Querétaro, 1916: LA MACABRA familia que ocultó un crimen por tres generaciones

La tarde en que don Esteban Murillo regresó de la Ciudad de México con las escrituras de la hacienda San Jacinto en su maletín de cuero, nadie en Querétaro imaginó que aquellos papeles sellados con la contenían más que títulos de propiedad. Era octubre de 1916 y las calles empedradas del centro colonial olían a pólvora vieja y tortillas quemadas, mientras los secos distantes de la revolución llegaban como rumores entre las campanas de la catedral.
Los Murillo habían sobrevivido tres décadas de sobresaltos políticos atrincherados en su cazona de cantera rosa, con sus muros de 2 met de grosor y sus patios interiores, donde florecían naranjos que jamás daban frutos dulces. Don Esteban caminaba con la espalda erguida bajo su sombrero de fieltro negro, saludando con sequedad a los comerciantes que cerraban temprano sus establecimientos por temor a los zapatistas que merodeaban las afueras.
Llevaba 62 años cargando un secreto que su padre le había confiado en su lecho de muerte y que ahora él debería transmitir a su hijo mayor antes de que la vejez o una bala revolucionaria se lo impidiera. Si estás disfrutando esta historia, suscríbete al canal y comenta de qué país o ciudad nos sigues.
Tu apoyo mantiene vivas estas memorias. La casona Murillo ocupaba toda una manzana frente a la plaza de San Francisco, con sus balcones de hierro forjado, desde los cuales tres generaciones de mujeres habían observado procesiones, fusilamientos y desfiles militares, sin cambiar jamás la expresión de sus rostros pálidos.
La familia poseía tierras agrícolas al norte de la ciudad, dos molinos de trigo y participación mayoritaria en el Banco Mercantil, pero su verdadera fortuna no figuraba en ningún registro oficial. En el sótano de la casa, bajo losas piedra que solo la familia sabía mover, descansaban baúles con monedas de oro acuñadas durante el porfiriato, joyas europeas y documentos que probaban la propiedad de territorios que oficialmente pertenecían a la iglesia antes de las leyes de reforma.
Aquella noche, don Esteban reunió a su esposa Hortensia y a su hijo Rodrigo en el comedor principal bajo la araña de cristal bohemio que había sobrevivido intacta a los saqueos de 1914. Las criadas fueron despachadas a la cocina con orden de no subir hasta la mañana siguiente. Hortensia abordaba en silencio un mantel de altar mientras sus dedos finos manipulaban la aguja con precisión mecánica.
Rodrigo, de 28 años y recién regresado de estudiar leyes en Guadalajara, fumaba un cigarro junto a la ventana observando las patrullas carrancistas que vigilaban las esquinas. Don Esteban colocó el maletín sobre la mesa de Caoba y extrajo un sobre amarillento que despedía Olor a Mo y la banda seca. Dentro había una fotografía tomada en 1883, desteñida y agrietada.
que mostraba a un hombre joven de rasgos similares a los Murillo, vestido con levita y corbatín, de pie junto a una mujer indígena que sostenía un bebé envuelto en rebozo. Al reverso, con tinta sepia, alguien había escrito: “Jacinto Murillo y María de la Cruz, Hacienda San Felipe.” Mayo 1883. Rodrigo tomó la fotografía y frunció el ceño.
Ese nombre no aparecía en el árbol genealógico familiar que colgaba en el despacho de su padre. Don Esteban sirvió tres copas de Brandy antes de hablar y su voz sonó más grave que de costumbre, como si las palabras le rasparan la garganta. Jacinto Murillo había sido el hermano menor de su abuelo, Augusto”, explicó don Esteban.
un joven brillante que estudiaba medicina en la capital cuando conoció a María de la Cruz, una mujer otomí que trabajaba como la bandera en la casa donde él rentaba una habitación. Se enamoraron con esa furia silenciosa que arde más peligrosa por no tener testigos. Y cuando ella quedó embarazada, Jacinto cometió el error imperdonable de querer casarse con ella en ceremonia católica ante Escribano y con apellido compartido.
La familia Murillo, que acababa de consolidar su posición entre la élite queretana, gracias a una alianza matrimonial con los Escandón, no podía permitir semejante escándalo. El abuelo Augusto, patriarca implacable, que había hecho fortuna comprando tierras desamortizadas a la iglesia, ordenó a Jacinto romper esa relación o ser desheredado y expulsado de la familia.
Jacinto respondió que prefería su conciencia a su herencia y una noche de 1883, mientras preparaba su boda clandestina en una capilla rural, desapareció junto con María. Los rumores que circularon entonces hablaban de fuga hacia el norte, de un intento de cruzar a Estados Unidos, de haberse refugiado entre las comunidades indígenas de la sierra.
Pero la familia jamás comentó el asunto públicamente y el nombre de Jacinto fue borrado de todos los documentos como si nunca hubiera existido. La verdad continuó don Esteban con voz ahora quebrada. era mucho más oscura. Su abuelo Augusto había mandado seguir a Jacinto aquella noche, acompañado pordos empleados de confianza de la hacienda y un antiguo rural que hacía trabajos sucios por dinero.
