Cuando los electricistas abrieron una caja en Veracruz, cayeron dientes humanos en aceite negro

Cuando los electricistas abrieron una caja en Veracruz, cayeron dientes humanos en aceite negro. En el verano de 1950, Veracruz atravesaba un periodo de modernización que contrastaba con sus raíces coloniales y tradiciones centenarias. La compañía eléctrica nacional había enviado a un grupo de trabajadores para actualizar el cableado en el barrio de laca, uno de los más antiguos de la ciudad portuaria.

 Entre ellos estaba Emilio Vega, un electricista de 30 años con manos callosas y ojos perspicaces, que había llegado desde la capital buscando un mejor futuro. Calor era sofocante aquella mañana cuando Emilio y su compañero Joaquín recibieron la orden de revisar una subestación ubicada en el sótano de un antiguo edificio colonial que había funcionado como casa de comercio durante la época porfiriana.

 La estructura parcialmente abandonada mantenía ese aire fantasmal de las construcciones que han sido testigos de demasiada historia. Ten cuidado con esas escaleras, parecen más viejas que mi abuela”, bromeó Joaquín mientras descendían por los peldaños de madera que crujían bajo su peso. El aire se volvía más denso y húmedo con cada paso, mezclado con un olor peculiar que Emilio no lograba identificar.

 La subestación era poco más que un cuarto pequeño y mal iluminado. Las paredes de piedra estaban manchadas por décadas de humedad y abandono. Emilio encendió su linterna y comenzó a examinar los antiguos fusibles y conexiones que debían reemplazar. “Mira esto”, dijo Joaquín señalando hacia un rincón donde una pared parecía haber sido recientemente modificada.

Alguien ha estado trabajando aquí antes que nosotros. Emilio se acercó y notó que efectivamente había una sección del muro que presentaba un color y textura diferentes. Al presionar ligeramente parte del yeso, se dio revelando un pequeño hueco detrás. Pásame la linterna”, pidió Emilio, intrigado por el descubrimiento.

 Al iluminar el interior del hueco, distinguió una caja metálica del tamaño aproximado de un libro grueso. Estaba cubierta de polvo y parecía llevar muchos años oculta. “Deberíamos informar esto”, sugirió Joaquín con cautela, pero la curiosidad ya había ganado a Emilio, quien extrajo la caja con cuidado. Era más pesada de lo que aparentaba.

 Tenía grabados en relieve que el tiempo había desgastado, haciéndolos casi irreconocibles. Un símbolo en la tapa captó la atención de Emilio. Parecía una especie de cruz deformada con elementos que recordaban vagamente a los símbolos aztecas que había visto en los museos. ¿Qué crees que hay dentro? preguntó Joaquín acercándose para examinar mejor el hallazgo.

 Solo hay una forma de averiguarlo, respondió Emilio buscando la manera de abrir la caja. La tapa estaba sellada, pero tras varios intentos, Emilio logró forzar la apertura con su destornillador. Un olor nauseabundo invadió inmediatamente el pequeño espacio, haciendo que ambos hombres retrocedieran instintivamente. Era un edor a aceite rancio mezclado con algo orgánico en descomposición.

Cuando finalmente se atrevieron a mirar el contenido, la linterna iluminó un líquido negro y viscoso que llenaba parcialmente el interior. Y entonces, al mover ligeramente la caja para ver mejor, algo cayó sobre el piso de cemento con un tintineo seco y perturbador. Eran dientes, dientes humanos de diferentes tamaños y formas.

Algunos amarillentos, otros con restos de raíces sanguinolentas, como si hubieran sido arrancados brutalmente. Emilio contó al menos una docena dispersos ahora sobre el suelo. “Dios mío”, exclamó Joaquín cruzándose instintivamente. “¿Qué demonios es esto?” Emilio estaba paralizado observando como el aceite negro goteaba lentamente de la caja, formando pequeños charcos alrededor de los dientes caídos.

En la superficie del líquido creyó ver reflejado por un instante un rostro que no era el suyo, un rostro contorsionado en una expresión de dolor indescriptible. “Debemos irnos de aquí”, dijo finalmente, colocando la caja en el suelo con manos temblorosas. Y debemos avisar a alguien. Lo que ninguno de los dos hombres sabía en ese momento era que acababan de desenterrar algo que llevaba décadas esperando ser liberado, algo que estaba conectado con uno de los capítulos más oscuros de la historia de Veracruz. La noticia del macabro

hallazgo se propagó por la huaca como fuego en caña seca. Para el atardecer, cuando el sol se hundía en el Golfo de México tiñiendo el cielo de naranja y púrpura, ya había versiones distorsionadas circulando en cada esquina del barrio. Algunos hablaban de cientos de dientes, otros de restos humanos completos.

 La realidad, sin embargo, era suficientemente perturbadora sin necesidad de exageraciones. Emilio y Joaquín habían reportado el descubrimiento a su supervisor, don Héctor Ruiz, un hombre severo de unos 50 años con bigote tupido y mirada penetrante. Después de examinar brevemente el contenido de la caja, don Héctor había ordenado sellar nuevamente el área y contactar a las autoridades.

No quiero que nadie más entre a ese sótano hasta que la policía lo autorice”, había dicho con voz tensa, notablemente afectado por lo que había visto. Esa noche Emilio no podía conciliar el sueño en la pequeña habitación que alquilaba en una pensión cerca del malecón. El ventilador de techo apenas movía el aire caliente y húmedo, y cada vez que cerraba los ojos veía aquellos dientes dispersos sobre el cemento brillando bajo la luz de su linterna.

 Peor aún, no lograba olvidar aquel rostro que creyó ver reflejado en el aceite negro, un rostro que no pertenecía a nadie que él conociera. Al día siguiente, cuando llegó al trabajo, encontró a varios de sus compañeros reunidos en pequeños grupos hablando en voz baja. Las miradas se dirigieron hacia él inmediatamente. “Ahí está el que encontró la brujería”, exclamó uno de ellos medio en broma, medio en serio.

 “No era brujería”, respondió Emilio incómodo. “Solo era algo extraño.” Mi abuela dice que eso es cosa de brujos. Intervino otro trabajador, un joven llamado Miguel. Dice que en los años 20, durante la revolución había un médico que practicaba rituales oscuros en esta zona. Lo llamaban el doctor Sombra. El doctor Sombra, repitió Emilio sintiendo un escalofrío recorrer su espalda a pesar del calor.

 “Sí, dicen que hacía experimentos con personas vivas”, continuó Miguel bajando la voz como si temiera ser escuchado por alguien más. Arrancaba dientes y uñas para sus pociones, los guardaba en aceite negro que él mismo preparaba con hierbas y otras cosas. Joaquín, que acababa de unirse al grupo, soltó una risa forzada. Esas son historias para asustar a los niños.

 Seguramente lo que encontramos eran restos de algún consultorio dental antiguo, pero Emilio no estaba tan seguro. Había algo en aquella caja, en aquel líquido viscoso que parecía demasiado siniestro para ser explicado de manera tan simple. Durante el almuerzo, Emilio decidió visitar a doña Carmela, una anciana que vendía tamales, en una pequeña mesa frente a la iglesia de la pastora.

 Doña Carmela era conocida por conocer todas las historias viejas de Veracruz, tanto las que se contaban abiertamente como las que se susurraban solo en la intimidad de los hogares. El doctor Sombra, repitió la anciana cuando Emilio le preguntó mientras sus manos arrugadas envolvían expertamente un tamal en hoja de plátano.

 Hace muchos años que no escuchaba ese nombre. Sus ojos, nublados por cataratas incipientes, pero aún perspicaces, se fijaron en Emilio con intensidad. “¿Por qué preguntas sobre él, muchacho?” Emilio le contó brevemente sobre el hallazgo, omitiendo algunos detalles por prudencia. La anciana escuchó en silencio y cuando él terminó se persignó lentamente.

Su verdadero nombre era Augusto Villaseñor. Dijo finalmente, no era veracruzano. Venía del norte, de Sonora, creo. Llegó aquí durante los últimos años de la revolución, cuando todo era caos y muerte. Se estableció como médico, pero pronto comenzaron los rumores. ¿Qué tipo de rumores? preguntó Emilio, sintiendo que su apetito desaparecía.

 Decían que mezclaba la medicina moderna con prácticas antiguas, oscuras, que buscaba la inmortalidad a través de rituales que aprendió de un chamán yacki. Necesitaba partes del cuerpo humano para sus experimentos, especialmente dientes, porque creía que en ellos residía parte del alma. Un escalofrío recorrió a Emilio mientras recordaba los dientes dispersos en el suelo del sótano.

