Cuando el carpintero abrió el ático en Guerrero, encontró cuadernos con su nombre escrito mil veces 

Guerrero, México, 1938. El sol caía a plomo sobre el pequeño pueblo de Chilpancingo, mientras Ernesto Vega limpiaba el sudor de su frente con un pañuelo gastado. A sus 45 años, las arrugas en su rostro hablaban de una vida dedicada a la madera. Sus manos, ásperas y callosas eran el testimonio de su oficio, carpintero como su padre y su abuelo antes que él.

 La casa señorial de los Mendoza había permanecido abandonada desde la muerte del patriarca durante los últimos años de la revolución. Ahora, dos décadas después, la familia había decidido venderla, pero antes necesitaban renovarla. Ernesto había sido contratado para restaurar los deteriorados pisos y muebles de madera que alguna vez fueron símbolo de opulencia.

 Señor Vega, le agradecemos que haya aceptado este trabajo. Dijo Lucía Mendoza, la única hija del difunto don Federico. La casa ha estado deshabitada demasiado tiempo. Mi padre tenía peculiaridades. Ernesto asintió respetuosamente. Todos en el pueblo conocían las historias sobre don Federico Mendoza, un hombre adinerado, excéntrico y solitario tras la muerte de su esposa.

 Se rumoreaba que en sus últimos años apenas salía de casa dedicado a extraños pasatiempos que nadie conocía. No se preocupe, doña Lucía, conozco bien esta casa. Su padre me contrató algunas veces para trabajos pequeños. Lo que Ernesto no mencionó fue que la última vez que trabajó allí, poco antes de la muerte de don Federico, el anciano lo había mirado fijamente durante horas mientras tallaba una silla, murmurando palabras ininteligibles y anotando constantemente en un cuaderno de cuero negro.

 Algo en esa mirada lo había perturbado profundamente, pero el dinero era bueno y los tiempos difíciles tras la revolución no permitían rechazar trabajo. La primera semana transcurrió sin incidentes. Ernesto reparó los pisos de la planta baja y comenzó a restaurar una escalera que crujía peligrosamente. Fue entonces cuando Lucía le mencionó el ático.

 Señor Vega, hay un espacio en el piso superior al que no hemos podido acceder. La puerta parece estar sellada desde dentro y mi padre nunca me permitió entrar allí. Necesitamos saber qué hay para completar el inventario de la propiedad. Ernesto asintió, aunque sintió un inexplicable escalofrío. Mañana traeré mis herramientas para abrir esa puerta, doña Lucía.

 Esa noche, mientras cenaba con su esposa María y sus dos hijos pequeños en su modesta casa en las afueras de Chilpancingo, Ernesto no podía quitarse de la mente la casa Mendoza. Su esposa notó su preocupación. Que te inquieta, Ernesto. Apenas has tocado tu comida. Nada importante respondió forzando una sonrisa.

 Mañana tengo que abrir el ático de los Mendoza. Don Federico nunca dejó que nadie entrara allí. María hizo la señal de la cruz. Ten cuidado, Ernesto. Ese hombre no estaba bien de la cabeza en sus últimos días. La mañana siguiente amaneció inusualmente fría para Guerrero. Una neblina densa cubría el pueblo cuando Ernesto llegó a la casa Mendoza.

 Llevaba consigo un maletín con herramientas para forzar la cerradura del ático. Lucía lo esperaba en la entrada, envuelta en un chal negro. Buenos días, señor Vega. Le agradezco su puntualidad. Debo ausentarme hoy, pero confío en usted manejar cualquier situación que encuentre. Ernesto asintió y esperó a que Lucía se marchara antes de subir al piso superior.

 El pasillo terminaba en una pequeña puerta de madera oscura, sin adornos, pero con una cerradura sorprendentemente elaborada. Intentó abrirla normalmente, pero estaba bloqueada. Al examinar más de cerca, notó que la madera alrededor de la cerradura mostraba marcas de haber sido modificada varias veces. Le tomó casi una hora conseguir abrirla.

 La madera estaba hinchada por la humedad y la cerradura era más complicada de lo que esperaba. Cuando finalmente la puerta se dio con un crujido prolongado, un olor a polvo, papel viejo y algo más que no pudo identificar, algo metálico y desagradable, salió de la oscuridad. Ernesto encendió su lámpara de aceite y subió los estrechos escalones que llevaban al ático.

 El espacio era más grande de lo que había imaginado, con el techo inclinado, siguiendo la forma del tejado. Pero lo que le heló la sangre no fue el tamaño, sino lo que contía. Las paredes estaban completamente cubiertas de estanterías y en ellas, alineados perfectamente, había cientos de cuadernos idénticos. de cuero negro desgastado.

 En el centro de la habitación había un escritorio de madera de caoba con una silla frente a él. sobre el escritorio, un cuaderno abierto y una pluma estilográfica, como si alguien hubiera estado escribiendo allí momentos antes. Ernesto se acercó con cautela al escritorio y miró el cuaderno abierto.

 Lo que vio le hizo soltar un jadeo involuntario. En la página abierta, escrito con una caligrafía meticulosa, estaba su nombre, Ernesto Vega. Y no solo una vez, sino repetido línea tras línea, página tras página. Ernesto Vega, Ernesto Vega, Ernesto Vega. Cada nombre escrito con la misma precisión obsesiva, sin errores ni tachones, con manos temblorosas tomó otro cuaderno de la estantería más cercana y lo abrió.

 Lo mismo, páginas y páginas, con su nombre escrito una y otra vez, agarró otro y otro más. Todos contenían únicamente su nombre, repetido miles de veces. El corazón le latía con fuerza mientras dejaba caer el último cuaderno y retrocedía hacia la puerta. ¿Qué significaba esto? ¿Por qué don Federico había llenado cientos de cuadernos solo con su nombre? La habitación parecía cerrarse a su alrededor.

 El aire se volvía más denso, más difícil de respirar. Fue entonces cuando notó algo más. En la pared opuesta al escritorio había un gran cuadro cubierto con una tela oscura. Algo en su interior le decía que debía marcharse inmediatamente, que no debía mirar lo que había debajo de esa tela, pero sus pies se movieron solos hacia el cuadro, como atraídos por una fuerza invisible, con dedos entumecidos por el miedo, retiró la tela.

 Era un retrato de él mismo, pero no un retrato cualquiera. Era él trabajando en su taller con exactamente la misma ropa que había usado el último día que trabajó para don Federico. Cada detalle estaba reproducido con una precisión perturbadora, la forma en que sostenía el formón, la arruga en la frente cuando se concentraba, incluso una pequeña cicatriz en su mano izquierda.

 Pero lo más inquietante eran los ojos. En el retrato, sus ojos miraban directamente al observador con una expresión que nunca había visto en su propio rostro, una mezcla de terror y resignación, como si supiera algo terrible que estaba a punto de ocurrir. Debajo del retrato, una inscripción pequeña pero clara. El elegido. 1938.

Ernesto retrocedió tropezando con una pila de cuadernos que se desplomaron al suelo. Al caer, uno de ellos se abrió revelando algo diferente. No era su nombre lo que estaba escrito, sino lo que parecían ser instrucciones o rituales en una letra apresurada y casi ilegible. No quiso leer más. Con el corazón martilleando en su pecho, Ernesto abandonó el ático a toda prisa, cerrando la puerta tras de sí.

 Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener la lámpara. Bajó las escaleras casi corriendo y salió al patio trasero para respirar aire fresco. ¿Qué demonios había encontrado? ¿Por qué ese hombre había estado obsesionado con él? Ernesto intentó calmarse diciéndose que don Federico había sido un anciano perturbado, que quizás había perdido la razón en sus últimos años.

 Pero eso no explicaba el retrato ni la inquietante inscripción. Cuando Lucía regresó por la tarde, Ernesto había recuperado parte de su compostura. Decidió no mencionarle los cuadernos ni el retrato. Solo le dijo que había conseguido abrir el ático y que contenía principalmente papeles viejos y muebles en mal estado. ¿Encontró algo de valor, señor Vega?, preguntó Lucía. No, señora.

 Solo polvo y recuerdos”, mintió Ernesto. Algo le decía que debía mantener su descubrimiento en secreto, al menos hasta entender qué significaba. Esa noche Ernesto no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía los cuadernos con su nombre repetido interminablemente y el inquietante retrato.

 ¿Qué había querido don Federico de él? ¿Por qué lo había llamado el elegido? Al amanecer tomó una decisión. Volvería al ático antes de que Lucía llegara y tomaría algunos de esos cuadernos. Necesitaba entender qué estaba pasando. Si don Federico había estado planeando algo relacionado con él, tenía derecho a saberlo. Cuando regresó a la casa Mendoza, el cielo estaba encapotado, anunciando una tormenta.

 Entró sigilosamente y subió directamente al ático. Todo estaba exactamente como lo había dejado, pero a la luz del día, el lugar parecía aún más siniestro. recogió tres cuadernos, el que contenía las extrañas instrucciones, uno de los que tenían su nombre repetido y otro que aún no había examinado. Estaba a punto de marcharse cuando notó algo que había pasado por alto el día anterior.

 Detrás del escritorio, casi oculta por las sombras, había una pequeña puerta más parecida a un armario que a una entrada. Con cautela giró el pomo oxidado y abrió la puerta. Dentro encontró una colección de objetos perturbadores, frascos con líquidos de colores extraños, pequeñas bolsas de tela con contenidos desconocidos y lo más inquietante, una caja de madera con su nombre tallado en la tapa.

 con manos temblorosas abrió la caja. Contenía un mechón de cabello negro idéntico al suyo, recortes de uñas y un pañuelo manchado con lo que parecía ser sangre seca. Junto a estos objetos había una nota escrita con la misma letra meticulosa de los cuadernos. La transferencia requiere una conexión física.

 El elegido debe estar preparado para el día del cambio. Ernesto dejó caer la caja como si quemara. Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras las piezas comenzaban a encajar en su mente. Don Federico no había sido simplemente un anciano excéntrico. Había estado planeando algo relacionado con él, algo que involucraba estos objetos personales, algo que llamaba transferencia.

El sonido de la puerta principal abriéndose lo sobresaltó. Lucía había llegado. Rápidamente Ernesto guardó los tres cuadernos en su maletín de herramientas y cerró la puerta del armario. Bajó las escaleras intentando parecer tranquilo, pero su mente bullía con preguntas y temores. “Buenos días, señor Vega”, saludó Lucía.

 ha avanzado con la revisión del ático. Sí, doña Lucía, estaba examinando algunos de los muebles para ver si pueden restaurarse. La mujer asintió, aparentemente satisfecha con la explicación. Excelente. Por cierto, he encontrado algunos documentos de mi padre que podrían interesarle. Cartas y contratos relacionados con trabajos anteriores en esta casa.

 Ernesto sintió que el estómago se le encogía. Contratos. Sí, respondió Lucía entregándole un sobre amarillento. Mi padre era muy meticuloso con sus documentos. Encontré estos en su despacho. Parece que usted trabajó para él más veces de las que recordaba. Con manos ligeramente temblorosas, Ernesto abrió el sobre. Dentro había varios contratos con su firma fechados a lo largo de los últimos 5 años.

 El problema era que Ernesto solo recordaba haber trabajado para don Federico en tres ocasiones, no en las 12 que indicaban los documentos y algunas de esas fechas. Estaba seguro de haber estado en Ciudad de México visitando a su hermano durante esos días. “Debe haber algún error”, murmuró, “mas para sí mismo que para Lucía. Disculpe. Nada importante, doña Lucía.

 Revisaré estos documentos con calma. Ahora, si me disculpa, debo continuar con el trabajo. El resto del día transcurrió en una bruma de confusión y miedo. Ernesto trabajó mecánicamente, restaurando la madera de las ventanas del salón principal, pero su mente estaba en el ático, en los cuadernos con su nombre, en los contratos que no recordaba haber firmado.

 Al caer la noche, regresó a su casa con los tres cuadernos ocultos en su maletín. María notó inmediatamente que algo no estaba bien. ¿Qué te sucede, Ernesto? Estás pálido como un fantasma. No me siento bien, respondió evitando la mirada interrogante de su esposa. Creo que me acostaré temprano. Esperó a que todos se durmieran antes de examinar los cuadernos a la luz de una vela en su pequeño taller.

