(1942, México) La abuela rezaba a una figura sin nombre… y la familia comenzó a descomponerse viva 

El aire de Oaxaca se sentía pesado aquella tarde de noviembre de 1942. Dolores Aguirre observaba desde el patio trasero como su abuela, doña Concepción, se arrodillaba frente a un pequeño altar improvisado en la esquina más oscura del jardín. No era la Virgen de Guadalupe, ni ningún santo reconocible lo que adornaba aquel rincón.

 Era algo diferente, una figura tallada en madera oscura que Dolores nunca había visto en ninguna iglesia. “Abuela, ¿qué haces?”, preguntó Dolores acercándose con cautela. “Doña Concepción, una mujer de 70 años con el rostro marcado por arrugas profundas como surcos en la tierra seca, se sobresaltó. Sus ojos, normalmente dulces, mostraron un destello de algo que Dolores no supo identificar.

Miedo, culpa. Nada que te importe, niña. Vuelve a la casa respondió la anciana con una voz que no parecía la suya. Dolores tenía 17 años. Estaba a punto de casarse con Ernesto Vega, hijo de uno de los comerciantes más prósperos de la región. Su familia no era rica, pero su padre Javier Aguirre había logrado mantener una pequeña tienda de abarrotes que les permitía vivir con cierta comodidad, algo poco común en aquellos tiempos de incertidumbre tras la revolución.

 La casa de los Aguirre era modesta, pero espaciosa, tres habitaciones, un comedor amplio, cocina y un patio trasero donde doña Concepción cultivaba hierbas medicinales. La abuela había llegado a vivir con ellos hacía 6 meses después de que su esposo falleciera en circunstancias que nadie mencionaba. “Dolores, la cena está lista.

” La voz de su madre, Carmen, la llamaba desde la cocina. Antes de entrar, Dolores echó un último vistazo al altar. La figura parecía observarla, aunque no tenía ojos definidos, solo dos hendiduras oscuras en lo que debería ser un rostro humano. En la mesa, su padre leía el periódico, mientras su hermano menor, Miguel, de 12 años, jugaba con una pequeña figura de madera que él mismo había tallado.

 ¿Dónde está la abuela?, preguntó Carmen colocando una olla. de pozole en el centro de la mesa. Está rezando respondió Dolores sin mencionar la extraña figura. Javier bajó el periódico y miró a su hija con expresión seria. Rezando, ¿a quién? Dolores se encogió de hombros, incómoda por la intensidad de la mirada de su padre.

Deberíamos dejarla en paz”, intervino Carmen. Ha sufrido mucho este año. Javier no pareció convencido, pero volvió a su periódico, mientras no traiga problemas a esta casa. La cena transcurrió con normalidad, aunque doña Concepción nunca apareció. Después de comer, cuando todos se preparaban para dormir, Dolores escuchó un murmullo proveniente del patio.

 Se asomó por la ventana de su habitación y vio a su abuela, todavía arrodillada frente al altar, susurrando palabras en un idioma que no reconoció. No era español ni zpoteco como el que hablaban algunos vecinos del pueblo. Esa noche, Dolores soñó con la figura sin nombre. En sueño, la estatuilla crecía hasta alcanzar el tamaño de un hombre, pero seguía siendo de madera, con aquellas hendiduras por ojos que parecían mirar directamente dentro de ella.

 Le hablaba en el mismo idioma extraño que había escuchado de los labios de su abuela. Y aunque no entendía las palabras, sentía que le estaba haciendo una promesa, una promesa terrible. El primer signo de que algo andaba mal llegó tres días después. Miguel despertó gritando en medio de la noche. Cuando toda la familia acudió a su habitación, el niño estaba sentado en la cama con los ojos abiertos de par en par, señalando hacia la esquina vacía de su cuarto. Está ahí.

 La figura sin ojos está ahí. Carmen abrazó a su hijo intentando calmarlo. No hay nada, mi amor. Solo fue una pesadilla. Pero Dolores notó que su abuela permanecía en la puerta sin acercarse con una expresión indescifrable en su rostro arrugado. A la mañana siguiente, Miguel no quiso desayunar. Tenía ojeras profundas y su piel, normalmente tostada por el sol, mostraba una palidez enfermiza.

 “No tengo hambre”, dijo cuando su madre insistió. “Necesitas comer para crecer fuerte”, le recordó Carmen preocupada. “¿Para qué si igual nos vamos a descomponer?” La frase pronunciada con una voz monótona que no parecía la de Miguel el heló la sangre de todos los presentes. Todos, excepto doña Concepción, que continuó comiendo sus tortillas como si nada extraño hubiera ocurrido.

 Ese mismo día, Ernesto visitó la casa para hablar con Javier sobre los preparativos de la boda. Dolores los observaba desde la cocina, donde ayudaba a su madre a preparar café. Hay algo diferente en ti, Dolores, comentó Ernesto cuando finalmente pudieron hablar a solas en el patio. Tus ojos pareces cansada. Dolores quiso contarle sobre la figura sin nombre, sobre los extraños rezos de su abuela y las pesadillas de Miguel, pero algo la detuvo.

