Cuando una monja abría el refectorio, vio al padre dándole de comer en la boca a otro sacerdote

El sol de la tarde caía sobre la ciudad de México bañando con su luz dorada las antiguas construcciones coloniales. Corría el año 1950 y el convento de Santa María de los Ángeles se alzaba imponente con sus muros de cantera y sus ventanales que reflejaban la luz mortesina del atardecer.
Sor Catalina, una joven novicia de apenas 23 años, caminaba por los pasillos del convento con paso apresurado. Sus manos, pálidas y delgadas sostenían un pequeño manojo de llaves que tintineaban con cada uno de sus movimientos. El silencio reinaba en aquellos corredores de piedra, solo interrumpido por el eco de sus propios pasos y el ocasional canto de algún pájaro en el jardín interior.
La madre superiora le había encomendado una tarea simple: abrir el refectorio para preparar la cena de la comunidad, un queacer rutinario que Catalina había realizado decenas de veces desde su llegada al convento hacía ya 3 años. Sin embargo, aquella tarde de octubre, algo en el ambiente se sentía diferente. El aire parecía más denso, casi palpable, y un extraño olor a incienso mezclado con algo indefinible flotaba por los pasillos.
Al doblar la esquina que conducía al refectorio, Catalina escuchó voces amortiguadas. Extrañada, ralentizó sus pasos. Nadie debía estar allí a esa hora. Los sacerdotes que oficiaban en la capilla anexa solían retirarse después del rosario de la tarde y las hermanas estarían en sus celdas o en la capilla. La puerta del refectorio estaba entreabierta y una delgada línea de luz se escapaba por la rendija.
Catalina se aproximó con cautela, su corazón latiendo con fuerza dentro de su pecho. Las voces se hicieron más claras, un murmullo masculino, palabras incomprensibles pronunciadas en un tono que oscilaba entre la súplica y el consuelo. Cuando Catalina empujó suavemente la puerta, la escena que se desplegó ante sus ojos quedó grabada para siempre en su memoria.
El padre Andrés, un hombre de unos 60 años que llevaba toda su vida sirviendo en el convento, estaba inclinado sobre otra figura. La luz de las velas proyectaba sombras grotescas contra las paredes de piedra, dando un aspecto fantasmal a los dos hombres. Toma, hermano, toma”, susurraba el padre Andrés mientras acercaba una cuchara a los labios del otro sacerdote.
El otro hombre, a quien Catalina reconoció como el padre Miguel, un joven sacerdote que había llegado recientemente de Puebla, permanecía completamente inmóvil, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y los ojos fijos en un punto indefinido del techo. Su rostro, normalmente lleno de vida y energía juvenil, ahora mostraba una palidez mortal.
Lo más perturbador de la escena no era solo que el padre Andrés estuviera alimentando a su colega como si fuera un niño indefenso, sino lo que Catalina vio en el cuenco que sostenía, un líquido espeso y oscuro que no se parecía a ningún alimento que ella hubiera visto antes. Un escalofrío recorrió su espalda. Cuando el padre Miguel, sin mover el resto de su cuerpo, giró lentamente la cabeza hacia ella.
Sus ojos, antes de un vivaz color avellana, ahora parecían dos pozos negros sin fondo. Sus labios se curvaron en una sonrisa que no tenía nada de humana. “Sorcatalina”, dijo el padre Andrés sin volverse, como si hubiera sentido su presencia sin necesidad de verla. No debería estar aquí. Catalina retrocedió instintivamente, pero sus piernas parecían negarse a obedecerla.
El manojo de llaves resbaló de sus manos temblorosas, produciendo un estruendoso tintineo al chocar contra el suelo de piedra. “Lo lo siento, padre”, tartamudeó. “La madre superiora me envió a preparar el refectorio para la cena. El padre Andrés se incorporó lentamente. A la luz vacilante de las velas, su rostro adquiría una cualidad casi demoníaca, con profundas sombras acentuando las arrugas de su frente y las comisuras de sus labios.
“No pasa nada, hija mía”, respondió con una voz que intentaba ser tranquilizadora, pero que a Catalina le pareció impregnada de una amenaza velada. El padre Miguel no se ha sentido bien últimamente, solo le estaba ayudando a tomar una medicina especial. Catalina asintió mecánicamente, aunque su instinto le gritaba que aquello no era ninguna medicina.
La sustancia en el cuenco era demasiado oscura, demasiado espesa y el olor que emanaba de ella le revolvía el estómago. “¿Necesita ayuda, padre?”, preguntó más por cortesía que por verdadero deseo de acercarse a aquellos dos hombres. No será necesario, respondió el anciano sacerdote. El padre Miguel ya está mucho mejor, ¿verdad, hermano? El joven sacerdote no respondió.
Su mirada seguía clavada en Catalina con una intensidad inquietante. Parecía estudiarla, analizarla como un depredador evalúa a su presa. Aunque sus labios ya no sonreían, había algo en su expresión que transmitía un goce siniestro. “Vuelva más tarde, Sor Catalina”, ordenó el padre Andrés. “Le prometo que habremos terminado para entonces.
” Catalina asintió nuevamente, agachándose para recoger sus llaves. Mientras lo hacía, notó algo en el suelo que no había visto antes. Pequeñas gotas de un líquido oscuro, similares al que contenía el cuenco, formaban un rastro desde la puerta hasta donde se encontraban los dos sacerdotes. Al incorporarse, sus ojos se encontraron brevemente con los del padre Miguel.
Lo que vio en ellos la dejó helada. No era la mirada de un hombre enfermo, ni siquiera la de un hombre cuerdo. Era la mirada de alguien o algo que observaba el mundo desde un abismo de oscuridad. “Sí, padre, volveré más tarde”, murmuró y salió apresuradamente del refectorio. Mientras caminaba por el pasillo, su mente trabajaba frenéticamente.
¿Qué había presenciado realmente? ¿Qué era esa sustancia que el padre Andrés le estaba dando al padre Miguel? Y sobre todo, ¿por qué el joven sacerdote la había mirado de esa manera tan perturbadora? Sus pensamientos fueron interrumpidos por la presencia de Zor Beatriz, una monja mayor que llevaba en el convento más tiempo que cualquier otra hermana.
“¿Qué te sucede, niña? Estás pálida como un fantasma”, dijo la anciana estudiando el rostro de Catalina con preocupación. Catalina dudó. ¿Debía compartir lo que acababa de ver? ¿La creerían o pensarían que su imaginación juvenil le había jugado una mala pasada? Vi algo extraño en el refectorio. Comenzó eligiendo cuidadosamente sus palabras.
El padre Andrés estaba alimentando al padre Miguel con algo, no parecía comida normal. Sor Beatriz se quedó inmóvil, sus ojos súbitamente agrandados por el miedo. El padre Miguel estaba consciente, preguntó en un susurro. Sí, pero diferente. Sus ojos, sor Beatriz. Sus ojos no parecían humanos. La anciana monja tomó a Catalina del brazo con una fuerza sorprendente para alguien de su edad.
Escúchame bien, niña dijo con urgencia, no debes hablar de esto con nadie más y debes mantenerte alejada del padre Miguel a toda costa. ¿Me entiendes? Pero, ¿por qué? ¿Qué está pasando? Sor Beatriz miró nerviosamente a su alrededor antes de responder en voz muy baja. No eres la primera en ver algo así. Hace 20 años sus palabras fueron cortadas por el sonido de pasos acercándose.
Ambas mujeres se volvieron para ver al padre Andrés caminando hacia ellas, su figura alta y delgada, proyectando una sombra alargada en el suelo del pasillo. “Buenas tardes, hermanas”, saludó con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Interrumpo algo importante. En absoluto, padre”, respondió Sor Beatriz con una serenidad que contrastaba con el temor que Catalina había visto en sus ojos momentos antes.
