Michoacán, 1841: LA MACABRA relación entre meia hermanas que cruzó lo prohibido

La neblina del lago se había pegado a los tejados de teja roja como una tela húmeda. Y San Jerónimo de la Ribera amaneció con ese olor mezclado de tule, leña recién prendida y estiércol de caballo que solo conocían los pueblos que vivían entre agua y milpa. En 1841, cuando el sol todavía tardaba en trepar la loma y las campanas repetían su bronce lento, un muchacho dejó un paquete envuelto en manta a la puerta lateral de la casa grande de los Arriaga.
Nadie lo vio llegar, pero todos más tarde juraron haber escuchado el golpe seco de sus nudillos, como si hubiese tocado no madera, sino un ataúd. En el corredor interior, donde las baldosas guardaban frío, aún en abril, Catalina Arriaga se despertó con el pulso desordenado y la sensación de que alguien había pronunciado su nombre desde un lugar sin aire.
A pocos pasos en el cuarto que antes fue de costura y luego se volvió dormitorio, Lucía también abrió los ojos con la cara húmeda y un hilo de cabello negro pegado al labio, como si hubiera llorado sin darse cuenta. Las dos se quedaron quietas escuchando la respiración de la casa y en esa quietud se sintió por primera vez una pregunta que no se dijo.
¿Qué era aquello que las unía y que aún dormidas parecía llamarles desde afuera? Si esta historia te atrapa, suscríbete y comenta desde qué país o ciudad escuchas. En San Jerónimo, el rumor viajaba más rápido que el viento. A esa hora, la casa grande no era todavía un escenario de voces, sino una suma de sombras.
La cocina con su fogón casi apagado, la alacena que olía a piloncillo y chile seco, el comedor con manteles guardados para visitas importantes, la sala donde el retrato de don Julián Arriaga colgaba con una solemnidad que intimidaba hasta los criados. Don Julián había muerto 2 años antes de una fiebre que lo dobló en tres días y la gente del pueblo decía que se lo llevó una calentura mala.
traída de Valladolid. Otros más cuidadosos murmuraban que se lo había llevado la culpa porque era difícil morir en paz cuando uno dejaba asuntos sin nombrar. El primer asunto sin nombrar había sido Lucía. Lucía no había nacido a Raga, al menos no en el papel que guardaba el cura en el archivo parroquial. Había llegado a la casa grande con 11 años, flaca como una vara.
y con los ojos atentos de quien aprende a medir los silencios, la trajo el mismo don Julián después de un entierro discreto en la parte baja del campo santo, donde los purépechas y los pobres eran tierra antes de ser memoria. La madre de Lucía había sido María Tinsun, costurera y resandera, de manos finas para el hilo y de lengua parca para el mundo.
A nadie se le olvidó que don Julián pagó la misa completa y el ataúd y que luego, sin mirar a la viuda legítima a los ojos, subió a la niña a la carreta como quien recoge una herramienta olvidada. Doña Elvira, la esposa de don Julián, había vivido lo suficiente para entender que la vergüenza no se discutía, se administraba.
Aceptó a Lucía como si aceptaba una gotera, con resignación y medidas prácticas, sin permitir que el agua tocara el alfombrado bueno. Le asignó un cuarto aparte, le puso una camisa limpia, mandó a que le enseñaran a leer lo necesario para no parecer salvaje delante de visitas, y dejó claro, con una cortesía helada, que esa niña era la hija del Señor.
Sí, pero no una señorita. Catalina, en cambio, había sido educada para llevar el apellido como una corona, bordado, piano cuando llegaba algún maestro de paso, misa de domingo con mantilla fina y un futuro que olía a matrimonio. Sin embargo, el orden que doña Elvira intentó sostener no tuvo la obediencia de las almas jóvenes.
Catalina vio a Lucía por primera vez en el patio con los pies descalzos y el vestido prestado, y no sintió repulsión ni superioridad, sino una punzada de reconocimiento, como si mirara una parte suya que le habían escondido. Lucía, por su lado, miró a Catalina con una mezcla de miedo y curiosidad, porque la hija legítima parecía hecha de otra luz, piel más clara, manos sin grietas, un modo de caminar como si el suelo fuese suyo.
Y aún así, Catalina le habló sin aspereza, le ofreció un trozo de pan con manteca y le dijo, como si fuera lo más natural, que podían compartir el jardín de granados. Con los meses se acostumbraron a buscarse. Catalina encontraba en Lucía una atención que no recibía de los adultos, una presencia que no le exigía representar el papel de señorita todo el tiempo.
Lucía encontraba en Catalina una puerta, no solo a los libros y a las telas finas, sino a la idea de que la vida podía ser algo más que obediencia y trabajo. Empezaron con gestos pequeños, una trenza deshecha a escondidas, una mano que rozaba otra al pasar una jarra, una risa contenida cuando doña Elvira regañaba a los mozos por cualquier cosa.
Lo que nadie supo medir fue la velocidad con que esos gestos, repetidos en una casa llena de ecos, se volvíannecesidad. San Jerónimo de la Ribera era un pueblo de paso entre caminos que llevaban a Pácuaro y a Valladolid. y aún así se comportaba como si nada del mundo exterior debiera contaminarlo. En el atrio de la iglesia, los viejos discutían de política con palabras aprendidas a medias, centralistas, federalistas, levantamientos que parecían ocurrir siempre lejos y que, sin embargo, llegaban en forma de nuevos
impuestos o reclutamientos. Las mujeres hablaban de bautizos y de cosechas, de quién había enfermado, de quién había visto luces en el cerro. Los purépechas del barrio de abajo, que eran mayoría y sostén, bajaban al mercado con canastos de pescado, barro y textiles, y subían de regreso con sal, jabón y la misma paciencia antigua ante los desplantes de los gente de razón.
La iglesia mandaba como mandaba el clima, sin necesidad de gritar. El padre Basilio, un hombre con voz de tercio pelo y manos que olían a incienso, había llegado a San Jerónimo con fama de enderezador de almas. No era viejo, pero su mirada tenía ese cansancio de quien cree ver demasiado. A algunos les gustaba porque hablaba de pecado con ternura, como si la culpa fuera un niño enfermo.
A otros les inquietaba porque escuchaba más de lo que decía. Y en un pueblo pequeño que alguien escuchara era más peligroso que una espada. En la casa Arriaga. Tras la muerte de don Julián y luego la de doña Elvira, que no se llevó la fiebre, sino una tristeza sin testigos, quedó un vacío que todos quisieron llenar con decisiones rápidas.
El administrador de la Hacienda, don Tomás Orduña, primo lejano y tutor nombrado por papel, asumió el control con una eficiencia que olía a cuero recién aceitado. Revisó cuentas, apretó a los arrendatarios, recortó raciones de maíz en la cocina y habló con Catalina como si fuera una niña que debía agradecerle.
A Lucía la miraba menos, pero cuando lo hacía, sus ojos se detenían en ella con una evaluación que no era paternal. “Aquí se hará lo correcto”, decía don Tomás, “lo conviene al apellido y al rancho.” Catalina asentía por educación, pero por dentro algo se le erizaba, como si la casa hubiera cambiado de dueño sin que nadie se lo anunciara.
En las noches buscaba el cuarto de Lucía. se sentaba en su cama estrecha y le hablaba en voz baja de cómo era el mundo afuera, como si Lucía no lo supiera. Lucía escuchaba y a ratos se reía sin ruido, porque lo que Catalina llamaba mundo afuera, ella lo había olido desde pequeña. El miedo a la autoridad, la humillación de bajar la cabeza, la resistencia de sobrevivir sin permiso.
Catalina le tomaba la mano para convencerla. o convencerse de que juntas podían soportarlo. En esos meses, el paquete dejado en la puerta se volvió un detalle inquietante. No contenía joyas ni dinero, sino documentos envueltos en manta, una carta vieja con sello seco, una partida de nacimiento sin firmar del todo y un recibo de limosna a nombre de María Tsinsun.
Catalina lo encontró antes que nadie, porque esa mañana bajó temprano atraída por un presentimiento, y vio la manta junto al umbral. Leyó sin comprender del todo, pero entendió lo esencial. Había allí una verdad que alguien quería forzar a existir. Lucía apareció detrás de ella y al ver su nombre en tinta se quedó sin aire. No hablaron de eso en la mesa, no lo llevaron al cura.
No lo enseñaron a don Tomás. Guardaron el paquete en el baúl de bordados debajo de un mantel de hilo que doña Elvira había abordado para cuando Catalina se casara. El símbolo era demasiado claro, la verdad escondida bajo un futuro impuesto. Y aún así, aquella misma tarde, Catalina buscó a Lucía en el huerto, donde el olor a tierra mojada les daba una tranquilidad falsa.
y le dijo que no importaba lo que dijeran los papeles, que para ella Lucía era su hermana. Lucía la miró con una intensidad que daba miedo, como si esa palabra hermana fuera un techo frágil bajo una tormenta. El pueblo tenía su propio calendario emocional marcado por fiestas y cosechas, por novenas y ferias. Cuando se acercó la fiesta de San Jerónimo, patrono del lugar, todos se prepararon como si el santo pudiera verlos y juzgarlos desde su nicho.
Se pintó la fachada de la iglesia, se levantaron arcos de flores en la calle principal. Se juntó pólvora para los cohetes, se arreglaron trajes. En el mercado, los músicos afinaban guitarras y violines, probando melodías que se mezclaban con el pregón de las vendedoras. La alegría, sin embargo, traía su propia tensión.
En los días festivos, los cuerpos se acercaban, las miradas se detenían y lo que normalmente se ocultaba podía asomarse. Catalina y Lucía acudieron a la novena acompañadas de una criada vieja, Eulalia, que había servido a los Arriaga desde antes de que Catalina naciera. Eulalia caminaba detrás como una sombra protectora y sin proponérselo escuchaba las conversaciones ajenas.