 ¿Y qué pasó con él?, preguntó, aunque parte de él temía la respuesta. Doña Carmela bajó aún más la voz. Desapareció una noche de 1927 después de que varios niños de la haaca desaparecieran también. Nunca encontraron su cuerpo, ni el de los niños. Algunos dicen que huyó a Guatemala, otros que sus propios demonios se lo llevaron.

 La anciana se inclinó hacia adelante, pero yo recuerdo lo que decía mi madre, que el doctor Sombra no se fue realmente, que encontró la manera de quedarse dividido entre este mundo y el otro, y que algún día alguien lo liberaría de su prisión entre los dos mundos. El sol se ocultaba tras los edificios cuando Emilio regresó a la pensión con la cabeza llena de historias inquietantes y preguntas sin respuesta.

Esa noche, mientras intentaba nuevamente conciliar el sueño, una figura oscura apareció en sus sueños. Un hombre alto y delgado, vestido con un traje negro anticuado, cuyo rostro permanecía siempre en las sombras, y en su mano sostenía unas pinzas ensangrentadas goteando aceite negro. El miércoles por la mañana, dos policías y un médico forense llegaron al edificio para investigar el hallazgo.

 El comisario Ramírez, un hombre robusto, con un poblado mostacho y una expresión perpetuamente escéptica, dirigía la investigación. Emilio y Joaquín fueron llamados para mostrar exactamente dónde habían encontrado la caja. ¿Están seguros de que eran dientes humanos?, preguntó el comisario mientras descendían las escaleras al sótano.

 Su voz denotaba que preferiría estar investigando un simple robo o una riña callejera en lugar de este extraño caso. Completamente seguros respondió Emilio. No era la primera vez que veía dientes humanos. Mi padre era barbero en Ciudad de México y a veces extraía muelas a sus clientes cuando no podían pagar un dentista.

 El sótano parecía más siniestro a plena luz del día. Las lámparas temporales instaladas por otros trabajadores proyectaban sombras grotescas en las paredes de piedra y el calor hacía que el aire fuera denso y sofocante. La caja metálica había sido colocada sobre una mesa improvisada hecha con tablones.

 El forense, el doctor Vázquez, un hombre delgado con gafas de montura metálica y manos sorprendentemente delicadas para su profesión, la examinaba con cautela usando guantes de goma. “Definitivamente son dientes humanos”, confirmó después de varios minutos de análisis de diferentes personas, por lo que puedo apreciar. Algunos pertenecen a adultos, otros a niños, tal vez adolescentes y han estado en este líquido durante muchos años.

¿Qué es ese líquido negro? preguntó el comisario arrugando la nariz ante el edor. Parece una mezcla de aceite mineral, probablemente petróleo crudo con otras sustancias orgánicas que necesitaré analizar en el laboratorio”, respondió el forense. “Pero puedo decir que contiene elementos preservantes, posiblemente formal de Ido y otras sustancias que no reconozco a simple vista.

” Mientras los policías y el forense continuaban su trabajo, Emilio notó algo que no había visto antes. En la pared donde encontraron la caja había unos símbolos tallados muy sutilmente en la piedra. Eran casi imperceptibles, a menos que la luz incidiera desde el ángulo correcto. “Disculpe, doctor”, llamó Emilio señalando los símbolos.

“¿Ha visto esto?” El doctor Vázquez se acercó ajustándose las gafas. Interesante”, murmuró. “Parecen una mezcla de símbolos prehispánicos con algo más. No soy experto, pero me recuerdan a ciertos símbolos ocultistas europeos.” El comisario Ramírez se unió a ellos observando la pared con expresión de disgusto.

 “¿Qué significa todo esto? ¿Alguna secta satánica?” No necesariamente”, respondió el forense. Durante los años 20 y 30 hubo un interés considerable en México por las prácticas esotéricas, especialmente entre ciertos círculos intelectuales y médicos. Algunos intentaban fusionar conocimientos científicos con tradiciones ancestrales.

Algo hizo clic en la mente de Emilio. Como el doctor Sombra preguntó antes de poder contenerse. Los tres hombres se volvieron hacia él con expresiones de sorpresa. “¿Dónde escuchaste ese nombre?”, preguntó el doctor Vázquez con una intensidad repentina que contrastaba con su habitual calma profesional. Emilio les contó sobre la conversación con doña Carmela y los rumores que circulaban entre sus compañeros.

 El comisario parecía escéptico, pero el forense escuchaba con atención creciente. Augusto Villaseñor, dijo finalmente el doctor Vázquez. Sí, he leído sobre él en algunos archivos médicos antiguos. Era considerado un brillante cirujano, pero sus métodos se volvieron cada vez más poco ortodoxos. Hay documentos que sugieren que estaba obsesionado con la idea de transferir la esencia vital de una persona a otra mediante ciertos procedimientos que él mismo desarrolló.

 “¿Y usted cree que estos dientes tienen algo que ver con sus experimentos?”, preguntó el comisario, claramente incómodo con el giro que estaba tomando la conversación. Es una posibilidad que no podemos descartar”, respondió el forense. “Los dientes en muchas culturas antiguas son considerados receptáculos de poder vital.

 Los aztecas, por ejemplo, creían que contenían parte de la fuerza anímica de la persona. Un silencio pesado cayó sobre el grupo. Emilio sintió que algo frío le recorría la espalda, como si una corriente de aire helado hubiera penetrado en el sofocante sótano. Por un instante, creyó ver una sombra moverse en la periferia de su visión, pero al girar la cabeza no había nada allí.

Terminaremos de recolectar la evidencia y la llevaremos al laboratorio para su análisis”, dijo finalmente el comisario, rompiendo el silencio. Mientras tanto, este lugar permanecerá acordonado. Nadie debe entrar sin autorización. Cuando finalmente salieron del sótano, Emilio sintió un alivio inmenso al respirar el aire cálido pero fresco del exterior.

Sin embargo, no podía sacudirse la sensación de que algo había cambiado fundamentalmente desde que encontraron aquella caja, como si hubieran perturbado un equilibrio antiguo y delicado. tarde, mientras regresaba a la pensión después del trabajo, Emilio tuvo la clara sensación de estar siendo observado.

 En cada esquina, en cada reflejo de las ventanas de las tiendas, creía ver una figura alta y delgada vestida de negro. Pero cada vez que se giraba para mirar directamente, solo encontraba transeútes normales ocupados en sus asuntos cotidianos. Estaba a punto de entrar en la pensión cuando una niña pequeña que jugaba en la acera se detuvo frente a él, mirándolo con grandes ojos oscuros.

“El hombre de negro dice que tiene algo tuyo”, dijo con voz infantil. dice que pronto vendrá a recogerlo. Antes de que Emilio pudiera responder, la madre de la niña la llamó desde una puerta cercana y la pequeña corrió hacia ella como si nunca hubiera pronunciado aquellas inquietantes palabras. El jueves amaneció con un cielo plomizo que presagiaba tormenta, algo inusual para esa época del año en Veracruz.

 Emilio despertó empapado en sudor frío, con fragmentos de pesadillas aún aferrados a su mente, dientes que caían del techo como lluvia macabra, un líquido negro que subía por las paredes de su habitación y siempre aquella figura oscura observándolo desde las sombras. se levantó sintiendo un dolor sordo en las encías, como si hubiera estado apretando los dientes toda la noche.

 Al enjuagarse la boca en el pequeño lavabo de su habitación, notó un rastro rosado en el agua. Estaba sangrando ligeramente de las encías. Extraño, pensó. Nunca había tenido problemas dentales. El desayuno en el comedor comunitario de la pensión transcurrió en silencio. Emilio apenas tocó su café con pan dulce, distraído por el dolor que pulsaba en su mandíbula.

 Doña Mercedes, la dueña de la pensión, una viuda entrada en años con una intuición aguda para los problemas de sus inquilinos, se acercó a su mesa. “Te ves pálido, muchacho”, comentó estudiando su rostro con preocupación maternal. “Estás enfermo solo cansado”, mintió Emilio. “El trabajo ha sido duro esta semana. La mujer no pareció convencida.

 Ten cuidado con lo que traes contigo del trabajo, dijo enigmáticamente. A veces cargamos más de lo que vemos. Antes de que Emilio pudiera preguntarle a qué se refería exactamente, doña Mercedes ya se había alejado para atender a otros inquilinos. Al llegar a la obra, Emilio notó inmediatamente que algo no estaba bien. Había un grupo de trabajadores reunidos frente a la entrada del edificio y varios policías acordonaban la zona.

