Manuela: LA ESCLAVA de Puebla, 1727, cuyo hijo fue castigado por parecerse al amo

En el año de 1727, en la ciudad de Puebla de los Ángeles, cuando el calor de julio convertía las tejas de barro en hornos, y el olor a carne quemada del matadero se mezclaba con el incienso de las procesiones, una esclava mulata llamada Manuela sostenía entre sus brazos a un niño de piel más clara que la suya, con los mismos ojos verdes del amo, que la había comprado 3 años atrás.

 Ese parecido que ella había intentado ocultar frotando ceniza en las mejillas del pequeño cada mañana, era la prueba viviente de un pecado que podía destruir no solo su vida, sino la reputación de toda una familia criolla respetada en la Nueva España. En aquella ciudad donde las apariencias lo eran todo y donde el honor de una familia valía más que la vida de 100 esclavos.

 El simple hecho de que un niño mulato tuviera los rasgos de su amo español era una sentencia de muerte silenciosa. Manuela había llegado a la casa de los inclannos destinados al servicio doméstico. El viaje había durado tres semanas atada con otros 20 cautivos en la parte trasera de carretas que avanzaban lentamente por los caminos lodosos de la tierra caliente.

Había visto morir a dos mujeres en el trayecto, una por fiebre, otra por agotamiento. Había aprendido que la supervivencia significaba volverse invisible, no quejarse, no llorar, no mostrar debilidad alguna. Sus manos, manchadas para siempre por el tinte del añil que había trabajado en su niñez en una hacienda cercana al puerto, la delataban como alguien nacida en la servidumbre.

Esas marcas azuladas, que nunca desaparecían del todo, eran como un tatuaje permanente de su condición. Don Rodrigo de Inclán, comerciante de paños y sedas, viudo reciente y padre de dos hijas ya casadas con prósperos mercaderes de la ciudad, la había elegido personalmente en el mercado de esclavos que se instalaba los jueves en la Plaza Mayor.

Había revisado sus dientes como quien compra un caballo. Había palpado sus brazos para verificar que fuera fuerte. había preguntado al vendedor si era dócil o rebelde. Manuela había mantenido la mirada baja, como le habían enseñado, sabiendo que cualquier gesto podía ser interpretado como insolencia y reducir su valor.

 Don Rodrigo pagó 60 pesos de oro por ella, una suma considerable que indicaba que la consideraba una inversión a largo plazo. Doña Gertrudis, hermana mayor de don Rodrigo, que administraba la casa con mano de hierro y rosario en la otra. Había fruncido los labios al verla entrar al saguán por primera vez. Era una mujer de 50 años, flaca como un ciprés, con ojos grises que parecían ver a través de las personas.

 Nunca se había casado, dedicando su vida entera a Dios y a mantener la reputación de la familia. Cuando Manuela hizo su primera reverencia, doña Gertrudis la inspeccionó de arriba a abajo y dijo, “Es demasiado joven y demasiado bonita. Estos son siempre problemas.” Don Rodrigo no respondió, simplemente ordenó que la llevaran a las habitaciones de servicio, en aquella casa de patios silenciosos y corredores oscuros, donde los santos de madera observaban desde sus nichos con miradas severas.

 y donde el tic tac del reloj de péndulo marcaba las horas con precisión alemana. Manuela aprendió rápido que el silencio era la única moneda que una esclava podía guardar. La casa tenía dos patios, el principal con su fuente de cantera rosa y sus macetas de geranios rojos, donde se recibía a las visitas importantes, y el trasero más pequeño y húmedo, donde estaban las cocinas, los lavaderos, las habitaciones de servicio y el pozo de agua que siempre olía a tierra mojada.

 Durante los primeros meses trabajó en las cocinas bajo la supervisión de Juana, una esclava de casi 60 años que había servido en aquella casa desde que tenía 12. Juana era una mujer sabia, de manos curtidas y espalda encorbada por décadas de trabajo. Tenía cicatrices de azotes antiguos en los brazos y una marca de hierro en el hombro izquierdo, recuerdo de un intento de fuga en su juventud.

Aprende a ser invisible”, le dijo a Manuela el primer día, “los amos no te ven cuando estás callada y obediente, pero te ven demasiado cuando cometes un error o cuando les recuerdas cosas que no quieren recordar.” Manuela molía maíz para las tortillas en el metate de piedra que hacía doler las rodillas después de horas de trabajo.

 Preparaba mole para las fiestas religiosas, siguiendo recetas complicadas que requerían hasta 30 ingredientes diferentes. Lavaba la ropa en el patio trasero, donde el agua salía helada del pozo, incluso en los días más calurosos. Aprendió a hacer chocolate batido con el molinillo hasta que la espuma quedara perfecta, a planchar las camisas con planchas de hierro calentadas al fuego, al limpiar los pisos de mosaico con agua de cal hasta que brillaran como espejos.

Don Rodrigo era un hombre callado de 50 y tantos años, con el pelo gris peinado hacia atrás y una barba corta que serecortaba cada semana. tenía aporte de Hidalgo venido a menos, con esa dignidad forzada de quien alguna vez tuvo más de lo que tiene ahora y se aferra a las apariencias.

 Su esposa había muerto de viruela 3 años antes, dejándolo solo con sus dos hijas ya casadas, que vivían en sus propias casas con sus propias familias. Pasaba los días en su almacén del centro, donde vendía paños de Castilla, sedas de china traídas desde Manila, encajes de flandes, terciopelos italianos.

 Las noches las pasaba rezando el rosario con su hermana, cenando en silencio y retirándose temprano a sus habitaciones para leer libros piadosos a la luz de las velas. Manuela lo veía poco durante aquellos primeros meses, solo cuando servía la cena en el comedor principal o cuando él cruzaba el patio rumbo a sus habitaciones después de un largo día de trabajo.

 Él nunca la miraba directamente, nunca le hablaba más allá de órdenes breves. Más agua, lleva esto a mi hermana, recoge los platos. Era como si ella fuera parte del mobiliario, algo útil, pero sin rostro ni nombre. Pero una noche de octubre, cuando las lluvias habían convertido las calles en ríos de lodo y doña Gertrudis había viajado al convento de Santa Rosa para una novena de 9 días dedicada a Santa Rosa de Lima.

 Don Rodrigo llamó a Manuela a su habitación. Ella subió las escaleras con el corazón, latiéndole rápido, sin saber qué esperar. La habitación olía a cera de vela, a tabaco, a ese olor particular de los libros viejos y la ropa guardada en baúles de cedro. Don Rodrigo estaba sentado en una silla junto a la ventana con una copa de vino dulce en la mano.

“Cierra la puerta”, dijo sin mirarla. Lo que pasó después no tuvo violencia física, no hubo gritos ni forcejeos, pero hubo violencia de todas formas, la violencia silenciosa de quien tiene todo el poder sobre quien no tiene ninguno. Don Rodrigo le ordenó que se quitara la ropa.