 El primero, como ya sabía, contenía páginas y páginas con su nombre repetido obsesivamente. Segundo, el que había visto brevemente en el ático, contenía lo que parecían ser instrucciones para algún tipo de ritual o ceremonia. La letra era diferente, más apresurada y difícil de leer, como si hubiera sido escrita en un estado de gran agitación.

 La transferencia debe realizarse durante la luna nueva. Elido debe estar presente físicamente. La conexión debe establecerse mediante los objetos personales recolectados. El sacrificio es necesario para completar el proceso. Una vez iniciado, no puede detenerse. Ernesto sintió náuseas al leer estas palabras: sacrificio, transferencia.

 ¿De qué demonios estaba hablando don Federico? El tercer cuaderno resultó ser una especie de diario personal. Las primeras entradas databan de 1935, 3 años antes. Don Federico describía cómo, tras diagnosticarle una enfermedad terminal, había buscado desesperadamente una forma de escapar de la muerte. Sus investigaciones lo habían llevado a antiguos textos prohibidos y a practicantes de artes oscuras en los rincones más remotos de México.

 Una entrada en particular hizo que la sangre de Ernesto se helara. He encontrado al candidato perfecto, un hombre sencillo, un artesano como yo lo fui en mi juventud. Su nombre es Ernesto Vega, carpintero. Nuestras manos comparten la misma forma. nuestros cuerpos una constitución similar. He comenzado a establecer la conexión escribiendo su nombre.

 Cada repetición fortalece el vínculo entre nosotros. Pronto estaré listo para el ritual final. Pronto tendré una nueva vida. Ernesto cerró el cuaderno de golpe, su respiración acelerada y superficial. Don Federico había estado planeando algún tipo de transferencia. Intentaba de alguna manera retorcida tomar su cuerpo, su identidad.

 La idea era tan absurda, tan imposible, que debería haberla descartado inmediatamente. Pero los cuadernos con su nombre, los objetos personales, los contratos que no recordaba haber firmado, todo apuntaba a algo oscuro y perturbador. Esa noche Ernesto soñó con don Federico. En el sueño, el anciano estaba sentado en el escritorio del ático escribiendo incansablemente su nombre una y otra vez.

mientras lo miraba con ojos que parecían cambiar de color, alternando entre el marrón oscuro del propio don Federico y el azul grisáceo de Ernesto. “Pronto, decía el anciano en el sueño, muy pronto.” Ernesto se despertó empapado en sudor frío con un grito ahogado en la garganta.

 La mañana siguiente, Ernesto se presentó en la casa Mendoza con ojeras profundas y una inquietud que no lograba disimular. Había dormido apenas unas horas, atormentado por pesadillas en las que don Federico lo perseguía por interminables pasillos llenos de cuadernos con su nombre. Lucía lo recibió en el vestíbulo, su rostro pálido y tenso.

 Señor Vega, qué bueno que ha llegado. Tenemos un problema. Ernesto sintió un nudo en el estómago. ¿Qué ocurre, doña Lucía? Anoche hubo una intrusión. Alguien entró en el ático y dejó un desorden. Su voz temblaba ligeramente. Me gustaría que lo revisara antes de continuar con los trabajos. Con el corazón martilleando en su pecho, Ernesto subió al lático.

 La puerta estaba entreabierta, a pesar de que recordaba haberla cerrado el día anterior. Al entrar se quedó paralizado por lo que vio. Los cuadernos habían sido reorganizados. ya no estaban alineados ordenadamente en las estanterías, sino dispuestos en el suelo, formando un círculo perfecto alrededor del escritorio.

 En el centro del círculo, sobre el escritorio, había un cuaderno abierto con una página en blanco, excepto por una sola línea escrita con una caligrafía, que no era la meticulosa letra de don Federico, sino una escritura temblorosa, casi infantil. Te estoy esperando, Ernesto. El retrato que había descubierto previamente había sido modificado.

 Ahora su rostro aparecía distorsionado, como si alguien hubiera intentado borrar sus facciones y sustituirlas por otras. “Dios mío”, murmuró Ernesto retrocediendo hasta topar con la pared. Alguien había estado aquí. alguien que conocía su nombre y quería asustarlo. ¿O acaso no? Era imposible. Don Federico estaba muerto.

 Había muerto hacía casi dos años. Bajó apresuradamente las escaleras y encontró a Lucía esperándolo en el pasillo. ¿Quién más tiene llave de esta casa, doña Lucía? Preguntó sin preámbulos. Solo yo, respondió ella, sorprendida por la brusquedad de la pregunta. ¿Por qué? ¿Qué encontró allí arriba? Ernesto dudó. No podía contarle sobre el mensaje o el retrato modificado sin revelar lo que había descubierto inicialmente.

 Alguien ha estado en el ático recientemente. Los papeles están desordenados como si alguien hubiera estado buscando algo. Lucía palideció. Es imposible. Nadie ha entrado en esta casa desde que usted comenzó a trabajar aquí. Las puertas estaban cerradas esta mañana. ¿Está segura de que su padre no compartió la llave con nadie más? ¿Algún sirviente quizás o un socio? Lucía negó firmemente con la cabeza.

 Mi padre era extremadamente reservado, especialmente en sus últimos años. No confiaba en nadie. La única persona a la que permitía entrar regularmente era, “¿Quién?”, insistió Ernesto notando la vacilación en su voz. Usted, señor Vega”, completó Lucía, mirándolo con una mezcla de curiosidad y recelo. Mi padre lo consideraba especial. Decía que tenían una conexión.

Las palabras cayeron sobre Ernesto como un balde de agua helada. Una conexión. ¿Qué tipo de conexión? Lucía se encogió de hombros. Nunca lo explicó claramente, solo decía que usted tenía algo que él necesitaba. Pensé que se refería a su habilidad como carpintero. Ernesto intentó mantener la compostura, pero su mente era un torbellino de preguntas y temores.

 ¿Qué más sabía Lucía? Era posible que estuviera involucrada en los extraños planes de su padre. Doña Lucía, su padre mencionó alguna vez algo sobre una transferencia. La mujer lo miró fijamente, su expresión indescifrable. ¿De qué está hablando, señor Vega? Nada, nada importante, se apresuró a responder. Solo algo que creí leer en uno de los documentos del ático.

 Lucía continuó observándolo con intensidad durante unos segundos antes de romper el contacto visual. Debo salir hoy nuevamente. Confío en que continuará con el trabajo en mi ausencia. Cuando Lucía se marchó, Ernesto se quedó solo en la enorme casa, con el peso de su descubrimiento oprimiéndole el pecho. Consideró abandonar el trabajo, alejarse de la casa Mendoza y de los perturbadores secretos que contenía.

Pero algo lo retenía. una necesidad visceral de entender qué había estado planeando don Federico, qué significaban los cuadernos y el retrato, y quién había reorganizado el ático durante la noche. Decidió investigar más a fondo si iba a enfrentarse a lo que fuera que estaba sucediendo. Necesitaba información.

 Comenzó por el despacho de don Federico en la Planta Baja, un lugar que Lucía no había mencionado y que él no había tenido oportunidad de examinar. El despacho era una habitación pequeña, pero elegante, con estanterías de roble oscuro cubriendo las paredes y un escritorio macizo en el centro. A diferencia del resto de la casa, esta habitación parecía haber sido preservada exactamente como la había dejado su dueño.

 Había documentos organizados meticulosamente, libros alineados por tamaño y color y una fotografía enmarcada sobre el escritorio. Ernesto se acercó para examinar la fotografía y sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Era una imagen de don Federico en su juventud. probablemente de unos 30 años. Lo que provocó el vértigo en Ernesto no fue la imagen en sí, sino el asombroso parecido entre el joven Federico Mendoza y él mismo.

 La misma estructura facial, la misma forma de los ojos, incluso la misma pequeña cicatriz cerca de la ceja derecha que Ernesto tenía desde la infancia. Esto es imposible”, murmuró dejando caer la fotografía sobre el escritorio. Continuó examinando la habitación, abriendo cajones y revisando documentos. En un compartimento secreto del escritorio encontró un libro antiguo encuadernado en piel negra, sin título en el lomo ni en la cubierta.

 Al abrirlo, descubrió que estaba escrito en un idioma que no reconoció inmediatamente, posiblemente latín, con diagramas y símbolos intercalados en el texto. No podía leer el contenido, pero las ilustraciones eran suficientemente inquietantes. figuras humanas conectadas por líneas de energía, círculos de símbolos similares a los que había visto formados por los cuadernos en el ático y lo más perturbador, un dibujo detallado que mostraba lo que parecía ser la transferencia de algo, un alma, una esencia, de un cuerpo a otro. Debajo del

libro había un sobre sellado con su nombre escrito en la característica caligrafía de don Federico. Con dedos temblorosos, Ernesto lo abrió. Estimado Ernesto, si estás leyendo esto, significa que has comenzado a descubrir la verdad. Probablemente estés confundido y asustado. Es comprensible. Lo que estoy a punto de revelarte desafía tu comprensión del mundo.

 No somos extraños, tú y yo, aunque tú no lo recuerdes. Compartimos más que un parecido físico. Compartimos sangre. Tu abuela Carmela Vega trabajó en mi hacienda cuando era joven. Ella y yo. Bueno, algunas cosas no necesitan explicarse detalladamente. Tu existencia no fue un accidente, sino el resultado de una cuidadosa planificación que abarca generaciones.

Desde tu nacimiento he observado tu desarrollo, asegurándome de que crecieras saludable y fuerte. He influido en tu vida de maneras que no puedes imaginar, guiándote hacia el oficio de carpintero, tal como yo lo fui antes de heredar la fortuna familiar. Durante años busqué una manera de escapar de la muerte, de transferir mi esencia a un nuevo cuerpo.

 Los antiguos textos que descubrí en mis viajes por Europa y América del Sur hablan de un ritual, una transferencia que requiere una conexión de sangre y un vínculo fortalecido a través de la repetición y la concentración. Tú eres el recipiente perfecto, Ernesto. Mi sangre corre por tus venas. Hemos compartido el mismo oficio y durante años he fortalecido nuestro vínculo escribiendo tu nombre miles de veces, concentrando mi voluntad en cada trazo, preparándome para el ritual final.

 Para cuando leas esto, el proceso ya habrá comenzado. Los contratos que no recuerdas firmar, los días perdidos en tu memoria son signos de que la transferencia está en marcha. No puedes detenerla, solo puedes aceptarla. No temas, no morirás. Nuestras esencias se mezclarán creando algo nuevo. Parte de ti vivirá junto a mí en tu cuerpo.

 Es un regalo, no un castigo. La próxima luna nueva completará el proceso. Busca el cuaderno de instrucciones. Sigue los pasos detallados allí. Si intentas resistirte, el resultado será doloroso para ambos. Tu verdadero padre, Federico Mendoza. Ernesto dejó caer la carta, su cuerpo entero temblando incontrolablemente. Las implicaciones eran demasiado horrorosas para procesarlas.

 Don Federico era su padre biológico. Había estado planeando algún tipo de posesión, transferencia de su conciencia al cuerpo de Ernesto. Era demencial, imposible y, sin embargo, explicaba tantas cosas. el asombroso parecido físico, la obsesión de don Federico con él, los días que no podía recordar, los contratos que aparentemente había firmado.

 Y si el ritual que don Federico mencionaba ya estaba en marcha, y si los extraños sucesos en el ático, los cuadernos reorganizados, el mensaje, el retrato alterado, no eran obra de un intruso, sino manifestaciones del proceso de transferencia. Ernesto necesitaba ayuda, pero a quién podía recurrir, ¿quién creería una historia tan descabellada? ¿La policía lo tomaría por loco? ¿La iglesia posiblemente lo acusaría de blasfemia o de pactar con el sus amigos y familia, su familia, María y sus hijos? El pensamiento de ellos le

dio un momento de claridad en medio del caos mental. Necesitaba protegerlos, mantenerlos alejados de todo esto hasta que entendiera completamente qué estaba ocurriendo y cómo detenerlo. Guardó la carta en su bolsillo y continuó revisando el despacho buscando más información. En otro cajón encontró correspondencia entre don Federico y varios individuos de nombres extranjeros, discutiendo textos antiguos, rituales y algo llamado la gran obra.