 En lugar de eso, desvió la mirada hacia el altar en la esquina del jardín. Para su sorpresa, la figura ya no estaba allí. No es nada, mintió, solo los nervios por la boda. Ernesto sonríó, pero su sonrisa no llegó a sus ojos. Mi madre está ansiosa por conocer a tu abuela. Dice que nunca la ha visto en la iglesia.

 La abuela tiene sus propias formas de rezar, respondió Dolores, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Esa noche, mientras todos dormían, Dolores decidió buscar la figura. Si su abuela la había escondido, debía tener una razón. Quizás si la encontraba podría entender qué estaba pasando con su familia. Con una vela en la mano, revisó primero la habitación de doña Concepción.

 La anciana dormía profundamente, o al menos eso parecía. Su respiración era tan leve que Dolores tuvo que acercarse para asegurarse de que seguía viva. No encontró nada inusual hasta que miró debajo de la cama. Allí, envuelta en un reboso viejo, estaba la figura. La tomó con cuidado y la acercó a la luz de la vela. Era más pesada de lo que parecía, tallada en una madera tan oscura que parecía absorber la luz.

 Su forma era vagamente humana, pero distorsionada, como si quien la hubiera tallado no estuviera seguro de cómo era un ser humano. Y aquellas hendiduras por ojos, dolores, sintió que la observaban, que sabían exactamente quién era ella y qué estaba haciendo. Devuélvela. La voz de su abuela la sobresaltó tanto que casi deja caer la figura.

 Doña Concepción estaba sentada en la cama, completamente despierta, con los ojos fijos en la estatuilla. ¿Qué es esto, abuela? ¿A quién le rezas? La anciana se levantó con una agilidad sorprendente para su edad y arrebató la figura de las manos de Dolores. No es un quién, niña tonta, es un qué. Y no le rezo, le pido. Hay una diferencia.

 ¿Qué le pides? Doña Concepción acarició la figura con una ternura perturbadora, como quien acaricia a un amante. Protección, venganza, justicia, depende del día. Venganza contra quién. La anciana sonríó. Una sonrisa que transformó su rostro en una máscara grotesca. Contra los que deben pagar. Tu abuelo fue el primero.

 Dolores retrocedió horrorizada. ¿Qué estás diciendo? El abuelo murió de fiebre. Eso es lo que todos creen. La fiebre fue solo el comienzo. Se descompuso desde dentro, igual que todos lo harán. ¿Todos? ¿Quiénes? La sonrisa de doña Concepción se ensanchó. Los que llevan mi sangre, los que heredarán mi maldición.

 El día amaneció nublado como si el cielo mismo presintiera la desgracia que se cernía sobre la familia Aguirre. Miguel no se levantó para ir a la escuela. Carmen encontró a su hijo en la cama ardiendo de fiebre. “Javier, el niño está enfermo”, gritó mientras colocaba paños húmedos sobre la frente de Miguel. Dolores observaba desde la puerta, recordando las palabras de su abuela.

 Se descompuso desde dentro, igual que todos lo harán. El doctor Ramírez, un hombre joven que había estudiado en la ciudad de México, llegó una hora después. Examinó a Miguel con cuidado, tomando su temperatura y revisando su garganta y oídos. Parece una infección, diagnosticó finalmente. Le recetaré algunos medicamentos, pero si la fiebre no baja en dos días, deberán llevarlo al hospital en la ciudad.

 Mientras el doctor hablaba con sus padres en la sala, Dolores notó que doña Concepción permanecía en su habitación, susurrando de nuevo a la figura sin nombre. “¿Esto es obra tuya, abuela?”, preguntó Dolores desde la puerta. La anciana la miró con aquellos ojos que ya no parecían humanos. “Es el comienzo, niña, solo el comienzo. ¿Por qué nos haces esto? Somos tu familia.

” Familia. escupió la palabra como si fuera veneno. ¿Sabes lo que tu abuelo me hizo? Lo que tu padre permitió. Dolores negó con la cabeza confundida. Tu abuelo Roberto me encontró en un pueblo pequeño cerca de Veracruz. Yo tenía 15 años. Era hija de una curandera. Él me prometió una vida mejor.

 Me trajo aquí y me convirtió en su esposa. Pero nunca fui más que su sirvienta, su esclava. Y cuando intenté escapar, me golpeó tan fuerte que perdí al bebé que esperaba. Dolores. Sintió que le faltaba el aire. No sabía, nadie lo sabía. Y cuando finalmente encontré esta figura enterrada bajo un árbol centenario, comprendí que tenía poder, el poder de hacer justicia.