 Don Héctor, el supervisor, hablaba acaloradamente con el comisario Ramírez. ¿Qué sucede?, preguntó Emilio a Joaquín, quien se encontraba en la periferia del grupo con el rostro tenso. “Es Miguel”, respondió Joaquín en voz baja. No llegó a su casa anoche. Su esposa vino esta mañana preguntando por él y entonces decidieron revisar todo el edificio.

 Lo encontraron en el sótano. Un escalofrío recorrió la espalda de Emilio en el sótano. Pero estaba acordonado. Nadie debía entrar allí. Exactamente, asintió Joaquín. Nadie sabe cómo entró ni qué estaba haciendo allí. Está está muerto. La pregunta salió como un susurro. Joaquín negó con la cabeza. No, pero según dicen está diferente.

 No habla, solo mira al vacío y tiene la boca dudó como si le costara articular lo siguiente. Tiene la boca llena de ese aceite negro, como si hubiera bebido de esa cosa. En ese momento, dos paramédicos salieron del edificio transportando una camilla. Sobre ella y yacía Miguel, inmovilizado con correas. Su rostro, normalmente alegre y vivaz, estaba mortalmente pálido, y un líquido oscuro manchaba sus labios y barbilla.

 Sus ojos, abiertos vacíos, miraban fijamente al cielo sin parpadear. Cuando la camilla pasó cerca de donde estaban Emilio y Joaquín, algo extraordinario sucedió. Miguel, que hasta ese momento había permanecido completamente inmóvil, giró súbitamente la cabeza hacia Emilio. Sus ojos, antes vacíos, se enfocaron con una intensidad aterradora.

 Sus labios manchados se movieron, formando palabras que solo Emilio pudo escuchar. Él sabe que fuiste tú. El doctor viene por lo que es suyo. Luego, tan repentinamente como había comenzado, Miguel volvió a su estado catatónico con la mirada perdida en el infinito. Emilio permaneció paralizado, sintiendo que el mundo a su alrededor se desvanecía momentáneamente.

El dolor en su encías se intensificó, pulsando al ritmo de su corazón acelerado. ¿Estás bien? La voz de Joaquín lo trajo de vuelta a la realidad. Te has puesto blanco como un papel. Antes de que Emilio pudiera responder, don Héctor se acercó a los trabajadores reunidos. La obra se suspende por hoy anunció con voz grave.

La policía necesita investigar lo ocurrido. Vuelvan mañana a la hora habitual si las autoridades lo permiten. Mientras los trabajadores comenzaban a dispersarse, el comisario Ramírez llamó a Emilio. “Necesito hablar contigo”, dijo con tono oficial, pero no hostil. “Eres uno de los que encontró esa caja y quiero saber si notaste algo inusual en el comportamiento de Miguel en los últimos días.

” Emilio pensó en mencionar como Miguel había hablado del doctor Sombra, pero algo lo detuvo. Una parte de él temía que al hablar de ello en voz alta estaría dando más poder a algo que aún no comprendía del todo. Solo parecía interesado en las historias sobre el hallazgo, como todos, respondió finalmente. No noté nada extraño.

 El comisario lo estudió por un momento como evaluando si decía la verdad. Está bien”, dijo finalmente, “Pero si recuerdas algo, cualquier cosa, por insignificante que parezca, quiero que me lo comuniques inmediatamente.” Emilio asintió y se alejó, sintiendo el peso de la mirada del comisario en su espalda.

 El cielo se había oscurecido aún más y los primeros truenos resonaban a lo lejos. En lugar de regresar directamente a la pensión, Emilio decidió visitar la biblioteca municipal. Necesitaba saber más sobre Augusto Villaseñor, el doctor Sombra. Si lo que estaba ocurriendo tenía alguna conexión con aquel hombre y sus experimentos, quizás podría encontrar alguna pista, alguna forma de detener lo que fuera que habían desatado.

 La biblioteca era un edificio colonial de dos pisos, con altos techos y ventanales que dejaban entrar la luz tamizada por las nubes tormentosas. La señorita Gutiérrez, la bibliotecaria, una mujer de mediana edad con lentes de montura gruesa y una expresión perpetuamente severa, lo recibió con mirada inquisitiva.

 Buscó información sobre un médico que vivió en Veracruz durante los años 20, explicó Emilio. Se llamaba Augusto Villaseñor. La expresión de la bibliotecaria cambió sutilmente. Un destello de reconocimiento y tal vez de temor cruzó por sus ojos. ¿Por qué busca información sobre él?, preguntó bajando instintivamente la voz.

 Es para un proyecto histórico improvisó Emilio sobre médicos pioneros en la región. La señorita Gutiérrez no pareció convencida, pero finalmente asintió. Tenemos algunos archivos de esa época en la sección de historia local. Sígame. Lo condujo a una sala en el segundo piso donde estanterías de madera oscura albergaban documentos antiguos, periódicos amarillentos y libros desgastados por el tiempo.

 Aquí están los periódicos de la década de 1920, indicó señalando una estantería. Y aquí hay algunos registros médicos y documentos oficiales de la época. Si encuentra lo que busca, por favor deje todo en su lugar exacto. Con esa advertencia, la bibliotecaria se retiró dejando a Emilio solo entre los polvorientos archivos del pasado.

 Fuera, la tormenta se acercaba y los relámpagos iluminaban ocasionalmente la habitación a través de las ventanas, proyectando sombras fugaces sobre los documentos amarillentos. La lluvia comenzó a caer con fuerza mientras Emilio revisaba metódicamente los archivos de la biblioteca. El repiqueteo del agua contra los ventanales creaba una atmósfera aislada y atemporal, como si estuviera suspendido en una burbuja entre el presente y el pasado que intentaba desentrañar.

Después de casi dos horas de búsqueda infructuosa, finalmente encontró algo relevante en un periódico local de agosto de 1927. Una pequeña nota en la página 4 informaba sobre la desaparición de un médico local, el doct. Augusto Villaseñor, tras las acusaciones de prácticas no autorizadas y la misteriosa desaparición de varios infantes del barrio de la Guaca.

 El artículo era escueto y evitaba detalles, pero mencionaba que las autoridades habían registrado su consultorio y residencia sin encontrar rastro del médico ni de los niños desaparecidos. En otro periódico de dos semanas después, un editorial más extenso especulaba sobre el caso, mencionando rumores de que Villaseñor practicaba experimentación prohibida basada en antiguas creencias prehispánicas y modernas teorías científicas rechazadas por la comunidad médica.

 El editorialista concluía que probablemente el médico había huído a Guatemala o El Salvador ante la inminente detención, pero lo verdaderamente valioso apareció cuando Emilio descubrió un delgado folder con el rótulo expedientes médicos, casos especiales 1920-1930. Entre varios documentos sobre epidemias y casos médicos inusuales, encontró un informe oficial sobre la investigación del consultorio de Villaseñor.

 El documento firmado por un inspector sanitario describía el hallazgo de instrumentos quirúrgicos modificados para propósitos no médicos, textos de ocultismo mezclados con tratados científicos y lo más perturbador, varios recipientes con partes humanas preservadas en un líquido oleaginoso de color negro, cuya composición química resultó imposible de determinar con los métodos disponibles.

 Un párrafo en particular captó la atención de Emilio. Entre los documentos personales del doctor Villaseñor se encontró un diario donde detalla un proceso que él denomina la suspensión entre mundos. Según sus escritos, habría descubierto un método para transferir la esencia vital de un ser a otro mediante un complejo ritual que involucra la extracción y preservación de partes corporales específicas, principalmente dientes, en una sustancia que él mismo preparaba.

Villaseñor afirma haber logrado habitar parcialmente en esta sustancia, permitiéndole existir en un estado intermedio entre la vida y la muerte. Los escritos se vuelven cada vez más incoherentes hacia las últimas páginas, donde menciona la necesidad de un recipiente final para completar su transformación. El informe concluía recomendando que todos los materiales encontrados fueran destruidos por representar un peligro para la salud pública y la moral, aunque no especificaba si esta recomendación se había llevado a cabo. Emilio sintió un

escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la biblioteca. Si lo que decía el informe era cierto, entonces el doctor Sombra había intentado algún tipo de proceso para transferir su conciencia o su esencia a otra persona, utilizando aquella sustancia negra y los dientes extraídos de sus víctimas.