Solo le estaba diciendo a Sorcatalina que la madre superior a la busca en su despacho. La mentira fluía con tanta naturalidad de los labios de la anciana monja que Catalina casi la creyó ella misma. El padre Andrés asintió lentamente, sus ojos pasando de una a otra como si intentara leer sus pensamientos. “Entonces no las retendré”, dijo finalmente.
“Por cierto, soratalina, he dejado el refectorio listo. No será necesario que vuelva allí esta noche.” Había algo en su tono, una advertencia implícita que hizo que la joven novicia sintiera un escalofrío recorrer su espina dorsal. Gracias, padre”, murmuró bajando la mirada para evitar sus ojos inquisitivos. Cuando el sacerdote se alejó, Sor Beatriz tiró del brazo de Catalina, guiándola hacia un pequeño patio interior, donde sabía que nadie las escucharía.
El cielo comenzaba a oscurecerse y las primeras estrellas aparecían en el firmamento. En el centro del patio, una vieja fuente de piedra murmuraba con el suave sonido del agua. Escúchame bien”, dijo la anciana, su voz apenas audible por encima del sonido del agua. “Lo que voy a contarte no debe salir de aquí.
Es algo que las hermanas más antiguas conocemos, pero de lo que no se habla.” Catalina asintió, su curiosidad mezclándose con un creciente temor. “Hace 20 años,” comenzó Sor Beatriz, “Llegó al convento un sacerdote joven como el padre Miguel. Se llamaba Gabriel. Era brillante, devoto. Todos lo adoraban.
El padre Andrés lo tomó bajo su protección, como ha hecho con Miguel. La anciana hizo una pausa como si le costara continuar. Una noche, Solinés, que en paz descanse, vio algo similar a lo que tú has presenciado hoy. El padre Andrés alimentando al padre Gabriel con una sustancia extraña, pero ella no se limitó a observar y marcharse.
Se quedó escondida viendo lo que ocurría después. Los ojos de Sorbeatriz se llenaron de lágrimas. Nunca me contó todos los detalles. Solo dijo que lo que vio esa noche le heló la sangre, que después de que el padre Gabriel consumiera esa cosa, su cuerpo comenzó a convulsionar y que de su boca salieron palabras en un idioma que ella no reconoció.
Palabras que, según dijo, no sonaban humanas. Catalina sintió que su boca se secaba. ¿Qué pasó después? Al día siguiente, el padre Gabriel parecía otro hombre. Se volvió distante, frío. Sus sermones, antes llenos de amor y compasión comenzaron a hablar de temor, de castigo, y sus ojos, Inés decía que sus ojos ya no reflejaban alma alguna.
Sorbeatriz tomó las manos de Catalina entre las suyas. Unas semanas después, tres niñas del pueblo desaparecieron. Sus cuerpos nunca fueron encontrados. La última vez que se las vio estaban en la iglesia hablando con el padre Gabriel. Un silencio pesado cayó entre ambas mujeres.
A lo lejos, las campanas del convento anunciaban la hora de la cena. ¿Y qué pasó con el padre Gabriel? Preguntó finalmente Catalina. Oficialmente fue trasladado a otro convento en Oaxaca, pero Sorinés, ella siempre creyó que nunca salió de aquí. ¿Qué quiere decir? La noche antes de su supuesto traslado, Inés escuchó gritos provenientes de la cripta bajo la capilla.
Dijo que sonaba como si alguien estuviera siendo devorado. Catalina se estremeció. La noche ya había caído completamente y las sombras del patio parecían moverse con vida propia. Después de eso, Inés nunca volvió a ser la misma. Se volvió reservada, temerosa. Pasaba horas rezando en su celda. Un día simplemente la encontraron muerta, sin marcas, sin señales de enfermedad.
El médico dijo que su corazón se había detenido. Pero, ¿pero qué? Su rostro tenía una expresión de terror absoluto, como si hubiera visto algo tan horrible que su corazón no pudo soportarlo. Y soratriz apretó las manos de Catalina. Ahora el padre Andrés ha encontrado a otro y me temo que la historia está a punto de repetirse.
Esa noche Catalina no pudo conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen del padre Miguel mirándola con aquellos ojos vacíos, aquella sonrisa inhumana. Las palabras de Sor Beatriz resonaban en su mente, mezclándose con sus propios temores. Su celda, normalmente un refugio de paz y contemplación, le parecía ahora una prisión claustrofóbica.
Las sombras proyectadas por la luz de la luna adquirían formas amenazantes y el silencio del convento dormido estaba cargado de presagios. Hacia la medianoche, un sonido la sobresaltó. Pasos que se arrastraban por el pasillo pasando frente a su puerta. Conteniendo la respiración, Catalina se levantó de su catre y se acercó a la puerta pegando su oído a la madera.
Los pasos se detuvieron y durante un momento interminable solo escuchó el latido de su propio corazón. Entonces un susurro llegó desde el otro lado, tan cerca que pareció resonar directamente en su mente. Sor Catalina, sé que estás despierta. Puedo oler tu miedo. La voz era la del padre Miguel, pero distorsionada, como si voces hablaran simultáneamente.
Catalina retrocedió cubriéndose la boca para ahogar un grito. El padre Andrés dice que sabes demasiado, que tienes una mente curiosa. Me gustan las mentes curiosas, son más sabrosas. Un sonido húmedo, como de algo viscoso goteando al suelo, acompañó estas últimas palabras. Catalina buscó desesperadamente algo con que defenderse, pero su celda, fiel al voto de pobreza, apenas contenía una cama, una mesilla y un crucifijo en la pared. No te preocupes, pequeña hermana.
No vengo por ti todavía. Esta noche tengo otra cita, pero volveré, te lo prometo. Los pasos se alejaron y Catalina se dejó caer al suelo, temblando incontrolablemente. Su mente racional le decía que debía ser una pesadilla, que nada de esto podía ser real, pero el terror que sentía era demasiado vívido, demasiado físico para ser producto de su imaginación.
Cuando el miedo se dio lo suficiente para permitirle moverse, Catalina tomó una decisión. No podía quedarse en su celda esperando a que aquella cosa que habitaba en el cuerpo del padre Miguel volviera por ella. Necesitaba respuestas y sabía dónde buscarlas. Con manos temblorosas se vistió y salió al pasillo.
El convento dormía, o al menos eso parecía. El silencio era casi absoluto, interrumpido solo por el ocasional crujido de las viejas vigas de madera y el susurro del viento en los claustros, guiada más por el instinto que por un plan definido, Catalina se dirigió hacia la capilla. Si lo que Sor Beatriz había insinuado era cierto, la cripta bajo el altar podría contener respuestas. Horrores inimaginables.
La capilla estaba sumida en la oscuridad, iluminada únicamente por la luz perpetua que ardía junto al sagrario, proyectando sombras danzantes sobre las imágenes de santos y mártires. Catalina avanzó por la nave central, sintiendo que cada paso la acercaba a algo que cambiaría su vida para siempre. Al llegar al presbiterio, buscó la entrada a la cripta.
Según había oído, se accedía a ella a través de una trampilla oculta bajo la alfombra del altar mayor. Con esfuerzo logró mover la pesada alfombra, revelando una oxidada anilla de hierro incrustada en el suelo de piedra. Tomando una vela del altar, respiró hondo y tiró de la anilla. La trampilla se abrió con un chirrido que resonó en la capilla vacía, revelando una escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad.
