Luz de Zacatecas — Decía que Parir Hijas Era Tener Compañía para la Cama y Desató una Plaga en 1787

¿Alguna vez has sentido que los secretos familiares tienen vida propia, que respiran en las paredes de su hogar? En la hacienda Aguirre, Elena descubre un diario olvidado y una puerta sellada que nunca debió abrirse. Lo que comienza como una simple búsqueda de respuestas se transforma en una batalla contra un mal ancestral que ha estado devorando a niñas inocentes durante generaciones.

Un mal que susurra en sueños y se alimenta de la sangre de su propio linaje. ¿Quién es realmente Luz de Mendoza? ¿Y por qué dijo que parir hijas era tener compañía para la cama? Suscríbase ahora y comente desde qué rincón oscuro del mundo nos observa esta noche. Lo que descubrirá podría cambiar la forma en que mira esos viejos retratos familiares que parecen seguirlo con la mirada.

 Acompáñeme y descubra la historia completa. La hacienda de los Aguirre se alzaba imponente a las afueras de Zacatecas, testigo silencioso de un México que transitaba entre tradiciones ancestrales y la modernidad que intentaba abrirse paso en 1950. Don Ernesto Aguirre, un hombre severo de 60 años, había recibido aquellas tierras como parte de una herencia familiar que se remontaba a tiempos coloniales.

 La propiedad, aunque venida a menos tras los embates de la revolución, conservaba un aire señorial que contrastaba con la pobreza circundante. Aquella mañana de octubre, mientras los peones trabajaban en los campos de maíz, el capataz Joaquín Méndez se adentró en el sótano de la casa principal, buscando herramientas para reparar uno de los graneros.

 El ambiente húmedo y el olor a tierra mojada le resultaban desagradables, pero su trabajo no le permitía reparos. Fue entonces cuando al mover unos tablones viejos, descubrió una pequeña puerta de madera tallada con símbolos que no supo identificar. “Don Ernesto debería ver esto”, pensó mientras pasaba sus callosas manos sobre los relieves.

 Al informar a su patrón del hallazgo, no esperaba despertar tanto interés. Don Ernesto, normalmente distante y frío, mostró una inucitada agitación. ¿Dices que tiene símbolos tallados? ¿Cómo son exactamente? Preguntó con voz tensa. Parecen dibujos antiguos, patrón, como los que hacían los indios, pero mezclados con cruces y otros que no reconozco.

 El rostro del ascendado palideció. Esa misma tarde ordenó a su hija Elena, una joven de 22 años, recién regresada de estudiar en la capital, que buscara en la biblioteca familiar cualquier documento relacionado con la construcción de la hacienda. Elena, historiadora por vocación, se sumergió en los archivos familiares con genuino entusiasmo.

 Entre pergaminos amarillentos y cartas descoloridas, encontró un diario fechado en 1787, perteneciente a doña Luz de Mendoza y Castilla, aparentemente la primera propietaria de aquellas tierras. Padre, encontré algo que podría explicar esa puerta”, dijo mientras sostenía el delicado cuaderno en sus manos. Pertenecía a nuestra antepasada luz de Mendoza.

 Hay pasajes inquietantes sobre rituales que realizaba en los sótanos de la hacienda. Don Ernesto tomó el diario y lo ojeó con evidente nerviosismo. Sus ojos se detuvieron en un pasaje particular y su rostro adquirió un tono ceniciento. “Esto debe permanecer en secreto”, sentenció cerrando bruscamente el diario. “Nadie debe saber de esa puerta y bajo ninguna circunstancia debe ser abierta.

” ¿Entendido? Lo que Elena no sabía era que aquella noche, después de que todos se retiraran a sus habitaciones, su padre volvería al sótano con el diario en una mano y una lámpara de aceite en la otra, decidido a confrontar un secreto familiar que había permanecido oculto durante más de 150 años. La madrugada sorprendió a Elena despierta, inquieta por el extraño comportamiento de su padre.

 Decidida a entender qué ocurría, bajó sigilosamente a la biblioteca donde había dejado el diario de doña Luz. Para su sorpresa, el documento ya no estaba allí. Un presentimiento la llevó hasta el sótano, donde encontró la puerta abierta y una tenue luz que se filtraba desde el interior. “Padre”, llamó con voz temblorosa mientras descendía los estrechos escalones de piedra.

 No hubo respuesta. Al llegar al final de la escalera, se encontró en una pequeña cámara octogonal. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones similares a las de la puerta, pero lo que heló su sangre fue la visión de su padre, sentado en el centro de una figura tallada en el suelo, con el diario abierto sobre sus piernas y la mirada perdida en el vacío.

 Ella vendrá ahora murmuró don Ernesto sin reconocer a su hija. Luz volverá porque he abierto su prisión. Elena se acercó cautelosamente y tomó el diario. Con manos temblorosas comenzó a leer las últimas entradas. 20 de junio de 1787. Las niñas de la hacienda siguen desapareciendo. Los peones acusan a los indios. Pero yo sé la verdad.

 Es mi querida Luz quien las llama en la noche. Como me dijo el día que nació nuestraprimera hija, parir hijas es tener compañía para la cama y ella necesita esa compañía en las noches frías. 15 de julio de 1787. El sacerdote ha venido hoy. Dice que hay una plaga en Zacatecas, una enfermedad que solo afecta a las niñas.

 Muchas han muerto ya, consumidas por una fiebre. que las hace delirar sobre una mujer que las llama. Sospecha de brujería, no se equivoca. 30 de septiembre de 1787. Hoy lo he hecho. Con ayuda del sacerdote y de tres hombres de confianza, hemos conseguido encerrar el espíritu de mi esposa en la cámara bajo la hacienda.

 El ritual requirió un sacrificio que pesará eternamente en mi conciencia, pero era necesario. La plaga ha cesado. Luz permanecerá prisionera mientras los sellos no sean rotos. Que Dios me perdone. Elena levantó la vista del diario horrorizada. Fue entonces cuando notó que uno de los símbolos tallados en el suelo, justo bajo los pies de su padre, emitía un tenue resplandor rojizo.

 “Padre, debemos salir de aquí ahora”, suplicó mientras intentaba levantar a don Ernesto. Pero el hombre parecía haber entrado en una especie de trance. Sus labios se movían repitiendo un nombre: Luz. Luz. Un viento frío imposible en aquella cámara subterránea sellada comenzó a remolinarse alrededor de ellos. Elena sintió un escalofrío recorrer su espalda cuando entre las sombras danzantes proyectadas por la lámpara creyó distinguir la silueta de una mujer con un vestido colonial.

 Y entonces su padre habló con una voz que no era la suya. He esperado tanto tiempo, mi querido Fernando, tantos años sola en la oscuridad, pero ahora nuestro linaje me ha liberado y la compañía volverá a mi cama. La noticia de la repentina enfermedad de don Ernesto se propagó rápidamente por la hacienda. Tras el incidente en el sótano, Elena había conseguido sacarlo de allí con la ayuda de Joaquín, el capataz, alegando que su padre había sufrido algún tipo de ataque.