Esa noche, al entrar al templo, Catalinasintió que todos los ojos se movían como insectos sobre su espalda. No era paranoia. Don Tomás había empezado a hablar con algunos hombres importantes del pueblo, insinuando que Catalina necesitaba sentar cabeza, que ya era hora de un compromiso. El nombre que circulaba era el de Esteban Landa, hijo del escribano, joven correcto, de bigote recién estrenado y ambición bien peinada.
Esteban esa misma noche se acercó con una reverencia estudiada y le besó la mano a Catalina. con la delicadeza de quien ensaya frente a un espejo. Ella sintió asco y culpa al mismo tiempo, porque la mano besada había sido la que horas antes había apretado la de Lucía en el corredor. Lucía se quedó a un lado, sin lugar en ese ritual social, y el padre Basilio desde el presbiterio la observó con un interés que no era mera curiosidad.
Nadie dijo nada, pero en los pueblos el silencio era un idioma. Al salir de la iglesia, la plaza estaba llena de puestos, velas y humo de anafres. La música se deslizaba por el aire como una promesa y los muchachos giraban alrededor de las muchachas como si el mundo fuera un baile eterno. Catalina caminó con Lucía hacia un rincón menos iluminado detrás del puesto de buñuelos para respirar sin sentirse vista.
Allí, entre el olor dulce y la sombra, Catalina se inclinó y le acomodó a Lucía el reboso, un gesto íntimo que pudo haber sido fraternal. Y también otra cosa. Lucía bajó la mirada, pero no se apartó. En ese segundo, una mujer del pueblo, Petra Viveros, viuda y lengua famosa, las vio y frunció la boca como quien prueba una comida sospechosa.
“Míralas”, susurró Petra a otra, “Pegadas como si fueran una sola. Y no son.” La otra mujer no respondió, pero el rumor no necesitaba respuesta. Necesitaba camino. Esa noche, mientras el santo era paseado con velas y flores, la primera frase torcida sobre las hermanas empezó a caminar de boca en boca, como un animal que olía sangre sin verla.
El padre Basilio, al final de la misa rezó por la pureza de las familias y por las tentaciones del demonio. Y aunque no dijo nombres, Catalina sintió que cada palabra le caía encima como ceniza. Días después, como si el cielo hubiera querido sumarse a la vigilancia, llegó una tormenta fuera de temporada. El lago se levantó con un humor oscuro, las nubes se apilaron sobre los cerros y el viento trajo un silvido que se colaba por rendijas y hacía vibrar los vidrios.
En la hacienda, los mozos corrieron a asegurar techos y a meter animales, mientras don Tomás gritaba órdenes con la satisfacción secreta de quien se siente necesario. Catalina y Lucía quedaron adentro. Atrapadas en el sonido de la lluvia golpeando como piedras. Fue esa tarde cuando el techo de la capilla pequeña de la hacienda, una construcción humilde con un cristo de madera ennegrecida, empezó a crujir.
Nadie lo notó hasta que un pedazo de teja cayó al suelo con un estallido y levantó polvo. Eulalia lanzó un grito y los criados se persignaron. Don Tomás ordenó sacar las imágenes antes de que se arruinen como si los santos fueran muebles. Catalina corrió hacia la capilla sin pensar, movida por una angustia que no era solo religiosa.
Aquel lugar había sido su refugio y el de Lucía, el único sitio donde podían hablar sin ser vistas. Lucía la siguió y ambas entraron justo cuando un rayo iluminó el interior y el Cristo pareció abrir los ojos por un instante. Catalina tomó el crucifijo pequeño del altar y lo apretó contra su pecho.
Lucía, temblando, recogió un rosario caído. En la penumbra se miraron como si la tormenta hubiera borrado el resto del mundo. Catalina, sin pensar en consecuencias, acercó la frente a la de Lucía buscando calma. Lucía levantó una mano y tocó la mejilla de Catalina con una delicadeza que no parecía de este mundo.
El techo crujió otra vez y un segundo después entró don Tomás empapado con dos mozos detrás. Los vio así, demasiado cerca, demasiado quietas, como si el miedo las hubiera unido de un modo que no correspondía. No dijo nada en ese momento, pero su mirada se volvió una promesa. Catalina sintió que la vergüenza no venía del acto, sino de la interpretación ajena.
Lucía bajó la mano de golpe como si se hubiera quemado, y el rosario cayó de nuevo al suelo, quedando a medias bajo un charco. La tormenta dañó la capilla y también algo más. Rompió el equilibrio frágil de la casa. Esa misma noche, don Tomás habló a solas con el padre Basilio, que había ido a bendecir el lugar por precaución.
Se refugiaron en la sala con el retrato de don Julián, mirándolos desde la pared, y bebieron chocolate caliente mientras afuera el viento seguía sacudiendo los árboles. Nadie oyó con claridad la conversación, pero Eulalia desde el corredor alcanzó a captar palabras sueltas: decoro, escándalo, corregir, convento.
La última palabra se quedó flotando en el aire de la casa como una mosca. Catalina en su cuarto se sintió asfixiada.Se quitó la cinta del pelo y miró por la ventana el patio inundado. Recordó el paquete de documentos escondido en el baúl y la idea le dio vértigo. Si la verdad de Lucía salía a la luz, no la protegería, la expondría.
Lucía era para el pueblo una grieta conveniente donde arrojar culpas porque tenía sangre indígena y un origen sin ceremonia. Catalina entendió con una lucidez amarga que el escándalo no era solo por lo que se sospechaba entre ellas, sino por el simple hecho de que existieran juntas bajo el mismo techo, desafiando el orden de apellidos.
Lucía no durmió. Se quedó sentada en su cama estrecha con el rosario húmedo en las manos y oyó los sonidos de la casa como si fueran pasos de un animal grande. Pensó en su madre María y en la forma en que había bajado los ojos toda su vida para evitar problemas. Pensó en don Julián, que la había traído a la casa como quien intenta reparar tarde un daño, y pensó en Catalina, que era lo único que le había dado algo parecido a pertenencia.
El miedo se le instaló en el pecho con un peso casi dulce, porque el miedo también era una manera de estar viva. Con los días la lluvia se dio, pero la humedad quedó en las paredes y en los ánimos. La capilla se clausuró. temporalmente y eso obligó a la familia o lo que quedaba de ella a ir más seguido a la iglesia del pueblo.
Catalina y Lucía caminaron juntas por la calle principal, sintiendo el barro pegado a las suelas y los ojos clavados como espinas. En el mercado, las vendedoras se quedaban calladas cuando ellas pasaban. Los niños las miraban con una curiosidad cruel. Los hombres fingían no verlas, pero los susurros subían como humo. Betra Viveros, que sabía convertir cualquier detalle en sentencia, empezó a decir que había visto cosas raras desde antes de la tormenta.
Hablaba de rezos a desoras, de la forma en que Lucía se pegaba a Catalina, de cómo Catalina evitaba a Esteban Landa. Un rumor necesitaba adornos para sobrevivir y Petra era artista. También se sumó Jacinto Paredes, un comerciante resentido porque don Tomás le había negado crédito. Decía que en la casa Arriaga había brujería y señalaba a Lucía como si la oscuridad del pelo fuera prueba.
Los purépechas del barrio de abajo escuchaban esas acusaciones con rabia contenida, porque sabían lo fácil que era culparlos de todo. Y aún así, por prudencia, preferían mantenerse al margen. El padre Basilio, por su parte, empezó a predicar con más insistencia sobre los vínculos indebidos. Hablaba de la familia como muro contra el pecado y de la mujer como guardiana del orden.
Y cada frase parecía apuntar al banco donde Catalina se sentaba. Catalina apretaba los labios y miraba el altar intentando no mirar a Lucía. Lucía, en cambio, miraba al cura tratando de entender si aquel hombre sabía algo real o si solo olía el miedo general y lo convertía en sermón. Había en el padre Basilio una compasión verdadera, pero también una necesidad de control, como si el bien del pueblo dependiera de que todos se quedaran en su lugar.
En privado, Catalina y Lucía intentaron mantener sus rituales, pero la casa se había vuelto peligrosa. Eulalia las observaba con preocupación, como una vieja que ha visto demasiadas desgracias nacer de cosas pequeñas. Don Tomás, cada vez más presente, mandó a cambiar a Lucía de cuarto por conveniencia, alejándola del ala donde dormía Catalina.
dijo que era para evitar chismes, pero la distancia era una forma de castigo. Catalina protestó y don Tomás le respondió con una calma cortante que ella debía aprender a obedecer si quería conservar algo del patrimonio. “Tu padre me dejó encargado todo esto”, dijo señalando con un gesto amplio la casa, los corrales, los campos.
Y tú, Catalina, eres parte de ese todo. Catalina sintió que la reducían a una pieza. Esa noche escapó al patio trasero y encontró a Lucía junto al lavadero, lavando una prenda que ya estaba limpia solo para tener que hacer con las manos. La luna iluminaba el agua con una luz opaca.
Catalina se acercó y la distancia impuesta por don Tomás se volvió física. No podían tocarse sin sentir que un ojo invisible las medía. Aún así, Catalina habló en voz baja de un plan: juntar dinero, vender algunas joyas escondidas, irse a Valladolid, buscar a una tía lejana. Lucía escuchó, pero no respondió de inmediato.
Sabía que los planes, en boca de los privilegiados, sonaban simples. En el mundo real, la gente como ella terminaba atrapada. ¿Y yo qué sería allá?”, preguntó Lucía al final, sin reproche, solo con realidad. “Tu hermana o tu vergüenza.” Catalina abrió la boca para negar, pero se detuvo. La pregunta era un espejo. Lucía la miró con una ternura amarga y, por un instante, Catalina sintió que todo lo que había entre ellas era más fuerte que cualquier palabra y también más frágil.
El viento movió las hojas de los naranjos y el sonido pareció un suspiroajeno, como si la noche estuviera escuchando. La siguiente grieta llegó con forma de papel. Esteban Landa apareció una tarde en la casa grande acompañado de su padre, el escribano. Venían con modales impecables y una caja de dulces de almendra, y don Tomás los recibió con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Catalina fue llamada al salón como si fuera un objeto de exhibición. Lucía, por supuesto, no fue invitada. se quedó en la cocina pelando cebollas con el ardor en los ojos, que no era solo por el olor. El escribano habló de unión conveniente, de estabilidad en tiempos de política incierta. Mencionó los rumores de levantamientos en otras regiones, la necesidad de asegurar propiedades, la importancia de un matrimonio que consolidara alianzas.