El aire que ascendía era frío y húmedo, cargado con un olor que Catalina reconoció inmediatamente. El mismo aroma extraño que había percibido en el refectorio, pero mucho más intenso, mezclado con el inconfundible edor de la putrefacción. Por un momento consideró cerrar la trampilla y correr a despertar a la madre superiora, a todas las hermanas, a todo el convento.
Pero algo le decía que ya era demasiado tarde, que lo que fuera que estaba ocurriendo en las entrañas del convento no podría ser detenido tan fácilmente. Con la vela en alto comenzó a descender los escalones, adentrándose en las tinieblas. Cada paso la alejaba más de la seguridad. de la normalidad de todo lo que conocía y creía.
Al llegar al final de la escalera, se encontró en un espacio amplio con techos abovedados, sostenidos por columnas de piedra. Nichos excavados en las paredes albergaban ataúdes y restos de antiguos habitantes del convento. Pero lo que captó su atención fue lo que había en el centro de la cripta, un altar de piedra diferente al de la capilla superior, más antiguo, más primitivo, y sobre él algo que Catalina al principio no pudo comprender.
una masa oscura y palpitante del tamaño de un hombre que parecía absorber la luz de su vela. Cuando sus ojos se adaptaron a la penumbra, los detalles comenzaron a revelarse. No era una masa informe, sino un cuerpo, un cuerpo humano cubierto por algo parecido a un manto negro y viscoso que se movía por sí mismo como si estuviera vivo.
Y entonces la masa se agitó y de ella emergió un rostro. El rostro del padre Miguel, pero transformado, deformado, su boca, ahora desproporcionadamente grande, se abría en una sonrisa que revelaba hileras de dientes afilados como agujas. “Bienvenida a nuestra pequeña comunión, soralina”, dijo con aquella voz múltiple.
“Te estábamos esperando.” Catalina retrocedió instintivamente, su espalda chocando contra una de las columnas de piedra. La vela en su mano tembló, proyectando sombras danzantes que parecían cobrar vida propia en las paredes de la cripta. “¿Qué? ¿Qué eres?”, logró articular su voz apenas un hilo quebrado por el terror.
La criatura que alguna vez fue el padre Miguel emitió un sonido que podría haber sido una risa si no fuera por el tono metálico y discordante que hizo que a Catalina se le erizara el vello de la nuca. Soy muchas cosas, pequeña hermana”, respondió, mientras la sustancia negra que lo cubría se retorcía como si tuviera voluntad propia.
He tenido muchos nombres a lo largo de los siglos. Los aztecas me llamaban Tezcatlipoca, los mayas Ahpuch. Los españoles que llegaron a estas tierras me conocieron como el Catalina apretó el crucifijo que colgaba de su cuello, murmurando una oración entre labios temblorosos. “Tus oraciones no tienen poder aquí abajo”, dijo la criatura, con lo que pareció un dejo de diversión en su voz.
Este lugar existía mucho antes que tu iglesia. Los españoles construyeron el convento sobre un antiguo templo intentando enterrar lo que no comprendían, pero yo siempre encuentro la manera de regresar. Mientras hablaba, la masa negra seguía moviéndose y Catalina vio con horror que pequeños tentáculos se extendían desde ella serpenteando por el suelo de la cripta en su dirección.
El padre Andrés ha sido un buen servidor durante décadas”, continuó la criatura. Me trae alimento, me proporciona cuerpos nuevos cuando los viejos se desgastan. El padre Gabriel fue un buen vehículo, pero su mente era débil. Se rompió demasiado pronto. El padre Miguel es mucho más resistente. Catalina recordó las palabras de Sor Beatriz sobre las niñas desaparecidas y sintió una oleada de náusea.
“Alimento”, preguntó, aunque temía conocer la respuesta. “Toda deidad necesita sacrificios, hermana. Carne joven, mentes inocentes, almas puras. Un pensamiento horrible cruzó la mente de Catalina. El convento, el orfanato anexo, todo fue planeado. La criatura asintió, o al menos hizo un movimiento que Catalina interpretó como asentimiento.
El padre Andrés es muy astuto. Qué mejor cobertura que un lugar de Dios para alimentar a algo que ustedes considerarían un demonio. Qué mejor fuente de alimento que niños a los que nadie reclamaría. Catalina sintió que sus piernas flaqueaban. Todo en lo que había creído, todo por lo que había dedicado su vida, parecía ahora una cruel mascarada.
“¿Por qué me cuentas todo esto?”, preguntó ganando tiempo mientras su mente trabajaba frenéticamente buscando una salida. “Porque no saldrás viva de aquí”, respondió la criatura con sencillez. Serás mi próximo alimento. No es personal, pequeña hermana, solo que has visto demasiado. En ese momento, Catalina escuchó pasos en la escalera detrás de ella.
Volviéndose, vio al Padre Andrés descendiendo lentamente una lámpara de aceite en su mano arrugada. Su rostro, iluminado desde abajo, parecía una máscara cadavérica. Veo que has conocido a nuestro invitado de honor, Sor Catalina”, dijo el anciano sacerdote. Es una pena. Siempre pensé que tenías potencial para unirte a nosotros.
¿Cómo puede hacer esto?, exclamó Catalina. Usted es un hombre de Dios. El padre Andrés soltó una risa seca, desprovista de humor. Soy un hombre de poder, niña. ¿Crees que habría llegado a mi edad sin la protección que me brinda? ¿Sabes lo que es para un niño pobre de Michoacán ascender a las alturas de la jerarquía eclesiástica? Se necesita más que fe y devoción.
Vendió su alma, murmuró Catalina. La cambié por algo mejor, corrigió el padre Andrés. Y ahora es hora de que cumplas tu propósito. Con un movimiento sorprendentemente ágil para su edad, el sacerdote se abalanzó sobre Catalina intentando sujetarla. Ella logró esquivarlo, pero en el proceso dejó caer su vela que se apagó al golpear el suelo húmedo de la cripta.
Ahora solo la lámpara del padre Andrés iluminaba la escena proyectando sombras grotescas en las paredes. La criatura en el altar emitió un sonido gutural y los tentáculos de sustancia negra comenzaron a moverse más rápidamente hacia Catalina. En la penumbra, la joven novicia buscó desesperadamente una salida.
No podía volver por la escalera bloqueada por el padre Andrés. Sus ojos recorrieron frenéticamente la cripta hasta que vio algo, una pequeña puerta lateral medio oculta tras un sarcófago de piedra. Sin pensarlo dos veces, Catalina corrió hacia ella, esquivando por poco los tentáculos negros que intentaban atraparla. Detrás de ella escuchó el rugido furioso de la criatura y las maldiciones del padre Andrés.
La puerta estaba cerrada, pero era antigua y la madera estaba podrida por la humedad. Catalina envistió con todo su peso, sintiendo que cedía ligeramente. Volvió a intentarlo, ignorando el dolor en su hombro, y esta vez la madera se astilló, creando una abertura lo suficientemente grande para que ella pasara.
Se encontró en un túnel estrecho y bajo, forzándola a avanzar casi a gatas. El aire era aún más viciado que en la cripta y la oscuridad absoluta. Sin embargo, podía sentir una ligera corriente de aire fresco indicando que el túnel conducía hacia el exterior. Detrás de ella escuchó al padre Andrés gritando, “Es inútil, Catalina. Ese túnel solo conduce a las catacumbas.
Te perderás y morirás allí abajo. Pero Catalina siguió avanzando, guiada únicamente por el instinto de supervivencia y por aquella tenue promesa de aire fresco. El túnel parecía no tener fin. Catalina avanzaba a ciegas, sus manos raspadas por la piedra áspera, sus rodillas doloridas por el continuo roce contra el suelo.