 Ahora el asendado yacía en su cama con fiebre alta y delirando sobre una mujer llamada Luz y Niñas, que desaparecían en la noche. Lena, profundamente preocupada, decidió continuar investigando. Con el diario de Doña Luz, escondido en su habitación, se dispuso a revisar más archivos familiares. Fue entonces cuando descubrió en un compartimento secreto del escritorio de su padre un fajo de cartas amarillentas fechadas en 1940.

Eran misivas intercambiadas entre don Ernesto y su propio padre, don Augusto Aguirre. Las cartas revelaban un oscuro patrón que se repetía cada cierto tiempo en la historia familiar. Aproximadamente cada 50 años, algún miembro de la familia sentía una inexplicable atracción hacia el sótano de la hacienda y poco después comenzaban a desaparecer niñas de los alrededores.

 “Mi querido hijo”, escribía don Augusto en una de las cartas, “nestra sangre está por el pacto que Fernando de Mendoza hizo con su esposa Luz. Ella no era una mujer común. Las historias que he encontrado sugieren que practicaba artes oscuras traídas por esclavas africanas. Cuando la epidemia de 1787 comenzó a llevarse a las niñas, el pueblo acusó a los indígenas.

 Pero Fernando sabía la verdad. Su propia esposa estaba detrás de aquello. En otra carta, don Augusto advertía, “Nunca permitas que se abra la cámara sellada. En 1848, mi abuelo lo hizo y cinco niñas desaparecieron antes de que consiguiera sellarla nuevamente. En 1896 fue mi padre quien cayó bajo el influjo de luz.

 Yo mismo, siendo apenas un niño, presencié como el espíritu de esa mujer tomaba posesión de su cuerpo. El ritual para sellar la cámara requiere sangre de nuestro linaje, sangre inocente. Elena dejó caer las cartas horrorizada. La última frase resonaba en su mente. Sangre inocente. ¿Qué significaba exactamente? ¿Quién había sido sacrificado en aquellos rituales previos para mantener a luz prisionera? Sus pensamientos fueron interrumpidos por los gritos desesperados de una sirvienta que entró corriendo a la casa.

 Señorita Elena, la hija de Rosario ha desaparecido. Estaba jugando en el patio trasero y ahora no la encontramos por ninguna parte. Un escalofrío recorrió la espalda de Elena. Rosario era una de las criadas de la hacienda y su hija Lupita, apenas tenía 6 años. La joven corrió a la habitación de su padre, pero encontró la cama vacía.

 sobre la almohada, un mechón de cabello negro que definitivamente no pertenecía a don Ernesto. “Ha comenzado de nuevo”, pensó Elena con terror. “La plaga de luz ha vuelto. Esa misma noche, mientras el personal de la hacienda y algunos voluntarios del pueblo buscaban a la pequeña Lupita, Elena decidió visitar a la persona que quizás podría ayudarla.

 Doña Remedios, una anciana que vivía en las afueras de Zacatecas y que, según rumores, conocía los secretos más antiguos de la región. La choa de doña Remedios era humilde, pero acogedora. la anciana, con su rostro surcado por profundas arrugas y sus ojos sorprendentemente claros, no pareciósorprenderse cuando Elena le mostró el diario y le contó lo ocurrido.

 “La luz de Zacatecas”, murmuró la anciana asintiendo. “Mi abuela me habló de ella. No era mexicana, ¿sabes? Vino de España, pero trajo consigo conocimientos prohibidos de África. Se decía que podía hablar con los muertos y que había hecho un pacto con entidades antiguas para mantenerse joven. Las niñas las necesitaba para algo más terrible que la compañía.

 Elena sintió que el aire abandonaba sus pulmones. ¿Qué puedo hacer? Mi padre está bajo su influencia y ahora una niña ha desaparecido. Doña Remedios tomó las manos de Elena entre las suyas. El ritual para sellarla requiere un sacrificio de sangre voluntario del linaje de Mendoza. Tú llevas esa sangre, niña, pero hay otra forma, encontrar los restos mortales de luz y purificarlos con fuego bendito y sal consagrada.

 ¿Dónde podría estar enterrada? No en terreno consagrado, eso es seguro. Quizás en la misma hacienda, en algún lugar especial para ella. Al regresar a casa, Elena encontró a los buscadores cabizajos. No habían encontrado rastro de la pequeña Lupita. Y lo peor, dos niñas más habían desaparecido de rancherías cercanas. El pueblo de Zacatecas se sumió en un estado de pánico colectivo.

 En apenas tres días, cinco niñas habían desaparecido sin dejar rastro. Las familias cerraban puertas y ventanas al anochecer y nadie se atrevía a dejar salir a sus hijas. Los rumores comenzaron a propagarse. Algunos hablaban de un forastero que robaba niñas, otros de un animal salvaje bajado de las montañas.

 Pero los más ancianos susurraban sobre la dama de Zacatecas, un espíritu maligno que se llevaba a las niñas para mantener su juventud eterna. Elena apenas había dormido desde la desaparición de Lupita. Su padre seguía ausente y ella temía lo peor. Había registrado cada rincón de la hacienda buscando alguna pista sobre su paradero o el de las niñas desaparecidas, pero todo había sido en vano.

 Decidida a encontrar los restos de luz de Mendoza, comenzó a estudiar meticulosamente los planos originales de la hacienda que había encontrado entre los documentos familiares. Fue Joaquín el capataz quien le proporcionó una pista crucial. Señorita Elena, le dijo una tarde mientras revisaban juntos los terrenos. Los peones más antiguos siempre han evitado trabajar cerca del roble grande, el que está junto al arroyo seco.

 Dicen que ahí descansa el espíritu de una mujer malvada. El roble en cuestión era un árbol centenario, imponente y solitario, situado en los límites de la propiedad. Según los planos, aquella zona había sido parte de un jardín privado que pertenecía a la dueña original de la hacienda. Esa misma noche, Elena y Joaquín, armados con palas, linternas y los elementos que Doña Remedios les había proporcionado para el ritual, se dirigieron al roble.

 La luna llena iluminaba el camino proyectando sombras inquietantes sobre el terreno. “Aquí debe ser”, dijo Elena señalando la base del árbol. En el diario Luz mencionaba varias veces su árbol favorito, donde le gustaba leer y descansar. Comenzaron a acabar en silencio. Después de aproximadamente una hora, la pala de Joaquín golpeó algo sólido.

 “¿Encontré algo, señorita?” Con cuidado desenterraron un pequeño cofre de madera con adornos metálicos oxidados. Al abrirlo encontraron varios objetos. Un camafeo con el retrato de una hermosa mujer de mirada penetrante, un pequeño libro con símbolos similares a los de la cámara subterránea y lo que parecía ser un trozo de tela ensangrentada.

 “Esto no es una tumba”, murmuró Elena desconcertada. Un ruido a sus espaldas los sobresaltó. Al girarse vieron a don Ernesto observándolos desde la oscuridad, pero algo en su postura y en su mirada era profundamente perturbador. “Veo que has encontrado mis pequeños tesoros”, dijo con una voz que no era la suya, más aguda y con un acento diferente.