Los encontraron en el camino a San Juan del Río en un carruaje prestado con María, llevando su vestido de novia cocido por ella misma y el bebé dormido en una canasta de mimbre. Lo que sucedió después había sido narrado a don Esteban por su propio padre en su agonía con la precisión terrible de quien necesita confesar antes de morir. Hubo forcejeo.
Jacinto intentó defender a su familia con un bastón. Uno de los hombres, nervioso o ebrio, desenfundó su pistola. El disparo resonó en el silencio del campo y Jacinto cayó con un balazo en el pecho, muriendo antes de que pudieran detener la hemorragia. María gritó con tal intensidad que los hombres temieron que alguien los escuchara, así que la amordazaron y la ataron. El bebé lloraba.
Augusto Murillo, que había permanecido en su carruaje, bajó entonces y tomó una decisión. No podían dejar testigos. No podían permitir que existiera prueba de su crimen, ni herederos bastardos que reclamaran derechos. ordenó que llevaran los cuerpos a la hacienda San Jacinto, una propiedad familiar ubicada en un terreno árido donde solo crecían nopales y mequites.
Allí, en el sótano de la casa principal, había un pozo cegado desde tiempos coloniales, tan profundo que nunca se le había encontrado fondo. Arrojaron los tres cuerpos al pozo, Jacinto, María y el bebé, y sellaron la entrada con piedras y argamasa. Hortensia dejó caer su bordado y se llevó una mano al pecho.
Rodrigo apagó su cigarro con movimientos lentos, sin apartar la mirada de su padre. Para justificar la ausencia de Jacinto, Augusto Murillo hizo circular la versión de que su hermano había muerto de fiebre amarilla en Veracruz y ordenó misas en su memoria. mandó construir una lápida falsa en el panteón municipal y la visitaba cada año el día de muertos, representando el papel de hermano afligido con tal convicción que nadie dudó jamás de su dolor.
Con el tiempo, la historia se aceptó como verdad y solo tres personas conocían lo sucedido. Augusto, su esposa refugio y el capataz que organizó la operación. Antes de morir en 1894, Augusto confesó el crimen a su hijo mayor, el padre de don Esteban, con la misma solemnidad con que se transmite un título nobiliario.
Le explicó que el secreto debía mantenerse porque la familia había prosperado sobre esa base. La Hacienda San Jacinto se había convertido en su propiedad más productiva y parte de la fortuna actual. provenía de negocios realizados con el dinero que originalmente estaba destinado a Jacinto. Romper el silencio significaría destrucción, escándalo social, pérdida de propiedades, quizás prisión o muerte a manos de autoridades o de la propia familia de María, si es que algún pariente suyo seguía vivo y buscando venganza. Don Esteban hizo una
pausa para beber su brandy de un trago. Afuera, los perros ladraban a una patrulla que pasaba con antorchas. Rodrigo miró a su madre, quien permanecía inmóvil, con los ojos fijos en la fotografía, que ahora descansaba sobre la mesa como una acusación. Ahora, continuó don Esteban, la revolución había desestabilizado todo.
Los zapatistas exigían redistribución de tierras. Los carrancistas confiscaban propiedades de enemigos políticos y varios ascendados habían sido ejecutados o exiliados. La hacienda San Jacinto estaba en riesgo de expropiación. Si las autoridades revolucionarias decidían investigar la propiedad, si excavaban o demolían edificaciones, podrían descubrir el pozo y los restos.
Y si eso sucedía, el escándalo no solo destruiría la reputación de la familia, sino que podría costarles la vida en tiempos donde la justicia se administraba con fusilamiento sumario. Por eso, don Esteban había viajado a la capital para intentar vender la hacienda discretamente antes de que fuera demasiado tarde.
Pero el mercado de propiedades rurales estaba paralizado. Nadie compraba tierras que podían ser expropiadas al día siguiente. Y él había regresado con la escritura sin firmar y el secreto más pesado que nunca sobre sus hombros. Rodrigo finalmente habló. Y su voz tenía el tono controlado de quien ha aprendido a ocultar emociones en tribunales.
Preguntó si existía alguna prueba, además de esa confesión oral transmitida entre generaciones. Don Esteban extrajo del sobre otros documentos. El registro original del carruaje prestado, facturas de materiales de construcción comprados justo después de la fecha del crimen para reparaciones en San Jacinto y un diario personal de su abuelo Augusto, donde en entradas cifradas que solo la familia sabía leer se mencionaban asuntos resueltos y el pozo sellado.
La conversación se extendió hasta el amanecer. Hortensia argumentó que debían hacer una misa privada, confesar ante un sacerdote de confianza y pedir absolución. Pero don Esteban rechazó la idea. Los curas también hablaban,especialmente en tiempos revolucionarios, donde las lealtades cambiaban con cada facción militar que tomaba el poder.
Rodrigo propuso quemar todos los documentos y nunca volver a mencionar el asunto, dejando que el secreto muriera con ellos. Pero su padre señaló que el pozo seguía ahí con sus huesos que tarde o temprano alguien encontraría. No tomaron decisión alguna esa noche, pero desde entonces el secreto comenzó a pesar sobre Rodrigo como una piedra atada al cuello de un ahogado.