El hábito, ahora sucio y rasgado, se le enganchaba en cada saliente, como si la propia oscuridad intentara retenerla. A medida que se alejaba de la cripta, el silencio se volvía más denso, más opresivo. Ya no escuchaba los gritos del padre Andrés, ni los sonidos inhumanos de aquella cosa que habitaba en el cuerpo del padre Miguel.
Solo su propia respiración agitada y el latido de su corazón rompían la quietud. El miedo inicial se había transformado en una determinación fría y desesperada. Debía salir de allí, debía encontrar ayuda, debía detener lo que fuera que estuviera ocurriendo en el convento antes de que más inocentes sufrieran.
Tras lo que le parecieron horas, el túnel comenzó a ensancharse ligeramente. Pronto pudo ponerse de pie, aunque todavía tenía que mantener la cabeza agachada para no golpearse contra el techo. La corriente de aire se hizo más evidente, trayendo consigo un olor a tierra húmeda y vegetación que nunca le había parecido tan delicioso.
Finalmente, el túnel desembocó en una caverna más amplia. Débiles rayos de luz lunar se filtraban a través de grietas en el techo, permitiéndole distinguir vagamente su entorno. No estaba en unas catacumbas, como había dicho el padre Andrés, sino en lo que parecía una antigua construcción subterránea, muros de piedra tallada con símbolos que Catalina no reconoció, columnas de ruidas y en el centro un pozo de agua cristalina que reflejaba la luz plateada de la luna.
A pesar de la situación, Catalina no pudo evitar maravillarse ante el descubrimiento. Era este el templo del que había hablado aquella criatura, un santuario azteca sobre el que los conquistadores habían construido el convento. Su contemplación fue interrumpida por un sonido distante, voces y el eco de pasos aproximándose por el túnel que acababa de recorrer.
El padre Andrés la estaba siguiendo y no venía solo. Catalina exploró rápidamente la caverna buscando una salida. Al otro lado del pozo vio una abertura en la pared que parecía conducir hacia arriba. Sin dudarlo, se dirigió hacia allí, pero algo la detuvo. Junto a la abertura, apenas visible en la tenue luz, había un objeto que parecía fuera de lugar en aquel entorno antiguo, un pequeño libro con cubierta de cuero aparentemente reciente.
Movida por un impulso que no comprendió del todo, Catalina tomó el libro y lo guardó entre los pliegues de su hábito antes de comenzar a trepar por la abertura, que resultó ser una especie de chimenea natural en la roca. La subida fue ardua. Varias veces estuvo a punto de caer, sus manos buscando desesperadamente acideros en la piedra resbaladiza, pero cada vez que sentía que no podía más, el pensamiento de lo que la aguardaba abajo le daba nuevas fuerzas.
Después de una ascensión que le pareció interminable, Catalina sintió el aire fresco de la noche en su rostro. Con un último esfuerzo, emergió a través de una abertura entre rocas cubiertas de musgo, encontrándose bajo el cielo estrellado de México. Estaba en una colina boscosa, a cierta distancia del convento, cuya silueta podía distinguir contra el horizonte nocturno.
Las luces de la Ciudad de México brillaban a lo lejos, como una constelación caída a la tierra. Por un momento, Catalina consideró correr hacia la ciudad, buscar ayuda, denunciar lo que había descubierto. Pero, ¿quién la creería? una joven novicia hablando de sacerdotes poseídos, de sacrificios humanos, de deidades paganas que sobrevivían en las sombras de un convento católico.
Además, algo le decía que no había tiempo. Si lo que había visto y escuchado era cierto, vidas inocentes estaban en peligro esa misma noche. Con una resolución que nunca antes había sentido, Catalina extrajo el libro que había encontrado en la caverna. A la luz de la luna, examinó la cubierta gastada. No tenía título, pero grabada en el cuero había una cruz invertida.
Abriendo el libro con manos temblorosas, descubrió que era una especie de diario escrito con una caligrafía apretada y nerviosa que reconoció inmediatamente la de Sor Inés. Las primeras páginas confirmaban lo que S. Beatriz le había contado, las sospechas de Inés sobre el padre Andrés y el padre Gabriel, la escena presenciada en el refectorio, los extraños cambios en el comportamiento del joven sacerdote.
Pero había más, mucho más. Inés había investigado, había observado, había documentado meticulosamente sus descubrimientos. Había encontrado el mismo túnel que Catalina acababa de recorrer. Había descubierto el templo subterráneo y lo más importante, había descubierto cómo detener a la criatura. Según las notas de Sorinés, la entidad que se alimentaba de almas en las profundidades del convento no era invencible.
Como todas las criaturas antiguas, tenía sus debilidades, sus reglas. El recipiente debe ser consagrado”, leyó Catalina en una página manchada de humedad. “La sangre debe ser consumida voluntariamente. Si el recipiente es destruido antes de la consagración completa, la entidad queda vulnerable.” Las siguientes páginas describían un ritual, un proceso por el cual la criatura tomaba posesión de un nuevo cuerpo.
Según Inés, este proceso duraba 3 días, durante los cuales el recipiente, la persona poseída, debía consumir una mezcla específica de sangre y otras sustancias que Catalina prefirió no imaginar. Si Catalina había entendido correctamente lo que había presenciado en el refectorio. El padre Miguel estaba en las primeras etapas de este proceso.
Aún no estaba completamente poseído. Aún había una posibilidad de salvarlo y de detener a la criatura. Pero para ello tendría que regresar al convento. Tendría que enfrentarse nuevamente al padre Andrés y a la cosa que estaba tomando posesión del cuerpo del padre Miguel. Cerró el diario, respiró hondo y comenzó a descender la colina en dirección al convento de Santa María de los Ángeles.
La luna se ocultaba tras nubes intermitentes, sumiendo por momentos el camino en una oscuridad casi completa. Catalina avanzaba con cautela, guiada tanto por la memoria como por la débil luz que se filtraba entre las nubes. Cada sombra, cada sonido nocturno le hacía sobresaltarse, temiendo encontrarse con el padre Andrés o algo peor.
El diario de Sorines le pesaba entre los pliegues del hábito, tanto física como metafóricamente. Las revelaciones contenidas en aquellas páginas habían sacudido los cimientos de su fe, pero paradójicamente también le habían dado un propósito claro: Detener el mal que acechaba en el convento, salvar almas inocentes, honrar la memoria de aquella valiente monja que había muerto intentando hacer lo mismo.
Según las notas de Inés, la criatura era vulnerable durante el ritual de posesión. Una vez completado, sería prácticamente invencible en este plano de existencia. Pero si se interrumpía el ritual, si se profanaba el recipiente antes de la consagración final, la entidad quedaría momentáneamente debilitada, atrapada entre mundos, susceptible de ser enviada de vuelta a su dimensión de origen.
El problema era cómo lograrlo. Inés había esbozado un ritual, una combinación de oraciones católicas y antiguos conjuros aztecas que según ella podrían funcionar, pero requería elementos específicos. Agua bendita, mezclada con la sangre de un creyente verdadero, sal consagrada y lo más difícil de conseguir, un objeto personal perteneciente al recipiente antes de su posesión.
Al acercarse al convento, Catalina vio que el edificio estaba inusualmente silencioso. Ninguna luz brillaba en las ventanas, a pesar de que pronto amanecería y las hermanas deberían estar preparándose para la primera oración del día. En lugar de dirigirse a la entrada principal, Catalina bordeó los muros del convento hasta llegar a una pequeña puerta lateral que conducía directamente a la sacristía.
como novicia encargada ocasionalmente de preparar los elementos para la misa, tenía una llave. Con manos temblorosas insertó la llave en la cerradura, rezando para que nadie hubiera cambiado la cerradura o colocado un cerrojo adicional. Para su alivio, la puerta se abrió con un leve chirrido. La sacristía estaba en penumbra, apenas iluminada por la tenue luz que se filtraba a través de un pequeño vitral.
