en usted casi termino muerta. Te ayudé a escapar, replicó doña Clemencia con una mezcla de indignación y súplica. Te di dinero, te indiqué el camino y ahora quiere llevarme de vuelta con él.

 Teresa dio un paso atrás. preparada para huir o luchar si era necesario. No negó la anciana con vehemencia. Quiero salvarte de él y de ti misma. Miró nerviosamente a su alrededor antes de continuar. Damián está fuera de sí. Ha convencido al obispo de que eres una bruja, que has envenenado los pozos, que has traído la maldición de Dios sobre Pachuca.

 Están organizando un tribunal. Si te encuentran, me quemarán como a una bruja”, completó Teresa, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia que empapaba su ropa. “Exactamente, debes irte esta noche, lo más lejos posible.” Teresa estudió el rostro de doña Clemencia buscando señales de engaño.

 “¿Por qué me ayuda realmente? Shitel me dijo que usted es la madre del padre Damián.” La anciana cerró los ojos un momento, como si la afirmación le causara dolor físico. “Sí”, admitió finalmente. “Soy su madre y es precisamente por eso que quiero detenerlo.” Abrió los ojos que brillaban con lágrimas contenidas.

 No nació siendo un monstruo, ¿sabes? Era un niño dulce, sensible. Pero su padre se detuvo como si las palabras fueran demasiado dolorosas para pronunciarlas. ¿Qué pasó con su padre?”, preguntó Teresa, sintiendo que se acercaba a una verdad importante. Era un hombre cruel, un noble venido a menos, que desahogaba sus frustraciones en su hijo y en mí.

Damián creció viendo como su padre usaba la violencia para controlar, para dominar, y aprendió bien la lección. Doña Clemencia se secó una lágrima con el dorso de la mano. Cuando tenía 12 años, su padre lo sorprendió llorando después de una paliza particularmente severa. Le dijo que los hombres no lloran, que la debilidad era cosa de mujeres y que debía arrancarla de raíz si quería ser respetado.

 Y así fue como aprendió a odiar la debilidad, a odiar a las mujeres, concluyó Teresa, sintiendo una punzada inesperada de compasión que rápidamente sofocó. No intento justificarlo aclaró doña Clemencia. Lo que ha hecho es imperdonable. Solo intento explicarte por qué, por qué no pude detenerlo antes? ¿Por qué me tomó tanto tiempo encontrar el valor para ayudarte a ti y a las otras? ¿Hubo otras antes de mí que ayudó a escapar? Intenté ayudar a Margarita”, dijo la anciana con la voz quebrada por el dolor del recuerdo.

 Pero fue demasiado tarde. Cuando finalmente actué, ya estaba tan rota que no sobrevivió al viaje. Miró directamente a los ojos de Teresa. Por eso, cuando te vi, supe que tenía que actuar más rápido. Y ahora debo hacerlo de nuevo. Debes irte esta noche. Teresa consideró sus opciones. podía huir, como sugería doña Clemencia, volver a Santa María o incluso más lejos, donde el padre Damián y su influencia no pudieran alcanzarla, o podía quedarse y terminar lo que había comenzado con el riesgo de terminar en la hoguera. No dijo finalmente con una

firmeza que sorprendió incluso a ella misma. No voy a huir más. Si me voy ahora, él ganará. Volverá a ganar fuerza. encontrará nuevas víctimas y todo habrá sido en vano. O, ¿qué pretendes hacer entonces? Enfrentarte a un tribunal eclesiástico tú sola. No estaré sola, respondió Teresa, pensando en todas las mujeres de Santa María, en Josefina, en Margarita, en todas las que habían sufrido antes que ella.

 Y no será un tribunal el que juzgue al padre Damián, sino sus propias acciones las que lo condenen. Esa misma noche, Teresa puso en marcha la fase final de su plan. Utilizando el sello y los documentos que había preparado junto con el diario de Josefina, creó un paquete que envió al virrey a través de un mensajero confiable recomendado por Sitlali.

 Otro paquete similar fue enviado al obispo y un tercero a don Francisco Mendoza, el padre de Josefina y Manuel. Luego, vestida con una túnica blanca similar a la que el padre Damián le había ordenado usar para su purificación, Teresa se dirigió a la iglesia. Era pasada la medianoche y el edificio estaba cerrado, pero conocía una entrada lateral que los sirvientes usaban para acceder ser vistos.