 Muchas cartas mencionaban a Ernesto por su nombre, refiriéndose a él como el Hijo o el recipiente. Una carta fechada apenas tres meses antes de la muerte de don Federico le llamó particularmente la atención. Mi estimado Federico, los preparativos para la gran obra avanzan planeado. El recipiente ha sido preparado inconscientemente a través de los años.

 Su mente está lista para la imposición de tu voluntad. Sin embargo, debo advertirte nuevamente sobre los riesgos. La transferencia no es un proceso simple ni garantizado. El recipiente debe aceptar voluntariamente el proceso o al menos no oponerse activamente. Si resiste, ambas esencias podrían destruirse mutuamente.

 Además, como ya discutimos, la transferencia rara vez es completa. Debes estar preparado para compartir el control con la conciencia original del recipiente. No será una posesión total, sino una fusión de identidades. El ritual debe realizarse durante la próxima luna nueva, cuando las barreras entre los mundos sean más débiles.

 Asegúrate de seguir las instrucciones al pie de la letra. No hay margen para errores. Tu fiel servidor en la gran obra AC. Mientras leía, Ernesto sintió una presencia detrás de él. Se giró bruscamente, pero no había nadie en la habitación. Sin embargo, la sensación persistía, la certeza de que no estaba solo, de que alguien o algo lo observaba.

 ¿Hay alguien ahí?, preguntó su voz resonando en la habitación vacía. Silencio. Pero en ese silencio, Ernesto creyó escuchar un susurro tan débil que podría haber sido solo el viento colándose por alguna ventana mal sellada. Pronto estaremos juntos, hijo mío. Ernesto salió apresuradamente del despacho, su corazón latiendo desbocado. Necesitaba aire fresco.

 Necesitaba pensar. En el jardín trasero de la casa se sentó en un banco de piedra bajo la sombra de un viejo mezquite. Intentó ordenar sus pensamientos, separar los hechos de las suposiciones, lo racional de lo imposible. Hechos. Don Federico había llenado cientos de cuadernos con su nombre, había recolectado objetos personales suyos.

 Existía un asombroso parecido físico entre ambos. La carta afirmaba que don Federico era su padre biológico. Había documentación sobre un supuesto ritual de transferencia. suposiciones que dicho ritual fuera realmente posible, que estuviera ya en marcha, que los extraños sucesos en el ático fueran manifestaciones del mismo, lo racional.

 Don Federico había sido un anciano perturbado con delirios místicos, obsesionado con la inmortalidad. Sus escritos y preparativos eran producto de una mente enferma, no de una posibilidad real. lo imposible que don Federico pudiera de alguna manera transferir su conciencia al cuerpo de Ernesto. Respiró profundamente intentando calmarse.

 La explicación racional era la correcta. Tenía que serlo. Los rituales no funcionaban. Las transferencias de conciencia eran imposibles. Don Federico estaba muerto y enterrado, y sin embargo, los contratos que no recordaba firmar, los días perdidos en su memoria, la reorganización de los cuadernos en el ático, el mensaje escrito con esa caligrafía infantil, el retrato alterado, un escalofrío recorrió su espalda cuando recordó algo más.

 La próxima luna nueva. Según la carta de AK, ese sería el momento para completar el ritual. Sacó su pequeño calendario del bolsillo y comprobó las fases lunares. La próxima luna nueva sería en tres días. Tres días para descubrir si todo esto era real o solo el producto de una mente perturbada. tres días para encontrar una manera de detenerlo.

 Si es que había algo que detener, decidió que necesitaba más información. Debía volver al ático y examinar más cuadernos, especialmente el de instrucciones mencionado en la carta de don Federico. También necesitaba hablar con alguien que pudiera haber conocido los planes del anciano. Quizás Lucía sabía más de lo que aparentaba.

 regresó a la casa con renovada determinación. Si estaba enfrentándose a algo sobrenatural, necesitaba entenderlo para combatirlo. Y si todo era producto de la locura de don Federico, necesitaba pruebas concluyentes para liberarse de la inquietud que lo consumía. En el ático, los cuadernos seguían dispuestos en círculo alrededor del escritorio.

 Se acercó cautelosamente y tomó el que estaba sobre la mesa, el que contenía el mensaje, “Te estoy esperando, Ernesto.” Al pasar las páginas, descubrió que el resto estaba en blanco, excepto por la última hoja, donde había una nueva línea escrita con la misma caligrafía infantil. “Tres días, Ernesto.” Tr días.

y seremos uno. Dejó caer el cuaderno, su cuerpo entero temblando. ¿Cómo era posible? No había estado nadie en la casa, excepto él desde que había descubierto el primer mensaje esa mañana, a menos que a menos que el proceso ya estuviera más avanzado de lo que temía. Y si don Federico ya estaba parcialmente presente en su mente, y si los lapsos en su memoria eran momentos en que otra conciencia tomaba el control.

 No dijo en voz alta, aferrándose al marco de la puerta para mantener el equilibrio. Esto no es real. No puede ser real. Pero incluso mientras pronunciaba estas palabras, una parte de él sabía que mentía. Algo estaba sucediendo, algo que desafiaba su comprensión del mundo. Decidió revisar los demás cuadernos del círculo buscando el de instrucciones mencionado en la carta.

 Después de examinar varios, lo encontró. Un cuaderno de cuero rojo, diferente a los demás, con páginas amarillentas cubiertas de diagramas, símbolos y texto en una mezcla de español y latín. Las instrucciones para el ritual final eran detalladas y perturbadoras. requería que el recipiente Ernesto estuviera presente en el ático durante la luna nueva.

 Debía sentarse en el centro del círculo de cuadernos y recitar ciertos pasajes del texto. Se mencionaba la necesidad de un sacrificio voluntario para sellar la transferencia, aunque no especificaba qué tipo de sacrificio. Mientras leía, Ernesto comenzó a sentir un dolor punzante en las cienes, como si algo dentro de su cabeza presionara para salir.

 Su visión se nubló momentáneamente y cuando se aclaró, tuvo la perturbadora sensación de estar observando la habitación desde una perspectiva ligeramente diferente, como si sus ojos estuvieran un poco más altos de lo normal. “¿Qué me está pasando?”, murmuró aferrándose al escritorio para mantener el equilibrio. Una voz débil pero inconfundible respondió en su mente, “Estamos comenzando a fusionarnos, hijo mío.

 No luches. Será más fácil si cooperas.” Ernesto gritó y retrocedió hasta chocar con la estantería, derribando varios cuadernos. La voz se desvaneció, pero la sensación persistió. la inquietante certeza de que ya no estaba solo en su propio cuerpo. Bajó las escaleras tropezando. Necesitaba salir de la casa, alejarse del ático y de los cuadernos.

En el vestíbulo se encontró con Lucía, que acababa de regresar. Señor Vega, ¿qué ocurre? Parece que hubiera visto un fantasma. Ernesto la miró fijamente intentando determinar cuántos había ella. Doña Lucía, necesito hacerle unas preguntas sobre su padre. La mujer pareció tensarse ligeramente. Por supuesto.

 ¿Qué desea saber? ¿Su padre alguna vez mencionó algo sobre un ritual? ¿Sobre transferencia de conciencia o algo similar? Lucía palideció, pero su expresión se mantuvo serena. No sé de qué está hablando, señor Vega. Mi padre era un hombre de negocios, no un ocultista. Entonces, ¿cómo explica los cientos de cuadernos en el ático con mi nombre escrito miles de veces? ¿O la colección de mis objetos personales? ¿O las cartas sobre la gran obra y el recipiente? La fachada de Lucía se quebró.

 Sus ojos se llenaron de lágrimas y su voz tembló cuando respondió. No debería haber encontrado eso. Se suponía que nadie debía entrar en ese ático hasta después de después de la luna nueva. ¿Usted lo sabía? Preguntó Ernesto incrédulo. ¿Sabía lo que su padre estaba planeando? Lucía se secó las lágrimas con un pañuelo de encaje.

 Mi padre estaba muriendo, señor Vega. La enfermedad lo consumía lentamente, dolorosamente. Cuando descubrió una posibilidad, por remota que fuera, de escapar de ese destino, ¿cómo podía negarle mi ayuda? Ayuda estaba planeando robar mi vida, mi identidad. No lo entiende, insistió Lucía. No es un robo, es una fusión. Parte de usted permanecería y parte de mi padre viviría a través de usted.

 Es es un regalo, no un castigo. Ernesto reconoció las palabras de la carta de don Federico. ¿Usted realmente cree en esto, verdad? ¿Cree que es posible transferir una conciencia de un cuerpo a otro? Lo he visto, señor Vega. He visto los resultados de rituales menores. Mi padre practicó durante años, perfeccionando la técnica.

 Logró transferir parte de su conciencia a animales primero, luego a sirvientes por periodos cortos. La última fase requiere un recipiente especial, alguien con conexión sanguínea y similitud física, alguien como usted. La revelación golpeó a Ernesto como un mazo. Don Federico no solo estaba loco, había estado experimentando, practicando durante años para este momento.

 Los contratos que no recuerdo firmar los días perdidos en mi memoria. Pruebas preliminares confirmó Lucía. Mi padre necesitaba comprobar que la conexión funcionaba, que podía influir en usted a distancia y funcionó. Durante breves periodos logró que usted viniera aquí, firmara documentos, realizara tareas, todo sin que lo recordara después.

 Ernesto sintió náuseas. La idea de que alguien hubiera controlado su cuerpo, sus acciones sin su conocimiento o consentimiento era repugnante. ¿Y ahora qué? espera que me someta voluntariamente a este ritual que permita que la conciencia de su padre se apodere de mi cuerpo. Ya ha comenzado, señor Vega.

 Los cuadernos reorganizados, los mensajes son manifestaciones de la presencia de mi Padre. Su conciencia está emergiendo en usted gradualmente. El ritual de la luna nueva solo completará el proceso. Esto es una locura, murmuró Ernesto, aunque parte de él sabía que Lucía decía la verdad. Había sentido esa presencia extraña en su mente.

 Había escuchado la voz de don Federico. Si intenta resistirse, el resultado será doloroso para ambos, advirtió Lucía, repitiendo nuevamente las palabras de la carta. La transferencia parcial ya está en marcha. Si no se completa correctamente, ambas conciencias podrían destruirse mutuamente. Usted terminaría vacío, una cáscara sin mente.

 Ernesto retrocedió hacia la puerta. Necesitaba tiempo para pensar, para encontrar una solución. No participaré en esto. Encontraré una forma de detenerlo. No hay forma de detenerlo, respondió Lucía con una calma inquietante. Solo puede aceptarlo. Tres días, señor Vega. Tres días y todo habrá terminado.

 Ernesto salió de la casa Mendoza con la mente atormentada. Las revelaciones de Lucía reverberaban en su conciencia como el eco de una pesadilla. Don Federico había experimentado con transferencias parciales durante años. Había controlado brevemente su cuerpo en el pasado, haciéndole firmar documentos y realizar acciones que después no recordaba.

 El proceso de transferencia ya había comenzado y la luna nueva en tres días completaría el ritual. ¿Cómo combatir algo así? ¿Cómo luchar contra un enemigo que ya estaba dentro de su mente? En lugar de regresar directamente a su casa, Ernesto se dirigió a la pequeña iglesia del pueblo. No era un hombre particularmente religioso, pero ante lo sobrenatural, la fe parecía un refugio lógico.

 La iglesia estaba vacía a esa hora de la tarde, salvo por el padre Tomás, un sacerdote anciano que había servido a la comunidad de Chilpancingo durante décadas. Ernesto lo encontró limpiando los bancos de madera. Padre Tomás, saludó Ernesto, su voz temblorosa traicionando su agitación interior. El sacerdote levantó la mirada, sus ojos cansados, pero amables, reconociendo inmediatamente al carpintero.

