Cuando el plomero destapó las tuberías en San Luis, salieron mechones de pelo rubio durante 3 horas

En la primavera de 1943, San Luis Potosí era una ciudad de contrastes. Las calles empedradas del centro histórico albergaban mansiones coloniales junto a edificios modernos que surgían como testigos de la industrialización que México experimentaba bajo el mandato del presidente Manuel Ávila Camacho. La guerra mundial parecía lejana, pero sus efectos se sentían en la economía y en los rostros.

 Cansados de los trabajadores. Octavio Méndez, plomero de 42 años, llevaba más de dos décadas destapando tuberías en la ciudad. Sus manos ásperas y su espalda encorbada eran el precio pagado por años de trabajo físico. Aquella mañana de abril, mientras bebía su café negro en el comedor de su modesta casa en el barrio de Tequisquiapan, no imaginaba que su vida cambiaría para siempre.

 El teléfono sonó justo cuando terminaba su desayuno. Era doña Elena Rivero, propietaria de una de las mansiones más imponentes de la calle Álvaro Obregón. La familia Rivero representaba a la élite Potosina, dueños de varias minas de plata y con conexiones políticas que se extendían hasta la capital.

 “Señor Méndez, tenemos un problema urgente con las tuberías del baño principal. El agua no drena y hay un olor desagradable. Necesito que venga inmediatamente, ordenó la mujer con ese tono imperativo que solo los ricos podían permitirse. Octavio llegó a la mansión Rivero una hora después, cargando su pesada caja de herramientas. La propiedad era imponente, una construcción neoclásica de dos plantas con columnas de piedra caliza y amplios ventanales.

 El jardín delantero, perfectamente cuidado, exhibía rosales y bugambilias en plena floración. Doña Elena lo recibió con frialdad en el vestíbulo. A sus años mantenía una elegancia severa con su cabello canoso recogido en un moño apretado y un vestido negro que acentuaba su delgadez. Desde la muerte de su esposo tres años atrás, el luto parecía haberse convertido en su segunda piel.

 Sígame, por favor”, indicó la mujer mientras subían por una escalera de mármol hacia el segundo piso. El problema está en el baño principal. Hace días que notamos que el agua se va con dificultad, pero anoche se tapó por completo. El baño principal era una estancia lujosa con azulejos importados de España y grifería de bronce.

 La bañera, una pieza imponente de porcelana blanca con patas de león, dominaba el espacio. Junto a ella, un lavabo doble de mármol presentaba el problema. El agua estancada tenía un color turbio y desprendía un olor metálico que incomodaba la nariz. Trabajaré en esto de inmediato, señora,”, aseguró Octavio colocando su caja de herramientas en el suelo. Doña Elena asintió secamente.

“Estaré en la biblioteca. La muchacha con suelo le traerá lo que necesite.” Cuando la mujer salió, Octavio comenzó su labor. Primero intentó con la sopapa, aplicando presión rítmicamente, pero el agua apenas se movía. Luego probó con una solución de sosa cáustica sin resultados.

 Finalmente decidió desmontar el sifón bajo el lavabo. Fue entonces cuando notó algo extraño. Al aflojar las tuercas del sifón, un olor más intenso inundó la habitación. No era el típico edor de materia orgánica descompuesta que solía encontrar en las tuberías obstruidas. Este olor era diferente, metálico, como el de la sangre seca, mezclado con algo químico que no pudo identificar.

 Cuando terminó de desmontar el sifón, un pequeño mechón de cabello rubio cayó sobre la bandeja metálica que había colocado debajo. Octavio frunció el ceño. No era raro encontrar cabello en las tuberías, pero la cantidad y el color le resultaron inusuales. Nadie en la casa Rivero tenía el cabello rubio. Siguió trabajando en la tubería con su serpentina metálica, empujándola cada vez más profundo en la cañería.

 Con cada movimiento de la herramienta, más cabello comenzaba a salir. No eran simples hebras sueltas, sino mechones completos, como si alguien hubiera cortado el cabello de una persona rubia y lo hubiera arrojado por el desagüe. Tras media hora de trabajo, la cantidad de cabello acumulado en la bandeja era perturbadora.

 Octavio calculó que había extraído el equivalente a una cabellera completa. Consuelo, la joven sirvienta entró en ese momento con una jarra de agua fresca. Al ver el contenido de la bandeja, dejó caer la jarra que se hizo añicos contra el suelo de mármol. “Virgen santísima, ¿qué es eso?”, exclamó la muchacha persignándose tres veces. Octavio intentó calmarla.

 Solo es cabello consuelo. A veces las tuberías se tapan con esto. Alguna persona rubia vive o se ha hospedado recientemente en esta casa. La joven, aún pálida, negó con la cabeza. No, señor. En esta casa solo viven doña Elena, el joven Ernesto, que acaba de regresar de la capital y yo que vivo en el cuarto de servicio.

Ninguno es rubio. Hizo una pausa y bajó la voz. Aunque, aunque qué, presionó Octavio intrigado por su vacilación. Nada, señor, son chismes de la servidumbre. Consuelo comenzó a recoger los fragmentos de la jarra rota, evitando su mirada. “Cuéntame”, insistió él, dejando a un lado su herramienta. “Podría ser importante para resolver este problema.

” Consuelo miró nerviosamente hacia la puerta y bajó aún más la voz. Hace unos meses, antes de que yo viniera a trabajar aquí, hubo una señorita que se hospedaba en la casa, una extranjera, según me contó Ramona, la cocinera que se fue la semana pasada. Dice que era rubia, muy bonita, y que era amiga del joven Ernesto de sus tiempos en la universidad en Ciudad de México.

 ¿Y qué pasó con ella? Nadie lo sabe con certeza. Ramona dice que un día simplemente ya no estaba. Doña Elena dijo que había regresado a su país por un telegrama urgente, pero la joven se interrumpió mordiéndose el labio. Pero qué consuelo. Ramona dice que escuchó gritos una noche y que al día siguiente el joven Ernesto tenía arañazos en la cara que explicó diciendo que se había caído en el jardín.

 Tres días después, la extranjera ya no estaba y doña Elena ordenó limpiar a fondo el cuarto de huéspedes. El relato de consuelo fue interrumpido por el sonido de pasos acercándose. La muchacha se apresuró a terminar de recoger los fragmentos de la jarra. Por favor, no diga que le conté esto,” suplicó antes de que doña Elena entrara al baño.

 La mujer arrugó la nariz al ver el cabello acumulado en la bandeja. “¿Qué significa esto?”, preguntó con voz tensa. Octavio mantuvo la calma. Es lo que obstruía la tubería, señora. Parece ser cabello humano. Bastante inusual encontrar esta cantidad. Los ojos de doña Elena se entrecerraron ligeramente. Mi hijo acaba de regresar de la capital.

Trajo amigos a quedarse, jóvenes despreocupados. Hizo un gesto despectivo con la mano. Puede continuar con su trabajo. Necesito que quede completamente libre el drenaje. Por supuesto, señora, aunque debo advertirle que esto es muy inusual. Tal vez deberíamos notificar a notificar a quién.

 Interrumpió la mujer con brusquedad. Es solo cabello, señor Méndez. Le pago para que arregle las tuberías, no para que haga sugerencias innecesarias. Algo en el tono de doña Elena le produjo un escalofrío a Octavio, pero asintió y continuó su trabajo. Mientras la mujer salía del baño, le ordenó a Consuelo que limpiara el agua derramada y trajera otra jarra.

 Durante las siguientes 3 horas, Octavio trabajó en las tuberías. Cuanto más profundizaba con sus herramientas, más cabello extraía. Los mechones rubios seguían saliendo, algunos teñidos con una sustancia oscura que Octavio sospechaba era sangre seca. La tubería principal que conectaba con el sistema de drenaje estaba prácticamente obstruida por completo.

 A medida que trabajaba, escuchaba retazos de una discusión en la planta baja. Una voz masculina, probablemente la del hijo de doña Elena, sonaba alterada. “¿Le has dicho algo? ¿Por qué lo llamaste a él precisamente? No podía distinguir las respuestas de doña Elena, pero el tono era tenso, urgente.

