Cuando los albañiles cavaron una zanja en Puebla, el agua salió gritando sus nombres 

El sol apenas empezaba a asomarse por las montañas que rodeaban Puebla cuando Raúl Méndez ya estaba de pie ajustándose el gastado cinto de herramientas alrededor de su cintura. A sus 45 años llevaba más de 25 trabajando en construcción y las líneas profundas en su rostro curtido por el sol eran testamento de innumerables jornadas bajo el inclemente clima mexicano.

 Aún así, este día en particular sentía una pesadez inusual en el pecho mientras se preparaba para salir. ¿Todo bien, viejo? Preguntó Carmen, su esposa, desde la pequeña cocina donde preparaba café y tortillas para el desayuno. El aroma reconfortante llenaba la modesta casa de dos habitaciones en las afueras de la ciudad.

 “Sí, todo bien”, contestó Raúl sin mucha convicción. “Es solo que tuve un sueño extraño anoche. No recuerdo exactamente qué pasaba, pero me desperté con una sensación rara. Carmen se acercó y le entregó un tazón humeante de café negro. Seguro es porque empiezan ese nuevo proyecto hoy, ¿no? Siempre te pones así cuando cambias de obra.

 Raúl asintió, aunque sabía que era algo más. El nuevo proyecto no era especialmente complicado. Una zanja para la instalación de tuberías en una zona residencial antigua cerca del centro histórico de Puebla. Un trabajo de rutina para alguien con su experiencia. Pero desde que el ingeniero Velasco les había mostrado los planos tres días atrás, algo le incomodaba.

 Es un terreno complicado, había explicado Velasco, un hombre joven con gafas caras y zapatos que jamás habían pisado tierra. Según los registros históricos, esa zona fue parte de un complejo de acueductos subterráneos durante la época colonial. probablemente encuentren restos de estructuras antiguas. El trayecto hasta la obra duró casi una hora.

 Raúl se subió a la parte trasera de una camioneta destartalada junto con otros cinco trabajadores, Joaquín, Ernesto, los hermanos Gómez, Pedro y Miguel, y el joven Tomás, quien apenas llevaba 6 meses en el oficio. El conductor, don Roberto, era el capataz del proyecto y un viejo amigo de Raúl. Buenos días, muchachos”, saludó Roberto mientras el vehículo avanzaba por calles cada vez más antiguas y estrechas.

 Hoy empezamos con la excavación principal. Según el ingeniero, necesitamos llegar a 4 m de profundidad. Vamos a trabajar por turnos. Joaquín, un hombre corpulento con un bigote espeso, soltó un resoplido. 4 m. Con ese terreno tan duro nos llevará semanas. Por eso trajeron la retroexcavadora pequeña, respondió Roberto señalando con la cabeza hacia el frente.

 Pero hay tramos donde tendremos que hacerlo a mano. Hay demasiadas estructuras antiguas para arriesgarnos con maquinaria pesada. Cuando llegaron al sitio, el cielo se había nublado repentinamente, dando al antiguo barrio un aspecto sombrío. Las casas coloniales, con sus fachadas de azulejos multicolores parecían observarlos en silencio mientras descargaban las herramientas.

 Un grupo de curiosos ya se había formado detrás de la cinta amarilla que delimitaba la zona de trabajo. “Dicen que van a encontrar cosas”, comentó una anciana de rostro arrugado a otra mujer. “Mi abuelo contaba que debajo de estas calles hay túneles antiguos donde sucedieron cosas terribles.” Raúl pretendió no escuchar mientras preparaba su pala y pico.

 ya estaba acostumbrado a las supersticiones locales que surgían en cada proyecto de excavación. En Puebla, una ciudad con casi 500 años de historia, era normal que la gente fantaseara con tesoros escondidos o leyendas macabras cada vez que se removía un poco de tierra. La mañana transcurrió sin incidentes. La retroexcavadora hizo el trabajo pesado inicial, removiendo el asfalto y las primeras capas de tierra compactada.

Para el mediodía ya tenían una zanja de unos 30 m de largo y dos de profundidad. Fue entonces cuando la máquina golpeó contra algo sólido. “Paren todo!”, gritó el operador apagando el motor. “¡Hay algo aquí abajo!” Roberto se acercó al borde de la excavación, seguido por Raúl y los demás trabajadores.

 A simple vista, parecía un bloque de piedra tallada. Después de una inspección más detallada, quedó claro que se trataba de parte de una estructura antigua. Es un arco”, murmuró Raúl limpiándose el sudor de la frente. “Parece la entrada a un túnel o un acueducto.” Roberto asintió sacando su teléfono para notificar al ingeniero Velasco.

 “A partir de aquí tendremos que continuar manualmente. No podemos arriesgarnos a dañar una estructura histórica.” Durante las siguientes horas, los seis albañiles trabajaron con palas y picos, cuidadosamente removiendo la tierra alrededor de la estructura de piedra. A medida que avanzaba la tarde, el cielo se oscureció aún más y un viento frío comenzó a soplar entre los edificios antiguos.

 Fue Tomás quien lo notó primero. ¿Escuchan eso?, preguntó el joven deteniendo su trabajo de repente. Los demás se quedaron inmóviles, palas en mano. ¿Qué cosa?, preguntó Pedro Gómez frunciendo el ceño. Parece, parece agua corriendo, dijo Tomás inclinándose hacia la estructura parcialmente desenterrada, pero suena raro, como si viniera de muy lejos.

 Raúl se acercó y apoyó su oído contra la piedra fría. Efectivamente, había un sonido apenas perceptible, como agua fluyendo a través de túneles distantes. Pero había algo más, algo que le erizó la piel a pesar del calor de la jornada. “Yo no escucho nada”, dijo Ernesto después de intentarlo. “Debe ser el viento pasando entre las piedras.

” Los trabajadores continuaron su labor hasta que el sol comenzó a ponerse. Para entonces habían desenterrado completamente lo que resultó ser la entrada arqueada a un antiguo túnel. La apertura estaba sellada con piedras más pequeñas y lo que parecía ser un mortero de cal endurecido por los siglos. “Mañana vendrá un arqueólogo a evaluar el hallazgo”, anunció Roberto mientras recogían las herramientas.

 Por ahora dejamos todo como está y seguimos en el otro extremo de la zanja. Esa noche de regreso en casa, Raúl no podía quitarse de la mente la imagen del arco de piedra y el extraño sonido que había percibido. Durante la cena estuvo distraído y apenas tocó su comida. Te ves pálido, comentó Carmen preocupada.

 ¿Pasó algo en el trabajo? Raúl dudó antes de responder. Encontramos algo hoy, una especie de túnel antiguo, probablemente parte del sistema de acueductos colonial. Y eso te tiene así. has encontrado cosas más impresionantes antes, ¿no? Es eso, dijo Raúl moviendo la comida en su plato. Es que cuando estaba cerca de la estructura escuché algo como agua fluyendo, pero había algo más en ese sonido.

 Casi sonaba como voces. Carmen lo miró fijamente con una expresión que mezclaba preocupación y cierto temor. “Voces, olvídalo”, dijo Raúl rápidamente, forzando una sonrisa. “Debe ser el cansancio. Mañana seguro se me pasa.” Pero esa noche el sueño no llegaba. Raúl daba vueltas en la cama, perseguido por imágenes fragmentadas de túneles oscuros y agua negra.

 Cuando finalmente logró dormirse, soñó con el arco de piedra. En el sueño, las piedras que sellaban la entrada se desprendían una a una, y detrás de ellas no había un simple túnel, sino una boca humana gigantesca que comenzaba a susurrar su nombre. Raúl, Raúl, Raúl. Se despertó sobresaltado, empapado en sudor frío.

 A su lado, Carmen dormía profundamente. El reloj digital en la mesita de noche marcaba las 3:17 a. Con el corazón aún acelerado, Raúl se levantó y fue a la cocina por un vaso de agua. Mientras bebía, notó algo extraño. El agua del grifo tenía un sabor ligeramente metálico, como si contuviera óxido o tierra.

 frunció el ceño y vació el vaso en el fregadero, probablemente algún problema con la tubería principal del vecindario. A la mañana siguiente, la sensación de inquietud persistía mientras se dirigían nuevamente a la obra. El cielo estaba aún más oscuro que el día anterior, con nubes densas que prometían lluvia. Al llegar al sitio se sorprendieron al encontrar que la cinta de seguridad había sido cortada y había huellas de pisadas alrededor de la excavación.

 “Alguien estuvo aquí anoche”, dijo Roberto inspeccionando el área. “Espero que no hayan robado herramientas”. Al acercarse a la zanja, todos se quedaron petrificados. Las piedras que sellaban el arco habían sido removidas, dejando expuesta la entrada al túnel. La oscuridad más allá del umbral era absoluta, como si la luz del día se negara a penetrar en aquel espacio subterráneo.

 ¿Quién demonios hizo esto?, preguntó Joaquín, visiblemente molesto. Se supone que vendría un arqueólogo hoy. Quizá fueron ellos mismos, sugirió Miguel Gómez. Tal vez llegaron temprano y empezaron a trabajar. Roberto negó con la cabeza. No me habrían avisado. Además, ningún profesional trabajaría así, sin protección ni equipo adecuado.

 Mientras discutían, Raúl se había acercado al borde de la zanja y miraba fijamente la entrada abierta. Ahora el sonido era inconfundible, agua corriendo a través de túneles antiguos, pero con un ritmo casi pulsante, como si siguiera los latidos de un corazón gigantesco. “Deberíamos echar un vistazo”, dijo Tomás, el más joven e imprudente del grupo, solo para asegurarnos de que no haya daños estructurales.

 Roberto dudó un momento antes de acceder. Está bien, Raúl, Joaquín y yo bajaremos a revisar. Los demás quédense aquí arriba y mantengan alejados a los curiosos cuando empiecen a llegar. Raúl quería negarse. Cada instinto en su cuerpo le gritaba que se alejara de aquel lugar, pero su orgullo pudo más y pronto se encontró descendiendo por una escalera improvisada hasta el fondo de la zanja, seguido por Roberto y Joaquín.

 El olor que emanaba del túnel era húmedo y antiguo, como tierra que no ha sido removida en siglos. Roberto encendió una potente linterna y dirigió el az de luz hacia la apertura. El túnel se extendía varios metros antes de doblar en una curva y sus paredes estaban revestidas de piedra tallada con precisión. Es impresionante, murmuró Joaquín. Debe tener siglos.

 Raúl no dijo nada. Estaba concentrado en el sonido del agua que parecía provenir de algún punto más allá de la curva. A medida que se adentraban en el túnel, el sonido se hacía más claro, más definido y entonces lo escuchó de nuevo. Entre el murmullo del agua había susurros. ¿Escuchan eso?, preguntó deteniéndose.