 Ernesto, hijo, hace tiempo que no te veía en misa. ¿Qué te trae por aquí? Ernesto dudó. ¿Cómo explicar lo inexplicable? ¿Cómo hablar de rituales de transferencia de conciencia sin parecer un lunático? Padre, yo necesito consejo. Es sobre algo difícil de creer. El sacerdote asintió con comprensión y señaló hacia el confesionario.

 Algunas conversaciones requieren privacidad, dijo. En la intimidad del confesionario, Ernesto relató su experiencia comenzando por los cuadernos en el ático y culminando con las revelaciones de Lucía. habló de la voz que había escuchado en su mente, de los lapsos en su memoria, de la amenaza inminente que representaba la luna nueva.

 Esperaba incredulidad, incluso condena, pero el padre Tomás escuchó en silencio, interrumpiendo solo ocasionalmente para pedir aclaraciones. Cuando Ernesto terminó su relato, el sacerdote permaneció en silencio durante largo tiempo. Finalmente habló con voz grave. Lo que describe hijo es algo que la Iglesia reconoce, aunque raramente discute abiertamente.

Posesión, transferencia de esencia vital, rituales que manipulan el alma. Estas prácticas existen desde tiempos antiguos. Ernesto sintió un escalofrío. Entonces, ¿cree que es posible que don Federico realmente podría tomar control de mi cuerpo? La historia de la iglesia. Está llena de relatos sobre posesiones y exorcismos, respondió el sacerdote cuidadosamente.

Pero lo que describes es algo más complejo, no una posesión tradicional por un demonio o espíritu, sino un intento deliberado de transferir una conciencia humana a otro cuerpo. ¿Puede ayudarme, Padre? ¿Existe alguna manera de detener este proceso? El sacerdote suspiró pesadamente. La fe es poderosa, Ernesto.

 La oración y los sacramentos pueden fortalecer tu espíritu contra influencias externas. Pero esto esto requiere conocimiento específico que no poseo. La esperanza que Ernesto había albergado comenzó a desvanecerse. Sin embargo, continuó el padre Tomás, conozco a alguien que podría ayudarte. una mujer que vive en las afueras del pueblo, doña Carmen.

 La Iglesia no aprueba oficialmente sus métodos, pero se dice que tiene conocimiento sobre prácticas antiguas, tanto para iniciar como para contrarrestar rituales como el que describes. ¿Una curandera? Preguntó Ernesto. Algo así. Algunos la llaman bruja, otros la consideran una sabia. Lo que es indiscutible es su conocimiento sobre lo oculto.

 El sacerdote garabateó una dirección en un pedazo de papel y se lo entregó a Ernesto. Ve a verla. Pero ten cuidado, hijo. El conocimiento que busca puede ser tan peligroso como el mal que intentas combatir. Ernesto agradeció al sacerdote y salió de la iglesia con el papel firmemente sujeto en su mano. El sol comenzaba a ponerse tiñiendo el cielo de tonos rojos y naranjas que a Ernesto le recordaron inquietantemente la sangre.

 Antes de buscar a doña Carmen, decidió pasar por su casa. Necesitaba ver a su familia, asegurarse de que estaban a salvo y quizás despedirse por si acaso. María lo recibió con una expresión de preocupación. Ernesto, ¿dónde has estado? Los niños preguntaban por ti. Lo siento, María. El trabajo en la casa Mendoza se ha complicado.

 No podía decirle la verdad. No. Aún. Si ella supiera lo que estaba enfrentando, insistiría en acompañarlo, en ayudarlo y eso la pondría en peligro. “¿Has comido? ¿Puedo calentar algo de la comida?” “No tengo hambre”, respondió, aunque no había probado bocado desde la mañana. “Solo necesito descansar un momento.” María lo miró con suspicacia.

 “Estás pálido, Ernesto. Seguro que te encuentras bien, solo cansado.” Mintió. forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos. Pasó la siguiente hora con sus hijos, escuchándolos hablar sobre su día en la escuela, sobre sus juegos y pequeñas preocupaciones. Los observó con una intensidad que no habían conocido antes, como si quisiera grabar cada detalle de sus rostros en su memoria.

 Cuando los niños se fueron a dormir, Ernesto se sentó con María en la pequeña sala. Quería decirle tantas cosas que la amaba. que había sido feliz con ella, que sentía no poder protegerla de lo que estaba por venir. Pero las palabras se atascaban en su garganta. María comenzó finalmente, “si algo me sucediera, ¿de qué hablas, Ernesto?” interrumpió ella alarmada.

 “¿Estás enfermo? ¿Ha pasado algo en el trabajo?” No, no, nada de eso. Solo estoy reflexionando. La vida es frágil, ¿no crees? Nunca sabemos cuánto tiempo tenemos. María tomó sus manos entre las suyas. Me estás asustando, Ernesto. Dime, ¿qué ocurre realment? Ernesto se debatió internamente. Parte de él quería contarle todo, compartir la carga de su terrible situación, pero otra parte era realmente suya o ya era influencia de don Federico, le advertía que mantuviera el secreto, que la protegiera de la verdad. Tengo que resolver algo esta

noche”, dijo finalmente. Es importante. Te prometo que cuando regrese te explicaré todo. María parecía querer protestar, pero algo en la expresión de Ernesto la detuvo. “Ten cuidado”, dijo simplemente besándolo en la mejilla. Ernesto salió de su casa con el corazón pesado. El sol se había puesto completamente y una oscuridad inquietante envolvía las calles del pueblo.

 Siguiendo las indicaciones del padre Tomás, se dirigió hacia las afueras de Chilpancingo, donde las casas se volvían más dispersas y los caminos más difíciles de transitar. La cabaña de Doña Carmen estaba al final de un sendero de tierra casi oculta entre la vegetación. Una tenénue luz amarillenta se filtraba por las ventanas, la única señal de que el lugar estaba habitado.

Ernesto llamó a la puerta que se abrió antes de que su puño tocara la madera por tercera vez. Ante él apareció una mujer mayor, pequeña y encorbada, con el cabello blanco recogido en una trenza que caía sobre su hombro. Sus ojos, sin embargo, brillaban con una vitalidad que desmentía su edad aparente.

 “Te estaba esperando, Ernesto Vega”, dijo la mujer con voz ronca. “Pasa Ernesto sintió un escalofrío. ¿Cómo sabe mi nombre?” La anciana sonríó enigmáticamente. Sé muchas cosas, incluyendo por qué estás aquí. El interior de la cabaña era un espacio único iluminado por velas y lámparas de aceite. Las paredes estaban cubiertas de estanterías con frascos, libros y objetos diversos que Ernesto no pudo identificar.

 En el centro había una mesa redonda de madera oscura con dos sillas dispuestas frente a frente. “Siéntate”, indicó doña Carmen señalando una de las sillas. y cuéntame exactamente qué ha estado haciendo Federico Mendoza. Durante la siguiente hora, Ernesto relató nuevamente su historia, esta vez con más detalle que con el padre Tomás.

 Doña Carmen escuchaba atentamente, asintiendo ocasionalmente, sus ojos nunca abandonando el rostro de Ernesto. “Lo que describes es un ritual antiguo”, dijo finalmente la mujer. “Más antiguo que la iglesia que intentó erradicarlo. Se llama El traspaso en nuestra lengua, aunque tiene muchos nombres en diferentes culturas.

 ¿Es posible? ¿Puede realmente transferirse una conciencia de un cuerpo a otro? Doña Carmen suspiró. No es tan simple como transferir un objeto de un recipiente a otro. Se trata más bien de una fusión, una mezcla de dos esencias. El iniciador, don Federico, en este caso, nunca obtiene control completo. La conciencia original, la tuya, permanece, aunque subordinada si el ritual se completa correctamente.

 ¿Y se puede detener? preguntó Ernesto, la desesperación filtrando en su voz. “Sí”, respondió la anciana, y Ernesto sintió una oleada de alivio, pero no será fácil ni indoloro y requiere un sacrificio. El alivio se evaporó tan rápido como había llegado. ¿Qué tipo de sacrificio? El ritual que Federico inició se basa en una conexión entre ustedes, fortalecida por la repetición de tu nombre y por el vínculo de sangre.

 Para romper esa conexión, debes destruir los objetos que la simbolizan y fortalecen, los cuadernos, murmuró Ernesto, y los objetos personales que coleccionó. Exactamente. Deben ser quemados durante la luna nueva en el mismo lugar donde se realizaría el ritual final, pero eso solo rompe la conexión externa. Para expulsar la presencia que ya se ha infiltrado en tu mente, necesitas un anclaje, algo que te ate firmemente a tu propia identidad.

 un anclaje, algo o alguien que represente lo que eres, lo que te hace ser Ernesto Vega y no Federico Mendoza. Tu familia, quizás, tu trabajo, tus recuerdos más preciados. Ernesto pensó inmediatamente en María y sus hijos, en su taller de carpintería, en la vida que había construido con sus propias manos y el sacrificio, preguntó temiendo la respuesta.

 Los ojos de doña Carmen se oscurecieron. El ritual que Federico inició requiere un sacrificio para completarse. El contrarritual también lo necesita. un sacrificio voluntario de algo preciado para ti. No necesariamente una vida, pero sí algo que valoras profundamente. Ernesto pensó en sus posesiones, en lo que podría sacrificar, su juego de herramientas de carpintero heredado de su abuelo, la pequeña casa que había construido para su familia, el broche de plata que había regalado a María en su boda.

 ¿Cómo sabré qué sacrificar? Lo sabrás cuando llegue el momento, respondió doña Carmen. El sacrificio debe ser espontáneo, sincero, algo que realmente te duela entregar. La anciana se levantó y se dirigió a una de las estanterías. Después de buscar durante unos momentos, regresó con un pequeño frasco de vidrio oscuro.

 Esto te ayudará a mantener tu mente clara durante los próximos días. Tres gotas cada mañana. No detendrá el proceso, pero te permitirá distinguir tus pensamientos de los suyos. Ernesto tomó el frasco, sintiéndose ligeramente reconfortado por tener al menos una herramienta para la lucha que se avecinaba.

 Una última cosa, advirtió doña Carmen. Federico intentará engañarte. Te hará dudar de lo que es real y lo que no. te ofrecerá tentaciones, promesas de poder o conocimiento. No lo escuches. Confía solo en tus recuerdos más preciados, en las personas que amas. Esos son los anclajes que te mantendrán siendo tú mismo. Ernesto agradeció a la anciana y se dispuso a marcharse.

 En la puerta, doña Carmen lo detuvo con una mano arrugada, pero sorprendentemente fuerte. Ten cuidado con la hija Lucía, está tan involucrada en esto como su padre. Quizás más. Con esta última advertencia resonando en sus oídos, Ernesto regresó al pueblo. La noche era oscura, sin luna, y las estrellas parecían distantes y frías. El camino de regreso a su casa le pareció interminable.

 Cada sombra una amenaza, cada sonido un presagio. Al llegar encontró la casa en silencio. María y los niños dormían. se dirigió a su pequeño taller en la parte trasera y encendió una lámpara de aceite. En la penumbra, las herramientas y maderas a medio tallar proyectaban sombras grotescas en las paredes. Sacó el frasco que le había dado doña Carmen y lo contempló, dudando.

 ¿Podía confiar en la anciana? ¿O era esto otra trampa, otro engaño en el elaborado plan de don Federico? No confíes en ella. La voz surgió en su mente clara como si alguien hubiera hablado directamente en su oído. Ernesto se sobresaltó derribando un formón que cayó al suelo con estrépito. Es una charlatana que intenta engañarte.

El ritual no puede detenerse, hijo mío. Ya estamos demasiado conectados. Sal de mi cabeza! Gritó Ernesto sujetándose las cienes con ambas manos. Una risa suave, casi paternal, resonó en su mente. Pero si ya soy parte de ti, Ernesto, parte de nosotros, pronto no distinguirás dónde termino yo y dónde comienzas tú.

 Ernesto destapó el frasco y bebió un trago desesperado, ignorando las instrucciones de doña Carmen sobre la dosis. El líquido era amargo, casi metálico, pero lo tragó sin vacilar. El efecto fue inmediato. La voz se desvaneció y la presencia que había sentido retrocedió como una ola que se retira de la playa. Su mente se aclaró.