 Cuando Octavio finalmente terminó, había llenado tres bandejas con cabello rubio. El olor en el baño era nauseabundo, una mezcla de putrefacción y productos químicos. Mientras limpiaba sus herramientas, notó algo brillante entre los mechones, un pequeño pendiente de oro con una piedra verde, posiblemente una esmeralda.

 lo guardó discretamente en el bolsillo de su camisa justo cuando la puerta se abría nuevamente. Esta vez no era doña Elena, sino un hombre joven de unos 30 años, vestido elegantemente con traje oscuro. Tenía el pelo negro peinado hacia atrás con gomina y una barba bien recortada. Sus ojos, del mismo tono frío que los de su madre, recorrieron el baño y se detuvieron en las bandejas con el cabello.

 “Mi madre me dijo que había un problema con las tuberías”, dijo con voz controlada. Soy Ernesto Rivero, Octavio Méndez, respondió el plomero limpiándose las manos con un trapo. He terminado el trabajo. La tubería estaba completamente obstruida con esto, señaló las bandejas. Ernesto se acercó estudiando el contenido con una expresión indescifrable.

Impresionante cantidad. ¿Tiene alguna teoría sobre cómo pudo ocurrir? La pregunta parecía casual. Pero Octavio percibió la tensión subyacente. Decidió ser cauteloso. Es difícil saberlo con certeza, señor. A veces el cabello se acumula durante meses hasta que finalmente causa una obstrucción completa. Claro, claro.

Asintió Ernesto metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón. Le ha comentado esto a alguien más, a otros clientes tal vez o a su familia. El corazón de Octavio comenzó a latir más rápido. Había algo amenazador en aquella pregunta aparentemente inocente. No, señor, soy profesional. Los asuntos de mis clientes quedan entre estas paredes.

Ernesto sonríó, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Me alegra escucharlo. La privacidad es muy importante para nuestra familia. Sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta y se lo tendió. Mi madre ya pagó sus servicios, pero me gustaría añadir una propina por su discreción. Octavio tomó el sobre y lo guardó sin mirar su contenido.

Gracias, señor Rivero. ¿Desea que me deshaga de esto? Señaló las bandejas con el cabello. No será necesario. Consuelo se encargará. Usted ya puede retirarse. Mientras recogía sus herramientas, Octavio no pudo evitar fijarse en las manos de Ernesto Rivero. Tenían pequeños arañazos en proceso de cicatrización, justo como había mencionado Consuelo.

Doña Elena lo esperaba en el vestíbulo para pagarle. Mientras contaba los billetes, Octavio notó que sus manos, normalmente firmes, temblaban ligeramente. “Confío en que este asunto quedará entre nosotros, señor Méndez”, dijo la mujer entregándole el dinero. No era una pregunta, sino una advertencia. Por supuesto, señora Rivero, como le dije a su hijo, soy profesional.

 Cuando salió de la mansión, el sol de la tarde ya comenzaba a descender. Octavio caminó lentamente hacia su casa con el pendiente de esmeralda pesando en su bolsillo como una piedra. Algo terrible había ocurrido en esa casa, estaba seguro. Y ahora él inadvertidamente se había convertido en parte de ello. Esa noche, mientras cenaba con su esposa María y relataba una versión editada de su día omitiendo los detalles perturbadores, Octavio tomó una decisión.

 A la mañana siguiente iría a hablar con su compadre Javier Soto, quien trabajaba como oficial en la comisaría del centro. No podía simplemente ignorar lo que había visto. Lo que no sabía Octavio era que en ese mismo momento Ernesto Rivero estaba de pie junto a la ventana de la biblioteca de su mansión, fumando un cigarrillo mientras observaba la calle con expresión pensativa.

 A su lado, doña Elena bebía una copa de brandy, algo inusual para una mujer de su posición. ¿Crees que hablará?, preguntó Ernesto exhalando una nube de humo. Doña Elena agitó suavemente su copa, observando como el líquido ámbar giraba contra el cristal. Todos hablan, hijo. Es solo cuestión de tiempo. Entonces tendremos que asegurarnos de que no tenga ese tiempo respondió Ernesto, aplastando su cigarrillo en un cenicero de plata.

 En la oscuridad de su habitación, Consuelo rezaba un rosario con fervor. las lágrimas corriendo silenciosamente por sus mejillas mientras recordaba los gritos que había escuchado la noche anterior provenientes del sótano. Gritos que no eran los primeros que escuchaba en esa casa y que temía no serían los últimos.

 La mañana siguiente amaneció cubierta por una niebla inusual para San Luis Potosí. Octavio se despertó antes del alba, inquieto tras una noche de sueño, interrumpido por pesadillas. donde mechones de cabello rubio salían de cada grieta de su casa. El pendiente de esmeralda que había encontrado descansaba ahora en el cajón de su mesita de noche envuelto en un pañuelo.

“Te noto preocupado, Octavio”, comentó María mientras le servía el café. Después de 20 años de matrimonio, podía leer sus estados de ánimo como un libro abierto. “¿Es por ese trabajo en la casa de los Rivero?” Octavio asintió. revolviendo el café sin propósito. Hay algo muy extraño en esa casa, María, algo que no está bien.

 ¿Tiene que ver con ese pendiente que escondiste anoche. Él la miró sorprendido. ¿Cómo te vi guardarlo? Respondió ella con una sonrisa triste. Después de tantos años juntos, ¿crees que no me doy cuenta cuando algo te perturba? Octavio suspiró profundamente y le contó todo. Los mechones de cabello rubio, la historia de consuelo sobre la extranjera desaparecida, la actitud sospechosa de doña Elena y su hijo, el pendiente encontrado entre el cabello.

 María escuchó en silencio su rostro volviéndose cada vez más pálido. Cuando Octavio terminó, ella se persignó. Debes hablar con Javier”, dijo finalmente, “Si lo que sospechas es cierto, esa pobre muchacha, iré esta mañana antes de mis otras citas”, aseguró Octavio. “Pero prométeme que no hablarás de esto con nadie. Los Riveros son gente poderosa.

” Tras despedirse de María, Octavio se dirigió a la comisaría del centro. El edificio de piedra gris parecía especialmente sombrío bajo la niebla persistente. Dentro el ambiente era de rutinaria actividad. Oficiales redactando informes, algún borracho dormitando en un rincón de la celda común, el olor a café rancio y cigarrillos impregnando el aire.

 Javier Soto, oficial de policía desde hacía 15 años, estaba en su escritorio revisando unos papeles cuando Octavio entró. A sus 45 años, Javier mostraba las señales del desgaste propio de su profesión, ojos cansados, arrugas profundas en la frente, una perpetua expresión de escepticismo. Octavio, ¿qué te trae por aquí?, saludó ofreciéndole asiento y un cigarrillo que el plomero rechazó.

Necesito hablar contigo de algo serio, compadre, en privado, si es posible. Javier notó la gravedad en el rostro de su amigo y asintió, conduciéndolo a una pequeña sala de interrogatorios vacía. Una vez solos, Octavio relató nuevamente lo sucedido en la mansión Rivero, añadiendo esta vez su intuición de que algo siniestro había ocurrido allí.

Javier escuchó con atención su rostro endureciéndose a medida que la historia avanzaba. Cuando Octavio le mostró el pendiente, lo examinó cuidadosamente. Esto parece caro, comentó devolviendo la joya. ¿Estás seguro de que quieres involucrarte en esto, compadre? Los Riveros no son gente con la que se pueda jugar.

 ¿Conoces algún caso de una extranjera desaparecida? ¿Alguna denuncia? Javier encendió un cigarrillo inhalando profundamente antes de responder. No oficialmente. Pero hace unos meses escuché rumores sobre una muchacha europea que estaba hospedada con los Rivero. Según decían, era amiga de Ernesto de sus días en la universidad, una estudiante de intercambio o algo así.

 hizo una pausa, expulsando el humo lentamente. Nadie la reportó desaparecida, que yo sepa, pero puedo indagar discretamente. Te lo agradecería, Javier. Hay algo en esa casa que no me deja tranquilo. Al salir de la comisaría, Octavio no notó el automóvil negro estacionado en la esquina opuesta, ni al hombre que lo observaba a través de la ventanilla parcialmente bajada.

 Durante los siguientes dos días, Octavio intentó seguir con su rutina normal, atendiendo otros trabajos de plomería en distintas partes de la ciudad, pero su mente volvía constantemente a la mansión Rivero y a los mechones de cabello rubio. El pendiente de esmeralda permanecía oculto en su cajón, un recordatorio tangible de que no había imaginado nada.

