Cuando los electricistas cortaron la luz en Veracruz, las bombillas siguieron parpadeando solas

El zumbido constante de los ventiladores era el único sonido que rompía el silencio en el apartamento de Martín Ruiz. A sus 35 años se había acostumbrado a la soledad de su hogar en el centro histórico de Veracruz. El calor húmedo de julio hacía que las gotas de sudor resbalaran por su frente mientras revisaba unos documentos para su trabajo como contador en una empresa local.
El edificio donde vivía era una antigua construcción colonial de dos plantas con paredes gruesas que habían resistido huracanes y el paso del tiempo. Su apartamento ocupaba la esquina del segundo piso con ventanas que daban a la calle principal y a un callejón lateral. La pintura amarilla de las paredes exteriores se descascaraba en algunos puntos, pero eso solo añadía carácter a la estructura centenaria.
Martín miró el reloj. Las 6:45 de la tarde. El sol comenzaba a ponerse proyectando sombras alargadas a través de las persianas venecianas. El calor era insoportable, incluso con los dos ventiladores funcionando a máxima potencia. suspiró levantándose para servirse un vaso de agua fría del refrigerador.
Fue entonces cuando notó el primer parpadeo, la lámpara de pie junto a su escritorio titubeó apenas por un segundo. Martín frunció el ceño. Los cortes eléctricos no eran inusuales durante el verano en Veracruz, pero generalmente venían precedidos de varias fluctuaciones antes de que la electricidad se fuera por completo. regresó a su escritorio, pero no pudo concentrarse. Algo se sentía diferente.
El aire parecía más denso, como si la humedad habitual de la ciudad portuaria se hubiera intensificado hasta volverse casi palpable. Intentó ignorar la sensación mientras organizaba los papeles en pilas ordenadas. Su teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de la compañía eléctrica. Estimado usuario, le informamos que mañana 15 de julio se realizarán trabajos de mantenimiento en el sector centro histórico de Veracruz.
El servicio será interrumpido de 900 am a 20 pm. Disculpe las molestias. Martín dejó el teléfono sobre la mesa. Al menos tendría tiempo de prepararse, pensó. Cargaría su laptop y su teléfono durante la noche. Quizás compraría hielo para mantener algunos alimentos frescos. La lámpara volvió a parpadear, esta vez por más tiempo, 3 cu segundos.
Luego regresó a la normalidad. El contador se levantó y se acercó a la ventana. Miró hacia la calle. Las farolas ya estaban encendidas, iluminando las aceras donde algunas personas caminaban apresuradamente, probablemente de regreso a casa después de una jornada laboral. El cielo se había tornado de un naranja intenso que se oscurecía gradualmente hacia el este.
Nada parecía fuera de lo común. Volvió a sentarse y encendió la televisión buscando algo que lo distrajera. Pasó por varios canales hasta detenerse en las noticias locales. Una reportera hablaba sobre el aumento de la temperatura en la región. Se espera que esta ola de calor continúe durante al menos una semana más.
Las autoridades recomiendan a la población mantenerse hidratada y evitar exponerse al sol entre las 11 y las 400 pm. Martín apenas prestaba atención. Su mirada estaba fija en la lámpara, anticipando otro parpadeo que no llegaba. Se regañó internamente por su paranoia. Solo era la red eléctrica sobrecargada por los aires acondicionados, funcionando a toda capacidad en la ciudad.
El sonido del timbre lo sobresaltó. Miró nuevamente el reloj, 720 ppm. No esperaba visitas. con cierta cautela se acercó a la puerta y miró por la mirilla. Un hombre con uniforme azul y un casco de seguridad amarillo esperaba en el pasillo. Llevaba una insignia de la Comisión Federal de Electricidad en el pecho.
Martín abrió la puerta, pero dejó puesta la cadena de seguridad. “Buenas noches”, dijo el hombre. Su rostro estaba parcialmente oculto por la visera del casco, pero Martín pudo distinguir una barba oscura y ojos cansados. Disculpe la molestia, soy de la CFE. Estamos haciendo revisiones previas al mantenimiento programado para mañana. Revisiones.
No recibí ningún aviso sobre eso”, respondió Martín desconfiado. El hombre sacó una identificación del bolsillo de su camisa y la sostuvo cerca de la apertura. Ricardo Vega, técnico de mantenimiento. Solo necesitamos verificar algunos medidores. No tomará más de 5 minutos. Martín examinó la credencial.
parecía auténtica con el logo oficial de la CFE y una fotografía que coincidía con el hombre frente a él. Después de un momento de duda, quitó la cadena y abrió la puerta. “Los medidores están en la cocina”, indicóñalando hacia el fondo del apartamento. Ricardo asintió y entró. Martín notó que llevaba una caja de herramientas metálica y un aparato que parecía un multímetro digital.
El técnico caminó hacia la cocina con pasos decididos, como si conociera el lugar. ¿Vive solo?, preguntó Ricardo mientras examinaba la caja de fusibles junto al refrigerador. La pregunta hizo que Martín se tensara ligeramente. “Sí”, respondió secamente. “Mejor así”, comentó el técnico. “Estos edificios antiguos tienen instalaciones eléctricas complicadas.
A veces tenemos que cortar la energía sin previo aviso. Es más fácil cuando no hay que coordinar con varias personas. Martín observó en silencio como el hombre abría la caja de fusibles y comenzaba a tomar lecturas con su dispositivo. Había algo en su presencia que lo incomodaba, aunque no podía precisar qué exactamente.
¿Ha notado alguna fluctuación en el servicio? preguntó Ricardo mientras anotaba algo en una pequeña libreta. Las luces han parpadeado un par de veces hoy admitió Martín. Ricardo asintió sin levantar la mirada. Es normal. Estamos reajustando algunos transformadores en el área. Probablemente notará más parpadeos esta noche.
El mensaje decía que el corte sería mañana, señaló Martín. El mantenimiento principal. Sí, respondió el técnico cerrando la caja de fusibles, pero estamos haciendo ajustes previos desde hoy. Algunos sectores experimentarán cortes intermitentes. Martín no recordaba que el mensaje mencionara nada de eso, pero no discutió.
Solo quería que el técnico terminara y se marchara. Ricardo guardó sus herramientas y se volvió hacia él. Todo parece estar en orden. Le recomiendo que desconecte los aparatos electrónicos sensibles antes de acostarse. Solo por precaución. Lo haré, respondió Martín acompañándolo hacia la puerta. Antes de salir, Ricardo se detuvo y miró directamente a Martín bajo la luz del pasillo.
Sus ojos parecían inusualmente oscuros, casi completamente negros. Una cosa más, dijo con voz baja, si las luces comienzan a parpadear de forma rítmica, apáguelas manualmente. No use los interruptores. Martín frunció el seño. ¿Por qué? Protocolo de seguridad, respondió Ricardo con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Buenas noches, señor Ruis. La puerta se cerró y Martín se quedó inmóvil con una sensación de inquietud creciendo en su pecho. No recordaba haber mencionado su apellido al técnico. Regresó a la sala intentando sacudirse la incomodidad que sentía. Encendió la televisión nuevamente, pero ya no podía concentrarse en las noticias.
La advertencia del técnico resonaba en su mente. Si las luces comienzan a parpadear de forma rítmica, apáguelas manualmente. ¿Qué había querido decir con eso? Las horas pasaron lentamente. A las 9, Martín preparó una cena sencilla, un sándwich y una cerveza fría. No tenía apetito, pero sabía que debía comer algo. Mientras masticaba distraídamente, su mirada seguía desviándose hacia las lámparas del apartamento, esperando otro parpadeo.
A las 10 decidió tomar una ducha para refrescarse antes de dormir. El agua fría sobre su piel lo ayudó a relajarse un poco. Se vistió con unos shorts ligeros y una camiseta blanca, el atuendo más fresco que tenía para dormir en esas noches calurosas. Justo cuando estaba secándose el pelo con una toalla, ocurrió.
Todas las luces del apartamento parpadearon simultáneamente. Un segundo de oscuridad, luego volvieron. 2 segundos de oscuridad, luego volvieron. 3 segundos. Martín contuvo la respiración contando los intervalos. Había un patrón definido. Las luces no estaban fallando aleatoriamente. Estaban parpadeando con un ritmo preciso, como si siguieran algún tipo de código.
Recordó la advertencia de Ricardo y se apresuró a la sala. Alcanzó la lámpara de pie y buscó el interruptor en el cable. Justo cuando iba a apagarla, todas las luces se estabilizaron de nuevo. El apartamento quedó en silencio. Solo el zumbido de los ventiladores y el débil murmullo del tráfico exterior. Martín exhaló lentamente.
Quizás solo era su imaginación jugándole una mala pasada después de la extraña visita del técnico. se dirigió a su habitación decidido a dormir un poco, a pesar del calor y la inquietud. Se recostó sobre la cama sin meterse bajo las sábanas. El ventilador de techo giraba perezosamente sobre él, moviendo el aire caliente sin realmente refrescarlo.
Cerró los ojos intentando vaciar su mente. Estaba comenzando a adormecerse cuando escuchó un sonido. Tap, tap, tap. abrió los ojos. El sonido venía de la ventana de su habitación, lento, rítmico, tap, tap, tap. Se incorporó lentamente. Las cortinas estaban cerradas, pero podía ver una sombra proyectada contra la tela.
Algo o alguien estaba del otro lado del vidrio. “¡Imposible”, pensó. Su apartamento estaba en un segundo piso y la ventana daba al callejón lateral donde no había escaleras ni plataformas accesibles. Tap, tap, tap. Con el corazón acelerado, Martín se levantó y se acercó cautelosamente a la ventana. extendió la mano hacia la cortina, dudó un momento y finalmente la apartó con un movimiento rápido.
No había nada, solo la oscuridad del callejón iluminado débilmente por la luna examinó el vidrio buscando alguna rama o cable que pudiera haber golpeado la ventana con el viento. Nada. El aire estaba completamente quieto esa noche. Cuando se dio la vuelta para regresar a la cama, la bombilla del techo comenzó a parpadear nuevamente.
Esta vez el ritmo era más rápido, casi frenético. Antes de que pudiera reaccionar, todas las luces del apartamento se apagaron de golpe. Oscuridad total. Martín permaneció inmóvil, esperando que sus ojos se adaptaran a la penumbra. La única iluminación provenía ahora de las farolas de la calle que proyectaban un resplandor anaranjado a través de las cortinas.
Buscó a tias su teléfono sobre la mesita de noche. La pantalla se iluminó cegándolo momentáneamente. Eran las 11:47 pm. Abrió la aplicación de linterna y apuntó el az de luz hacia la puerta de su habitación. El pasillo más allá estaba completamente a oscuras. Solo es un corte de luz”, murmuró para sí mismo intentando calmarse. Con pasos cautelosos avanzó por el pasillo hacia la sala.
El azterna del teléfono creaba sombras alargadas y distorsionadas en las paredes. El apartamento, tan familiar durante el día, parecía ahora un lugar extraño y amenazante. Llegó a la ventana de la sala y miró hacia la calle. Para su sorpresa, las luces de los otros edificios seguían encendidas. Las farolas brillaban con normalidad. Solo su edificio parecía estar afectado por el corte o quizás solo su apartamento.