 Manuela obedeció con las manos temblando, sabiendo que negarse significaría castigo o algo peor. Él la tocó con manos frías y torpes, como quien toca algo que no debería tocar, pero que no puede evitar. Hubo solo el peso de un cuerpo sobre otro, el olor a tabaco y vino dulce mezclado con sudor, el crujido de la cama y después el silencio más profundo que Manuela había conocido jamás.

Cuando terminó, don Rodrigo le puso en la mano tres reales de plata, como si el dinero pudiera transformar lo que acababa de pasar en algo diferente a lo que era. Esto nunca ocurrió, ¿me entiendes? Su voz era grave, pero había algo en ella que podía ser miedo o vergüenza o ambas cosas.

 Manuela asintió, guardó las monedas en el doblez de su rebozo, se vistió en silencio y salió de la habitación sintiendo que algo dentro de ella se había roto sin remedio. Bajó las escaleras con pasos mecánicos, cruzó el patio oscuro, donde solo se escuchaba el goteo constante de la lluvia en la fuente, y llegó al cuarto que compartía con otras dos esclavas.

 Allí, tirada en su petate de palma, lloró en silencio hasta que no le quedaron más lágrimas. Las otras mujeres fingieron dormir, pero Manuela sabía que estaban despiertas, que habían escuchado todo, que entendían perfectamente lo que había pasado. Al día siguiente molió el maíz como siempre, lavó la ropa como siempre, preparó el chocolate como siempre.

 Y cuando don Rodrigo cruzó el patio camino a su almacén, ella bajó la mirada como siempre. Las visitas nocturnas se repitieron durante los siguientes meses con una regularidad cruel. Cada vez que doña Gertrudis salía de la casa para sus novenas, sus visitas al convento, sus obras de caridad, cada vez que las hijas venían de visita con sus esposos e hijos, y él necesitaba aparecer como el padre ejemplar y abuelo amoroso.

 Después, cuando todos dormían y la casa quedaba en silencio, don Rodrigo tocaba la puerta del cuarto de las esclavas con tres golpes suaves. Manuela salía sin decir palabra, subía a las escaleras, entraba a la habitación y lo que tenía que pasar pasaba. Las otras mujeres fingían dormir. Juana, la esclava vieja, le dijo una madrugada mientras preparaban el nixta mal, “Ten cuidado, niña.

 Los hijos que nacen de estas cosas cargan con la maldición de dos mundos y no pertenecen a ninguno. He visto esto antes. Siempre termina mal.” Cuando Manuela descubrió que estaba embarazada, ya era demasiado tarde para hacer nada. Las hierbas que Juana le consiguió con una curandera del barrio de San Francisco no funcionaron.

 Bebió un té amargo de ruda y romero que solo le provocó vómitos y cólicos terribles. Intentó cargar bultos pesados para forzar un aborto natural, pero el embarazo se aferraba a su cuerpo con terquedad. Cada mañana su vientre crecía un poco más bajo el mandil y aunque se fajaba con trapos apretados y trabajaba siempre en corvada para disimular, a los 5 meses ya no había forma de ocultar su estado.

Doña Gertrudis fue la primera en notarlo.Una tarde de febrero, mientras Manuela barría el corredor con su escoba de palma, la mujer se detuvo frente a ella y se quedó mirándola fijamente. ¿Quién es el padre? La pregunta cayó como una piedra en agua quieta. Manuela no respondió. mantuvo la vista fija en el piso de mosaico.

 Doña Gertrudis repitió la pregunta, esta vez más cerca, con el aliento agrio a hierbas medicinales y agua de azar que usaba para sus nervios. Te pregunté quién es el padre de esa criatura que llevas en el vientre. Manuela siguió en silencio, apretando el palo de la escoba hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Entonces la mujer le dio una bofetada que le hizo sangrar el labio y tambalearse hacia atrás.

 En esta casa no toleramos [ __ ] Habla o te vendo a los ingenios de azúcar de Veracruz, donde te matarás trabajando en 5 años. Manuela tembló. Sintió el sabor salado de su propia sangre, pero mantuvo la boca cerrada. Decir la verdad significaba muerte segura, tal vez para ella. Seguramente para el niño que llevaba dentro. Doña Gertrudis la miró con odio y desprecio mezclados.

 Luego dio media vuelta y se fue con sus faldas negras arrastrando por el piso. Aquella noche, don Rodrigo habló con su hermana en voz baja en el comedor principal. Manuela, que servía el chocolate caliente en tazas de porcelana china, escuchó fragmentos de la conversación. Déjala, decía don Rodrigo. El niño nacerá y veremos qué hacer.

 Si es oscuro, lo venderemos o lo daremos a alguna familia que necesite sirvientes. Ella seguirá aquí trabajando. Doña Gertrudis respondió con voz seca, “¿Y si ese bastardo se parece a alguien que conocemos, Rodrigo? ¿Qué haremos entonces? ¿Qué dirán las hijas? ¿Qué dirá el obispo nuevo que está revisando todas las casas de familias principales? Ya sabes que está investigando casos de concubinato y malos tratos a esclavos.

Don Rodrigo no respondió. Manuela salió del comedor con la bandeja temblando en las manos. Esa noche no pudo dormir. Se quedó despierta en su petate con una mano sobre el vientre donde crecía una vida que no había pedido, pero que ya amaba con una intensidad que la asustaba. El niño nació en marzo de 1724 durante una madrugada de viento y lluvia que hacía temblar las tejas del techo.

Fue asistido solo por Juana y otra esclava llamada María en el cuarto trasero de la casa, lejos de las habitaciones principales. Fue un parto difícil que duró casi 12 horas, con sangre que empapaba los trapos y no paraba, con dolores que hacían que Manuela mordiera un palo de madera para no gritar y despertar a los amos.

Puja”, le decía Juana, “puja con fuerza o el niño se quedará atorado.” Manuela pujó hasta sentir que se rompía por dentro, hasta que finalmente escuchó el llanto débil de un recién nacido. Cuando Juana le puso al niño en los brazos, todavía mojado y arrugado, Manuela vio aquellos ojos verdes como el mar, que ella había visto una sola vez en su vida cuando pasaron por Veracruz.

 verdes como los ojos de don Rodrigo de Inclán. El niño tenía la piel clara, más clara que la de ella, con un tono que cualquiera en Puebla podría identificar como español, mezclado con mulato. Los rasgos de la cara, aunque infantiles aún, ya mostraban esa nariz recta, esa mandíbula cuadrada que no venían de ella.

 Juana, al verlo, negó con la cabeza y murmuró, “Que Dios nos proteja. Este niño es una sentencia de muerte. Manuela llamó al niño José por San José, el padre que no era padre, el que había criado a un hijo que no era suyo. Durante los primeros meses lo mantuvo escondido en el cuarto tanto como pudo, alimentándolo con su propia leche, trabajando con él, amarrado a la espalda en un rebozo cuando no había más remedio.