 La tarde del tercer día, mientras Octavio reparaba un grifo en la casa de la familia Ortega, recibió una llamada urgente. Era María y su voz sonaba temblorosa. Octavio, un hombre vino a buscarte. Dijo que era de la comisaría, pero no llevaba uniforme. Preguntó si estabas en casa y cuando le dije que estabas trabajando, quiso saber dónde exactamente.

 Hizo una pausa para tomar aire. No le dije nada, pero su actitud me dio miedo. Octavio, un escalofrío recorrió la espalda del plomero. Hiciste bien, María. Terminaré aquí y volveré a casa. Cierra bien las puertas y no abras a nadie hasta que yo llegue. Esa noche, mientras cenaban en silencio, alguien llamó a la puerta. Octavio y María intercambiaron miradas de preocupación.

 Los golpes se repitieron más fuertes esta vez. Finalmente, Octavio se levantó y fue a abrir. Para su sorpresa, quien esperaba en el umbral era Consuelo, la joven sirvienta de los Rivero, estaba pálida y temblaba visiblemente. “Señor Méndez, perdone que venga así a su casa”, dijo atropelladamente. “La señora Méndez me dijo dónde vivían cuando fue a recoger ropa que usted olvidó el otro día.

” María apareció detrás de Octavio. Pasa, niña. Parece que has visto un fantasma. Una vez dentro, con una taza de té caliente entre sus manos, Consuelo comenzó a hablar. Su voz era baja, como si temiera ser escuchada incluso a esa distancia de la mansión Rivero. Después de que usted se fue, el joven Ernesto ordenó que limpiara el sótano.

 Nunca me habían dejado entrar ahí. Antes tomó un sorbo de té intentando calmar sus nervios. Hay una habitación al fondo con candado. Él me dio la llave y me dijo que limpiara a fondo, que usara lejía y fregara el suelo hasta que no quedara ni una mancha. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Las paredes tenían salpicaduras oscuras.

 y en un rincón encontré esto. Consuelo sacó de su bolsillo un pequeño objeto y lo colocó sobre la mesa. Era otro pendiente, idéntico al que Octavio había encontrado en la tubería. “Hay más”, continuó la joven mirando nerviosamente hacia la ventana. Anoche escuché a doña Elena y al joven Ernesto discutir sobre usted. Ella decía que debían encargarse del problema y él respondió que ya había hablado con alguien que se ocuparía.

Octavio y María intercambiaron miradas de alarma. Mencionaron a alguien más, a la policía tal vez. Preguntó Octavio. Consuelo negó con la cabeza. Solo escuché un nombre. Garza. Dijeron que Garza se encargaría. Rodrigo Garza murmuró Octavio sintiendo como la sangre abandonaba su rostro. Garza era conocido en San Luis Potosí como un hombre que resolvía problemas para las familias adineradas.

 Exmitar, se rumoreaba que había participado en ejecuciones extrajudiciales durante la revolución. Debes irte de esa casa, consuelo”, dijo María, tomando las manos de la joven entre las suyas. No es seguro. No puedo, señora. Mi familia en el pueblo depende de mi salario. Además, bajó la voz aún más. Creo que hay otra chica en peligro.

Ayer llegó una visitante, también rubia como la anterior. Es una prima lejana de la familia, según dijo doña Elena. Pero vi como la miraba el joven Ernesto, igual que miraba a la extranjera. Un silencio pesado cayó sobre la cocina. Finalmente, Octavio tomó una decisión. Iré a ver a Javier mañana temprano con estos dos pendientes y tu testimonio tendrá que tomarlo en serio.

 Se volvió hacia Consuelo. Mientras tanto, actúa con normalidad. No dejes que sospechen que has venido aquí. Después de asegurarse de que Consuelo regresara segura a la mansión Rivero, María insistió en acompañar la parte del camino, Octavio pasó gran parte de la noche despierto, contemplando los dos pendientes de esmeralda idénticos sobre la mesa de la cocina.

 ¿Qué había pasado realmente con aquella extranjera rubia? Y más importante aún, ¿qué podría estar planeando Ernesto Rivero para la recién llegada? A la mañana siguiente, Octavio se despertó con el sonido insistente de golpes en la puerta. Aún era temprano. El sol apenas comenzaba a iluminar las calles de San Luis.

 Cuando abrió, se encontró frente a un Javier Soto visiblemente alterado. “Tenemos que hablar”, dijo el oficial entrando apresuradamente. “He encontrado algo sobre tu caso. Una vez en la cocina con María preparando café, Javier extra sobre de su chaqueta y esparció varias fotografías sobre la mesa.

 Esta es Elis Dubois, ciudadana francesa, 24 años, explicó señalando la fotografía de una joven hermosa de cabello rubio y ojos claros. Vino a México como estudiante de intercambio hace 2 años. Según los registros, regresó a Francia hace 3 meses, pero hizo una pausa dramática. La embajada francesa no tiene constancia de su llegada.

 Sus padres en París reportaron su desaparición cuando dejaron de recibir sus cartas. Ay, ¿y qué tiene que ver con los Rivero?, preguntó Octavio, aunque ya intuía la respuesta. Elis compartía clases con Ernesto Rivero en la Universidad Nacional. Hay testigos que la vieron visitando la mansión Rivero en varias ocasiones. Javier señaló otra fotografía, esta vez mostrando a Elise con Ernesto en lo que parecía ser una fiesta.

 Lo más interesante es esto. Señaló los pendientes que la joven lucía en la fotografía. Eran idénticos a los que descansaban sobre la mesa de la cocina. “Por Dios santo”, murmuró María llevándose una mano a la boca. Octavio le mostró a Javier el segundo pendiente, explicándole la visita de Consuelo y sus revelaciones sobre el sótano de la mansión, así como la mención del nombre de Garza.

 “Esto es más serio de lo que pensaba”, dijo Javier frotándose la barbilla. “Pero también más complicado, los Rivero tienen conexiones hasta en la capital. El mismo comisario juega póker con el hermano de doña Elena cada semana. Miró directamente a Octavio. Si voy por los canales oficiales, es probable que alguien les avise antes de que podamos hacer nada.

 Entonces, ¿qué sugieres? Preguntó Octavio sintiendo una mezcla de frustración y miedo. Necesitamos más pruebas, respondió Javier. Y necesitamos actuar rápido, especialmente si hay otra chica en riesgo, como dice Consuelo. Esa misma tarde, mientras discutían posibles estrategias, María entró corriendo en la cocina, el rostro descompuesto por el pánico.

 Un coche negro acaba de pasar por tercera vez frente a la casa. Creo que nos están vigilando. Javier se asomó discretamente por la ventana. Maldición, Garza! Murmuró. Lo reconozco. Tenemos que sacarte de aquí, Octavio, y dejamos que se salgan con la suya, que esa nueva chica termine como Elís, protestó Octavio.

 No he dicho que vayamos a abandonar el caso, aclaró Javier. Pero necesitamos ser inteligentes. Garza es peligroso y los Rivero tienen recursos para desaparecernos a todos si sospechan que estamos tras ellos. Decidieron que Octavio y María se quedarían esa noche en casa de la hermana de Javier en las afueras de la ciudad.

 Mientras tanto, el oficial intentaría conseguir una orden de registro para la mansión Rivero, utilizando sus contactos en la Fiscalía Estatal, evitando así a sus superiores potencialmente comprometidos. Cuando oscureció, los tres salieron por la puerta trasera cruzando varios paties hasta llegar a una calle paralela donde Javier había dejado un vehículo prestado.

 Lo que no sabían era que Garza tenía cómplices vigilando las calles adyacentes. A medio camino hacia las afueras notaron un automóvil que los seguía a distancia. Javier intentó perderlo tomando desvíos y callejones, pero el vehículo perseguidor parecía anticipar cada movimiento. “Conocen la ciudad tan bien como nosotros”, gruñó Javier acelerando por una calle estrecha.

 En un giro inesperado, otro vehículo apareció frente a ellos bloqueando el paso. Javier frenó bruscamente y giró el volante tomando una calle lateral. Los neumáticos chirrearon contra el pavimento mientras el coche derrapaba antes de estabilizarse. “Agách!”, gritó Javier cuando vio el destello metálico de un arma por la ventanilla del vehículo perseguidor.