El pensamiento hizo que un escalofrío recorriera su espalda a pesar del calor. Intentó encender las luces nuevamente, presionando varios interruptores sin éxito. Decidió comprobar la caja de fusibles en la cocina, recordando que el técnico había estado manipulándola horas antes. La cocina estaba en penumbras con apenas un tenue resplandor plateado de la luna filtrándose por una pequeña ventana sobre el fregadero.
Martín dirigió la luz de su teléfono hacia la caja de fusibles junto al refrigerador. La puerta metálica estaba ligeramente abierta. Conteniendo la respiración, Martín la abrió completamente. Los fusibles parecían estar en su lugar, pero había algo extraño. Un objeto pequeño y oscuro había sido colocado entre los contactos principales.
Acercó la luz para ver mejor. Era una especie de dispositivo no más grande que un encendedor con un diminuto LED rojo que parpadeaba al mismo ritmo que habían seguido las luces antes de apagarse. Con cuidado, Martín extendió la mano para tocarlo, pero se detuvo. No sabía qué era ese objeto ni qué podría suceder si lo manipulaba incorrectamente.
habría instalado Ricardo durante su visita y con qué propósito. El sonido de pasos en el pasillo exterior interrumpió sus pensamientos. Se quedó inmóvil escuchando pasos lentos y pesados que se detenían frente a su puerta. Tap, tap, tap. Alguien estaba llamando con el mismo ritmo exacto que había escuchado en su ventana.
Martín apagó la linterna de su teléfono y retrocedió silenciosamente hasta quedar oculto tras la isla de la cocina. Su respiración era superficial y rápida. Tap, tap, tap, más fuerte esta vez. Luego el sonido de una llave introduciéndose en la cerradura. “¡Imposible”, pensó Martín. Nadie más tenía llave de su apartamento. El mecanismo de la puerta giró con un chasquido metálico.
Lentamente la puerta comenzó a abrirse. Una franja de luz del pasillo se proyectó sobre el suelo de la sala, alargándose a medida que la puerta se abría más. Martín contapado detrás de la isla de la cocina. Su mente repasaba frenéticamente las opciones: correr hacia la habitación y bloquear la puerta, enfrentar al intruso o permanecer escondido esperando que no lo descubriera.
La silueta de un hombre se perfiló contra la luz. Era alto y delgado, con lo que parecía ser un casco o gorra en la cabeza. Señor Ruiz, la voz era familiar. Soy Ricardo de la CFE. ¿Está todo bien? Martín no respondió. Algo en la situación no cuadraba. ¿Qué hacía el técnico regresando a casi medianoche? ¿Y cómo había conseguido una llave de su apartamento? Detectamos una anomalía en el suministro de su edificio, continuó Ricardo avanzando lentamente hacia el interior.
Vine a comprobar si todo estaba en orden. La figura se detuvo en medio de la sala, girando lentamente, como si inspeccionara el lugar. A contraluz, Martín no podía distinguir claramente su rostro. “Sé que está aquí, señor Ruiz”, dijo Ricardo con voz suave. Solo quiero ayudar. Un escalofrío recorrió la espalda de Martín.
¿Cómo sabía que estaba allí? El apartamento estaba a oscuras y él no había hecho ningún ruido. La figura dio un paso más hacia la cocina. La luz del pasillo iluminó parcialmente su rostro y Martín tuvo que contener una exclamación de sorpresa. No era Ricardo, al menos no exactamente. El hombre tenía rasgos similares, pero sus ojos sus ojos eran completamente negros, sin ir pupila visible.
Su piel tenía un tono grisáceo, casi como si estuviera hecha de cera. Los dispositivos están funcionando correctamente”, murmuró el falso Ricardo, aparentemente hablando consigo mismo. Fase uno completada. Martín sintió que su corazón latía tan fuerte que temía que el intruso pudiera oírlo. Con movimientos minúsculos deslizó su mano hacia el cajón más cercano, donde guardaba algunos utensilios de cocina.
si lograba alcanzar un cuchillo. El hombre giró bruscamente la cabeza en su dirección, como si hubiera percibido su movimiento a pesar de la oscuridad. “Ahí estás”, dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos inhumanos. Martín abandonó cualquier intento de sigilo, abrió el cajón de un tirón, agarró el primer cuchillo que encontró y lo empuñó frente a él.
Salga de mi casa ahora mismo”, gritó intentando que su voz sonara firme a pesar del miedo. “He llamado a la policía. Están en camino.” El falso Ricardo inclinó la cabeza como si estuviera evaluando la veracidad de sus palabras. “No ha llamado a nadie, señor Ruiz”, respondió con calma. “Su teléfono no tiene señal desde hace 20 minutos”. Martín miró rápidamente la pantalla de su teléfono.
Era cierto, no había barras de señal, solo un inquietante mensaje sin servicio. ¿Quién es usted?, exigió Martín, manteniendo el cuchillo en alto. ¿Qué quiere? Ya se lo dije. Soy Ricardo Vega, técnico de la CFE, respondió el hombre con la misma voz monótona. Y lo que quiero es completar mi trabajo. Usted no es Ricardo insistió Martín. ¿Qué hizo con él? ¿Qué es ese dispositivo en mi caja de fusibles? La sonrisa del hombre se ensanchó ligeramente.
Es observador. Eso es bueno. El dispositivo es un modulador de frecuencia electromagnética. Nada de lo que deba preocuparse. Martín apretó con más fuerza el mango del cuchillo. No me está respondiendo. ¿Quién es usted realmente? El falso Ricardo suspiró un sonido extrañamente mecánico.
La identidad es un concepto tan limitante. Digamos que soy un facilitador. Estoy preparando el terreno. Preparando para qué. La voz de Martín tembló ligeramente. “Para los que vienen”, respondió el hombre con naturalidad, como si estuviera discutiendo el clima. Veracruz es un punto de entrada ideal. Su edificio en particular tiene características estructurales que lo hacen perfecto para nuestros propósitos.
Martín sintió que la habitación comenzaba a girar a su alrededor. Nada de lo que decía este hombre tenía sentido y, sin embargo, el miedo que sentía era visceral, primitivo. “Voy a salir de aquí”, declaró, comenzando a moverse lateralmente hacia la puerta principal, manteniendo la isla de la cocina entre él y el intruso.
“Y usted no va a detenerme.” El falso Ricardo no hizo ningún intento de bloquear su camino, simplemente lo observó con aquellos ojos negros y vacíos. “Puede irse si lo desea, señor Ruis”, dijo, “pero le aseguro que no encontrará ayuda ahí fuera, no esta noche.” Martín llegó a la puerta principal que seguía abierta.
Sin quitar los ojos del extraño, retrocedió hasta el pasillo. El hombre permaneció inmóvil en la cocina, observándolo. “La próxima vez que nos veamos, comprenderá mejor”. Fueron las últimas palabras que escuchó antes de salir corriendo por el pasillo hacia las escaleras. El edificio estaba sumido en un silencio inquietante.
Las luces del pasillo funcionaban, proyectando un resplandor amarillento sobre las paredes de estuco desgastado. Martín bajó las escaleras de dos en dos, aún sujetando el cuchillo de cocina en una mano y su teléfono sin señal en la otra. Llegó al vestíbulo en segundos. La puerta principal del edificio, una pesada estructura de madera con panel de vidrio, estaba cerrada, pero no asegurada.
Martín la empujó y salió a la calle. El aire nocturno lo golpeó como una bofetada húmeda. A pesar de ser casi medianoche, la temperatura seguía siendo sofocante. La calle estaba desierta, iluminada por farolas que creaban piscinas de luz anaranjadas sobre el pavimento. Miró hacia arriba, hacia las ventanas de su apartamento en el segundo piso.
Todas estaban a oscuras, excepto una, la de su sala, donde una tenue luz azulada parpadeaba rítmicamente. Tenía que encontrar ayuda. La comisaría más cercana estaba a seis cuadras de distancia. Si corría podría llegar en minutos. Comenzó a moverse rápidamente por la cera, mirando ocasionalmente hacia atrás para asegurarse de que no lo seguían.
Las calles del centro histórico, normalmente animadas incluso a altas horas de la noche debido a los bares y restaurantes, estaban extrañamente vacías. Los negocios parecían cerrados con sus cortinas metálicas bajadas y luces apagadas. Al doblar una esquina, Martín se detuvo en seco. A media cuadra, bajo la luz de una farola, había un hombre con uniforme azul y casco amarillo.
Estaba de espaldas a él, pero su postura era inconfundible. retrocedió silenciosamente y tomó una ruta alternativa, internándose en callejuelas más estrechas. El miedo le daba energía, manteniéndolo alerta a pesar del cansancio y la confusión. Después de varios minutos de caminar por callejones, Martín vio un letrero luminoso que le dio esperanza.
Hotel Veracruz Colonial. Las luces del lobby estaban encendidas, lo que sugería que había gente despierta. Se apresuró hacia la entrada guardando el cuchillo en el bolsillo trasero de sus shorts para no alarmar a nadie. El pequeño hotel ocupaba un edificio restaurado que mantenía la estética colonial de la zona.
La puerta de cristal se deslizó automáticamente al acercarse. El aire acondicionado del lobby fue un alivio inmediato para su piel sudorosa. Detrás del mostrador de recepción, una mujer joven con uniforme azul marino levantó la vista de una pantalla de computadora. “Buenas noches, señor”, saludó con una sonrisa profesional que vaciló ligeramente al notar su aspecto desaliñado.
“¿Puedo ayudarle?” Martín se dio cuenta de cómo debía verse despeinado, sudado, en shorts y camiseta, con expresión de pánico. Intentó componerse. Buenas noches. Necesito usar su teléfono, por favor. Es una emergencia. La recepcionista frunció el ceño. ¿Está todo bien, señor? ¿Necesita asistencia médica? No, no, respondió Martín rápidamente.
Solo necesito llamar a la policía. Mi apartamento. Alguien entró y mi teléfono no tiene señal. La joven pareció dudar un momento, evaluando si Martín representaba algún peligro. Finalmente asintió y señaló un teléfono fijo sobre el mostrador. ¿Puede usar este? ¿Quiere que llame yo por usted? No, gracias. Lo haré yo mismo.
Martín tomó el auricular y marcó el número de emergencias. 911. Esperó, pero no hubo tono de marcado. Presionó el botón para colgar y volvió a intentarlo. “Nada, parece que no funciona”, dijo. Devolviendo el auricular a su base. La recepcionista frunció el ceño. Qué extraño. Estaba funcionando hace un momento. Tomó el teléfono y también intentó marcar.
Tiene razón, no hay línea. A Martín sintió que el pánico comenzaba a crecer nuevamente. ¿Tiene teléfono celular o internet? Mi celular está en mi bolso, en la oficina trasera, respondió ella. En cuanto a internet, tenemos Wi-Fi para los huéspedes. Pero miró su pantalla y su expresión se tornó preocupada. Parece que también está caído.