Intentó concentrarse en su trabajo como abogado, defendiendo propiedades de familias conservadoras ante tribunales revolucionarios, pero la fotografía de Jacinto y María lo perseguía en sueños. Veía el rostro de la mujer otomí, sus ojos serenos que parecían mirar directamente a través del papel amarillento y sentía una vergüenza corrosiva que ninguna misa, ninguna limosna, ninguna oración lograba aliviar.
En febrero de 1917, cuando se promulgó la nueva Constitución en la Ciudad de México, el gobierno comenzó a confiscar haciendas con mayor agresividad. La familia Murillo logró proteger algunas propiedades urbanas gracias a las conexiones de Rodrigo, pero la hacienda San Jacinto fue incluida en la lista de expropiaciones pendientes.
Don Esteban enfermó del corazón al recibir la noticia y pasó tres meses en cama delirando sobre pozos que se abrían bajo sus pies y voces que subían desde la tierra. Rodrigo viajó a San Jacinto una tarde de abril, llevando consigo solo a un mozo sordomudo de confianza. La hacienda estaba abandonada desde hacía años.
Los trabajadores se habían ido a unirse a fuerzas revolucionarias o a buscar empleo en las ciudades, y los edificios comenzaban a mostrar deterioro. Tejados hundidos, ventanas rotas, hiedra trepando por los muros de adobe. El silencio allí era espeso, interrumpido solo por el silvido del viento entre los mesquites y el aleteo ocasional de sopilotes que anidaban en las vigas.
Encontró el sótano siguiendo las indicaciones de su padre detrás de la cocina principal, bajando unos escalones de piedra carcomida. La entrada al pozo estaba efectivamente sellada con argamasa, pero décadas de lluvia y cambios de temperatura habían agrietado el concreto. Rodrigo ordenó al mozo esperar arriba y se arrodilló frente al sello tocándolo con manos temblorosas.
Podía sentir el frío que emanaba de la profundidad, un frío que no tenía nada que ver con la temperatura del aire. No abrió el pozo, no se atrevió, pero colocó sobre el sello una medalla de la Virgen de Guadalupe que llevaba en el bolsillo, y susurró una oración en Otomí que había aprendido de una sirvienta cuando era niño, palabras cuyo significado desconocía, pero que intuía apropiadas.
Luego ordenó al mozo sellar de nuevo con argamasa fresca, duplicando el grosor del concreto, y regresó a Querétaro con la certeza de que jamás volvería a ese lugar. Pero el secreto, como toda verdad enterrada, comenzó a filtrarse de maneras impredecibles. En 1918, durante la epidemia de influenza española que azotó México, don Esteban murió después de una agonía de tres días en la que deliraba en voz alta sobre su abuelo y un hermano perdido.
Las criadas que lo atendieron, aunque no comprendieron todo, escucharon suficiente para comenzar a murmurar entre ellas. Una de ellas, Lupita, tenía una prima que trabajaba para la familia Sánchez y le contó fragmentos de esos delirios durante una tarde de lavado en el río. Los Sánchez eran comerciantes prósperos, pero de origen humilde, que habían ascendido socialmente gracias a la revolución.
y guardaban resentimiento hacia las familias aristócratas como los Murillo. Señora Elena Sánchez, mujer de lengua afilada que controlaba la información social de Querétaro desde su salón de té, comenzó a hacer preguntas discretas, consultó archivos parroquiales, habló con ancianos que recordaban la década de 1880 y poco a poco comenzó a armar un rompecabezas que, aunque incompleto, sugería algo turbio en la historia familiar de los Murillo.
tenía pruebas suficientes para una acusación formal, pero en las reuniones sociales comenzó a soltar comentarios ambiguos. Qué curioso que los Murillo hayan prosperado tanto justamente después de que ese hermano menor muriera tan convenientemente en Veracruz. Y qué extraño que nunca nadie viera el cuerpo.
Sus palabras eran semillas de duda plantadas en terreno fértil de envidia y rencor social. Rodrigo, ahora cabeza de familia, sintió que el cerco se estrechaba. En 1920, cuando su madre Hortensia murió de neumonía, él se encontró solo guardando el secreto, casado con Gabriela Torres, una mujer piadosa de familia militar que desconocía completamente la verdad.
Tuvieron dos hijos, Esteban, nacido en 1921, y Mercedes, en 1923. Rodrigo resolvió que el secreto moriría con él, no lo transmitiría a la siguiente generación como había hecho su padre. Pero el silencio tiene su propiopeso y Rodrigo comenzó a cambiar. Se volvió distante, bebía más de lo que antes toleraba y frecuentaba la catedral a horas extrañas, arrodillándose en confesionarios sin decir palabra.
El padre Anselmo, anciano sacerdote que había confesado a tres generaciones de quereros, notó su angustia, pero respetó su silencio. Rodrigo donaba sumas considerables a obras de caridad, especialmente a comunidades indígenas, como si intentara comprar perdón para un pecado que nunca confesaba. En 1926, cuando estalló la guerra cristera y el gobierno comenzó a perseguir al clero católico, Rodrigo escondió al padre Anselmo en su casa durante tres meses.