 ¿Qué le hiciste al abuelo? La sonrisa de doña Concepción era aterradora. Le pedía la figura que lo pudriera desde dentro, que cada órgano, cada hueso, cada gota de sangre se descompusiera mientras él seguía vivo, sintiendo cada momento del proceso. Un escalofrío recorrió el cuerpo de dolores. Y ahora, Miguel, todos los que llevan la sangre de Roberto deben pagar, incluso los inocentes.

 Pero yo también llevo su sangre y tú eres mi abuela. No por elección. respondió la anciana. La figura no hace distinciones. Todos los aguirres se descompondrán. Es el precio que estoy dispuesta a pagar. Dolores salió corriendo de la habitación con el corazón latiendo, desbocado. Tenía que hacer algo. Tenía que detener a su abuela antes de que fuera demasiado tarde.

 Durante los días siguientes, la condición de Miguel empeoró. Su fiebre subía y bajaba y comenzó a desarrollar extrañas manchas oscuras en la piel, como moretones que aparecían sin causa aparente. “Nunca había visto nada igual”, confesó el Dr. Ramírez después de su tercera visita. “Recomiendo llevarlo inmediatamente al hospital.” Javier y Carmen prepararon rápidamente lo necesario para el viaje a la ciudad.

Dolores los ayudaba tratando de no pensar en las palabras de su abuela, en aquella terrible maldición que parecía estar cumpliéndose. Dolores la llamó su padre antes de partir. Quédate con la abuela. No me gusta cómo ha estado actuando últimamente. Quiso protestar, decirle que doña Concepción era la causa de todo.

 Pero, ¿cómo explicarlo sin sonar como una loca? ¿Cómo decirle a su padre que su propia madre había maldecido a la familia con una figura sin nombre? Cuando todos se fueron, la casa quedó sumida en un silencio opresivo. Dolores podía escuchar el murmullo constante de su abuela, aquellas palabras en un idioma desconocido que hacían que la piel se le erizara. Decidió visitar a Ernesto.

Necesitaba hablar con alguien, aunque no pudiera contarle toda la verdad. La familia Vega vivía en una casa grande cerca de la plaza principal. El padre de Ernesto, don Ricardo, había hecho fortuna vendiendo telas importadas y ahora poseía la tienda más grande del pueblo. Dolores, qué sorpresa. La saludó Ernesto cuando la vio llegar.

 ¿Cómo está tu hermano? No, muy bien, respondió ella conteniendo las lágrimas. Lo han llevado al hospital en la ciudad. Ernesto la abrazó y por un momento Dolores sintió que podía escapar de la pesadilla en la que se había convertido su vida. ¿Quieres hablar de ello?, preguntó él guiándola hacia el jardín donde podrían conversar en privado. Dolores dudó.

¿Cómo explicar lo inexplicable? ¿Cómo hablar de figuras sin nombre y maldiciones familiares sin parecer que había perdido la razón? Es mi abuela”, comenzó escogiendo cuidadosamente sus palabras. “Creo que está haciendo algo que está enfermando a Miguel.” Ernesto frunció el ceño. “¿A qué te refieres? ¿Crees que lo está envenenando?” “No, exactamente. Dolores tomó aire.

 ¿Has oído hablar de brujerías, de maldiciones?” La expresión de Ernesto cambió. una mezcla de preocupación y escepticismo. Dolores, esas son supersticiones. Tu hermano está enfermo, necesita médicos. No, lo sé, lo sé. Lo interrumpió ella. Pero he visto cosas, Ernesto. Mi abuela tiene una figura extraña a la que le reza y desde que llegó a nuestra casa todo ha ido mal.

 Ernesto tomó sus manos entre las suyas. Estás asustada por tu hermano, es comprensible, pero no puedes culpar a tu abuela por una enfermedad. Dolores quiso insistir, contarles sobre las confesiones de doña Concepción, sobre cómo había admitido matar a su esposo, pero las palabras se negaban a salir de su boca. Tienes razón, dijo finalmente. Estoy cansada y preocupada.

¿Por qué no te quedas aquí esta noche? ofreció Ernesto. Le diré a mi madre que prepare la habitación de huéspedes. Mañana, cuando estés más descansada, verás las cosas con más claridad. La oferta era tentadora, una noche lejos de aquella casa, lejos de los murmullos y la figura sin nombre, pero algo le decía que no podía escapar tan fácilmente.

Gracias, pero debo volver. Le prometí a mi padre que cuidaría de la abuela. Al regresar a casa, encontró a doña Concepción en la cocina preparando una infusión con hierbas que Dolores no reconoció. ¿Dónde estabas?, preguntó la anciana sin levantar la vista. Con Ernesto. Ah, el hijo del comerciante, tu futuro esposo.