Don Rodrigo nunca fue a verlo, nunca preguntó por él, nunca reconoció su existencia de ninguna forma. Actuó como si aquel niño no existiera, como si Manuela siguiera siendo solo una esclava, más entre los tantos que trabajaban en su casa. Doña Gertrudis, en cambio, lo miraba con una mezcla de desprecio y algo que podía hacer miedo cada vez que se cruzaba con Manuela cargando al bebé.

“Ese niño es demasiado claro para ser hijo tuyo”, le dijo una vez bloqueándole el paso en el corredor. ¿Con qué español te acostaste? ¿Fue algún cliente del almacén de mi hermano? ¿Algún arriero, algún soldado? Manuela respondió lo que había ensayado mil veces, manteniendo la voz firme, aunque por dentro estaba temblando. Con ninguno, señora.

 El padre es un mulato libre que trabaja en el mercado, en el puesto de verduras. Se llamaba Gabriel y se fue a México hace meses. Era mentira, pero una mentira necesaria. Doña Gertrudis la miró con los ojos entrecerrados, claramente sin creerle, pero sin poder probar nada. Si descubro que me mientes, te arrepentirás el resto de tu vida”, dijo finalmente y se alejó con sus faldas, susurrando contra el piso.

 Manuela apretó a José contra su pecho y sintióque el corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que todos en la casa podían escucharlo. A medida que José crecía, el parecido con don Rodrigo se hacía más evidente y más peligroso. No solo los ojos verdes que nadie en la familia de Manuela había tenido jamás, también la forma de la nariz, la mandíbula cuadrada, cierto gesto que hacía con la mano cuando estaba asustado, exactamente el mismo que hacía don Rodrigo cuando estaba nervioso.

A los 6 meses, cuando José comenzó a sonreír, esa sonrisa era una copia miniatura de la sonrisa de su padre. A los 12 meses, cuando empezó a caminar, su forma de mover la cabeza era idéntica. Manuela intentó de todo para ocultar el parecido. Le cortaba el pelo muy corto para que no se viera el tono castaño claro que tenía.

 Le frotaba ceniza en la cara cada mañana para oscurecer la piel, aunque el niño protestaba y lloraba. le enseñó desde muy pequeño a bajar la mirada cuando los amos pasaban, a hacerse invisible, a no llamar la atención. “Nunca los mires a los ojos”, le repetía una y otra vez. “Nunca hables a menos que te hablen. Nunca te acerques a ellos.

 Eres como el aire, como la sombra. Estás, pero no estás.” Los años pasaron con la lentitud de las procesiones de Semana Santa. José creció entre las cocinas y los patios, entre el olor a mole y el sonido del agua cayendo en la fuente. Ayudaba con las tareas menores que un niño podía hacer. Cargaba leña del corral al fogón.

Espantaba moscas durante las comidas con un abanico de palma. limpiaba las jaulas de los pájaros que doña Gertrudis criaba en el corredor. Barría el patio trasero. Era un niño callado, demasiado callado para su edad, como si hubiera entendido desde muy pequeño que su existencia era un secreto peligroso que había que guardar a toda costa.

Manuela lo amaba con una intensidad que le dolía físicamente en el pecho, con un amor desesperado, mezclado con terror constante. Cada noche, cuando lo acostaba en el petate junto al suyo, le acariciaba el pelo y rezaba en silencio. No rezaba a Dios porque sentía que Dios la había abandonado hacía mucho tiempo.

rezaba a alguna fuerza más antigua, más oscura, pidiéndole que protegiera a su hijo de lo que ella sabía que algún día vendría. En 1727, cuando José tenía 3 años, llegó a Puebla un nuevo obispo. El anterior, don Francisco Fabián y fuero, había muerto el año pasado después de décadas en el cargo y su sucesor era un hombre joven llamado don Juan Antonio de Lardizábal y el Orza, que venía con fama de reformador implacable.

 Decían que había limpiado su anterior diócesis en Yucatán, expulsando a religiosos corruptos, cerrando conventos irregulares, investigando casos de abusos. No toleraba el concubinato, la simonía, el maltrato a indios y esclavos, ni ninguna de las prácticas que las familias criollas consideraban normales mientras pagaran suficientes limosnas.

Su llegada puso nerviosa a toda la ciudad. Las familias principales, acostumbradas a vivir según sus propias reglas morales, comenzaron a temer las visitas episcopales. Los comerciantes que tenían concubinas las escondieron o las mandaron a otras ciudades. Los ascendados que maltrataban a sus trabajadores empezaron a moderar los castigos al menos en público.

 Don Rodrigo, que siempre había sido un hombre discreto, se volvió aún más cauteloso. Dejó de ir a ciertas casas donde se jugaba y se bebía. dejó de recibir a ciertos amigos cuyas costumbres eran demasiado escandalosas y dejó completamente y para siempre de llamar a Manuela por las noches. Pero el obispo no solo inspeccionaba iglesias y conventos, también enviaba visitadores a las casas principales para verificar que los esclavos fueran tratados según las leyes de Indias, que estuvieran debidamente bautizados, que recibieran

instrucción religiosa básica, que no fueran sometidos a castigos excesivos o degradantes, que tuvieran al menos un día de descanso a la semana. Una tarde de julio calurosa y pesada, un tal padre Eugenio, enviado especial del obispado, llegó a la casa de los inclán con su sotana negra empolvada del camino y su libro de registro encuadernado en cuero.

Doña Gertrudis lo recibió en la sala principal con chocolate espumoso servido en tazas de porcelana, pan dulce recién horneado, espolvoreado con azúcar y un discurso ensayado sobre las obras de caridad que la familia hacía, las misas que financiaban en la catedral, las limosnas para el hospital de San Juan de Dios, donde se atendía a indios pobres.

las donaciones para el convento de Santa Rosa, donde ella misma iba a rezar todas las semanas. El padre escuchó con educación, tomó notas en su libro, pero luego dijo con voz firme, “Todo eso está muy bien, doña Gertrudis, pero mi misión es verificar el estado de los esclavos de esta casa. Necesito verlos a todos.

” Doña Gertrudis no pudo negarse sin levantar sospechas. Ordenó que trajeran a todos los sirvientes al patioprincipal. Manuela, Juana y otros cuatro esclavos fueron alineados frente a la fuente. José estaba pegado a las faldas de su madre, asustado por la presencia del hombre de negro, que parecía tener autoridad sobre todos.

El padre Eugenio caminó frente a ellos preguntando nombres, edades, cuánto tiempo llevaban en la casa. Verificó que supieran el Padre Nuestro, el Ave María, el Credo. Revisó los brazos y espaldas de algunos buscando marcas excesivas de castigos. Cuando llegó a Manuela, se detuvo. Luego bajó la mirada hacia José.

Este niño es tuyo. Manuela asintió con la garganta seca. Sí, padre. Y el padre Manuela repitió la historia ensayada. Un mulato libre del mercado, padre, se fue hace tiempo. El sacerdote frunció el ceño, se agachó para quedar a la altura de José, le miró los ojos. Este niño es muy claro para ser hijo de dos mulatos. Tiene ojos verdes.