Roberto y Joaquín se quedaron inmóviles agusando el oído. “Solo oigo el agua”, dijo Roberto después de un momento. “Yo también”, confirmó Joaquín. Raúl sacudió la cabeza inseguro. Acaso estaba imaginando cosas. Continuaron avanzando hasta llegar a la curva. Al doblar, la luz de la linterna reveló que el túnel continuaba varios metros más antes de descender por una serie de escalones de piedra.

 Y al final de esos escalones, reflejando débilmente la luz, se veía agua. Es un canal subterráneo explicó Roberto, parte del antiguo sistema de distribución de agua de la ciudad. Pero se supone que estos sistemas fueron sellados hace décadas, dijo Joaquín frunciendo el seño. ¿Por qué sigue habiendo agua aquí? Filtraciones del subsuelo, probablemente”, respondió Roberto, aunque no sonaba muy convencido.

 Bajaron cuidadosamente los escalones de piedra que estaban resbaladizos por la humedad. Al llegar al nivel del agua, Roberto dirigió la luz hacia la superficie oscura y quieta. El agua formaba un canal de aproximadamente 2 m de ancho que se extendía en ambas direcciones hasta perderse en la oscuridad. Fue entonces cuando Raúl lo vio, un leve movimiento en la superficie del agua, como si algo se hubiera agitado justo debajo.

 Y luego, tan claramente que esta vez estaba seguro de no estar imaginándolo, escuchó su nombre, Raúl. Se echó hacia atrás instintivamente, casi perdiendo el equilibrio en los resbaladizos escalones. “¿Qué pasa?”, preguntó Roberto sujetándolo por el brazo. “El agua. dijo mi nombre”, murmuró Raúl sintiendo como el miedo se apoderaba de él. Joaquín soltó una risa nerviosa.

“Vamos, hombre, es solo el eco de nuestras voces rebotando en las paredes.” Pero entonces el agua se agitó violentamente, como si algo grande se moviera justo debajo de la superficie. Los tres hombres retrocedieron hacia los escalones. Debe ser una corriente subterránea”, dijo Roberto, aunque el temblor en su voz traicionaba su propio miedo.

 Y entonces, con claridad absoluta, escucharon como el agua susurraba no solo el nombre de Raúl, sino también los de Roberto y Joaquín, uno tras otro en una especie de letanía macabra. “Vámonos de aquí”, dijo Joaquín ya subiendo los escalones. “Esto no me gusta nada.” Los tres hombres regresaron apresuradamente por el túnel, sin atreverse a mirar atrás.

 Cuando finalmente emergieron a la luz del día, estaban pálidos y sin aliento. Los demás trabajadores los miraban con expresiones de preocupación y curiosidad. “¿Qué pasó ahí abajo?”, preguntó Ernesto. Roberto intentó mantener la compostura. Nada grave. Es un canal antiguo, probablemente parte del sistema colonial. Vamos a cerrar la entrada y esperar a que lleguen los arqueólogos.

 Mientras sellaban provisionalmente la entrada con tablas y señalizaciones de peligro, comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia. En cuestión de minutos se convirtió en un aguacero torrencial que obligó a suspender los trabajos por el resto del día. Continuaremos mañana si mejora el tiempo”, anunció Roberto gritando para hacerse oír sobre el estruendo de la lluvia.

 Mientras se refugiaban en la camioneta, Raúl miró hacia la zanja parcialmente inundada. Por un momento, le pareció ver que el agua se arremolinaba de manera antinatural alrededor de la entrada sellada, como si intentara encontrar una forma de salir. La lluvia continuó sin cesar. Durante toda la noche, Raúl apenas pudo dormir, acosado por pesadillas en las que nadaba desesperadamente en túneles inundados, mientras voces acuosas susurraban su nombre desde la oscuridad.

 Cada vez que se despertaba podía escuchar la lluvia golpeando con furia contra el techo de lámina de su casa. A la mañana siguiente, las noticias locales informaban de inundaciones en varias partes de la ciudad. Cuando Raúl llegó al punto de encuentro habitual, solo Roberto estaba allí con expresión sombría.

 Han suspendido todos los trabajos de excavación hasta nuevo aviso explicó. ¿Hay demasiada agua acumulada y los demás? Preguntó Raúl notando la ausencia de sus compañeros. Roberto dudó antes de responder. Joaquín no contestó el teléfono esta mañana. Tomás dice que se siente enfermo. Los hermanos Gómez fueron asignados a otro proyecto temporalmente.

Raúl asintió lentamente. Y yo, “Puedes tomarte unos días libres hasta que decidamos cómo proceder”, dijo Roberto evitando su mirada. El ingeniero Velasco quiere que un equipo de arqueólogos examine todo el sitio antes de continuar. De camino a casa, Raúl decidió pasar por el sitio de la excavación.

 La zona estaba acordonada con cintas policiales y había varios vehículos oficiales estacionados en las cercanías. Un grupo de personas con impermeables amarillos examinaba la zanja, que ahora estaba completamente inundada. Desde la distancia, Raúl observó como un buzo con equipo profesional se sumergía en las aguas turbias. Algo estaba mal, muy mal.

 Esto ya no parecía una simple inspección arqueológica. Estaba a punto de marcharse cuando notó a un hombre mayor observándolo fijamente desde el otro lado de la calle. Era un anciano de aspecto indígena, con profundas arrugas en el rostro y ojos negros que parecían contener siglos de conocimiento. Cuando sus miradas se cruzaron, el anciano hizo un gesto sutil, invitándolo a acercarse.

Intrigado y ligeramente perturbado, Raúl cruzó la calle. “Usted es uno de los que abrió el túnel”, dijo el anciano. No era una pregunta. Raúl asintió lentamente. “¿Cómo lo sabe? Lo lleva en los ojos”, respondió el anciano con voz cascada. El agua los ha marcado a todos ustedes. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Raúl.

 ¿Qué quiere decir? El anciano miró hacia la zanja inundada antes de responder. Hay cosas en esta ciudad que deberían haber permanecido enterradas. Los antiguos lo sabían, por eso sellaron los túneles. ¿Qué cosas? preguntó Raúl, sintiendo como el miedo se apoderaba nuevamente de él. Las voces en el agua susurró el anciano, las almas de los sacrificados, antes de los españoles, antes de las iglesias y las casas de azulejos, este lugar era sagrado para mi gente.

 El agua que corre bajo la ciudad no es solo agua, es memoria. Raúl recordó los susurros, la forma en que el agua había pronunciado su nombre. ¿Por qué nos llamaba? ¿Por qué susurraba nuestros nombres? Los ojos del anciano se oscurecieron aún más, porque ahora los conoce, y lo que el agua conoce nunca lo olvida.

 Con estas palabras, el anciano se dio la vuelta y se alejó lentamente, perdiéndose entre la multitud de curiosos que se había formado alrededor del sitio. Esa noche, la lluvia finalmente cesó. Raúl estaba sentado en la pequeña mesa de la cocina con una taza de café frío frente a él cuando sonó su teléfono. Era Roberto. Acaban de encontrar a Joaquín, dijo sin preámbulos con voz entrecortada.

 estaba en su bañera, ahogado. El mundo pareció detenerse alrededor de Raúl. ¿Qué? ¿Pero cómo? No lo sé, respondió Roberto. Su esposa dice que había estado actuando de forma extraña desde ayer. No quería acercarse al agua, ni siquiera quería ducharse. Y esta tarde de repente llenó la bañera y y Roberto, “tenemos que hablar”, dijo Raúl con urgencia.

 Hay algo muy extraño en esa agua, en ese túnel. Un anciano hoy me dijo, “Ahora no.” Lo interrumpió Roberto. La policía está interrogando a todos los que estuvieron en contacto con él recientemente. Quieren descartar que haya sido algo más que un accidente. Después de colgar, Raúl permaneció inmóvil en la silla, sintiendo un peso aplastante en el pecho.

 Afuera, las nubes se habían despejado parcialmente y la luna llena proyectaba sombras fantasmales a través de la ventana. Fue entonces cuando notó algo, un sonido sutil pero persistente que provenía del baño. El grifo estaba abierto y el agua corría. Raúl se levantó lentamente y se dirigió hacia el pasillo.

 La puerta del baño estaba entreabierta y una delgada línea de luz se filtraba hacia el exterior. Estaba seguro de que había dejado todo apagado antes de sentarse a la mesa. Con el corazón martilleando en su pecho, empujó suavemente la puerta. El lavabo estaba rebosando y el agua se derramaba sobre el suelo de baldosas. Pero lo que le heló la sangre fue lo que vio en el espejo empañado sobre el lababo, un nombre escrito con lo que parecían ser dedos húmedos, su propio nombre, Raúl.

 Y mientras observaba horrorizado, nuevas letras comenzaron a formarse en el espejo, como si dedos invisibles estuvieran escribiendo sobre el Bao. Un segundo nombre apareció lentamente, Tomás, y luego un tercero, Roberto, y finalmente un cuarto, Ernesto. Cuatro nombres, cuatro albañiles que habían entrado en contacto con el agua del túnel antiguo, uno ya muerto, tres que quedaban.

 El grifo se cerró de golpe por sí solo, sumiendo la habitación en un silencio sepulcral. Y entonces, desde el desagüe del lavabo, Raúl escuchó claramente un susurro que parecía provenir de las profundidades de la Tierra. Los conocemos y el agua nunca olvida. La mañana siguiente amaneció con una claridad casi dolorosa después de días de lluvia incesante.

 Los rayos del sol se filtraban a través de las persianas gastadas, creando patrones luminosos en el suelo de la pequeña habitación, donde Raúl permanecía sentado en el borde de la cama con la mirada fija en la pared. No había dormido en toda la noche, no después de lo que había visto en el espejo del baño.

 Carmen se había marchado temprano a su trabajo en la lavandería, preocupada por el comportamiento cada vez más extraño de su marido, pero sin atreverse a hacer demasiadas preguntas. Antes de salir, había colocado una taza de café y un plato con pan dulce sobre la mesa que permanecían intactos. El teléfono de Raúl vibró por enésima vez. Era Roberto de nuevo.

 Había estado llamando insistentemente desde primera hora de la mañana. Finalmente, Raúl se decidió a contestar. ¿Dónde estás? La voz de Roberto sonaba tensa, casi al borde del pánico. Te he estado llamando toda la mañana en casa, respondió Raúl sec. No me siento bien. Hubo un breve silencio al otro lado de la línea antes de que Roberto hablara de nuevo.

Escucha, algo raro está pasando. Tomás está en el hospital. Raúl sintió como un escalofrío recorría su espalda. El segundo nombre en el espejo. ¿Qué le pasó?, preguntó, aunque ya presentía la respuesta. Es difícil de explicar, dijo Roberto bajando la voz como si temiera ser escuchado.

 Su madre lo encontró esta mañana en la ducha inconsciente. Dice que el chico llevaba horas ahí bajo el agua fría. Los médicos no entienden cómo no tiene hipotermia severa. Raúl cerró los ojos intentando controlar el temblor que comenzaba a apoderarse de sus manos. Roberto, tenemos que hablar en persona. Estoy de acuerdo, respondió su amigo.