Catalina se movió silenciosamente entre los armarios y cajones, buscando lo que necesitaba. encontró un pequeño frasco de agua bendita que guardó rápidamente. La sal consagrada estaba en un recipiente de plata en uno de los cajones superiores. Faltaba lo más difícil, algo personal del padre Miguel. ¿Dónde podría encontrar algo así? Los aposentos de los sacerdotes estaban en otra ala del convento y acercarse allí sería extremadamente peligroso.
Mientras consideraba sus opciones, un ruido la sobresaltó, pasos que se acercaban a la sacristía. Rápidamente, Catalina se ocultó detrás de un pesado armario de roble, conteniendo la respiración. La puerta de la sacristía se abrió y para su sorpresa quien entró no fue el padre Andrés ni ninguna presencia siniestra, sino Sor Beatriz.
La anciana monja avanzaba con paso inseguro, sosteniendo una vela cuya luz proyectaba sombras danzantes en las paredes. “Sor Beatriz”, susurró Catalina saliendo cautelosamente de su escondite. La anciana se sobresaltó casi dejando caer la vela. Al reconocer a Catalina, su rostro mostró una mezcla de alivio y temor. Niña, gracias a Dios que estás viva.
Cuando no te encontré en tu celda esta mañana, temí lo peor. Esta mañana, ¿qué hora es? Casi las 5. Pronto amanecerá. Catalina se dio cuenta de que había perdido la noción del tiempo en los túneles subterráneos. Había pasado toda la noche bajo tierra. ¿Dónde están las demás hermanas? preguntó notando el silencio antinatural del convento.
El rostro de Sor Beatriz se ensombreció. El padre Andrés convocó una vigilia especial en la capilla. Todas están allí rezando, o al menos eso creen que están haciendo. ¿Qué quiere decir? Algo no está bien, Catalina. El padre Miguel está con ellas, pero no es él mismo. Sus ojos, su voz, y hay un olor extraño en la capilla, como el que mencionaste haber percibido en el refectorio.
Un escalofrío recorrió la espalda de Catalina. “La consagración final”, murmuró. “Están utilizando la energía de la oración de las hermanas para completar el ritual.” Sorbeatriz la miró con perplejidad. “¿De qué hablas, niña?” Rápidamente, Catalina le explicó lo que había descubierto en la cripta, lo que había leído en el diario de Sorinés y lo que planeaba hacer.
Necesito algo que perteneciera al padre Miguel antes de antes de que empezara todo esto, concluyó. Para su sorpresa, Sor Beatriz asintió comprensivamente. Creo que puedo ayudarte, dijo la anciana. El padre Miguel me dio un rosario para que lo reparara hace unas semanas. Era un recuerdo de su madre, dijo. Nunca llegué a devolvérselo.
De un bolsillo oculto en su hábito, sor Beatriz extrajo un simple rosario de madera oscura gastado por años de uso. ¿Funcionará esto?, preguntó entregándoselo a Catalina. Es perfecto,” respondió la joven, sintiendo una chispa de esperanza por primera vez desde que había presenciado aquella escena perturbadora en el refectorio.
Con los elementos necesarios reunidos, Catalina abrió nuevamente el diario de Sorinés, revisando los pasos del ritual que debía realizar. Según las notas, debía mezclar su propia sangre con el agua bendita, sumergir el rosario en esta mezcla mientras recitaba una oración específica y, finalmente, arrojar la sal consagrada directamente sobre el recipiente, el padre Miguel, pronunciando palabras en Nahwatle, que Inés había transcrito fonéticamente.
“Debemos actuar ahora, antes de que sea demasiado tarde”, dijo Catalina. Cerrando el diario. ¿Me ayudará, sor Beatriz? La anciana monja la miró con una mezcla de miedo y determinación en sus ojos cansados. Inés era mi amiga dijo simplemente, “Le fallé una vez. No volveré a fallarle.” Juntas comenzaron a preparar el ritual, conscientes de que afuera el cielo comenzaba a aclararse con las primeras luces del amanecer y de que en la capilla una entidad antigua y malévola estaba a punto de completar su posesión.
La capilla del convento de Santa María de los Ángeles, normalmente un espacio de paz y contemplación, se había transformado en algo irreconocible. El aire estaba cargado con un olor denso y dulzón, como incienso mezclado con cobre y algo más primitivo, más orgánico. Las velas del altar mayor y de los laterales ardían con una intensidad antinatural, proyectando sombras que parecían moverse con vida propia.
En el centro del presbiterio, donde habitualmente se colocaba el altar para la celebración de la misa, habían dispuesto un círculo de bancos. En ellos las hermanas del convento permanecían sentadas, sus rostros inexpresivos, sus labios moviéndose en una oración monótona y repetitiva que no formaba parte de ningún ritual católico conocido.
El padre Miguel estaba de pie en el centro del círculo, pero cualquiera que lo hubiera conocido habría notado que algo fundamental había cambiado en él. Su postura, normalmente erguida y enérgica, ahora mostraba una cualidad serpentina, como si sus huesos se hubieran vuelto flexibles.
Su piel, antes bronceada y saludable, tenía ahora un tono ceniciento, y pequeñas venas negras se marcaban visiblemente bajo ella, como si su sangre se hubiera corrompido. A su lado, el padre Andrés observaba la escena con una expresión de triunfo apenas disimulado. En sus manos sostenía un cáliz de plata similar al que se utilizaba para la comunión, pero decorado con símbolos que ningún orfebre cristiano habría grabado jamás en un objeto sagrado.
Desde la puerta entreabierta de la sacristía, Catalina y Sorbeatriz contemplaban la escena con horror. El ritual de consagración final estaba en su apogeo y sabían que debían actuar rápidamente. “Parece que todas están en trance”, susurró Sor Beatriz. ni siquiera saben lo que está pasando. Catalina asintió apretando con fuerza el rosario del padre Miguel, ahora impregnado con la mezcla de agua bendita y su propia sangre que había obtenido con un pequeño corte en la palma de su mano.
Según el diario de Sorinés, el momento más vulnerable del ritual sería cuando el recipiente, el padre Miguel, bebiera por última vez del cáliz. En ese instante, la entidad estaría completamente expuesta, canalizando toda su energía para completar la posesión. “Debemos esperar el momento exacto,” murmuró Catalina cuando el padre Miguel beba del cáliz.
Como si hubieran escuchado sus palabras, el padre Andrés alzó el cáliz con un gesto ceremonioso y comenzó a recitar algo en un idioma que Catalina no reconoció, pero que sonaba antiguísimo, con consonantes duras y vocales arrastradas que parecían rasgar el aire. Las hermanas intensificaron su cántico, sus voces elevándose en un crescendo inquietante.
La luz de las velas fluctuó y por un momento, Catalina creyó veras oscuras moviéndose en las sombras de los rincones de la capilla, como si algo estuviera materializándose desde otro plano de existencia. El padre Miguel extendió sus manos hacia el cáliz y al hacerlo, Catalina vio que sus dedos habían crecido de forma antinatural, terminando en lo que parecían garras negras y afiladas.
“Es el momento”, dijo, y sin esperar respuesta de Sor Beatriz, salió de la sacristía. La escena que se desarrollaba en la capilla era tan aberrante, tan contraria a todo lo sagrado, que por un instante nadie pareció notar la entrada de Catalina. Avanzó por el pasillo lateral, protegida parcialmente por las columnas, acercándose al presbiterio.