 Eso no es común en las castas. Doña Gertrudis intervino rápidamente con una risa forzada. Padre, ya sabe usted cómo son estas mezclas en la Nueva España. Siempre hay sangre española en algún lado, aunque ellos no lo reconozcan. La madre probablemente miente sobre el padre para proteger a alguien o tal vez ni ella misma sabe quién es.

 El padre miró a doña Gertrudis, luego a Manuela, luego nuevamente a José. Había algo en su expresión que sugería que entendía más de lo que decía. Estos niños mestizos deben ser bautizados y educados en la fe, dijo finalmente. Este niño está bautizado. Manuela asintió. Sí, padre, en la parroquia de San José.

 Bien, asegúrese de que aprenda sus oraciones. El padre hizo una anotación en su libro y pasó al siguiente esclavo. Cuando el visitador se fue, doña Gertrudis se encerró con don Rodrigo en el despacho durante horas. Manuela, que limpiaba el corredor cercano con las manos temblando, alcanzó a escuchar fragmentos de la conversación a través de la puerta de madera.

 Ese niño es un peligro andante. Si alguien empieza a hacer preguntas, el parecido es demasiado evidente. Tenemos que hacer algo antes de que esto se nos salga de las manos. No escuchó el final, porque Juana la jaló del brazo y le susurró, “Aléjate de ahí antes de que te descubran escuchando.” Aquella noche, Manuela no pudo dormir.

 Se quedó despierta en su petate, abrazando a José, que dormía profundamente ajeno al peligro, sintiendo que las paredes de la casa se cerraban sobre ellos. Sabía que algo iba a pasar. Lo sentía en los huesos, en ese instinto de supervivencia que desarrollan quienes viven siempre al borde del abismo. Los días siguientes fueron tensos y extraños.

 Don Rodrigo evitaba cruzarse con Manuela y cuando lo hacía por accidente en algún corredor, su rostro era una máscara impenetrable de piedra. No había ninguna emoción visible, ni culpa, ni pena, ni siquiera reconocimiento. Era como si Manuela y José fueran fantasmas que él había decidido dejar de ver. Doña Gertrudis, en cambio, comenzó a tratar a José con una crueldad que antes había mantenido relativamente disimulada.

 Le gritaba por cualquier cosa, si derramaba una gota de agua, si barriera dejando una brizna de paja, si los pájaros hacían ruido en sus jaulas, lo golpeaba con su rosario de cuentas pesadas, si el niño no se movía lo suficientemente rápido. Lo hacía trabajar bajo el sol de julio sin darle agua hasta que José se mareaba y tenía que sentarse en el suelo para no desmayarse.

Manuela intentó protegerlo intercediendo, poniéndose entre doña Gertrudis y el niño, pero cada vez que lo hacía, ella recibía los golpes. Una tarde recibió tal bofetada que se le desprendió un diente y tuvo que escupir sangre en el patio. Juana le dijo esa noche mientras le ponía un trapo frío en la cara hinchada, “Van a vender al niño, Manuela, o algo peor.

 visto esa mirada antes en amos que quieren borrar un problema. Tienes que decidir qué vas a hacer porque se te acaba el tiempo. Pero, ¿qué podía hacer una esclava sin libertad, sin dinero, sin familia, sin ningún recurso? No tenía los 60 pesos que don Rodrigo había pagado por ella, mucho menos para comprar también la libertad de José.

 No tenía familiares fuera de esa casa que pudieran acogerlos. No tenía a dónde ir. La ciudad de Puebla estaba llena de alguaciles que vigilaban, de clérigos que reportaban, de españoles que consideraban su deber cristiano de volver a los esclavos fugitivos a sus amos. Y si huía con José, los encontrarían en cuestión de días, tal vez horas.

 El castigo para esclavos fugitivos era brutal. marcas con hierro caliente en la cara, 100 azotes públicos, venta a los ingenios de azúcar, donde la esperanza de vida no pasaba de 5 años. La única opción parecía ser rezar, esperar y confiar en que don Rodrigo tuviera aunque fuera un poco de misericordia por el niño que llevaba su sangre, por esa vida que él había creado con su propio cuerpo.

 Pero esa esperanza se rompió como cerámica fina una mañanade agosto. Manuela estaba en el mercado de la Plaza Mayor comprando verduras para la comida del día cuando escuchó gritos en la parte donde estaba el rollo, la columna de piedra donde se ataban a los criminales para castigarlos públicamente. Se acercó, empujada por una mezcla de curiosidad y horror, y vio a un hombre esclavo atado a la columna.

 Su espalda ya estaba roja de sangre fresca. El alguacil gritaba la sentencia mientras el verdugo, un mulato robusto contratado por el ayuntamiento, aplicaba los azotes con un látigo de cuero trenzado por el delito de robo de tres gallinas, 30 azotes públicos. Cada golpe resonaba en la plaza.

 La gente miraba, algunos con lástima, otros con indiferencia, otros con ese placer oscuro que algunas personas encuentran en el sufrimiento ajeno. Manuel asintió que se le helaba la sangre. Aquella era la justicia de la época, pública, brutal, ejemplar, diseñada para aterrorizar tanto al castigado como a los que miraban. Y si alguien decidía que José era evidencia de un escándalo que debía borrarse, esa misma justicia podía caer sobre él.

 Un niño de 3 años podía ser castigado legalmente si su amo así lo decidía. Las leyes de indias permitían castigos moderados a esclavos de cualquier edad, y lo que era moderado quedaba a discreción del amo. Cuando regresó a la casa con la canasta de verduras temblándole en las manos, encontró a doña Gertrudis en el zaguán hablando con un hombre que Manuela no conocía.

 Era un comerciante de esclavos, gordón y maloliente, con una bolsa de monedas en el cinturón y una mirada que evaluaba a las personas como si fueran ganado. Estaban negociando precios, hablando de edades apropiadas para diferentes trabajos. Manuela dejó caer la canasta y los jitomates rodaron por el piso de piedra.

Doña Gertrudis la miró con frialdad absoluta. Ah, Manuela, qué bueno que llegaste. Este caballero, don Fernando, se interesa por tu hijo. Le busca un ayudante para su hacienda en Atlixco. Los niños de esa edad son muy útiles para cuidar animales pequeños. Manuel asintió que el mundo se derrumbaba, que el piso se abría bajo sus pies.

 No, señora, por favor. Es muy pequeño, solo tiene 3 años. Por favor, no. El comerciante se rió mostrando dientes amarillentos. Tienen que aprender desde chicos, mujer. Entre más pronto empiecen, mejor se adiestran. En mi hacienda trabajo con niños desde los 2 años. Hay que moldearlos cuando son tiernos, antes de que se vuelvan rebeldes.