 Un disparo resonó en la noche, haciendo añicos el vidrio trasero. María ahogó un grito cubriéndose la cabeza con los brazos. Javier sacó su pistola reglamentaria y disparó dos veces hacia atrás sin mirar. más para disuadir que para acertar. Después de varios minutos de persecución a través del laberinto de calles coloniales, lograron perder momentáneamente a sus perseguidores.

 “No podemos ir a casa de mi hermana”, dijo Javier respirando agitadamente. Es lo primero que revisarán si conocen mi relación contigo. Entonces, ¿dónde? preguntó Octavio, sosteniendo a María, que temblaba incontrolablemente. Javier reflexionó un momento. Conozco un lugar. Un viejo amigo tiene una cabaña cerca de la presa San José.

 Nadie relacionará ese lugar conmigo o contigo. Se dirigieron hacia las afueras de la ciudad por caminos secundarios, vigilando constantemente el espejo retrovisor. La cabaña resultó ser una construcción rústica de piedra y madera. prácticamente invisible desde el camino principal debido a la vegetación circundante.

“Estarán seguros aquí por esta noche”, aseguró Javier mientras encendía una vieja lámpara de quereroseno. “Mañana contactaré con mis fuentes en la fiscalía y volveré con noticias. Mientras tanto, no salgan por ningún motivo. Después de que Javier se marchara, Octavio y María permanecieron en silencio largo rato escuchando los sonidos nocturnos del bosque.

 La luz temblorosa de la lámpara proyectaba sombras danzantes en las paredes de madera. ¿En qué nos hemos metido, Octavio? Susurró finalmente María. En algo muy oscuro, respondió él apretando su mano. Pero no podía simplemente ignorarlo. María, esa muchacha Elis y ahora esta nueva chica, no podía quedarme sin hacer nada.

 Esa noche durmieron poco y mal. Cada crujido de las ramas contra el techo, cadaido lejano de un perro les hacía sobresaltarse. Octavio no dejaba de pensar en consuelo, preguntándose si estaría a salvo en la mansión Rivero. Lo que no sabía es que en ese preciso momento Consuelo estaba arrodillada en el suelo de la cocina, limpiando la sangre que goteaba de su labio partido.

Ernesto Rivero la había golpeado brutalmente tras descubrir que había estado hurgando en el sótano más allá de lo que le habían ordenado. La próxima vez que te encuentre donde no debes, terminarás como las otras. le había amenazado antes de cerrar con llave la puerta de su diminuta habitación de servicio.

 En la planta superior, doña Elena bebía su té nocturno mientras observaba a la joven rubia que tocaba el piano en el salón. Caroline Miller, de 22 años, prima tercera del difunto señor Rivero, según la historia oficial, había llegado de Estados Unidos supuestamente para conocer a sus parientes mexicanos y mejorar su español. “Tocas maravillosamente, querida”, comentó doña Elena con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

 “Mi Ernesto siempre ha apreciado la buena música y las cosas bellas en general.” Caroline sonrió ajena al peligro que se cernía sobre ella. Gracias, señora Rivero. Son todos tan amables conmigo, especialmente Ernesto. Un ligero rubor cubrió sus mejillas. Nunca imaginé que tendría parientes tan distinguidos en México. La sangre llama a la sangre, querida, respondió doña Elena, observando el cabello dorado de la joven brillar bajo la luz de las lámparas.

 Ernesto está especialmente emocionado de conocerte. Dice que le recuerdas a alguien que conoció una vez. En su despacho, Ernesto Rivero recibía el informe de Rodrigo Garza. Les perdimos cerca de la presa, patrón, explicó Garza, un hombre fornido de expresión impasible. Pero tengo hombres vigilando todos los caminos, no llegarán lejos.

 Encuentren a ese plomero y al policía entrometido, ordenó Ernesto golpeando el escritorio con el puño. No pueden arruinar todo ahora, no cuando finalmente he encontrado a la sustituta perfecta. En la pared, tras su escritorio colgaba un retrato recién pintado, una joven rubia con un vestido verde que hacía juego con sus pendientes de esmeralda.

 El rostro había quedado inacabado como esperando ser completado con nuevos rasgos. Mientras tanto, en la cabaña junto a la presa, Octavio observaba por la ventana la luna reflejada en las aguas oscuras, preguntándose si sobrevivirían para ver el amanecer. El amanecer llegó con una llovisna fina que envolvía el bosque en una bruma fantasmal.

 Octavio, que apenas había dormido, preparaba café en la pequeña estufa de leña cuando escuchó el sonido de un motor acercándose. Instintivamente tomó un cuchillo de cocina y se acercó a la ventana. El alivio le recorrió el cuerpo al reconocer el vehículo de Javier. El oficial venía solo y su expresión era grave cuando entró en la cabaña, sacudiéndose la lluvia del sombrero.

“Tengo noticias”, anunció, aceptando agradecido la taza de café que María le ofrecía. Algunas buenas, otras no tanto. Octavio y María se sentaron frente a él expectantes. La buena noticia es que conseguí una orden de registro para la mansión Rivero”, continuó Javier sacando un documento oficial de su chaqueta.

Un viejo amigo en la fiscalía estatal me debe algunos favores. La afirmó esta madrugada evitando a los jueces locales que podrían estar en la nómina de los Rivero. ¿Y la mala noticia? Preguntó Octavio temiendo la respuesta. Javier tomó un sorbo de café antes de responder. Encontraron tu casa. noche. La destrozaron buscando los pendientes y cualquier evidencia que pudieras tener.

Hizo una pausa mirando a María con compasión. Lo siento, María. Prácticamente no queda nada intacto. María cerró los ojos procesando la noticia. Las cosas se pueden reemplazar, dijo finalmente. Lo importante es que estamos vivos. Hay más”, continuó Javier, su voz tornándose aún más seria. “Consuelo, la encontraron esta mañana en el río.

 Unos pescadores la vieron flotando cerca del puente de la carretera a México. María ahogó un grito cubriéndose la boca con las manos. Octavio sintió como si un puño helado le apretara el corazón. ¿Está?”, comenzó a preguntar sin poder terminar la frase. “Viva apenas”, respondió Javier. Está en el hospital San Felipe, inconsciente. Tiene múltiples contusiones y señales de estrangulamiento.

 Quien lo hizo la dio por muerta y la arrojó al río, pero algo la mantuvo a flote. “Los, Rivero”, murmuró Octavio, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. deben haberla descubierto hablando con nosotros. Es lo más probable, asintió Javier. Pero su estado nos da una ventaja. Los Rivero creen que está muerta, lo que significa que no saben que tenemos una orden de registro.

Podemos tomarlos por sorpresa. ¿Cuándo?, preguntó Octavio. Hoy mismo he reunido a cuatro oficiales de confianza que no están vinculados con la élite local. Nos encontraremos a las 11 en un punto seguro y desde allí iremos directamente a la mansión. Javier miró a Octavio directamente. Necesito que vengas conmigo.

 Conoces la disposición de la casa y dónde encontraste los indicios. María puede quedarse aquí, estará segura. Octavio miró a su esposa, quien asintió lentamente. “Ve”, dijo ella, “Hazlo por consuelo por esa tal Elice y por esa nueva chica que podría estar en peligro.” A las 11 en punto, Octavio se reunió con Javier y cuatro oficiales en un almacén abandonado a las afueras de la ciudad.

Todos vestían uniformes, excepto Octavio, a quien le dieron una gorra de policía para disimular su presencia. La mansión tiene personal de seguridad”, explicó Javier mientras repasaban el plan. Dos hombres normalmente, posiblemente más ahora que están nerviosos. Entraremos rápido mostrando la orden.

 Ortega y López se encargarán de controlar a quien esté en la planta baja. Rodríguez y Vega asegurarán la planta alta. Octavio y yo iremos directamente al sótano. ¿Y si los Riveros no están? preguntó uno de los oficiales. La orden nos permite registrar la propiedad cono sin su presencia. De hecho, sería más fácil si no están, pero dudo que tengamos esa suerte.