Debe ser algún problema con las telecomunicaciones en la zona. ¿Hay alguien más en el hotel? ¿Algún guardia de seguridad? El guardia salió hace media hora a hacer su ronda exterior, explicó la recepcionista. Y tenemos pocos huéspedes esta noche. La mayoría ya están dormidos. ¿Quiere que llame al gerente? vive en el edificio contiguo.
Martín estaba a punto de aceptar cuando la puerta de cristal se deslizó, dejando entrar a un hombre. El aliento se le congeló en la garganta. Era un técnico con uniforme azul y casco amarillo de la CF. No era el mismo que había visto en su apartamento, ni el que había divisado en la calle. Este hombre era más bajo y corpulento, con un rostro redondo y piel morena, pero llevaba el mismo uniforme.
Y cuando miró hacia el mostrador, Martín vio el mismo vacío negro en sus ojos. “Buenas noches”, saludó el técnico con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Comisión Federal de Electricidad, estamos revisando un problema en la zona. La recepcionista sonrió aparentemente sin notar nada extraño en los ojos del hombre. Qué bueno que llegó.
Justo estábamos teniendo problemas con nuestras líneas telefónicas y la conexión a internet. El técnico asintió como si esperara esa información. Es parte del problema que estamos atendiendo. ¿Me permite revisar su caja de fusibles? Por supuesto, respondió ella, señalando una puerta junto al mostrador. Está por ahí en el cuarto de mantenimiento.
El técnico comenzó a caminar en esa dirección, pero se detuvo al pasar junto a Martín. Lo miró directamente y por un segundo Martín sintió como si aquellos ojos negros pudieran ver dentro de su alma. Buenas noches, señor Ruiz”, dijo en voz baja, solo para que él pudiera oírlo. “Qué coincidencia encontrarlo aquí.” Martín retrocedió un paso incapaz de responder.
El técnico sonrió nuevamente y continuó hacia el cuarto de mantenimiento. “¿Lo conoce?”, preguntó la recepcionista. Sorprendida,” respondió Martín rápidamente. Nunca lo había visto antes. Miró hacia la puerta por donde había desaparecido el técnico y luego hacia la entrada del hotel. “Tengo que irme, pero señor, no quería llamar a la policía.
” La joven parecía genuinamente preocupada. “¿Puedo intentar contactar al gerente para que lo ayude?” “No hay tiempo”, murmuró Martín ya retrocediendo hacia la salida. No confíe en ese hombre, no es un verdadero técnico de la CFE. La recepcionista lo miró confundida. ¿Qué quiere decir? Pero Martín ya estaba saliendo por la puerta deslizante.
El aire caliente de la noche lo envolvió nuevamente mientras corría calle abajo, alejándose del hotel. Esta vez tenía un destino claro en mente, la terminal de autobuses. Estaba a unos 15 minutos a pie desde su ubicación actual. Si lograba llegar allí, quizás podría tomar un autobús que saliera de la ciudad o al menos encontrar seguridad en un lugar más concurrido.
Las calles seguían inusualmente desiertas. Las pocas personas que Martín vio eran figuras distantes que desaparecían rápidamente en esquinas o entradas, como si ellas también estuvieran huyendo de algo. Después de unos 10 minutos de caminata rápida, Martín comenzó a notar algo perturbador. En cada cruce importante, en cada avenida que intentaba tomar, había un técnico de la CFE trabajando en algún poste o caja de control.
Todos llevaban el mismo uniforme azul y casco amarillo. Todos tenían aquellos ojos negros y vacíos. Parecían estar formando un perímetro, cerrando rutas de escape. Cambió de dirección varias veces, zigzagueando por callejuelas secundarias y pasajes entre edificios. El centro histórico de Veracruz, con sus estrechas calles coloniales y pasajes ocultos, le daba cierta ventaja para evitar ser detectado.
Finalmente, exhausto y desorientado, Martín se encontró en un callejón sin salida. Las paredes de edificios antiguos se alzaban a ambos lados, demasiado altas para escalar. retrocedió dispuesto a buscar otra ruta cuando escuchó voces acercándose desde la entrada del callejón. “El sujeto se mueve hacia el sur, sector 7”, decía una voz monótona.
“Patrón de movimiento errático pero predecible.” Entendido, respondió otra voz idéntica en tono. Convergiendo en su posición, el dispositivo principal está instalado y operativo. Fase dos, en progreso. Martín miró frenéticamente a su alrededor buscando alguna salida. A media altura en la pared derecha del callejón notó una pequeña ventana parcialmente abierta.
Debajo había varios contenedores metálicos de basura que podrían servirle como escalón. Sin pensarlo dos veces, trepó sobre los contenedores intentando hacer el menor ruido posible. El metal crujió bajo su peso, pero las voces en la entrada del callejón parecieron no notarlo. La ventana era apenas lo suficientemente grande para que pasara su cuerpo.
Con esfuerzo se hizó y deslizó a través de la abertura, cayendo con un golpe sordo en un suelo de baldosas. Se encontraba en lo que parecía ser la cocina abandonada de un antiguo restaurante. Olía a humedad y abandono. La escasa luz de la luna que se filtraba por la ventana revelaba mostradores vacíos, fregaderos oxidados y paredes descascaradas.
Martín se quedó inmóvil escuchando. No había sonidos de persecución, lo que sugería que los técnicos no lo habían visto entrar. Avanzó cautelosamente por la cocina hacia una puerta batiente. Más allá se extendía un comedor amplio con mesas y sillas apiladas contra las paredes.
Una gruesa capa de polvo cubría todo. En la pared opuesta vio una puerta que presumiblemente daba a la calle principal. Se movió hacia ella esquivando los muebles abandonados. La puerta estaba asegurada con cadenas desde el interior. Martín buscó algo para romper el candado, encontrando finalmente una barra de metal entre los escombros.
Después de varios golpes, el candado oxidado se dio. Martín retiró las cadenas y empujó la puerta que se abrió con un chirrido metálico que resonó en el silencio de la noche. Se encontró en una calle comercial que reconoció estaba a solo tres cuadras de la terminal de autobuses. Renovada su esperanza, comenzó a correr en esa dirección.
La terminal de autobuses de Veracruz, un edificio moderno de concreto y cristal. Aparentemente estaba en funcionamiento. Las luces exteriores estaban encendidas y Martín podía ver movimiento dentro. Apresuró sus pasos. Al acercarse notó algo extraño. Todos los autobuses estacionados en las plataformas tenían las luces apagadas.
No había pasajeros entrando o saliendo y las personas que se movían dentro de la terminal se detuvo a unos 50 m, ocultándose tras un puesto de periódicos cerrado. Entrecerró los ojos para ver mejor. Las figuras que se movían dentro de la terminal no eran pasajeros ni personal, eran técnicos de la CFE, decenas de ellos, todos con el mismo uniforme azul y casco amarillo, moviéndose con movimientos coordinados como si estuvieran siguiendo un plan preciso.
Martín sintió que sus últimas esperanzas se desvanecían. La terminal no era una ruta de escape, era otro punto de control. Mientras contemplaba sus opciones cada vez más limitadas, su teléfono vibró en su bolsillo. Sorprendido, lo sacó. La pantalla mostraba una llamada entrante de un número desconocido. Durante un segundo dudó.
Era una trampa, pero también podría ser su única oportunidad de comunicarse con alguien que pudiera ayudarlo. Aceptó la llamada y acercó el teléfono a su oído sin hablar. Martín Ruiz. La voz al otro lado era femenina, joven, pero firme. No hable, solo escuche. Sabemos lo que está pasando y podemos ayudarlo, pero tiene que confiar en nosotros y seguir nuestras instrucciones. Exactamente.
Martín tragó saliva aún sin responder. Tome la calle Morelos hacia el este, continuó la voz. En la tercera esquina verá una furgoneta blanca sin marcas. La puerta lateral estará abierta. Entre rápidamente y no mire atrás. Tiene 5 minutos antes de que detecten esta comunicación. La llamada se cortó abruptamente. Martín miró la pantalla.
No había registro de la llamada, como si nunca hubiera ocurrido. Sin embargo, la señal del teléfono había vuelto, mostrando una sola barra. No tenía muchas alternativas. podía quedarse donde estaba y eventualmente ser encontrado, o podía seguir las instrucciones de la misteriosa voz y al menos tener una posibilidad de escapar.
Respiró profundamente y comenzó a moverse hacia la calle Morelos, manteniéndose en las sombras lo más posible. La calle estaba tan desierta como las demás. Martín avanzó rápidamente contando las esquinas. Al llegar a la tercera, efectivamente vio una furgoneta blanca estacionada junto a la acera con el motor encendido, pero las luces apagadas. Se acercó con cautela.
La puerta lateral estaba ligeramente entreabierta, como le habían indicado. A través de la abertura solo podía ver oscuridad. Miró a su alrededor una vez más. No había señales de técnicos de la CFE ni de ninguna otra persona. Era ahora o nunca. Con un movimiento rápido, abrió la puerta lateral y subió a la furgoneta.
Apenas entró, la puerta se cerró automáticamente detrás de él. El interior estaba casi completamente a oscuras, iluminado solo por el ténue resplandor de varias pantallas de computadora. Bienvenido, señor Ruiz”, dijo una voz familiar desde el asiento del conductor. La misma voz femenina de la llamada telefónica. Por favor, siéntese y asegúrese.
Tenemos que movernos rápidamente. La furgoneta arrancó antes de que Martín pudiera responder. A medida que sus ojos se adaptaban a la oscuridad, comenzó a distinguir figuras en el interior. Había tres personas además de la conductora. Dos hombres y una mujer, todos jóvenes, vestidos con ropa oscura y expresiones serias.
¿Quiénes son ustedes? Preguntó finalmente Martín, aferrándose a un asidero mientras la furgoneta aceleraba. ¿Y cómo sabían mi nombre? ¿Qué está pasando? La mujer, sentada frente a un conjunto de monitores, giró su silla hacia él. Tenía el cabello corto y oscuro y ojos intensos que lo estudiaban con curiosidad. Mi nombre es Elena, respondió.
Somos parte de un grupo que monitorea y documenta incursiones como esta. Hemos estado siguiendo patrones similares en otras ciudades costeras. Veracruz es la décimercera en los últimos 6 meses. Incursiones de quién. ¿Qué son esos hombres con uniformes de la CFE? Elena intercambió una mirada con sus compañeros antes de responder. No son hombres, señor Ruiz, al menos ya no lo son.
El silencio que siguió a las palabras de Elena fue absoluto, solo interrumpido por el ronroneo del motor y el ocasional crujido de la suspensión mientras la furgoneta avanzaba por las calles desiertas de Veracruz. Martín la miró fijamente intentando procesar lo que acababa de escuchar. ¿Qué quiere decir con que ya no son hombres? Preguntó finalmente su voz apenas un susurro.
Elena se inclinó hacia delante, la luz azulada de los monitores iluminando su rostro desde abajo, dándole un aspecto casi espectral. “Son huéspedes, respondió. Cuerpos ocupados por algo más. Algo que no es de aquí. Uno de los hombres, el que parecía ser el mayor del grupo con su barba entre cana y gafas de montura metálica, intervino.