 Siempre tan curiosa, Elena, igual que tu madre. Ella también intentó interferir. Elena retrocedió instintivamente. Tú no eres mi padre. ¿Dónde están las niñas, Luz? Una sonrisa antinatural se dibujó en el rostro de don Ernesto. Están seguras por ahora. Pronto serán parte de mí, como tantas otras a lo largo de los siglos. Su inocencia y vitalidad me mantienen joven, ¿sabes? Es un pequeño precio a pagar por mi inmortalidad.

 Joaquín intentó interponerse, pero con un simple gesto de su mano, don Ernesto, o más bien la entidad que lo poseía, lo lanzó varios metros atrás, dejándolo inconsciente. “Tu sangre es poderosa, Elena”, continuó la voz de luz a través de don Ernesto, el linaje de los Mendoza y los Aguirre fusionado en ti.

 Serías un excelente recipiente para mí, mucho mejor que este viejo cuerpo desgastado. Elena comprendió entonces la terrible verdad. Luz no solo se alimentaba de la energía vital de las niñas, también buscaba un cuerpo joven y fuerte para poseer permanentemente.Y siendo Elena descendiente directa, representaba el recipiente ideal.

 “Jamás permitiré que uses mi cuerpo”, declaró Elena con firmeza. Aunque el miedo la consumía por dentro, la risa que emanó de la garganta de su padre le erizó la piel. No necesito tu permiso, querida. Solo necesito que estés lo suficientemente débil y para eso tengo ayuda. De entre las sombras surgieron cinco pequeñas figuras, las niñas desaparecidas, incluida Lupita.

 Pero sus ojos, normalmente vivaces y brillantes, ahora estaban vacíos, y sus movimientos eran mecánicos, como si fueran marionetas controladas por hilos invisibles. “Ahora, mis pequeñas”, ordenó Luz, “taedme a vuestra nueva hermana”. Las niñas comenzaron a avanzar hacia Elena con los brazos extendidos. Elena retrocedió horrorizada ante la visión de las niñas convertidas en marionetas vivientes.

 Sus pequeños rostros, antes llenos de inocencia, ahora mostraban una inquietante ausencia de emoción. Avanzaban hacia ella con pasos mecánicos como autómatas programados para una única tarea. “¡Lita, niñas, despierten!”, gritó Elena desesperadamente, pero sus palabras parecían rebotar en un muro invisible. La entidad que poseía a don Ernesto soltó una carcajada cruel.

 Es inútil, querida. Sus almas me pertenecen ahora. Pronto se unirán a las docenas que he recolectado a lo largo de los siglos. Su inocencia me nutre, me fortalece. Elena tropezó con el cofre que habían desenterrado y en un acto instintivo tomó el pequeño libro con símbolos. Recordó las palabras de doña Remedios. Los objetos personales de un espíritu contienen parte de su esencia.

 Pueden ser utilizados tanto para fortalecerlo como para debilitarlo. Dependiendo del ritual. Las niñas estaban cada vez más cerca. Elena abrió el libro y comenzó a recitar las palabras escritas en él, esperando que de alguna forma pudiera revertir el control que Luz ejercía sobre las pequeñas.

 Al escuchar aquellas palabras, el rostro de su padre se contorsionó en una mueca de furia. Detente, esas palabras no son para ti. Pero Elena continuó, su voz ganando fuerza con cada sílaba. Para su sorpresa, las niñas comenzaron a detenerse como si estuvieran luchando contra la voluntad que las controlaba. En ese momento, Joaquín recobró el conocimiento y viendo lo que ocurría, corrió hacia don Ernesto intentando inmovilizarlo.

La lucha entre ambos hombres era desigual. La fuerza sobrenatural que habitaba el cuerpo del ascendado superaba con creces la del capataz. La tela, Elena, use la tela del cofre”, gritó Joaquín mientras intentaba mantener sujeto a don Ernesto. Elena recordó el trozo de tela ensangrentada. Según las enseñanzas de doña Remedios, la sangre era un poderoso conductor espiritual.

 Si aquella sangre pertenecía a luz, podría ser utilizada para contrarrestar su influencia. Con el libro en una mano y la tela en la otra, Elena continuó recitando las palabras antiguas. A medida que lo hacía, la tela comenzó a emitir un ténue resplandor rojizo similar al que había visto en la cámara subterránea. Las niñas se habían detenido por completo, sus pequeños cuerpos temblando como si estuvieran siendo desgarrados por fuerzas opuestas.

De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas de sangre. Basta”, rugió la voz de luz a través de don Ernesto, quien había conseguido liberarse de Joaquín y ahora avanzaba amenazadoramente hacia Elena. “No sabes lo que estás haciendo. Ese ritual está incompleto. Necesitas un sacrificio de sangre.

” Elena comprendió entonces la terrible verdad. El ritual que estaba realizando no era para liberar a las niñas, sino para transferir el espíritu de luz a un nuevo recipiente. Y ese recipiente debía ser preparado con un sacrificio de sangre. La joven se detuvo horrorizada ante la posibilidad de estar causando más daño que bien. En ese momento de duda, don Ernesto llegó hasta ella y la sujetó por el cuello con fuerza sobrehumana.

 Ahora entiendes, susurró la voz de luz con malicia, no puedes detenerme, solo puedes elegir. O te conviertes voluntariamente en mi nuevo recipiente, o tomaré a estas niñas una por una, consumiendo sus almas hasta que no quede nada de ellas. Tú decides. Los ojos de Elena se llenaron de lágrimas mientras miraba a las pequeñas paralizadas en su sufrimiento.

 No podía permitir que aquellas inocentes pagaran por los pecados de su antepasada. “Si me entrego voluntariamente, ¿las liberarás?”, preguntó con voz entrecortada. Una sonrisa triunfal se dibujó en el rostro de su padre. Por supuesto, querida, un trato es un trato. Joaquín, quien había vuelto a levantarse, gritó desesperado, “No lo haga, señorita Elena, es una trampa.

” Pero la decisión de Elena estaba tomada. Cerró los ojos y asintió lentamente. “Acepto ser tu recipiente, Luz de Mendoza, pero primero libera a las niñas.” La entidad soltó el cuello de Elena y se giró hacia las pequeñas con un gesto teatral. movió las manos como si cortara hilos invisibles.

Inmediatamente las niñas cayeron al suelo como muñecas de trapo. Lupita fue la primera en abrir los ojos, confundida y asustada. “Mamá, llamó desorientada. Ahora cumple tu parte del trato”, exigió la voz de luz mientras el cuerpo de don Ernesto se acercaba nuevamente a Elena. La joven dio un paso adelante, resignada a su destino.

 Pero antes de que la entidad pudiera tocarla, Joaquín se interpuso, sosteniendo en alto el camafeo que había recogido del cofre. “No tan rápido, demonio”, gritó el capataz. “Este es tu verdadero recipiente, ¿no es así? Tu imagen capturada en el momento de tu muerte.” El rostro de don Ernesto se contorsionó en una mueca de terror.