 Te veo en una hora en la cafetería de Doña Lupe. Es importante que nadie nos vea juntos, especialmente cerca de la obra. La cafetería de Doña Lupe era un pequeño establecimiento familiar en uno de los callejones transitados del centro histórico de Puebla. A pesar de la hora, el lugar estaba casi vacío cuando Raúl entró.

 Roberto ya estaba allí, sentado en una mesa del fondo con una taza de café entre sus manos temblorosas. Se veía demacrado, con profundas ojeras y una palidez enfermiza. “Te ves terrible”, comentó Raúl mientras se sentaba frente a él. Roberto intentó sonreír, pero el gesto se transformó en una mueca. Tú tampoco pareces estar en tu mejor momento.

 Doña Lupe, una mujer robusta en sus 60 años, se acercó a tomar la orden de Raúl. Después de pedir un café negro, esperó a que la mujer se alejara antes de hablar. Algo salió de ese túnel con nosotros, dijo en voz baja. Algo que está en el agua. Roberto asintió lentamente. Lo sé, lo he sentido. Desde que regresamos de ahí abajo, el agua me llama.

 Es como si me observara cuando me lavo las manos o cuando bebo un vaso de agua. Y anoche se detuvo pasándose una mano temblorosa por el rostro. Anoche mi ducha se encendió sola. A las 3 de la madrugada yo vi nuestros nombres escritos en el espejo del baño, confesó Raúl. Joaquín, Tomás, tú y yo, en ese orden. Los ojos de Roberto se abrieron con terror.

 Joaquín está muerto. Tomás está en el hospital. ¿Crees que Creo que estamos marcados? Afirmó Raúl. Un anciano me lo dijo ayer cerca de la obra. Dijo que el agua nos conoce ahora y que nunca olvida. Doña Lupe regresó con el café de Raúl, interrumpiendo momentáneamente la conversación. Cuando se alejó de nuevo, Roberto se inclinó sobre la mesa.

 “He estado investigando”, susurró. Después de lo de Joaquín no pude dormir. Pasé la noche buscando información sobre esa zona. ¿Sabes lo que encontré? Hace exactamente 100 años, en 1925, ocurrió algo similar durante la construcción del sistema de alcantarillado moderno. Un grupo de trabajadores descubrió un túnel antiguo y tres de ellos murieron ahogados en circunstancias extrañas.

 En los días siguientes, Raúl sintió como se le erizaba la piel. ¿Y qué pasó con los demás? No lo sé con certeza. Los registros de la época son confusos, pero encontré un viejo artículo de periódico que mencionaba que uno de los sobrevivientes se enloqueció, afirmando que el agua susurraba nombres y que tenía voluntad propia.

 ¿Y qué hizo?, preguntó Raúl, incapaz de ocultar el temblor en su voz. Roberto dudó antes de responder. Según el artículo, el hombre regresó al túnel una noche y selló la entrada con explosivos, enterrándose a sí mismo en el proceso. Las autoridades lo atribuyeron a un trastorno mental causado por el trauma de perder a sus compañeros.

 Un silencio pesado se instaló entre ambos mientras asimilaban esta información. Afuera, el cielo comenzaba a nublarse nuevamente, como si la breve tregua de sol hubiera sido solo una ilusión pasajera. Pero hay algo más, continuó Roberto sacando su teléfono. Esta mañana recibí un mensaje del ingeniero Velasco. Aparentemente los arqueólogos encontraron algo en el túnel. Le mostró la pantalla a Raúl.

 Era una fotografía borrosa tomada, evidentemente bajo el agua. mostraba lo que parecía ser una pared de piedra tallada con símbolos que Raúl no reconoció. Pero en el centro de la imagen claramente visible, a pesar de la turbiedad del agua, había una figura que le heló la sangre, un rostro humano estilizado con la boca abierta en lo que parecía un grito eterno, de la cual brotaba lo que solo podía ser agua.

 Es prehispánico, explicó Roberto. Según Velasco podría ser un templo dedicado a Tlalo dios azteca de la lluvia. Pero los símbolos no coinciden completamente con la iconografía conocida. Es como si fuera algo más antiguo. Raúl recordó las palabras del anciano antes de los españoles, antes de las iglesias y las casas de azulejos, este lugar era sagrado para mi gente.

 No creo que sea simplemente un templo dijo finalmente. Creo que es una prisión. Roberto lo miró confundido. Una prisión. ¿Para qué? Para lo que sea que ahora está libre”, respondió Raúl, sintiendo como el miedo se transformaba lentamente en una certeza terrible. “Para lo que sea que está en el agua llamándonos.” En ese momento, el teléfono de Roberto sonó.

 Su rostro se transformó en una máscara de horror mientras escuchaba a la persona al otro lado. “Vamos al hospital”, dijo al colgar, poniéndose de pie tan abruptamente que casi derribó su taza. Es Tomás. Está despierto, pero algo no está bien con él. El hospital general de Puebla era un edificio de aspecto imponente que databa de principios del siglo XX.

 Sus pasillos de azulejos blancos y sus altos techos le conferían un aire inquietante amplificado por el eco de pasos apresurados y conversaciones susurradas. Cuando llegaron a la habitación de Tomás, un médico los detuvo en la puerta. ¿Son familiares?, preguntó con expresión severa. “Compañeros de trabajo”, respondió Roberto.

 “Su madre nos llamó. El médico los estudió por un momento antes de suspirar. Pueden verlo, pero solo unos minutos. Su estado es inestable.” Al entrar en la habitación, lo primero que notaron fue el olor húmedo, como ropa que ha permanecido mojada demasiado tiempo. Tomás estaba sentado en la cama con la mirada fija en la pared opuesta.

 Su madre, una mujer menuda con expresión agotada, se levantó para saludarlos. “Gracias por venir”, dijo en voz baja. “No ha dicho una palabra desde que despertó. Los médicos dicen que está en estado de shock.” Raúl se acercó lentamente a la cama. La piel de Tomás tenía un tono grisáceo antinatural y sus labios estaban ligeramente azulados, pero lo más perturbador eran sus ojos completamente abiertos, casi sin parpadear, con las pupilas tan dilatadas que apenas se veía el iris. Tomás lo llamó suavemente.

 Soy yo, Raúl. Roberto también está aquí. Por primera vez el joven reaccionó. Su cabeza giró lentamente hasta que sus ojos se encontraron con los de Raúl. Una sonrisa extraña, casi mecánica, se dibujó en su rostro. El agua, dijo con una voz que no parecía la suya, más profunda y con un eco perturbador. El agua los conoce a todos ustedes.

 La madre de Tomás soltó un gemido ahogado y se cubrió la boca con las manos. Roberto dio un paso atrás involuntariamente. ¿De qué hablas, Tomás? Preguntó Raúl intentando mantener la calma. La sonrisa del joven se ensanchó, revelando dientes que de alguna manera parecían más afilados de lo normal.

 “No soy Tomás”, respondió con aquella voz extraña. Tomás está nadando, nadando en lo profundo, donde el agua guarda sus secretos. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Raúl. ¿Quién eres entonces? La criatura que ocupaba el cuerpo de Tomás inclinó la cabeza en un ángulo antinatural. Soy el que fue encerrado, el que espera bajo la ciudad desde antes de que tuviera nombre, el que susurra a través de las tuberías y canta en la lluvia.

 En ese momento, un sonido estridente los sobresaltó a todos. era la alarma contra incendios del hospital. Segundos después, el sistema de rociadores del techo se activó empapándolos con una lluvia artificial. Mientras el agua caía sobre ellos, la sonrisa de Tomás se transformó en una mueca de éxtasis macabro.

 levantó los brazos como dando la bienvenida a la lluvia y comenzó a reír. Una risa profunda, antigua, que no pertenecía a un muchacho de vein pocos años. “Están marcados”, dijo entre carcajadas. “El agua los encontrará. ¿Cómo encontró a Joaquín? ¿Cómo me encontró a mí?” Las enfermeras entraron corriendo a la habitación, ordenando a todos que evacuaran debido a lo que aparentemente era una falsa alarma.

 En la confusión, Raúl notó algo que le heló la sangre. El agua que caía sobre Tomás no lo mojaba. Parecía ser absorbida directamente por su piel, como si fuera una esponja humana. Ya en el pasillo, empapados y confundidos, Raúl agarró a Roberto por el brazo. Esa cosa no es Tomás.

 Sea lo que sea que estaba en el túnel, ahora está en él. Roberto asintió pálido como un fantasma. dijo que estamos marcados los tres que quedamos, tú, yo y Ernesto. Tenemos que advertirle, dijo Raúl sacando su teléfono. Pero el teléfono de Ernesto sonaba y sonaba sin respuesta. Después de varios intentos, decidieron ir personalmente a su casa.

 En el camino, la lluvia comenzó nuevamente, primero como una llovisna suave y luego transformándose en un aguacero torrencial. La casa de Ernesto estaba en uno de los barrios más antiguos de Puebla, cerca de la zona donde estaban realizando las excavaciones. Era una construcción tradicional con un pequeño patio interior y habitaciones distribuidas a su alrededor.

 Cuando llegaron, empapados por la lluvia, la puerta principal estaba entreabierta. Ernesto llamó Roberto mientras entraban con cautela. No hubo respuesta. El interior de la casa estaba en penumbra, iluminado ocasionalmente por los relámpagos que atravesaban el cielo tormentoso. El suelo de baldosas estaba mojado con charcos que formaban un camino desde la entrada hasta lo que parecía ser la cocina.

 Siguiendo las huellas de agua, llegaron a un pequeño patio interior donde la lluvia caía con fuerza. En el centro del patio, bajo la lluvia torrencial, estaba Ernesto. Estaba completamente inmóvil, con la cabeza inclinada hacia atrás y la boca abierta, como si estuviera bebiendo la lluvia directamente del cielo. “Ernesto!”, gritó Raúl corriendo hacia él.

 Cuando Ernesto se volvió hacia ellos, Raúl supo inmediatamente que era demasiado tarde. Sus ojos tenían la misma mirada vacía que los de Tomás, y su piel presentaba aquel tono grisáceo antinatural. “Él también está nadando”, dijo con aquella voz que no era la suya. Pronto todos nadarán en las profundidades. Roberto dio un paso atrás tropezando con una maceta y cayendo al suelo.

 “Dios mío”, murmuró horrorizado. Ernesto o lo que alguna vez fue Ernesto, avanzó lentamente hacia ellos. Con cada paso que daba, el agua a su alrededor parecía moverse con voluntad propia, formando pequeños remolinos que ascendían por sus piernas. El ciclo se repite, dijo la criatura, como hace 100 años, como hace 500, como desde el principio de los tiempos.