Una noche, después de compartir una botella de mezcal, el abogado estuvo a punto de confesarle todo. Las palabras se agolpaban en su garganta como pájaros desesperados por escapar de una jaula, pero al final solo lloró en silencio mientras el sacerdote le ponía una mano en el hombro sin preguntar, sin juzgar, simplemente acompañándolo en su tormento innombrable.
La familia continuó prosperando económicamente. Los negocios de Rodrigo se diversificaron hacia el comercio de telas y la importación de maquinaria agrícola. sobrevivieron a la gran depresión mejor que muchas otras familias, porque habían aprendido generación tras generación a esconder activos y a mantener múltiples fuentes de ingreso clandestinas, pero bajo la superficie de respetabilidad, el secreto seguía pudriéndose como un cadáver mal enterrado.
Esteban, el hijo mayor de Rodrigo, creció en los años 30 como un niño privilegiado, pero solitario. Notaba la tristeza de su padre, sus silencios repentinos durante las comidas, la forma en que evitaba hablar de sus abuelos o de historia familiar. Cuando preguntaba por qué nunca visitaban la hacienda San Jacinto, que técnicamente seguía siendo propiedad familiar, aunque ya no producía nada, su padre respondía con evasivas y cambiaba de tema bruscamente.
En 1940, Rodrigo murió de un infarto masivo a los 52 años Gabriela encontró entre sus papeles personales una carta sellada con su nombre que debía abrirse solo en caso de su muerte. Cuando la leyó, el horror que sintió fue tan abrumador que tuvo que sentarse en el piso de su dormitorio, incapaz de sostenerse en pie.
La carta explicaba todo. Jacinto, María, el bebé, el pozo, la confesión transmitida entre generaciones, el peso insoportable del secreto. Rodrigo le suplicaba en esa carta que no revelara la verdad a nadie, pero que tampoco la transmitiera a sus hijos. pedía que quemara todos los documentos que él había guardado en una caja metálica en el fondo de su armario, que olvidara lo que acababa de leer y que rezara por las almas de todos los involucrados.
Terminaba con una posdata desgarradora. Perdóname por cargarte con esto, pero no podía morir sabiendo que el secreto desaparecería completamente. Alguien debe recordar que tres personas inocentes fueron asesinadas. Alguien debe llevar su memoria, aunque sea en silencio. Gabriela pasó tres días encerrada en su habitación sin comer, solo rezando.
Finalmente tomó una decisión. No quemaría los documentos. Pero los escondería en un lugar donde solo podrían encontrarse si alguien los buscara deliberadamente. Cosió los papeles dentro del de un antiguo misal familiar, un libro enorme con cubiertas de cuero repujado que había pertenecido a su suegro, don Esteban, y que nadie usaba, porque las letras eran demasiado pequeñas para leer sin anteojos.
Colocó el misal en el fondo de un baúl de cedro en el ático entre mantas viejas y ropa de bebé que nadie había usado en años. Luego intentó continuar con su vida criando a sus hijos, administrando la herencia, manteniendo las apariencias sociales. Pero la carta de su marido había envenenado su tranquilidad para siempre. Esteban, que entonces tenía 19 años, notó el cambio en su madre.
Ella, que había sido alegre y sociable, se volvió retraída y obsesivamente religiosa. Asistía a tres misas diarias, se confesaba cada semana y había mandado instalar un pequeño altar en su dormitorio donde quemaba velas día y noche. Cuando Esteban le preguntó que la atormentaba, ella solo respondía que rezara por su padre y por las almas en pena que vagan sin descanso.
En 1945, cuando Esteban regresó de estudiar ingeniería en Monterrey, encontró a su madre enferma de tuberculosis, consumida hasta parecer un fantasma de la mujer que había sido. Mercedes, su hermana, se había casado con un oficial del ejército y vivía en Guadalajara visitando raramente. Esteban se convirtió en el cuidador de Gabriela durante sus últimos meses.
Una tarde de noviembre, mientras le leía el periódico junto a su cama, ella lo interrumpió súbitamente y le preguntó si creía en los pecados que se heredan, en las culpas que pasan de sangre a sangre, aunque los descendientes no las hayan cometido. Esteban, confundido, respondió que cada persona respondía solo por sus propiosactos.
Gabriela sonrió con tristeza y le dijo, “Ojalá tenga razón, hijo. Ojalá Dios sea más misericordioso de lo que creo.” Murió en diciembre de 1945 y sus últimas palabras fueron el misal, el ático. Pero Esteban no comprendió su significado. Después del funeral, mientras revisaba las pertenencias de su madre para distribuirlas entre familiares, subió al ático y encontró el baúl de cedro.
Dentro, entre las mantas, estaba el misal. Lo abrió distraídamente, buscando alguna inscripción o dedicatoria, y los documentos cosidos en el cayeron al suelo del ático como hojas secas de un árbol muerto. Esteban leyó todo esa noche a la luz de una lámpara de quereroseno, mientras afuera una tormenta invernal azotaba Querétaro con granizo y rayos.