La iglesia estaba sumida en la penumbra, apenas iluminada por las velas botivas que ardían perpetuamente frente a las imágenes de los santos. Teresa avanzó por la nave central hasta llegar al altar mayor donde se arrodilló. “No vine a rezar”, dijo en voz alta, sabiendo que no estaba sola.

 “Vine a terminar lo que empezaste, padre Damián.” Una figura emergió de las sombras detrás del altar. El sacerdote parecía haber envejecido años en las semanas transcurridas desde que Teresa lo viera por última vez. Su rostro estaba demacrado con profundas ojeras que parecían huecos negros bajo sus ojos inyectados en sangre. Su sotana, normalmente impecable, estaba arrugada y manchada.

 Teresa dijo con una voz que oscilaba entre la ira y el temor, sabía que vendrías. Los demonios siempre regresan a la escena de su derrota. No hay demonios aquí, padre”, respondió Teresa, poniéndose de pie para enfrentarlo. Solo un hombre y una mujer, un depredador y su presa que ya no está dispuesta a seguir siéndolo. “Blasfemia”, exclamó el padre Damián, aunque su voz carecía de la autoridad que una vez tuvo.

 He oído los rumores, he visto las señales, has estado practicando brujería, has envenenado a la gente contra mí, has he expuesto la verdad. Interrumpió Teresa con calma. Eso es todo. La verdad sobre ti, sobre lo que hiciste a Josefina, a Margarita, a mí, a tantas otras. Mentiras”, siseó el sacerdote acercándose un paso. “Calumnias de una esclava rebelde, de una mujer poseída por el espíritu de la desobediencia.

Mentiras.” Teresa extrajo de entre sus ropas el diario de Josefina y lo sostuvo en alto. Esto también es mentira. Las palabras de una niña que prefirió la muerte a seguir soportando tus instrucciones. El padre Damián palideció al ver el diario. ¿De dónde has sacado eso? De alguien que amaba a Josefina lo suficiente para buscar justicia, incluso años después de su muerte.

 Teresa dio un paso hacia él. Y no es lo único que tengo. Hay cartas, documentos con tu sello, testimonios, copias de todo han sido enviadas al birrey, al obispo, a personas influyentes que quizás hasta ahora te temían o te respetaban, pero que ahora verán al verdadero Damián Salcedo. No te creerán, dijo el sacerdote, pero su voz traicionaba su incertidumbre.

 Eres solo una mujer, una esclava, una una superviviente, completó Teresa. Y no estoy sola. Hay otras como yo, Padre. Mujeres que han aprendido a rezar al revés porque el Dios al que tú sirves parece no escucharlas. mujeres que han encontrado fuerza en lo que tú llamas herejía, pero que en realidad es solo otra forma de buscar justicia cuando los canales oficiales les han fallado.

 El padre Damián retrocedió tropezando con las escaleras del altar. ¿Qué quieres de mí? preguntó con una voz que ya no intentaba ocultar su miedo. “Quiero que confieses”, respondió Teresa, “Aquí y ahora, frente a los santos a los que has deshonrado, frente al Dios al que has traicionado con cada acto de crueldad disfrazado de piedad, y si me niego, entonces dejaré que los documentos que he enviado hablen por sí mismos y créeme, Padre, hablan muy claro.

” El sacerdote pareció considerar sus opciones durante un largo momento. Luego, con un movimiento repentino, extrajo un cuchillo de entre su sotana y se abalanzó sobre Teresa, pero ella estaba preparada. Las lecciones aprendidas en Santa María no habían sido solo sobre hierbas y oraciones invertidas. esquivó el ataque con una agilidad que sorprendió al sacerdote y en un movimiento fluido lo desarmó enviando el cuchillo deslizándose por el suelo de piedra de la iglesia.

 El padre Damián cayó de rodillas más por la sorpresa que por la fuerza del contraataque. ¿Cómo comenzó? Pero no pudo terminar la pregunta. No soy la misma mujer que compró hace un año, padre, dijo Teresa mirándolo desde arriba. Esa mujer murió en el sótano de su casa mientras rezaba al revés buscando a alguien que la escuchara.