 Según mis fuentes, no han salido de la mansión desde ayer. Se dirigieron a la mansión Rivero en dos vehículos oficiales. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto por densas nubes grises que parecían presagiar tormenta. Al llegar encontraron la reja principal cerrada. Javier tocó el intercomunicador. Policía estatal, tenemos una orden de registro para esta propiedad.

 Tras unos momentos de silencio, la voz de un hombre respondió, “Los señores no están recibiendo visitas hoy.” “No es una visita”, replicó Javier firmemente. “Es una orden judicial. Abran la reja inmediatamente o la derribaremos.” Después de otro largo silencio, se escuchó el zumbido del mecanismo eléctrico y la reja comenzó a abrirse lentamente.

 Los dos vehículos policiales entraron y se detuvieron frente a la mansión. Un hombre corpulento, con apariencia de guardaespaldas los esperaba en la entrada. Los señores Rivero desean ver la orden”, dijo secró el documento. “Pueden revisarla mientras procedemos con el registro. Es su derecho, pero no pueden impedir nuestra entrada.

” En ese momento, la puerta principal se abrió y apareció Ernesto Rivero, vestido impecablemente con un traje oscuro, como si esperara visitas importantes. Su rostro mostraba una serenidad calculada. Oficial Soto, qué sorpresa. Dijo con tono controlado. No entiendo a qué se debe este despliegue. Señor Rivero, respondió Javier formalmente.

 Tenemos una orden para registrar su propiedad en relación con la desaparición de Elis Dubois y el intento de homicidio de Consuelo Ramírez. Una sombra apenas perceptible cruzó el rostro de Ernesto. No conozco a ninguna Elis Dubois y en cuanto a consuelo, la despedimos hace dos días por robo. No tenía idea de que hubiera sufrido un atentado.

 Podrá hacer sus declaraciones formalmente más tarde, cortó Javier. Ahora le solicito que coopere con el registro. Ernesto hizo un gesto de resignación elegante. Por supuesto, oficial. Mi familia no tiene nada que ocultar. Pasen. Los policías se desplegaron según el plan. Octavio notó que doña Elena observaba desde lo alto de la escalera su figura erguida y tensa como una estatua.

 No había señal de la joven rubia que Consuelo había mencionado. El sótano, murmuró Octavio a Javier. Debemos ir directamente allí. se dirigieron hacia la parte trasera de la mansión, donde Octavio recordaba haber visto una puerta que presumiblemente conducía al nivel inferior. Estaba cerrada con llave. “Necesitamos la llave del sótano, señor Rivero”, exigió Javier, que había seguido sus pasos.

 “El sótano, solo guardamos vinos y antigüedades allí”, respondió Ernesto con desdén. La llave debe estar en el despacho. Permítanme buscarla. Iremos con usted, insistió Javier. Mientras seguían a Ernesto hacia el despacho, Octavio notó algo extraño. El suelo del pasillo que conducía a la cocina estaba húmedo, como si hubiera sido fregado recientemente.

 Las paredes también mostraban signos de haber sido limpiadas con manchas de lejía aún visibles en algunas zonas. En el despacho, Ernesto rebuscó en un cajón. “Qué extraño, no encuentro la llave”, dijo con una preocupación que sonaba ensayada. “Quizás la muchacha que reemplazó a Consuelo la haya guardado en otro lugar. Derribaremos la puerta”, decidió Javier, perdiendo la paciencia.

 Eso es destrucción de propiedad privada, protestó Ernesto, su máscara de cordialidad comenzando a agrietarse. Está obstaculizando una investigación oficial, señor Rivero, respondió Javier. No lo empeoré, resistiéndose. Regresaron a la puerta del sótano. Javier hizo una señal a uno de sus hombres, quien sacó una herramienta para forzar cerraduras.

Tras unos minutos de forcejeo, la puerta se dio con un crujido. Una escalera de piedra descendía hacia la oscuridad. Javier encendió una linterna y comenzó a bajar, seguido por Octavio y dos oficiales que se habían unido a ellos. Ernesto permaneció arriba, su rostro ahora visiblemente tenso. El sótano era amplio y estaba dividido en varias secciones.

 La primera, tal como había dicho Ernesto, parecía una bodega de vinos con estanterías que albergaban botellas polvorientas. Pero al fondo, tal como había descrito Consuelo, había otra puerta más pequeña, también cerrada con llave. Esta es la que debemos abrir”, señaló Octavio. Consuelo mencionó una habitación al fondo con candado.

 El oficial volvió a usar su herramienta, esta vez en el candado que aseguraba la puerta. Cuando finalmente se abrió, el edor que emanó del interior hizo que todos retrocedieran instintivamente. Era una mezcla de productos químicos, putrefacción y algo metálico que recordaba a la sangre seca. Javier entró primero iluminando el espacio con su linterna.

 La habitación era pequeña, con paredes de piedra y sin ventanas. Había sido recientemente limpiada, pero aún así las manchas oscuras eran visibles en las juntas del suelo de piedra y en los rincones menos accesibles. “Dios mío”, murmuró uno de los oficiales cuando la luz reveló el contenido de la habitación. En el centro había una mesa de metal similar a una mesa de operaciones con correas de cuero en los extremos.

 Junto a ella, un carrito con diversos instrumentos, cuchillos de diferentes tamaños, pinzas, tijeras, sierras pequeñas, todos limpiados minuciosamente, pero algunos mostraban manchas de óxido en las juntas que ninguna limpieza podía eliminar completamente. En un rincón había un armario metálico. Javier lo abrió con cuidado.

 En su interior encontraron frascos con líquidos de diferentes colores etiquetados meticulosamente, formaldeído, ácido clorídrico, solventes diversos. Es un laboratorio de taxidermia, dijo Javier. Su voz apenas un susurro horrorizado o algo peor. Octavio se acercó a un baúl de madera que descansaba contra la pared opuesta. Al abrirlo, encontró lo que parecían ser trofeos macabros, mechones de cabello de diferentes tonos de rubio, cuidadosamente etiquetados con fechas, algunas tan antiguas como de 5 años atrás. También había joyería, más

pendientes similares a los que habían encontrado. Pulseras, anillos. “No son solo de Elí”, murmuró Octavio sintiendo náuseas. Ha habido más. En ese momento escucharon un grito proveniente de la planta superior, seguido de disparos. Javier y los oficiales desenfundaron sus armas instintivamente.

 “Quédense aquí y aseguren la evidencia”, ordenó Javier a uno de los oficiales antes de subir corriendo las escaleras con Octavio y el otro policía. Al llegar a la planta baja encontraron el caos. Uno de los policías yacía en el suelo sangrando de una herida en el hombro. El guardaespaldas que los había recibido, estaba siendo sometido por otro oficial.

 “Rivero sacó un arma cuando intentamos subir al segundo piso”, explicó el policía herido mientras su compañero le aplicaba presión a la herida. Disparó e hirió a González. Luego subió corriendo. Y la señora Rivero preguntó Javier. No la hemos visto desde que comenzó el registro. Javier organizó rápidamente a sus hombres.

 Mega, quédate con el herido y vigila al guardaespaldas. Ortega, ven con nosotros. El resto suban con cuidado. Rivero está armado y desesperado. Subieron las escaleras lentamente, vigilando cada esquina. Al llegar al pasillo de la planta alta, escucharon una voz femenina suplicando desde una de las habitaciones. Por favor, Ernesto, no entiendo qué está pasando. Me estás asustando.

 Era una voz joven con un ligero acento extranjero. Debía ser Caroline, la joven rubia que Consuelo había mencionado. Javier hizo señas para que se acercaran cautelosamente a la puerta entreabierta. A través de la rendija pudieron ver a Ernesto Rivero sosteniendo un arma contra la 100 de una hermosa joven rubia.

 La chica temblaba, lágrimas corriendo por sus mejillas. Rivero, llamó Javier, está rodeado. Suelte el arma y deje ir a la señorita. Aléjense o le vuelo los cesos”, gritó Ernesto. Su anterior compostura completamente desvanecida. Su rostro estaba distorsionado por una mezcla de furia y miedo. No van a arruinar mi trabajo. No van a separarme de ella otra vez.

 “Otra vez”, susurró Octavio. “Está delirando, Ernesto, intentó Javier con voz más calmada. No hay salida. Ya hemos encontrado el sótano, los frascos, los trofeos. Sabemos lo de Elise y las otras. No empeore su situación añadiendo otro asesinato. La mención de Elise pareció afectar a Ernesto de una manera extraña.