 Doña Concepción vertió la infusión en una taza. Bebe esto. Dolores miró la taza con desconfianza. ¿Qué es? Solo té de hierbas para calmar tus nervios. No estoy nerviosa. La anciana sonríó. Aquella sonrisa que ya no parecía humana. Lo estarás. Bebe. Dolores tomó la taza, pero no bebió. ¿Qué le pasó a Miguel? Es lo mismo que le pasó al abuelo. Más o menos.

 Con él estoy siendo más misericordiosa. Es solo un niño. Después de todo. Puedes detenerlo. Puedes hacer que Miguel se recupere. Doña Concepción la miró fijamente y por un instante Dolores creyó ver un destello de duda en sus ojos. Podría, pero tendría un precio. ¿Qué precio? La figura exige equilibrio. Si Miguel se salva, alguien más debe tomar su lugar.

 Dolores dejó la taza sobre la mesa sin haber bebido ni un sorbo. ¿Quién? Eso es decisión tuya. Con esas palabras, doña Concepción salió de la cocina dejando a Dolores sola con sus pensamientos y una taza de té que se enfriaba lentamente. Esa noche la llamada llegó tarde. El estado de Miguel había empeorado. Los médicos no entendían qué le estaba pasando.

 Sus órganos parecían estar fallando uno tras otro, como si se estuvieran descomponiendo. Dolores escuchó a su padre llorar por primera vez en su vida mientras hablaba por teléfono. Cuando colgó, su rostro mostraba una palidez mortal. “No creen que sobreviva hasta mañana”, dijo con voz quebrada.

 Sin pensarlo dos veces, Dolores corrió a la habitación de su abuela. La encontró arrodillada frente a la figura sin nombre, murmurando sus plegarias incomprensibles. “¡Deténlo!”, gritó agarrando a la anciana por los hombros. Haz que pare. Doña Concepción la miró con una serenidad perturbadora. Ya te dije el precio. Tómame a mí.

 Deja que Miguel viva y tómame a mí. Una sonrisa lenta se dibujó en el rostro arrugado de la anciana. ¿Estás segura? La descomposición no es una muerte rápida ni indolora. Estoy segura”, respondió Dolores, aunque el miedo amenazaba con paralizarla. “Muy bien, doña Concepción” tomó la figura entre sus manos y comenzó a susurrar nuevamente en aquel idioma extraño.

Luego, para horror de dolores, sacó una navaja pequeña de entre sus ropas y le hizo un corte en la palma de la mano. “¿Qué haces?”, gritó Dolores intentando retirar la mano, pero la fuerza de su abuela era sorprendentemente grande. “La figura necesita sangre para sellar el pacto”, explicó la anciana mientras recogía varias gotas de sangre en un pequeño cuenco de barro.

 Luego vertió la sangre sobre la figura sin nombre, que pareció absorberla como tierra sedienta. “Está hecho, anunció doña Concepción. Miguel vivirá. Tú tomarás su lugar. Dolores sintió un frío intenso recorrer todo su cuerpo, como si la maldición ya hubiera comenzado a actuar. ¿Cuánto? ¿Cuánto tiempo tengo? Depende de la figura. Puede ser rápido, puede ser lento, pero será doloroso. Eso te lo garantizo.

 La llamada llegó al amanecer. El milagro había ocurrido. Miguel había mejorado durante la noche. Su fiebre había bajado. Las manchas oscuras estaban desapareciendo y los médicos, aunque desconcertados, hablaban de una recuperación inexplicable. Javier y Carmen regresarían esa tarde con el niño, que aunque débil estaba fuera de peligro.

 Dolores debería haber estado aliviada, pero el peso de su sacrificio comenzaba a sentirse en cada fibra de su ser. Se miró en el espejo esa mañana y notó que su piel, normalmente bronceada y saludable, mostraba una palidez inusual. Sus ojos parecían hundidos, rodeados de círculos oscuros que no estaban allí el día anterior.

 “Ya ha comenzado”, dijo doña Concepción desde la puerta de su habitación, “Más rápido de lo que esperaba.” Dolores se volvió hacia su abuela con una mezcla de miedo y resignación. “¿Cuánto? ¿Cuánto durará? Difícil saberlo. Con tu abuelo fueron semanas, con otros días. otros. ¿A cuántas personas has maldecido, abuela? La anciana entró en la habitación y se sentó en la cama.

 Por primera vez, Dolores notó lo frágil que parecía, como si la maldición también la estuviera consumiendo a ella, solo a los que lo merecían y a los que se interpusieron en mi camino. Como Miguel, como yo. Tú elegiste tu destino, niña. Nadie te obligó. Dolores sintió una punzada de dolor en el estómago, tan intensa que tuvo que doblarse.

 Así empieza con dolor. Doña Concepción asintió. Primero los órganos blandos, luego los músculos, al final los huesos se vuelven quebradizos como ramas secas. Y no hay forma de detenerlo. La anciana desvió la mirada. La figura decide. Yo solo soy su mensajera. Esa tarde, cuando la familia regresó con Miguel, todos notaron el cambio en Dolores.