 Los que abren la puerta son los primeros en ser reclamados. ¿Qué eres?, preguntó Raúl, ayudando a Roberto a levantarse mientras retrocedían. La criatura ladeó la cabeza con aquel movimiento antinatural que había visto en Tomás. Soy el hambre del agua, el que fue encerrado por aquellos que temían la sed eterna, el que ahora está libre gracias a ustedes.

 Un relámpago iluminó el rostro de Ernesto, revelando una transformación norripilante. Su piel se había vuelto casi translúcida y bajo ella se podía ver como el agua circulaba como si sus venas y arterias estuvieran llenas de líquido en lugar de sangre. Aléjate de nosotros. ordenó Raúl, aunque su voz traicionaba su miedo.

 La criatura sonrió, una sonrisa demasiado amplia para un rostro humano. No puedo. Estamos conectados ahora. El agua que corre por sus cuerpos me pertenece. La sangre, los fluidos, todo lo que los mantiene vivos es mío para reclamar. Con un movimiento veloz, la criatura extendió un brazo hacia Roberto.

 No lo tocó, pero el agua del suelo pareció cobrar vida propia, ascendiendo en un fino hilo que se enroscó alrededor de la pierna de Roberto. Este gritó de dolor, cayendo de rodillas. donde el agua lo tocaba, su piel comenzaba a adquirir aquel tono grisáceo. Raúl actuó por instinto, agarró una silla de madera y golpeó con ella a la criatura que había sido Ernesto.

 El impacto fue como golpear una bolsa de agua. El cuerpo se deformó momentáneamente antes de recuperar su forma, pero el ataque logró distraerlo lo suficiente como para que el hilo de agua liberara a Roberto. “¡Corre!”, gritó Raúl, arrastrando a su amigo hacia la salida. Tropezando y resbalando en los suelos mojados, lograron llegar hasta la calle.

 La lluvia continuaba cayendo con fuerza, convirtiendo las aceras en pequeños riachuelos. No se atrevieron a mirar atrás mientras corrían, alejándose lo más posible de aquel lugar. Después de varias calles, se refugiaron bajo el toldo de una tienda cerrada. Roberto se examinaba la pierna. donde una marca grisácea con forma de espiral se había formado sobre su piel.

“¿Qué demonios es eso?”, preguntó tocando la marca con dedos temblorosos. “No lo sé”, respondió Raúl intentando recuperar el aliento. “Pero sea lo que sea, se está propagando a través del agua. Joaquín, Tomás, ahora Ernesto, y parece que tú eres el siguiente.” Roberto lo miró con terror. “¿Qué hacemos? No podemos ir a la policía.

Pensarán que estamos locos. Raúl se pasó una mano por el rostro intentando pensar con claridad. El anciano, el que me habló ayer acerca de la obra, dijo que el agua guarda memoria, que las almas de los sacrificados están en ella. Tal vez él sepa algo más. ¿Y cómo lo encontramos? La excavación decidió Raúl. Si lo que esa cosa dijo es cierto, todo esto está relacionado con el túnel que abrimos.

 El anciano parecía conocer la historia. Tal vez vuelva allí. A pesar de la lluvia incesante, se dirigieron hacia el sitio de la excavación. La zona seguía acordonada, pero los vehículos oficiales ya no estaban. Aparentemente, con la tormenta, habían suspendido cualquier trabajo en el lugar. La zanja estaba completamente inundada, convertida en una pequeña laguna artificial en medio de la calle.

 No había señales del anciano ni de nadie más en los alrededores. La lluvia había ahuyentado incluso a los más curiosos. Esto fue una estupidez”, murmuró Roberto temblando visiblemente. Aunque Raúl sospechaba que no era solo por el frío. “Ese viejo podría estar en cualquier parte. Tú lo encontraste”, dijo una voz cascada detrás de ellos.

 Al volverse, vieron al anciano de pie bajo un paraguas negro, tan inmóvil que parecía haber estado allí todo el tiempo. Su rostro arrugado mostraba una expresión de profunda tristeza. O tal vez, continuó, él los encontró a ustedes. El agua tiene muchas formas de llegar a aquellos que han sido marcados. ¿Qué es esa cosa? Preguntó Raúl directamente.

 ¿Qué salió del túnel? El anciano miró hacia la zanja inundada antes de responder. Tiene muchos nombres a lo largo de la historia. Mi pueblo lo llamaba Aiotl, el que habita en las aguas profundas y reclama a quienes se acercan demasiado. Los que vinieron después, los meshicas, lo incorporaron a sus mitos como un sirviente de Tlalocok, pero es más antiguo que cualquier nombre que le hayamos dado.

 Ha tomado a nuestros amigos, dijo Roberto mostrándole la marca en su pierna. Y creo que yo soy el siguiente. El anciano asintió lentamente. El agua lo marca, luego lo reclama. Primero entra por los oídos, por los ojos, por la boca. Luego se apodera del cuerpo desde dentro hasta que no queda nada del humano original.

 ¿Cómo lo detenemos? Preguntó Raúl sintiendo como la desesperación se apoderaba de él. No pueden detenerlo respondió el anciano con simplicidad. Solo pueden volver a encerrarlo como hicieron mis ancestros, como hicieron los que vinieron después cada vez que fue liberado. ¿Cómo? El anciano señaló hacia la zanja.

 Deben sellar el túnel nuevamente, pero no con piedras o mortero. Eso solo lo contendrá por un tiempo. Debe ser sellado con un sacrificio voluntario. Alguien que entre en el agua por propia voluntad, conociendo su destino, y cierre la puerta desde dentro. Un silencio pesado se instaló entre ellos, roto solo por el sonido constante de la lluvia, golpeando contra el pavimento.

 “Tiene que haber otra manera”, dijo finalmente Raúl. El anciano negó con la cabeza. No la hay. El agua pide un pago por los secretos que guarda. Siempre ha sido así. En ese momento, Roberto soltó un grito ahogado y cayó de rodillas, sujetándose la pierna marcada. La espiral grisácea se estaba expandiendo, ascendiendo por su muslo como una enredadera tóxica.

 “Ya ha comenzado”, murmuró el anciano. “El agua lo está reclamando.” Raúl se arrodilló junto a su amigo, sujetándolo por los hombros. Roberto, mírame. Vamos a solucionar esto, te lo prometo. Pero los ojos de Roberto ya mostraban aquel cambio perturbador, las pupilas dilatándose hasta casi devorar el iris. “La siento, Raúl”, susurró con voz temblorosa. “Está dentro de mí.

 El agua está en todas partes.” El anciano dio un paso atrás, alejándose de Roberto. “Ya es tarde para él. Pronto será como los otros y vendrá por ti el último. Raúl miró a su amigo que ahora temblaba incontrolablemente mientras la marca continuaba expandiéndose por su cuerpo. Luego miró hacia la zanja inundada donde todo había comenzado.

 Si sé yo el túnel, dijo lentamente. Se detendrá. Roberto y los demás volverán a la normalidad. El anciano dudó antes de responder, “No puedo prometerte eso. Una vez que el agua los ha reclamado, raramente los devuelve, pero si no se sella el túnel, seguirá expandiéndose, tomando más y más vidas.

” La lluvia arreciaba como si la propia tormenta respondiera a la conversación. Roberto había dejado de temblar y ahora permanecía inmóvil con la cabeza inclinada en aquel ángulo antinatural. No queda mucho tiempo, advirtió el anciano. Debes decidir. Raúl miró a su amigo una vez más. Los ojos de Roberto se encontraron con los suyos y por un breve instante Raúl creyó ver un destello del verdadero Roberto atrapado en algún lugar dentro de aquel cuerpo cada vez más ajeno.

 “Te salvaré”, prometió en voz baja. Encontraré la forma. Luego se volvió hacia el anciano. “¿Qué tengo que hacer exactamente? Debes entrar en el túnel”, explicó el anciano, “hasta llegar al templo sumergido. Allí encontrarás la piedra de sellado marcada con el símbolo del agua. Debes colocarla en su lugar original y pronunciar las palabras de cierre.

” ¿Qué palabras? El anciano se acercó y susurró algo en el oído de Raúl en una lengua que no reconoció, pero que de alguna manera parecía resonar en lo más profundo de su ser. Una vez que las pronuncies, continuó el anciano, el agua te reclamará a ti en lugar de a los demás. Es el precio que debe pagarse. Raúl asintió lentamente, comprendiendo al fin la magnitud de lo que se le pedía.

 No era solo un sacrificio de su vida, sino de su humanidad misma, de todo lo que era. En ese momento, Roberto se puso de pie con movimientos fluidos que ya no parecían humanos. Su rostro se había transformado en una máscara húmeda que apenas conservaba sus rasgos originales. “Él lo sabe”, dijo con aquella voz que no era la suya. “Sabe lo que planeas y no te lo permitirá.

” Con un movimiento sorprendentemente rápido, la criatura que había sido Roberto se abalanzó sobre Raúl. Ambos cayeron al suelo mojado, rodando en un forcejeo desesperado. Raúl sentía como la piel de su amigo había adquirido una textura viscosa, casi líquida, que se deslizaba bajo sus dedos. “Roberto!”, gritó intentando llegar al hombre que sabía que aún estaba en alguna parte dentro de aquella cosa. “Soy yo, Raúl, tu amigo.

” Por un instante, la criatura pareció dudar. sus movimientos volviéndose menos fluidos. Aprovechando ese momento de vacilación, Raúl logró apartarla de un empujón y ponerse de pie. El anciano había desaparecido. En su lugar solo quedaba su paraguas negro abandonado en el suelo. Sin tiempo para pensar, Raúl corrió hacia la zanja inundada.

 La lluvia caía con tal intensidad que apenas podía ver más allá de unos metros. Detrás de él, la criatura que había sido Roberto se levantaba emitiendo un sonido que era mitad gruñido, mitad gorgoteo. Al llegar al borde de la zanja, Raúl dudó. El agua oscura y turbia no revelaba lo que había debajo.

 Y si el anciano había mentido, y si no había manera de sellar el túnel, y si estaba entregándose a algo peor que la muerte sin ninguna garantía. Pero entonces pensó en Carmen, en todos los que podrían ser las próximas víctimas si no detenía esto. Ahora pensó en Roberto, en Tomás, en Ernesto, atrapados dentro de sus propios cuerpos transformados, y supo que no tenía elección.

 Con un último vistazo hacia el cielo tormentoso, Raúl saltó al agua. La frialdad lo golpeó como un puño, expulsando el aire de sus pulmones. La corriente era mucho más fuerte de lo que había anticipado, arrastrándolo hacia lo que solo podía ser la entrada del túnel. Luchó por mantenerse a flote, pero el agua parecía tener voluntad propia, enroscándose alrededor de sus piernas y tirando de él hacia abajo.

 Lo último que vio antes de ser sumergido completamente fue la figura distorsionada de Roberto en el borde de la zanja, observándolo con aquellos ojos inhumanos. Y por un instante creyó ver una lágrima deslizándose por el rostro de su amigo. Luego todo fue oscuridad y agua. El agua era como un ser vivo que envolvía a Raúl, arrastrándolo hacia las profundidades del túnel con una fuerza implacable.