 Y si esos eran los mismos dientes que habían encontrado en el sótano, un relámpago particularmente intenso iluminó la habitación, seguido casi inmediatamente por un trueno ensordecedor. Las luces parpadearon y se apagaron por completo, dejando la biblioteca en penumbra. Solo los ocasionales destellos de los relámpagos proporcionaban momentos de visibilidad.

 Señor Vega, la voz de la señorita Gutiérrez llegó desde algún lugar del piso inferior. Vamos a cerrar temprano por el corte de electricidad. Por favor, baje inmediatamente. Un momento, respondió Emilio, intentando reunir apresuradamente los documentos para devolverlos a su lugar. En la oscuridad intermitente le pareció ver un movimiento entre las estanterías.

 Algo o alguien se movía por la habitación desplazándose con sigilo. ¿Hay alguien ahí?, preguntó sintiendo que su corazón se aceleraba. No hubo respuesta, pero el movimiento continuó. Emilio tomó el informe que había estado leyendo y lo guardó instintivamente en el bolsillo interior de su chaqueta. Necesitaría revisarlo con más detenimiento.

 Otro relámpago iluminó brevemente la sala y por un instante Emilio creyó ver una figura alta vestida de negro entre las estanterías. Llevaba lo que parecía un antiguo maletín médico y su rostro permanecía en la sombra, pero algo en su postura resultaba profundamente antinatural, como si sus articulaciones no funcionaran correctamente.

Cuando la oscuridad volvió, Emilio se dirigió rápidamente hacia la escalera, guiándose por la pared. El dolor en sus encías se había intensificado y ahora sentía un sabor metálico en la boca. Señor Vega, la voz de la bibliotecaria sonaba más urgente. Ya voy, respondió, alcanzando finalmente las escaleras.

 Al bajar casi tropieza con la señorita Gutiérrez, que subía a buscarlo con una lámpara de quereroseno en la mano. “Por Dios, me ha dado un susto”, dijo ella, llevándose una mano al pecho. La luz de la lámpara proyectaba sombras inquietantes sobre su rostro normalmente severo, ahora claramente preocupado. “Debemos irnos.

 La tormenta está empeorando y han anunciado posibles inundaciones en las zonas bajas de la ciudad. Juntos bajaron al vestíbulo, donde la bibliotecaria se apresuró a cerrar ventanas y asegurar puertas. Mientras lo hacía, Emilio notó que lo observaba con expresión suspicaz. “¿Encontró lo que buscaba?”, preguntó finalmente mientras cerraba con llave la puerta principal.

 Algo respondió Emilio vagamente. ¿Usted sabe algo más sobre el doctor Villaseñor? La señorita Gutiérrez se detuvo con la llave aún en la cerradura. Cuando se volvió hacia él, su rostro había adquirido una expresión grave. “Mi tía trabajó como enfermera en su consultorio durante unos meses”, dijo en voz baja, como si temiera ser escuchada por alguien más en la biblioteca vacía.

 renunció porque decía que el doctor hacía cosas que iban contra Dios. Extraía dientes a pacientes sedados, incluso cuando no era necesario, y tenía un laboratorio en la parte trasera donde trabajaba solo, a puerta cerrada. A veces mi tía escuchaba sonidos, voces que no parecían humanas. Hizo una pausa apretando la lámpara con fuerza.

 Poco antes de que desapareciera, mi tía lo vio con un niño del barrio. El niño había ido para que le tratara un diente flojo, algo rutinario, pero el doctor se lo llevó al laboratorio privado y cuando salió horas después estaba solo. Dijo que el niño se había marchado por la puerta trasera. Al día siguiente, los padres del pequeño lo reportaron como desaparecido.

 “¿Su tía denunció esto a las autoridades?”, preguntó Emilio sintiendo un nudo en el estómago. Lo intentó, respondió la bibliotecaria. Pero en aquellos años, justo después de la revolución, la policía tenía otras prioridades. Cuando finalmente tomaron en serio las denuncias, el doctor ya había desaparecido.

 Hizo una pausa significativa, aunque mi tía siempre insistió en que no había desaparecido realmente. Decía que había encontrado una forma de quedarse, de esconderse a plena vista. La lluvia arreció golpeando los ventanales con furia. Un trueno particularmente violento sacudió el edificio. “Debemos irnos ahora”, dijo la señorita Gutiérrez dirigiéndose hacia la puerta.

 “Sea lo que sea que esté buscando sobre Villaseñor, tenga cuidado. Hay cosas del pasado que es mejor dejar enterradas.” Cuando salieron a la calle, la tormenta los recibió con toda su furia. El viento azotaba con violencia, arrastrando hojas y pequeños objetos. Las calles empezaban a inundarse con el agua alcanzando ya los tobillos en algunos puntos.

 “Vaya directamente a su casa!”, gritó la bibliotecaria por encima del rugido de la tormenta antes de alejarse rápidamente en dirección opuesta, protegiéndose con un paraguas que amenazaba con volverse del revés en cualquier momento. Emilio comenzó a caminar hacia la pensión, luchando contra el viento y la lluvia.

 Las calles estaban prácticamente desiertas, solo se veían algunas personas corriendo en busca de refugio. Al pasar frente a una farmacia cerrada, Emilio se detuvo en seco. Su reflejo en el escaparate, iluminado momentáneamente por un relámpago, no era completamente suyo. Por un instante le pareció ver otra figura superpuesta a la suya, más alta, más delgada, vestida con ropas anticuadas.

 Y en lugar de su rostro había una masa oscura y cambiante donde deberían estar sus facciones. Parpadeó y la imagen volvió a la normalidad. Solo él, empapado y pálido, mirando con ojos asustados su propio reflejo, pero el sabor metálico en su boca se había intensificado y ahora sentía como si algo se moviera bajo sus encías, presionando desde dentro hacia los dientes.

 Emilio apenas logró llegar a la pensión, tambaleándose bajo la lluvia torrencial que convertía las calles en ríos improvisados. Para cuando cruzó el umbral, su ropa chorreaba agua y temblaba incontrolablemente, aunque no sabía si era por el frío o por el miedo que le carcomía por dentro. Doña Mercedes lo recibió en el vestíbulo, claramente alarmada por su estado.

 Santo cielo, muchacho, pareces un muerto, exclamó pasándole una toalla áspera pero seca. Ven a la cocina, necesitas algo caliente. Emilio la siguió mecánicamente, dejando un rastro de agua a su paso. La cocina era un espacio acogedor con una vieja estufa de leña que proporcionaba tanto calor como un aroma reconfortante a comida casera.

Doña Mercedes lo hizo sentar cerca del fuego y puso a calentar una olla con chocolate. “Cámbiate esa ropa mojada”, ordenó señalando una puerta que daba a un pequeño cuarto de la bandería. “Encontrarás una bata de mi difunto esposo allí. No es elegante, pero está seca.” Agradecido. Emilio entró en el cuarto y comenzó a quitarse la ropa empapada.

 Al sacar la chaqueta, recordó el informe que había tomado de la biblioteca. Lo extrajo del bolsillo interior, aliviado al comprobar que aunque algo húmedo en los bordes seguía legible. Mientras se cambiaba, sintió una punzada particularmente aguda en la boca. El dolor dental que había estado experimentando se había intensificado hasta volverse casi insoportable.

 se acercó a un pequeño espejo colgado en la pared y abrió la boca para examinar sus encías. Lo que vio lo dejó paralizado de horror. Sus encías estaban inflamadas y ennegrecidas, como si hubiera algún tipo de infección extendida por toda la cavidad bucal. Pero lo más perturbador era que en varios puntos la piel parecía haberse desgarrado, revelando pequeñas protuberancias blancas que emergían como si fueran nuevos dientes creciendo directamente a través de la carne en lugares donde no deberían estar.

 Dios mío”, susurró tocando con dedos temblorosos uno de estos brotes anormales. Al contacto sintió un dolor agudo, pero también una sensación extraña, como si algo respondiera dentro de su cabeza, como si algo más estuviera ahora conectado a su sistema nervioso. Un golpe en la puerta lo sobresaltó. “¿Estás bien ahí dentro?”, preguntó doña Mercedes. El chocolate está listo.

 Un momento, respondió Emilio, apresurándose a terminar de cambiarse. Se puso la bata ofrecida, una prenda gastada pero limpia, y escondió el informe entre sus ropas mojadas, formando un bulto que llevó consigo. Cuando regresó a la cocina, doña Mercedes le tendió una taza humeante de chocolate espeso. El aroma era tentador, pero al primer sorbo, Emilio tuvo que reprimir una mueca de dolor cuando el líquido caliente tocó sus encías sensibles.