Lo llamamos el colectivo. No sabemos exactamente qué son, pero sabemos que no son humanos y que han estado infiltrándose gradualmente en varios puntos estratégicos. Esto es una locura,”, murmuró Martín pasándose una mano por el cabello húmedo de sudor. “Parece la trama de una película de ciencia ficción barata.” “Y sin embargo, aquí está usted”, señaló Elena, huyendo de técnicos eléctricos con ojos negros que saben su nombre y pueden entrar a su apartamento sin forzar la puerta.
¿Tiene una explicación mejor? Martín no respondió. no tenía una explicación alternativa. Lo que había experimentado desafiaba cualquier lógica convencional. “¿Cómo me encontraron?”, preguntó después de un momento. “Monitoreamos las comunicaciones”, explicó el hombre más joven, que hasta ahora había permanecido en silencio. Tenía rasgos asiáticos y manipulaba constantemente un dispositivo similar a una tablet.
Interceptamos un patrón inusual de señales electromagnéticas. centradas en su edificio. Luego detectamos su teléfono intentando conectarse repetidamente a redes ya comprometidas. Era cuestión de triangular su posición. ¿Y por qué yo? ¿Por qué mi edificio? Elena intercambió otra mirada con sus compañeros antes de responder.
Su edificio tiene una característica que lo hace valioso para ellos. está construido sobre los restos de un antiguo fuerte colonial que a su vez se erigió sobre un centro ceremonial prehispánico. La confluencia de ciertos materiales y la configuración geométrica crean lo que llamamos un punto nodal, un lugar ideal para amplificar señales.
Términos simples, añadió el hombre de barba, su edificio es como una antena natural y usted, señor Ruiz, tuvo la mala suerte de vivir justo en el apartamento que constituye el punto focal. La furgoneta giró bruscamente, entrando en lo que parecía ser un camino rural. Las luces de la ciudad quedaban cada vez más atrás.
¿A dónde vamos?, preguntó Martín, súbitamente consciente de que estaba en un vehículo con completos desconocidos, alejándose de la civilización. “A un lugar seguro”, respondió la conductora hablando por primera vez desde que habían partido. Un refugio que hemos establecido fuera del perímetro de influencia. Allí podremos explicarle todo con más detalle y decidir nuestro próximo movimiento.
Nuestro. Martín frunció el ceño. Yo no soy parte de su grupo. Solo quiero entender qué está pasando y volver a mi vida normal. Elena lo miró con lo que parecía ser una mezcla de compasión y resignación. Me temo que eso ya no es posible, señor Ruiz. Una vez que el colectivo lo identifica como objetivo, no hay vuelta atrás.
Su vida, tal como la conocía, terminó en el momento en que ese primer técnico llamó a su puerta. Las palabras cayeron como una losa sobre Martín. Su vida había terminado. Todo lo que conocía, su trabajo, su apartamento, su rutina, se había esfumado en cuestión de horas. No lo entiendo dijo, sintiendo que la desesperación comenzaba a apoderarse de él.
¿Qué quieren de mí? No lo quieren a usted específicamente, explicó el hombre de barba. Quieren su ubicación, su edificio. El dispositivo que instalaron en su caja de fusibles es un amplificador de señales. La primera fase de su operación consiste en establecer estos amplificadores en puntos estratégicos para crear una red de comunicación.
La segunda fase implica la sincronización de esa red para abrir lo que podríamos llamar una puerta. Una puerta. repitió Martín. ¿A dónde? A su mundo, respondió Elena simplemente. O al menos eso es lo que creemos basándonos en los patrones observados en otras ciudades. La furgoneta se detuvo finalmente frente a lo que parecía ser un antiguo almacén abandonado en medio de la vegetación.
No había otras estructuras visibles en los alrededores, solo la oscura masa de árboles y arbustos iluminada parcialmente por la luna. Hemos llegado”, anunció la conductora. Todos adentro, rápido. No enciendan luces exteriores. El grupo se movió con la eficiencia de quienes han realizado la misma operación muchas veces.
Elena ayudó a Martín a descender de la furgoneta mientras los otros dos hombres descargaban equipos del vehículo. El almacén parecía abandonado desde el exterior, con paredes de hormigón descoloridas y ventanas tapiadas. Sin embargo, al entrar, Martín descubrió un espacio sorprendentemente organizado. El interior había sido dividido en secciones, un área con equipos electrónicos y pantallas, similar a un centro de comando, una zona de descanso con catres y mantas, un pequeño espacio que fungía como cocina y lo que parecía ser un laboratorio
improvisado. Hogar, dulce hogar”, murmuró la conductora mientras encendía algunas luces tenues. Ahora Martín podía verla claramente, una mujer de unos 40 años con el cabello rubio recogido en una trenza y rasgos marcados que sugerían una vida de constante vigilancia. “Siéntese, señor Ruiz”, indicó Elena señalando una silla junto a una mesa central. debe estar exhausto.
Le traeré agua y algo de comer y luego responderemos todas sus preguntas. Martín se dejó caer en la silla, súbitamente consciente de lo agotado que estaba, tanto física como mentalmente. Aceptó agradecido el vaso de agua que Elena le ofreció momentos después, junto con un sándwich envuelto en papel. Mientras comía, observó al grupo moverse por el espacio.
Trabajaban en silencio, cada uno concentrado en su tarea. El hombre de rasgos asiáticos, cuyo nombre, según escuchó, era Hiroshi, configuraba diversos equipos electrónicos. El hombre de barba entre Cana, que se presentó como Dr. Méndez, examinaba lo que parecían ser mapas y diagramas. La conductora, que respondía al nombre de Sofía, aseguraba el perímetro comprobando cámaras y sensores colocados estratégicamente.
Cuando terminó de comer, Elena se sentó frente a él con una taza de café entre las manos. Ahora, señr Ruiz, supongo que tiene preguntas. Martín soltó una risa amarga. Tengo tantas que no sé por dónde empezar, pero creo que lo primero que necesito saber es quiénes son ustedes realmente y cómo saben tanto sobre lo que sea que está pasando.
Elena tomó un sorbo de café antes de responder. Oficialmente no existimos. Somos un grupo interdisciplinario formado tras el primer contacto confirmado hace 2 años. Yo era analista de seguridad informática para una empresa privada. El Dr. Méndez es físico teórico, Iroshi, ingeniero de telecomunicaciones. Sofía era militar, fuerzas especiales y extraoficialmente somos los únicos que saben lo que realmente está sucediendo intervino el doctor Méndez acercándose con un fajo de papeles o al menos los únicos que están dispuestos a hacer algo al respecto.
¿Qué hay de las autoridades? El gobierno, el ejército Sofía, que se había unido al grupo, resopló con desdén. Están infiltrados en todos los niveles, o peor aún, en negación. Nadie quiere enfrentar una verdad que desafía toda su comprensión de la realidad. Y la verdad es, Martín dejó la pregunta en el aire.
La verdad, dijo Elena lentamente, es que no estamos solos en el universo y nunca lo hemos estado. Y nuestros visitantes no vienen en naves espaciales, ni tienen forma de pequeños hombres verdes. Vienen a través de frecuencias, señales, ondas. Se manifiestan ocupando nuestras redes eléctricas primero y nuestros cuerpos después.
Martín sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. ¿Cómo lo descubrieron? Yo fui la primera en notarlo, respondió Hiroshi, uniéndose a la conversación. trabajaba en el desarrollo de un nuevo sistema de comunicaciones cuánticas cuando detecté anomalías en el espectro electromagnético. Patrones que no se correspondían con ninguna tecnología conocida, patrones que parecían inteligentes.
Contactó a Elena, quien a su vez me contactó a mí, continuó el doctor Méndez. Juntos desarrollamos una teoría. Entidades compuestas de energía pura, capaces de manipular campos electromagnéticos y bajo ciertas condiciones interactuar con la materia física, incluyendo nuestros cuerpos, añadió Sofía sombríamente.
Martín intentaba asimilar toda esta información. Parte de él seguía resistiéndose a creerlo, buscando desesperadamente una explicación más racional. Y sin embargo, lo que había presenciado esa noche los técnicos de la CFE dijo finalmente, “Son personas reales que han sido tomadas.” Elena asintió. El proceso parece ser gradual.
Primero establecen una red de dispositivos en puntos nodales como su edificio. Estos dispositivos emiten frecuencias específicas que afectan sutilmente al cerebro humano, haciéndolo más receptivo. Luego, cuando la red está lista, ocurre la transferencia completa. El cuerpo humano mantiene todas sus funciones, pero la consciencia que lo controla ya no es humana.
Y esos ojos negros, un efecto secundario de la ocupación, explicó el doctor Méndez. Los campos electromagnéticos alteran la estructura del globo ocular, específicamente la melanina del iris, creando ese efecto de pozo sin fondo. Martín se llevó las manos a la cara intentando procesar la magnitud de lo que estaba escuchando.
¿Y qué quieren? ¿Por qué están aquí? Recursos, respondió Sofía, simplemente, “no los recursos que imaginaríamos, oro, petróleo, agua, sino capacidad de procesamiento biológico. Nuestros cerebros son computadoras orgánicas extraordinariamente eficientes, capaces de realizar operaciones complejas con un consumo energético mínimo.
Para entidades basadas en energía, eso es un recurso invaluable. En otras palabras, añadió Hiroshi, están colonizándonos no para exterminarnos, sino para usarnos como herramientas vivientes. El silencio que siguió a esta declaración fue pesado, opresivo. Martín sintió náuseas, no solo por el horror de la situación, sino por la impotencia que implicaba.
¿Y cuál es su plan? Preguntó finalmente, “¿Cómo se combate algo así?” Elena esbozó una sonrisa tensa. Esa es la pregunta del millón. Hasta ahora hemos estado principalmente en modo defensivo. Identificar patrones, rescatar objetivos como usted, documentar la expansión del fenómeno, pero creemos que podríamos estar cerca de un avance.
Se levantó y se dirigió hacia un pizarrón lleno de ecuaciones y diagramas. Los dispositivos que instalan, como el que pusieron en su caja de fusibles, operan en frecuencias muy específicas. Si pudiéramos desarrollar un inhibidor capaz de bloquear esas frecuencias, podríamos interrumpir su red de comunicación”, completó Hiroshi.
Sin esa red no pueden coordinar la apertura de nuevos portales ni mantener control sobre sus huéspedes a largo plazo. ¿Y cómo saben que eso funcionaría? cuestionó Martín escéptico. Porque ya lo hemos probado a pequeña escala, respondió el Dr. Méndez con un dejo de orgullo. En Manzanillo logramos neutralizar un nodo completo.
Los técnicos afectados colapsaron inmediatamente como marionetas con las cuerdas cortadas. Martín pensó en el falso Ricardo, en sus ojos negros y vacíos. Y las personas, ¿qué les sucede cuando cuando la entidad los abandona? Las expresiones sombrías que intercambiaron los miembros del grupo le dieron la respuesta antes de que Elena hablara. No sobreviven.
El proceso de ocupación altera fundamentalmente la química cerebral. Una vez que la entidad se retira, el cuerpo no puede sostenerse por sí mismo. La brutalidad de esta realidad golpeó a Martín como un puñetazo físico. Todas esas personas, quizás cientos, miles, no eran solo huéspedes de algo alienígena, eran efectivamente personas muertas caminando.