Esteban miraba a Catalina como quien calcula un terreno. Catalina escuchaba con una calma extraña, porque por dentro algo se había endurecido. Don Tomás al final pidió a Catalina que diera un paseo con Esteban por el corredor para conocerse. Catalina obedeció porque desobedecer allí habría sido una escena. Caminaron bajo los arcos con el sonido de sus pasos amplificado por la casa.
Esteban habló de su futuro, de cómo podría darle un hogar y protegerla. Catalina respondió con cortesía mínima. Cuando él intentó tomarle la mano, ella retiró la suya con un gesto rápido, como si hubiera tocado algo sucio. Esteban se quedó quieto un segundo y luego sonró. Pero la sonrisa fue más dura. Dicen cosas en el pueblo, Catalina”, murmuró bajando la voz.
“cosas que pueden volverse peligrosas si no se les pone fin.” Catalina lo miró con odio y miedo, y Esteban levantó la barbilla como quien da una advertencia amable. Catalina entendió entonces que el matrimonio no era solo alianza, era una operación de limpieza. Volvió al salón con el pecho apretado y al cruzar la puerta vio a Lucía asomada desde el pasillo de servicio, invisible para los visitantes, pero no para ella.
Sus miradas se encontraron como dos manos que se buscan en la oscuridad. Catalina no pudo hacer nada y esa impotencia fue un veneno lento. Esa noche Lucía entró al cuarto de Catalina por la ventana del corredor interior, aprovechando que Ulalia dormía y que los demás estaban ocupados con cuentas. Entró sin hacer ruido, como quien entra a una iglesia.
Catalina estaba sentada en el suelo con el vestido arrugado y el cabello suelto, mirando el baúl donde habían escondido los documentos. Lucía se arrodilló frente a ella. No se tocaron de inmediato, se miraron y en esa mirada hubo una confesión sin palabras. La sensación de que el mundo les estaba cerrando puertas. Catalina sacó el paquete de manta, lo abrió y la carta vieja cayó sobre sus piernas.
Lucía la tomó leyendo como pudo. La carta estaba escrita por don Julián, dirigida al padre Basilio antes de que este llegara a San Jerónimo, como si don Julián hubiera buscado absolución en otro lugar. En ella, don Julián admitía a Lucía como su hija y pedía que algún día se le reconociera para que no viviera como sombra.
La carta no era un acta legal, pero era un arma moral. Catalina sintió una esperanza salvaje. Si mostraban esa carta, quizá el pueblo dejaría de ver a Lucía como intrusa. Pero Lucía apretó el papel y negó con la cabeza. Si la ven como hija reconocida, la van a odiar más, susurró. Y si además dicen lo otro, lo que creen, entonces me van a quemar con la mirada.
Catalina se estremeció ante la palabra quemar, porque no era literal, pero en los pueblos el castigo podía ser más largo que el fuego. Se inclinó hacia Lucía y esta vez sí la tocó. le acomodó el cabello detrás de la oreja, un gesto que parecía pequeño y, sin embargo, era un desafío a todo. Lucía cerró los ojos un instante, como si el contacto la sostuviera.
Luego, con una valentía que asustaba, Lucía apoyó la frente en el hombro de Catalina. Catalina respiró el olor de su pelo a jabón barato y humo de cocina y sintió una ternura feroz que no sabía nombrar sin pecado. No pasó nada más y aún así algo había pasado. Se habían permitido ser lo que eran en el único lugar donde creían estar a salvo.
Afuera, en el corredor, una tabla del piso crujió levemente. Catalina levantó la cabeza de golpe. Lucía se separó. Con la respiración contenida. Nadie entró, pero el sonido dejó la amenaza suspendida, como una mano a punto de tocar la puerta. El día del mercado grande llegó con un sol duro que secó el barro y levantó polvo.
San Jerónimo se llenó de gente de rancherías cercanas, de comerciantes con mulas, de mujeres con canastos, de soldados sueltos que pedían comida a cambio de protección. El ambiente olía a sudor, chile tostado y fruta madura. En la plaza, un grupo de músicos tocaba piezas alegres y el sonido se mezclaba con risas y regateos.
Era el tipo de día en que los pueblos se miraban a sí mismos y se convencían de que seguían vivos. Don Tomás decidió queCatalina debía aparecer en público, bien vestida como prueba de normalidad. le ordenó usar un vestido azul con encaje en el cuello y Eulalia la peinó con manos temblorosas, como si estuviera preparando a alguien para un sacrificio.
Lucía, en cambio, fue enviada a comprar telas con una criada lejos de Catalina para que no anduvieran juntas. La separación se volvió espectáculo. La gente notaba que ya no caminaban pegadas y eso alimentaba la sospecha porque nada despierta más curiosidad que lo que se prohíbe.
Catalina llegó al mercado con don Tomás y Esteban, que se comportaba como si ya fuera dueño de su brazo. Catalina sonreía por obligación. En cada puesto, don Tomás saludaba a los hombres importantes y Esteban hablaba de futuros proyectos, de negocios, de cómo la hacienda Arriaga necesitaba mano firme. Catalina escuchaba y se preguntaba si alguien alguna vez había preguntado qué necesitaba ella.
A lo lejos vio a Lucía entre la multitud comprando hilo. Lucía también la vio y durante un segundo el mundo se redujo a esa distancia. Catalina sintió ganas de correr hacia ella, pero la mano de Esteban en su codo fue una cadena. En ese mismo mercado, Petra Viveros encontró una oportunidad. Se acercó al puesto donde Lucía compraba y empezó a hablar como quien no quiere hablar.
mencionó a Catalina, mencionó a Esteban y luego dejó caer la frase como una piedra en agua. Dicen que en esa casa pasan cosas que ni el santo perdona. Lucía se puso tensa, pero siguió contando monedas. Petra sonrió satisfecha de ver el efecto. “Tú deberías cuidarte, muchacha”, añadió Petra.
“La gente no perdona a las que no saben dónde está su lugar.” Lucía levantó la mirada. Sus ojos oscuros tenían una calma peligrosa. “Mi lugar lo sé”, dijo. “lo que no sé es el suyo, Petra.” La viuda abrió la boca ofendida y ese gesto fue suficiente para que las mujeres alrededor olieran conflicto. En segundos, un círculo de mirada se formó.
Petra, herida en su orgullo, quiso recuperar control y soltó una risa falsa. Ah, mírenla, hasta responde como señorita. Así empieza el demonio enseñándoles a las criadas a creerse iguales. Una mujer purépecha, vieja, intervino sin levantar la voz. El demonio no enseña a leer, eso lo hace la gente. El comentario cayó como un golpe suave.
Petra se retiró, pero el daño estaba hecho. La escena se convirtió en anécdota y la anécdota en prueba. Esa tarde, en más de una casa, se repitió la historia con adornos, que Lucía había insultado a una viuda respetable, que Lucía tenía mal carácter, que Lucía se creía arriaga de verdad. Y al final, como siempre, alguien agregaba en voz baja: “Y con Catalina, ¿quién sabe qué hacen? El padre Basilio escuchó esos murmullos en el confesionario donde las mujeres iban a decir pecados que no eran suyos.
Él no creía en chismes por sí mismos, pero sí creía en el poder destructivo del escándalo. Además, había visto con sus propios ojos una cercanía intensa entre Catalina y Lucía. No podía probar nada y aún así su deber, según su formación era prevenir. En su mente prevenir era separar. Una tarde llamó a Catalina a la sacristía después de misa.
La sacristía olía a cera y a tela guardada. Catalina entró con respeto y miedo porque sabía que en ese cuarto se definían destinos sin ruido. El padre Basilio le habló con suavidad. preguntó por su salud, por su tristeza. Catalina intentó responder con frases neutras. Entonces él, como quien coloca una mano en una herida, mencionó a Lucía. “Hija, el pueblo habla”, dijo.
Y cuando el pueblo habla, el demonio se acomoda en las palabras. Catalina sintió un calor en la cara. Quiso negar, pero negó demasiado rápido y eso la traicionó. No hay nada, dijo, solo somos familia. El padre Basilio la miró con una mezcla de compasión y severidad. La familia también se pierde cuando se confunden los afectos. Respondió.
Hay amores que Dios permite y amores que solo parecen amor, pero nacen de la falta. Catalina entendió que él ya había decidido el significado. Su voz se quebró apenas. Lucía no tiene a nadie más. Por eso mismo dijo el cura, la caridad no debe volverse dependencia. Catalina apretó el pañuelo en sus manos hasta arrugarlo.
El padre Basilio le propuso con tono de consejo que Lucía entrara como sirvienta interna al convento pequeño en Valladolid, donde las monjas recibían jóvenes para enseñarles labores. Dijo que sería una oportunidad para ella, una forma de protegerla del chisme. Catalina escuchó y sintió que el piso se inclinaba. No discutió, solo salió con la sensación de que la iglesia, que siempre parecía refugio, podía ser una puerta cerrada.
Esa noche, Catalina le contó a Lucía lo hablado. Estaban en el patio cerca del Granado, donde las ramas todavía tenían gotas de lluvia vieja. Lucía escuchó en silencio. Cuando Catalina terminó, Lucía sonrió apenas, pero la sonrisa fue como una acuchillada sin sangre. Así que yaencontraron dónde guardarme”, dijo.
Catalina quiso abrazarla, pero Lucía dio un paso atrás. No dijo Lucía con voz controlada. No me abraces aquí. Si nos ven, van a decir que confirmamos todo. Catalina se quedó con los brazos suspendidos, vacíos. Lucía miró hacia la casa, hacia las ventanas oscuras. Luego volvió a mirar a Catalina con una intensidad que parecía un juramento.