Fue el padre Andrés quien la vio primero. Sus ojos, ahora completamente negros, se abrieron con sorpresa y luego se estrecharon con furia. “Tú, exclamó”, su voz resonando con un eco que no correspondía a la acústica de la capilla. Es imposible. Todas las miradas se volvieron hacia Catalina, incluyendo la del padre Miguel, cuyo rostro se contorsionó en una sonrisa inhumana que revelaba dientes que habían comenzado a afilarse.
“La pequeña hermana ha regresado”, dijo con aquella voz múltiple que Catalina había escuchado en la cripta. “Ha sido muy persistente para ser una simple mortal.” Catalina avanzó con decisión, sosteniendo el rosario frente a ella como un talismán. “Esto termina ahora”, declaró sorprendida por la firmeza de su propia voz.
El padre Andrés soltó una carcajada desprovista de humor. “¿Y cómo piensas detenerlo, niña ingenua? Con un rosario y tu fe infantil. El ritual está casi completo. En cuanto mi maestro beba de este cáliz, su dominio sobre este mundo será absoluto. No es tu maestro, respondió Catalina. Es tu amo. Te ha esclavizado con promesas de poder y longevidad, pero al final devorará tu alma como la de todos los demás.
Un destello de duda cruzó el rostro del anciano sacerdote, tan breve que Catalina casi creyó haberlo imaginado, pero fue suficiente para confirmarle que incluso después de décadas de servidumbre, el padre Andrés albergaba sus propios temores respecto a la criatura a la que servía. El padre Miguel o lo que quedaba de él, dio un paso hacia Catalina, extendiendo una mano que ya apenas parecía humana.
Suficiente charla, dijo, “tu interferencia termina aquí.” Pero antes de que pudiera acercarse más, Sor Beatriz emergió de la sacristía, portando un incensario del que brotaba un humo espeso y blanquecino. “Incienso consagrado, mezclado con sal”, exclamó la anciana monja, balanceando el incensario en dirección a la criatura.
El escudo de Santa Brígida contra las fuerzas de la oscuridad. El humo pareció envolver al padre Miguel, quien retrocedió con un alarido de dolor que no tenía nada de humano. Las hermanas, despertando parcialmente de su trance ante el sonido, comenzaron a agitarse en sus asientos, mirando a su alrededor con confusión.
Aprovechando la distracción, Catalina corrió hacia el altar pronunciando las palabras en Nawatl que había memorizado del diario de Sorines. No entendía su significado, pero podía sentir su poder mientras las vocalizaba, como si cada sílaba rasgara el velo entre este mundo y lo que había más allá. El padre Andrés intentó interceptarla, pero Sor Beatriz se interpuso en su camino, sorprendiéndolo con una agilidad impropia de su edad.
Ambos cayeron al suelo en un forcejeo desesperado. Catalina llegó hasta el padre Miguel, que se retorcía intentando escapar del humo del incensario. Sin dudarlo, arrojó sobre él un puñado de sal consagrada y presionó el rosario contra su frente. Con la sangre del creyente y la fe de los justos, te expulso de este recipiente.
Recitó, repitiendo las palabras que Sorinés había escrito. Vuelve a las sombras de donde viniste, criatura de la noche eterna. Un grito desgarrador emergió de la garganta del padre Miguel. Un sonido que parecía provenir de varias voces superpuestas, todas ellas sufriendo un tormento indescriptible. Su cuerpo comenzó a convulsionar violentamente y Catalina tuvo que usar toda su fuerza para mantener el rosario presionado contra su frente.
De repente, algo pareció cambiar en el ambiente de la capilla. El aire se volvió gélido y todas las velas se apagaron simultáneamente, sumiendo el espacio en una oscuridad casi completa, apenas aliviada por la luz del amanecer que comenzaba a filtrarse por los vitrales. Y entonces, con un último grito que pareció desgarrar la realidad misma, el cuerpo del padre Miguel se desplomó inerte.
El silencio que siguió fue absoluto, como si el tiempo mismo se hubiera detenido. Catalina permaneció inmóvil, el rosario aún en su mano, mirando el cuerpo caído del padre Miguel. A su alrededor, las hermanas comenzaban a despertar del trance, sus rostros reflejando confusión y miedo.
Lentamente, como temiendo lo que pudiera encontrar, Catalina se arrodilló junto al sacerdote. Su piel había recuperado su color natural y las venas negras que la recorrían habían desaparecido. Con manos temblorosas comprobó su pulso. débil, pero constante. Está vivo, murmuró sintiendo una oleada de alivio. La entidad lo ha abandonado, pero su alivio duró poco.
Un grito ahogado de sorbeatriz la hizo volverse. La anciana monja yacía en el suelo y sobre ella se alzaba la figura del padre Andrés, pero había algo diferente en él. Sus movimientos eran espasmódicos, como si su cuerpo estuviera siendo controlado por una fuerza externa, y sus ojos sus ojos eran ahora completamente negros, sin pupila ni iris, dos pozos de oscuridad absoluta.
“¿Creíste que sería tan fácil deshacerte de mí?”, dijo con una voz que no era la suya, una voz que Catalina reconoció con terror como la misma que había escuchado en la cripta y en los labios del padre Miguel. Este anciano ya me ha servido durante décadas. Su cuerpo es débil, pero suficiente para mis propósitos inmediatos. Catalina comprendió lo que había sucedido.
Al ser expulsada del cuerpo del padre Miguel. La entidad había buscado otro recipiente y el padre Andrés, por su larga asociación con ella, había sido el más vulnerable. Sal de él”, exigió Catalina, aunque sabía que sus palabras eran inútiles. La cosa que ahora habitaba el cuerpo del padre Andrés soltó una risa terrible, un sonido que pareció sacudir los cimientos mismos de la capilla.
“Este cuerpo no durará mucho”, dijo flexionando los dedos como si probara un nuevo par de guantes. lo suficiente para matarte a ti y a todos los testigos de lo que ha ocurrido aquí. Con una velocidad que desmentía la edad del cuerpo que ocupaba, la criatura se abalanzó sobre Catalina. Ella apenas tuvo tiempo de apartarse, sintiendo el rose de aquellas manos que buscaban su garganta.
Las hermanas, ahora completamente despiertas, comenzaron a gritar y a correr hacia las puertas de la capilla. Algunas ayudaban a las más ancianas, otras simplemente huían presa del pánico. Catalina buscó desesperadamente algo con que defenderse. El rosario había funcionado contra el padre Miguel porque había sido preparado específicamente para él, usando un objeto personal.
Y siguiendo el ritual descrito por Sorines, no tenía nada similar para el padre Andrés. La criatura volvió a atacar y esta vez Catalina no fue lo suficientemente rápida. Unas manos frías y fuertes la sujetaron por los hombros, empujándola contra el altar. Su cabeza golpeó contra la piedra y por un momento todo se volvió borroso.
Tu interferencia termina aquí, pequeña hermana. siseó la criatura su rostro a centímetros del de Catalina. Pero no te preocupes, no te mataré aún. Primero te mostraré lo que les ocurre a quienes se atreven a desafiarme. Catalina luchaba por liberarse, pero la fuerza sobrenatural que animaba el cuerpo del anciano sacerdote era imposible de contrarrestar.
Vio con horror como la boca del padre Andrés se abría más de lo humanamente posible. revelando hileras de dientes afilados como los que había visto en el padre Miguel. Y entonces, cuando creía que todo estaba perdido, vio algo por encima del hombro de su atacante, Sor Beatriz, que se había incorporado silenciosamente.