Y Veracruz, preguntó recordando súbitamente su situación inmediata. ¿Qué está pasando exactamente esta noche? Hiroshi se acercó a uno de los monitores y tecleó rápidamente. Una imagen satelital de la ciudad apareció en la pantalla con varios puntos luminosos distribuidos estratégicamente. Basándonos en los patrones de actividad electromagnética, creemos que están en la fase final de sincronización.
Los puntos que ve aquí son los nodos principales, incluyendo su edificio. El patrón sugiere que están preparando la apertura de un portal mayor. Un portal mayor. ¿Qué significa eso? Los portales que han abierto hasta ahora son relativamente pequeños, explicó el doctor Méndez. Permiten la transferencia de conciencias, pero no el paso de materia física compleja.
Un portal mayor podría permitir, bueno, una presencia física directa. “Dios mío”, murmuró Martín, la magnitud de la amenaza finalmente clara para él. “¿Cuánto tiempo tenemos?” Elena consultó unos datos en una tableta. “El pico de actividad está programado para las 3:33 a según nuestros cálculos. Eso nos da, miró su reloj, poco menos de 3 horas.
¿Y qué podemos hacer? Tenemos un plan”, dijo Sofía desplegando un mapa detallado de Veracruz sobre la mesa. “Pero es arriesgado y necesitaremos su ayuda, señor Ruiz.” “Mi ayuda, ¿por qué yo no soy científico ni militar? Soy contador por el amor de Dios.” Precisamente por eso, respondió Elena con una intensidad que no había mostrado antes.
Usted vivía en el nodo principal. Su presencia física, su ADN está entrelazado con las frecuencias específicas que han estado emitiendo desde su apartamento. Es como una llave biométrica. Necesitamos esa llave para acceder al sistema y plantar nuestro inhibidor. Martín la miró incrédulo. Está diciendo que tengo que volver allí al lugar del que acabo de escapar.
Es la única manera confirmó el Dr. Méndez. Necesitamos desactivar ese nodo específico para interrumpir toda la red y solo usted puede hacerlo. Es un suicidio, protestó Martín. Estarán esperándome. Probablemente todo el edificio esté vigilado. Por eso iremos todos, dijo Sofía con firmeza. Tenemos equipo, armas y lo más importante, conocemos sus patrones.
Podemos crear una distracción mientras usted y Elena se infiltran para plantar el dispositivo inhibidor. Martín miró a cada uno de ellos buscando algún signo de duda o engaño. Solo encontró determinación y una extraña mezcla de miedo y esperanza. ¿Y si me niego? Preguntó finalmente. Elena lo miró directamente a los ojos.
Entonces Veracruz caerá esta noche y después quizás todo México y luego, bueno, ya puede imaginar la progresión. El peso de la decisión cayó sobre Martín como una losa. Horas atrás, su mayor preocupación era terminar unos informes contables antes del fin de semana. Ahora, aparentemente el destino de su ciudad, quizás de mucho más, dependía de él.
Necesito un momento”, dijo levantándose de la silla, Elena asintió comprensivamente. “Por supuesto, hay una pequeña terraza en la parte trasera. Sofía lo acompañará por seguridad.” Martín siguió a la exmilitar hacia una puerta metálica que conducía a una plataforma elevada. El aire nocturno, aunque seguía siendo caliente y húmedo, fue bienvenido después de la tensión del interior.
Desde la terraza podía ver las luces distantes de Veracruz. La ciudad parecía normal, pacífica, ajena a la amenaza que supuestamente enfrentaba. Y si todo esto era una elaborada mentira, una conspiración paranoica de un grupo de fanáticos, pero los ojos negros de los técnicos, la forma en que sabían su nombre, el dispositivo en su caja de fusibles, todo eso había sido real.
Es mucho para asimilar. Lo sé, dijo Sofía interrumpiendo sus pensamientos. A diferencia de su actitud dura en el interior, ahora su voz sonaba casi gentil. ¿Cómo se involucraron en esto?, preguntó Martín. ¿Por qué arriesgan sus vidas? Sofía se apoyó en la barandilla mirando hacia la ciudad. Cada uno de nosotros tuvo su momento de la verdad.
Para mí fue durante una operación de rutina en Chiapas. Mi unidad investigaba actividades sospechosas cerca de unas ruinas arqueológicas. Encontramos a uno de ellos. Mi equipo completo fue tomado. Fui la única que logró escapar. Lo siento murmuró Martín. Sofía asintió en silencio. Elena perdió a su esposo. Hiroshi a su hermana.
El doctor Méndez vio a sus colegas transformarse uno a uno. Todos tenemos razones personales, además de la evidente necesidad de detenerlos. y han estado combatiéndolos solos todo este tiempo. No estamos completamente solos. Hay otros grupos como el nuestro, dispersos por el mundo. Compartimos información cuando podemos, nos ayudamos mutuamente, pero sí, en gran medida, estamos por nuestra cuenta.
Martín contempló nuevamente las luces de la ciudad, su ciudad, donde había nacido, crecido, construido su vida. La idea de que algo extraterrestre estuviera usurpándola, convirtiendo a sus habitantes en marionetas sin alma le resultaba insoportable. “¿Qué necesito hacer exactamente?”, preguntó finalmente. Sofía lo miró.
Una chispa de respeto apareciendo en sus ojos cansados. “¡Vamos adentro! Elena le explicará los detalles.” De vuelta en el interior del almacén, el grupo había desplegado más equipos y mapas. Elena estaba manipulando lo que parecía ser un pequeño dispositivo metálico del tamaño de un teléfono móvil. “Ha decidido ayudarnos”, anunció Sofía al entrar.
Elena levantó la mirada, una sonrisa de alivio iluminando su rostro cansado. “Gracias, señor Ruiz. No está exagerando si le digo que podría estar salvando incontables vidas.” Martín”, corrigió él, “si arriesgar nuestras vidas juntos, creo que podemos usar nuestros nombres de pila.” Elena asintió. “Martín, entonces ven, te mostraré cómo funciona el inhibidor.
” Durante la siguiente media hora, Elena y el doctor Méndez explicaron el plan en detalle. El inhibidor debía ser colocado directamente junto al dispositivo original en la caja de fusibles de Martín. Una vez activado, emitiría una frecuencia de contrafase que neutralizaría la señal alienígena interrumpiendo la comunicación con los otros nodos.
El efecto será como un virus en su red, explicó Hiroshi. La señal de inhibición se propagará a través de las conexiones ya establecidas, afectando eventualmente a todos los nodos conectados. ¿Y eso detendrá la apertura del portal? preguntó Martín. En teoría, sí, respondió el Dr. Méndez. Sin la sincronización completa de la red no pueden generar la energía necesaria para estabilizar un portal de esa magnitud.
Hay un detalle más, añadió Elena con cierta vacilación. El inhibidor necesita ser activado manualmente y debe permanecer junto al dispositivo original durante al menos 3 minutos para que la señal de contrafase se establezca completamente. Martín comprendió la implicación. Alguien tiene que quedarse allí expuesto durante 3 minutos completos.
Yo lo haré”, se ofreció Elena inmediatamente. “Tú solo necesitas llevarnos hasta tu apartamento y ayudarnos a acceder a la caja de fusibles.” Martín la miró impresionado por su valor. “Y después, después corremos como el demonio.” Intervino Sofía con una sonrisa tensa. “Hiroshi y el doctor crearán una distracción en el extremo opuesto de la ciudad para dividir sus fuerzas.
Yo los cubriré durante la operación. y aseguraré nuestra ruta de escape. El plan parecía sólido, considerando las circunstancias, aunque Martín era dolorosamente consciente de todas las cosas que podrían salir mal, sin embargo, también entendía que no tenían muchas alternativas. “¿Hay algo más que deberías saber?”, dijo Elena mirándolo seriamente.
Una vez que activemos el inhibidor, es probable que todos los huéspedes en un radio de varios kilómetros colapsen simultáneamente. Colapsen como como te expliqué antes. Los cuerpos no pueden mantenerse sin la entidad que los ocupa. Habrá muchas muertes, Martín. Personas que desde el exterior parecían perfectamente normales hasta ese momento.
La implicación moral de esta revelación golpeó a Martín con fuerza. Estarían efectivamente causando la muerte de quizás cientos de personas. No hay forma de salvarlos, preguntó, aunque ya conocía la respuesta. El doctor Méndez negó con la cabeza. Me temo que no. Una vez que la ocupación supera cierto umbral, los cambios neurológicos son irreversibles.
Si sirve de consuelo, esas personas ya están efectivamente muertas. Sus consciencias fueron suprimidas en el momento de la ocupación completa. No era un consuelo. Pero Martín entendió la terrible lógica. Si no actuaban, muchas más personas serían tomadas, convertidas en huéspedes sin alma de algo inhumano.
“Cuando nos movemos”, preguntó intentando mantener firme la voz. “En una hora, respondió Sofía comprobando su reloj. Necesitamos tiempo para preparar el equipo y sincronizar nuestras acciones con la distracción de Hiroshi.” Elena colocó una mano en su hombro. “Deberías intentar descansar un poco, Martín. Ha sido una noche larga y aún falta lo más difícil.
Martín asintió, aunque dudaba que pudiera dormir. Se recostó en uno de los catres mientras el equipo continuaba con sus preparativos, conversando en voz baja y moviéndose con la eficiencia de quienes han entrenado juntos durante mucho tiempo. Cerró los ojos, no tanto para dormir como para procesar todo lo que había aprendido en las últimas horas.
Su mente seguía resistiéndose a aceptar completamente la realidad de la situación, pero su cuerpo recordaba el terror, la adrenalina de la persecución, los ojos negros y vacíos de los falsos técnicos, y ahora estaba a punto de volver directamente al corazón del peligro. El viaje de regreso a Veracruz se realizó en tenso silencio. La furgoneta avanzaba con las luces apagadas por caminos secundarios.
guiada solo por un sistema de navegación infrarrojo que Hiroshi había instalado. Martín, sentado entre Elena y Sofía en la parte trasera, repasaba mentalmente cada paso del plan una y otra vez, buscando posibles fallos, puntos débiles que no hubieran considerado. 5 minutos para el punto de separación”, anunció la conductora, una mujer llamada Carmen, que se había unido al grupo poco antes de partir.
Según le habían explicado a Martín, era otra sobreviviente que había perdido a su familia en un incidente similar en Tampico, meses atrás. Hiroshi, sentado en el asiento del copiloto, comprobaba frenéticamente diversos dispositivos electrónicos. La actividad en la red ha aumentado un 37% en la última hora”, informó con voz tensa.
“Están acelerando el proceso de sincronización. ¿Eso cambia nuestro plan?”, preguntó Martín sintiendo que su boca se secaba. El Dr. Méndez negó con la cabeza. Solo significa que tenemos menos margen de error. La ventana para insertar el inhibidor se está estrechando. La furgoneta se detuvo en un cruce de caminos a las afueras de la ciudad.