 La oscuridad era casi total, rota únicamente por débiles ases que se filtraban desde la superficie cada vez más distantes. Sus pulmones ardían exigiendo oxígeno mientras luchaba contra el instinto básico de respirar. Justo cuando sentía que no podría aguantar más, su espalda golpeó contra algo sólido. El impacto expulsó el poco aire que quedaba en sus pulmones y el agua se apresuró a invadir su boca y nariz.

 Esperaba la sensación de ahogo, el pánico final antes de perder la conciencia. Pero algo extraño ocurrió. Podía respirar. El agua entraba en sus pulmones, pero en lugar de ahogarlo, parecía transformarse en algo que podía procesar. Era doloroso, una sensación antinatural que enviaba oleadas de agonía a través de todo su cuerpo, pero estaba vivo.

 De alguna manera estaba respirando agua. Una voz, o más bien un coro de voces superpuestas resonó en su cabeza. Te estábamos esperando, Raúl Méndez. intentó hablar, pero su boca solo produjo burbujas. Sin embargo, descubrió que podía formar pensamientos que la entidad en el agua parecía capaz de percibir. ¿Qué eres?, preguntó mentalmente.

 Las voces rieron, un sonido que era como agua fluyendo sobre piedras antiguas. Somos los que siempre han estado, los que guardan la memoria del agua, los que fueron sacrificados para mantener el equilibrio y ahora somos tú también. Con un esfuerzo sobrehumano, Raúl logró orientarse en la oscuridad. Sus ojos se habían adaptado o quizás habían cambiado, porque ahora podía distinguir formas en las tinieblas acuosas.

 Estaba dentro del túnel y las corrientes lo arrastraban cada vez más profundo hacia lo que parecía ser una cámara más grande. El anciano dijo que podía sellaros de nuevo pensó Raúl intentando nadar contra la corriente, aunque cada movimiento era como luchar contra manos invisibles que tiraban de él. El viejo Nahual conoce las palabras antiguas, pero no todo el ritual, respondieron las voces.

El sello requiere más que palabras, requiere voluntad, requiere sacrificio, requiere unión. A medida que avanzaba por el túnel, Raúl comenzó a notar cambios en su propio cuerpo. Su piel adquiría aquella textura extraña que había sentido en Roberto, ligeramente translúcida, con un tono grisáceo. Sus movimientos se volvían más fluidos, como si sus articulaciones se hubieran vuelto más flexibles, casi líquidas.

 Me estoy convirtiendo en uno de vosotros”, pensó con horror. “Te estás convirtiendo en lo que siempre debiste ser”, corrigieron las voces. agua consciente, memoria líquida, eternidad fluyente. El túnel desembocaba en una cámara circular de proporciones imponentes. A pesar de estar completamente sumergida, Raúl podía distinguir detalles arquitectónicos que claramente no eran de origen colonial.

 columnas talladas con símbolos intrincados, escalinatas que descendían hacia un pozo central y lo que parecían ser altares de piedra distribuidos en círculo alrededor de dicho pozo. En el centro de la cámara, flotando como suspendido en el tiempo, estaba Joaquín. Su cuerpo había sufrido una transformación aún más avanzada que la de Roberto o Ernesto.

 Apenas quedaban rasgos humanos reconocibles en él. Era más como una silueta humanoide compuesta enteramente de agua que mantenía su forma por alguna fuerza antinatural. “Jaquín”, llamó Raúl mentalmente nadando hacia él. “¿puedes oírme? ¿Sigues ahí dentro?” La figura giró hacia él y por un instante Raúl creyó ver un destello de reconocimiento en lo que quedaba de su rostro, pero fue rápidamente reemplazado por aquella sonrisa demasiado amplia, inhumana.

 “Jaquín, nada con nosotros ahora”, dijeron las voces utilizando lo que quedaba de los labios de su amigo. “¿Cómo lo harás tú pronto?” No, si puedo evitarlo”, respondió Raúl buscando con la mirada lo que el anciano había descrito. La piedra de sellado con el símbolo del agua. La criatura que había sido Joaquín emitió aquella risa acuosa.

 Ingenuo, ¿aún crees que hay una forma de detener lo que ya ha comenzado? Lo que comenzó hace miles de años cuando los primeros sacrificios fueron arrojados a estas aguas. Mientras hablaba, otras figuras comenzaron a emerger de las sombras acuáticas, Ernesto, Tomás y Roberto, todos en diferentes etapas de transformación, todos con aquella misma sonrisa antinatural, todos rodeándolo lentamente.

 “Ves, ya somos cinco”, dijo la voz a través de Joaquín. Cinco como los dedos de una mano, cinco como los puntos cardinales y el centro. Cinco como los elementos que conforman el mundo. Con cinco el círculo se completa. Raúl nadó hacia uno de los altares buscando desesperadamente. Tenía que haber algo allí, alguna pista sobre cómo realizar el sellado.

 Los cuatro seres, que habían sido sus amigos, lo seguían sin prisa, como depredadores, que saben que su presa no tiene escapatoria. Sobre el altar, parcialmente cubierta por sedimento acumulado durante siglos, encontró una losa circular de piedra negra. Al limpiarla con movimientos frenéticos, reveló un símbolo tallado en relieve, una espiral que se enroscaba hacia dentro, idéntica a la marca que había aparecido en la pierna de Roberto.

 “La piedra de sellado”, murmuró para sí mismo. “No funcionará”, dijo la voz colectiva, ahora emanando simultáneamente de las cuatro figuras. No sin las palabras, no sin la voluntad, no sin el sacrificio final. Raúl intentó recordar las palabras que el anciano había susurrado en su oído. Eran extrañas, de una lengua que no conocía, pero que de alguna manera resonaban en lo más profundo de su ser.

 Colocó sus manos sobre la piedra sintiendo una conexión inmediata, como si la piedra y él estuvieran hechos de la misma esencia. Las cuatro figuras se acercaban cada vez más, formando un círculo a su alrededor. Raúl cerró los ojos concentrándose en las palabras antiguas que debían sellar este horror nuevamente.

 Inatele, intetle, inaltepet. comenzó a recitar mentalmente, sintiendo como cada palabra parecía vibrar en el agua a su alrededor. Shimosentlali, Shimouepa, Inatl, Mocuepas, Atle, Injolotl, Moucuepas, Yolotle. Un temblor recorrió la cámara entera. Las figuras, que habían sido sus amigos, retrocedieron ligeramente, como empujadas por una fuerza invisible.

 “Detente!”, gritaron las voces al unísono ahora con un matiz de temor. No sabes lo que haces. Nos condenas a todos, incluido a ti mismo. Pero Raúl continuó, las palabras fluyendo a través de él, como si siempre hubieran estado allí, esperando ser liberadas. Ni mitlalia no eso, ni mitlalia no yolotl, ni mitlalia no nemilis.

 Con cada palabra sentía como partes de sí mismo se desprendían, se disolvían en el agua. No era solo su cuerpo el que estaba cambiando, sino su esencia misma, transformándose en algo que ya no era completamente humano. Las cuatro figuras comenzaron a deformarse como si estuvieran siendo absorbidas por alguna fuerza invisible.

 Sus cuerpos, ya de por sí apenas humanoides, se estiraban y contorsionaban en formas imposibles. “Nos destruyes”, acusaron las voces ahora distorsionadas y fragmentadas. Destruyes la memoria, destruyes el ciclo. Raúl sabía que estaba cerca de completar el ritual. Con un último esfuerzo colocó la piedra circular en el centro del altar, donde un hueco perfectamente tallado la esperaba.

Shimotsua pronunció la palabra final, que sabía significaba ciérrate en aquella lengua antigua. Un destello de luz cegadora emanó de la piedra, iluminando toda la cámara por primera vez. Raúl pudo ver finalmente la verdadera magnitud del lugar. No era simplemente un templo o una cámara ritual, era una ciudad entera sumergida y preservada bajo el agua durante milenios, edificios, calles, plazas, todo construido con una arquitectura que no pertenecía a ninguna civilización conocida. Y en el agua, flotando como

partículas de polvo en un rayo de sol, vio rostros, cientos, miles de rostros humanos de todas las épocas, todos con expresiones de dolor y asombro eterno. Los sacrificados a lo largo de los siglos, sus conciencias atrapadas en el agua formando la entidad colectiva que ahora intentaba liberarse. La luz se intensificó hasta volverse insoportable.

Las figuras de sus amigos parecían estar siendo desmembradas a nivel molecular, sus formas disolviéndose en el agua circundante. Raúl sentía el mismo proceso comenzando en su propio cuerpo. Una desintegración dolorosa, pero extrañamente pacífica. El ciclo continúa susurraron las voces ahora resignadas. Hasta la próxima vez, hasta el próximo despertar.

 La última visión de Raúl antes de que su conciencia individual se fragmentara fue la de la piedra de sellado, brillando con intensidad sobrenatural, emitiendo ondas concéntricas que reestructuraban la realidad a su alrededor. Luego todo se volvió blanco, luego negro, luego nada y todo simultáneamente. Carmen Vázquez había pasado tres días sin dormir.

 Desde la desaparición de su esposo, durante aquella tormenta terrible, no había dejado de buscarlo. La policía había registrado la zona de la excavación, donde un testigo dijo haberlo visto por última vez, pero no encontraron nada, excepto agua acumulada y restos de una estructura antigua que los arqueólogos ya estaban estudiando con entusiasmo.

 Lo extraño era que no solo Raúl había desaparecido, también faltaban cuatro trabajadores más. Roberto, Joaquín, Ernesto y el joven Tomás. Todos habían sido vistos por última vez cerca de la obra y todos habían desaparecido sin dejar rastro durante la misma tormenta. La policía barajaba varias hipótesis, un accidente colectivo.

 Tal vez habían caído en algún túnel inundado y sido arrastrados por corrientes subterráneas. O quizás habían huido juntos por alguna razón desconocida, pero ninguna explicación parecía satisfacer a Carmen. Conocía a su esposo. Raúl no hubiería desaparecido voluntariamente, dejándola atrás. El cuarto día después de la desaparición, Carmen decidió visitar nuevamente el sitio de la excavación.

 La lluvia había cesado y un sol tímido asomaba entre nubes dispersas. La zanja había sido drenada y un equipo de arqueólogos trabajaba meticulosamente documentando cada piedra, cada artefacto encontrado en lo que ahora llamaban un hallazgo histórico de importancia nacional. Mientras observaba desde detrás de la cinta policial, un anciano se colocó a su lado.

 Tenía un rostro profundamente arrugado y ojos oscuros que parecían contener siglos de conocimiento. Él selló la puerta, dijo el anciano sin mirarla directamente. Tu esposo salvó a muchos. Carmen se volvió hacia él sorprendida. ¿Conoce a Raúl? ¿Sabe dónde está? El anciano señaló hacia la zanja con un dedo nudoso. Está ahí y en todas partes donde corre el agua. El sacrificio fue aceptado.