Si me encierran allá, ¿vas a casarte con él? Catalina tragó saliva. No quiero, respondió. No es lo que pregunté, insistió Lucía. Catalina no supo que contestar. La noche se llenó de grillos y el sonido que normalmente calmaba se volvió insoportable, como si la tierra misma estuviera opinando. Lucía bajó la vista como si ya hubiera obtenido la respuesta sin oírla.
Se dio la vuelta y se fue hacia su cuarto nuevo sin mirar atrás. Catalina se quedó sola bajo el granado, sintiendo que la distancia no era solo de pasos, sino de destinos. El pueblo, como si oliera la sangre emocional, se preparó para el evento que terminaría de encenderlo todo, la procesión grande de Corpus, donde se sacaba el santísimo por las calles con tapetes de flores y acerrín pintado.
Era una oportunidad para mostrar devoción y para medir jerarquías. ¿Quién cargaba qué? ¿Quién iba delante? ¿Quién detrás? Don Tomás insistió en que Catalina participara con mantilla blanca y vela gruesa como correspondía. También insistió en que Esteban caminara a su lado para que la gente vea. El padre Basilio aceptó porque también era una forma de cerrar el escándalo con un símbolo.
Lucía, por supuesto, no tenía lugar asignado. Podía mirar desde la orilla, como tantas otras muchachas sin apellido. Sin embargo, el día de Corpus, Lucía apareció con un rebozo oscuro y una vela pequeña, como cualquier devota. Se colocó cerca del atrio junto a las mujeres del barrio de abajo. Catalina, al verla sintió un golpe de alegría y de miedo.
Esteban la notó tensarse y frunció el ceño como quien detecta una falla en su propiedad. La procesión avanzó entre olor a flores machacadas y humo de copal. Los músicos tocaban melodías solemnes que hacían vibrar el aire. La gente murmuraba oraciones. Catalina caminaba con la vista baja intentando no mirar a Lucía, porque mirarla era caer.
Pero la fuerza de la mirada ajena era real. Petra Vivos y otras mujeres estaban ahí listas para interpretar cada gesto. En un momento, al girar una esquina, Catalina sintió que la vela se le inclinaba y la cera caliente le cayó en la mano. Hizo un gesto involuntario de dolor. Esteban, en lugar de ayudarla, se irritó por la interrupción.
Catalina, sin pensar, buscó con los ojos a Lucía, como quien busca agua. Lucía la vio y rompiendo la quietud se movió entre la gente para acercarse. Extendió un pañuelo para proteger la mano de Catalina. Fue un gesto rápido, humano, casi inocente. Pero el gesto ocurrió en público. La calle pareció detenerse.
Catalina aceptó el pañuelo y sus dedos rozaron los de Lucía. Un segundo demasiado largo. Esteban lo vio. Don Tomás lo vio. Petra lo vio con un brillo de triunfo. El padre Basilio, que caminaba cerca del santísimo, giró la cabeza y también lo vio. Nadie dijo nada en ese instante. Había una consagrada en movimiento. No se gritaba en medio de Dios.
Pero el pueblo absorbió la escena como una esponja absorbe vino. Al terminar la procesión, cuando el santísimo volvió al templo, la gente se dispersó con una energía extraña, como si hubieran asistido a algo más que un rito. Catalina sintió el peso del pañuelo en su mano como si fuera una prueba. quiso devolvérselo a Lucía, pero don Tomás la tomó del brazo y la jaló hacia la sacristía con una fuerza controlada.
Esteban lo siguió. Catalina alcanzó a ver a Lucía quedarse afuera inmóvil, con la vela apagada mirando la puerta cerrarse. En esa mirada había una despedida anticipada y Catalina sintió que el aire le faltaba. En la sacristía, el padre Basilio ya estaba esperando. Su rostro era serio, pero no cruel. Don Tomás habló primero con voz baja y rápida, como quien presenta un caso.
Padre, esto no puede seguir, dijo. La gente ya habla demasiado y hoy hoy fue descaro. Catalina quiso defender a Lucía, decir que había sido solo un pañuelo, una quemadura. Pero Esteban se adelantó con un tono que pretendía ser protector. “Catalina necesita guía”, dijo. Y esa muchacha, esa muchacha no debería estar cerca.
Lucía no estaba ahí para defenderse. Catalina sintió una rabia que le tembló en las manos. “Lucía es mi hermana”, dijo al fin con una fuerza que sorprendió incluso a ella. El silencio fue pesado. Don Tomás apretó los labios como quien escucha una insolencia. El padre Basilio cerró los ojos un instante, como si rezara por paciencia. Precisamente por eso dijo el cura abriendo los ojos.
Hay afectos que cuando se desordenan lastiman más por ser cercanos. Catalina entendió que no importaba loque dijera. El rumor ya tenía forma y la forma era indecente. Don Tomás anunció la decisión como si leyera un edicto. Lucía sería enviada a Valladolid en una semana al convento de Santa Clara para servir y aprender. Catalina, por su parte, formalizaría compromiso con Esteban antes del próximo mes para cortar de raíz cualquier interpretación.
El padre Basilio asintió con tristeza, como si aceptara un mal necesario. Esteban sonrió apenas. Catalina sintió que el mundo se cerraba como una puerta de hierro. Quiso gritar, pero el lugar sagrado le apretó la garganta. Miró al retrato imaginario de su padre en su mente y por primera vez sintió resentimiento hacia él por haber dejado ese caos.
Salió de la sacristía con pasos rígidos y al cruzar el atrio vio a Lucía todavía ahí como si hubiera esperado una señal. Catalina no pudo acercarse, la rodeaban ojos. Lucía, sin embargo, lo entendió todo al ver la cara de Catalina. Sus hombros bajaron apenas. No lloró, solo apretó su rebozo y se dio la vuelta. Su caminar fue lento, digno, como si cada paso fuera un adiós que nadie quiso escuchar.
En la casa grande, la semana previa a la partida, se volvió un teatro de normalidad. Don Tomás organizó comidas con vecinos importantes. Habló de negocios, de siembras, de política. Comentó con tono indignado que hay gente que inventa por envidia. Y al decirlo, miraba a Lucía de reojo, como si el invento lo hubiera provocado ella con su mera existencia.
Eulalia preparaba comida con manos temblorosas y de vez en cuando miraba a Catalina con ojos de súplica, como diciendo, “Haz algo!” Pero Catalina parecía caminar dentro de un sueño pesado. Catalina y Lucía apenas lograron robarse momentos sueltos entre las tareas y las miradas. Un intercambio de palabras en el corredor cuando todos dormían la siesta, un saludo breve en el patio mientras una llevaba agua y la otra regresaba de la troje.
Una coincidencia frente al fogón donde el humo les irritaba los ojos y les servía de excusa para ocultar otras humedades. En esos ratos mínimos lo que no podían decir se acumulaba en los gestos. Una mano que se demoraba un segundo más sobre el borde de una jícara, una mirada que no se apartaba a tiempo, un silencio compartido que pesaba más que cualquier conversación.
Eulalia, con sus manos manchadas de maíz y años, veía ese ir y venir de sombras con una mezcla de ternura y miedo. Había criado a Catalina. Había visto llegar a Lucía con el polvo del camino, todavía pegado a las trenzas, y ahora sentía que las estaban empujando a un precipicio que ellas no habían elegido. Una noche, mientras remendaba unas enaguas en la cocina, llamó a Lucía con un gesto de la barbilla.
“Si quieres guardar algo tuyo, guárdalo ahora”, le dijo, sin mirarla del todo. “Cuando te lleven allá hasta el hilo, te lo cuentan. Lucía la miró sin entender del todo. “Guardar dónde, Eulalia.” La vieja señaló hacia el interior de su propio blusón, donde llevaba siempre colgando un escapulario gastado. “Donde no lo encuentren los ojos de los señores,” respondió, “Porque lo que el mundo no ve no lo puede juzgar tan fácil.
” Esa frase se le quedó a Lucía dando vueltas en la cabeza durante días. ¿Qué era? exactamente lo que el mundo no debía ver, su origen, su nombre, su forma de querer. Empezó a esconder pequeñas cosas. Un botón de nácar que Catalina había perdido, una hebra de listón azul, un trozo de papel arrancado de la carta de don Julián con una sola palabra legible: hija.
Los fue cosiendo, casi sin saberlo, al de su rebozo más viejo, el mismo que había usado al llegar a la casa grande. Quedaba un poco más pesado, pero también más suyo. Mientras tanto, en el pueblo las lenguas no descansaban. Las mujeres repetían la fecha de la partida de Lucía como si se tratara de una fiesta próxima.
El lunes la mandan al convento, decían en el lavadero, a ver si así se calma ese aire raro en la casa Arriaga. Y dicen que el compromiso de Catalina con el escribanito ya está casi hecho, pues más les vale, porque una casa sin hombre ni cura cerca es nido del demonio. Los hombres, por su lado, hablaban menos del asunto, pero cuando lo hacían, el tono era resbaloso.
“Esas cosas pasan cuando se revuelven sangres”, comentó Jacinto Paredes tomando pulque en la cantina. El señor Arriaga se creyó muy generoso trayendo a la bastarda. Y mira, dicen que se querían demasiado respondió otro con media sonrisa, que hasta la tormenta aquella fue aviso. Va, escupió Jacinto. Lo que pasa es que en esa casa no supieron poner cada cosa en su sitio.
El padre Basilio, al escuchar fragmentos de esas conversaciones, cuando iba a dar la bendición a algún enfermo o a recoger limosna, sentía que se le apretaba el estómago. No le gustaba en lo que se estaba convirtiendo. Lucía, un recipiente donde todos depositaban sus miedos y su morbo. Por eso pidió verla antes de que partiera, con la intención,se decía a sí mismo, de ofrecerle consuelo y guía.
también, aunque no lo admitiera, porque algo de la firmeza en los ojos de ella lo había inquietado desde la primera vez que la vio. La víspera del viaje, Lucía fue llamada a la sacristía después del rosario. Entró con el reboso bien ceñido y las manos entrelazadas, como había visto hacer a otras muchachas que pedían consejo.