Hiroshi y el doctor Méndez descendieron con rapidez cargando mochilas llenas de equipos. “Recuerden”, dijo el doctor antes de cerrar la puerta. La distracción comenzará exactamente a las 2:45 a. Tendrán 15 minutos para llegar al edificio, entrar y colocar el inhibidor antes de que redirijan sus fuerzas. Elena asintió.
Estaremos listos. Buena suerte. Se despidió Hiroshi con una inclinación de cabeza. La furgoneta arrancó nuevamente. Ahora con solo Carmen al volante y Martín, Elena y Sofía en la parte trasera. El vehículo se deslizó silenciosamente hacia la ciudad, manteniéndose en calles secundarias y evitando las principales avenidas.
¿Cómo está la actividad en mi edificio?, preguntó Martín, inclinándose hacia la pantalla que Elena monitoreaba. Intensa, respondió ella, señalando un punto brillante en el mapa digital. Como esperábamos, han concentrado recursos significativos. Allí detectamos al menos 12 señales distintas que corresponden a huéspedes activos en el perímetro inmediato.
12, repitió Martín intentando mantener el miedo a raya. ¿Estarán todos en el exterior o algunos habrán entrado al edificio? Basándonos en patrones anteriores intervino Sofía. Probablemente tienen centinelas en las entradas y pasillos principales y un grupo más numeroso cerca del dispositivo primario, es decir, en tu apartamento o sus inmediaciones.
Carmen detuvo la furgoneta en un callejón oscuro a tres cuadras del edificio de Martín. “Más cerca no podemos llegar sin arriesgarnos a ser detectados”, explicó. Desde aquí iremos a pie”, indicó Sofía comprobando una pistola de aspecto peculiar que Martín no había visto antes. No parecía un arma convencional, tenía un cañón más ancho y una serie de bobinas enrolladas alrededor. ¿Qué es eso?, preguntó.
“Disruptor neuronal”, respondió Sofía guardándola en una funda en su cinturón. desarrollado por el doctor, emite un pulso electromagnético focalizado que interrumpe temporalmente la conexión entre la entidad y el cuerpo huésped. No los mata, pero los incapacita durante unos minutos.
Suficiente para pasar sin ser detectados. Y funciona la mayoría de las veces, respondió Elena con una sonrisa tensa mientras se equipaba con una pistola similar. es nuestra mejor opción. Sin causar daño permanente a los cuerpos huésped antes de lo necesario. Carmen les entregó auriculares pequeños y casi invisibles. Comunicadores cuánticos funcionan en una frecuencia que ellos no pueden detectar ni interceptar.
Alcance limitado, pero suficiente para esta operación. Martín se colocó el auricular en el oído, sorprendido por lo ligero que era. Inmediatamente escuchó las respiraciones de Elena y Sofía junto con un ligero zumbido de fondo. “Verificación de canal”, dijo Carmen en voz baja y su voz resonó clara en el auricular. “¿Todos me escuchan?” Los tres asintieron.
Bien, estaré monitoreando sus posiciones y la actividad electromagnética desde aquí. Si veo algo fuera de lo común, los alertaré inmediatamente. Sofía miró su reloj. 2:37 am. Tenemos 8 minutos antes de que comience la distracción. Repasemos la ruta una última vez. Desplegó un pequeño mapa holográfico tridimensional sobre su reloj táctico.
Mostraba el edificio de Martín y las calles circundantes con sorprendente detalle. Nos acercaremos por el este a través de estos callejones”, señaló trazando una línea invisible con el dedo. “Hay una entrada de servicio en la parte trasera que debería estar menos vigilada. Una vez dentro, tomaremos las escaleras de emergencia hasta el segundo piso. Martín, tú irás en medio.
Elena y yo te cubriremos. Si nos encontramos con algún huésped, déjanos manejarlo a nosotras. Tu única prioridad es llegar a tu apartamento y acceder a la caja de fusibles. ¿Entendido? Martín asintió intentando calmar el temblor que comenzaba a manifestarse en sus manos. ¿Y si la puerta de mi apartamento está bloqueada o hay huéspedes dentro? Para eso traje esto”, respondió Elena, mostrándole un pequeño dispositivo con forma de disco.
Emisor de pulso electromagnético localizado. Desactivará cualquier cerradura electrónica y con suerte aturdirá brevemente a cualquier huésped en un radio de 3 m. Sofía consultó nuevamente su reloj. 2:40. Es hora de movernos. Se despidieron de Carmen con breves gestos y descendieron de la furgoneta. La noche seguía siendo calurosa y húmeda, pero Martín sentía escalofríos, recorriendo su espina dorsal mientras avanzaban sigilosamente por el callejón oscuro.
Las calles estaban inquietantemente desiertas, como si toda la ciudad estuviera conteniendo la respiración. Las farolas proyectaban círculos de luz amarillenta que parecían islas en un océano de oscuridad. Ocasionalmente, Martín vislumbraba movimiento en las sombras, figuras solitarias con uniformes oscuros patrullando silenciosamente o detenidas en esquinas estratégicas inmóviles como estatuas.
Huéspedes”, susurró Sofía innecesariamente. “Mantén la cabeza baja y sigue moviéndote.” Avanzaron pegados a las paredes, aprovechando cada sombra, cada recodo. Martín, quien nunca había necesitado moverse furtivamente en su vida, intentaba imitar los movimientos fluidos y silenciosos de sus compañeros. A su sorpresa, descubrió que el miedo agudizaba sus sentidos, haciéndolo más consciente de cada sonido, cada variación en la oscuridad.
Al doblar una esquina, Elena levantó súbitamente la mano en señal de alto. A unos 20 metros delante, un técnico con el ya familiar uniforme azul y casco amarillo estaba de pie junto a un poste de luz, aparentemente ajustando algo en una caja de control. Su espalda estaba hacia ellos, pero en cualquier momento podría girar y descubrirlos.
Retrocede lentamente, Susurro Sofía. Tomaremos el callejón paralelo. Comenzaron a retirarse sigilosamente cuando el comunicador en sus oídos cobró vida con la voz tensa de Carmen. Deténganse, hay dos más aproximándose por la ruta alternativa. Están atrapados. Martín sintió que su corazón se aceleraba hasta un ritmo doloroso.
Estaban a escasos 100 met de su edificio, pero ahora parecía imposible avanzar o retroceder sin ser detectados. “El tiempo se acaba”, murmuró Elena consultando su reloj. 2:43. Solo 2 minutos para la distracción. No podemos esperar, decidió Sofía. Si nos quedamos aquí, nos encontrarán de todos modos. Elena, prepara el disruptor.
Neutralizaremos a este y seguiremos avanzando. Con suerte, cuando los otros lleguen, ya estaremos fuera de vista. Elena asintió sacando su pistola disruptora. La ajustó con movimientos precisos mientras Sofía hacía lo mismo con la suya. A mi señal”, indicó Sofía respirando profundamente. 3 2 1. En ese preciso instante, el cielo al otro lado de la ciudad se iluminó con un resplandor azul intenso.
Un segundo después, el suelo tembló ligeramente bajo sus pies y un sonido grave, casi como un trueno distante, reverberó entre los edificios. La distracción, suspiró Elena con alivio. Justo a tiempo, el técnico junto al poste giró bruscamente la cabeza hacia el origen del resplandor. Sin dudar, abandonó lo que estaba haciendo y comenzó a correr en esa dirección, moviéndose con una velocidad y coordinación que parecían casi sobrehumanas.
Ahora ordenó Sofía y los tres salieron de su escondite corriendo rápidamente hacia el edificio de Martín. Tal como Hiroshi y el doctor habían predicho, la distracción estaba funcionando. Por todas partes, técnicos y otras figuras con ojos negros convergían hacia el origen de la explosión, alejándose del epicentro de su verdadero objetivo.
Llegaron a la parte trasera del edificio sin más encuentros. La puerta de servicio, una estructura metálica desgastada, estaba cerrada, pero no asegurada. Sofía la abrió con un movimiento experto y los tres se deslizaron al interior. El pasillo de servicio estaba iluminado por luces de emergencia de bajo voltaje que proyectaban un resplandor rojizo, dando al lugar un aspecto infernal.
Avanzaron rápidamente hacia las escaleras de emergencia. Sus pasos resonando en el silencio a pesar de sus esfuerzos por mantenerse silenciosos. “Segundo piso”, susurró Martín cuando llegaron al descanso de la escalera. “Mi apartamento es el 2C, al final del pasillo a la derecha.” Sofía asintió y tomó la delantera con su disruptor listo.
Abrió lentamente la puerta que daba al pasillo del segundo piso y echó un vistazo rápido. Pasillo despejado informó en voz baja. Pero hay luz bajo la puerta de tu apartamento, Martín. Alguien está dentro. Martín sintió un nudo en el estómago. La idea de que aquellos seres estuvieran en su hogar, manipulando sus pertenencias, invadiendo su espacio privado, le provocaba una mezcla de miedo y rabia.
“Procederemos según lo planeado,” decidió Elena. “El PEM localizado debería darnos suficiente ventaja.” Avanzaron silenciosamente por el pasillo. Sofía al frente, Martín en el medio y Elena cubriendo la retaguardia. Al acercarse a la puerta del apartamento 2C, Martín notó que estaba ligeramente entreabierta con un de luz azulada escapando por la rendija.
“Prepárate”, susurró Sofía a Elena, quien ya tenía el emisor de pulso en la mano. Con un movimiento coordinado que hablaba de años de práctica, Sofía empujó la puerta mientras Elena lanzaba el dispositivo al interior. Un destello cegador y un zumbido agudo marcaron la activación del pulso electromagnético. Sin esperar a ver el resultado, Sofía entró rápidamente, seguida por Martín y Elena.
El apartamento estaba casi como Martín lo había dejado horas antes, con una diferencia crucial. La caja de fusibles en la cocina estaba completamente abierta y frente a ella había dos técnicos de la CFE, ahora desplomados en el suelo, aparentemente inconscientes. “Funcionó”, suspiró Elena con alivio. “Pero no durará mucho. Vamos, se apresuraron hacia la caja de fusibles.
El dispositivo que Martín había visto antes seguía allí. un pequeño objeto metálico con luces LED parpadeantes. Ahora, sin embargo, estaba conectado a una red más compleja de cables y componentes que se extendían por toda la caja eléctrica. “Es más sofisticado de lo que esperaba”, murmuró Elena examinando el conjunto. “Deben haber acelerado la instalación después de tu escape.
” Sacó el inhibidor de su mochila, un dispositivo similar en tamaño al original. pero con un diseño más tosco, evidentemente fabricado con recursos limitados. Con manos expertas, comenzó a buscar el punto óptimo para instalarlo. Sofía, vigila la entrada, ordenó sin levantar la mirada de su trabajo. Martín, necesito que me ayudes con esto.
Sostén estos cables apartados mientras conecto el inhibidor al circuito principal. Martín se acercó intentando ignorar los cuerpos inmóviles de los técnicos a sus pies. Siguió las instrucciones de Elena, sosteniendo cables y componentes, según le indicaba. “Carmen, ¿cómo está la situación exterior?”, preguntó Sofía a través del comunicador mientras vigilaba el pasillo con su disruptor listo.