 Sus pensamientos volvieron a ser únicamente suyos. Con esta claridad momentánea, Ernesto comenzó a planificar su próximo movimiento. Necesitaba regresar a la casa Mendoza, destruir los cuadernos y los objetos personales durante la luna nueva. Pero Lucía estaría allí vigilante, protegiendo la obra de su padre. Necesitaba ayuda.

 Alguien en quien pudiera confiar, alguien que creyera su historia, por descabellada que fuera. Pensó en su hermano mayor, Javier. que vivía en Ciudad de México. Javier era pragmático, racional, el tipo de persona que normalmente descartaría cualquier historia sobre rituales y transferencias de conciencia, pero también era leal hasta la médula.

 Si Ernesto le pedía ayuda, vendría. Incluso si pensaba que su hermano menor había perdido la razón. Con una decisión tomada, Ernesto regresó silenciosamente a la casa. escribió una breve carta a Javier, explicándole que necesitaba su ayuda urgentemente, que estaba en peligro y que llegaría a Chilpancingo en el tren de la mañana.

 Dejó la carta en el mostrador de la oficina de telégrafos con instrucciones de enviarla al amanecer pagando extra por la urgencia. Luego regresó a su casa y por primera vez en días logró dormir unas horas sin pesadillas. La mañana siguiente amaneció nublada, el cielo cubierto de nubes grises que prometían lluvia. Ernesto tomó las tres gotas del preparado de doña Carmen, como le había indicado, sintiendo inmediatamente la claridad mental que le proporcionaba.

 María notó el cambio en su actitud. “Te ves mejor hoy”, comentó mientras desayunaban. Menos preocupado. Ernesto intentó sonreír con naturalidad. Me siento mejor. Creo que solo estaba cansado. ¿Volverás hoy a la casa Mendoza? Preguntó ella, sirviendo café para ambos. Sí, pero no estaré solo. Le pedí a Javier que viniera a ayudarme con el trabajo.

 Hay mucho que hacer y el plazo se acerca. No era completamente una mentira, aunque el plazo al que se refería no tenía nada que ver con la restauración de la casa. María pareció sorprendida. Javier, no sabía que estaba planeando visitarnos. Dum. Fue una decisión de última hora. Respondió Ernesto vagamente. Llegará en el tren de la mañana.

 Después del desayuno, Ernesto se dirigió a la estación para esperar a su hermano. El tren de Ciudad de México llegó puntualmente a las 10 de la mañana, pero entre los pasajeros que descendieron, Javier no estaba. Ernesto esperó una hora más pensando que quizás su hermano había perdido el tren y tomaría el siguiente. Pero cuando el segundo tren llegó sin señales de Javier, la inquietud comenzó a crecer en su interior.

 Decidió regresar a la oficina de telégrafos para preguntar si habían recibido alguna respuesta. El encargado negó con la cabeza. Lo siento, señor Vega, no ha llegado nada para usted. Ernesto salió de la oficina con una sensación de desasosiego. ¿Por qué no había venido Javier? ¿No había recibido el telegrama? ¿O había algo más siniestro en juego? La respuesta llegó esa misma tarde cuando regresó a la Casa Mendoza para continuar con el trabajo, manteniendo la apariencia de normalidad mientras planeaba su movimiento contra el ritual. Lucía lo recibió en la

entrada, su rostro una máscara de cortesía que no ocultaba completamente la satisfacción en sus ojos. Señor Vega, qué puntual. Ah, por cierto, recibimos un telegrama para usted esta mañana de su hermano Javier, creo. Ernesto sintió que se le helaba la sangre. Un telegrama. ¿Cómo? Al parecer, el encargado de la oficina de telégrafos recordó que usted estaba trabajando aquí y pensó que sería más conveniente enviarlo directamente.

 Lucía le tendió un sobre. ¿Qué considerado, no cree? Con dedos temblorosos, Ernesto abrió el sobre y leyó el breve mensaje. Recibí tu carta. Imposible viajar. Asuntos urgentes en la ciudad. Mantente a salvo. Explicaré todo cuando nos veamos, Javier. La caligrafía era inconfundiblemente la de su hermano, pero algo en el mensaje no encajaba.

Javier nunca pospondría ayudar a su hermano ante una petición urgente, sin importar qué asuntos tuviera en la ciudad. Levantó la mirada hacia Lucía, que lo observaba con una expresión de fingida preocupación. Malas noticias. Mi hermano no podrá venir, respondió Ernesto intentando que su voz sonara normal.

 Qué lástima, habría sido agradable conocerlo. Lucía hizo una pausa calculada, aunque pensándolo bien, ya lo conozco. Su padre lo llevó a la casa Mendoza en Ciudad de México hace unos años, ¿verdad? Un hombre encantador, muy cooperativo. La insinuación era clara. Lucía y don Federico habían llegado hasta Javier de alguna manera.

 Lo habían amenazado, coaccionado o algo peor. Sí, le han hecho daño comenzó Ernesto, la rabia bullendo en su interior. Oh, no, nada de eso interrumpió Lucía con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Solo tuvimos una conversación persuasiva. Su hermano entendió la importancia de no interferir en asuntos familiares. Ernesto se debatió entre la furia y el miedo.

 Sin la ayuda de Javier, sus opciones se reducían dramáticamente. ¿A quién más podía recurrir? ¿Quién más creería su historia y estaría dispuesto a ayudarlo? Ahora, señor Vega”, continuó Lucía, su tono volviéndose más serio, “creo que deberíamos discutir los preparativos para mañana por la noche. La luna nueva requiere ciertos arreglos.

No participaré en su ritual”, declaró Ernesto firmemente. “Encontraré la forma de detenerlo.” Lucía suspiró como si estuviera tratando con un niño terco. “Ya hemos discutido esto. El proceso ya está en marcha. Si intenta resistirse, el resultado será catastrófico para ambos, para usted, para mi padre, incluso para su familia.

 La mención de su familia hizo que Ernesto se tensara, “Deje a mi familia fuera de esto.” “Con gusto”, respondió Lucía suavemente, “Siempre que coopere. De lo contrario, bueno, los accidentes ocurren, especialmente en hogares con niños pequeños. La amenaza, aunque velada, era inconfundible. Ernesto sintió una oleada de odio puro hacia esta mujer que estaba dispuesta a amenazar a niños inocentes por la obsesión enfermiza de su padre.

¿A qué quiere que haga?, preguntó finalmente, su voz apenas un susurro. Mañana por la noche, cuando la luna nueva esté en su apogeo, vendrá al ático solo. Se sentará en el centro del círculo de cuadernos y recitará las palabras que encontrará en el cuaderno rojo, nada más. El resto ocurrirá naturalmente.

 Ernesto asintió lentamente, fingiendo resignación. Y si lo hago, garantiza la seguridad de mi familia. Por supuesto, aseguró Lucía con una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora, pero que a Ernesto le pareció la mueca de un depredador. De hecho, estarán mejor que nunca. Tendrán al nuevo Ernesto, un hombre con la experiencia y sabiduría de mi padre, además de sus propios talentos como carpintero, un hombre con acceso a la fortuna Mendoza.

 Sus hijos tendrán educación, oportunidades que usted jamás podría ofrecerles. Su esposa tendrá seguridad, comodidades. ¿No es eso lo que siempre ha deseado para ellos? Era una trampa tentadora, reconoció Ernesto. La promesa de un futuro mejor para su familia a cambio de qué? su identidad, su alma, su propia existencia diluida en la personalidad dominante de don Federico.

 Lo pensaré”, dijo finalmente, necesitando tiempo para planificar su próximo movimiento. “Excelente”, respondió Lucía complacida. “Ahora si no le importa, hay trabajo que hacer. La casa aún necesita sus habilidades como carpintero, al menos por un día más. El resto de la jornada transcurrió en una niebla de actividad mecánica. Ernesto reparó puertas, restauró marcos de ventanas, trabajó en las escaleras del salón principal.

 Sus manos realizaban las tareas con la precisión nacida de décadas de práctica, mientras su mente bullía con planes y posibilidades. Cuando regresó a su casa esa noche, tomó una decisión. No esperaría pasivamente a que llegara la luna nueva. No se entregaría voluntariamente al ritual, pero tampoco podía simplemente huir con su familia.

 Lucía los encontraría y la amenaza que representaba era demasiado real para ignorarla. No necesitaba enfrentarla en su propio terreno. Necesitaba usar el ritual contra ella misma. Esa noche, después de asegurarse de que María y los niños dormían profundamente, Ernesto regresó a la cabaña de doña Carmen. La anciana lo recibió como si lo estuviera esperando a pesar de la hora tardía.

 “¿Has decidido luchar?”, dijo. Más una afirmación que una pregunta. Sí, confirmó Ernesto, pero necesito saber más sobre el ritual, sobre cómo detenerlo, cómo revertirlo. Doña Carmen lo invitó a entrar y le sirvió una infusión de hierbas amargas. El ritual que Federico planeaba se basa en el principio de transferencia voluntaria.

 La víctima, tú en este caso, debe participar activamente, recitar ciertas palabras, aceptar, aunque sea bajo coacción, la invasión de la otra conciencia. Y si me niego, si no pronuncio las palabras, el ritual fallará. Pero como ya ha comenzado la transferencia parcial, ambas conciencias quedarán atrapadas en un limbo. Tu cuerpo viviría, pero tu mente sería un caos de fragmentos.

 Ni completamente tú ni completamente Federico. Vivirías, pero no como tú mismo. Ernesto bebió un sorbo de la amarga infusión, procesando esta información. Y si pronuncio palabras diferentes, si altero el ritual, los ojos de doña Carmen brillaron con comprensión. Ah, piensas en subvertir el ritual. Es posible, pero extremadamente peligroso.

 El más mínimo error podría resultar en tu destrucción completa. Es un riesgo que debo correr respondió Ernesto con determinación. Lucía ha amenazado a mi familia. No tengo alternativa. La anciana asintió lentamente. En ese caso, necesitarás esto. Se levantó y de un viejo baúl extrajo un libro delgado encuadernado en cuero negro, similar, pero claramente diferente a los cuadernos del ático.

Este libro contiene contrarituales, inversiones de los procedimientos que Federico planeaba usar. Lo escribí hace muchos años cuando cuando tuve que enfrentar una situación similar. Ernesto tomó el libro sintiendo su peso en las manos. Ustedes eso fue en otra vida, interrumpió doña Carmen. Un destello de dolor antiguo en sus ojos.

 Lo importante es que conocía Federico Mendoza y su obsesión con la inmortalidad mucho antes de que tú entraras en escena. He estado esperando este momento, preparándome para él. ¿Por qué no me lo dijo antes? Porque necesitaba estar segura de tu resolución, de que estabas dispuesto a luchar, no solo a huir o rendirte. Ernesto abrió el libro.

 Las páginas estaban cubiertas de símbolos y texto en un idioma que no reconoció, pero intercaladas había secciones en español con instrucciones detalladas. Esto es lo que debes hacer”, explicó doña Carmen señalando un pasaje específico. “Cuando estés en el centro del círculo, en lugar de las palabras que Lucía te indique, recitarás estas.

Cambiarán la dirección del flujo energético. En lugar de permitir que la conciencia de Federico entre en ti, expulsarás los fragmentos que ya han penetrado y funcionará. Me liberaré completamente de su influencia. La anciana dudó antes de responder. Si lo haces correctamente, sí, pero hay un precio.

 Siempre hay un precio por alterar el orden natural de las cosas. El sacrificio del que hablaba antes, recordó Ernesto. Exactamente. Y debe ser algo verdaderamente valioso para ti, algo que represente tu conexión con tu verdadera identidad. Ernesto pensó en sus posesiones, en lo que realmente valoraba, su juego de herramientas, la casa que había construido, los recuerdos familiares.

 Nada parecía suficiente para el tipo de sacrificio que doña Carmen sugería. Como si leyera sus pensamientos, la anciana añadió, “El sacrificio no siempre es un objeto físico, Ernesto. A veces es una parte de ti mismo, un recuerdo preciado, una capacidad, un talento.” Ernesto sintió un escalofrío. Mi habilidad como carpintero, mis memorias.