 En ese momento, las puertas de la iglesia se abrieron de golpe. Varias figuras entraron portando antorchas, entre ellas doña Clemencia, Manuel Mendoza y varios hombres que Teresa no reconoció, pero que por sus vestimentas parecían ser oficiales de la corona. Ahí está, dijo Manuel señalando al padre Damián, el hombre que torturó y llevó al suicidio a mi hermana, padre Damián Salcedo, habló uno de los oficiales avanzando hacia el altar.

 En nombre del mi rey, queda usted bajo arresto por los delitos de abuso, tortura y profanación de los sacramentos. Mientras los hombres levantaban al sacerdote y lo sujetaban, este miró a Teresa con una mezcla de odio y algo que parecía casi respeto. “¿Cómo lo hiciste?”, preguntó en voz baja para que solo ella pudiera escucharlo.

 “¿Cómo me derrotaste?” Teresa se acercó a él y susurró en su oído, “Aprendí a rezar al revés y resulta que hay dioses más antiguos que el tuyo, que escuchan a las mujeres que se atreven a hablar.” El padre Damián fue llevado fuera de la iglesia, su figura empequeñecida y derrotada, contrastando con la imagen imponente que una vez había proyectado.

 Manuel se acercó a Teresa. “Funcionó”, dijo con una mezcla de asombro y gratitud. “Tu plan funcionó. Nuestro plan”, corrigió Teresa. “No podría haberlo hecho sola.” Doña Clemencia se unió a ellos, sus ojos enrojecidos pero secos. ¿Qué pasará ahora con él?, preguntó con la voz de una madre que finalmente acepta la verdadera naturaleza de su hijo.

 Será juzgado, respondió Manuel, tanto por las autoridades civiles como por las eclesiásticas. Los documentos que Teresa envió junto con el diario de Josefina y los testimonios de otras víctimas que han comenzado a hablar son demasiado contundentes para ser ignorados, incluso para aquellos que antes lo protegían.

 ¿Y conmigo? Preguntó Teresa. Sigo siendo técnicamente una esclava fugitiva. Manuel extrajo un papel sellado de su chaqueta. Ya no dijo entregándoselo. Esta es una carta de manumisión firmada por mi padre. Según la ley, eres una mujer libre ahora. Teresa tomó el documento con manos temblorosas, sintiendo que una parte de la pesada carga que había llevado durante tanto tiempo se aligeraba.

 Hay un lugar para ti en nuestra hacienda si lo deseas, continuó Manuel. O puedes regresar a Santa María o ir donde quieras. La elección es tuya. Teresa miró alrededor de la iglesia a las figuras de santos y mártires que parecían observarla desde sus nichos. Pensó en todo lo que había vivido, en todo lo que había aprendido, en todas las mujeres que había conocido en su camino, desde la esclavitud hacia la libertad.

 Volveré a Santa María”, decidió finalmente. Hay conocimientos allí que deben ser preservados, historias que deben ser contadas, mujeres que necesitan saber que no están solas. Doña Clemencia asintió con aprobación. Y yo iré contigo si me aceptan dijo sorprendiendo a Teresa. He pasado demasiados años siendo cómplice por miedo.

 Es hora de usar lo que me queda de vida para reparar el daño en la medida de lo posible. Teresa consideró la petición por un momento. No será fácil, advirtió. Hay mucho dolor, mucha desconfianza. Lo sé, respondió la anciana. Y no espero perdón, solo la oportunidad de hacer algo bueno antes del final. Al amanecer, mientras las campanas de la iglesia llamaban a una misa que no se celebraría ese día, Teresa abandonó Pachuca por segunda vez, pero esta vez no huía.

Caminaba erguida como una mujer libre que había encontrado su propósito y su poder, no en la venganza o la destrucción, sino en la verdad y la justicia. Y mientras se alejaba, sus labios se movían en una oración, no invertida como antes, sino en una lengua más antigua, palabras de agradecimiento a las fuerzas que la habían sostenido, a las mujeres que la habían ayudado y a la fuerza interior que había descubierto en su camino desde la esclavitud hacia la libertad, una oración que era en sí misma un acto de liberación. M.