Sostenía el pesado crucifijo de plata que normalmente presidía el altar. Con todas sus fuerzas, la anciana monja descargó el crucifijo sobre la cabeza del padre Andrés. El impacto resonó con un crujido húmedo y la criatura soltó a Catalina tambaleándose hacia atrás. “¡Corre!”, gritó Sorbeatriz. Pero Catalina sabía que no podían simplemente huir.
La entidad encontraría otro cuerpo. Seguiría causando muerte y sufrimiento. Debían acabar con ella de una vez por todas. Recordó entonces otro pasaje del diario de Sorinés, uno que había leído apresuradamente y que mencionaba la necesidad de sellar la puerta por la que la entidad entraba a nuestro mundo. La cripta, exclamó, “Debemos volver a la cripta.
” Sorbeatriz la miró sin comprender, pero asintió. Juntas comenzaron a arrastrar el cuerpo inconsciente del padre Andrés hacia la trampilla que Catalina había descubierto la noche anterior. El esfuerzo era considerable. A pesar de su apariencia frágil, el padre Andrés pesaba como si sus huesos estuvieran hechos de plomo.
Además, de vez en cuando su cuerpo se sacudía con espasmos violentos, como si la entidad que lo habitaba luchara por recuperar el control. Finalmente lograron llegar hasta la trampilla. Catalina la abrió revelando la escalera que descendía hacia la oscuridad de la cripta. El olor que ascendía era aún más fuerte que la noche anterior, una mezcla de putrefacción, incienso y algo más antiguo, más elemental.
¿Estás segura de esto, niña?, preguntó Sor Beatriz, la duda reflejándose en su rostro arrugado. Catalina no estaba segura de nada, pero sabía que no tenían alternativa. La entidad debía ser devuelta a su dimensión de origen y según Sor Inés, eso solo podía hacerse en el lugar donde el velo entre mundos era más fino, el antiguo templo sobre el que se había construido el convento.
Estoy segura respondió con más confianza de la que sentía. Entre las dos comenzaron a descender las escaleras, arrastrando el cuerpo del padre Andrés. Cada paso parecía llevarlas más profundamente, no solo en las entrañas de la tierra, sino en un pasado olvidado, en una época en que dioses hambrientos exigían sacrificios a cambio de sus favores.
Al llegar al final de la escalera, la cripta se abrió ante ellas, tan sombría y opresiva como Catalina la recordaba. Pero ahora, iluminada por la lámpara de aceite que Sor Beatriz había tenido la previsión de traer, podía ver detalles que antes habían escapado a su atención. Los nichos en las paredes que había creído destinados a albergar ataúdes estaban vacíos y en el suelo, grabados en la piedra, había símbolos complejos que formaban un gran círculo alrededor del altar central.
“Es una puerta”, murmuró Catalina. comprendiendo súbitamente, no un altar, sino una puerta hacia hacia donde sea que esa cosa viene. Siguiendo las instrucciones que recordaba del diario, Catalina y Sor Beatriz arrastraron el cuerpo del padre Andrés hasta el centro del círculo. Justo cuando lo depositaban sobre la piedra, el anciano sacerdote abrió los ojos completamente negros.
“Tontas!”, siseó con aquella voz múltiple. Me habéis traído exactamente donde quería estar. Un viento helado surgió de la nada, agitando los hábitos de las dos mujeres y amenazando con apagar la lámpara. Las sombras en las paredes de la cripta parecieron cobrar vida propia, retorciéndose y estirándose de formas imposibles.
El cuerpo del padre Andrés comenzó a levitar ligeramente sobre el altar de piedra, su espalda arqueándose de manera antinatural. De su boca abierta emanaba ahora un humo negro y espeso que se arremolinaba sobre él, formando lentamente una figura vagamente humanoide. Catalina comprendió entonces el error que habían cometido.
La entidad no necesitaba el ritual completo para manifestarse en este lugar. La cripta construida sobre las ruinas de un templo azteca dedicado a deidades oscuras era un punto de conexión natural entre mundos. “Se está materializando”, murmuró sintiendo que el terror amenazaba con paralizarla. está utilizando la energía vital del padre Andrés para manifestarse físicamente.
Efectivamente, a medida que la forma de humo se solidificaba, el cuerpo del anciano sacerdote parecía consumirse, su piel arrugándose y adhiriéndose a los huesos como si estuviera envejeciendo décadas en cuestión de segundos. S. Beatriz se persignó, sus labios moviéndose en una oración silenciosa. Luego, con determinación, dio un paso hacia el altar.
No permitiré que esto continúe”, declaró su voz quebrada pero firme. “He sido testigo y cómplice por mi silencio durante demasiado tiempo. Antes de que Catalina pudiera detenerla, la anciana monja sacó un pequeño frasco de entre los pliegues de su hábito. Reconociéndolo como aceite de unción, Catalina intentó comprender qué planeaba hacer Sorbeatriz.
¡Espere!”, gritó, pero era demasiado tarde. Sor Beatriz había vertido el contenido del frasco sobre la figura de humo, pronunciando una oración en latín que Catalina reconoció como parte del ritual de exorcismo. El efecto fue inmediato y terrible. La forma de humo pareció solidificarse por un instante, adquiriendo brevemente la apariencia de un ser de piel negra y brillante, con múltiples ojos y apéndices que se retorcían como tentáculos.
Luego, con un rugido que sacudió la cripta entera, la criatura se abalanzó sobre Sor Beatriz. Catalina vio con horror cómo la anciana monja era levantada del suelo por fuerzas invisibles, su cuerpo sacudido violentamente en el aire mientras la entidad se fundía con ella, penetrando por su boca, nariz y ojos. “No!”, gritó Catalina corriendo hacia ella, pero fue repelida por una fuerza invisible que la arrojó contra una de las columnas de piedra.
El dolor del impacto la dejó momentáneamente aturdida. Cuando logró enfocar nuevamente su visión, vio que Sor Beatriz había caído al suelo, su cuerpo inmóvil. Junto a ella, el padre Andrés yacía sobre el altar, reducido a poco más que un cadáver momificado, toda su energía vital consumida por la entidad. Catalina se acercó a Sor Beatriz temiendo lo peor.
Para su sorpresa, la anciana monja aún respiraba, aunque débilmente. Sus ojos se abrieron y Catalina vio con alivio que seguían siendo los mismos ojos cansados y amables que conocía, no los pozos de oscuridad que había visto en el padre Andrés. Niña”, susurró Sor Beatriz con voz entrecortada, “lo he contenido temporalmente, el aceite bendecido por el Papa durante mi peregrinación a Roma hace 40 años.
No hable, conserve sus fuerzas”, rogó Catalina sosteniendo la mano de la anciana. “No hay tiempo”, insistió Sor Beatriz. La entidad está dentro de mí, pero no puede poseerme completamente. Mi fe es mi escudo, pero no resistiré mucho tiempo. Mientras hablaba, Catalina notó con horror que pequeñas venas negras comenzaban a extenderse por el cuello de la anciana, avanzando lentamente hacia su rostro.
El diario, continuó Sor Beatriz, cada palabra un esfuerzo evidente. Sor Inés encontró la manera de sellar la puerta para siempre. Catalina extrajo apresuradamente el diario de entre los pliegues de su hábito. Lo abrió pasando frenéticamente las páginas hasta llegar a las últimas anotaciones. “Aquí dice algo sobre un sello”, murmuró leyendo a toda prisa.
Un sacrificio voluntario, sangre inocente derramada por amor, no por miedo. Sí, confirmó Sor Beatriz, una leve sonrisa formándose en sus labios pálidos. Un acto de amor, el mayor sacrificio. Catalina sintió que se le helaba la sangre al comprender las implicaciones. No dijo sacudiendo la cabeza. Debe haber otra manera.