 Su padre la miró con preocupación mientras ella intentaba disimular el dolor que sentía. “¿Estás enferma?”, preguntó Javier, acercándose para tocar su frente. “¿Estás pálida, solo cansada?”, mintió ella. “No he dormido bien preocupándome por Miguel. El niño, aunque todavía débil, corrió a abrazarla. Dolores, te extrañé tanto. Ella lo abrazó con fuerza, sintiendo las lágrimas acumularse en sus ojos.

 Al menos su sacrificio no sería en vano. Miguel viviría, crecería, tendría la vida que merecía. “Yo también te extrañé, pequeño”, susurró ignorando el dolor que cada movimiento le provocaba. Carmen preparó una cena especial para celebrar el regreso de Miguel. Todos estaban de buen humor, excepto Dolores, que apenas podía mantenerse erguida en su silla, y Doña Concepción, que observaba la escena con una expresión indescifrable.

“Los médicos no pueden explicarlo”, comentaba Javier mientras servía un poco de vino. “Dicen que nunca habían visto una recuperación así. Es un milagro. Quizás fueron las oraciones,”, sugirió Carmen haciendo la señal de la cruz. Dolores miró a su abuela, que sonrió levemente antes de concentrarse en su comida.

 Después de la cena, cuando todos se retiraron a descansar, Dolores sintió que no podía soportar más el dolor. Cada respiración era una agonía, como si sus pulmones estuvieran siendo aplastados por una mano invisible. Salió al patio esperando que el aire fresco aliviara su sufrimiento. La luna llena iluminaba el jardín.

 dando a las plantas un aspecto fantasmal, se dirigió al altar en la esquina donde sabía que encontraría la figura sin nombre. ¿Por qué? Susurró mirando aquellas hendiduras que servían de ojos. ¿Por qué castigas a inocentes por los pecados de otros? Para su sorpresa, sintió como si la figura le respondiera, no con palabras, sino con sensaciones.

 Una oleada de imágenes invadió su mente. Sangre, muerte, dolor, siglos de sufrimiento, todo concentrado en aquel pedazo de madera oscura. Cayó de rodillas abrumada por la visión. La figura no era un dios ni un demonio, era algo más antiguo, más primordial, un recipiente para el sufrimiento humano, alimentándose de él, creciendo con cada sacrificio.

 “No eres la primera en hablar con ella”, dijo doña Concepción, apareciendo a su lado como una sombra. “Yo también la escuché la primera vez que la toqué.” “¿Qué es?”, preguntó Dolores sin fuerzas para levantarse. Los antiguos la llamaban la que se alimenta. Estaba aquí antes que los aztecas, antes que los olmecas.

 Ha tenido muchos nombres a lo largo de los siglos, pero su propósito siempre ha sido el mismo. Equilibrar el sufrimiento. Equilibrar. ¿Cómo puede ser justo que yo sufra por los pecados del abuelo? Doña Concepción se arrodilló junto a ella con dificultad. No es cuestión de justicia, sino de balance. Alguien debe sufrir para que otros no lo hagan.

 Es la ley más antigua del mundo. Un nuevo espasmo de dolor atravesó el cuerpo de dolores haciéndola gemir. Sentía como si algo dentro de ella se estuviera deshaciendo, licuándose. No puedo susurró. No puedo soportarlo. ¿Puedes? respondió su abuela con una dureza sorprendente. Eres más fuerte de lo que crees, más fuerte que yo.

 Tú, tú también estás La anciana asintió lentamente. Desde el momento en que usé la figura por primera vez. Es el precio que pagamos los que la invocamos, pero yo he resistido durante años. Tú apenas llevas un día y ya te rindes. Dolores quiso responder, pero otro espasmo la dejó sin aliento. Esta vez el dolor fue tan intenso que perdió el conocimiento.

 Despertó en su cama con los primeros rayos del sol filtrándose por la ventana. A su lado, Ernesto sostenía su mano con una expresión de preocupación que nunca había visto en su rostro. Ernesto, ¿qué haces aquí? Tu padre me llamó. dice que te desmayaste anoche en el jardín. El médico vino, pero no encontró nada concreto. Dijo que podría ser agotamiento, dolores, intentó incorporarse, pero el dolor mantuvo clavada en la cama.

 ¿Cuánto tiempo llevo así? Toda la noche. Son casi las 10 de la mañana, 10 horas. Y el dolor solo había empeorado. Podía sentir como sus órganos se retorcían dentro de ella, como si estuvieran siendo devorados desde dentro. “Ernesto, necesito contarte algo”, comenzó decidiendo que ya no podía cargar sola con aquel secreto.

 “Mi abuela tiene una figura, una especie de ídolo. Creo que es lo que enfermó a Miguel y ahora me está enfermando a mí.” Esperaba ver incredulidad en su rostro, pero en lugar de eso, Ernesto palideció. Una figura sin ojos, tallada en madera oscura, Dolores lo miró sorprendida. ¿Cómo lo sabes? Mi abuelo tenía libros sobre antiguas creencias mexicanas.