Cuando terminó de leer la carta de su padre y los documentos del abuelo Augusto, sintió que el piso se movía bajo sus pies. El horror de descubrir que su familia estaba construida sobre asesinatos se mezcló con una rabia contra su padre por no haberle confiado la verdad en vida y contra su madre por haberle legado ese peso en lugar de destruir la evidencia como Rodrigo había pedido.
Pasó semanas en un estado de shock silencioso. Su esposa Clara, con quien llevaba dos años casado, notó su cambio de humor, pero atribuyó su melancolía al duelo por la madre. Esteban bebía solo en su estudio hasta altas horas de la noche, releía compulsivamente los documentos e investigó por su cuenta sobre Jacinto Murillo en archivos parroquiales y municipales.
Descubrió detalles que los documentos familiares no mencionaban. Jacinto había sido un estudiante destacado. Publicaba artículos médicos en revistas especializadas y tenía reputación de tratar a pacientes indígenas sin cobrarles algo inusual para su época. María de la Cruz provenía de San Hilde Fonso Tultepec, una comunidad otomía al norte de Querétaro y había llegado a la capital huyendo de un conflicto agrario donde su familia había perdido tierras.
El bebé se habría llamado Augusto Jacinto, según registro bautismal preliminar que Jacinto había iniciado, pero nunca completó. Eran personas reales, con nombres, historias, sueños interrumpidos. No eran solo un secreto familiar abstracto, sino tres vidas concretas destruidas por orgullo y racismo de clase.
Esteban sintió que debía hacer algo, confesarlo todo, buscar los restos, darles entierro cristiano, pero el miedo lo paralizaba. tenía ahora una esposa, un hijo en camino, negocios que sostener. Exponer el crimen significaría escándalo social, posible procesamiento legal si alguna autoridad decidía reabrir el caso, y la destrucción de todo lo que su familia había construido.
Tomó una decisión intermedia. Viajaría a San Jacinto. Verificaría si el pozo seguía sellado y luego decidiría qué hacer. En marzo de 1946 hizo el viaje llevando consigo una pala y una lámpara de petróleo. La hacienda estaba en ruinas avanzadas. El techo de la casa principal se había derrumbado parcialmente.
Las paredes agrietadas dejaban ver el adobe original y serpientes anidaban entre los escombros. bajó al sótano con el corazón martilleando en sus oídos. El sello de concreto que su padre había reforzado en 1917 seguía intacto, pero a su alrededor el piso de tierra mostraba grietas por donde crecían raíces de mezquite. Esteban se arrodilló y comenzó a cabar alrededor del sello sin intención de abrirlo, pero necesitando verificar que estuviera estable.
Mientras excavaba, su pala golpeó algo metálico. Era una medalla de la Virgen de Guadalupe, oxidada pero reconocible, la misma que su padre había dejado ahí 30 años antes. Esteban la limpió con su pañuelo y se la quedó mirando durante largo rato, sintiendo la conexión invisible que lo unía a su padre a través de ese gesto compartido de impotencia y culpa.
volvió a enterrar la medalla, cubrió sus excavaciones y salió del sótano con la certeza de que no podía deshacer lo hecho, pero tampoco podía vivir fingiendo ignorancia. Durante los siguientes 15 años, Esteban intentó expiar la culpa familiar de maneras indirectas. Se involucró en programas de desarrollo comunitario en poblaciones indígenas.
Financió escuelas rurales, contrató preferentemente a trabajadores otomíes en sus empresas y donó grandes sumas para la restauración de iglesias en comunidades marginadas. Nunca explicó a nadie por qué hacía todo eso y su esposa Clara interpretaba su filantropía como generosidad genuina. En 1961, cuando el gobierno federal inició un programa de redistribución de tierras ociosas, la hacienda San Jacinto fue finalmente expropiada de manera definitiva.
Un grupo de ejidatarios tomó posesión del terreno con planes de cultivar maíz y criar ganado. Esteban, al enterarse sufrió tal crisis de ansiedad que tuvo que ser hospitalizado tres días. Temía que los nuevos ocupantes demolieran la casa principal, descubrieran el pozo y destaparan elhorror. Pero los ejidatarios decidieron no tocar las ruinas.
Consideraban que derribar edificaciones viejas traía mala suerte y además el sótano estaba infestado de alacranes y nadie quería bajar ahí. Construyeron sus casas en otra zona del terreno y dejaron los restos coloniales como estaban. Esteban, aliviado, interpretó esto como una señal divina de que el secreto debía permanecer enterrado.
En 1968, durante los movimientos estudiantiles que sacudieron México, su hijo mayor, también llamado Rodrigo en honor al abuelo, se involucró en protestas universitarias en la Ciudad de México. Esteban, temiendo que su hijo fuera arrestado, o peor, lo trajo de regreso a Querétaro y tuvo con él una conversación que intentaba transmitir una lección sobre las consecuencias de desafiar el orden establecido, sin poder explicar realmente de dónde venía su miedo.
Rodrigo interpretó la conversación como conservadurismo político y se alejó emocionalmente de su padre. Esteban vivió el resto de su vida como un hombre dividido entre el amor a su familia y la vergüenza por sus orígenes. En 1975 sufrió el primero de varios infartos que gradualmente lo debilitaron.