 Por un momento, su mirada se suavizó y miró a Caroline con una expresión casi amorosa. Ella volvió a mí, murmuró. Todas vuelven a mí, pero ninguna es perfecta. Ninguna se queda perfecta. Caroline sollyozaba incontrolablemente sin entender lo que ocurría. “Por favor”, suplicó. “so soy tu prima, Ernesto, tu familia.” Ernesto soltó una carcajada que heló la sangre de todos los presentes.

 No eres mi prima estúpida. No tenemos ningún parentesco. Eres un reemplazo como todas las demás. Pero tú ibas a ser diferente. Iba a perfeccionarte antes. Ahora gritó Javier. Uno de los oficiales que se había posicionado en una ventana exterior aprovechando una cornisa, rompió el cristal y disparó. La bala impactó en el hombro de Ernesto, haciéndole soltar el arma y caer hacia atrás.

 Caroline aprovechó para zafarse de su agarre y correr hacia la puerta, donde Octavio la recibió y la alejó del peligro. Javier y los otros oficiales entraron rápidamente, sometiendo a Ernesto, que aunque herido, seguía forcejeando y gritando incoherencias. Ella es mía, todas son mías. Mi madre lo entiende. Es la única que entiende mi arte.

 ¿Dónde está su madre? Preguntó Javier mientras esposaban a Ernesto. Nadie había visto a doña Elena desde que comenzó el registro. Javier ordenó una búsqueda exhaustiva de la mansión. Finalmente la encontraron en una habitación oculta tras una estantería en la biblioteca, un pequeño estudio lleno de fotografías de mujeres rubias, muchas marcadas con cruces rojas.

 En el centro, sobre un pedestal, descansaba lo que parecía ser una figura de cera con rasgos similares a los de Elis Dubois, vestida con un elegante vestido verde y luciendo los pendientes de esmeralda. Doña Elena estaba sentada frente a la figura como en trance. No opuso resistencia cuando la detuvieron, solo murmuró, “Mi hijo es un artista incomprendido.

 Solo yo sé cuánto ha sufrido desde que ella se fue. Solo yo entiendo su necesidad de recrearla una y otra vez.” Mientras los policías sacaban a Ernesto y doña Elena de la mansión, Octavio se quedó con Caroline intentando calmarla. La joven estaba en shock, incapaz de procesar lo que había estado a punto de ocurrirle.

 Él Él dijo que era su prima lejana. Balbuceaba entre soyosos. Me contactó por carta hace meses diciendo que había descubierto nuestro parentesco investigando el árbol genealógico familiar. Me invitó a conocer México, a quedarme en su casa. Javier se acercó a ellos, su expresión sombría. Señorita Miller, es un milagro que esté viva.

 Hemos encontrado evidencia perturbadora en el sótano. Creemos que Ernesto Rivero es responsable de la desaparición y posible asesinato de al menos cinco mujeres en los últimos años, todas rubias como usted. ¿Qué? ¿Qué les hacía? Preguntó Caroline, aunque su rostro indicaba que en realidad no quería saber la respuesta.

 Javier y Octavio intercambiaron miradas de preocupación. Es mejor que no conozca todos los detalles ahora, respondió Javier suavemente. Lo importante es que usted está a salvo. Mientras los técnicos forenses comenzaban a procesar la escena, Octavio observaba la mansión Rivero, que ahora, bajo la luz del mediodía, parecía haber perdido parte de su imponente presencia.

 Los secretos ocultos tras sus elegantes fachadas habían sido finalmente expuestos. ¿Crees que alguna vez sabremos toda la verdad?, preguntó a Javier, que supervisaba la operación. Tal vez no toda, respondió el oficial. Pero suficiente para hacer justicia. Los pendientes, el cabello, los químicos, todo apunta a que Ernesto Rivero estaba obsesionado con estas mujeres.

 Las atraía a su casa, posiblemente las sedaba. y luego dejó la frase incompleta, incapaz de articular los horrores que imaginaba. ¿Y doña Elena, ¿crees que participaba activamente o solo encubría a su hijo? Javier suspiró pesadamente. Las madres pueden ser cómplices por amor, Octavio. A veces la devoción maternal ciega hasta el punto de justificar lo injustificable.

Un oficial se acercó a ellos sosteniendo una pequeña libreta encontrada en el despacho de Ernesto. “Señor, creo que debería ver esto”, dijo entregándosela a Javier. La libreta contenía anotaciones meticulosas, fechas, nombres, observaciones sobre colores de cabello, temperamentos, medidas corporales. Algunas entradas estaban marcadas simplemente como fallida, otras como prometedora imperfecta.

 La entrada correspondiente a Elis decía, “La más cercana hasta ahora. Fracaso en la preservación por error técnico. Intentar nuevamente con cm. CM, murmuró Javier. Caroline Miller. Octavio sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. ¿Qué habría pasado si Consuelo no hubiera venido a vernos si no hubiéramos actuado a tiempo? No pienses en eso, respondió Javier cerrando la libreta.

Piensa en las vidas que hemos salvado hoy. Mientras abandonaban la mansión, Octavio no pudo evitar mirar hacia atrás una última vez. Las ventanas parecían ojos vacíos que lo observaban acusadoramente, como si la casa misma le reprochara haber revelado sus secretos más oscuros. En ese momento comprendió que los verdaderos monstruos no eran criaturas sobrenaturales o entes fantásticos, sino personas como Ernesto Rivero, individuos de apariencia normal que ocultaban abismos insondables, de perversión, tras fachadas respetables. Y

quizás lo más aterrador era pensar cuántos más como él podrían estar escondidos a plena vista en otras mansiones elegantes, en otras calles empedradas de San Luis Potosí o de cualquier otra ciudad del mundo. Tres semanas después de los arrestos, San Luis Potosí seguía conmocionado por lo que la prensa había bautizado como el caso de las rubias desaparecidas.

Los periódicos locales y nacionales habían publicado extensos reportajes sobre los horripilantes descubrimientos en la mansión Rivero, aunque muchos detalles se habían censurado por su naturaleza perturbadora. Octavio intentaba retomar su vida normal. Su casa había sido parcialmente reparada gracias a la ayuda de vecinos y amigos, pero las cicatrices psicológicas de lo vivido permanecían intactas.

 Cada noche las pesadillas lo despertaban, mechones de cabello rubio emergiendo de cada grieta, el rostro vacío de la figura de cera. Los ojos fríos de Ernesto Rivero. Esa mañana de mayo, particularmente calurosa, Octavio se dirigió al Hospital San Felipe para visitar a Consuelo. La joven seguía internada, recuperándose lentamente de sus heridas físicas, aunque las emocionales tardarían mucho más en sanar.

 La encontró sentada junto a la ventana de su habitación, contemplando el jardín del hospital. Su rostro, antes vivaz, mostraba ahora una palidez enfermiza. Las marcas del estrangulamiento habían adquirido un tono amarillento en su cuello delgado. “Buenos días, Consuelo”, saludó Octavio, dejando sobre la mesa de noche un pequeño ramo de flores silvestres que María había recogido especialmente para ella.

 La joven giró lentamente la cabeza y esbozó una sonrisa débil. Don Octavio, qué gusto verlo. ¿Cómo te sientes hoy? Preguntó él sentándose en la silla junto a la cama. Mejor creo. El doctor dice que tal vez pueda irme la próxima semana. Mi tía ha venido desde el pueblo para llevarme con ella. Hizo una pausa, sus ojos perdiéndose nuevamente en el paisaje exterior.

 Pero las pesadillas no se van. Cada noche lo veo. Veo sus manos, sus ojos. Octavio asintió comprensivamente. A mí me pasa igual. Javier dice que es normal, que llevará tiempo. Han han encontrado a las otras, preguntó Consuelo en voz baja, casi un susurro. Octavio había evitado hablar de los detalles más escabrosos del caso durante sus visitas anteriores, pero Consuelo merecía saber la verdad.

Después de todo, su valentía había sido crucial para resolver el caso y salvar a Caroline. Están excavando en la propiedad rural de los Rivero, a las afueras de la ciudad, respondió con delicadeza. han encontrado restos, fragmentos principalmente. Parece que Ernesto no conservaba los cuerpos completos, solo partes.