La distracción sigue funcionando, pero detecto movimiento regresando hacia su posición, respondió Carmen. Su voz tensa en sus oídos. Tienen aproximadamente 4 minutos antes de que las primeras unidades lleguen al edificio. “Demasiado poco tiempo”, murmuró Elena. El inhibidor necesita 3 minutos completos de contacto para sincronizarse y comenzar a emitir la contrafase.
Tendremos que correr apenas termine. O quizás no todos podamos correr”, dijo Sofía con una calma que hizo que Martín la mirara alarmado. “Ni lo pienses”, respondió Elena firmemente, sin detener su trabajo. “¿Salremos todos o ninguno?” La instalación continuó en tenso silencio, interrumpido solo por las ocasionales indicaciones técnicas de Elena.
Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, pero probablemente fueron menos de 2 minutos, Elena conectó el último cable. “Listo”, anunció. Iniciando secuencia de activación, presionó una secuencia de botones en el lateral del inhibidor. El dispositivo cobró vida con un zumbido bajo y una serie de LEDs comenzaron a parpadear.
Primero en rojo, luego en amarillo. Fase de sincronización iniciada, informó Elena. 3 minutos para completar el proceso. Mm. Carmen, actualización, solicitó Sofía. Múltiples unidades convergiendo en su edificio”, respondió la voz tensa en el comunicador. Tiempo estimado de llegada, 2 minutos, quizás menos.
“No lo lograremos”, murmuró Martín, la realidad de la situación hundiéndose en su conciencia. “No podemos dejar el inhibidor sin vigilancia y no tendremos tiempo de esperar a que complete su ciclo antes de que lleguen.” Elena y Sofía intercambiaron miradas. una comunicación silenciosa pasando entre ellas. “Tengo una idea”, dijo finalmente Sofía.
“Pero es arriesgada. Todas nuestras ideas son arriesgadas a estas alturas”, respondió Elena con una sonrisa tensa. “¿Qué propones? Ustedes dos tomen la escalera de incendios. Yo me quedaré y mantendré el perímetro hasta que el inhibidor complete su ciclo. Luego los alcanzaré en el punto de extracción.” Absolutamente no.
respondió Elena inmediatamente. Es demasiado peligroso. No podrás contener a todos los que vienen. No necesito contenerlos a todos, argumentó Sofía. Solo necesito retrasarlos lo suficiente. Además, tengo esto. Sacó de su mochila lo que parecía ser una granada modificada. Último recurso. Si las cosas se ponen feas, puedo activar un PEM mayor.
No dañará el inhibidor una vez que esté en fase de sincronización, pero dejará fuera de combate a cualquiera en un radio de 10 m. Y a ti también, señaló Elena. Sofía se encogió de hombros. Un riesgo calculado. Antes de que Elena pudiera protestar más, uno de los técnicos en el suelo comenzó a moverse, sus dedos crispándose como si intentara recuperar el control motor.
“Se están recuperando, advirtió Martín. El efecto del pulso está pasando. No tenemos opción”, dijo Sofía con firmeza. “Vayan ahora.” Elena parecía desgarrada, pero finalmente asintió. 2 minutos y 40 segundos para la sincronización completa informó mirando el inhibidor. No un segundo más, ¿me oyes? Después de eso sales de aquí inmediatamente.
Como digas, jefa, respondió Sofía con una sonrisa que intentaba parecer confiada. Ahora muévanse. Elena tomó a Martín por el brazo y lo guió rápidamente hacia la ventana de la sala que daba a la escalera de incendios. Mientras tanto, Sofía arrastró a los técnicos semiconscientes fuera de la cocina y cerró la puerta creando una barricada improvisada con una mesa y sillas.
Ella estará bien, dijo Elena mientras ayudaba a Martín a salir por la ventana. Sofía ha estado en situaciones peores. Martín no estaba convencido, pero entendía que no tenían alternativa. Descendieron rápidamente por la escalera metálica, el óxido y la humedad, haciendo que los peldaños fueran traicioneros bajo sus pies. Al llegar al callejón, Elena consultó su reloj.
2 minutos para la sincronización completa. Tenemos que alejarnos lo más posible antes de que ocurra el colapso. Ah, comenzaron a correr de regreso por la ruta que habían tomado para llegar. Las calles seguían extrañamente vacías, pero Martín podía sentir una tensión en el aire, como si la ciudad entera estuviera conteniendo la respiración antes de una tormenta.
“Carmen”, llamó Elena a través del comunicador mientras corrían. “Estamos en movimiento hacia el punto de extracción. Sofía se quedó para asegurar la sincronización.” Recibido respondió Carmen. Detecto múltiples señales convergiendo en su edificio y esperen, algo está cambiando en el patrón de la red. ¿Qué tipo de cambio? Preguntó Elena sin dejar de correr.
No estoy segura, pero parece que están acelerando el proceso. La actividad electromagnética está aumentando exponencialmente en todos los nodos. Elena se detuvo en seco, haciendo que Martín casi chocara con ella. Eso no tiene sentido. ¿Por qué acelerarían ahora? A menos que a menos que sepan lo que estamos haciendo, completó Martín, la realización golpeándolo con fuerza.
Están intentando completar la apertura del portal antes de que el inhibidor interrumpa la red. Sofía. Elena habló urgentemente en su comunicador. ¿Me recibes? Están acelerando el proceso. El inhibidor podría no ser suficiente si logran estabilizar el portal antes de que la contrafase se establezca completamente. Solo estática respondió Sofía insistió Elena.
La preocupación evidente en su voz, más estática y luego débilmente recibido situación complicada aquí. Múltiples huéspedes intentando entrar. inhibidor en 85%. La comunicación se cortó nuevamente. Tenemos que volver, decidió Elena inmediatamente. ¿Qué es una locura? Protestó Martín. Hay decenas de ellos convergiendo allí.
No tendremos ninguna posibilidad. No podemos abandonarla, respondió Elena con firmeza. Además, si logran abrir el portal antes de que el inhibidor esté completamente sincronizado, todo habrá sido en vano. Martín quería argumentar, pero sabía que ella tenía razón. No podían arriesgarse a que todo el plan fallara, no cuando estaban tan cerca.
¿Qué podemos hacer?, preguntó finalmente, “No tenemos armas, ni siquiera otro emisor de pulso.” Elena pareció considerar la situación por un momento, sus ojos escaneando los alrededores, como si buscara una solución en las sombras de la calle. “Carmen, llamó nuevamente. Necesitamos una distracción adicional. ¿Hay algo que puedas hacer desde tu posición? Puedo intentar sobrecargar la red eléctrica en un sector cercano”, respondió Carmen después de una breve pausa.
Crear un apagón localizado que podría confundirlos temporalmente, pero no durará mucho y podría alertarlos aún más sobre nuestra presencia. “Hazlo”, ordenó Elena. “Cualquier ventaja es mejor que nada y prepárate para una extracción de emergencia. Podríamos necesitar salir muy rápido.” ¿Entendido? Iniciaré la sobrecarga en 3 2 1.
A media cuadra de distancia, una serie de transformadores en postes eléctricos explotaron simultáneamente, lanzando chispas al aire y sumiendo un sector completo en la oscuridad. Alarmas de automóviles y edificios comenzaron a sonar, creando una cacofonía que rompió el silencio sobrenatural de la noche. Ahora indicó Elena y ambos comenzaron a correr de regreso hacia el edificio, aprovechando la confusión creada por el apagón.
Al acercarse, vieron que la situación era aún peor de lo que habían temido. Al menos una docena de técnicos y otras figuras con uniformes diversos, pero con los mismos ojos negros rodeaban el edificio. Algunos intentaban entrar, mientras otros parecían estar comunicándose en un lenguaje extraño compuesto de chasquidos y sonidos metálicos.
No podemos pasar por allí”, susurró Martín observando desde la esquina de un edificio adyacente. “Son demasiados.” Elena observaba la escena con intensidad, sus ojos calculando, evaluando. “No necesitamos pasar por allí”, dijo finalmente. “Solo necesitamos una línea de visión directa con el apartamento.” Sacó de su mochila lo que parecía ser un pequeño control remoto, dispositivo de activación secundaria para el PEM mayor de Sofía, explicó.
Puedo detonarlo remotamente si logro establecer contacto visual con la ventana de la cocina. Martín miró hacia el edificio. La ventana de la cocina de su apartamento era visible desde su posición actual, pero apenas. Y activar el PEM significaría Sofía estará dentro del radio de efecto. Dijo la realidad de lo que Elena proponía, hundiéndose en su conciencia.
Lo sé”, respondió ella, su voz quebrada por primera vez desde que la había conocido. Pero ella lo entendería. La misión primero, siempre. Antes de que Martín pudiera responder, un cambio en la actividad alrededor del edificio captó su atención. Los huéspedes se estaban organizando en un patrón circular, algunos extendiendo los brazos hacia el cielo, otros arrodillándose y tocando el suelo.
Era como una extraña ceremonia ejecutada con precisión mecánica. “Están iniciando la secuencia final”, murmuró Elena con urgencia. “Van a abrir el portal ahora, sin esperar a la hora programada.” En ese momento, el comunicador en sus oídos cobró vida nuevamente. Elena, Martín. La voz de Sofía era débil, interrumpida por estática, inhibidor, sincronizado.
Pero ellos han modificado el dispositivo principal. Están redirigiendo la energía. ¿Qué está pasando, Sofía?, preguntó Elena desesperadamente. El inhibidor está funcionando o no. funcionando, pero no suficiente. Necesitan más energía para contrarrestar. La voz se cortó nuevamente, reemplazada por estática. Elena y Martín intercambiaron miradas de preocupación.
El plan estaba fallando. A pesar de haber instalado exitosamente el inhibidor, algo estaba impidiendo que cumpliera su función. “Tengo que entrar”, decidió Martín súbitamente. ¿Qué? No, Elena lo sujetó del brazo. Es un suicidio. Escucha, insistió Martín. Dijiste que mi ADN estaba entrelazado con las frecuencias específicas del dispositivo porque viví allí.
Quizás eso significa que puedo afectarlo directamente, aumentar la efectividad del inhibidor con mi presencia física. Es solo una teoría, Martín. No sabemos si funcionará. ¿Tienes una mejor idea?, preguntó él, la desesperación dando paso a una extraña calma resignada. Si no hacemos algo ahora, el portal se abrirá y todo habrá sido en vano.
Elena parecía desgarrada, evaluando rápidamente las opciones cada vez más limitadas. Finalmente asintió. Intentaremos acercarnos juntos. Decidió. Usaré el último disruptor que me queda para abrirnos paso. Pero, Martín, si las cosas se ponen feas, activo el PEM mayor, sin discusión. Entendido, aceptó él.
Se movieron rápidamente hacia el edificio, aprovechando las sombras y la confusión creada por el apagón. Al acercarse pudieron ver que la ceremonia de los huéspedes estaba intensificándose, sus movimientos se habían acelerado y un zumbido grave, casi subliminal, emanaba del círculo que habían formado. Y entonces, en el centro exacto del círculo, el aire comenzó a distorsionarse.