Su esposa Clara, cuidándolo durante su convalescencia, notó que él guardaba un misal antiguo en su mesa de noche y lo miraba con frecuencia sin abrirlo. Una tarde le preguntó por qué ese libro en particular le causaba tanta fascinación. Y Esteban respondió, “Contiene verdades que preferirías no conocer.” Clara no insistió respetando sus silencios como había hecho durante décadas de matrimonio.
Pero después de que Esteban muriera en 1979, ella encontró el misal y cocido nuevamente en el los documentos que explicaban todo. A diferencia de Gabriela, quien había caído en depresión religiosa al descubrir el secreto, Clara reaccionó con pragmatismo frío. Había vivido la revolución de niña, había visto atrocidades durante la guerra cristera y había aprendido que el pasado no se cambiaba con culpa, sino solo con silencio o acción.
Decidió que el secreto era demasiado peligroso y demasiado viejo para seguir siendo transmitido. Llamó a su hijo Rodrigo, ahora un arquitecto de 40 años, y le entregó los documentos con una instrucción clara. Esto explica por qué tu padre era como era. Léelo una vez, entiéndelo y luego destrúyelo. No hay nada que ganar confesando crímenes de hace casi un siglo.
Los muertos no reviven con nuestro remordimiento. Rodrigo leyó los documentos en una noche, experimentando la misma conmoción que habían sentido su padre y su abuelo antes que él. Pero siguió el consejo de su madre. quemó los papeles en la chimenea de su estudio, viendo como las palabras que habían atormentado a tres generaciones se convertían en cenizas.
Solo guardó dos cosas: la fotografía de Jacinto y María y la carta final de su abuelo Rodrigo a su abuela Gabriela. intentó convencerse de que había hecho lo correcto, que algunas verdades debían morir con el tiempo, pero la fotografía lo perseguía, la guardaba en el cajón de su escritorio y a veces, trabajando tarde en proyectos arquitectónicos, la sacaba y estudiaba los rostros de aquella pareja condenada.
Se preguntaba cómo sería el niño que llevaba María en brazos, qué vida habría tenido si le hubieran permitido vivir, qué descendientes existirían ahora si ese asesinato no hubiera ocurrido. En 1985, un terremoto sacudió el centro de México, afectando también a Querétaro. vieja Casona Murillo, que había resistido más de un siglo, sufrió daños estructurales serios en uno de sus muros perimetrales.
Rodrigo, como arquitecto, supervisó las reparaciones. Durante los trabajos, los obreros descubrieron un espacio hueco detrás de un muro del sótano. No el sótano principal donde estaba el pozo, sino otro más pequeño que la familia había usado como bodega de vinos. Dentro del espacio encontraron una caja de metal oxidada que contenía más documentos, cartas de amor que Jacinto había escrito a María, nunca enviadas, probablemente confiscadas por el abuelo Augusto después del crimen.
Rodrigo las leyó con lágrimas corriendo por su rostro. Jacinto escribía con la pasión idealista de un joven que creía que el amor podía vencer las barreras de clase y raza. hablaba de sus planes de abrir una clínica médica gratuita, de enseñar a leer a María, de criar a su hijo en un México más justo que el que ellos habían conocido.
Esa noche, Rodrigo tomó una decisión que rompía con la tradición familiar. iría a San Jacinto, localizaría el pozo y haría algo para honrar la memoria de las víctimas, aunque fuera en secreto. Viajó al lugar una tarde de octubre de 1985, llevando consigo flores silvestres, una cruz de madera que él mismo había tallado y las cartas de amor de Jacinto.
La antigua hacienda había cambiado. Los ejidatarios habían prosperado modestamente. Tenían campos cultivados, casas de cemento, una escuela rural. La casaprincipal seguía en ruinas, pero menos desolada que cuando su padre la había visitado 40 años antes. Algunos niños jugaban cerca usando las columnas caídas como obstáculos para sus carreras.
Rodrigo esperó hasta el atardecer cuando todos regresaron a sus casas. Bajó al sótano con linterna, encontró el sello de concreto, ahora cuarteado por décadas de abandono, y sobre él colocó las flores, la cruz, y enterró las cartas de Jacinto en una lata metálica junto al borde del sello.
No rezó porque no sabía qué palabras usar. solo se quedó allí en silencio, imaginando a tres personas cayendo en la oscuridad de ese pozo, sus gritos apagándose mientras descendían hacia la muerte. Cuando subió, un anciano lo esperaba afuera. Era don Celestino, uno de los egidatarios originales, que había notado la luz de su linterna y se acercó por curiosidad.
Rodrigo, sorprendido, intentó explicar que solo estaba visitando una propiedad. que su familia había poseído antiguamente. El anciano asintió, pero luego dijo algo que heló la sangre de Rodrigo. Sé que aquí pasó algo malo. Los viejos del pueblo cuentan que esta hacienda está desde antes de la revolución. Dicen que se oyen llantos de bebé en las noches de luna llena y que ningún animal se acerca al sótano.