 No, aléjate con eso. Aprovechando la distracción, Elena tomó el libro y la tela y comenzó a recitar un nuevo pasaje que había identificado. No era un ritual de transferencia, sino uno de exorcismo y confinamiento. A medida que las palabras fluían de sus labios, el viento comenzó a remolinarse alrededor de ellos. El camafeo en manos de Joaquín vibró con intensidad creciente.

 “Traidora”, rugió la voz de luz mientras el cuerpo de don Ernesto se retorcía en agonía. “Hicimos un trato. Un trato forzado por el terror no es válido, respondió Elena sin detenerse. Regresa a tu prisión, Luz de Mendoza. No volverás a dañar a ninguna niña más.” Con un último grito desgarrador, una figura etérea emergió del cuerpo de don Ernesto, una mujer hermosa vestida a la usanza colonial, con un rostro idéntico al del camafeo, pero distorsionado por la furia y el odio.

 La figura fue succionada hacia el pequeño retrato que inmediatamente se cerró con un chasquido. Don Ernesto se desplomó exhausto, pero libre de la posesión. Las niñas, aunque debilitadas, habían recobrado la conciencia. El ritual había funcionado. “Debemos destruir esto”, dijo Elena sosteniendo el camafeo, “y sellar nuevamente la cámara subterránea.

” Joaquín asintió, recogiendo a la pequeña Lupita en sus brazos. Doña Remedios sabrá cómo hacerlo de forma permanente. Mientras el amanecer comenzaba a asomar en el horizonte, Elena miró hacia la hacienda, consciente de que el legado oscuro de su familia finalmente podría llegar a su fin, pero también sabía que la lucha no había terminado por completo.

 luz de Mendoza, aunque confinada, seguiría buscando la manera de liberarse. Y era responsabilidad de Elena asegurarse de que eso nunca volviera a suceder. Una semana había transcurrido desde el enfrentamiento con el espíritu de luz de Mendoza. Las niñas desaparecidas habían regresado a sus hogares, aunque el recuerdo de aquellos días bajo el influjo maligno persistía en sus miradas. Ahora temerosas y desconfiadas.

Los médicos no habían encontrado explicación para su estado de letargo y posterior recuperación, atribuyéndolo a alguna enfermedad desconocida o a la ingesta accidental de alguna planta tóxica. Don Ernesto, por su parte, permanecía recluido en su habitación, debilitado física y mentalmente por la posesión.

 Elena se ocupaba personalmente de sus cuidados. observando con preocupación como su padre parecía haber envejecido décadas en apenas unos días. “No recuerdo mucho de lo que pasó”, confesó don Ernesto una tarde mientras tomaba un caldo que Elena le había preparado. Solo fragmentos como si fueran pesadillas. Pero sí recuerdo una voz, una voz de mujer que me susurraba constantemente que abriera la puerta del sótano.

 “Fue luz”, respondió Elena con cautela. “Nuestra antepasada.” Eh, don Ernesto asintió lentamente. Ella está en nuestros genes, Elena. Su sangre corre por nuestras venas. Es por eso que pudo controlarme. La joven guardó silencio, consciente de la terrible verdad en las palabras de su padre. El vínculo sanguíneo era lo que permitía a luz ejercer su influencia sobre los descendientes de la familia Mendoza Aguirre.

 Siguiendo las instrucciones de doña Remedios, Elena y Joaquín habían sellado nuevamente la cámara subterránea utilizando una mezcla de cemento, sal bendita y hierbas purificadoras. El camafeo, ahora contenedor del espíritu de luz, había sido incrustado en la mezcla, quedando sepultado en los cimientos mismos de la hacienda. Pero esto no es una solución permanente, había advertido la anciana.

 El espíritu encontrará la manera de comunicarse a través de los sueños, buscando a alguien susceptible a su influencia, alguien de la sangre. Aquella noche, mientras Elena revisaba una vez más el diario de Doña Luz, intentando comprender mejor la naturaleza de la amenaza a la que se enfrentaban, un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

 Era Joaquín con expresión grave. Señorita Elena, hay algo que debe ver. Del capataz la condujo hasta las caballerizas, donde un grupo de peones rodeaba algo en el suelo. Al acercarse, Elena sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Era una pequeña muñeca de trapo, idéntica a las que habían encontrado junto a cada niña desaparecida la semana anterior.

 “Laencontraron hace unos minutos”, explicó Joaquín en voz baja. “Nadie sabe de dónde salió.” Elena tomó la muñeca con manos temblorosas. Estaba hecha con trozos de tela rústica, pero lo que la hacía inquietante era el rostro, dibujado con lo que parecía ser sangre seca y el pequeño mechón de cabello negro cocido a modo de pelo. “Esto es imposible”, murmuró Elena.

 “El espíritu está sellado. Esa misma noche, mientras el pueblo de Zacatecas se sumía en un inquieto sueño, Elena decidió visitar nuevamente a doña Remedios. La anciana examinó la muñeca con expresión sombría. No es obra de luz directamente, dictaminó finalmente. Es obra de alguien que sigue sus enseñanzas. Un discípulo. Un discípulo.

¿Quién podría ser? Doña Remedios levantó sus ojos cansados hacia Elena. Piensa, niña. ¿Quién más sabía sobre el ritual? ¿Quién conocía la historia de luz? Elena repasó mentalmente los eventos de los últimos días. Aparte de ella misma, su padre, Joaquín y doña Remedios, nadie más conocía la verdad completa sobre lo ocurrido.

 “No lo sé”, confesó confundida. “¿Estás segura de que tu padre está completamente liberado de la influencia?”, preguntó la anciana con tono súspicaz. “Él está muy débil, apenas puede levantarse de la cama.” Defendió Elena. No me refiero a tu padre, sino a su sangre”, aclaró doña Remedios. “¿Hay alguien más de tu familia en la hacienda?” Elena iba a negar cuando un pensamiento cruzó su mente.

 Su primo Ricardo, quien había llegado de Ciudad de México tres días atrás, supuestamente para ayudar con la administración de la hacienda durante la convalescencia de don Ernesto. “Mi primo”, murmuró Elena, “pero él no sabe nada sobre luz. ¿Estás segura? Los secretos familiares tienen formas extrañas de propagarse”, respondió la anciana mientras arrojaba la muñeca al fuego del hogar. “Ve con cuidado, niña.

El mal nunca descansa, solo cambia de rostro.” Al regresar a la hacienda, pasada la medianoche, Elena encontró todas las luces apagadas. La mansión se alzaba como una mole oscura contra el cielo estrellado. Un silencio antinatural envolvía el lugar. Mientras caminaba por el pasillo hacia su habitación, escuchó un suave canturreo proveniente de la biblioteca.

 Se acercó sigilosamente y entreabrió la puerta. Ricardo estaba sentado frente al escritorio ojeando lo que parecía ser un libro antiguo. A su alrededor, dispuestas en un círculo, había seis muñecas idénticas a la que habían encontrado en las caballerizas. Pronto estarás libre, bisabuela”, susurraba Ricardo con voz reverente.