La sacristía estaba casi a oscuras, iluminada apenas por una vela que hacía bailar sombras sobre los santos de bulto. El olor a cera y madera vieja la envolvió. “Siéntate, hija”, dijo el padre Basilio señalando un banco. Lucía obedeció, pero se sentó apenas al borde, como lista para levantarse en cualquier momento.
“Mañana sales temprano”, continuó él. Quise hablar contigo antes porque no me gusta despedir a nadie como si fuera un animal que se embarca sin bendición. Lucía asintió sin saber si agradecer. El padre la observó un momento tratando de leerle el alma como le habían enseñado en el seminario, pero lo que encontró fue una mezcla compleja: orgullo y miedo, cariño y rabia.
Dicen cosas de ti en el pueblo, empezó él despacio. Cosas que quizá tú hayas oído. Lucía sostuvo su mirada. Dicen muchas cosas, padre, respondió. También dicen que unas luces se paran en el cerro y que son ánimas y son solo gentes con fogata. El cura apretó los labios conteniendo una sonrisa que habría sido peligrosa.
“No estoy aquí para juzgarte por lo que otros inventan”, dijo, “sino preguntarte, ¿qué hay en tu corazón respecto a tu hermana?” La pregunta cayó con un peso especial por esa palabra. Hermana. Lucía respiró hondo. Podía mentir, callar, llorar. eligió otra cosa, hablar desde un lugar donde el miedo no alcanzara del todo.
“En mi corazón”, dijo, “Catalina, es la primera persona que me miró como si yo no fuera un estorbo. Cuando me trajo don Julián, la casa entera me veía como si yo hubiera hecho algo malo por nacer. Ella no. Ella me dio pan sin que se lo mandaran. Me enseñó a leer mi nombre. me dijo que hijas éramos las dos, aunque una firmara papeles y la otra no.
Se detuvo un segundo buscando palabras más precisas. Si eso es pecado, entonces no sé qué quiere Dios de nosotras. El padre Basilio sintió que la frase lo atravesaba. Había escuchado confesiones de adulterios, de robos, de golpes. Pero esto era otra cosa, un amor que no encajaba en las casillas conocidas. y al fondo una injusticia que tampoco podía negar. Se aclaró la garganta.
El cariño no es pecado, dijo. Lo que preocupa son los excesos, los apegos que hacen que uno olvide su deber, su sitio. Lucía frunció apenas el seño. Mi sitio, Padre, siempre me lo han recordado otros, respondió. Yo nunca lo he olvidado. Sé dónde me pueden sentar y dónde no. Sé hasta dónde me dejan hablar, cuánto me dejan comer, pero cuando estoy con Catalina, no sé, es como si por un ratito el sitio no importara tanto.
Lo dijo con una sinceridad tan desnuda que el sacerdote tuvo que desviar la mirada hacia un crucifijo en la pared. “Hay amores que nos elevan y amores que nos confunden”, murmuró él casi repitiendo una lección aprendida. Tal vez Dios quiera darte en el convento una oportunidad de poner tu corazón entero en él para no dividirlo en afectos que te traen sufrimiento.
Lucía guardó silencio. Aquella idea de entregar el corazón entero a un dios que siempre le había sido presentado por bocas que la despreciaban le resultaba extraña, pero no discutió. sabía que en ese cuarto las palabras del padre tenían más peso que las suyas. Y Catalina preguntó al final con un hilo de voz, ¿quién la va a cuidar de ustedes? El padre parpadeó desconcertado.
Nosotros no somos enemigos tuyos, hija. No, concedió Lucía, pero tampoco son hermanos. La frase quedó flotando un segundo. El padre Basilio no tuvo respuesta clara. Alzó la mano y trazó una cruz en el aire sobre la cabeza de Lucía. Que el Señor te acompañe en el camino dijo. Y que te permita entender que a veces para salvar un alma hay que separarla de lo que más quiere.
Lucía inclinó la cabeza por respeto, pero dentro de sí algo se endureció. Se levantó, besó el dorso de la mano del cura como mandaban las costumbres y salió sintiendo que el olor a cera se le quedaba pegado a la ropa, como si hubiera pasado por un humo que no terminaba de disiparse. Esa noche la casa grande tuvo un silencio raro, como cuando se espera una muerte anunciada, los caballos listos, la carreta preparada desde temprano, los baúles apilados con la ropa simple que, según don Tomás bastaba para una muchacha de
la clase de Lucía. Catalina cenó casi sin probar bocado. Cada vez que intentaba alzar la vista se encontraba con la presencia dura de don Tomás o con la indiferencia cuidadosa de Esteban, que ya iniciaba conversaciones como si fuera amo. Cuando por fin todos se retiraron, Catalina se encerró en su cuarto y apoyó la espalda contra la puerta, como si quisiera detener almundo con su cuerpo.
Caminó luego hasta el baúl donde seguían guardados la carta de don Julián y los papeles que hablaban de Lucía como sombra que debía volverse nombre. Los sacó, los extendió sobre la cama. Las letras, a la luz de la vela parecían vivas. Eulalia tocó suavemente antes de entrar. Catalina la dejó pasar. “Ya está todo listo para mañana”, informó la vieja con voz apagada.
A Lucía la levantan antes del amanecer. Catalina apretó los puños. No va a irse, dijo más a sí misma que a Eulalia. La anciana la miró con una mezcla de esperanza y miedo. ¿Y qué vas a hacer, niña? Catalina respiró profundo. La idea había ido creciendo en ella como un brote terco desde la tarde del corpus. huir.
No lo había dicho en voz alta por temor a que al nombrarla se volviera ridícula o imposible. Ahora, sin embargo, la urgencia le daba valor. “Me voy con ella”, dijo. Nos vamos esta noche. Eulalia se santiguó sin pensarlo. “Eso es cosa muy seria, Catalina”, susurró. “Una señorita tuya no se echa al camino así no más. No soy señorita de nadie.
respondió Catalina con una dureza nueva. Soy hija de un hombre muerto y propiedad de un tutor que quiere venderme como vaca gorda. Si me quedo, me casan con Esteban y hacen de cuenta que aquí nunca pasó nada y a Lucía la encierran para siempre. Eso es lo que usted quiere recordar cuando se muera Eulalia. La vieja bajó la mirada.
Había en esas palabras algo injusto, pero también algo verdad. ¿Y a dónde piensas ir? Preguntó tanteando el terreno. El mundo está muy revuelto, no es como en los cuentos. Catalina se acercó a la ventana. Afuera la noche olía a tierra fría. Al principio había pensado en Valladolid, admitió. Pero el convento también está allá.
Nos encontrarían. Podríamos podríamos seguir el río, llegar al camino grande, buscar trabajo en otra hacienda donde nadie nos conozca. Lucía sabe trabajar, yo sé escribir, algo haremos. Lo decía sin conocer la dureza realo, pero con la terquedad de quien prefiere cualquier incertidumbre a una condena segura.
Eulalia suspiró hondo como quien firma un pacto invisible. Si lo haces, no puedes hacerlo a la mitad, dijo. Si te van a buscar, que no encuentren rastro y no puedes llevar tantas cosas. Las joyas, mejor pocas, el dinero escondido y tienen que salir cuando los gallos duerman. Sus palabras, lejos de disuadirla, sonaron a complicidad. Catalina sintió un agradecimiento feroz.
“¿Nos ayuda?”, preguntó casi como una niña. Eulalia asintió vencida. Te ayudé a dar tus primeros pasos dijo. Qué remedios y también te ayudo a darlos para afuera. Se movieron entonces con rapidez contenida. Eulalia fue a buscar dos mantas gruesas, unas alpargatas más recias para Lucía, algo de pan duro y queso envueltos en un trapo.
Catalina sacó del fondo del baúl de doña Elvira una pequeña bolsita de cuero donde había guardado dos anillos y un par de arracadas de oro que habían sido de su madre. También tomó algunas monedas que don Julián había dejado en un cajón, aún sin que don Tomás las hubiera encontrado. “No lleves más”, advirtió Eulalia.
El oro hace ruido en los ojos ajenos. Faltaba lo más difícil decirle a Lucía. Catalina salió descalsa por el corredor interior, donde las sombras parecían escuchar. El silencio de la casa estaba lleno de respiraciones. La de los mozos rendidos, la de don Tomás en su cuarto amplio, la de Esteban en la habitación de huéspedes, la de Eulalia que iba y venía fingiendo normalidad.
Llegó a la puerta del cuarto asignado a Lucía y dudó un segundo. Luego, sin tocar, entró. Lucía estaba despierta, sentada en la cama, con el rebozo puesto y una pequeña bolsita ya preparada a sus pies. No había lágrimas, solo una serenidad terca. “Sabía que ibas a venir”, dijo apenas verla. Catalina se quedó quieta en el umbral, sorprendida.
¿Cómo? Lucía se encogió de hombros. Porque si no venías, entonces sí me iba a dar miedo. La respuesta, tan simple. Le arrancó a Catalina una mueca que era mitad risa, mitad soyoso. Cerró la puerta tras de sí. No te vengo a despedir, dijo intentando que la voz no le temblara. Vengo a decirte que no vas a irte sola, que nos vamos juntas esta noche antes de que amanezca.
Pensó que Lucía se pondría de pie emocionada, que se le lanzaría al cuello. No ocurrió. Lucía la miró largo rato con una mezcla de deseo y cautela. ¿Y tu casa?, preguntó al fin. ¿Y todo esto? Catalina se acercó y miró a su alrededor. Las paredes encaladas, el catre simple, la silla de madera, la ventana por donde apenas entraba la luz de la luna.
Esto, respondió, esto no es mi casa. Mi casa era cuando podía sentarme contigo en la capilla y Eulalia nos llevaba pan. Eso ya lo rompieron ellos. Lo demás son ladrillos. Lucía bajó la vista como si le diera pena la fuerza de esas palabras. Si nos vamos, todo el pueblo va a decir que se fue la vergüenza junta, murmuró.
Nos van a inventar todos los pecados que sesepan. Ya lo están haciendo, replicó Catalina con amargura. La diferencia es que si nos quedamos van a poder vernos sufrir. Si nos vamos, que hablen con fantasmas. La idea de convertirse en fantasma del pueblo, de salirse de los límites visibles, tuvo un brillo inesperado.