 “¿Qué te pasa en la boca?”, preguntó la mujer observadora como siempre. “Has hecho una mueca al beber, “Ma, solo un dolor de muelas”, mintió Emilio. “Nada grave.” La anciana lo miró fijamente, como si pudiera ver a través de su mentira. Hay cosas que no se pueden ocultar por mucho tiempo, muchacho”, dijo enigmáticamente, “ese especialmente aquellas que crecen dentro de uno.

 Un escalofrío recorrió la espalda de Emilio. ¿Acaso ella sabía algo? ¿Podía ver lo que le estaba sucediendo? ¿A qué se refiere?”, preguntó intentando mantener un tono casual. Doña Mercedes se sentó frente a él con su propia taza de chocolate entre las manos arrugadas. “Llevo más de 60 años en Veracruz”, dijo. “He visto cosas que la mayoría prefiere ignorar o olvidar.

 Reconozco las señales cuando las veo.” ¿Qué señales? El doctor Sombra, respondió ella, y el nombre cayó en la habitación como una piedra en un estanque tranquilo creando ondas de tensión. Has estado en contacto con algo relacionado con él, ¿verdad? Lo veo en tus ojos, en la forma en que te mueves, como si ya no estuvieras completamente solo en tu propio cuerpo.

 Emilio sintió que el aire abandonaba sus pulmones. ¿Cómo lo sabe?, logró preguntar. Mi hermano menor desapareció en 1926″, dijo doña Mercedes con una voz que había perdido su habitual energía, volviéndose distante como si recitara un dolor muy antiguo. Tenía 10 años. Fue al consultorio de Villaseñor por un dolor de oído. Nunca regresó.

 Semanas después, uno de los ayudantes del doctor, un joven de apenas 20 años, comenzó a comportarse de manera extraña. Se quejaba de dolores en la boca. tenía episodios donde parecía ser otra persona y a veces a veces me miraba con los ojos de mi hermano. Hizo una pausa y Emilio notó que sus manos temblaban ligeramente alrededor de la taza.

 La gente del barrio lo sabía, pero nadie hablaba de ello abiertamente. El joven desapareció también poco después del doctor. Algunos dicen que se suicidó tirándose al mar. ¿Qué cree que me está pasando? preguntó Emilio sintiendo un nudo en la garganta. “Creo que has perturbado algo que debería haber quedado oculto”, respondió doña Mercedes.

 Los experimentos de Villaseñor no eran solo locuras de un científico trastornado. Tenían un propósito, encontrar una manera de transferir su esencia, su alma, si prefieres llamarlo así, a otros cuerpos. Usaba los dientes porque creía que contenían parte del espíritu de la persona y funcionaba. La pregunta salió casi como un susurro.

 Parcialmente, dijo la anciana. Según se decía, lograba transferir fragmentos de sí mismo a sus víctimas, pero nunca una transferencia completa. Siempre necesitaba más recipientes. Emilio pensó en el informe que había encontrado, en la mención del recipiente final que Villaseñor buscaba. Y ahora cree que está tratando de usarme a mí, dijo.

 No como pregunta, sino como una terrible constatación. Doña Mercedes asintió gravemente. Has estado en contacto con sus instrumentos, con la esencia que preservó de sí mismo y de sus víctimas en ese aceite negro, y ahora está despertando dentro de ti. ¿Hay alguna forma de detenerlo?, preguntó Emilio, sintiendo que el pánico crecía en su interior.

 La anciana guardó silencio por un momento, como si sopesara cuidadosamente sus palabras. Quizás, dijo finalmente, pero primero debes entender exactamente qué es lo que intentaba lograr y para eso necesitarás visitar el lugar donde todo comenzó. Su consultorio ya no existe como tal, explicó doña Mercedes. El edificio fue demolido en los años 30, pero su casa particular sigue en pie, aunque nadie ha vivido allí desde su desaparición.

Está en la calle Zaragoza, casi al final, donde la ciudad comienza a difuminarse con la selva. Una casa victoriana de dos pisos con barandales de hierro forjado y persianas siempre cerradas. La gente la evita. Dicen que por las noches se pueden escuchar voces y ver luces en las habitaciones superiores, aunque no hay electricidad conectada.

 Un trueno particularmente violento sacudió la casa. haciendo tintinear la vajilla en los estantes. La tormenta parecía haberse intensificado, como si la naturaleza misma respondiera a la conversación siniestra que tenía lugar en la acogedora cocina. Debería ir ahora mismo, dijo Emilio, haciendo ademán de levantarse. No.

 La voz de doña Mercedes adquirió una autoridad que no admitía réplica. Con esta tormenta es suicida y además no estás preparado. Necesitas protección. Se levantó y salió de la cocina, regresando momentos después con una pequeña caja de madera tallada. De ella extrajo un rosario de cuentas oscuras y una pequeña botella con un líquido transparente.

 Agua bendita de la catedral, explicó entregándole la botella. Y este rosario perteneció a mi madre. Ha sido bendecido por tres obispos diferentes. No sé si estas cosas funcionarán contra lo que te está pasando, pero son lo único que puedo ofrecerte. Emilio tomó los objetos sintiendo una extraña sensación de repulsión al contacto con el rosario, como si algo dentro de él rechazara instintivamente el objeto sagrado.

“Descansa esta noche”, continuó la anciana. “Mañana, cuando amaine la tormenta, busca la casa. Pero ten cuidado, si villaseñor está realmente tratando de tomar el control de tu cuerpo, la visita a su casa podría acelerar el proceso. Estarás entrando voluntariamente en su territorio. Emilio asintió, sintiendo que el peso de la situación lo aplastaba.

 El dolor en sus encías palpitaba con cada latido de su corazón y ahora sentía también una presión creciente detrás de los ojos, como si algo intentara empujar desde el interior de su cráneo. “Una cosa más”, añadió doña Mercedes con voz grave, “si sientes que estás perdiendo el control, si sientes que ya no eres tú mismo, no dudes en buscar una solución definitiva.

A veces la única manera de detener algo así es cortando el problema de raíz. La implicación era clara y Emilio sintió un escalofrío ante la idea de que la muerte pudiera ser su única salida, pero asintió comprendiendo la terrible lógica de la anciana. Esa noche, acostado en su pequeña habitación, mientras la tormenta azotaba Veracruz, Emilio apenas pudo dormir.

 El dolor en su boca era ahora constante y cada vez que cerraba los ojos veía imágenes perturbadoras. Niños gritando mientras manos enguantadas arrancaban sus dientes, frascos llenos de líquido negro donde flotaban partes humanas. Y siempre aquella figura alta y oscura, observándolo, esperando, acercándose cada vez más a través de un túnel que parecía conectar dos mundos diferentes.

En algún momento de la madrugada se despertó sobresaltado. Había alguien más en la habitación. Podía sentir una presencia a los pies de su cama, una silueta más oscura que la oscuridad circundante. ¿Quién está ahí? preguntó con voz temblorosa. No hubo respuesta audible, pero en su mente escuchó claramente unas palabras, como si alguien hubiera plantado directamente los pensamientos en su cerebro.

 Pronto estaremos completos. Has traído mi esencia de vuelta al mundo. Ahora solo necesito terminar lo que empecé. Emilio encendió apresuradamente la lámpara de su mesita de noche, pero la habitación estaba vacía. Sin embargo, al mirarse en el pequeño espejo de mano que guardaba entre sus pertenencias, vio con horror que su rostro había comenzado a cambiar.

Sus facciones parecían más afiladas y sus ojos sus ojos tenían ahora un brillo amarillento que no era humano. La transformación había comenzado. La tormenta amainó al amanecer, dejando a Veracruz empapada y magullada. Charcos enormes reflejaban el cielo aún nublado y los árboles mostraban ramas rotas como huesos fracturados.

 El aire olía a tierra mojada y sal marina, una combinación que normalmente resultaba agradable a Emilio, pero que ahora le provocaba náuseas. se había despertado sintiéndose diferente. El dolor en sus encías persistía, pero ahora parecía más como una transformación que como una dolencia. Al examinar su boca en el espejo, había descubierto con horror que los extraños brotes que había notado la noche anterior habían crecido, formando lo que parecían pequeños dientes adicionales que emergían directamente de la carne. Su rostro también había

cambiado sutilmente. Sus pómulos eran más pronunciados. Sus ojos se habían hundido ligeramente y su piel había adquirido un tono ceniciento. Pero lo más perturbador eran los pensamientos y recuerdos que ahora flotaban en su mente. recuerdos que no le pertenecían, imágenes de un Veracruz más antiguo visto a través de otros ojos, conocimientos médicos que nunca había estudiado y un hambre, una necesidad imperiosa de completar algo que había quedado inconcluso hace décadas.