¿Usted sabe algo de eso? Rodrigo negó con la cabeza. mintió diciendo que solo conocía historias vagas y se despidió rápidamente. Pero mientras conducía de regreso a Querétaro, comprendió que el secreto había dejado de ser solo un asunto familiar. Se había convertido en leyenda local, en rumor comunitario, en memoria popular, que sobreviviría independientemente de lo que su familia hiciera o callara.
En los años 90, Rodrigo intentó distanciarse emocionalmente del pasado, concentrándose en su trabajo y su familia. Se casó tarde a los 52 años con una mujer más joven llamada Patricia y tuvieron una hija, Sofía, nacida en 1992. Rodrigo había decidido firmemente que el secreto moriría con él, no le transmitiría esa carga a su hija.
Pero en 1998, mientras Sofía curioseaba en el ático de la casa, la misma donde Esteban había encontrado el misal décadas antes, descubrió un sobre viejo que había quedado atrapado entre dos vigas. Dentro estaba la fotografía de Jacinto y María, que Rodrigo había guardado, pero luego olvidado dónde.
Sofía, de 6 años, bajó corriendo a preguntarle a su padre quiénes eran esas personas en la foto antigua. Rodrigo sintió que el pasado lo alcanzaba nuevamente, como siempre hacía, generación tras generación. tomó la fotografía de las manos de su hija y le dijo que eran parientes lejanos, muertos hacía mucho tiempo, y que la foto no era importante.
Sofía aceptó la explicación con la despreocupación de los niños, pero Rodrigo se quedó mirando la imagen durante horas esa noche, preguntándose si alguna vez su familia podría liberarse de la sombra de ese crimen centenario. Los años pasaron. Rodrigo envejeció sin confesar la verdad a nadie más, ni siquiera a su esposa Patricia.
En 2010, cuando la violencia del narcotráfico comenzó a afectar a Querétaro, él interpretaba cada noticia de fosas clandestinas descubiertas como un recordatorio del pozo de San Jacinto. sentía que México seguía enterrando sus muertos en secreto, que la historia nacional era una acumulación de pozos sellados que algún día se abrirían y revelarían sus horrores.
En 2015, Rodrigo fue diagnosticado con cáncer de páncreas. Los médicos le dieron 6 meses de vida. Durante sus últimas semanas, mientras recibía cuidados paliativos en su casa, su hija Sofía, ahora de 23 años y estudiando antropología en la universidad, pasaba tardes enteras con él grabando historias familiares para preservarlas.
Rodrigo le contó anécdotas de su infancia, de su padre Esteban, de su abuela Clara, pero siempre evitaba hablar de generaciones anteriores. Una tarde de agosto, sedado por morfina y con las defensas mentales debilitadas por la proximidad de la muerte, Rodrigo comenzó a murmurar sobre el pozo, sobre Jacinto, sobre el secreto que había devorado cuatro generaciones.
confundida. Pensó que deliraba por los medicamentos, pero anotó sus palabras en su cuaderno de campo, como había aprendido a hacer en sus clases de investigación etnográfica. Rodrigo murió el 3 de septiembre de 2015, llevándose consigo la última versión oral completa del secreto. Sofía, revisando sus notas semanas después del funeral, comenzó a pensar que quizás los delirios de su padre contenían algo de verdad.
Investigó en archivos históricos, buscó registros de la familia Murillo en el siglo XIX y encontró referencias a un Jacinto Murillo que efectivamente había estudiado medicina y había desaparecido misteriosamente en 1883. En 2016, exactamente 100 años después de que don Esteban regresara de la Ciudad de México con las escrituras de San Jacinto, Sofía viajó a la antigua hacienda. El lugar había cambiadoradicalmente.
Parte del terreno se había vendido a desarrolladores inmobiliarios. Y donde antes había campos cultivados, ahora se construían fraccionamientos de clase media. Las ruinas de la casa principal, sin embargo, habían sido preservadas por decreto municipal como patrimonio histórico. Sofía obtuvo permiso de las autoridades para realizar un estudio arquitectónico de las ruinas como parte de su tesis universitaria.
Bajó al sótano con equipo de medición y fotografía y encontró el sello de concreto, ahora casi invisible, bajo décadas de polvo y telarañas. A su lado, medio enterrada, estaba la cruz de madera que su padre había dejado 30 años antes, podrida pero reconocible. No entendía el significado de esa cruz ni del sello reforzado, pero intuía que allí se ocultaba algo importante.
Consultó con profesores de antropología forense. Consideró solicitar permiso para excavar, pero finalmente decidió no hacerlo. Algo en el silencio de ese lugar, en el frío que emanaba del piso de tierra, le advirtió que algunas verdades eran demasiado pesadas para desenterrarlas. Completó su tesis sin mencionar sus sospechas, fotografió las ruinas y regresó a Querétaro con más preguntas que respuestas.
En el archivo municipal, revisando documentos para otro proyecto, encontró por casualidad un registro de 1884 sobre una denuncia presentada por una mujer otomían defonso Tultepec, preguntando por su hija María de la Cruz, desaparecida un año antes después de trabajar en la capital. La denuncia había sido archivada sin investigación con la nota, sin interés público.