 “Y yo seré tu nuevo recipiente como siempre debió ser”. Elena retrocedió horrorizada, pero una tabla del suelo crujió bajo su peso. Ricardo levantó la vista de golpe, sus ojos reflejando la luz de la vela con un brillo antinatural. “Prima querida, sonró con una expresión que no era suya. Llegas justo a tiempo para la reunión familiar.

Elena permaneció paralizada en el umbral de la biblioteca, observando con horror la transformación en el rostro de su primo. Ricardo siempre había sido un joven reservado y algo distante, pero ahora, a la luz vacilante de las velas, sus facciones parecían alteradas, como si algo más habitara tras ellas. Sorprendida, preguntó Ricardo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

 No deberías estarlo. La sangre llama a la sangre prima y la sangre de luz es fuerte en mí. ¿Cómo? ¿Cómo supiste sobre ella? logró articular Elena ganando tiempo mientras evaluaba sus opciones. Ricardo se levantó lentamente. El libro que Elena reconoció como un grimorio similar al encontrado en el cofre, firmemente sujeto en sus manos.

 “Mi abuela me contaba historias”, respondió con voz suave. Historias sobre una antepasada poderosa que fue injustamente aprisionada por hombres temerosos de su poder. Me dijo que algún día, cuando fuera lo suficientemente fuerte, debería liberarla y reclamar mi herencia. Elena dio un paso atrás, consciente de que la puerta principal estaba demasiado lejos para intentar escapar.

 Ricardo, luz no es lo que crees. Ella no busca compartir su poder, sino poseer tu cuerpo, utilizarlo hasta que se consuma. Una risa fría emergió de la garganta de su primo. ¿Y qué si lo hace? Imagina el poder, Elena, la inmortalidad, generaciones de conocimientos prohibidos. A cambio de mi cuerpo mortal obtendré la eternidad.

 A cambio de niñas inocentes, replicó Elena con firmeza. Ese es el precio de la inmortalidad de luz. Vidas jóvenes, almas puras. Por un instante, algo pareció titubear en la mirada de Ricardo, como si una parte de él, la parte humana que aún quedaba, reconociera la monstruosidad de aquello con lo que estaba pactando. Pero el momento pasó rápidamente, reemplazado por una determinación fría, un pequeño sacrificio por un bien mayor, sentenció.

Ahora, prima querida, necesito que me acompañes. Tu sangre es valiosa para el ritual. Elena retrocedió hasta topar conla pared. Nunca participaré en eso. Oh, no necesito tu consentimiento. Sonrió Ricardo mientras extraía de su bolsillo una pequeña navaja ritual con símbolos grabados.

 Solo necesito unas gotas de tu sangre. vivas o no, eso es irrelevante para el ritual. En ese momento crítico, la puerta principal de la hacienda se abrió con estrépito. Voces y pasos apresurados rompieron el silencio nocturno. Ricardo volteó sobresaltado. Señorita Elena. La voz de Joaquín resonó en el vestíbulo. Doña Remedios nos envió. Dice que está en peligro.

Aprovechando la distracción, Elena se lanzó hacia la puerta de la biblioteca. Ricardo intentó detenerla, pero ella consiguió escabullirse, cerrando la puerta atrás de sí y corriendo hacia la entrada. Se encontró con Joaquín y tres peones armados con escopetas. Es mi primo explicó agitada. Está intentando liberar a Luz.

 tiene un grimorio y muñecas de sacrificio. Joaquín asintió gravemente. Doña Remedios lo vio en las cenizas de la muñeca que quemó. Dijo que debíamos venir de inmediato. La puerta de la biblioteca se abrió violentamente. Ricardo apareció en el umbral, pero algo había cambiado en él. Su postura era diferente, más erguida y elegante, y sus ojos, Sus ojos ya no eran los de un joven de 25 años.

sino los de alguien que había vivido siglos. “Ah, tenemos compañía,”, dijo con una voz que mezclaba la de Ricardo con tonos femeninos anticuados. “¡Qué descortés interrumpir una reunión familiar!” Con un gesto de su mano, una fuerza invisible lanzó a los peones contra las paredes. Joaquín consiguió mantenerse en pie, apuntando su escopeta directamente al pecho de Ricardo.

 “¡No dispares!”, gritó Elena. Aún es Ricardo. Debemos exorcizarlo. El muchacho ya no está aquí, querida, respondió la entidad híbrida que ahora habitaba el cuerpo de su primo. Él me invitó a entrar voluntariamente. Hicimos un pacto de sangre. Elena comprendió entonces lo que había sucedido. A diferencia de la posesión forzada que Luz había ejercido sobre don Ernesto, esta vez había sido invitada conscientemente.

Ricardo había entregado su cuerpo y alma voluntariamente, lo que hacía el vínculo mucho más poderoso y difícil de romper. ¿Cómo es posible? preguntó Elena, ganando tiempo mientras intentaba recordar los rituales de exorcismo que había leído en el diario. El camafeo está sellado en la cámara.

 La entidad sonrió con los labios de Ricardo. Un espíritu poderoso nunca está confinado a un solo receptáculo, niña ingenua, el camafeo contenía solo una parte de mí. Otra parte siempre ha vivido en la sangre de la familia, esperando pacientemente, susurrando a través de generaciones hasta encontrar un recipiente dispuesto. “Las muñecas,” dedujo Elena, son conductos para canalizar tu poder, precisamente.

 Y ahora que estoy parcialmente libre, puedo terminar lo que empecé en 1787. La entidad avanzó hacia ellos con pasos elegantes, pero antinaturales, como si el cuerpo de Ricardo apenas estuviera aprendiendo a moverse bajo su nuevo control. “Retrocedan,” ordenó Joaquín a los peones, quienes habían conseguido levantarse.

 “Lleven a don Ernesto y a las sirvientas fuera de la hacienda.” Los hombres obedecieron corriendo hacia las habitaciones del personal y la de don Ernesto. Elena y Joaquín quedaron solos frente a la entidad que ahora poseía a Ricardo. Siempre es lo mismo suspiró la voz híbrida. Siempre hay alguien dispuesto a interponerse. En 1787 fue el sacerdote.

 En 1848 fue aquel médico entrometido. En 1896 fue esa institutriz inglesa. Y ahora ustedes. Pero esta vez será diferente. Esta vez tengo un cuerpo joven y fuerte, un descendiente directo que me ha aceptado voluntariamente. La entidad levantó ambas manos y, para horror de Elena y Joaquín, las seis muñecas que estaban en la biblioteca volaron hasta formarse en un círculo alrededor de ellos.

 “Cada muñeca representa a una niña que pronto será mía”, explicó la entidad con una sonrisa macabra. “Y ustedes me ayudarán a encontrarlas.” Elena miró a Joaquín desesperada por encontrar alguna salida. El capataz mantenía su escopeta firme, pero ambos sabían que un disparo sería inútil contra una entidad espiritual y solo dañaría el cuerpo inocente de Ricardo.

 Fue entonces cuando Elena recordó un pasaje específico del diario, una nota casi al final que había pasado por alto. La sangre ata, pero también libera. Lo que la sangre corrupta ha unido, solo la sangre purificada puede separar. En un acto desesperado, Elena tomó la navaja que llevaba en su cinturón y antes de que nadie pudiera reaccionar, se hizo un corte en la palma de su mano.