 Consuelo cerró los ojos, una lágrima solitaria deslizándose por su mejilla. Esa noche, cuando me descubriómeando, dijo cosas don Octavio, cosas horribles. Hablaba de su colección, de cómo ninguna era perfecta o duradera. No tienes que hablar de eso si no quieres consuelo. Necesito hacerlo insistió ella. Necesito que alguien más lo sepa, que entienda lo que pasaba en esa casa.

 Tomó aire profundamente antes de continuar. La primera vez que bajé al sótano, encontré unos cuadernos escondidos detrás de unas botellas de vino. Eran diarios de Ernesto. Los leía escondidas durante varios días. escribía sobre su obsesión con una mujer rubia llamada Ingrid, una alemana que conoció en sus años de universidad en Europa.

 Al parecer lo rechazó y se burló de él frente a otros estudiantes. “Ingrid, no hemos encontrado ninguna referencia a ella en la investigación”, comentó Octavio intrigado. “Porque nunca la trajo a México. Ella fue la primera, pero no aquí. Según escribió, la inmortalizó en Alemania antes de regresar a San Luis. Después comenzó a buscar sustitutas, mujeres que se le parecieran.

 Un escalofrío recorrió la espalda de Octavio al comprender la magnitud de la perversión de Ernesto Rivero. Y doña Elena sabía todo desde el principio. Consuelo asintió lentamente. En los diarios mencionaba que su madre lo había ayudado a superar la crisis. después de Ingrid, que ella le enseñó técnicas de preservación que había aprendido de su padre, quien aparentemente era taxidermista aficionado.

 Don Octavio, creo que doña Elena no solo encubrió a su hijo, creo que lo formó. La revelación golpeó a Octavio como un mazo. La imagen de la aristocrática doña Elena, instruyendo a su hijo en las técnicas macabras de preservación era perturbadora más allá de lo imaginable. ¿Hay algo más? Continuó Consuelo, su voz ahora apenas audible.

 La noche que me atacaron, escuché a Ernesto y a doña Elena discutir sobre la ceremonia para Caroline. Hablaban de una fecha específica, el 17 de mayo. Decían que esta vez sería perfecta porque habían aprendido de los errores anteriores. Octavio se enderezó en su silla súbitamente alerta. El 17 de mayo. Eso es pasado mañana.

 Sí, creo que tenían un ritual, una fecha especial para sus transformaciones. Consuelo se estremeció visiblemente. Después de escucharlos, intenté huir, pero Ernesto me atrapó en el jardín, me golpeó y comenzó a estrangularme. Lo último que recuerdo es su voz, susurrándome al oído. Únete a mi colección, pequeña entrometida.

 No eres rubia, pero podría hacer una excepción contigo. El horror de lo que podría haberle pasado a Consuelo, a Caroline y lo que efectivamente les había sucedido a las otras víctimas pesaba como una losa en el corazón de Octavio. “Gracias a Dios que sobreviviste”, dijo tomando suavemente la mano de la joven. “Tu testimonio ha sido crucial para el caso.

¿Cree que los condenarán?”, preguntó Consuelo. La preocupación reflejada en sus ojos. Sin duda, la evidencia es abrumadora. Javier dice que es el caso más claro que ha visto en sus años de servicio. Además, Caroline está dispuesta a testificar sobre el intento de asesinato. Cuando Octavio dejó el hospital, el sol de la tarde bañaba la ciudad con una luz dorada que contrastaba cruelmente con la oscuridad de sus pensamientos.

 decidió pasar por la comisaría para hablar con Javier sobre lo que Consuelo le había contado. Encontró al oficial en su escritorio, enterrado entre montañas de papeles y expedientes relacionados con el caso Rivero. ¿Alguna mención a una tal Ingrid en esos documentos?, preguntó Octavio después de relatarle su conversación con Consuelo.

 Javier frunció el ceño pensativo, no específicamente, pero hay una carpeta de la época en que Ernesto estudiaba en Munich. La fiscalía solicitó información a las autoridades alemanas, pero ya sabes cómo son estos trámites internacionales. Podrían pasar meses antes de que tengamos respuestas. Y el 17 de mayo tiene algún significado especial.

 Javier rebuscó entre sus papeles y extrajo un pequeño calendario encontrado en el estudio secreto de doña Elena. Mira esto, dijo señalando varias fechas marcadas con un círculo rojo. El 17 de mayo está marcado en todos los años, desde hace al menos una década y coincide con las fechas aproximadas de desaparición de algunas de las víctimas.

¿Qué significa? Preguntó Octavio, aunque temía conocer la respuesta. No estamos seguros, pero los investigadores sospechan que podría ser el aniversario del primer experimento de Ernesto, quizás el día que inmortalizó a Ingrid, como dijo Consuelo, la idea de que los Rivero hubieran estado realizando rituales macabros cada 17 de mayo durante años, posiblemente con nuevas víctimas, hizo que Octavio sintiera náuseas.

 Han interrogado a Ernesto sobre esto? Se niega a hablar, respondió Javier reclinándose en su silla con evidente frustración. Solo repite que su obra es incomprendida, que algún día el mundo reconocerá su genio artístico. Hizo una mueca de disgusto. Es un demente, Octavio, un demente metódico y educado, pero demente al fin y al cabo. Y doña Elena, ella es diferente.

 Habla con absoluta calma, como si estuviera discutiendo el menú de una cena social. Admite haber ayudado a su hijo, pero insiste en que lo hizo por amor maternal. Según ella, su único pecado fue proteger a su hijo incomprendido de un mundo que no estaba preparado para su visión. Javier sacudió la cabeza incrédulo.

 Te juro, Octavio, a veces su frialdad me asusta más que la locura de su hijo. Al salir de la comisaría, Octavio decidió caminar por el centro histórico para aclarar sus ideas. Sus pasos lo llevaron casi inconscientemente hacia la calle Álvaro Obregón, donde se alzaba la mansión Rivero, ahora acordonada con cintas policiales. Se detuvo frente a la imponente fachada, observando las ventanas vacías que parecían devolverle la mirada.

 A plena luz del día, con el bullicio de la ciudad a su alrededor, resultaba difícil imaginar los horrores que habían tenido lugar tras aquellos muros elegantes. Un ruido a su espalda lo sobresaltó. Al girarse se encontró frente a Rodrigo Garza, el hombre que los Rivero habían contratado para encargarse de él y de Javier.

 Garsa no había sido capturado durante el operativo y la policía lo buscaba desde entonces. El corazón de Octavio comenzó a latir aceleradamente. Garza era un hombre peligroso, exmilitar con fama de despiadado. Sin embargo, para su sorpresa, el hombre no parecía tener intenciones hostiles. “No se preocupe, Méndez”, dijo Garza con voz ronca. No vengo a causarle problemas.

Solo quería ver la casa una última vez antes de irme de la ciudad. La policía lo está buscando respondió Octavio, manteniendo una distancia prudente. Garsa soltó una risa seca. Lo sé, por eso me voy. Pero antes pensé que debería hacia la mansión con una expresión indescifrable. Yo trabajé para los Rivero durante años.

 hacía trabajos que preferían mantener lejos del escrutinio público. Pero esto señaló la casa con un gesto de repulsión. Esto no lo sabía. Nunca imaginé hasta dónde llegaban. ¿Por qué me dice esto? preguntó Octavio confundido. Porque usted tuvo el valor de enfrentarlos cuando todos los demás miraban hacia otro lado, incluido yo.

Garsa metió la mano en su chaqueta, causando que Octavio retrocediera instintivamente, pero solo extrajo un sobre amarillento. Encontré esto entre mis cosas. Es una carta que Ernesto me pidió enviar a Alemania hace unos 10 años. La olvidé y nunca la mandé. Quizás ayude en su investigación. Octavio tomó el sobre con cautela.

 Estaba dirigido a la familia Müller Munich y tenía el remitente de Ernesto Rivero. “Adiós Méndez. No nos volveremos a ver”, dijo Garsa dándose la vuelta y alejándose rápidamente entre la multitud antes de que Octavio pudiera responder. Esa noche, después de entregar la carta a Javier, Octavio regresó a casa. María lo esperaba con la cena preparada.