 Emilio se vistió con manos temblorosas, guardando en sus bolsillos el rosario y el agua bendita que doña Mercedes le había entregado. También tomó el informe de la biblioteca, ahora seco pero arrugado, y lo ocultó dentro de su camisa. Finalmente, tras un momento de duda, cogió la navaja de afeitar que usaba cada mañana.

 Podría necesitarla, aunque prefería no pensar exactamente para qué. salió de la pensión sigilosamente, evitando encontrarse con doña Mercedes. Una parte de él temía que la anciana viera cuánto había avanzado la transformación durante la noche, cuán poco quedaba ya del Emilio Vega, que había llegado a Veracruz buscando trabajo y un nuevo comienzo.

 Las calles estaban relativamente desiertas, con solo algunos trabajadores removiendo escombros y ramas caídas. Emilio se dirigió hacia el extremo sur de la ciudad, donde según las indicaciones, se encontraba la casa de Augusto Villaseñor. A medida que avanzaba, los edificios se volvían más dispersos, las calles menos pavimentadas y la vegetación más abundante, como si la selva estuviera constantemente intentando reclamar ese territorio.

 La calle Zaragoza era más un camino de tierra que una vía urbana propiamente dicha. Casas modestas alternaban con terrenos valdíos, donde la vegetación crecía descontrolada. Y allí, casi al final, como una aparición de otra época, se alzaba la casa que buscaba. Era una construcción victoriana de dos plantas, incongruente con la arquitectura circundante, aunque deteriorada por décadas de abandono, aún conservaba cierta elegancia siniestra.

 La pintura, que alguna vez debió ser blanca, se había desconchado en grandes secciones, revelando madera grisácia debajo. Las ventanas, cubiertas con persianas desvencijadas, parecían ojos ciegos observando el mundo exterior. Un jardín salvaje rodeaba la propiedad con plantas tropicales que habían crecido sin control, creando una barrera casi impenetrable.

 Emilio se detuvo frente a la verja oxidada que protegía la entrada. Algo dentro de él, la parte que ya no era completamente él. Reconocía este lugar, sentía una conexión con él, un anhelo casi doloroso de cruzar ese umbral. “Hogar”, susurró una voz en su mente, una voz que no era la suya. “Por fin hemos vuelto.” Sacudió la cabeza intentando aclarar sus pensamientos.

Necesitaba mantener el control, el tiempo suficiente para entender qué estaba sucediendo y cómo detenerlo. Respiró profundamente. Apretó el rosario en su bolsillo hasta que las cuentas se le clavaron dolorosamente en la palma y empujó la verja. Esta se dio con un chirrido que sonó como un gemido de dolor.

 El camino empedrado que conducía a la entrada principal estaba parcialmente cubierto de vegetación, como si la naturaleza hubiera intentado borrar todo rastro de quienes habían transitado por allí. Mientras avanzaba, Emilio sentía que cada paso lo llevaba más profundamente hacia el pasado. Los recuerdos ajenos se intensificaban.

 podía ver el jardín como había sido antes, meticulosamente cuidado con plantas medicinales y ornamentales. Podía sentir el orgullo del dueño original al contemplar la casa, su refugio y laboratorio. La puerta principal estaba sorprendentemente intacta, con su madera tallada, resistiendo el paso del tiempo mejor que el resto de la estructura.

 No había cerradura visible, solo un extraño mecanismo circular con símbolos grabados alrededor. Emilio, o la parte de él que ahora compartía recuerdos con Villaseñor, sabía exactamente cómo manipularlo. Sus dedos se movieron casi automáticamente, presionando ciertos puntos en una secuencia específica. Con un chasquido suave, la puerta se desbloqueó.

 Emilio la empujó y esta se abrió revelando un vestíbulo amplio cubierto de polvo y telarañas. La luz mortesina que se filtraba a través de las persianas rotas creaba patrones fantasmales en el suelo de mosaico. El interior estaba sorprendentemente conservado, como si el tiempo hubiera fluido de manera diferente dentro de estas paredes.

 Muebles antiguos permanecían en su lugar cubiertos por sábanas amarillentas. Cuadros colgaban torcidos en las paredes, sus imágenes apenas discernibles bajo capas de polvo. Emilio avanzó lentamente, guiado tanto por su curiosidad como por la memoria prestada que ahora habitaba en su mente. Sabía que lo que buscaba estaba abajo, en el sótano donde Villaseñor había realizado sus experimentos más secretos.

 Un largo pasillo lo condujo hasta la parte trasera de la casa, donde una puerta más pequeña daba acceso a una escalera descendente. Cada peldaño crujía bajo su peso, como si la casa misma protestara por esta intrusión después de tantos años. El sótano era un espacio amplio dividido en varias secciones. Lo que alguna vez fue un laboratorio ocupaba la mayor parte.

 mesas largas con instrumentos oxidados, estanterías llenas de frascos polvorientos y una zona que parecía haber sido un área quirúrgica improvisada. En el centro, una mesa de operaciones de metal manchada con lo que parecían ser antiguos residuos de sangre y otros fluidos. Pero lo que captó inmediatamente la atención de Emilio fue el altar en la pared del fondo.

 Era una estructura elaborada que combinaba elementos cristianos con símbolos prehispánicos y otros que no pudo identificar. En el centro del altar había un espacio vacío, como si algo importante hubiera sido removido. La caja murmuró y no supo si era él mismo o la otra conciencia dentro de él la que hablaba.

 Ahí es donde debería estar la caja que encontramos. Se acercó al altar sintiendo una mezcla de repulsión y fascinación. Alrededor del espacio vacío había inscripciones en un idioma que no reconocía, pero que de alguna manera podía entender parcialmente. Hablaban de un ritual, un proceso para dividir y preservar la esencia vital, para habitar múltiples recipientes y, finalmente, reunirse en un único cuerpo perfecto.

 En ese momento, el dolor en su boca se intensificó abruptamente. Emilio cayó de rodillas. Llevándose las manos a la cara, sentía como si cada uno de los dientes extraños que habían estado brotando en sus encías estuviera siendo arrancado y vuelto a colocar simultáneamente. Un líquido caliente y metálico llenó su boca.

 Sangre mezclada con algo más, algo negro y viscoso. Está comenzando la fusión final, dijo una voz desde algún lugar de la habitación. Emilio levantó la mirada tratando de enfocar a través del dolor. Una figura se materializó gradualmente desde las sombras del sótano. Un hombre alto y extremadamente delgado, vestido con un traje negro anticuado.

 Su rostro era angular, con pómulos prominentes y ojos hundidos que brillaban con una luz amarillenta. En una mano sostenía un maletín médico de cuero desgastado. Dr. Villa, señor”, logró articular Emilio, escupiendo sangre y aceite negro mientras hablaba. “Lo que queda de él”, respondió la aparición. Una sombra, un eco, un fragmento de conciencia preservado en mi propia creación.

 Se acercó unos pasos y Emilio notó que sus movimientos tenían algo extraño, como si estuviera parcialmente desconectado de la realidad física. “Durante décadas he esperado, dividido entre mundos. preservado en mi sustancia negra, fragmentado entre los dientes que arranqué de mis sujetos. Y ahora, gracias a ti, estoy regresando. Banana.

 ¿Por qué yo? Preguntó Emilio, luchando por mantenerse consciente a pesar del dolor abrumador. El azar quizás, o el destino, respondió la sombra de Villaseñor. Abriste la caja, tocaste mi esencia y eras compatible. tu cuerpo, tu mente, capaces de servir como el recipiente final que siempre busqué. La figura se acercó aún más, inclinándose para examinar a Emilio con interés clínico.

 Está progresando más rápidamente de lo que esperaba. Los dientes de reemplazo están surgiendo correctamente. Son el anclaje, ¿sabes? La conexión entre tu ser y el mío. Cada nuevo diente que brota en tu boca contiene un fragmento de mi esencia. de las esencias que coleccioné. Y cuando el proceso se complete, me convertiré en ti.” Completó Emilio horrorizado.

 No exactamente, corrigió la aparición con un gesto que podría haber sido una sonrisa si no hubiera resultado tan perturbador. Te convertirás en algo más, ni tú ni yo, sino una nueva entidad que contendrá fragmentos de docenas de almas. Mi gran experimento finalmente completado. Emilio se llevó una mano al bolsillo, buscando a tientas el agua bendita que le había dado doña Mercedes.