Sofía copió ese documento y lo guardó junto con las notas de los delirios de su padre. No sabía exactamente qué había sucedido, pero entendía que su familia estaba conectada a una tragedia antigua que involucraba desapariciones, secretos y un pozo sellado. Decidió que no investigaría más. No por cobardía, sino por respeto a los muertos y por comprensión de que algunas heridas históricas no cicatrizan con exposición, sino solo con el tiempo.
En 2024, cuando Sofía se preparaba para casarse y mudarse a Guadalajara, vaciando la vieja casona familiar que sería vendida a un hotel boutique, encontró en el fondo de un armario el sobre que su padre había olvidado, el que contenía la fotografía de Jacinto y María. Esta vez también encontró pegado al reverso de la fotografía, un fragmento de papel con la letra temblorosa de su padre, escrito probablemente en sus últimos días.
Sofía, si encuentras esto, sabrás que no deliraba. Hubo un crimen, hubo víctimas, no pudimos hacer justicia. Quizás tú puedas encontrar la paz que nosotros nunca tuvimos. Sofía lloró sosteniendo esa fotografía. Mirando los rostros serenos de Jacinto y María, el bebé envuelto en reboso y sintió el peso de cuatro generaciones de silencio comprimido en ese papel amarillento.
Comprendió que su familia había cargado esa culpa durante más de 130 años, que había devorado la tranquilidad de bisabuelos, abuelos, padres, y ahora amenazaba con devorar también la suya. Tomó una decisión. visitaría una última vez San Jacinto antes de mudarse, no para excavar, no para denunciar, sino para dejar algo que cerrara el ciclo.
En noviembre de 2024, una tarde de cielo gris viajó sola a las ruinas. Los fraccionamientos habían avanzado hasta rodear completamente el sitio histórico, pero las ruinas permanecían intactas, protegidas por rejas y candados. Sofía habló con el guardia de seguridad. Explicó que su familia había sido dueña de ese lugar y él la dejó entrar por 20 minutos.
Bajó al sótano con una linterna. Encontró el sello de concreto ahora cubierto de grafitis recientes, nombres de adolescentes, corazones, frases banales, y se arrodilló junto a él. De su bolso extrajo la fotografía de Jacinto y María. la metió en una bolsa de plástico transparente para protegerla de la humedad y la enterróficialmente junto al sello, marcando el lugar con tres piedras apiladas.
No rezó, pero habló en voz alta, dirigiéndose a las personas que suponía ycían en el fondo del pozo. No puedo devolverles la vida ni la justicia que merecían. No puedo reparar lo que mi familia les hizo, pero puedo dejar testimonio de que existieron, de que fueron amados y de que su memoria no se perdió completamente.
Que descansen en paz, si es que la paz es posible después de tanta oscuridad. Subió del sótano, agradeció al guardia y regresó a Querétaro. Dos semanas después se mudó a Guadalajara, vendió su parte de la herencia familiar y decidió especializarse en antropología forense para ayudar a familias que buscaban desaparecidos. No era expiación completa por el crimen de su tatarabuelo, pero era lo único que podía ofrecer.
Hoy en 2025 la antigua Hacienda San Jacinto sigue en pie como ruina patrimonial rodeada de fraccionamientos modernos. El sótano permanece sellado con sus secretos enterrados bajo argamasa centenaria.Ocasionalmente grupos de turistas visitan las ruinas para tomar fotografías guiados por historiadores locales que cuentan leyendas sobre tesoros coloniales escondidos y fantasmas que vagan entre las columnas caídas.
Nadie menciona el pozo porque oficialmente nadie sabe de su existencia. Pero en las comunidades otomíes de San Hilde Fonso, Tultepec, los ancianos todavía cuentan la historia de María de la Cruz, la joven que fue a trabajar a la capital en 1882 y nunca regresó. Dicen que su espíritu vaga buscando el camino a casa y que en noche sin luna se escucha el llanto de un bebé cerca de las ruinas de San Jacinto.
Los antropólogos clasifican estas historias como folklore local. Sin sospechar que bajo el folklorece una verdad macabra que una familia entera pasó tres generaciones ocultando. La fotografía que Sofía enterró junto al pozo permanece allí protegida en su bolsa de plástico, hundiéndose lentamente en la tierra húmeda. Con el tiempo la imagen se desvanecerá.
Los rostros de Jacinto y María se volverán borrosos e irreconocibles, y finalmente la evidencia física de su existencia desaparecerá por completo. Pero su historia fragmentada y transformada sobrevive en rumores, en delirios de moribundos, en notas antropológicas de estudiantes curiosos y en el silencio culpable que todavía pesa sobre los descendientes de quienes alguna vez decidieron que tres vidas valían menos que la reputación de un apellido.
En el archivo histórico de Querétaro, entre miles de documentos sin catalogar, reposa todavía la denuncia de 1884 sobre una mujer otomía, nadie la ha relacionado con los Murillo y probablemente nadie lo hará nunca. La verdad quedó enterrada en ese pozo de San Jacinto, bajo metros de oscuridad y silencio, donde tres cuerpos inocentes cayeron hace casi 150 años y donde seguirán hasta que el tiempo o el olvido los borre definitivamente de la memoria humana.
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