Lucía tocó el rebozo donde había cosido sus pequeños tesoros. ¿Sabes por qué le cosí cosas a este trapo viejo? Le preguntó de pronto. Catalina negó con la cabeza, porque si me lo quitan, se van a llevar también pedazos de mi historia sin saberlo, explicó. Y me gusta pensar que si un día alguien lo encuentra por ahí, no va a entender por qué pesa distinto.
Como nosotros con esos papeles tuyos, se miraron cómplices en la extraña idea de esconder verdades en telas y cartas. Catalina entonces hizo lo que llevaba días evitando. Se sentó a su lado y tomó su mano sin miedo a ser vista, porque a esas horas los peligros eran otros. La mano de Lucía estaba fría. “No quiero que te pierdas”, susurró Catalina.
“No me pierdo si sé a quien sigo”, respondió Lucía con una leve sonrisa. Decidieron los detalles en voz baja. Saldrían por la puerta trasera de la cocina que Eulalia dejaría sin tranca por única vez en 30 años. Tomarían el sendero que llevaba primero al río y luego bordeaba el lago, evitando el camino principal donde podían encontrarse patrullas o curiosos.
Eulalia les había dicho que pasado el recodo de la hueghuüete grande, había un hombre que alquilaba canoas al amanecer para los pescadores y que por unas monedas extra podía acercarlas a la orilla opuesta, donde el camino hacia el camino real era más directo. “El lago conoce todos los secretos del pueblo,” había dicho la vieja.
Si se portan suaves, a veces los guarda. Antes de salir, Lucía miró por última vez su cuarto. No había mucho que extrañar. Se agachó, tomó del suelo una hebra de hilo rojo olvidado y se la guardó en el puño. Catalina, por su parte, recorrió con la mirada el corredor cuando pasaron de regreso por su cuarto.
Vio el retrato de don Julián en la sala, sombreado por la noche y por un segundo sintió que los ojos pintados brillaban con algo parecido a culpa. No se despidió de él. Eulalia las esperaba en la cocina con una vela casi consumida y una jícara de agua. Tomen, dijo. El agua que se bebe antes de irse no hace falta después.
Les ajustó los rebozos, les revisó las alpargatas, les metió en la bolsa un puñado de sal envuelta en papel por lo que pudiera pasar y sin poder evitarlo, les acarició la cabeza. a ambas como cuando eran niñas. “Si el mundo resulta muy feo, no me lo cuenten”, murmuró. “Así yo me muero creyendo que les fue mejor.
” Catalina la abrazó fuerte, agradecida y rota. Lucía hizo lo mismo, pero más brevemente, como si tuviera miedo de no poder soltarse. Luego las dos salieron por la puerta trasera. La noche afuera era espesa, pero no completamente negra. Una neblina baja se levantaba desde el lago y se metía entre los árboles, haciendo que las formas se volvieran inciertas.
Los grillos murmuraban, los perros ladraban a lo lejos y de cuando en cuando se escuchaba un relincho apagado de algún caballo que dormía inquieto. El aire estaba frío y olía humedad vieja, la misma que había quedado después de la tormenta que había dañado la capilla. Caminaron rápido, inclinadas, como si en cualquier momento fueran a tropezar con ojos humanos.
El sendero hacia el río estaba tan conocido para Lucía, que lo había recorrido mil veces llevando ropa al lavado como ajeno para Catalina, acostumbrada a andar siempre por la calle principal o en carreta. Lucía iba delante, esquivando piedras y raíces, avisando en voz baja, “Aquí hay hoyito, aquí resbala.” Al llegar al cauce, el murmullo del agua corriendo les dio un extraño consuelo.
El cielo empezaba a aclarar apenas hacia el oriente con una franja gris azulada que anunciaba el amanecer. No tenían tanto tiempo como creían. Siguieron bordeando el río hasta que este se abrió al lago, ancho y quieto, con la superficie cubierta por una bruma lechosa. El mundo parecía terminar ahí. El hombre de las canoas, sin embargo, no estaba todavía.
Tal vez aquella mañana se había Tal vez simplemente había decidido no salir. El sitio estaba vacío, salvo por las barcas amarradas a estacas clavadas en la orilla, balanceándose apenas. Y ahora susurró Catalina, sintiendo como el plan se resquebrajaba. Lucía miró las barcas, luego el camino de regreso, luego el cielo que se aclaraba de a poco.
Si esperamos, amanece y alguien nos ve. Dijo con lógica simple. Y si regresamos, no nos van a dar otra oportunidad. Se acercó a una de las canoas, la empujó un poco con el pie, se movía dócil, mecida por el agua. No es tan difícil remar”, añadió, “mas darse valor que por experiencia. He visto hacerlo mil veces y la otra orilla no está tan lejos.” Catalina dudó.
El lago quieto tenía algo de espejo ciego que no devolvía nada. Había escuchadohistorias de remolinos traicioneros y de ánimas que jalaban desde el fondo, pero detrás de ellas estaba la casa con sus paredes de orden y su futuro encadenado delante el agua y lo desconocido. “Prefiero ahogarme contigo”, dijo con una risa amarga y temblorosa.
“Que vivir toda la vida muerta en esa casa.” La frase dicha casi sin pensar tuvo un eco angustioso. Lucía la miró y por un segundo en sus ojos apareció un miedo que no era por ella misma. No digas eso pidió. Las palabras llaman cosas. Aún así, las dos se metieron en la canoa. Lucía subió primero, estiró la mano para ayudar a Catalina.
La barca se inclinó un poco, amenazando con volcar. Pero se estabilizó. Encontraron dos remos viejos al fondo. Lucía tomó uno, Catalina el otro. Se miraron una última vez hacia la orilla, hacia la sombra lejana de la hacienda que apenas se adivinaba entre los árboles. Luego empezaron a remar. Al principio el movimiento fue torpe.
El remo se hundía demasiado o muy poco o golpeaba contra el costado. El agua chapoteaba rompiendo el silencio. Poco a poco, sin embargo, encontraron un ritmo rudimentario, alternándose como podían. La neblina las envolvía más a medida que avanzaban, hasta que la orilla de donde habían partido desapareció de vista.
¿Ves algo? preguntó Catalina entre jadeos suaves. Lucía entrecerró los ojos. Niebla, contestó, y agua. El lago se volvió un mundo sin orillas. Por un momento, las dos sintieron una extraña libertad. No pertenecían a ninguna casa, a ninguna calle, a ningún banco de iglesia. Eran solo dos cuerpos respirando en el centro de una nada blanca.
Catalina, con el cabello pegado a la frente por el esfuerzo, se permitió sonreír. Tal vez cuando se levante esto ya estemos lejos dijo. Lucía iba a responder cuando un ruido distinto se coló entre el chapoteo y los grillos, un estampido sordo, seguido de otro y otro. Tardaron unos segundos en reconocerlo, cohetes.
Algún devoto madrugador había decidido celebrar con pólvora al santo del día. O un campesino festejaba un nacimiento. Los cohetes subían, estallaban, pero ellas solo alcanzaban a ver como el resplandor lejano tenía la niebla de destellos anaranjados. Por un segundo, el lago pareció hervir luz. El sonido de los cohetes también podía significar otra cosa, que en el pueblo ya se habían dado cuenta de la fuga.
Eulalia, al notar la puerta trasera abierta, habría ido a tocar el cuarto de Catalina y luego el de Lucía. Los gritos, las carreras, las órdenes de don Tomás, todo eso. Tal vez ya estaba ocurriendo tierra adentro. El tiempo se les pegó a la piel. Reza algo”, dijo Catalina sin darse cuenta de que pedía un consuelo aprendido.
Lucía se humedeció los labios. Las oraciones que se sabía eran las enseñadas por quienes ahora querían separarlas. El cura, las mujeres del rosario, la misma doña Elvira. Aún así murmuró un Padre nuestro atropellado y entre palabra y palabra dejó caer una suya, y líbranos del miedo, si puedes. No se supo nunca en realidad qué ocurrió en ese lago aquella mañana.
Solo se sabe que cuando el sol rompió por fin la niebla y empezó a adorar la superficie del agua, un pescador del barrio de abajo encontró una canoa vacía dando vueltas lentamente como animal desorientado. Tenía marcas recientes de remo en el fondo y una de las cuerdas de amarre aún colgando, rota o mal desatada.
Dentro había un reboso viejo, pesado, húmedo, y un pañuelo con una mancha de cera amarilla endurecida, como si el tiempo se hubiera detenido en aquel gesto en la procesión. No encontró cuerpos, no encontró zapatos flotando, ni cabellos, ni sangre, solo el reboso y el pañuelo. El pescador, supersticioso como casi todos, no quiso tocar más de lo necesario.
Arrastró la canoa hasta la orilla y corrió al pueblo a avisar. En cuestión de minutos, hombres y mujeres se agolparon en el sitio, persignándose, murmurando, hipótesis. Se ahogaron. afirmó Petra Viveros con un gozo mal disimulado en la desgracia. Dios las habrá juzgado. Tal vez se aventaron a propósito.
Añadió Jacinto Paredes con esa mezcla de morvo y condena. Ya ven que cuando el demonio agarra dos almas, las lleva juntitas. Los purépechas del barrio miraban en silencio el agua, sabiendo que el lago se tragaba y devolvía a su antojo. Algunos se ofrecieron a buscar con sus propias canoas, a lanzar redes, a peinar la orilla.
Lo hicieron durante horas hasta que el sol estuvo alto y la piel se les quemó. No hallaron nada más que unas ramas, una sandalia vieja que no pertenecía a ninguna de las hermanas y una bolsa de cuero vacía que podía ser de cualquiera. Don Tomás llegó al lugar con la cara desencajada entre rabia y miedo. Esteban pálido lo seguía como si su proyecto de futuro se hubiera deshecho de golpe.
El padre Basilio acudió también con estola apresuradamente puesta sobre la sotana, dispuesto a bendecir lo que hubiera que bendecir. Cuando vio el rebozo mojado,se le eló un poco el corazón. Era el mismo que había visto tantas veces sobre los hombros de Lucía en las bancas traseras de la iglesia. El pañuelo con la mancha de cera le hizo tragar saliva.