Manuela se arrodilló frente a doña Gertrudis, algo que nunca había hecho voluntariamente. Sus rodillas golpearon las piedras con fuerza. Señora, se lo ruego por Dios, por la Virgen, por todos los santos. Puedo trabajar más, puedo dormir menos, puedo hacer lo que usted quiera, pero no se lleve a mi hijo, es lo único que tengo en este mundo.

 Doña Gertrudis ni siquiera la miró. Revisaba unos papeles que el comerciante le había dado. Levántate y vete a tu trabajo. El niño se irá mañana al amanecer. Don Fernando pagará 15 pesos por él, que es un precio justo para un niño de esa edad. Aquella noche, Manuela no fue a su cuarto, no fue a las cocinas, se fue directamente a la habitación de don Rodrigo, algo que nunca había hecho por voluntad propia en todos aquellos años.

Tocó la puerta con suavidad primero, luego más fuerte cuando no hubo respuesta. Don Rodrigo abrió finalmente, todavía vestido con su camisa de dormir con una vela en la mano. Al verla pareció asustado, casi aterrado. ¿Qué haces aquí? Vete antes de que alguien te vea. Manuela no se movió. Las palabras le salieron con una desesperación que ya no podía controlar.

 Señor, su hermana quiere vender a José mañana a un hacendado de Atlco. Le pido, le suplico, no deje que eso pase. Es solo un niño, no ha hecho nada malo. Don Rodrigo palideció visiblemente. No es mi problema. No tengo nada que ver con eso. Julers es su hijo dijo Manuela y al decirlo sintió que cruzaba un límite que no tenía retorno posible.

 es su hijo y usted lo sabe perfectamente. Por eso su hermana quiere alejarlo, porque se parece a usted, porque cualquiera que los vea juntos verá la verdad. Don Rodrigo dio un paso atrás como si ella lo hubiera golpeado. Su rostro pasó del blanco al rojo. Sus manos temblaban. No digas esas mentiras. Eres una esclava mentirosa que busca causarme problemas.

 No es mentira y usted lo sabe. Míreme a los ojos y dígame que no es su hijo. Míreme. Don Rodrigo no la miró. Cerró la puerta de golpe, tan fuerte que el ruido resonó en todo el corredor. Manuela se quedó de pie en la oscuridad, temblando de pies a cabeza. Había dicho lo impronunciable. Había roto el silencio que los había protegido a ambos durante tres años.

Ahora solo podía esperar las consecuencias. y sabía que serían terribles. La respuesta llegó al día siguiente y no fue la venta, fue algo infinitamente peor. Doña Gertrudis reunió a todos los esclavos de la casaen el patio principal a media mañana. Don Rodrigo estaba presente de pie junto a la fuente con el rostro serio y pálido.

 El alguacil de la ciudad también estaba ahí. un hombre llamado don Mateo con uniforme azul y bastón de autoridad y había un escribano con libro y pluma para registrar todo lo que pasara. Doña Gertrudis habló con voz alta y clara, proyectada para que todos escucharan. Esta mujer Manuela esclava de propiedad de mi hermano don Rodrigo de Inclán, ha cometido el pecado grave de la lujuria y ahora intenta difamar el nombre y honor de su amo legítimo para evitar las consecuencias de sus acciones.

 Ha dicho mentiras terribles que atentan contra la reputación de esta familia honorable. Por lo tanto, según las leyes de Indias y el derecho que me asiste como administradora de este hogar cristiano, ordeno que su hijo bastardo sea castigado como escarmiento público para que aprenda desde pequeño que las mentiras y difamaciones de una madre son pecados que se heredan y deben purgarse con dolor.

 Manuela gritó, “¡No! ¡No! Yo dije la verdad. Castíguenme a mí, no a él. es inocente. Pero dos hombres, criados libres que trabajaban en la casa, ya habían tomado a José de las manos. El niño lloraba. Llamaba a su madre con voz aguda que partía el alma. “Mamá, mamá.” Lo llevaron al centro del patio, cerca de la fuente donde el agua seguía cayendo indiferente.

 Le quitaron la camisa de manta. El cuerpo del niño era tan pequeño, tan frágil, con la piel clara brillando bajo el sol de agosto. Tenía 3 años, solo 3 años. El alguacil desenrolló un látigo pequeño del tipo que se usaba para castigar a niños, esclavos y aprendices. No era el látigo grande de cuero trenzado que se usaba para adultos, pero igual podía arrancar piel.

10 azotes”, dijo doña Gertrudis con voz firme. Manuela intentó correr hacia su hijo, pero dos esclavos, Juana y un hombre llamado Pedro, la sujetaron con fuerza. “No lo hagas peor”, le susurró Juana al oído con lágrimas en sus propios ojos. “Si te resistes, le darán más. Déjalo pasar rápido.” El primer golpe cayó sobre la espalda pequeña de José.

 El niño gritó, un grito agudo de dolor y terror que resonó en el patio y en las calles vecinas. El segundo golpe. José intentó apartarse, pero los hombres lo sujetaban firme. El tercero, su piel clara empezó a mostrar marcas rojas. El cuarto. El quinto, Manuela cerró los ojos, pero no pudo cerrar los oídos. Los gritos de su hijo se le clavaban como cuchillos en el pecho, en el alma, en cada parte de su ser. El sexto, el séptimo.

 José ya no gritaba con fuerza, solo soyaba entrecortadamente. El octavo, su cuerpecito temblaba. El noveno, una línea de sangre apareció en su espalda. El décimo azote nunca llegó. Don Rodrigo levantó la mano bruscamente. Suficiente. Su voz temblaba quebrada. El alguacil se detuvo con el látigo en el aire. Don Rodrigo no miró a nadie, especialmente no miró a José ni a Manuela.

 Dio media vuelta y se metió en la casa casi corriendo, como huyendo de algo que no podía soportar ver. Manuela corrió hacia José apenas la soltaron. lo levantó del piso, su cuerpo pequeño y quebrado, temblando como hoja al viento. La espalda tenía nueve marcas rojas que ya empezaban a hincharse, que seguramente se convertirían en cicatrices que llevaría toda la vida.

 El niño temblaba sin control, sus ojos verdes nublados por las lágrimas, con mocos y saliva mezclados en la cara. “Mamá”, susurró con voz casi inaudible. Duele, duele mucho. Manuela lo abrazó con toda la fuerza que tenía, sin importarle las marcas en su espalda. Ya sé, mi amor, ya sé. Ya pasó, ya pasó. Pero no había pasado, nunca iba a pasar.

Aquellas marcas en la espalda de su hijo eran permanentes, pero las marcas en su alma serían aún más profundas. Los días siguientes fueron un infierno silencioso. José no hablaba, apenas comía. Se pasaba las horas acurrucado en un rincón del cuarto con la mirada perdida. Las heridas en su espalda se infectaron a pesar de los cuidados de Manuela.

 tuvo que limpiarlas con agua de cal y hierbas que Juana le consiguió con una curandera árnica, sábila, romero. El niño tenía fiebre que subía por las noches, deliraba, llamaba a su madre, lloraba dormido. Manuela no durmió durante cinco noches seguidas, solo rezaba y maldecía en partes iguales. maldecía a don Rodrigo por ser cobarde, por no tener el valor de reconocer a su propio hijo, por dejar que lo torturaran para proteger su reputación.