No la hay, respondió la anciana. La entidad solo puede ser sellada en su dimensión si alguien la lleva consigo voluntariamente. Sor Beatriz se incorporó ligeramente, su rostro contorsionado por el dolor, pero también iluminado por una determinación feroz. “Yo lo haré”, declaró. “He vivido mi vida.
He visto demasiado mal sin actuar. Esta es mi redención. No puedo permitirlo”, exclamó Catalina lágrimas corriendo por sus mejillas. “No me estás permitiendo nada”, respondió Sor Beatriz con sorprendente firmeza. “Es mi sacrificio en el nombre del Padre.” La anciana monja se puso de pie con un esfuerzo sobrehumano. Las venas negras habían alcanzado su rostro, dibujando patrones siniestros en su piel arrugada, pero sus ojos, aunque ahora inyectados en sangre, seguían siendo los suyos.
“Dame tu mano”, pidió a Catalina. Con manos temblorosas, Catalina obedeció. Sor Beatriz sacó un pequeño cuchillo, el mismo que utilizaban en la cocina del convento para pelar frutas. Y antes de que Catalina pudiera reaccionar, hizo un corte en la palma de la joven. Sangre inocente, murmuró mientras guiaba la mano sangrante de Catalina hacia el borde del altar de piedra, derramada por amor.
Al contacto con la sangre, los símbolos grabados en la piedra comenzaron a brillar. Con una luz rojiza, el suelo de la cripta tembló y del centro del altar surgió una grieta de la que emanaba una luz sobrenatural. Sorbeatriz soltó la mano de Catalina y avanzó hacia la grieta. Su cuerpo entero temblaba ahora, como si librara una batalla interna contra la entidad que intentaba poseerla.
El último ingrediente, dijo, volviéndose una última vez hacia Catalina. El sacrificio voluntario, por favor, soyó Catalina, pero sabía que no podía detenerla. Vive, niña, dijo Sor Beatriz. Vive y recuerda, recuerda que incluso en la oscuridad más profunda, la luz de la fe puede prevalecer. Con estas palabras, la anciana monja dio un paso hacia la grieta y se dejó caer en ella.
Por un instante, su figura quedó suspendida sobre el abismo, bañada en aquella luz sobrenatural. Luego, con un grito que mezclaba dolor y triunfo, Sor Beatriz desapareció en las profundidades. Un rugido ensordecedor emergió de la grieta como si mil voces gritaran al unísono. La luz se intensificó hasta volverse cegadora, obligando a Catalina a cubrirse los ojos.
Cuando finalmente pudo ver de nuevo, la grieta había desaparecido. El altar de piedra estaba intacto, sin señal alguna de la apertura que había existido momentos antes. Los símbolos grabados en él habían dejado de brillar y parecían ahora simples marcas erosionadas por el tiempo. La cripta estaba en silencio, un silencio absoluto que contrastaba con el caos anterior.
Solo quedaba el cuerpo momificado del padre Andrés sobre el altar, testigo mudo del horror que habían enfrentado. Catalina permaneció inmóvil durante lo que parecieron horas, sus lágrimas secándose en sus mejillas. Finalmente, con piernas temblorosas, se levantó y comenzó a ascender por la escalera. Al emerger en la capilla, encontró que la luz del día inundaba ahora el espacio a través de los vitrales.
Las hermanas habían regresado agrupadas en pequeños círculos, murmurando confusas sobre lo ocurrido. Algunas atendían al padre Miguel, que yacía inconsciente, pero vivo en uno de los bancos. La madre superiora se acercó apresuradamente a Catalina. “Sor Catalina, ¿qué hacedido? Las hermanas hablan de cosas imposibles. Catalina miró a la madre superiora, luego a las hermanas reunidas en la capilla.
¿Cómo explicar lo que había presenciado? ¿Cómo describir el horror y el sacrificio de las últimas horas? Ha terminado. Dijo simplemente. Sor Beatriz. Ella no pudo continuar. Las palabras no podían hacer justicia al sacrificio de la anciana monja. La madre superiora pareció comprender que algo trascendental había ocurrido. Con un gesto de respeto, tomó las manos de Catalina entre las suyas.
“Más tarde, “Cuando estés lista”, dijo con suavidad, “ahora debes descansar.” Catalina asintió agradecida por no tener que explicar inmediatamente. Sabía que eventualmente tendría que contar lo sucedido, al menos parte de ello. Pero por ahora solo quería honrar en silencio la memoria de Sor Beatriz, cuyo sacrificio había salvado no solo al convento, sino quizás a muchas más almas inocentes.
Mientras se dirigía a su celda, Catalina se detuvo frente a una ventana. El sol brillaba sobre Ciudad de México, sus rayos iluminando las antiguas construcciones coloniales con la misma luz dorada que había visto el día anterior, antes de que su mundo cambiara para siempre. En su mano aún sostenía el diario de Sorinés, un testamento de horrores pasados, pero también una advertencia para el futuro.
Catalina comprendió que ahora era su responsabilidad asegurarse de que la historia no se repitiera, de que el sacrificio de Sorbeatriz no fuera en vano. Con esta resolución en mente, Catalina guardó el diario en su celda bajo una losa suelta del suelo. Luego se arrodilló frente al pequeño crucifijo que colgaba en su pared y comenzó a rezar.
No rezaba pidiendo protección o consuelo, sino fuerza. Fuerza para vigilar, para recordar, para mantener la luz encendida frente a las tinieblas que siempre acechan en los rincones más oscuros del alma humana. Porque ahora sabía que a veces la verdadera batalla entre el bien y el mal no se libra en grandes campos de batalla o con ejércitos celestiales, sino en los rincones olvidados, en las criptas subterráneas, en los corazones de personas ordinarias que eligen enfrentarse a la oscuridad, no importa el costo. Y mientras el sol comenzaba su
descenso hacia el horizonte, Catalina juró que estaría vigilante por Sor Beatriz, por Sor Inés, por todas las almas inocentes que merecían ser protegidas de los horrores que acechan en las sombras. M.
News
Cuando una monja organizaba libros en Oaxaca, encontró cartas de amor entre el padre y un diácono
Cuando una monja organizaba libros en Oaxaca, encontró cartas de amor entre el padre y un diácono El monasterio de…
Cuando los electricistas abrieron una caja en Veracruz, cayeron dientes humanos en aceite negro
Cuando los electricistas abrieron una caja en Veracruz, cayeron dientes humanos en aceite negro Cuando los electricistas abrieron una caja…
Cuando una sirvienta limpió un ropero en Oaxaca, cayó un cajón lleno de muñecas con dientes humanos
Cuando una sirvienta limpió un ropero en Oaxaca, cayó un cajón lleno de muñecas con dientes humanos ¿Alguna vez se…
Cuando el monaguillo de Guanajuato barrió la cripta, halló máscaras con rostros de niños del coro
Cuando el monaguillo de Guanajuato barrió la cripta, halló máscaras con rostros de niños del coro El amanecer apenas se…
Cuando demolieron el techo en Morelos, cayeron 23 muñecas con el mismo vestido y nombre bordado
Cuando demolieron el techo en Morelos, cayeron 23 muñecas con el mismo vestido y nombre bordado supervisor incompetente. Esa tarde,…
La Monja Que Tuvo Gemelos Del Sacerdote y Los Hizo Herederos Del Convento: Puebla, 1729
La Monja Que Tuvo Gemelos Del Sacerdote y Los Hizo Herederos Del Convento: Puebla, 1729 En la ciudad de Puebla…
End of content
No more pages to load