La sombra de Villaseñor observó el movimiento y soltó una risa seca y áspera. Agua bendita, un rosario. No estás lidiando con demonios o fantasmas, muchacho. Esto es ciencia, aunque de un tipo que pocos comprenden. Estamos más allá de esos símbolos primitivos. A pesar de las palabras de la aparición, Emilio sacó la pequeña botella y la apretó en su mano temblorosa.

 Era su única esperanza, por débil que fuera. Mientras lo hacía, notó el informe que había tomado de la biblioteca, ahora visible en su camisa abierta. Los ojos amarillentos de la sombra se fijaron en el documento. Ah, has estado investigando, buscando respuestas, quizás incluso una forma de detener esto.

 Su expresión cambió, volviéndose más dura. No hay manera de detenerlo. El proceso ya está demasiado avanzado. En cuestión de horas, tal vez menos, la transformación será completa. Emilio logró ponerse de pie tambaleándose. Sentía que su cuerpo estaba cambiando por dentro, reestructurándose de alguna manera fundamental. Sus pensamientos se estaban volviendo confusos, mezclados con recuerdos y conocimientos que no le pertenecían.

 Pero en medio de esa confusión, una idea comenzó a formarse. El altar, el espacio vacío donde debería estar la caja. Había una conexión ahí, algo importante. La caja es el ancla. Dijo, más para sí mismo que para la aparición. Es donde donde comenzaste el proceso, donde almacenaste tu esencia. La sombra de Villaseñor se tensó visiblemente.

 Eres más perspicaz de lo que esperaba. Sí, la caja es especial, diseñada específicamente para contener la sustancia que cree, para preservar fragmentos de conciencia. Es el punto focal del ritual. Y si fuera destruida, comenzó Emilio. No te atrevas siquiera a pensarlo interrumpió la aparición con una intensidad repentina que hizo que las sombras del sótano parecieran ondular.

 Destruir la caja ahora, cuando el proceso está tan avanzado, tendría consecuencias imprevisibles. Emilio supo entonces lo que debía hacer. Si lograba regresar a donde habían encontrado la caja, si podía destruirla de alguna manera, quizás podría detener lo que estaba ocurriendo. Pero antes de que pudiera moverse hacia la escalera, una nueva oleada de dolor lo paralizó.

Esta vez sintió como algo dentro de su cabeza estaba presionando contra su cráneo, intentando tomar el control de sus pensamientos, de sus recuerdos, de su voluntad. se tambaleó hacia atrás chocando contra una de las mesas del laboratorio. “Es inútil resistirse”, dijo la aparición ahora más sustancial, como si estuviera absorbiendo energía del propio Emilio.

 “Cada segundo que pasa, soy más fuerte y tú más débil. Pronto no quedará nada de Emilio Vega.” Con un esfuerzo sobrehumano, Emilio logró enderezarse. Su mano se cerró alrededor de la botella de agua bendita. en un movimiento desesperado, arrancó el corcho con los dientes y arrojó el contenido hacia la figura de Villaseñor. Para su sorpresa, el agua pareció tener algún efecto, donde las gotas tocaron la forma espectral, se produjeron pequeños destellos de luz y la aparición retrocedió con un siseo de dolor.

“¡Imposible!”, murmuró la sombra. A menos que Emilio aprovechó ese momento de confusión para lanzarse hacia la escalera. Sus piernas apenas le respondían y cada paso era una agonía mientras subía tambaleándose los peldaños. Detrás de él escuchó un grito de rabia que parecía provenir tanto del sótano como del interior de su propia mente. No puedes escapar de mí.

 Estoy dentro de ti. Llegó al pasillo superior y corrió hacia la salida, impulsado por la adrenalina y el terror puro. Necesitaba llegar al lugar donde habían encontrado la caja. Era su única esperanza. Las calles de Veracruz pasaban como un borrón mientras Emilio corría con todas sus fuerzas. Su cuerpo se sentía extraño, como si sus proporciones hubieran cambiado sutilmente. Cada paso era inestable.

como si estuviera aprendiendo a usar extremidades nuevas. En su mente, la presencia de Villaseñor se hacía cada vez más fuerte, intentando tomar el control. Fragmentos de memorias ajenas destellaban ante sus ojos, rostros de niños aterrorizados, procedimientos quirúrgicos grotescos, fórmulas y rituales antiguos.

 Detente”, se ordenó a sí mismo en voz alta, ganándose miradas extrañadas de los pocos transeútes con los que se cruzaba. “Soy Emilio Vega, soy electricista. Vengo de Ciudad de México. Mi madre se llama Guadalupe. Mi padre era barbero. Recitar estos hechos básicos sobre su identidad parecía ayudar momentáneamente, como si estuviera anclándose a su propio ser, pero el efecto duraba cada vez menos.

Cuando finalmente llegó al edificio donde trabajaba, encontró un cordón policial bloqueando la entrada. El comisario Ramírez estaba allí dando instrucciones a varios oficiales. Al ver a Emilio, su expresión cambió a una de alarma. “Vega, ¿qué te ha pasado?”, exclamó acercándose rápidamente. “Te ves terrible.” Emilio apenas podía hablar.

La transformación se estaba acelerando. Sentía los dientes adicionales presionando contra el interior de sus mejillas y su visión alternaba entre normal y una extraña percepción amarillenta donde podía ver auras alrededor de las personas. La caja logró articular. Necesito destruir la caja. El comisario lo miró con preocupación.

Estás enfermo, muchacho. Necesitas un médico. El doctor Vázquez está dentro examinando el sótano. Quizás él pueda. No hay tiempo! Gritó Emilio con una voz que no sonaba completamente suya. Empujó al comisario a un lado con una fuerza que no sabía que poseía y se abalanzó hacia la entrada. Los policías intentaron detenerlo, pero Emilio se movía con una agilidad sobrenatural, esquivándolos como si pudiera predecir sus movimientos.

 Dentro del edificio se dirigió directamente hacia las escaleras que conducían al sótano. El espacio estaba iluminado ahora con potentes lámparas. El doctor Vázquez y varios técnicos forenses trabajaban metódicamente fotografiando y catalogando evidencias. La caja metálica estaba sobre una mesa improvisada, rodeada de instrumentos de análisis.

 Al ver a Emilio irrumpir en la escena, el forense sobresaltó. Señor Vega, no puede estar aquí. Esto es una escena de Las palabras murieron en sus labios cuando vio claramente el rostro de Emilio. Incluso bajo la luz artificial era evidente que algo estaba terriblemente mal. Sus facciones parecían distorsionadas, como si otra cara estuviera intentando emerger desde dentro.

 Aléjese de esa caja”, advirtió Emilio, pero su voz sonaba como dos voces superpuestas, creando un efecto perturbador que hizo que todos en la habitación retrocedieran instintivamente. El doctor Vázquez, a pesar de su evidente miedo, mantuvo la compostura profesional. “Señor Vega, ¿está usted claramente sufriendo algún tipo de episodio? Permítanos ayudarlo.

 No entiende, respondió Emilio, acercándose lentamente a la mesa donde se encontraba la caja. Esa cosa está cambiándome. Está permitiendo que algo entre en mí. Sus ojos se fijaron en la caja metálica. Ahora podía ver claramente los símbolos grabados en ella, podía entenderlos perfectamente.

 Eran instrucciones para un ritual de transferencia, un método para preservar la conciencia fragmentada. y luego reunirla en un nuevo huésped. Es fascinante, ¿verdad? La voz no había venido de ninguna persona en la habitación, sino de la propia caja. O al menos así lo percibió Emilio. Los técnicos y el doctor Vázquez continuaban moviéndose con cautela, sin dar muestras de haber escuchado nada inusual.

 Mi mayor creación”, continuó la voz, audible solo para Emilio, décadas de investigación combinando ciencia moderna con conocimientos ancestrales que la mayoría ha olvidado. La capacidad de trascender la muerte, de existir más allá de las limitaciones de un solo cuerpo. “¡Silencio!”, gritó Emilio llevándose las manos a los oídos. En ese momento, el comisario Ramírez entró al sótano, seguido por dos oficiales.

“Deténganlo”, ordenó señalando a Emilio. Pero antes de que pudieran acercarse, Emilio se lanzó hacia la mesa y agarró la caja. El contacto directo desencadenó una reacción inmediata. El líquido negro dentro de la caja pareció cobrar vida, agitándose violentamente. Los dientes que quedaban dentro repiquetearon contra el metal, como si intentaran escapar. No.