Maldecía a doña Gertrudis por su crueldad disfrazada de virtud, por usar el rosario en una mano y ordenar atrocidades con la otra. Maldecía a Dios por permitir que un niño inocente pagara los pecados de los adultos y sobre todo se maldecía a sí misma. por haber sido tan débil, por no haber sabido proteger a su hijo, por haberlo traído a este mundo de sufrimiento.

Una madrugada, cuando José finalmente dormía sin fiebre después de seis díasterribles, Juana se sentó junto a Manuela en el cuarto oscuro. Solo se oía la respiración trabajosa del niño dormido. “Tienes que irte”, le dijo Juana en voz tan baja que era casi un susurro. Si te quedas aquí, van a matarlo.

 Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero lo harán. Es la única forma que tienen de borrar la evidencia de lo que pasó. Un niño muerto no puede hablar, no puede parecerse a nadie. Manuela negó con la cabeza, agotada. No puedo irme. Nos atraparán en días. El castigo será peor. Juana le puso una bolsa pequeña en las manos. Dentro había monedas reales de plata, algunos tlacos de cobre. No era mucho, pero era algo.

Son de todas nosotras, explicó Juana. Nos hemos juntado durante años escondiendo una moneda aquí, otra allá, para cuando llegara el momento. Este es tu momento, Manuela. Vete al norte, Atlaxcala o más lejos. Hay pueblos donde no hacen tantas preguntas. Busca a los franciscanos. Ellos a veces esconden a fugitivos. Es tu única oportunidad.

Manuela miró la bolsa, luego miró a Juana. La mujer vieja tenía los ojos llenos de lágrimas que brillaban en la oscuridad. “Yo ya no tengo fuerzas para huir”, dijo con voz quebrada. “Mis piernas están viejas, mi espalda está rota. Pero tú eres joven todavía y ese niño merece una vida que no sea esta. Merece una oportunidad.

Manuela apretó la bolsa contra su pecho. Si nos atrapan, nos matarán o algo peor. Si te quedas, de todas formas, morirán. Al menos intentándolo tienes una posibilidad. Esa misma noche, cuando la casa dormía y solo se escuchaban los grillos cantando en el patio y el goteo de la fuente, Manuela envolvió a José en su reboso más gastado.

 Tomó la bolsa de monedas que le pesaba como plomo y como esperanza al mismo tiempo y salió por la puerta trasera que daba al callejón. No miró atrás, no podía permitirse mirar atrás. Caminó pegada a las paredes de adobe, evitando las calles principales donde patrullaban los alguaciles nocturnos. La luna estaba cubierta por nubes bajas que amenazaban lluvia.

 Puebla dormía con sus secretos, sus pecados, sus mentiras. Manuela cargaba el suyo en brazos, un niño de 3 años con cicatrices frescas en la espalda y ojos verdes que nunca debió haber tenido, que lo condenaban solo por existir. Llegó al camino real cuando comenzaba a amanecer con los primeros tonos rosados en el horizonte. Un arriero viejo que viajaba a Atlxcala con su recua de mulas aceptó llevarlos a cambio de tres reales.

Manuela subió a la carreta entre costales de maíz y frijol que olían a bodega húmeda. Se escondió con José lo mejor que pudo. El niño preguntó con voz pequeña, “¿A dónde vamos, mamá?” Manuela le acarició el pelo pegajoso de sudor y suciedad. a un lugar donde nadie nos conozca, mi amor, donde pueda ser solo José, un niño como cualquier otro, nada más que eso.

 José se quedó dormido contra su pecho, agotado. Manuela miró hacia atrás una última vez, hacia Puebla, que se alejaba con sus torres de iglesias y sus campanas que empezaban a repicar para la misa de Alba. Sabía que los buscarían. sabía que el castigo para una esclava fugitiva y su hijo era brutal, pero también sabía que si se quedaba su hijo no tendría ni siquiera eso, ni castigo ni muerte rápida, sino una vida lenta de sufrimiento vigilado.

 En Tlaxcala se escondieron en una posada de indios durante tres días, pagando medio real por noche por un rincón en el suelo donde dormir. Manuela vendió su reboso, bueno, el único que tenía con bordados, y compró ropa usada más humilde para ambos. Camisas de mant remendadas, guaraches viejos. Le cortó el pelo a José casi al rape, tan corto que parecía enfermo, y le puso un sombrero de paja deilachado que le cubría la frente.

 A partir de ahora le dijo mirándolo a esos ojos verdes que eran su condena. Si alguien pregunta, “¿Eres hijo de una india y un español?” Tu padre murió. No sabemos su nombre, ¿entiendes? José asintió, aunque no entendía completamente. Era demasiado pequeño para entender que acababa de convertirse en otra persona.

 Viajaron hacia el norte durante semanas interminables, escondiéndose en jacales de campesinos que aceptaban darles techo por una noche a cambio de trabajo, durmiendo en establos entre vacas y cerdos cuando no había otra opción, comiendo tortillas duras y frijoles aguados cuando había suerte. Manuela trabajaba donde podía, lavando ropa en los ríos hasta que las manos se le agrietaban, moliendo maíz en casas ajenas, ayudando en cosechas de chile y calabaza.

 Nadie preguntaba mucho. En la Nueva España del siglo XVII había tantas castas mezcladas, tantos mestizos, mulatos, castizos, moriscos, que una mujer morena con un niño más claro no llamaba demasiado la atención, siempre y cuando no estuvieran en las ciudades grandes, donde los alguaciles vigilaban con más cuidado. Pero el miedo nunca se fue.

 se había instalado en el cuerpo de Manuela como una enfermedad crónica. Cada vez queveían a un español a caballo en el camino, escondía a José detrás de un maguei o de una pared. Cada vez que llegaban a un pueblo nuevo, preguntaba primero si había alguailes residentes, si había pasado algún comerciante de esclavos recientemente.

 vivía con el corazón en un puño permanente, esperando siempre el momento en que una mano la tomara del brazo y una voz dijera, “Eres la fugitiva de Puebla. Tienes precio en tu cabeza.” Ese momento llegó 6 meses después de su huida en un pueblo llamado San Miguel el Grande, en pleno crecimiento gracias a las minas de plata de Guanajuato cercanas.

Manuela estaba en el mercado comprando chile seco cuando escuchó una voz que reconoció inmediatamente. Se dio vuelta con el corazón golpeándole en el pecho y vio al comerciante de esclavos, don Fernando, el mismo que había ido a la casa de los inclán para comprar a José. El hombre estaba negociando con un minero sobre precios de trabajadores, pero en cualquier momento podía voltear y verla.