 “Mi sangre es la misma que la tuya luz”, gritó mientras extendía su mano sangrante hacia la entidad. y te ordeno que abandones el cuerpo de mi primo. La sangre de Elena goteaba sobre el suelo de madera pulida, formando un pequeño charco escarlata a sus pies. La entidad que ocupaba el cuerpo de Ricardoobservó la escena con una mezcla de sorpresa y diversión.

 ¡Qué gesto tan dramático, querida!”, comentó con aquella voz híbrida que mezclaba el timbre juvenil de Ricardo con la cadencia antigua de luz. ¿De verdad crees? que unas gotas de tu sangre pueden detenerme. Pero algo extraño comenzó a suceder. Las gotas de sangre en el suelo empezaron a moverse como atraídas por una fuerza invisible, formando líneas que se extendían hacia el cuerpo poseído de Ricardo.

 La sonrisa de la entidad se desvaneció, reemplazada por una mueca de preocupación. ¿Qué estás haciendo?, exigió saber retrocediendo un paso. Elena, inspirada por una intuición que no sabía de dónde provenía, continuó: “Mi sangre reconoce a la tuya luz de Mendoza y te reclama, vuelve a mí, que soy tu descendiente más directa.

” Joaquín observaba la escena con asombro y temor. Las muñecas que flotaban alrededor de ellos comenzaron a temblar violentamente. “¡Detente!”, rugió la entidad, pero su voz sonaba ahora más desesperada que amenazante. Sangre de mi sangre, continuó Elena, sintiendo como las palabras fluían a través de ella como si alguien más las dictara en su mente.

 Te convoco, te ordeno, te obligo a abandonar ese recipiente que no te corresponde. El cuerpo de Ricardo comenzó a convulsionar. Sus ojos, antes dominados por aquella mirada antigua y malévola, parpadeaban entre esa expresión y la confusión juvenil propia de su primo. “No puedes, tartamudeó la entidad, ya no con tanta convicción.

 El pacto Él me invitó voluntariamente y yo te estoy expulsando por derecho de sangre”, replicó Elena, avanzando un paso con la mano extendida. Yo, que llevo tu misma sangre, la sangre de los Mendoza y los Aguirre, te ordeno que regreses a tu prisión. Las líneas de sangre en el suelo alcanzaron los pies de Ricardo y al contacto un grito desgarrador emergió de su garganta.

 No era el grito de un joven, sino el alarido de una mujer antigua lleno de furia y desesperación. Una neblina rojiza comenzó a emanar del cuerpo de Ricardo como si algo estuviera siendo extraído de sus poros. La figura etérea de una mujer vestida a la usanza colonial se formó gradualmente frente a ellos, conectada al cuerpo del joven por filamentos nebulosos.

 Joaquín, comprendiendo lo que ocurría, corrió a la biblioteca y regresó con el grimorio que Ricardo había estado utilizando. “Señorita Elena!”, gritó entregándole el libro. “Debe sellarla aquí. Es un conducto igual que el camafeo.” Elena tomó el libro con su mano no herida y lo abrió, permitiendo que su sangre goteara sobre las páginas.

 Las gotas fueron absorbidas inmediatamente, como si el papel tuviera sed. No! Gritó la figura espectral de luz, intentando resistirse a la atracción que el libro ejercía sobre ella. No volveré a estar prisionera. He esperado demasiado. No tienes opción, respondió Elena con firmeza. Este es mi hogar, mi familia, mi sangre y ya has causado suficiente daño.

 Con un último tirón de energía, Elena cerró el libro de golpe. La figura espectral fue succionada hacia las páginas con un alarido que pareció resonar más allá del plano físico. Las muñecas flotantes cayeron al suelo inertes y Ricardo se desplomó inconsciente. Un silencio sepulcral invadió la hacienda. Joaquín se apresuró a comprobar el estado de Ricardo, quien respiraba agitadamente, pero parecía físicamente ileso.

 Está vivo, confirmó el capataz, pero deberíamos llevarlo con doña Remedios para asegurarnos de que está completamente limpio. Elena asintió, sintiendo como sus fuerzas la abandonaban. El ritual improvisado había drenado su energía más de lo que esperaba. se dejó caer en una silla cercana, contemplando el grimorio cerrado sobre su regazo.

 “Necesitamos destruirlo”, murmuró este y el camafeo. “El fuego no será suficiente”, respondió Joaquín con gravedad. “Ya lo intentaron en 1848 y en 1896. El espíritu siempre encuentra la manera de regresar.” Elena reflexionó sobre lo ocurrido. Era evidente que Luz no podía ser destruida de manera convencional. Su esencia estaba demasiado vinculada a la sangre de la familia, a la tierra misma de la hacienda.

 Entonces, debemos asegurarnos de que permanezca sellada, decidió, y vigilar a la familia. Si pudo influir en Ricardo desde la prisión del camafeo, podría intentarlo con cualquier otro descendiente. Esa misma noche, mientras los primeros rayos del alba comenzaban a asomar en el horizonte, Elena, Joaquín y tres peones de confianza llevaron el grimorio y las muñecas a una pequeña capilla abandonada en los límites de la propiedad.

Siguiendo las instrucciones de doña Remedios, cavaron un profundo agujero bajo el altar, colocaron los objetos malignos en un cofre de hierro forjado, rodeado de sal bendita, y lo enterraron. Doña Remedios, quien había atendido a Ricardo y confirmado que su alma estaba nuevamente en control de su cuerpo, aunque debilitada, presidió un ritual desellado utilizando oraciones antiguas que mezclaban tradiciones católicas e indígenas.

 “Esto lo mantendrá contenido”, aseguró la anciana cuando terminaron. Pero no es una solución permanente. El espíritu de luz está demasiado atado a vuestra sangre. Mientras existan descendientes de los Mendoza y los Aguirre, ella buscará la manera de regresar. Elena contempló la tierra recién removida, consciente del peso que acababa de heredar.

 No era solo una hacienda, sino una responsabilidad ancestral, una vigilia que debería mantener por el resto de su vida. Entonces me aseguraré de que cada generación conozca la verdad, declaró con firmeza. No más secretos, no más verdades a medias que solo facilitan su regreso. Cada descendiente debe saber a qué se enfrenta.

 De regreso en la hacienda, Elena encontró a su padre sentado en el porche, observando el amanecer con ojos cansados pero lúcidos. “Lo sentí”, dijo don Ernesto cuando su hija se sentó junto a él. Sentí cuando la expulsaste de Ricardo. Fue como si algo se rompiera dentro de mí también. Elena tomó la mano de su padre entre las suyas.

 Está sellada nuevamente, pero no destruida. Don Ernesto asintió lentamente. Nunca podrá ser destruida completamente. Elena es parte de nosotros, de nuestra historia, de nuestra sangre. Lo único que podemos hacer es asegurarnos de que permanezca dormida y de que ningún otro descendiente caiga bajo su influencia”, añadió Elena.