Eso lo descubrirás en el momento crucial. El ritual mismo te mostrará lo que debes sacrificar. Lo importante es que estés dispuesto a entregarlo, sea lo que sea. Con el libro guardado cuidadosamente bajo su camisa, Ernesto regresó a su casa. La noche era fría y una llovisna persistente había comenzado a caer empapando las calles de Chilpancingo.

Mañana sería la luna nueva. Mañana enfrentaría el ritual que podría destruirlo o salvarlo. Al llegar a casa encontró a María despierta. esperándolo en la cocina con una taza de café frío frente a ella. “¿Dónde estabas?”, preguntó su voz mezclando preocupación y reproche. “Necesitaba consultar algo para el trabajo en la casa Mendoza”, respondió Ernesto, odiándose por las mentiras que se acumulaban entre ellos.

María lo miró largamente, sus ojos oscuros evaluándolo. “¿Estás en problemas, verdad? Algo está pasando, algo que no me estás contando. Ernesto se debatió internamente. ¿Debería contarle la verdad? Exponerla al peligro del conocimiento o mantenerla en la ignorancia por su propia seguridad. Finalmente tomó una decisión.

 Sí, María, estoy en problemas, pero te prometo que mañana todo habrá terminado. Para bien o para mal, mañana será el final. Ella se levantó y lo abrazó fuertemente. No sé qué estás enfrentando, Ernesto, pero confío en ti. Solo recuerda que tienes una familia que te ama, que te necesita. Ernesto la abrazó de vuelta, respirando el familiar aroma de su cabello, sintiendo la calidez de su cuerpo contra el suyo. “Lo sé”, murmuró.

 “Y haré lo que sea necesario para protegerlos”. Esa noche Ernesto no durmió. estudió el libro de doña Carmen a la luz de una vela, memorizando las palabras del contraritual, visualizando cada paso que debería dar durante la luna nueva. Ocasionalmente sentía la presencia de don Federico en su mente, intentando infiltrarse en sus pensamientos, susurrando promesas y amenazas.

 Pero las gotas que doña Carmen le había dado mantenían su mente clara, permitiéndole distinguir sus propios pensamientos de las intrusiones del anciano muerto. Cuando amaneció, Ernesto se sentía exhausto, pero decidido. Hoy sería el día en que enfrentaría su destino, en que lucharía por su alma y su identidad. Hoy bajo la luna nueva, se decidiría si seguiría siendo Ernesto Vega o se convertiría en un recipiente para la conciencia de Federico Mendoza.

 El último día amaneció con una calma inquietante. El cielo sobre Chilpancingo estaba despejado de un azul intenso que contrastaba con la oscuridad que Ernesto sentía crecer en su interior. La presencia de don Federico se hacía más fuerte a medida que se acercaba la noche de la luna nueva, a pesar de las gotas que doña Carmen le había proporcionado.

Ernesto dedicó la mañana a su familia, consciente de que podría ser la última vez que los vería como él mismo. Desayunó con María y los niños, escuchando sus conversaciones con una atención casi dolorosa, grabando cada gesto, cada sonrisa, cada inflexión de sus voces en su memoria. “¿No vas hoy a la casa Mendoza?”, preguntó María mientras lavaban los platos juntos.

 Iré más tarde”, respondió Ernesto. “El trabajo final será esta noche.” María lo miró con una expresión que mezclaba alivio y preocupación. “¿Significa eso que pronto terminarás allí?” “Sí”, confirmó Ernesto forzando una sonrisa. Después de esta noche, todo habrá terminado. Después del desayuno, Ernesto llevó a sus hijos a pescar al pequeño río que corría cerca del pueblo.

 Era una actividad que solían disfrutar juntos, pero que habían descuidado en las últimas semanas debido a su trabajo en la casa Mendoza, mientras observaba a sus hijos jugar en la orilla del río, lanzando piedras al agua y compitiendo por quién conseguía hacerlas rebotar más veces. Ernesto sintió una punzada de angustia.

 ¿Qué pasaría si fallaba esta noche? Si el contraritual no funcionaba como esperaba. ¿Conservarían sus hijos algún recuerdo del verdadero Ernesto? ¿O solo conocerían al impostor que ocuparía su cuerpo? “Papá, mira”, exclamó su hijo menor Miguel, sosteniendo orgullosamente un pez pequeño que había logrado atrapar con sus manos. Lo atrapé yo solo.

Ernesto se arrodilló junto a su hijo, admirando el pez que se retorcía en sus pequeñas manos. Es impresionante, Miguel. Tienes unas manos hábiles como tu padre. ¿Podemos quedárnoslo? Preguntó el niño, sus ojos brillantes de emoción. Es muy pequeño, respondió Ernesto suavemente. Sería mejor devolverlo al río para que crezca y puedas atraparlo cuando sea más grande.

 Miguel pareció considerar la idea frunciendo el ceño con seriedad infantil. Finalmente asintió y con cuidado devolvió el pez al agua. Crece rápido le dijo al pez mientras nadaba alejándose. Volveré a buscarte. La sencillez del momento, la pureza de la conexión con su hijo fortaleció la resolución de Ernesto. Por esto valía la pena luchar.

 Por estos momentos, por estas pequeñas alegrías compartidas, al mediodía regresaron a casa donde María los esperaba con una comida especial. Había preparado mole, el plato favorito de Ernesto, como si intuyera la importancia del día. Es delicioso, María”, comentó Ernesto saboreando cada bocado con intensidad. El mejor mole que has preparado.

 Ella sonrió complacida, pero también ligeramente desconcertada por la emotividad inusual de su marido. Es la misma receta de siempre, Ernesto. Tal vez mis sentidos están más agudos hoy respondió él, intentando mantener un tono ligero. Después de la comida, Ernesto se retiró a su taller. tenía algunas horas antes de dirigirse a la Casa Mendoza y quería dedicarlas a su oficio, a la carpintería que había definido su vida y que ahora, según las insinuaciones de doña Carmen, podría tener que sacrificar.

 Trabajó en un proyecto personal que había estado postergando, una cuna de madera para el bebé que su hermana esperaba. Sus manos se movían con la precisión y seguridad nacidas de años de práctica. tallando, lijando, ensamblando. Cada movimiento era una meditación, cada pieza colocada una afirmación de su identidad.

 Mientras trabajaba, ocasionalmente sentía la presencia de don Federico intentando infiltrarse en sus pensamientos. A diferencia de los días anteriores, ahora podía distinguir claramente las intrusiones ajenas, pensamientos que no le pertenecían, impulsos extraños. fragmentos de recuerdos que no eran suyos.

 “No luches, hijo mío”, susurraba la voz en su mente. “Acepta el regalo que te ofrezco. Mi conocimiento, mi experiencia, mi fortuna, todo será tuyo.” Ernesto ignoró la voz concentrándose en la madera bajo sus manos, en el familiar aroma acerrín, en el peso reconfortante de sus herramientas. A media tarde, cuando el sol comenzaba su descenso hacia el horizonte, Ernesto concluyó su trabajo.

La cuna estaba terminada, una obra de artesanía que representaba lo mejor de sus habilidades como carpintero. La contempló durante unos minutos pasando la mano por la superficie perfectamente lijada, admirando las tallas decorativas que había añadido en los costados. Es hermosa, dijo María desde la puerta del taller, sobresaltando ligeramente a Ernesto. Tu hermana va a amarla.

 Espero que sí, respondió Ernesto, consciente de que podría ser la última pieza que creara con sus propias manos, con su propia mente intacta. María se acercó y apoyó su cabeza en el hombro de Ernesto. Estás extraño últimamente, distante, como si estuvieras preparándote para algo. Ha sido un trabajo difícil, dijo él, odiando las medias verdades que seguía ofreciéndole.

 Pero terminará pronto, te lo prometo. Ella lo miró directamente a los ojos, como buscando algo en ellos. Ten cuidado esta noche, Ernesto. Tengo un mal presentimiento. Lo tendré. prometió besándola suavemente. Volveré a ti, pase lo que pase, encontraré la forma de volver a ti. Cuando el sol comenzaba a ponerse, Ernesto se preparó para partir hacia la casa Mendoza.

 se vistió con ropa limpia, como si se preparara para una ocasión importante. En el bolsillo interior de su chaqueta guardó el libro que doña Carmen le había entregado. En otro bolsillo, el frasco con las gotas que mantenían su mente clara. Antes de salir, abrazó a cada uno de sus hijos, murmurando palabras de afecto y orgullo que los pequeños recibieron con sorpresa ante la inusual demostración de emotividad de su padre.

 “¿Volverás tarde?”, preguntó María mientras lo acompañaba a la puerta. “Es posible”, respondió Ernesto. “No me esperes, despierta.” Ella asintió, pero algo en su expresión sugería que no dormiría hasta que regresara sin importar la hora. Te estaré esperando”, dijo simplemente. El camino hacia la casa Mendoza nunca le había parecido tan largo.

 Las calles de Chilpancingo estaban tranquilas, con pocos transeútes. A esa hora del día a medida que se acercaba a la mansión, Ernesto sentía la presencia de don Federico intensificarse como si el lugar mismo amplificara su influencia. Lucía lo esperaba en la entrada. vestida completamente de negro, como si asistiera a un funeral. Su rostro pálido brillaba con una expectación casi febril.

 “Señor Vega”, saludó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. “O debería decir, “Padre.” Ernesto se tensó ante la familiaridad, pero se obligó a mantener la compostura. “Doña Lucía, estoy aquí como acordamos.” “Excelente.” Ella le hizo un gesto para que entrara. Hemos preparado todo para el ritual.

 Solo faltan unas horas para la luna nueva. El interior de la casa estaba iluminado únicamente con velas, creando un ambiente de penumbra inquietante. Sombras danzaban en las paredes mientras Lucía lo guiaba hacia el salón principal. Tiene hambre, ofreció ella. Hemos preparado una cena ligera. Es importante que esté cómodo para el ritual.

 No, gracias, declinó Ernesto. Lo último que necesitaba era ingerir algo preparado por Lucía. Quién sabe qué podría contener. Prefiero mantener la mente clara. Lucía asintió aparentemente complacida con la respuesta. Muy sensato. La claridad mental es esencial para el proceso. Mientras esperamos, le gustaría ver algo interesante.

 Sin esperar respuesta, Lucía lo condujo a una habitación que Ernesto no había visitado antes, un pequeño estudio contiguo al despacho de don Federico. Las paredes estaban cubiertas de fotografías enmarcadas, todas ellas de Ernesto, en diferentes momentos de su vida. Ernesto sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Había imágenes suyas de niño jugando en las calles de Chilpancingo, de adolescente aprendiendo el oficio de carpintero junto a su abuelo, de joven cortejando a María, fotografías de su boda, del nacimiento de sus hijos, de

momentos cotidianos que él creía privados. Mi padre lo vigiló toda su vida, explicó Lucía, observando su reacción con interés clínico desde el momento en que supo de su existencia cuando su madre trabajaba en nuestra hacienda. Esto es, Ernesto no encontraba palabras para describir la invasión, la violación de su intimidad que representaba esta colección.

 Perturbador quizás, pero también es hermoso a su manera, la dedicación. La paciencia. Mi padre nunca hizo nada a medias tintas. Lucía se acercó a una fotografía particular tomada aparentemente el año anterior. Mostraba a Ernesto, trabajando en su taller, completamente absorto en la talla de una figura de madera. Esta es su favorita.

Dice que captura perfectamente su esencia como artesano. Dice, repitió Ernesto, habla como si su padre aún estuviera vivo. Oh, pero lo está, respondió Lucía, sus ojos brillando con fervor. Parte de él vive en mí, parte de él vive en usted ya. Y esta noche su presencia será completa nuevamente. Ernesto sintió náuseas ante la implicación. Usted también.

 también participó en estos rituales. Por supuesto, soy su hija, su sangre. El vínculo es fuerte, aunque no tan perfecto como el que tiene con usted. He albergado fragmentos de su conciencia desde su muerte física. He sido su ancla en este mundo mientras esperábamos el momento adecuado para la transferencia completa. Esto explicaba muchas cosas.