 Manuela tomó a José de la mano con fuerza. Camina rápido, no corras. Camina, mamá, ¿qué pasa? Cállate y obedece. Pero ya era demasiado tarde. El comerciante había girado la cabeza y sus ojos se posaron sobre ella. Hubo un momento de reconocimiento. Sus ojos se abrieron y luego gritó, “Esa mujer, deténganla! Es la esclava fugitiva de Puebla. Hay recompensa.

Manuela corrió. Corrió como nunca había corrido en toda su vida, con José en brazos porque el niño de 4 años no podía seguir el ritmo. La gente en el mercado se apartaba. Algunos señalaban, otros intentaron detenerla. Escuchó gritos multiplicándose detrás de ella. Esclava fugitiva, atrápala. Hay dinero de recompensa.

 Dobló por un callejón estrecho, luego por otro. Sus pulmones ardían como si respirara fuego. José lloraba aterrado. Mamá, tengo miedo. No me sueltes, mi amor. Agárrate fuerte de mi cuello. Llegó a una iglesia pequeña dedicada a San Francisco de Asís. La puerta estaba abierta. Entró corriendo y se refugió detrás del altar mayor, jadeando tan fuerte que pensó que sus perseguidores la oirían.

Un fraile viejo, flaco como rama seca, estaba ordenando flores en un florero. Al ver a Manuela entrar así, no preguntó nada, solo le hizo señas urgentes de que se callara y se escondiera mejor. Momentos después entraron dos hombres del mercado sudorosos y agitados. Padre, ¿vio pasar a una mujer mulata con un niño? El fraile levantó la vista de sus flores con expresión serena.

 Aquí no ha entrado nadie más que ustedes. Los hombres insistieron mirando alrededor de la iglesia pequeña. Es una fugitiva de Puebla. Su amo ofrece 20 pesos de recompensa. Tiene que haberla visto. El fraile se plantó firme entre ellos y el altar. Dije que aquí no ha entrado nadie. Esta es casa de Dios, no refugio de cazadores de hombres. Salgan.

 Los hombres se fueron murmurando maldiciones. El fraile esperó hasta que sus pasos se alejaran completamente, hasta que el silencio regresó a la iglesia. Luego fue hacia donde Manuela se escondía. Sígueme rápido. La llevó a través de la sacristía con sus vestimentas colgadas y su olor a incienso viejo, luego a un cuarto trasero donde había solo un catre estrecho, un crucifijo de madera en la pared y una ventana pequeña.

Puedes quedarte aquí esta noche. Mañana veremos qué hacer. No salgas por ningún motivo. Les diré a mis hermanos que no molesten este cuarto. Manuela se arrodilló ante él con José todavía en brazos. Padre, gracias. Que Dios lo bendiga. El fraile, que se llamaba Fry Bernardino de la Cruz, la ayudó a levantarse con manos temblorosas de viejo.

No me des las gracias todavía, hija. Los franciscanos ayudamos a los que huyen de la injusticia, pero no podemos protegerte para siempre. Ese hombre te está buscando activamente. Necesitas ir más lejos a Zacatecas o incluso a Nuevo México, lugares donde la mano del birrey no llega tan fácil y donde hay menos control.

 Manuela pasó tres días escondida en ese cuarto sin salir ni para ir al baño. Fray Bernardino le traía comida dos veces al día, tortillas, frijoles, agua. También le traía noticias que recogía en el mercado y en la plaza. El comerciante de esclavos seguía en el pueblo preguntando casa por casa, mostrando una descripción de Manuela, ofreciendo dinero a quien dieración.

Don Rodrigo de Inclán había mandado una carta oficial al alcalde de San Miguel pidiendo ayuda para recuperar a su propiedad robada, describiendo a Manuela y a José con detalle, aumentando la recompensa a 30 pesos. La red se cerraba como lazo al cuello. El cuarto día, Fray Bernardino llegó con un plan.

 Esta noche vendrá un comerciante amigo de nuestra orden. Se llama don Esteban y va con una caravana hacia Zacatecas llevando pulque y sal. Ha aceptado llevarte escondida en su carreta. Es un hombre de confianza. Te dejará en Zacatecas. Allá busca el colegio de San Luis Gonzaga, donde están los jesuitas. Pregunta por el padre Joséde Lara. Él sabrá qué hacer contigo.

 Le mandaré una carta. explicando tu situación. Esa noche, cuando el pueblo dormía bajo un cielo sin luna, Manuela y José partieron nuevamente. Viajaron durante dos semanas en la carreta, escondidos entre barriles de pulque que goteaban líquido pegajoso y sacos de sal que les resecaban la garganta. José enfermó durante el viaje con una fiebre que lo hacía temblar y sudar helado.

 Manuela no tenía nada para curarlo, excepto sus manos, sus oraciones desesperadas y trapos mojados en agua cuando paraban a descansar. Aguanta, mi amor, solo un poco más. Aguanta. El niño aguantó porque los niños tienen esa capacidad terrible de aguantar más de lo que cualquier ser humano debería. En Zacatecas, ciudad de Minas de plata y cerros pelados, los jesuitas del colegio de San Luis Gonzaga los recibieron con la cautela de quien está acostumbrado a lidiar con situaciones difíciles.

El padre José de Lara, un hombre de unos 40 años con ojos inteligentes detrás de anteojos de montura metálica, leyó la carta de Fray Bernardino y luego escuchó la historia completa de Manuela sin interrumpirla. Una sola vez, cuando ella terminó agotada de hablar y recordar, el jesuita se quedó callado largo rato mirando por la ventana de su despacho hacia el patio del colegio donde estudiantes indios y mestizos aprendían latín y matemáticas. Finalmente habló.

Es una historia que he escuchado demasiadas veces con variaciones, pero siempre la misma esencia. Los hijos que se parecen al amo son un problema que las familias resuelven de muchas maneras. La mayoría terribles. El silencio, la venta, el castigo ejemplar, incluso la muerte accidental. He visto de todo.

 Hizo una pausa, se quitó los anteojos y se frotó los ojos cansados. ¿Puedes ayudarnos, padre?, preguntó Manuela con la voz casi quebrada. El Padre asintió lentamente. Puedo darte un oficio para que te ganes la vida honradamente. Puedo enseñarte a tejer, que es trabajo que paga bien aquí, porque los mineros necesitan ropa constantemente.

Puedo ayudarte a que vivas como si fueras libre, aunque legalmente no lo seas, pero tendrás que cambiar de nombre completamente, tu hijo también. Y nunca, nunca, bajo ninguna circunstancia podrás volver a Puebla ni tener contacto con nadie de allá. Manuela aceptó sin dudar. enterró su nombre como se entierra a un muerto.

 Tomó el nombre de Catalina Méndez, viuda. José pasó a llamarse Juan Méndez, hijo de Catalina y de un español muerto, cuyo nombre se había perdido. prendió a tejer entelares de cintura bajo la enseñanza de una maestra indígena y con el tiempo, después de dos años de trabajo constante, montó un pequeño taller en la trastienda del colegio jesuita, donde producía mantas, rebozos y zarapes que los padres vendían en su tienda.