 Un intento por mantener una rutina normal a pesar de las circunstancias extraordinarias que habían trastocado sus vidas. ¿Cómo está Consuelo?, preguntó María mientras servía el guisado. Mejor físicamente, mentalmente, llevará tiempo. Octavio le contó sobre su encuentro con Garza y la misteriosa carta.

 ¿Crees que esto terminará algún día?, preguntó María, su voz cargada de fatiga. “¿Podremos volver a nuestra vida normal?” Octavio tomó su mano sobre la mesa. “Lo estamos haciendo ya, poco a poco, pero creo que nuestra idea de normal ha cambiado para siempre, María.” Esa noche, mientras María dormía, Octavio permaneció despierto escuchando los sonidos nocturnos de la ciudad.

 El caso Rivero había desenterrado una verdad perturbadora. Bajo la superficie de la sociedad civilizada acechaban horrores inimaginables, monstruos humanos camuflados tras fachadas respetables. La mansión Rivero, con sus elegantes columnas y sus jardines impecables, había sido el escenario de atrocidades que desafiaban la comprensión.

 Y, sin embargo, también había descubierto otra verdad. que la bondad y el coraje existían en personas ordinarias como Consuelo, como Javier, incluso en alguien tan improbable como Garza, quien al final había elegido hacer lo correcto. Dos días después, el 17 de mayo, Octavio despertó sobresaltado. La fecha mencionada por Consuelo, la del ritual macabro de los Rivero, había llegado.

 Aunque sabía que Ernesto y doña Elena estaban bajo custodia, no pudo evitar sentir una inquietud que lo acompañó durante toda la jornada. Esa tarde, mientras reparaba un grifo en una casa cercana a la estación de tren, escuchó las sirenas de policía dirigiéndose hacia el centro. Un presentimiento lo llevó a abandonar su trabajo y seguir el sonido.

 Las sirenas lo condujeron hasta la comisaría central, donde una multitud se había congregado. Entre empujones logró acercarse lo suficiente para ver lo que ocurría. Varios oficiales sacaban un cuerpo cubierto con una sábana. Logró localizar a Javier entre el caos. ¿Qué ha pasado?, preguntó temiendo la respuesta.

 El rostro de Javier estaba pálido, sus ojos enrojecidos por el cansancio y la conmoción. Ernesto Rivero se suicidó en su celda, utilizó una cuchara que afiló contra el suelo de cemento. Se cortó las venas. ¿Cómo pudo ocurrir? Se suponía que estaba bajo vigilancia constante. Lo estaba, respondió Javier con amargura. Pero hoy, hoy es 17 de mayo.

 El guardia dice que antes de morir, Ernesto repetía una y otra vez, “Es el día. Es nuestro día. Debo completar el ritual.” Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Octavio. “Y doña Elena, eso es lo más extraño.” dijo Javier bajando la voz. Cuando le comunicaron la muerte de su hijo, simplemente sonrió. Dijo, “Ha completado su obra, maestra.

 Finalmente se ha unido a su musa eterna. Aquella noche, mientras la noticia del suicidio de Ernesto Rivero se extendía por San Luis Potosí como un reguero de pólvora, Octavio permaneció sentado en el porche de su casa contemplando las estrellas. A pesar del horror del caso, sentía un extraño alivio, sabiendo que Ernesto ya no podría dañar a nadie más.

 Una semana después, la carta que Garsa había entregado a Octavio dio sus frutos. Las autoridades alemanas confirmaron que una estudiante llamada Ingrid Müller había desaparecido en Munich en mayo de 1933, coincidiendo con la época en que Ernesto Rivero estudiaba allí. Su cuerpo nunca fue encontrado. La investigación continuó durante meses.

 Los forenses identificaron restos de al menos siete mujeres distintas en la propiedad rural de los Rivero. Todas rubias, todas jóvenes, todas extranjeras, sin fuertes vínculos locales, que pudieran buscarlas intensamente. Ernesto las había seleccionado cuidadosamente, asegurándose de que sus desapariciones no causaran demasiadas alarmas.

 Doña Elena Rivero fue juzgada y condenada a cadena perpetua por complicidad en múltiples asesinatos. Durante el juicio, mantuvo una serenidad perturbadora, como si los procedimientos fueran una simple molestia social. Su única muestra de emoción ocurrió cuando mencionaron la colección de su hijo, momento en el cual sonrió con un orgullo macabro que el heló la sangre de todos los presentes.

Caroline Miller regresó a Estados Unidos traumatizada, pero viva. Octavio recibió ocasionalmente cartas suyas agradeciendo su intervención que le había salvado la vida. En una de ellas, Caroline mencionaba que había comenzado a estudiar criminología inspirada por su terrible experiencia. Quiero entender las mentes oscuras como la de Ernesto para ayudar a prevenir que otras mujeres sufran lo que yo casi sufro.” escribió.

Consuelo, tras recuperarse físicamente, se mudó con su tía a un pueblo costero en Veracruz, lo más lejos posible de San Luis Potosí y sus recuerdos. En su última carta a Octavio confesaba que todavía tenía pesadillas, pero que poco a poco estaba reconstruyendo su vida. Un año después de los acontecimientos, la mansión Rivero seguía vacía, su elegante fachada deteriorándose lentamente.

Nadie quería comprar la propiedad, ahora infame por los horrores que habían tenido lugar en su interior. Los vecinos juraban escuchar ruidos extraños por las noches y los niños de la zona contaban historias de fantasmas de mujeres rubias que vagaban por los jardines abandonados. Octavio había retomado su rutina como plomero, aunque ahora era reconocido en la ciudad como el hombre que descubrió a los monstruos Rivero.

 A veces, cuando pasaba frente a la mansión, sentía un escalofrío recorrer su espalda, como si los ojos vacíos de las ventanas lo siguieran acusadoramente. Una tarde de primavera, mientras trabajaba en una casa cercana a la mansión, una anciana le comentó algo que lo dejó pensativo. ¿Sabes, señor Méndez? Mi abuela solía contar historias sobre la familia que vivió en esa casa antes que los Rivero.

 Decían que el patriarca tenía un taller en el sótano donde practicaba la taxidermia. Su especialidad eran los animales de pelaje claro, zorros árticos, conejos albinos. Pasaba días enteros encerrado allí abajo. Cuando murió, encontraron centenares de especímenes preservados en vitrinas ocultas. La coincidencia era demasiado inquietante para ser casual.

Era posible que la perversión de los Rivero tuviera raíces más antiguas transmitidas a través de generaciones como una enfermedad hereditaria. ¿O acaso los muros mismos de aquella mansión albergaban una especie de maldad contagiosa capaz de corromper a sus habitantes? Esa noche, mientras regresaba a casa bajo un cielo teñido de rojo sangre por el atardecer, Octavio reflexionaba sobre la naturaleza del mal.

 No el mal sobrenatural de leyendas y supersticiones, sino el mal humano tangible, nacido de obsesiones retorcidas y mentes enfermas. Los monstruos reales no acechaban en la oscuridad sobrenatural, sino a plena luz del día, escondidos tras sonrisas educadas y apellidos respetables. Y lo más aterrador era pensar cuántos más podrían estar entre nosotros, inadvertidos, esperando su momento para revelar la oscuridad que llevan dentro.

Al llegar a casa, encontró a María en el porche contemplando las primeras estrellas de la noche. Se sentó junto a ella en silencio, agradecido por la paz que habían logrado recuperar. A pesar de todo, mientras el cielo se oscurecía por completo, una última pregunta quedaba flotando en su mente.

 Si los Rivero habían sido descubiertos por un accidente del destino, una tubería obstruida y unos mechones de cabello rubio, cuántos otros secretos oscuros permanecerían ocultos en las entrañas de otras mansiones elegantes, protegidos por el poder y el dinero, esperando a ser revelados. Tal vez algunos misterios era mejor dejarlos enterrados, pero Octavio Méndez sabía que ya no podría mirar las fachadas respetables de San Luis Potosí, sin preguntarse qué horrores podrían ocultarse tras ellas, porque había aprendido la lección más

perturbadora de todas, que a veces los abismos más profundos no están en lugares remotos o tierras fantásticas, sino justo debajo de nuestros pies, separados de nuestra realidad cotidiana apenas por una delgada capa de normalidad que puede resquebrajarse en cualquier momento, como una tubería que finalmente cede bajo la presión de los secretos que contiene. Ne.