Era, sin duda, el que había pasado de mano en mano el día de Corpus. No hay cuerpos, padre, informó uno de los pescadores con respeto. El lago no quiso mostrarlos. El cura miró el agua extendida, serena, traidora. En su mente se cruzaban dos imágenes, la de las dos muchachas alejándose en una canoa y la de un dios que permitía o no permitía cosas sin dar explicaciones.
No se atrevió a decir en voz alta lo que pensó, que tal vez no había nada que bendecir todavía. Don Tomás, más práctico, tomó el control. “Basta de buscar por hoy,”, ordenó. Si el lago se las llevó, ya qué, no quiero que se haga más escándalo. Esto fue un accidente, remarcó la palabra como quien define un relato oficial.
Varios lo miraron con escepticismo, otros con alivio. Un accidente en los papeles era más llevadero que un pecado llevado al extremo o un pacto de muerte. El propio Esteban, al oírlo, asintió demasiado rápido, como quien se aferra a una versión que lo libera de otras responsabilidades. Un accidente, repitió, para sí.
El rumor, sin embargo, tomaba caminos distintos en cada casa. Para algunos, las medias hermanas habían querido huir juntas y el castigo divino las había alcanzado en medio del lago, ese espejo de las faltas ocultas. Para otros habían sido imprudentes, sí, pero víctimas, sobre todo, de un mundo que no les dejaba lugar.
Algunos más, los menos casi susurrando, imaginaban que tal vez no se habían ahogado, sino que habían llegado a otra orilla y desde ahí habían seguido su camino hacia un lugar donde nadie supiera sus nombres. Esa versión, la de la huida exitosa, era la que más molestaba a quienes se creían guardianes del orden.
En la casa grande, el vacío dejó de ser metáfora para volverse ruido. Las habitaciones que habían visto a Catalina y a Lucía crecer se sintieron demasiado grandes, demasiado silenciosas. Eulalia, avisada de lo ocurrido por un mozo jadeante, lloró a escondidas en la cocina con la cara metida en el delantal, como si el llanto fuera una cosa sucia que no debía verse.
Tenía los ojos hinchados cuando don Tomás entró a interrogarla. “¿Sabías algo?”, preguntó acercándosele tanto, que ella olió el sudor y el cacao de su aliento. Alguien dejó puertas abiertas. ¿Viste algo raro anoche?” Eulalia, que había pasado la noche atribuyéndose culpas, sintió en esa pregunta una oportunidad extraña.
Podía incriminarse y cargar sola con la responsabilidad o podía sostener el secreto de las muchachas hasta el final. Eligió lo segundo. “Yo cerré todo como siempre.” mintió con la mirada baja pero firme. Estas desgracias pasan en un parpadeo. Uno se duerme pensando en frijoles y amanece con entierros. Don Tomás la observó un momento intentando decidir si le creía.
Al final, quizá por cansancio, se apartó con un gesto brusco. A partir de hoy, nadie habla de esto fuera de la casa, ordenó. Quien yo oiga que anda contando cosas de la señorita Catalina o de la de la otra, se va sin carta ni recomendación. ¿Entendieron? Lo gritó luego al resto del servicio que se persignó temblando.
Pero las palabras, una vez lanzadas ya estaban más allá de sus muros. El pueblo entero había ganado una nueva historia que contar. Y las historias no se detienen por decreto. El compromiso de Catalina con Esteban, previsto por todos como un paso natural, se volvió de pronto incómodo, casi indecente. ¿Cómo casarse con una muchacha que quizá estaba en el fondo del lago con agua en los pulmones? ¿Y si no lo estaba? ¿Cómo unir su apellido al de una familia marcada por un escándalo tan raro? El escribano, hombre práctico, habló con su
hijo esa misma noche a la luz de un quinque. No nos conviene insistir, dijo. El apellido Arriaga está manchado de habladurías y si algún día resulta que la señorita no murió, siempre puede salir con reclamaciones. Mejor buscar otra alianza. Esteban, herido en su orgullo, pero no en su corazón, porque nunca lo había puesto realmente en juego, aceptó con facilidad.
Empezó a cortejar meses después a una muchacha de otra hacienda y cuando años más tarde contaba su vida, hablaba de Catalina como de una historia triste que casi fue, adornándola con detalles falsos que lo dejaban a él como un hombre sensato que había sabido retirarse a tiempo. Don Tomás, por su parte, nunca volvió a sentirse del todo seguro en la casa grande.
Cada rincón le recordaba su fracaso como tutor. Había perdido a la heredera y a la incómoda a la vez. En los papeles la hacienda le quedó más manejable. Sin una dueña clara su administración se prolongó. Pero en el pueblo su nombre empezó a pronunciarse con una sombra. Algunos decían que había empujado tanto a las muchachas con sus decisiones que lashabía orillado al lago.
Otros susurraban que había sido demasiado blando y que de haber actuado antes, el escándalo no habría crecido. En cualquier caso, nadie volvió a verlo con el mismo respeto. Con los años, la hacienda Arriaga fue perdiendo brillo. Vinieron tiempos de más guerras, de más cambios políticos, de bandos que pasaban y pedían maíz, caballos, hombres.
Las tejas del techo dejaron de repararse con la frecuencia de vida. La capilla nunca se reconstruyó del todo después de la tormenta y el retrato de don Julián se llenó de telarañas en su marco dorado. Eulalia murió una madrugada con el nombre de las dos muchachas en los labios. según contó la criada que la acompañaba, aunque nadie quiso poner eso en el acta de defunción.
El padre Basilio envejeció en el pueblo. Su pelo se volvió blanco, su espalda se encorbó un poco, pero su voz siguió siendo firme en el púlpito. Sin embargo, cada vez que predicaba sobre la caridad y sobre los juicios apresurados, sentía en el pecho un pequeño aguijón. Nunca supo o nunca admitió saber si había hecho lo correcto al sugerir el convento, al aceptar la separación como un mal necesario.
En más de una noche de insomnio, vio en su memoria el momento en que las manos de Catalina y Lucía se rozaron en la procesión, el pañuelo blanco entre ellas como un puente de tela. A veces, en confesión, cuando alguna mujer le hablaba de un cariño indebido por un hombre casado, por un compadre, por alguien de otra clase, él dudaba más al dar consejos absolutos.
El lago, indiferente a todas estas culpas y relatos, siguió su rutina. Cada mañana exhalaba neblina, cada tarde se ponía de plata con el sol, cada noche duplicaba estrellas. Los niños del pueblo crecieron escuchando que en los días de bruma espesa podían verse dos figuras femeninas cruzando el agua en una canoa invisible.
Unos decían que remaban en silencio, castigadas a no tocar nunca la orilla. Otros juraban que si uno se acercaba demasiado a la orilla en noches de luna, se oían dos voces de mujer conversando bajito, como si todavía planearan una fuga que nunca terminaba de concretarse. San Jerónimo de la Ribera cambió de manos, de gobernantes, de leyes, pero no de costumbres.
A finales del siglo, cuando llegaron noticias de un imperio francés y luego de una nueva república, el pueblo las recibió con la misma mezcla de curiosidad distante y cansancio antiguo. Los nietos de aquellos que habían visto a Catalina y a Lucía en la procesión crecieron oyendo la historia en labios de sus abuelos.
Cada narrador le agregaba un detalle, que si se tomaban de la mano en público, que si se besaban a escondidas en la capilla derruida, que si la tormenta se había desatado el día que se miraron con ojos de marido y mujer. La historia original, la de dos medias hermanas que se habían querido en un mundo que no supo dónde ponerlas, se fue volviendo la macabra relación de la Sarriaga, título que servía para asustar a las niñas rebeldes y para excitar la imaginación de los muchachos ociosos.
Nadie mencionaba ya las diferencias de clase, ni la carta de reconocimiento, ni los esfuerzos de Lucía por encontrar un sitio. El pecado se había vuelto leyenda y la leyenda herramienta. Sin embargo, no todo se perdió en palabras torcidas. Entre los objetos de la parroquia, en un cajón de la sacristía, donde se guardaban viejos corporales y misales desojados, quedaron dos cosas que con el tiempo fueron olvidadas por su dueño original y redescubiertas por manos ajenas.
Años después de la desaparición de las muchachas, cuando el padre Basilio empezó a perder vista y fuerzas, ordenó a un joven sacristán que limpiara y acomodara los cajones. por si al obispo se le ocurría venir a inspeccionar. En uno de esos cajones, debajo de un mantel de altar amarillento, apareció un paquete de manta muy parecido al que años atrás había sido dejado en la puerta de la casa Arriaga.
El sacristán, muchacho curioso, lo abrió con dedos torpes. Adentro encontró una carta antigua con el sello casi borrado, una partida de nacimiento sin completar y un recibo de limosna a nombre de una tal María Zinzun. También doblado con cuidado, un pañuelo de tela fina, blanco en origen, ahora grisáceo por los años, con una mancha de cera amarilla endurecida cerca de una esquina.
El muchacho frunció el ceño, incapaz de descifrar del todo la importancia de esos papeles y esa tela, pero intuyendo que no eran simples trastos. llevó el hallazgo al padre Basilio, que estaba sentado en un sillón de respaldo alto, con las manos apoyadas en un rosario gastado.
El viejo cura tomó primero los papeles. Al leer la carta de don Julián, que alguna vez él mismo había fingido no conocer de memoria, sintió un vuelco en el pecho. La firma, aunque corrida, seguía ahí junto a esas palabras que reconocían a Lucía como hija. Miró luego el pañuelo y la mancha de cera lo devolvió sin remedio al día del corpus,a las manos que se rozaron, a la mirada de Catalina buscando refugio en Lucía.
¿Quiere que los queme, padre?, preguntó el sacristán, ignorante del peso de su oferta. Son viejos, ocupan espacio. El padre Basilio sostuvo un largo silencio. Podía con un gesto borrar parte de una historia incómoda, dejarla flotando solo en los rumores deformados. Podía también hacer lo contrario, sacar esa carta a la luz, reescribir la memoria del pueblo, dar por fin a Lucía un lugar en el papel.