 El ciclo se ha reiniciado. No entiendo, dijo Carmen sintiendo como las lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos. Está diciendo que Raúl está ni vivo ni muerto”, respondió el anciano, transformado, convertido en guardián junto con los otros cuatro. El agua los reclamó, pero no por hambre como antes, sino por necesidad.

Alguien debe mantener sellada la puerta. Alguien debe vigilar que lo que está debajo no despierte nuevamente. Carmen sacudió la cabeza, incapaz de comprender las palabras del anciano. Esto es una locura. Raúl es un albañil, no un guardián de lo que sea que usted está hablando. El anciano sonrió tristemente.

No fueron elegidos al azar. El agua los llamó porque eran los indicados, porque tenían la fuerza, el sacrificio, la voluntad. y ahora son parte de algo más antiguo que esta ciudad, que esta tierra incluso. En ese momento, uno de los arqueólogos en la sanja gritó, atrayendo la atención de todos.

 Habían descubierto algo, una piedra circular con un símbolo espiral tallado en ella. Mientras la levantaban cuidadosamente, Carmen sintió una extraña sensación, como si el aire a su alrededor se hubiera enfriado repentinamente. “La piedra de sellado”, murmuró el anciano. “No deben moverla, no deben romper el sello.” Pero era demasiado tarde.

 Los arqueólogos ya habían extraído la piedra de su lugar, colocándola en una caja de preservación para su estudio posterior. Y al hacerlo, algo cambió en el ambiente, un cambio sutil, pero innegable, como cuando la presión atmosférica desciende justo antes de una tormenta. El cielo, que había estado parcialmente despejado, comenzó a oscurecerse nuevamente.

 Nubes densas se arremolinaban sobre la ciudad, como atraídas por alguna fuerza invisible. “Comienza de nuevo”, dijo el anciano con voz resignada. El ciclo nunca termina, solo cambia de forma. Carmen estaba a punto de exigirle explicaciones más claras cuando algo captó su atención. En el fondo de la zanja, donde habían extraído la piedra, comenzaba a acumularse agua, no de lluvia, pues aún no caía ni una gota, sino que parecía surgir de la tierra misma, brotando como de una fuente invisible.

 Y en esa agua, por un instante fugaz, Carmen creyó ver un rostro, el rostro de Raúl con aquellos ojos que conocía tan bien, mirándola con una mezcla de amor y tristeza infinita. Sus labios parecieron moverse, formando palabras silenciosas que de alguna manera ella pudo entender. Volveré cuando llueva. Luego el rostro se desvaneció y el agua siguió brotando cada vez con más fuerza, comenzando a inundar nuevamente la excavación.

 Los arqueólogos corrían intentando salvar sus equipos y hallazgos. El cielo retumbó con un trueno distante, anunciando la llegada inminente de una nueva tormenta. El anciano ya no estaba a su lado. En su lugar solo quedaba un pequeño charco de agua cristalina que reflejaba el cielo tormentoso. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer y con ellas Carmen sintió una extraña paz mezclada con una profunda tristeza.

 No entendía completamente lo que había sucedido ni lo que significaban las palabras del anciano, pero en lo más profundo de su ser sabía que Raúl no había desaparecido realmente. Estaba en el agua de lluvia que ahora mojaba su rostro, mezclándose con sus lágrimas. Estaba en los charcos que se formaban a sus pies. Estaba en los ríos, en los lagos, en el mar.

 En todas partes donde el agua fluía, una parte de él fluía también. Volveré cuando llueva repitió en voz baja, como una promesa, como un mantra. Y mientras la tormenta se intensificaba sobre Puebla, Carmen extendió sus brazos, dejando que la lluvia la empapara por completo, sintiendo por un instante la presencia de Raúl en cada gota que tocaba su piel.

 Un año había pasado desde la desaparición de los cinco albañiles en aquel proyecto de excavación en el centro histórico de Puebla. La vida en la ciudad había continuado su curso normal, como siempre ocurre después de las tragedias. Las personas siguen adelante, las heridas se cierran paulatinamente y los acontecimientos extraordinarios se convierten gradualmente en anécdotas.

Luego en rumores y finalmente en leyendas urbanas que las abuelas cuentan a sus nietos en noches de tormenta. Para Carmen, sin embargo, el tiempo se había detenido. Seguía viviendo en la misma casa pequeña. seguía trabajando en lavandería, seguía realizando las mismas rutinas diarias, pero todo lo hacía como si estuviera actuando en una obra de teatro, interpretando el papel de una mujer normal, mientras por dentro continuaba buscando respuestas.

 La investigación oficial había concluido hacía meses. La versión oficial era que los cinco trabajadores habían sufrido un accidente durante la tormenta, cayendo probablemente en algún túnel inundado y siendo arrastrados por corrientes subterráneas. Sus cuerpos nunca fueron encontrados, lo que alimentó todo tipo de especulaciones, desde que habían huido con algún tesoro arqueológico hasta que habían sido secuestrados por traficantes de antigüedades.

 Solo Carmen conocía la verdad o al menos fragmentos de ella. Durante el último año había recopilado información buscando en bibliotecas y archivos históricos, hablando con ancianos del barrio, consultando incluso con antropólogos especializados en culturas prehispánicas. como piezas de un rompecabezas imposible, había ido construyendo una narrativa que, aunque desafiaba toda lógica convencional, era la única que daba sentido a lo ocurrido y luego estaban las lluvias.

 Cada vez que llovía, especialmente durante las tormentas fuertes, Carmen sentía la presencia de Raúl. No era solo una sensación subjetiva o un consuelo que su mente había fabricado. Había señales tangibles. El grifo de la cocina que se abría solo en medio de la noche, las gotas de agua que en el suelo de baldosas formaban brevemente patrones que se asemejaban a palabras.

 El sonido de pasos húmedos en el pasillo vacío. “Volveré cuando llueva”, había prometido Raúl a través del agua. y de alguna manera cumplía esa promesa. Era una tarde de octubre, exactamente un año después de la desaparición, cuando Carmen recibió una visita inesperada. Estaba preparando café cuando sonó el timbre.

 Al abrir la puerta se encontró con una mujer joven de unos 30 años con gafas de montura gruesa y una carpeta bajo el brazo. “Señora Carmen Vázquez”, preguntó la mujer con formalidad profesional. Carmen asintió estudiando a la desconocida con cautela. Mi nombre es Lucía Morales. Soy arqueóloga del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

 Estoy investigando el hallazgo del año pasado en el centro histórico y me gustaría hacerle algunas preguntas si no es molestia. Carmen dudó un momento antes de invitarla a pasar. había con suficientes investigadores, periodistas y curiosos durante el último año como para desarrollar un instinto sobre quién realmente buscaba la verdad y quién solo quería una historia sensacionalista.

Algo en los ojos serios y directos de Lucía, sugería que pertenecía al primer grupo. Una vez sentadas en la pequeña sala con tazas de café humeante frente a ellas, Lucía abrió su carpeta y extrajo varias fotografías y documentos. Primero, quiero expresarle mi más sincero pésame por su pérdida, comenzó la arqueóloga con genuina empatía.

 Y también quiero que sepa que no estoy aquí para remover heridas. o buscar alguna historia para publicación. Mi interés es puramente científico y personal. Personal, preguntó Carmen intrigada. Lucía asintió, un destello de vulnerabilidad atravesando brevemente su expresión profesional. Mi abuelo era historiador especializado en la historia prehispánica de esta región.

 Pasó décadas investigando lo que él llamaba el culto del agua entre las civilizaciones antiguas que habitaron Puebla antes de la llegada de los españoles. La comunidad académica siempre consideró sus teorías demasiado extravagantes. Murió desacreditado. La arqueóloga extendió sobre la mesa varias fotografías de la excavación, entre ellas una mostraba la piedra circular con el símbolo espiral que Carmen había visto aquel día.

 Esta piedra de sellado, como la llamaba mi abuelo, es idéntica a otras encontradas en diversos sitios arqueológicos de Mesoamérica, siempre asociadas con sistemas hidráulicos antiguos. Según sus investigaciones, estas piedras no solo tenían una función práctica, sino también ritual. Eran parte de un elaborado sistema de creencias relacionado con entidades que supuestamente habitaban en el agua.

Carmen sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. El anciano mencionó una piedra de sellado. Dijo que no debían moverla. Lucía la miró con intensidad renovada. Qué anciano Carmen relató su encuentro con el misterioso hombre el día después de la desaparición de Raúl, repitiendo todo lo que recordaba de aquella extraña conversación.

 A medida que hablaba, notó como los ojos de Lucía se ensanchaban con una mezcla de asombro y confirmación. Es exactamente como lo describía mi abuelo”, murmuró la arqueóloga cuando Carmen terminó. los guardianes del agua, el sacrificio necesario para mantener sellada la puerta, el ciclo que se reinicia. ¿Estás diciendo que crees esta esta locura? Preguntó Carmen entre sorprendida y aliviada de encontrar a alguien que no descartaba inmediatamente su experiencia como producto del trauma o la imaginación. Lo que creo, respondió

Lucía cuidadosamente, es que hay fenómenos en este mundo que la ciencia moderna aún no puede explicar adecuadamente y que muchos mitos y leyendas antiguos contienen núcleos de verdad histórica distorsionados por el tiempo y la transmisión oral. La arqueóloga extrajo otro documento de su carpeta, un diario amarillento y deteriorado.

 Este es el diario de mi abuelo. En él documentó numerosos casos similares al de tu esposo y sus compañeros. Incidentes ocurridos cada 100 años aproximadamente, siempre después de excavaciones o alteraciones en sistemas hidráulicos antiguos, siempre involucrando la desaparición de trabajadores y siempre seguidos por periodos de lluvias anormales.

 Carmen ojeó el diario con manos temblorosas. Las páginas estaban llenas de anotaciones meticulosas, dibujos de símbolos idénticos a la espiral de la piedra de sellado y recortes de periódicos antiguos que relataban desapariciones misteriosas. Pero lo más interesante, continuó Lucía, es lo que está sucediendo ahora. ¿A qué te refieres? Desde que extrajeron la piedra de sellado han ocurrido anomalías hidrológicas en toda la ciudad, inundaciones repentinas, sin explicación meteorológica, cambios inexplicables en la composición química del agua de

ciertos pozos y lo más perturbador, avistamientos. Avistamientos. Lucía dudó antes de responder como si temiera sonar demasiado fantástica. Personas que afirman haber visto figuras humanas formadas por agua aparecen brevemente durante las lluvias fuertes, observan y luego se desvanecen. Hemos documentado más de 20 testimonios independientes en el último año.