 Uno de ellos hablaba de una figura así. La llamaban la devoradora de almas. Se decía que quien la poseía podía traspasar su sufrimiento a otros, pero siempre con un precio. El equilibrio! Murmuró Dolores recordando las palabras de su abuela. Exacto. Por cada vida salvada otra debe ser tomada. Es una entidad que se alimenta del dolor humano, pero no puede crearlo, solo transferirlo.

¿Hay alguna forma de detenerla? Ernesto dudó antes de responder. Según los escritos, la única forma es devolver la figura al lugar de donde fue tomada, enterrarla de nuevo bajo tierra consagrada. ¿Sabes dónde la encontró mi abuela? Eso tendrías que preguntárselo a ella. Como invocada por sus palabras, doña Concepción apareció en la puerta de la habitación.

 Se veía más demacrada que nunca, como si la maldición también estuviera consumiéndola a gran velocidad. Bajo el árbol centenario, dijo la anciana, en el camino a Veracruz, un árbol que sangra cuando lo cortas. Una hueghuete, murmuró Ernesto. Son considerados sagrados desde tiempos prehispánicos. Doña Concepción asintió lentamente. La desenterré en un momento de desesperación cuando tu abuelo me había golpeado hasta casi matarme.

 No sabía lo que era. Solo sentí su poder llamándome desde bajo tierra. Tenemos que devolverla”, dijo Dolores intentando nuevamente incorporarse a pesar del dolor. Es la única forma de detener esto. Chu. Si la devolvemos, todos los que han sido salvados por ella volverán a enfermar, advirtió la anciana. Miguel y otros que ni siquiera conoces.

 Debe haber otra manera, insistió Dolores, apretando la mano de Ernesto con la poca fuerza que le quedaba. No puede ser que solo existan estas opciones. Doña Concepción se acercó a la cama con pasos lentos, como si cada movimiento le costara un esfuerzo sobrehumano. La figura no entiende de compasión ni de justicia humana, solo conoce el equilibrio para que unos vivan, otros deben sufrir.

 Y si sufriéramos todos un poco, sugirió Ernesto, su mente trabajando rápidamente. En lugar de que una sola persona cargue con todo el peso de la maldición, ¿qué pasaría si la dividiéramos entre varios? La anciana lo miró con una mezcla de sorpresa y respeto. Eres más sabio de lo que aparentas, muchacho. Es posible. La figura acepta tratos, negociaciones, pero todos los involucrados deberían ofrecer su sangre voluntariamente.

Yo lo haré, dijo Ernesto sin dudar. Dolores no merece esto. Y yo se escuchó la voz de Javier desde la puerta. Había estado escuchando la conversación. Su rostro mostraba una mezcla de horror e incredulidad, pero también determinación. Si esto es real, si mi madre ha desatado algo que está matando a mi hija, haré lo que sea necesario para detenerlo.

Dolores miró a su padre con lágrimas en los ojos. Papá, no sabes lo que estás ofreciendo. Sé exactamente lo que estoy ofreciendo, respondió Javier, acercándose a la cama. He visto cómo te has deteriorado en solo un día. Si puedo tomar una parte de ese sufrimiento, lo haré. Doña Concepción observaba la escena con una expresión indescifrable.

Necesitaremos más sangre. La figura es hambrienta y la maldición sobre dolores es poderosa. Mm. Hablaré con mi padre, ofreció Ernesto. Le explicaré lo que está pasando. ¿Crees que te creerá?, preguntó Dolores escéptica. Mi familia tiene historia con lo sobrenatural. Mi abuela era conocida en su pueblo como sanadora. entenderá.

 Mientras Ernesto salía para hablar con su familia, Javier se sentó junto a la cama de su hija, mirando a su madre con una mezcla de rabia y desconcierto. ¿Por qué, mamá? ¿Por qué traer esto a nuestra casa? Doña Concepción parecía haber envejecido años en solo unas horas. Sus hombros se encorbaban bajo un peso invisible y sus ojos habían perdido parte de su brillo.

Tu padre no era el hombre que creías conocer, Javier. Era un monstruo que se alimentaba del sufrimiento de los demás, especialmente del mío. Durante 40 años soporté sus golpes, sus humillaciones, sus crueldades. Cuando encontré la figura, vi una oportunidad de equilibrar la balanza. A costa de tus propios nietos, de tu propia sangre.

 La anciana bajó la mirada. La venganza nubla el juicio. Yo solo quería que él sufriera como yo había sufrido. No pensé en las consecuencias. Un nuevo espasmo de dolor atravesó el cuerpo de dolores, haciéndola arquearse en la cama. Javier tomó su mano impotente ante el sufrimiento de su hija. ¿Qué hacemos ahora? ¿Cómo dividimos la maldición? Necesitamos la figura y la sangre de todos los voluntarios, explicó doña Concepción.