Pero ya habían pasado muchos años. Los involucrados directos estaban muertos o perdidos. Cambiar ahora la versión oficial quizás solo abriría heridas viejas sin reparar nada. No los quemes dijo al fin, pero tampoco los muestres a cualquiera. Ponlos en el cajón de los documentos antiguos. Algún día Dios sabrá qué hacer con ellos.
El muchacho obedeció, tal vez pensando que el viejo se aferraba a papeles inútiles. Metió junto la carta, la partida, el recibo y el pañuelo, y los dejó en el fondo de un cajón de madera que con los años fue llenándose de otros papeles, notas de diezmos, listas de confirmaciones, cartas de curas anteriores.
El cajón se hinchó, se trabó, quedó casi olvidado. Pero ahí entre polvo y insectos siguieron latiendo tres nombres: Juliana Riaga, María Zinsun y Lucía. A principios del siglo XX, cuando nuevas generaciones de sacerdotes llegaron a San Jerónimo con ideas más modernas sobre la educación y la caridad, pero no tanto sobre la moral, ese cajón era ya una reliquia que nadie habría.
El pueblo, sin embargo, no había dejado de usar la historia de las medias hermanas como advertencia. Las madres decían a sus hijas, “No estés tanto con tu prima, no vaya a ser como la arriaga.” Oh, una cosa es querer a la hermana y otra cosa es andar pegada como sombra. Mira cómo acabaron aquellas. Los hombres en las borracheras se atrevían a hacer chistes más gruesos que no llegaban al altar, pero sí a los oídos de los adolescentes.
La macabra relación se convirtió en sinónimo de cualquier cosa que se saliera de los moldes, ya fuera por sangre, por deseo o por rebeldía. Mientras tanto, el lago seguía allí sin desmentir ni confirmar nada. Algunas madrugadas la neblina se acomodaba de tal manera que vista desde el cerro parecía una sábana tendida sobre un cuerpo largo.
Los viejos decían medio en broma que era el manto de la sarriaga, cubriendo su vergüenza. Otros más poéticos afirmaban que la niebla era el suspiro de todos los amores prohibidos del pueblo, no solo el de ellas. Hubo, sin embargo, una muchacha que muchos años después intentó mirar más allá del chisme. Se llamaba Inés.
Tenía 16 años y era nieta de aquella niña que había visto a Lucía responder a Petra en el mercado. Inés había crecido escuchando la historia adornada, pero también oyendo a su abuela decir en voz baja cuando las demás se iban. No todo fue como lo cuentan. Es muy fácil ponerle macabro a lo que no se entiende. Un día, obligada a ayudar en la limpieza de la sacristía por travesuras en el atrio, Inés se topó con el famoso cajón que nadie podía abrir.
Forzó la madera hinchada con el empeño testarudo de la juventud, hasta que con un quejido se dió. empezó a sacar papeles al azar, más por aburrimiento que por curiosidad real, hasta que el pañuelo grisáceo cayó sobre el piso, extendiéndose como una pequeña bandera derrotada. Inés lo recogió. Aunque estaba sucio y olía humedad, distinguió aún la mancha de cera amarilla endurecida.
Algo en ese detalle la intrigó. Urgó un poco más y encontró la carta medio borrosa de don Julián. No entendió de inmediato la caligrafía, pero alcanzó a leer las palabras mi hija Lucía y ruego se le reconozca algún día. El corazón se le aceleró. No sabía aún qué hacer con ese descubrimiento. Llevárselo a su casa significaba robar de la iglesia.
Mostrárselo al cura nuevo, un hombre joven más preocupado por organizar coros que por revisar archivos, quizá no tendría el efecto que ella imaginaba. Tal vez la acusarían de inventar cosas, de hurgar donde no la llamaban. Así que decidió hacer algo que en su mente adolescente parecía prudente. Devolvió todo al cajón, pero no sin antes guardar en su memoria cada palabra posible de aquella carta.
Esa noche en su cama, con el techo de su cuarto a oscuras y el sonido lejano del lago entrando por la ventana, repitió para sí la escena con las medias hermanas, como se la habían contado, y la comparó con lo que había leído. Empezó a ver grietas. Y si Lucía no había sido solo la otra, la intrusa, sino también víctima de una promesa rota.
Y si lo verdaderamente macabro no había sido su cariño, sino la manera en que el pueblo lo había usado para sentirse limpio. Con el tiempo, Inés se casó, tuvo hijos, envejeció, contó la historia de la Sarriaga a sus propios nietos, pero siempre le agregó un matiz que antes faltaba. Dicen que ellas se querían mal, decía.
Yo digo que se querían demasiado para un pueblo tan chiquito. Sus nietos la miraban sin entender del todo, acostumbrados ya a un mundo donde los trenes y los periódicos traían historias de escándalos más grandes que los de su pueblo. Pero algo de esa frase se les quedó pegado. Y así, de boca en boca, la leyenda empezó a bifurcarse. En una versión, las medias hermanas eran monstruos de deseo.
En otra, eran mártires de un orden que no soportaba fisuras. A principios de los años 80, cuando San Jerónimo de la Ribera ya casi no salía en los mapas y el turismo apenas si se asomaba a su lago, con curiosidad tímida, un restaurador de iglesias enviado por la diócesis llegó para rescatar lo que pudiera de la parroquia antigua.
Urgó en altares, retiró repintes, sacó a la luz frescos que nadie recordaba. En la sacristía, naturalmente, topó con el famoso cajón atascado. Lo mandó sacar, lo limpió, revisó sus contenidos con ojo técnico más que devoto. Encontró entonces otra vez el pañuelo y la carta. El pañuelo lo puso en una pila de textiles antiguos que serían enviados a un archivo diocesano para su catalogación.
La carta, en cambio, llamó más su atención. El papel, el tipo de tinta, la firma de un hacendado local de 1841. Pensó que quizá eso interesaría a algún historiador regional. La dejó a un lado, sobre una mesa de la sacristía, junto a otros documentos. Ese día, al caer la tarde, un rayo de sol se coló por la ventana alta y fue a dar justo sobre el pañuelo y el papel, iluminándolos como si alguien les hubiera puesto una vela nueva.
El restaurador, hombre más de obras que de símbolos, no le dio importancia. Se fue al atrio a fumar un cigarro, dejando la sacristía vacía unos minutos. Fue en ese lapso, dicen algunos, que una anciana que había ido a dejar unas flores al altar secundario, nadie recuerda ya su nombre, apenas se sabe que era la última descendiente de la servidumbre de los Arriaga, se asomó por curiosidad a la sacristía y vio el pañuelo extendido.
Sus ojos, gastados pero atentos, reconocieron la mancha de cera como quien reconoce una cicatriz en un rostro amado. Se llevó la mano al pecho y murmuró algo que nadie oyó. Cuando el restaurador regresó, el pañuelo había desaparecido. Solo quedaba la carta movida unos centímetros. No se sabe qué hizo esa anciana con el pañuelo.
Si lo llevó a su casa y lo guardó entre sus pocas pertenencias, si lo besó como reliquia de una historia mal contada. Si lo quemó para que por fin descansara. Hay quienes juran que desde entonces la niebla del lago huele un poco aera derretida en ciertas mañanas. Otros dicen que son invenciones de gente ociosas. La carta, en cambio, quedó en la sacristía, entre otros papeles que el restaurador etiquetó con números y dejó para una futura clasificación que tal vez nunca llegaría.
A veces, cuando el viento se cuela por la puerta lateral y desordena todo, ese papel se desliza hasta el borde de la mesa, se dobla un poco, deja ver de nuevo al azar la palabra hija escrita con tinta ya casi café. Hoy, quien entra a la iglesia de San Jerónimo de la Ribera y se fija un poco más allá de las flores de plástico y de las veladoras baratas, puede notar que en una vitrina lateral, cerca de la pila bautismal exhiben algunos objetos viejos para recuerdo de la historia del pueblo.
Una campana pequeña rajada por el tiempo, un pedazo de cornisa original, una fotografía amarillenta de una procesión de 1900 y en una esquina casi escondida la silueta apagada de un reboso oscuro doblado. Cuidadosamente, sin explicación ni cédula. Nadie sabe con certeza cómo llegó ahí ese pedazo de tela ni de quién fue.
Algunos lo pasan de largo, otros los menos. Se detienen un segundo como si les recordara algo que no han vivido. Afuera, el lago sigue arrojando neblina sobre los tejados. Los ancianos sentados en las bancas del atrio, a veces señalan con el mentón hacia el agua y cuentan a los forasteros a cambio de una moneda, la leyenda de las medias hermanas, que se quisieron más allá de lo permitido y se perdieron juntos en lo hondo, sin cuerpo ni tumba, convertidas en murmullo.
Según cómo se les mire, la historia suena a advertencia, a cuento de terror, a tragedia romántica o a simple chisme viejo inflado por la costumbre. Lo único cierto es que cada vez que alguien abre por error el viejo cajón de documentos en la sacristía y deja caer al suelo un montón de papeles, siempre hay uno que se desliza un poco más allá, quedando medio oculto bajo la pata de la mesa.
una hoja con la fecha 1841, con la firma temblorosa de un asendado que intentó arreglar tarde sus culpas y con una palabra, solo una, todavía legible entre manchas de humedad. Hija, quien se agacha a recogerlo siente por un segundo que sostiene algo más pesado que un simple archivo. Luego lo vuelve a colocar en el montón sin entender del todo por qué le tiembla un poco la mano.
Y así en ese papelarrugado que nadie termina de leer completo, en ese rebozo sin nombre guardado como adorno, en esa mancha de cera que quizá persiste en la memoria de alguna anciana que ya casi no habla, sigue vivo el eco torcido de una historia que el pueblo decidió llamar macabra para no admitir su propia crueldad. Entre el rumor del agua y el bronce gastado de las campanas, todavía hoy, si uno afina el oído, parece oír dos voces jóvenes que se llaman por su nombre desde algún lugar donde ya no hay orillas.
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