Era como mirar a través de agua en movimiento, una ondulación que desafiaba las leyes de la física. En el centro de esa distorsión, un punto de luz azulada comenzó a crecer. “El portal”, susurró Elena, “Está comenzando a abrirse. No había tiempo para sutilezas. Corrieron hacia la entrada del edificio Elena, liderando con el disruptor en alto.
Dos huéspedes que guardaban la puerta giraron hacia ellos, sus ojos negros reflejando la luz antinatural del incipiente portal. Elena disparó el disruptor dos veces en rápida sucesión. Los huéspedes se estremecieron violentamente y cayeron al suelo como marionetas con las cuerdas cortadas. Sin detenerse, Elena y Martín entraron al edificio y corrieron hacia las escaleras.
El interior estaba extrañamente tranquilo, como si todos los huéspedes disponibles estuvieran concentrados en el ritual exterior. Subieron rápidamente al segundo piso y corrieron hacia el apartamento 2C. La puerta estaba completamente abierta ahora y un resplandor a su lado pulsante emanaba del interior. Al entrar encontraron la sala vacía, pero la luz provenía de la cocina.
Y con ella el mismo zumbido grave que habían escuchado afuera, pero más intenso, casi doloroso. En la puerta de la cocina encontraron a Sofía. Estaba de pie, pero algo en su postura era profundamente incorrecto. Se movía con rigidez, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo consciente. Sofía llamó Elena cautelosamente.
Lentamente, Sofía se volvió hacia ellos. Sus ojos, antes vivaces y alertas ahora eran pozos de oscuridad absoluta. “Llegaron tarde”, dijo, “pero la voz no era la de Sofía, era hueca, metálica, como si múltiples voces hablaran al unísono a través de ella. El proceso ha comenzado. La puerta se abre.” Elena levantó su disruptor instintivamente, pero dudó, incapaz de disparar contra su amiga. “Sofía, sé que estás ahí.
Lucha, dijo con voz quebrada, no dejes que te controlen. La figura que había sido Sofía inclinó la cabeza como si estuviera escuchando algo distante. La designada Sofía ya no está disponible, respondió. Este cuerpo sirve ahora a un propósito mayor. Con un movimiento inhumanamente rápido, Sofía no Sofía agarró el disruptor de la mano de Elena y lo arrojó a través de la habitación.
Luego, con la misma velocidad sobrenatural, sujetó a Elena por el cuello y la levantó del suelo sin aparente esfuerzo. No! Gritó Martín, lanzándose hacia delante instintivamente. Sofía no Sofía lo detuvo con su mano libre, agarrándolo por el pecho con una fuerza que le cortó la respiración. “La designada Elena posee conocimientos valiosos”, declaró la entidad a través de Sofía.
será preservada para extracción de información. El designado Martín Ruiz es el componente final necesario para la estabilización completa del portal. Su presencia física completa el circuito. Con esas palabras, arrojó a Martín hacia la cocina con una fuerza brutal. aterrizó dolorosamente contra la isla central, golpeándose la cabeza y momentáneamente aturdido.
Cuando su visión se aclaró, vio que la caja de fusibles brillaba con una intensidad casi segadora. El dispositivo original y el inhibidor estaban ambos activos, pero en lugar de neutralizarse mutuamente, parecían estar resonando juntos, creando un patrón de interferencia que amplificaba en lugar de cancelar la señal.
Configuración incorrecta”, comprendió Martín con horror. No estamos interrumpiendo la señal, la estamos reforzando. Y su presencia, como había temido, parecía estar catalizando el proceso. Podía sentir una extraña vibración en su propio cuerpo, como si cada célula resonara en sintonía con el dispositivo. En la sala, Elena luchaba por liberarse del agarre de Sofía.
no Sofía, pero era claramente una batalla perdida. La fuerza sobrehumana de la entidad que controlaba a su amiga era demasiado para ella. Martín miró frenéticamente a su alrededor buscando algo, cualquier cosa que pudiera usar para interrumpir el proceso. Sus ojos se posaron en el pen mayor que Sofía había mencionado antes. Estaba sobre el mostrador de la cocina, aparentemente listo para su activación.
Con esfuerzo se arrastró hacia él cada movimiento enviando oleadas de dolor a través de su cuerpo maltratado. Alcanzó el dispositivo y lo examinó rápidamente. Era simple, un botón rojo protegido por una cubierta de seguridad. “El designado Martín Ruiz no debe interferir”, declaró Sofía.
Sofía apareciendo en la puerta de la cocina, aún sujetando a Elena por el cuello. La secuencia está en fase final. Martín miró a Elena, cuyos ojos, aunque llenos de miedo, también mostraban determinación. Ella asintió levemente, una autorización silenciosa. “Lo siento”, murmuró Martín. “No solo a Elena y Sofía, sino a sí mismo.” Levantó el dispositivo. Esto termina ahora.
Antes de que Sofía no Sofía pudiera alcanzarlo, Martín levantó la cubierta protectora y presionó el botón rojo. Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Luego, una onda de energía invisible, pero tangible emanó del dispositivo, expandiéndose en todas direcciones. Todo equipo electrónico en la habitación emitió un chisporroteo y se apagó instantáneamente.
Sofía, no Sofía se congeló en medio de un movimiento, sus ojos negros abriéndose con lo que parecía ser sorpresa. Luego, como una marioneta con las cuerdas cortadas, se desplomó al suelo, llevándose a Elena consigo. El zumbido sobrenatural cesó, reemplazado por un silencio casi doloroso después de tanta cacofonía.
La luz azulada parpadeó y se extinguió, sumiendo el apartamento en la oscuridad. Martín se arrastró hacia las figuras caídas de Elena y Sofía. Elena se movía débilmente, intentando liberarse del peso del cuerpo inerte de su amiga. ¿Estás bien?, preguntó Martín, ayudándola a sentarse. Elena tosió varias veces, masajeándose el cuello, donde los dedos de Sofía habían dejado marcas visibles.
“Viviré”, respondió con voz ronca. Luego miró el cuerpo inmóvil de Sofía y su expresión se quebró. Ella se ha ido, ¿verdad? Martín asintió solemnemente. No había necesidad de verificar. Sabían que una vez que la entidad abandonaba un huésped completamente tomado, no había vuelta atrás.
“Funcionó”, dijo Elena después de un momento, mirando hacia la caja de fusibles, ahora silenciosa y oscura. El portal no se abrió. Los detuvimos. ¿A qué costo?”, murmuró Martín, “la realidad de las pérdidas hundiéndose en su conciencia. Sofía había sido solo una de quién sabe cuántas víctimas esta noche.” Como respondiendo a su pregunta, el comunicador en su oído volvió a la vida.
“Elena Martín, ¿alguien me recibe?” La voz de Carmen sonaba desesperada. El PEM mayor ha sido detectado. Repito, el PEM mayor ha sido detectado. ¿Cuál es su estado? Elena activó su comunicador con dedos temblorosos. Aquí Elena. Martín está conmigo. Sofía. Sofía no lo logró. El portal ha sido neutralizado. Repito, el portal ha sido neutralizado.
Gracias a Dios suspiró Carmen. Y lo siento por Sofía, ella sabía los riesgos. Oh, todos lo sabíamos”, respondió Elena, su voz firme a pesar del dolor evidente. “¿Cómo está la situación exterior?” “Es extraordinario, respondió Carmen. Todos los huéspedes en el perímetro colapsaron simultáneamente cuando se activó el PEM.
Y no solo aquí, estamos recibiendo informes de toda la ciudad. Parece que la señal de inhibición se propagó a través de la red completa, tal como esperábamos.” Hiroshi y el doctor, preguntó Elena. Están bien. La distracción funcionó según lo planeado y lograron retirarse a tiempo. Ya están en camino al punto de encuentro secundario.
Elena exhaló lentamente, como si hubiera estado conteniendo la respiración sin darse cuenta. Bien, nos dirigiremos allí. También necesitaremos ayuda para para Sofía. ¿Entendido? Voy en camino a su posición ahora. Tiempo estimado de llegada, 5 minutos. Elena apagó el comunicador y miró a Martín. Al la tenenue luz de la luna que se filtraba por la ventana, su rostro parecía años más viejo de lo que era, marcado por el cansancio y el dolor.
“Se acabó por ahora”, dijo. “Pero vendrán más, siempre vienen más.” Martín asintió, entendiendo la implicación. Esta batalla había terminado, pero la guerra aparentemente continuaba. ¿Qué pasará ahora?, preguntó. ¿Con la ciudad, con toda esta gente, con nosotros? Elena miró hacia la ventana, donde las primeras luces del amanecer comenzaban a teñir el cielo de un gris pálido.
“La ciudad se despertará confundida”, respondió. Habrá historias sobre un apagón masivo, quizás alguna fuga de gas que causó alucinaciones colectivas. Las autoridades inventarán alguna explicación conveniente para los cuerpos encontrados. La vida continuará, como siempre lo hace, con la mayoría de las personas, nunca sabiendo lo cerca que estuvieron del fin.
Nosotros, insistió Martín. Elena lo miró directamente, una nueva resolución formándose en sus ojos cansados. Eso depende de ti, Martín. Puedes intentar volver a tu vida anterior, fingir que esta noche nunca sucedió o puedes unirte a nosotros, ayudarnos a prepararnos para la próxima incursión, porque seguramente habrá una. Martín miró alrededor de su apartamento los restos de la vida que había construido durante años, su trabajo, sus posesiones, su rutina cómoda pero solitaria.
Todo parecía tan insignificante ahora, tan vacío de propósito real. No hay vuelta atrás, ¿verdad?, preguntó, aunque ya conocía la respuesta. Una vez que sabes la verdad, no, no la hay, confirmó Elena suavemente. Es una elección difícil, lo sé, pero necesitamos personas como tú, Martín, personas que han visto la verdad y siguen luchando a pesar de ello.
Dasas en la distancia, una sirena comenzó a sonar, probablemente los primeros respondientes a los numerosos colapsos inexplicables alrededor de la ciudad. Pronto el mundo normal comenzaría a imponerse nuevamente cubriendo los eventos sobrenaturales de la noche con explicaciones racionales pero falsas. Martín se levantó y ayudó a Elena a hacer lo mismo.
Juntos cargaron el cuerpo de Sofía con solemne respeto. Te ayudaré, decidió finalmente Martín. No sé qué puedo aportar, pero si esta es la realidad en la que vivimos, no puedo simplemente dar la espalda y fingir que no lo sé. Elena asintió, una pequeña sonrisa de gratitud iluminando brevemente su rostro exhausto. Es todo lo que podemos hacer al final.
conocer la verdad y actuar en consecuencia, sin importar lo aterradora que sea. Mientras esperaban a Carmen, Martín miró por última vez a su apartamento, despidiéndose silenciosamente de la vida que había conocido. Afuera, el cielo continuaba aclarándose. la ciudad de Veracruz, despertando a un nuevo día, ignorante de cuán cerca había estado de la catástrofe.
Las bombillas, que horas antes habían parpadeado con un propósito siniestro, ahora permanecían oscuras e inertes. Pero Martín sabía que en algún lugar, en otra ciudad costera, en otro edificio antiguo con características especiales, las luces comenzarían a parpadear pronto y cuando lo hicieran, estarían listos. M.
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