 Luego deberemos realizar un ritual antiguo, uno que aprendí de mi madre, que a su vez lo aprendió de la suya. ¿Funcionará?, preguntó Dolores entre jadeos. No lo sé, con certeza. Nunca lo he intentado, pero es nuestra única esperanza. Ernesto regresó una hora después, acompañado por su padre, don Ricardo, y su madre, doña Elena. Ambos mostraban expresiones solemnes, pero decididas.

 “Mi hijo me ha explicado la situación”, dijo don Ricardo dirigiéndose a Javier. “Si es cierto que una antigua entidad está consumiendo a tu hija, nuestra familia está dispuesta a ayudar.” “¿Por qué harían esto por nosotros?”, preguntó Javier sorprendido por la disposición de los Vega. “Porque pronto seremos una sola familia”, respondió doña Elena, mirando a Dolores con compasión.

 Y porque hemos visto suficiente maldad en este mundo para saber que lo sobrenatural existe, aunque muchos prefieran ignorarlo. Con los voluntarios reunidos, Doña Concepción trajo la figura sin nombre al dormitorio de Dolores. A la luz del día, parecía aún más siniestra, como si la madera pulsara con vida propia. Necesitaré la sangre de cada uno”, dijo la anciana sacando la pequeña navaja que había usado con dolores.

 “Y necesito que cada uno pronuncie estas palabras. Tomo sobre mí parte de esta carga voluntariamente y con conocimiento de causa.” Uno por uno, los cinco voluntarios, Ernesto, Javier, don Ricardo, doña Elena y la propia doña Concepción ofrecieron su sangre a la figura sin nombre. repitiendo las palabras rituales. La madera oscura parecía absorber cada gota, volviéndose más brillante, casi húmeda.

 Cuando el último de ellos completó el ritual, Doña Concepción comenzó a murmurar en aquel idioma extraño y antiguo. Las palabras parecían llenar la habitación haciendo vibrar el aire mismo. Dolores sintió como si algo se desprendiera de su interior, como una serpiente desenrollándose de sus órganos. De repente todos los presentes se doblaron de dolor.

 Incluso doña Concepción no era tan intenso como lo que Dolores había estado experimentando, pero suficientemente fuerte para hacerlos jadear. ¿Ha funcionado?, preguntó Javier entre dientes, sujetándose el estómago. Sí, respondió doña Concepción, su voz más débil que nunca. La maldición se ha dividido entre todos nosotros.

 Será soportable pero permanente. Un recordatorio constante del precio de jugar con fuerzas que no comprendemos. Dolores se incorporó lentamente en la cama. El dolor seguía ahí, pero ahora era como un eco lejano, no la agonía desgarradora que la había estado consumiendo. “Y Miguel estará a salvo. Miguel estará bien”, aseguró la anciana.

 “La figura ha aceptado el trato. Seis almas sufriendo en lugar de una. Es un equilibrio que le satisface. ¿Qué hacemos con ella ahora?, preguntó Ernesto señalando la figura sin nombre que parecía observarlos a todos con sus hendiduras vacías. “Deberíamos destruirla”, sugirió don Ricardo. “No podemos”, respondió doña Concepción. “Intentarlo solo empeoraría nuestra situación.

 Debemos mantenerla, respetarla, pero nunca más usarla para transferir sufrimiento. La guardaremos bajo llave.” decidió Javier, donde nadie pueda encontrarla. Los días siguientes fueron de lenta recuperación para todos. Cada uno experimentaba el dolor de manera diferente. Para Javier eran punzadas en las articulaciones. Para Ernesto una presión constante en el pecho.

 Para don Ricardo y doña Elena, dolores de cabeza que iban y venían. Doña Concepción, que ya cargaba con parte de la maldición desde hacía años, parecía la más afectada, envejeciendo visiblemente día a día. Miguel, ajeno a todo lo ocurrido, se recuperaba rápidamente. Su piel había recobrado el color y su energía infantil volvía poco a poco.

 Para él, todo había sido una enfermedad extraña que los médicos no pudieron explicar. Un misterio que pronto olvidaría. Una semana después del ritual, doña Concepción llamó a Dolores a su habitación. La anciana estaba postrada en cama, su cuerpo consumido por la maldición que había cargado durante demasiado tiempo. “No me queda mucho”, dijo sin preámbulos.

 “La figura ha estado alimentándose de mí durante años. Este último ritual ha agotado mis fuerzas.” Dolores tomó la mano arrugada de su abuela entre las suyas. A pesar de todo lo ocurrido, no podía odiarla. ¿Qué pasará cuando cuando muera? Mi parte de la maldición desaparecerá conmigo. No se transferirá a ninguno de ustedes si es lo que temes.