 La voz de Villor resonó tanto dentro de la cabeza de Emilio como en el aire del sótano, lo suficientemente fuerte esta vez para que todos lo escucharan. Los policías se detuvieron paralizados por el miedo. Emilio sentía que su conciencia se desvanecía, reemplazada por la presencia invasora. Con sus últimas fuerzas, recordó las palabras del informe que había leído, La pista crucial.

 El ritual necesitaba completarse en el lugar donde había comenzado. El altar, murmuró. Necesito llevarlo al altar. Con un movimiento repentino, Emilio corrió hacia la salida, sosteniendo la caja contra su pecho. Los policías, sorprendidos por su velocidad sobrenatural, no lograron interceptarlo. La tormenta había regresado azotando Veracruz con renovada furia, como si la naturaleza misma respondiera a los eventos sobrenaturales que estaban ocurriendo.

 Emilio corría por las calles inundadas, apenas consciente de la dirección que tomaba. Su cuerpo parecía moverse con voluntad propia, guiado por los recuerdos y conocimientos de Villaseñor, que ahora dominaban su mente. La caja en sus manos pulsaba con energía oscura. El líquido negro se filtraba a través de las uniones del metal, manchando sus dedos, siendo absorbido por su piel como si fuera parte de él.

 Detrás, a cierta distancia, escuchaba las sirenas de los vehículos policiales que lo perseguían, pero sabía que llegaría a su destino antes que ellos. Sus piernas, ahora más largas y delgadas de lo que habían sido, lo propulsaban a una velocidad imposible para un hombre normal. La casa victoriana apareció ante él más siniestra que nunca bajo el cielo tormentoso.

 Los relámpagos iluminaban su fachada deteriorada, dándole una apariencia casi viva, como si la estructura misma respirara expectante. Emilio atravesó el jardín salvaje y entró en la casa sin detenerse. El interior parecía haber cambiado desde su última visita. Horas atrás. Las sábanas que cubrían los muebles se habían movido.

 Los cuadros en las paredes mostraban ahora imágenes claramente visibles, rostros contorsionados en expresiones de dolor, procedimientos quirúrgicos grotescos, símbolos ocultistas dibujados con lo que parecía ser sangre, bajo al sótano, donde el laboratorio abandonado estaba ahora iluminado con una luz amarillenta que no provenía de ninguna fuente visible.

 El altar en la pared del fondo pulsaba con energía. El espacio vacío en su centro parecía atraer la caja que Emilio sostenía como un imán atrae al metal. “Por fin”, susurró la voz de Villaseñor, ahora tan clara como si el doctor estuviera parado a su lado. La forma espectral se materializó nuevamente, más sólida que antes, casi tangible.

 El círculo se completa. El recipiente final está preparado. La gran obra puede culminar. Emilio luchaba por mantener el control de sus pensamientos, de sus movimientos. Una parte de él, cada vez más pequeña, sabía que debía destruir la caja, no entregarla al altar, pero su cuerpo no respondía a sus órdenes.

 Se acercó paso a paso al altar, extendiendo la caja hacia el espacio vacío, que parecía haberla estado esperando durante décadas. A medida que se aproximaba, los símbolos tallados en la piedra comenzaron a brillar con un resplandor rojizo y el aire se cargó de electricidad estática. En ese momento crucial, cuando estaba a punto de colocar la caja en su lugar, un recuerdo surgió en la mente de Emilio.

 Doña Mercedes, hablando sobre su hermano desaparecido, cómo había visto los ojos del niño en el rostro de otro. Los dientes, había dicho ella. Villaseñor creía que los dientes contenían parte del espíritu de la persona. Con un esfuerzo supremo, Emilio recuperó momentáneamente el control de su cuerpo. En lugar de colocar la caja en el altar, la arrojó al suelo con todas sus fuerzas.

 El metal, debilitado por décadas de corrosión se rompió al impacto. El líquido negro se derramó sobre el suelo de piedra y los dientes se dispersaron rodando en todas direcciones. No. El grito de villaseñor sacudió la estructura de la casa hasta sus cimientos. Su forma espectral comenzó a fragmentarse como si estuviera compuesta por partículas que ahora perdían cohesión.

 Emilio cayó de rodillas sintiendo que algo se desgarraba dentro de él. El dolor era indescriptible, como si cada célula de su cuerpo estuviera siendo arrancada y reensamblada. Los dientes adicionales que habían brotado en su boca comenzaron a desprenderse, cayendo al suelo y mezclándose con los que habían salido de la caja.

 La figura de Villaseñor se acercó a él, sus bordes cada vez más difusos. Insensato, no sabes lo que has hecho. Sin el ritual completo, la transferencia no puede estabilizarse. Ambos estaremos perdidos. Emilio apenas podía hablar a través del dolor. Prefiero eso a convertirme en ti. El espacio alrededor del altar comenzó a distorsionarse como si la realidad misma se estuviera doblando.

 Un vórtice oscuro se formó, succionando el líquido negro derramado y los dientes dispersos. No! Susurró la sombra de Villaseñor, su voz cada vez más débil. Mi obra, mi inmortalidad. La forma espectral fue arrastrada hacia el vórtice, desintegrándose en fragmentos que parecían pequeñas luces mortesinas.

 Una tras otra, estas luces fueron absorbidas por la oscuridad. Emilio sentía que parte de él también estaba siendo arrastrada. Recuerdos, conocimientos, sensaciones que no le pertenecían abandonaban su mente como agua que escapa entre los dedos. Con las últimas fuerzas que le quedaban, se arrastró lejos del altar hacia las escaleras.

 Detrás de él, el vórtice crecía, consumiendo no solo los restos del experimento de Villaseñor, sino también partes del laboratorio, del sótano, de la casa misma. Mientras subía trabajosamente los peldaños, escuchó voces en el piso superior. El comisario Ramírez y sus hombres habían llegado. Emilio intentó gritar para advertirles del peligro, pero su voz apenas emergía como un susurro ronco.

 Cuando finalmente alcanzó el pasillo superior, vio al comisario y al doctor Vázquez avanzando cautelosamente hacia él. Salgan logró articular la casa. Se está colapsando. Como para confirmar sus palabras, un estruendo surgió del sótano y el suelo bajo sus pies comenzó a resquebrajarse. Toda la estructura vibraba como si estuviera a punto de implosionar.

 El comisario reaccionó rápidamente, ordenando a todos evacuar. Dos oficiales ayudaron a Emilio prácticamente cargándolo hacia la salida, mientras las paredes comenzaban a desmoronarse. Apenas habían cruzado el umbral cuando la casa victoriana empezó a plegarse sobre sí misma, como si fuera devorada desde adentro por alguna fuerza incomprensible.

En cuestión de minutos, donde había estado la mansión, solo quedaba un terreno vacío, como si la estructura nunca hubiera existido. Emilio, semiconsciente, fue trasladado a una ambulancia. Mientras los paramédicos lo atendían, tuvo la sensación de que algo fundamental había cambiado en él. El dolor había desaparecido y con él la presencia invasora que había estado intentando dominarlo.

 Sus encías estaban vacías, donde los dientes adicionales habían estado, dejando heridas abiertas que sangraban profusamente. Pero era su propia sangre roja y vital, sin rastro del aceite negro que había estado corrompiendo su cuerpo. Va a necesitar muchos puntos”, escuchó decir a uno de los paramédicos y probablemente cirugía reconstructiva en la boca.

Emilio intentó sonreír a pesar del dolor. Las heridas sanarían eventualmente y más importante aún era él mismo. Nuevamente, Emilio Vega, electricista de Ciudad de México. Solo él en su propio cuerpo y mente. Mientras la ambulancia se alejaba, miró por la ventanilla hacia donde había estado la casa.

 Por un instante creyó ver una silueta oscura recortada contra el cielo tormentoso, una figura alta y delgada que lo observaba con ojos que brillaban con un resplandor amarillento. Pero cuando parpadeó, la visión había desaparecido. Tal vez había sido solo su imaginación o tal vez no. Quizás algunas esencias son demasiado poderosas para ser destruidas completamente y solo pueden ser contenidas, suprimidas, obligadas a retroceder a las sombras, esperando otra oportunidad, otro recipiente, otro ciclo.

 Pero por ahora, al menos, la oscuridad había sido vencida. Y mientras Veracruz dejaba atrás la tormenta, con el sol comenzando a asomarse entre las nubes dispersas, Emilio Vega cerró los ojos y se permitió finalmente descansar. Okay.