 “Eso también”, concordó su padre con una sonrisa triste, aunque dudo que Ricardo vuelva a ser el mismo después de esto. En efecto, Ricardo había quedado profundamente afectado por la posesión. Aunque físicamente se recuperaría, su mente había sido expuesta a horrores antiguos y conocimientos prohibidos que ningún ser humano debería contemplar.

 Doña Remedios había sugerido enviarlo a un monasterio en Puebla, donde los monjes tenían experiencia tratando casos de afectación espiritual. Elena y don Ernesto habían aceptado conscientes de que la hacienda no era un lugar seguro para el joven mientras se recuperaba. Esa tarde, mientras Elena catalogaba y guardaba bajo llave los documentos y diarios relacionados con Luz de Mendoza, encontró una última anotación escrita por Fernando de Mendoza, el esposo original de luz, fechada en 1787.

He sellado a mi amada esposa en la oscuridad, pero sé que nunca descansará. Su odio y su poder son demasiado grandes. Solo espero que nuestros descendientes sean más fuertes que yo, que encuentren el valor para enfrentarla y la sabiduría para no caer bajo su influjo. Que Dios se apiade de nuestro linaje, pues lo he maldecido con una carga que ninguna familia debería soportar.

 Elena cerró el diario comprendiendo finalmente la magnitud de su herencia. No era solo una hacienda, ni siquiera solo una responsabilidad. Era una guerra ancestral, un equilibrio frágil entre el bien y el mal que debía ser mantenido generación tras generación. No descansarás, Luz de Mendoza”, susurró mirando hacia el sótano sellado.

 “Pero tampoco volverás a caminar entre los vivos mientras yo viva.” El invierno de 1950 llegó a Zacatecas con vientos cortantes que parecían susurrar secretos antiguos. Tres meses habían transcurrido desde el enfrentamiento con el espíritu de luz y la hacienda de los Aguirre había recuperado una aparente normalidad. Los peones trabajaban en los campos, las criadas atendían sus tareas domésticas y don Ernesto, aunque todavía debilitado, había retomado gradualmente la administración de la propiedad.

 Elena, sin embargo, nunca bajó la guardia. Cada noche recorría la hacienda, verificando que los sellos espirituales que doña Remedios había colocado permanecieran intactos. visitaba la capilla donde habían enterrado el grimorio, comprobaba el cemento que sellaba la entrada a la cámara subterránea y finalmente revisaba el pequeño altar que había establecido en su habitación, donde mantenía una vela encendida como vigilante simbólica contra la oscuridad.

 La joven también había comenzado a escribir su propio diario, documentando meticulosamente todo lo ocurrido y las medidas tomadas para contener a luz. Este será mi legado pensaba mientras escribía a la luz de las velas. La verdad que deberá pasar de generación en generación. Una mañana de diciembre, Elena recibió una carta desde Puebla.

 era del prior del monasterio donde Ricardo había sido enviado para su recuperación. Estimada señorita Aguirre, me dirijo a usted con profunda preocupación respecto a su primo Ricardo. Aunque físicamente se ha recuperado por completo, su estado mental continúa siendo inestable. habla constantemente de una mujer llamada Luz, que le visita en sueños, prometiéndole conocimientos y poderes si la ayuda a reunir a sus hijas.

 Los monjes más experimentados en casos de afectación espiritual han intentado diversas purificaciones, pero el vínculo que su primo estableció voluntariamente con esa entidad pareceser más profundo de lo que inicialmente pensábamos. Más inquietante aún es el descubrimiento que hicimos hace tres días.

 Ricardo había estado dibujando símbolos idénticos a los que usted describió en su carta, utilizando lo que parece ser su propia sangre. Cuando confrontado, afirmó que la sangre es el conducto, el puente entre los mundos. Recomiendo encarecidamente que considere la posibilidad de trasladar a su primo a un lugar más aislado, quizás incluso fuera del país.

 La proximidad geográfica a Zacatecas parece fortalecer la conexión espiritual y tememos que eventualmente pueda escapar e intentar completar el ritual que fue interrumpido. Con profundo respeto y preocupación, fray domingo Altamirano Prior del monasterio de San Francisco, Puebla, Elena leyó la carta varias veces, sintiendo como la ansiedad crecía en su interior.

 luz no se había rendido, simplemente había cambiado de estrategia utilizando los sueños como medio para continuar influenciando a Ricardo. “Debemos hablar con doña Remedios,” decidió buscando a Joaquín para que la acompañara al pueblo. La anciana los recibió en su humilde choza, escuchando atentamente mientras Elena leía la carta del Prior.

 “No me sorprende”, comentó doña Remedios cuando Elena terminó. El muchacho abrió su alma voluntariamente. Esos lazos son casi imposibles de romper por completo. ¿Qué podemos hacer?, preguntó Elena desesperada. No podemos simplemente abandonarlo a su suerte. La anciana meditó unos instantes, meciendo suavemente su viejo cuerpo en una desgastada mecedora.

 “Hay una posibilidad”, dijo finalmente, “pero requeriría un sacrificio de tu parte, Elena.” Lo que sea necesario, respondió la joven sin titubear. La sangre que los une puede ser también la que los separe definitivamente. Pero no cualquier sangre. Sangre dada voluntariamente con amor y compasión puede crear un escudo protector alrededor de Ricardo, impidiendo que Luz lo alcance incluso en sueños.

 ¿Qué tipo de ritual sería ese? Intervino Joaquín con evidente preocupación. Uno antiguo, anterior a la llegada de los españoles, explicó doña Remedios. Mis antepasados lo utilizaban para proteger a los miembros de la tribu que habían sido tocados por espíritus malignos durante los sueños. La anciana se levantó con dificultad y se dirigió a un viejo baúl de madera tallada.

 De él extrajo un pequeño fardo envuelto en tela de algodón crudo. Al desenvolverlo, reveló lo que parecía ser un cuchillo ceremonial de obsidiana. “Este cuchillo ha estado en mi familia por generaciones”, dijo con reverencia. “Fue utilizado por los antiguos sacerdotes para rituales de protección y purificación.

 Con él deberás extraer siete gotas de tu sangre, ni una más ni una menos, y mezclarlas con estas hierbas. Le entregó a Elena un pequeño saquito de tela. Deberás preparar una infusión y enviársela a Ricardo. Debe beberla durante 7 días consecutivos al atardecer mientras repite esta oración. La anciana escribió en un trozo de papel palabras en un idioma que Elena no reconoció. Naguat. preguntó la joven.

Más antiguo aún, corrigió doña Remedios, de cuando estas tierras eran habitadas por pueblos que ni siquiera tenían nombre en los registros históricos. Elena tomó los objetos con manos temblorosas. ¿Y esto funcionará? ¿Protegerá a Ricardo definitivamente? La anciana la miró con ojos que parecían ver más allá del mundo físico.

 Lo protegerá a él. Sí, pero debes entender el precio, Elena. Al crear este escudo alrededor de tu primo, estarás atrayendo la atención de luz hacia ti. La entidad buscará otro conducto y tú, siendo su descendiente más directa y habiendo demostrado poder sobre ella, serás el objetivo más atractivo.