 No es eso lo que me preocupa, abuela. La anciana sonrió débilmente. Siempre fuiste la más compasiva de la familia. Incluso ahora, después de lo que te hice, te preocupas por mí. Intentabas hacer justicia a tu manera. Justicia, repitió doña Concepción con amargura. ¿Qué es la justicia sino otra forma de venganza? Creí que hacer sufrir a tu abuelo me traería paz, pero solo trajo más dolor.

 Y ahora todos ustedes pagarán por mi error durante el resto de sus vidas. Sobreviviremos, aseguró Dolores juntos. Esa noche, mientras todos dormían, doña Concepción reunió sus últimas fuerzas para levantarse de la cama. Con pasos temblorosos, se dirigió al armario donde Javier había guardado la figura sin nombre bajo llave.

 La cerradura no fue obstáculo para ella, que conocía trucos más antiguos que cualquier cerrojo. Tomó la figura entre sus manos esqueléticas y salió al jardín. La luna llena iluminaba el patio como si fuera de día. proyectando sombras alargadas que parecían danzar alrededor de la anciana. “Has tomado suficiente de mi familia”, susurró a la figura.

 “Ahora tomarás solo de mí.” Con sus últimas fuerzas cabó un pequeño hoyo bajo el naranjo que crecía en la esquina del jardín. Colocó la figura en el fondo y antes de cubrirla con tierra cortó su palma una última vez, dejando que la sangre goteara sobre la madera oscura. “Yo, Concepción Vargas, te ofrezco un último trato”, murmuró en aquel idioma antiguo que solo ella y la figura parecían entender.

“Toma lo que queda de mi vida ahora y libera a los demás de su carga.” La tierra alrededor del hoyo pareció estremecerse como si algo bajo ella se moviera. La figura sin nombre brilló con una luz rojiza durante un instante antes de apagarse completamente. Doña Concepción sintió como la vida la abandonaba rápidamente, como agua escapando entre los dedos.

 Cayó de rodillas junto al hoyo, con apenas fuerza para cubrirlo con tierra. Perdóname, Dolores”, susurró al viento nocturno. “Perdóname, Javier, “perdóname, Miguel.” Cuando la encontraron a la mañana siguiente, parecía dormida bajo el naranjo. Su rostro, por primera vez en años, mostraba una expresión de paz. La tierra, removida a su lado, pasó desapercibida entre las hierbas del jardín.

 En el dormitorio de Dolores, Ernesto fue el primero en notarlo. El dolor, dijo sorprendido, ha desaparecido. Javier, que acababa de entrar para despertarlos, se detuvo en seco. Es cierto, ya no siento nada. Don Ricardo y doña Elena, que habían pasado la noche en la casa para estar cerca de Ernesto, reportaron la misma experiencia.

 El dolor constante que los había acompañado durante la última semana se había esfumado por completo. Solo Dolores permaneció en silencio, mirando por la ventana hacia el jardín, donde varios vecinos se habían reunido alrededor del cuerpo de su abuela. Ella lo hizo, murmuró finalmente. Encontró una forma de liberarnos. Nadie preguntó cómo o por qué.

 Algunos secretos eran mejor dejarlos enterrados, como la figura sin nombre bajo el naranjo. El funeral de doña Concepción fue sencillo, pero digno. El pueblo entero asistió más por curiosidad que por respeto. Las habladurías sobre brujería y maldiciones circulaban en susurros, alimentadas por la misteriosa enfermedad de Miguel y su igualmente misteriosa recuperación.

Semanas después, cuando la vida había vuelto casi a la normalidad, Dolores visitó la tumba de su abuela, colocó un ramo de flores silvestres sobre la tierra fresca y se sentó junto a la lápida. “Te entiendo ahora, abuela”, dijo en voz baja. “Entiendo por qué hiciste lo que hiciste. El dolor puede transformarnos en personas que no reconocemos.

” El viento susurró entre las hojas de los árboles del cementerio como una respuesta lejana. Pero también aprendí algo que tú olvidaste, que el amor es más fuerte que cualquier maldición. Ernesto, o papá, incluso los padres de Ernesto, todos estuvieron dispuestos a sufrir por mí y tú, al final sacrificaste lo que te quedaba de vida para liberarnos.

 Dolores acarició la lápida con dedos suaves. Descansa en paz, abuela. La figura sin nombre ya no tiene poder sobre nosotros. Mientras se alejaba del cementerio, Dolores no notó la pequeña grieta que se había formado en la tierra sobre la tumba de doña Concepción, una grieta de la que emanaba un susurro tan débil que solo podría escucharse en el silencio más absoluto de la noche. Un susurro.

 en un idioma más antiguo que el tiempo mismo, que hablaba de equilibrio, de deudas pendientes y de figuras sin nombre que nunca pueden ser verdaderamente enterradas. Porque algunas maldiciones, como algunas historias, nunca terminan realmente. Solo esperan pacientemente su momento para continuar. M.