 Un trueno lejano interrumpió la conversación. Afuera, el cielo se había oscurecido repentinamente, anunciando una tormenta inminente. “Y no solo eso,”, añadió Lucía bajando la voz. “Tres de los arqueólogos que participaron en la extracción de la piedra han desaparecido en circunstancias similares a las de tu esposo.

 Todos durante tormentas, todos cerca de cuerpos de agua.” Carmen se levantó abruptamente acercándose a la ventana. Las primeras gotas de lluvia comenzaban a golpear contra el cristal, formando riachuelos que por un instante le parecieron dibujar un rostro familiar. “Está sucediendo de nuevo”, murmuró. “Más para sí misma que para Lucía.

 El ciclo continúa.” “¿Qué te refieres?”, preguntó la arqueóloga, uniéndose a ella junto a la ventana. Raúl. me visita cuando llueve, explicó Carmen. Al principio pensé que eran imaginaciones mías, que era mi forma de lidiar con el duelo, pero luego comenzaron a ocurrir cosas que no podía explicar.

 Mientras hablaba, la lluvia se intensificaba, transformándose rápidamente en un aguacero torrencial. Las gotas golpeaban con furia contra el cristal, casi como si intentaran entrar. Desde hace un mes las visitas son diferentes”, continuó Carmen. Es como si intentara decirme algo, advertirme sobre algo y siempre aparece esto. Se dirigió a un pequeño escritorio y extrajo un cuaderno.

 Al abrirlo, Lucía vio docenas de dibujos del mismo símbolo, la espiral de la piedra de sellado, pero con variaciones sutiles, como si estuviera incompleta o alterada de alguna manera. Creo que está intentando mostrarme cómo arreglar el sello.” dijo Carmen. “Creo que quiere que devolvamos la piedra a su lugar.

” Lucía estudió los dibujos con atención profesional. Estos no son exactamente iguales al símbolo original. Hay elementos adicionales, casi como instrucciones. Un relámpago iluminó la habitación seguido por un trueno ensordecedor. La luz parpadeó varias veces antes de apagarse completamente, sumiendo la casa en una penumbra grisácea iluminada solo por la luz difusa que se filtraba a través de las ventanas.

 Y entonces lo escucharon. Un goteo rítmico proveniente del pasillo que conducía al baño. Un goteo que sonaba casi como pasos. Carmen y Lucía se miraron. Una mezcla de miedo y anticipación reflejada en sus rostros. Sin decir palabra, Carmen tomó una linterna de un cajón y se dirigió hacia el pasillo.

 Lucía la siguió de cerca, el cuaderno con los dibujos aferrado contra su pecho como un escudo. El baño estaba a oscuras, pero la puerta se encontraba entreabierta, una delgada línea de luz azulada visible en la rendija, una luz que no debería estar allí, considerando que la electricidad se había cortado. Carmen empujó suavemente la puerta que se abrió con un chirrido.

 Lo que vieron dentro desafiaba toda explicación racional. El espejo sobre el lavabo brillaba con una luz propia, como si fuera una ventana a otro lugar. y reflejada en él, no estaba la pequeña habitación del baño, sino lo que parecía ser una vasta cámara subterránea iluminada por aquella misma luz azulada. En el centro de la cámara, flotando como suspendido en el agua, estaba Raúl o algo que alguna vez había sido Raúl.

 Su cuerpo había sufrido una transformación completa, ya no era completamente sólido. Partes de él parecían estar compuestas por agua en constante flujo, manteniendo apenas la forma humana. Sus ojos, sin embargo, seguían siendo reconocibles y miraban directamente a Carmen a través del espejo. “Raúl”, susurró ella, extendiendo una mano temblorosa hacia el espejo.

 En el reflejo, Raúl hizo lo mismo. Cuando sus dedos deberían haberse tocado a través del cristal, Carmen sintió agua fría en lugar de la superficie sólida del espejo, como si la barrera entre ambos mundos se hubiera vuelto permeable. Carmen respondió una voz que era y no era la de Raúl, una voz que sonaba como agua fluyendo sobre piedras antiguas.

 No queda mucho tiempo. Tiempo para qué? preguntó ella, las lágrimas mezclándose con el agua que ahora goteaba del espejo mojando el suelo del baño. El sello está roto. Lo que mantuvimos prisionero está despertando. Primero tomará a los que rompieron el sello, luego a otros, hasta que no quede nadie.

 Lucía dio un paso adelante, mostrando el cuaderno con los dibujos. ¿Son estas las instrucciones para reparar el sello? Raúl asintió lentamente, su forma ondulando con el movimiento. La piedra debe regresar a su lugar original, pero no funcionará sola. Necesita sangre, necesita voluntad, necesita amor. ¿Dónde está la piedra ahora?, preguntó Carmen.

 “En el museo, respondió Lucía, antes de que Raúl pudiera hacerlo. En el museo regional, como parte de la exhibición sobre hallazgos arqueológicos recientes. Deben llevarla esta noche”, dijo Raúl, su voz volviéndose más débil, como si le costara mantener la conexión. Durante la tormenta, cuando la barrera entre mundos es más delgada, cuando podemos ayudar desde este lado, podemos, repitió Carmen.

 ¿Quiénes? Los cinco guardianes, respondió Raúl, “los que sellamos la puerta con nuestras vidas, los que ahora somos parte del agua.” Mientras hablaba, otras formas comenzaron a materializarse en el reflejo detrás de él. Carmen reconoció a Roberto, a Joaquín, a Ernesto y al joven Tomás, todos transformados como Raúl, todos apenas reconocibles como las personas que alguna vez habían sido.

 ¿Y qué pasará contigo, con ustedes, si reparamos el sello? Preguntó Carmen, aunque temía conocer ya la respuesta. Raúl sonríó tristemente. Una sonrisa que ondulaba como la superficie de un estanque perturbado por la brisa. Seguiremos siendo lo que somos ahora, ni vivos ni muertos, guardianes del agua, pero en paz, sabiendo que cumplimos nuestro propósito, un trueno particularmente violento sacudió la casa y la imagen en el espejo comenzó a distorsionarse como si la conexión estuviera fallando.

 “No queda tiempo”, dijo Raúl, su voz cada vez más distante. esta noche durante la tormenta o será demasiado tarde. La imagen se desvaneció completamente, dejando solo un espejo normal que reflejaba a dos mujeres empapadas y conmocionadas. Carmen y Lucía se miraron, un entendimiento silencioso pasando entre ellas.

 Sin necesidad de más palabras, comenzaron a prepararse para lo que ambas sabían sería una noche decisiva. El Museo Regional de Puebla era un edificio colonial imponente que alguna vez había sido un convento. Sus gruesos muros de piedra y sus patios amplios ahora albergaban una de las colecciones arqueológicas más importantes de México.

 Para cuando Carmen y Lucía llegaron, la tormenta se había intensificado hasta convertirse en un verdadero diluvio. Las calles del centro histórico estaban prácticamente desiertas, con solo algún taxi ocasional, atravesando lentamente las calles parcialmente inundadas. “¿Cómo vamos a entrar?”, preguntó Carmen, observando el edificio desde el automóvil estacionado al otro lado de la calle. Debe tener alarmas. guardias.

Tengo acceso respondió Lucía, mostrando una credencial oficial. Como investigadora del INA, puedo entrar para examinar piezas específicas. Solo espero que el guardia de turno haga demasiadas preguntas. Para su sorpresa, no encontraron resistencia al ingresar. El único guardia presente estaba profundamente dormido en su silla, con la cabeza inclinada hacia delante y roncando suavemente.

Ninguna de las dos mencionó lo extrañamente conveniente que resultaba esto. La piedra de sellado se encontraba en una vitrina en el centro de la sala principal, iluminada por focos direccionales que resaltaban los intrincados detalles de su superficie tallada. A su alrededor, paneles informativos explicaban su supuesta función en el sistema hidráulico colonial, sin mencionar ninguna de las teorías más esotéricas sobre su verdadero propósito.

 “¿Cómo la sacamos sin romper la vitrina?”, susurró Carmen, consciente de que cualquier ruido fuerte podría alertar al guardia. Como respondiendo a su pregunta, las luces parpadearon varias veces antes de apagarse por completo. Al mismo tiempo, un sonido cristalino les indicó que el vidrio de la vitrina se había agrietado por sí solo de arriba a abajo, como si una presión invisible hubiera sido aplicada desde dentro.

 Creo que tenemos ayuda,” murmuró Lucía, avanzando rápidamente para retirar los fragmentos de vidrio y tomar la piedra. era más pesada de lo que parecía, aproximadamente del tamaño de un plato grande, pero con el grosor y la densidad del granito. El símbolo espiral tallado en su superficie parecía captar y reflejar la poca luz disponible, creando la ilusión de que se movía, girando lentamente hacia su centro.

 “Vámonos”, dijo Carmen, sintiendo una urgencia inexplicable. Necesitamos llegar al sitio de la excavación antes de que la tormenta termine. Salieron del museo sin encontrar obstáculos. El guardia aún profundamente dormido, ajeno al robo arqueológico que acababa de ocurrir bajo sus narices. Afuera, la lluvia caía con tal intensidad que era difícil ver más allá de unos metros.

 El viento aullaba entre los edificios antiguos, creando sonidos que, con un poco de imaginación podrían confundirse con voces susurrantes. El sitio de la excavación, un año después del hallazgo original, había sido transformado en un área de estudio arqueológico permanente. Una estructura temporal con techo de lámina protegía la zanja de las inclemencias del tiempo, mientras que escaleras metálicas permitían el descenso controlado de investigadores.

 Todo el perímetro estaba cercado y señalizado, aunque esta noche no había vigilancia visible. Carmen y Lucía dejaron el automóvil a cierta distancia y se acercaron a pie, cargando con dificultad la pesada piedra envuelta en una manta protectora. La lluvia las empapaba, dificultando su avance por las calles resbaladizas.

 Al llegar al perímetro cercado, descubrieron que el candado que aseguraba la puerta de acceso estaba abierto, colgando inútilmente de la cadena. Una vez más, la sensación de que alguien o algo estaba facilitando su misión se hizo presente. ¿Estás segura de esto?, preguntó Lucía mientras descendían cuidadosamente por las escaleras metálicas, iluminando su camino con linternas.

 Una vez que devolvamos la piedra, si lo que Raúl dijo es cierto, él y los demás quedarán atrapados allí para siempre. Carmen asintió. Una determinación férrea en su mirada, a pesar de las lágrimas que se mezclaban con la lluvia en su rostro. Ya están atrapados, Lucía. han estado atrapados desde el momento en que entraron en ese túnel.

 Al menos así podrán descansar sabiendo que cumplieron su propósito. La zanja, que había sido ampliada y reforzada durante el último año para facilitar el trabajo arqueológico, ahora se encontraba parcialmente inundada debido a la tormenta. El agua alcanzaba casi medio metro de profundidad, dificultando aún más su avance.