La extraña intensidad de Lucía, su conocimiento detallado de los planes de su padre, su dedicación a completar el ritual. No era solo lealtad filial, era una extensión de la propia voluntad de don Federico. Y después del ritual, preguntó Ernesto ganando tiempo mientras asimilaba esta nueva información.

 ¿Qué ocurrirá con usted? Continuaré siendo su guía, su apoyo, respondió Lucía. al menos hasta que se adapte completamente a su nueva condición. Después, quién sabe, tal vez busquemos otro recipiente para mí. La vida es tan breve en un solo cuerpo, ¿no cree? La casual mención de perpetuar este ciclo monstruoso, de buscar nuevas víctimas para su retorcido concepto de inmortalidad, fortaleció la resolución de Ernesto.

 Esto no era solo sobre él, sobre su identidad o su familia, era sobre detener algo fundamentalmente perverso. Las horas pasaron con una lentitud agónica. Ernesto permaneció en el salón principal rechazando los repetidos ofrecimientos de comida y bebida de Lucía. Aprovechando un momento en que ella se ausentó, extrajo el frasco de doña Carmen y tomó unas gotas adicionales, sintiendo inmediatamente cómo su mente se aclaraba.

 Finalmente, poco antes de la medianoche, Lucía regresó vestida con una túnica negra que le daba un aspecto aún más siniestro. Es la hora, anunció. La luna nueva está en su apogeo. El momento de la transferencia ha llegado. Con una mezcla de temor y determinación, Ernesto la siguió escaleras arriba hacia el ático.

 Cada paso lo acercaba al momento crucial, al enfrentamiento que decidiría su destino. El ático había sido transformado. Las estanterías habían sido retiradas para crear más espacio. Los cuadernos, cientos de ellos, formaban ahora un círculo perfecto en el centro de la habitación. En medio del círculo habían colocado una silla de madera tallada, similar a un trono con símbolos extraños grabados en los reposabrazos y el respaldo.

Alrededor del círculo de cuadernos ardían 12 velas negras, su luz vacilante proyectando sombras danzantes en las paredes inclinadas. El aire olía a incienso, a cera derretida y a algo más que Ernesto no pudo identificar, algo metálico y desagradable. “Siéntese”, indicó Lucía señalando la silla en el centro del círculo.

 Ernesto avanzó cautelosamente, sintiendo como la presencia de don Federico se intensificaba con cada paso que daba hacia el centro. Al cruzar el límite formado por los cuadernos, sintió como si atravesara una barrera invisible, una membrana que separaba el mundo normal de algo otro. Se sentó en la silla que resultó sorprendentemente cómoda, como si hubiera sido diseñada específicamente para su cuerpo.

 Sus manos descansaron naturalmente sobre los reposabrazos, donde podía sentir los extraños símbolos tallados bajo sus dedos. Lucía permaneció fuera del círculo observándolo con una expresión de anticipación casi religiosa. El cuaderno rojo está a sus pies, indicó. Cuando le dé la señal, lo abrirá y leerá en voz alta las palabras marcadas.

 No se detenga, no vacile, sin importar lo que sienta o vea durante el proceso. ¿Entendido? Ernesto asintió fingiendo su misión mientras mentalmente repasaba las palabras del contraritual que había memorizado del libro de doña Carmen. Lucía comenzó a moverse alrededor del círculo, encendiendo pequeños cuencos de lo que parecía ser incienso o algún tipo de hierba.

 A medida que el humo se elevaba, recitaba palabras en un idioma que Ernesto no reconoció, aunque algunas sílabas resonaban con una familiaridad inquietante en su mente, como si la parte de don Federico en él las comprendiera. El humo se hizo más denso, formando patrones extraños en el aire, figuras que parecían rostros o manos que se estiraban hacia Ernesto antes de disiparse.

 La temperatura en el ático comenzó a descender notablemente hasta el punto que Ernesto podía ver su propio aliento condensarse frente a él. “La barrera entre los mundos se adelgaza”, anunció Lucía con voz reverente. “El camino se abre. Es el momento, señor Vega. Abra el cuaderno y comience la lectura.” Ah, con manos que se esforzaba por mantener firmes, Ernesto se inclinó y recogió el cuaderno rojo a sus pies.

 Lo abrió en la página marcada donde un texto en latín había sido cuidadosamente transcrito con notas en español indicando la pronunciación correcta. Lea, urgió Lucía. Lea ahora. Ernesto tomó una respiración profunda y comenzó a recitar, pero no las palabras del cuaderno rojo, sino las del contraritual que había memorizado del libro de Doña Carmen.

 Por la sangre que compartimos, por el vínculo forzado, rechazo la invasión no deseada. Retorno lo robado a su origen, libero mi mente de presencias ajenas. Lo que fue tomado sin permiso debe ser devuelto. El efecto fue inmediato y dramático. Un viento furioso se levantó dentro del ático, aunque ninguna ventana estaba abierta. Los cuadernos del círculo comenzaron a agitarse, sus páginas revoloteando como alas de pájaros asustados.

 “¡No!”, gritó Lucía, su rostro contorsionado por la rabia y el miedo. “Esas no son las palabras. Detente, intentó avanzar hacia el círculo, pero una fuerza invisible parecía impedírselo. Golpeó con los puños lo que parecía ser una barrera invisible, su rostro cada vez más desesperado. Ernesto continuó con el contraitual, su voz ganando fuerza a medida que avanzaba.

 Por la luz que separa la verdad del engaño, por el fuego que purifica lo corrupto, rechazo la oferta de poder inmerecido. Mi identidad permanece intacta, mi voluntad inquebrantable. Un dolor agudo comenzó a crecer en su cabeza, como si algo dentro de su cráneo intentara aferrarse desesperadamente, resistiendo la expulsión.

 La voz de don Federico, ya no un susurro, sino un grito agonizante, resonó en su mente. Traidor, ingrato, te ofrecí un regalo invaluable y lo rechazas. No puedes expulsarme. Ya somos uno. Ernesto ignoró el dolor y la voz, concentrándose en las palabras finales del contraritual. Ofrezco voluntariamente el sacrificio requerido, la conexión que define mi ser para sellar este rechazo y asegurar mi liberación.

 En ese momento, el mundo pareció detenerse. El viento cesó. Los cuadernos quedaron inmóviles en el aire. Incluso el humo se congeló en patrones imposibles. Ernesto se encontró en un espacio mental separado del ático físico donde solo existían él y una presencia que sabía era don Federico. La presencia no tenía forma definida, era más bien una sensación, una conciencia que Ernesto percibía como ajena pero familiar al mismo tiempo.

 “Has llegado tan lejos”, dijo la presencia. ya no amenazante, sino casi resignada. Pero entiende realmente el sacrificio que se requiere. ¿Estás dispuesto a entregar lo que más valoras? ¿Qué debo sacrificar? Preguntó Ernesto, aunque en el fondo ya conocía la respuesta. Tu don, respondió la presencia, tu habilidad como carpintero, el talento que define tu identidad, que te conecta con tu pasado y tu futuro.

 La habilidad que habrías pasado a tus hijos como tu abuelo te la pasó a ti. Ernesto sintió un dolor profundo ante la perspectiva. Su carpintería no era solo un oficio para él. era parte de su ser, de cómo se definía a sí mismo, de cómo conectaba con el mundo. ¿Por qué eso? ¿Por qué no otra cosa? Porque es lo que nos une, explicó la presencia, mi propia habilidad como artesano, antes de heredar la fortuna familiar, la conexión que permitió que la transferencia comenzara.

 Sin ella el vínculo se rompe completamente. Ernesto consideró la elección ante él. Perder su identidad y convertirse en un recipiente para don Federico o conservar su ser a costa de la habilidad que amaba, que le daba propósito y sustento. “No me estás quitando nada que no pueda dar voluntariamente”, declaró finalmente. “Acepto el sacrificio.

 Mi identidad vale más que mi habilidad. La presencia pareció encogerse, debilitarse. Has elegido entonces que así sea. El mundo volvió a la normalidad con una violencia repentina. El viento se intensificó hasta convertirse en un vendaval que arrancó los cuadernos del suelo lanzándolos contra las paredes. Las velas se apagaron simultáneamente, sumiendo el ático en una oscuridad completa por un instante, antes de que una luz intensa, casi cegadora, emanara del propio cuerpo de Ernesto.

 sintió como si algo fuera arrancado de su interior, una parte de él que se separaba dolorosamente, dejando un vacío que sabía nunca se llenaría. Sus manos, esas manos hábiles que habían creado tantas obras hermosas, se entumecieron momentáneamente antes de volver a la normalidad, pero ahora sentía que eran solo eso, manos normales, sin el talento especial que las había guiado durante toda su vida.

La luz se desvaneció gradualmente, dejando el ático en penumbra. Los cuadernos esparcidos por todas partes comenzaron a arder espontáneamente, pequeñas llamas que se extendían de uno a otro como si siguieran un rastro invisible. Lucía, que había sido arrojada contra una de las paredes por la fuerza del vendaval, se incorporó lentamente.

 Su rostro una máscara de incredulidad y horror. “¿Qué has hecho?”, preguntó su voz quebrada. “¿Qué has hecho?” Lo que debía hacer”, respondió Ernesto, sintiéndose extrañamente en paz a pesar del caos a su alrededor. “He rechazado la transferencia. He expulsado a tu padre de mi mente. ¡Imposible!”, gritó Lucía, aunque su expresión traicionaba que sabía que era verdad.

 El vínculo era demasiado fuerte, la preparación demasiado meticulosa. Ninguna preparación puede superar la voluntad de un hombre decidido a conservar su identidad, declaró Ernesto poniéndose de pie. Tu padre ha partido, Lucía, esta vez para siempre. El fuego se extendía rápidamente, consumiendo los cuadernos, el retrato, los objetos personales que don Federico había recolectado.

 El humo comenzaba a llenar el ático, haciendo el aire difícil de respirar. “Lo has destruido todo”, acusó Lucía, lágrimas de rabia corriendo por sus mejillas. décadas de preparación, de estudio, de sacrificio. Era nuestra oportunidad de trascender, de vencer a la muerte misma. La muerte no se vence robando la vida de otros, respondió Ernesto.

 Lo que tu padre intentó no era trascendencia, era parasitismo. El fuego había alcanzado las paredes, las vigas del techo. El ático entero ardía ahora el calor intensificándose a cada segundo. “Tenemos que salir de aquí”, gritó Ernesto avanzando hacia Lucía con la intención de ayudarla a escapar. Ella retrocedió. su rostro transformado por el odio.

 No, si mi padre no puede vivir, yo tampoco quiero hacerlo y tú tampoco vivirás. Con un movimiento sorprendentemente rápido, Lucía extrajo algo de entre los pliegues de su túnica, un cuchillo, su hoja brillando con reflejos rojizos a la luz del fuego. Se abalanzó sobre Ernesto, el arma apuntando directamente a su corazón.

 Años de trabajo físico como carpintero habían dotado a Ernesto de reflejos rápidos y fuerza considerable. Logró esquivar parcialmente el ataque, aunque la hoja le rozó el costado, abriendo un corte que inmediatamente comenzó a sangrar. “¡Lucía, detente!”, gritó intentando agarrar sus muñecas. “El fuego se está extendiendo. Moriremos ambos si no salimos ahora.

” Pero ella estaba más allá de la razón. con un grito animal, volvió a atacar. Esta vez Ernesto logró sujetar su brazo desviando el cuchillo. En el forcejeo, ambos cayeron al suelo, rodando entre cuadernos en llamas y escombros ardientes. Ernesto sentía que el humo le llenaba los pulmones, dificultándole la respiración.

 La herida en su costado pulsaba dolorosamente, pero sabía que debía sobrevivir, que debía regresar con su familia. Con un esfuerzo supremo, logró despojar a Lucía del cuchillo, arrojándolo lejos. La sujetó firmemente, inmovilizándola. “Lucía, reacciona. Podemos salir ambos. Aún estás a tiempo. Por un momento, pareció que sus palabras habían penetrado la locura de la mujer.