 Pasaron los años como pasan en las vidas de los pobres, lentos, trabajosos, pero también con momentos de paz que Manuela no había conocido antes. Juan creció. Sus ojos verdes seguían siendo un misterio que la gente notaba y comentaba. Pero en Zacatecas, donde la minería traía españoles, indios, negros, asiáticos y todas las mezclas posibles imaginables, nadie preguntaba demasiado sobre orígenes.

A los 10 años, Juan ya sabía leer y escribir, enseñado por los jesuitas en su escuela gratuita. A los 15 entró a trabajar como aprendiz en una tienda de paños en la calle principal. Era inteligente, trabajador, callado como le había enseñado su madre. Manuela envejeció rápido, mucho más rápido que sus años cronológicos.

 El miedo constante de los primeros años, la tensión de vivir siempre mirando sobre el hombro, dejó arrugas profundas en su rostro moreno. A los 30 años parecía de 40. Cada vez que veía a un alguacil pasar por la calle, cada vez que llegaba un viajero de Puebla al mercado, se escondía en su taller y no salía hasta estar segura de que el peligro había pasado.

 El padre de Lara le trajo noticias una vez en 1735. Don Rodrigo de Inclán había muerto de apoplejía a los 62 años. Doña Gertrudis lo siguió dos años después de una enfermedad larga y dolorosa que algunos interpretaron como castigo divino. La casa de los inclános de las hijas que vendieron a todos los esclavos restantes, cerraron el almacén y dividieron la herencia.

 Juana, la esclava vieja que había ayudado a Manuela a escapar, había muerto también de vieja y cansada en su petate. Con esas noticias, Manuela sintió algo parecido al alivio, pero también una tristeza sin fondo que la acompañó durante semanas. Todas esas vidas rotas y destruidas por un secreto que ya no le importaba a nadie.

Juan nunca supo la verdad completa. Manuela le contó una versión cuidadosamente editada, que habían huído de Puebla porque el amo era cruel y violento, que ella había sido esclava, pero ahora eran libres, que su padre había sido un mulato que murió antes de que él naciera en un accidente.

 Juan lacreyó o fingió creerla porque era más fácil. A los 20 años se casó con la hija de un artesano zapatero, una muchacha mestiza de ojos negros y risa fácil llamada Rosa. Tuvieron tres hijos que crecieron sanos y felices. Manuela los cuidó en sus últimos años, viendo como esos nietos jugaban en el patio sin saber que llevaban en las venas la sangre de un comerciante español de Puebla que nunca tuvo el valor de reconocer a su hijo.

 Manuela murió en 1750 a los 42 años, pero con un cuerpo gastado de 60. Una vida demasiado dura la había consumido desde dentro. En su lecho de muerte, acostada en el mismo catre donde había dormido durante años, con Juan a su lado, sosteniéndole la mano, le dijo con voz débil, “Hay cosas que una madre no debe decir nunca, secretos que es mejor llevarse a la tumba. Pero quiero que sepas algo, hijo.

Todo lo que hice, cada mentira, cada nombre falso, cada paso de esta vida fue para que tú pudieras tener una oportunidad. No la vida que merecías, que debería haber sido mucho mejor, pero al menos una vida donde pudieras respirar. Juan lloró sin entender completamente. Mamá, no hables así. Vas a mejorar.

 Vas a estar bien. Manuela sonrió con labios agrietados. Le tocó la cara con mano temblorosa. Tus ojos son hermosos, hijo. Siempre lo fueron. No dejes que nadie te diga lo contrario nunca. Eres tan bueno como cualquiera. Murió esa noche en silencio mientras Juan dormitaba en una silla a su lado.

 La enterraron en el cementerio del colegio de San Luis Gonzaga, bajo un árbol de mezquite con una cruz de madera sin nombre, porque oficialmente Catalina Méndez no existía en ningún registro. Los jesuítas rezaron por ella con sinceridad. Juan puso flores silvestres sobre la tumba cada semana durante años, hasta que él mismo fue viejo.

 Nunca supo que las cicatrices en su espalda que su madre le había explicado como resultado de una caída de caballo cuando era muy pequeño eran en realidad el castigo que recibió a los 3 años por el pecado imperdonable de parecerse a su padre. Nunca supo que ese padre era don Rodrigo de Inclán.

 comerciante respetado de Puebla, cuyo retrato al óleo todavía colgaba en la sacristía de alguna iglesia poblana como benefactor piadoso de misas y limosnas. La historia de Manuela se perdió en el silencio espeso que cubre tantas historias de la época colonial. No quedaron documentos oficiales porque nunca los hubo.

 No quedaron cartas porque ella no sabía escribir. No quedaron testigos porque todos murieron. Solo existe en la memoria oral difusa de algunas familias de Zacatecas que todavía recuerdan vagamente a una mujer llamada Catalina, tejedora hábil, que llegó huyendo de Puebla hace muchísimo tiempo con un niño de ojos verdes extraños y nunca habló de su pasado.

 Y en las cicatrices que ese niño, convertido en hombre, convertido en padre, convertido en abuelo, nunca explicó del todo a sus descendientes cuando le preguntaban. En Puebla, la casa de los inclannad ruidosa, luego en un hotel para viajeros, luego en ruinas que demolieron en el siglo XIX para construir edificios modernos.

 Nadie recuerda que allí vivió una esclava que amó demasiado a su hijo como para dejar que el silencio y el miedo lo mataran. Nadie recuerda que un niño de 3 años fue azotado públicamente por el pecado de tener los ojos equivocados en el cuerpo equivocado. La historia oficial de Puebla habla de las grandes familias criollas, los comerciantes prósperos, los obispos reformadores, las iglesias barrocas.

 los conventos magníficos. No habla de las Manuelas ni de los Josés, de los hijos castigados por parecerse al amo, de las madres que huyeron con lo opuesto para salvar una vida que el mundo colonial consideraba sin ningún valor. Pero esas historias están ahí enterradas en los archivos parroquiales que nadie lee ya, en las cicatrices que nadie pregunta, en los ojos verdes que aparecen inexplicablemente, en lugares donde no deberían estar según las categorías raciales de la época.

Están en la memoria de las piedras de Puebla, de Tlaxcala, de San Miguel, de Zacatecas. Están en cada niño que nació, llevando en el cuerpo la evidencia visible de un pecado que no cometió. están en cada madre esclava que eligió el peligro mortal de la huida sobre la certeza del sufrimiento vigilado. Y están en esta historia, rescatada del olvido donde la historia oficial la había sepultado, donde una esclava llamada Manuela desafió todo lo que su época le ordenaba aceptar como destino inevitable y corrió y sobrevivió contra

todas las probabilidades. llamó con una intensidad que partía el alma y murió, sin arrepentirse nunca de haber elegido la vida de su hijo sobre su propia seguridad. M.