 Siguiendo las instrucciones de los dibujos en el cuaderno de Carmen, se dirigieron hacia lo que parecía ser la entrada original del túnel, ahora completamente expuesta y catalogada con meticulosidad científica. Placas metálicas numeradas identificaban cada sección de la estructura, mientras que cuerdas y marcadores delimitaban áreas específicas de interés.

 “Aquí es donde debe ir”, dijo Lucía. iluminando con su linterna un hueco circular en el suelo justo frente a la entrada arqueada del túnel. Este es el encaje original de la piedra, según los dibujos. Carmen observó el hueco, luego la piedra en sus manos. Efectivamente, la forma y tamaño parecían coincidir perfectamente. Sin embargo, algo más captó su atención.

El agua a su alrededor se comportaba de manera extraña. En lugar de ser agitada por sus movimientos o por las gotas de lluvia que caían desde el techo dañado de la estructura protectora, el agua permanecía inusualmente quieta en algunas áreas, mientras formaba pequeños remolinos en otras, como si estuviera siendo manipulada por corrientes invisibles.

El agua murmuró, “est viva.” Y entonces lo vio reflejado en la superficie del agua estancada el rostro de Raúl. No solo el suyo, sino también los de Roberto, Joaquín, Ernesto y Tomás, sus rasgos superpuestos como en una extraña fotografía de exposición múltiple. “Están aquí”, dijo Carmen arrodillándose junto al agua. “Están ayudándonos.

” Lucía, que también había notado las anomalías en el agua, asintió gravemente. Debemos hacerlo ahora, antes de que la tormenta amaine. Con cuidado, ambas mujeres posicionaron la piedra sobre el hueco circular. Encajaba perfectamente, como si hubiera sido tallada específicamente para ese espacio.

 Sin embargo, cuando intentaron presionarla para fijarla en su lugar, la piedra se resistió, negándose a encajar completamente. “Algo falta”, dijo Lucía consultando frenéticamente los dibujos en el cuaderno. Raúl mencionó sangre, voluntad y amor. La piedra está en su lugar. Tenemos la voluntad de hacer esto, pero falta sangre”, completó Carmen, comprendiendo finalmente.

 Sin dudar, extrajo un pequeño cuchillo que había traído consigo anticipando este momento. “Mi sangre, la sangre de alguien que ama a uno de los guardianes.” Antes de que Lucía pudiera protestar, Carmen deslizó el filo del cuchillo por la palma de su mano. La sangre brotó roja y brillante bajo la luz de las linternas.

dejó que goteara sobre la piedra cubriendo el símbolo espiral tallado. Para su asombro, la sangre no se diluyó ni escurrió. parecía ser absorbida por la piedra misma, filtrándose entre los surcos tallados como si la roca fuera porosa. A medida que la sangre era absorbida, el símbolo comenzó a brillar con una luz rojiza que gradualmente se transformaba en el mismo tono azulado que habían visto en el espejo del baño.

“Está funcionando”, susurró Lucía observando fascinada el fenómeno. Carmen presionó nuevamente la piedra. que ahora se deslizó suavemente hacia su posición final. Al encajar completamente un sonido profundo, como el retumbar de un trueno subterráneo, reverberó a través de toda la estructura.

 El agua a su alrededor comenzó a agitarse violentamente, formando olas y remolinos que desafiaban la lógica de un espacio tan confinado. Las linternas parpadearon, amenazando con dejarlas en completa oscuridad. ¿Ahora qué? Gritó Lucía sobre el estruendo del agua y la tormenta. Las palabras, respondió Carmen. Raúl susurró algo en el espejo justo antes de desaparecer.

 Creo que eran las palabras del ritual. Cerrando los ojos, Carmen intentó recordar exactamente lo que había escuchado. Palabras en una lengua antigua que no comprendía, pero que de alguna manera resonaban en lo más profundo de su ser. Comenzó a recitarlas, su voz adquiriendo una cualidad extraña, casi sobrenatural. Inatl, intepetl, inaltepetl, shimosentlali, shimocuepa, inatl, mueepas atl, inolotl mocuepas yolotl.

Con cada palabra, lauz emanada por la piedra se intensificaba hasta volverse casi segadora. El agua a su alrededor se elevaba en columnas imposibles, formando brevemente siluetas humanas reconocibles antes de colapsar nuevamente. “Ni mitlalia eso”, continuó Carmen, las lágrimas fluyendo libremente por su rostro.

 Ni mitlalia no Yolotl, ni mitlalia no Nemilis. La tierra bajo sus pies comenzó a temblar. Fragmentos de piedra y tierra se desprendían de las paredes de la excavación, cayendo al agua con salpicaduras que parecían moverse en cámara lenta. Lucía agarró a Carmen por el brazo, tirando de ella hacia las escaleras. Tenemos que salir de aquí.

 Toda la estructura podría colapsar. Pero Carmen se resistió. sus ojos fijos en la piedra brillante y en las formas acuosas que ahora danzaban a su alrededor, cada vez más definidas, cada vez más reconocibles, como los cinco hombres que habían desaparecido un año atrás. Una palabra más, dijo con determinación, la última palabra para sellar el pacto.

 Extendiendo su mano ensangrentada hacia la figura acuosa que reconocía como Raúl, pronunció la palabra final Shimotsaka. La luz alcanzó su máxima intensidad, transformándose en una onda expansiva que las arrojó a ambas hacia atrás, hacia las escaleras. El agua se elevó en una columna gigantesca que alcanzó el techo de la estructura protectora, atravesándolo y fusionándose con la lluvia torrencial del exterior.

 Por un instante, en esa columna de agua, Carmen vio claramente a los cinco hombres, ya no como entidades acuosas informes, sino como seres humanos completos, sonriendo con expresiones de paz y gratitud. Raúl, en el centro extendió una mano hacia ella. sus labios formando palabras silenciosas que entendió sin necesidad de oírlas. Gracias, te amo.

 Estaré siempre en la lluvia. Luego la columna colapsó, el agua retornando a la zanja con un estruendo ensordecedor. La luz de la piedra se apagó gradualmente, dejándolas en la penumbra iluminada únicamente por sus linternas parpadeantes. El silencio que siguió fue absoluto y sobrecogedor. Incluso la lluvia parecía haber cesado momentáneamente, como si el mundo contuviera la respiración.

¿Funcionó?, preguntó Lucía finalmente. Su voz apenas un susurro. Como respondiendo a su pregunta, la piedra emitió un último destello de luz azulada antes de volverse completamente inerte. Al mismo tiempo, el agua en la zanja comenzó a drenar rápidamente, como si estuviera siendo absorbida por la tierra misma, dejando expuesto el suelo embarrado y la entrada sellada del túnel. Funcionó”, confirmó Carmen.

 Una mezcla de tristeza y alivio en su voz. “El sello está reparado. El ciclo se ha completado.” Lentamente, ayudándose mutuamente, subieron por las escaleras metálicas y salieron al exterior. La tormenta había amainado considerablemente, reduciéndose a una llovisna suave y constante. El cielo comenzaba a aclararse en el este, anunciando el amanecer.

 ¿Qué hacemos ahora? preguntó Lucía mientras caminaban de regreso hacia el automóvil, exhaustas física y emocionalmente. Carmen miró hacia el cielo sintiendo las gotas de lluvia en su rostro como caricias gentiles. Vivimos, recordamos y cada vez que llueva sabemos que ellos están ahí vigilando, protegiendo. Al llegar al vehículo, Carmen notó algo que no había estado allí antes, un pequeño charco de agua cristalina junto a la puerta del conductor.

 A diferencia de los otros charcos en la calle, formados por la lluvia y el drenaje deficiente, este tenía una forma perfectamente circular y en su superficie, como grabada en el agua misma, estaba la forma de una mano. Carmen se arrodilló junto al charco y colocó su propia mano sobre la impresión acuosa.

 Por un instante sintió calor en lugar de frío y una conexión tan profunda que las lágrimas brotaron nuevamente de sus ojos. “Estaré siempre en la lluvia”, había prometido Raúl. Y de alguna manera Carmen sabía que esa promesa se mantendría eternamente. Los años pasaron y la vida en Puebla continuó su curso normal. La excavación arqueológica fue eventualmente clausurada, los hallazgos documentados en revistas científicas y el sitio convertido en una pequeña plaza con una fuente en el centro.

 Pocos recordaban ya la historia de los cinco albañiles que desaparecieron durante aquella tormenta memorable y menos aún conocían la verdad sobre lo que realmente había ocurrido. Lucía Morales publicó un libro que combinaba las investigaciones de su abuelo con sus propias experiencias titulado El culto del agua, mitos y realidades de los rituales hidráulicos prehispánicos.

Fue recibido con escepticismo por la comunidad académica, pero ganó un seguimiento considerable entre entusiastas de lo paranormal y estudiosos de tradiciones indígenas. Carmen Vázquez nunca se volvió a casar. Continuó viviendo en la misma casa, trabajando en la misma lavandería, manteniendo viva la memoria de Raúl a su manera.

 Cada año en el aniversario de la desaparición visitaba la plaza que ahora ocupaba el lugar de la excavación y dejaba una rosa blanca flotando en la fuente central. Y cada vez que llovía, especialmente durante las tormentas fuertes, salía al patio de su casa y extendía los brazos, dejando que el agua la empapara completamente. Los vecinos la consideraban excéntrica, pero a ella no le importaba. sabía lo que ellos no.

Que en cada gota de lluvia, en cada charco formado después de una tormenta, en cada río y lago y océano, una parte de Raúl y los otros cuatro guardianes seguía existiendo, vigilando, protegiendo. A veces, cuando la lluvia era particularmente intensa, creía ver rostros en los charcos o escuchar susurros en el rumor del agua contra las ventanas.

 Y en noches muy especiales, cuando la barrera entre mundos se volvía más delgada, el espejo del baño brillaba con aquella luz azulada, mostrando brevemente un reflejo que no era el suyo, sino el de un hombre que alguna vez había sido albañil, y ahora era parte del agua misma. estaré siempre en la lluvia, había prometido, y nunca, ni una sola vez en todos esos años rompió esa promesa.

 En Puebla, como en muchas ciudades antiguas construidas sobre civilizaciones aún más antiguas, los secretos permanecen enterrados, sellados, contenidos, pero nunca completamente olvidados. y bajo sus calles coloniales, en túneles y cámaras que datan de épocas apenas recordadas en mitos, el agua fluye, susurra y a veces si se escucha con atención en una noche de tormenta, grita los nombres de aquellos que conoce, porque el agua tiene memoria, el agua nunca olvida.

 Y a veces el agua reclama lo que considera suyo. Cuando los albañiles cavaron aquella zanja en Puebla, no sabían que estaban abriendo mucho más que un simple túnel colonial. estaban liberando una verdad antigua, terrible y hermosa a partes iguales. Que en este mundo existen fuerzas más antiguas que nuestras ciudades, que nuestras religiones, que nuestra comprensión misma, y que a veces el precio por contener esas fuerzas es convertirse en parte de ellas para siempre. M.