 Sus ojos se aclararon ligeramente, el freneesí dando paso a una lucidez momentánea. ¿Cómo?, preguntó su voz súbitamente pequeña, casi infantil. “¿Cómo supiste contrarrestar el ritual?” “Tuve ayuda”, respondió Ernesto aflojando ligeramente su agarre. alguien que conocía a tu padre y sus planes. Doña Carmen, murmuró Lucía, una chispa de reconocimiento en sus ojos.

 La bruja del pueblo. Mi padre la mencionaba a veces. Ernesto asintió. Ella me dio las herramientas para luchar. Lucía pareció considerar esto durante un momento antes de que una sonrisa triste se formara en sus labios. Entonces, supongo que todo esto estaba predestinado. De alguna manera, antes de que Ernesto pudiera responder, una viga ardiente se desprendió del techo cayendo entre ellos.

 El impacto lo separó, lanzando a Ernesto contra una pared y a Lucía hacia el otro extremo del ático. Cuando Ernesto logró levantarse, vio con horror que Lucía estaba atrapada bajo la viga, las llamas lamiendo su túnica. intentó avanzar hacia ella, pero una barrera de fuego se había formado entre ambos, imposible de atravesar.

 “Lucía!” gritó intentando hacerse oír sobre el rugido del fuego. “Resiste, buscaré ayuda.” Pero ella negó con la cabeza una extraña calma en su rostro, a pesar de las llamas que comenzaban a consumir su cuerpo. “Es mejor así”, dijo. Su voz sorprendentemente clara. Sin mi padre no queda nada para mí. Vete, Ernesto Vega. Vive tu vida. La ganaste justamente.

Ernesto dudó. El instinto de ayudar luchando contra la realidad de la situación imposible. El fuego se extendía rápidamente. El humo hacía casi imposible ver o respirar. Quedarse significaría una muerte segura, sin posibilidad de salvar a Lucía. “Lo siento”, murmuró. aunque dudaba que ella pudiera oírlo.

 Sobre el estruendo del fuego devorando la casa. Con el corazón pesado, Ernesto se dirigió hacia la puerta del ático. Cada paso era un esfuerzo, el humo y el calor aplastantes. La herida en su costado sangraba profusamente, debilitándolo. Al alcanzar la puerta, echó una última mirada hacia donde había visto a Lucía por última vez.

 Las llamas habían formado una cortina impenetrable, ocultando completamente esa sección del ático. Podía escuchar el crujido de la madera, el colapso inminente de la estructura. Bajó las escaleras tropezando, luchando por mantenerse consciente mientras el humo llenaba sus pulmones. La casa entera parecía estar en llamas ahora. El fuego extendiéndose con una voracidad sobrenatural.

 Cuando finalmente alcanzó la puerta principal, sus piernas apenas lo sostenían. Con un último esfuerzo logró abrirla y salir al aire fresco de la noche. A una distancia segura de la casa en llamas, Ernesto se derrumbó en el suelo. Su cuerpo agotado por la lucha y la pérdida de sangre. El cielo sobre él estaba despejado, las estrellas brillando con una claridad cristalina, indiferentes al drama humano que se desarrollaba bajo ellas.

 Desde su posición podía ver la casa Mendoza ardiendo, las llamas elevándose hacia el cielo nocturno, iluminando Chilpancingo con un resplandor rojizo. Podía escuchar gritos distantes, gente del pueblo que se acercaba alertada por el incendio. Pero más que el fuego, más que el dolor de su herida, más que el agotamiento físico, Ernesto sentía la ausencia en su interior, el vacío donde antes había estado su don, su habilidad como carpintero.

 Intentó visualizar el proceso de tallar madera, de crear algo hermoso a partir de un bloque informe. Pero donde antes había un conocimiento intuitivo, una conexión casi mística con el material, ahora solo había un entendimiento técnico desprovisto de la chispa especial que había hecho de él un artesano excepcional. El sacrificio había sido real y profundo, pero también lo era su libertad.

 La presencia de don Federico se había desvanecido completamente de su mente. Era nuevamente solo Ernesto Vega, dueño único de sus pensamientos y acciones. Cerró los ojos, permitiéndose un momento de descanso antes de intentar levantarse. Necesitaba regresar a su casa, a María y los niños. Necesitaba comenzar a reconstruir su vida sin la habilidad que la había definido hasta ahora.

sintió manos que lo sujetaban, voces preocupadas. Abrió los ojos para encontrar a varios vecinos a su alrededor, entre ellos el padre Tomás. “Ernesto, ¿puedes oírme?”, preguntaba el sacerdote, su rostro arrugado, tenso, de preocupación. “¿Qué ha pasado? ¿Estás herido?” Estoy bien”, logró responder, aunque la herida en su costado sugería lo contrario.

 El fuego comenzó en el ático. No pude, no pude salvar a Lucía. El sacerdote hizo la señal de la cruz. Que Dios tenga misericordia de su alma. Pero ahora debemos ocuparnos de ti. Estás sangrando. Con ayuda de los vecinos, Ernesto fue trasladado a la iglesia donde el padre Tomás, que tenía ciertos conocimientos médicos, atendió su herida.

 Era profunda, pero no mortal, y con los cuidados adecuados sanaría sin complicaciones. ¿Qué ocurrió realmente allí dentro?, preguntó el sacerdote mientras vendaba el costado de Ernesto. El ritual lo detuve, respondió Ernesto débilmente, usando el contraritual de doña Carmen, pero el precio fue alto. El padre Tomás asintió, comprendió, “Los dones que poseemos nunca son realmente nuestros, Ernesto.

 Son préstamos que debemos usar sabiamente y a veces devolver. Mi carpintería era parte de mí. Y siempre lo será, aunque de manera diferente. La habilidad técnica permanece, ¿no es así? Puedes seguir construyendo, reparando, quizás no con la misma inspiración, pero aún con las manos que Dios te dio. Ernesto consideró estas palabras encontrando cierto consuelo en ellas.

Sí, había perdido algo precioso, pero había ganado algo igualmente valioso, su libertad, su identidad intacta. Cuando amaneció, Ernesto se sentía lo suficientemente fuerte para regresar a casa. El padre Tomás insistió en acompañarlo, preocupado por su estado debilitado. María los esperaba en la puerta, su rostro pálido de preocupación.

 Había escuchado sobre el incendio en la casa Mendoza, pero nadie había podido decirle si Ernesto estaba a salvo. “Ernesto”, exclamó corriendo hacia él, deteniéndose al ver su estado y el vendaje visible bajo la camisa rasgada. “¿Qué ha pasado? ¿Estás herido?” “Estoy bien, María”, respondió Ernesto, abrazándola con cuidado para no presionar su herida. “Todo ha terminado.

Estoy en casa ahora.” Los niños salieron también, sus ojos grandes de curiosidad y preocupación al ver a su padre herido. “Papá, ¿qué te pasó?”, preguntó Miguel, su voz pequeña y asustada. Ernesto se arrodilló, ignorando el dolor punzante en su costado para abrazar a sus hijos. Tuve un accidente en el trabajo, pero estoy bien y ahora estaré en casa más tiempo con ustedes dentro de la casa, mientras María preparaba té y el padre Tomás se despedía prometiendo volver a revisar la herida más tarde, Ernesto se sentó en la pequeña sala contemplando

sus manos. Esas manos que tanto habían creado, que ahora se sentían diferentes, no inútiles, pero cambiadas. María se sentó junto a él ofreciéndole una taza de té caliente. Hay algo diferente en ti, observó. No solo la herida, algo más profundo. Ernesto asintió sabiendo que debía la verdad a su esposa.

 Lentamente, con pausas ocasionales para organizar sus pensamientos, le contó todo. Los cuadernos en el ático, la obsesión de don Federico, el intento de transferencia de conciencia, la lucha final, el sacrificio. María escuchó sin interrumpir su expresión pasando de la incredulidad inicial a la comprensión, luego al horror y, finalmente, a una aceptación sobria.

 ¿Y ahora? preguntó cuando Ernesto terminó su relato. “Ya no puedes.” “Técnicamente aún puedo trabajar la madera”, explicó Ernesto. Conozco las técnicas, los procesos, pero la chispa, la conexión especial que tenía, eso se ha ido. Era el precio que debía pagar para liberarme. María tomó sus manos entre las suyas, observándolas con atención.

 Estas manos han creado tantas cosas hermosas. Ernesto, y seguirán haciéndolo de una manera u otra. Encontraremos juntos un nuevo camino. Ernesto sintió una oleada de gratitud ante la comprensión y apoyo de su esposa. Tendremos que empezar de nuevo. Quizás ya no pueda ser carpintero, al menos no del mismo nivel que antes.

 Siempre hay opciones, respondió María con firmeza. Tienes conocimientos que puedes enseñar a otros. O podríamos considerar ese terreno en las afueras que siempre te ha gustado comenzar un pequeño cultivo estarías dispuesta a cambiar toda nuestra vida, Ernesto dijo María, su voz suave pero decidida, casi te pierdo anoche, no por un accidente, sino por algo inconcebible.

 Lo que importa es que estás aquí, que sigues siendo tú. El resto lo resolveremos juntos. En ese momento, los niños entraron corriendo a la sala, ajenos al profundo intercambio que acababa de tener lugar. Miguel sostenía un pequeño trozo de madera y un cuchillo para tallar que Ernesto le había regalado en su último cumpleaños.

 “Papá, ¿puedes enseñarme cómo hacer un caballo como el que hiciste para Navidad?”, preguntó el niño, sus ojos brillantes de expectativa. Ernesto sintió un nudo en la garganta. Quería decir que ya no podía, que había perdido ese don especial. Pero al mirar el rostro esperanzado de su hijo, comprendió algo importante.

 Aunque su conexión especial con la madera se había ido, su conocimiento permanecía, y más importante aún, permanecía su capacidad de transmitir ese conocimiento, de inspirar a otros, de enseñar lo que había aprendido a lo largo de una vida dedicada al oficio. Por supuesto, Miguel”, respondió tomando el trozo de madera y el cuchillo.

 “Te enseñaré todo lo que sé.” Mientras comenzaba a explicar a su hijo los conceptos básicos de la talla, Ernesto sintió una paz que no había experimentado en mucho tiempo. Había perdido algo valioso, sí, pero había ganado algo igualmente importante, la certeza de su propia identidad, la libertad de ser completamente él mismo y la oportunidad de pasar su conocimiento a la siguiente generación.

 La casa Mendoza había ardido hasta los cimientos, llevándose consigo los oscuros secretos de don Federico. Lucía había perecido en el incendio, atrapada no solo por las llamas, sino por su propia obsesión con los planes de su padre. En las semanas y meses que siguieron, Ernesto y su familia efectivamente comenzaron una nueva vida.

vendieron su casa en Chilpancingo y compraron una pequeña parcela en las afueras, donde establecieron un modesto cultivo. Ernesto también comenzó a enseñar carpintería en el pueblo vecino, descubriendo una nueva vocación en la enseñanza que, si bien no reemplazaba completamente su anterior conexión con la madera, le proporcionaba una satisfacción diferente, pero genuina.

 A veces, en sueños, Ernesto aún veía el ático lleno de cuadernos con su nombre repetido infinitamente, pero ya no sentía miedo. La pesadilla había terminado. Don Federico Mendoza y sus ambiciones de inmortalidad habían sido reducidos a cenizas. Y Ernesto Vega, aunque cambiado por la experiencia, seguía siendo él mismo, dueño único de su mente y su destino.

 Y mientras enseñaba a sus hijos y a sus alumnos los secretos de la madera, compartiendo el conocimiento acumulado a lo largo de una vida, descubría una nueva forma de creación, no a través de sus propias manos, sino a través de las manos de aquellos a quienes instruía. Sus estudiantes creaban piezas que mostraban destellos de esa chispa especial que él había perdido.

 Y en esa continuidad, en esa transmisión del conocimiento y la pasión, Ernesto encontró una forma diferente de inmortalidad, una que no robaba la identidad de otros, sino que la nutría y la elevaba. era, reflexionaba a menudo, la única forma verdadera de trascendencia, vivir no en la usurpación de otras vidas, sino en el impacto positivo que dejamos en ellas. M.