 Joaquín dio un paso adelante alarmado. No puede hacer eso, señorita Elena, es demasiado peligroso. Elena guardó silencio sopesando la decisión. Por un lado, no podía abandonar a Ricardo a un destino de tormento eterno. Por otro, comprendía perfectamente el riesgo que estaría asumiendo. Lo haré, decidió finalmente. Pero necesitaré tu ayuda, Joaquín, y la tuya, doña Remedios.

 Si luz intentará alcanzarme a través de los sueños, necesitaré vigilantes que me mantengan anclada a la realidad. La anciana asintió con aprobación. Sabia decisión, no enfrentarás esto sola. Esa misma noche, en la privacidad de su habitación, Elena realizó el ritual. Siete gotas de sangre extraídas con el cuchillo de obsidiana, mezcladas con las hierbas en agua hervida.

 Mientras preparaba la infusión, recitó las palabras antiguas que doña Remedios le había enseñado, sintiendo como cada sílaba parecía resonar más allá del plano físico. Una vez terminado, vertió el líquido en siete pequeñas botellas de vidrio, una para cada día del tratamiento. se empacó cuidadosamente junto con las instrucciones y una carta personal para Ricardo, explicándole la importancia de seguir el procedimientoal pie de la letra.

 A la mañana siguiente, Joaquín partió hacia Puebla llevando el paquete, con instrucciones estrictas de entregarlo personalmente a Fray Domingo y explicarle la naturaleza del remedio. Durante los si días siguientes, Elena experimentó un cansancio inusual. Doña Remedios, quien se había instalado temporalmente en la hacienda para supervisar el proceso, explicó que era normal.

 Has dado parte de tu esencia vital para proteger a tu primo. Tu cuerpo necesita tiempo para recuperarse. Al octavo día, cuando Joaquín regresó de Puebla, trajo noticias alentadoras. Ricardo había comenzado a mejorar notablemente después de tomar la primera dosis. Sus ojos, antes febrilmente brillantes, habían recuperado su claridad natural y ya no hablaba de luz ni dibujaba símbolos sangrientos.

 El Prior dice que es como si una niebla se hubiera disipado de su mente, informó el capataz. Aunque todavía está débil, parece reconectado con la realidad. Elena recibió la noticia con alivio, pero también con aprensión. Si el ritual había funcionado como esperaban, era solo cuestión de tiempo antes de que Luz dirigiera su atención hacia ella.

 Esa noche, Elena tuvo el primer sueño. Se encontraba en la hacienda, pero no la actual, sino como debió haber sido en el siglo XVII. Los jardines estaban inmaculadamente cuidados y la casa resplandecía con lujos coloniales. Bajo el roble centenario, una hermosa mujer vestida con un elegante traje de la época la observaba fijamente.

 “Al fin nos encontramos cara a cara descendiente”, dijo la mujer con una voz que parecía arrastrar siglos de existencia. “Qué valiente y qué tonta has sido sacrificándote por ese muchacho débil. Elena, consciente de que estaba soñando, pero incapaz de despertar, se mantuvo firme. No permitiré que sigas dañando a mi familia, luz.

 La mujer sonríó con una expresión que mezclaba crueldad y admiración. Eres fuerte, más fuerte que cualquiera de tus antepasados. Podríamos haber hecho grandes cosas juntas. Nunca, respondió Elena con determinación. Ya veremos, susurró Luz acercándose lentamente. Esta es solo nuestra primera conversación de muchas.

 Tenemos toda una vida por delante, tú y yo, a menos, claro, que decidas unirte a mí voluntariamente. Elena despertó sobresaltada, empapada en sudor frío. A su lado, doña Remedios, la observaba con preocupación. “Ha comenzado”, murmuró la anciana. “la lucha por tu alma. El calendario marcaba el 21 de diciembre de 1950, solsticio de invierno.

 La hacienda de los Aguirre permanecía silenciosa bajo un manto de niebla matutina que se aferraba a los campos como fantasmas renuentes a abandonar el mundo de los vivos. Elena no había dormido bien en semanas. Cada noche Luz la visitaba en sueños, a veces como la elegante dama colonial, otras como una joven idéntica a ella misma y en las peores ocasiones usando la apariencia de seres queridos como don Ernesto o Ricardo.

 Las conversaciones oníricas seguían siempre el mismo patrón. Luz intentaba convencerla de los beneficios de unirse voluntariamente a ella, ofreciéndole conocimientos prohibidos. y poder ilimitado, mientras Elena se mantenía firme en su negativa. “No puedo seguir así”, confesó la joven a doña Remedios durante el desayuno.

 Ojeras profundas enmarcaban sus ojos, antaño vivaces y ahora apagados por el cansancio. “Cada noche es más difícil resistir.” Sus argumentos son persuasivos. La anciana observó a Elena con preocupación. Es su especialidad, niña, encontrar las grietas en nuestra determinación y expandirlas hasta que nos quebramos.

 Anoche, Elena dudó como si le avergonzara continuar. Anoche me mostró visiones de mi madre, conversaciones que nunca tuvimos, momentos que nunca compartimos. Se sentía tan real. Doña Remedios tomó las manos de la joven entre las suyas. Estaban frías. casi heladas a pesar del café caliente que sostenían momentos antes.

 Está utilizando tus deseos más profundos contra ti, pero también significa que se está desesperando. Tú eres más fuerte de lo que ella esperaba. Don Ernesto entró en la cocina caminando con la ayuda de un bastón. Aunque físicamente se había recuperado bastante, algo en su mirada había cambiado permanentemente tras la posesión.

 Era como si una parte de él hubiera quedado atrapada en aquel limbo espiritual donde luz lo había mantenido cautivo. “Hoy es el día, ¿verdad?”, preguntó mirando el calendario colgado en la pared. Doña Remedios asintió gravemente. El solsticio, la noche más larga del año, el momento en que el velo entre los mundos es más delgado.

 ¿Qué significa eso para nosotros? Preguntó Elena con aprensión. Significa que esta noche Luz intentará algo más que visitarte en sueños”, respondió la anciana. Intentará manifestarse físicamente. Elena sintió un escalofrío recorrer su espalda. Puede hacer eso? Creí que estaba confinada en los objetos que sellamos. Su esencia principal.

 Sí,explicó doña Remedios, pero como te dije, una parte de ella vive en la sangre de la familia. Y durante el solsticio esa conexión sanguínea puede ser suficiente para una manifestación temporal. Don Ernesto se sentó pesadamente en una silla. Recuerdo las historias que mi padre me contaba. Cada solsticio de invierno, la familia realizaba un ritual de protección.

Encendían siete velas alrededor de la casa y recitaban oraciones hasta el amanecer. Nunca entendí por qué hasta ahora estaban manteniendo a luz a raya, asintió doña Remedios, manteniendo la tradición viva sin comprender completamente su propósito. ¿Y qué debemos hacer nosotros?, preguntó Elena, sintiendo como el miedo daba paso a la determinación.

Enfrentarla, respondió la anciana con firmeza. Es la única forma de romper este ciclo. Cada 50 años un miembro de la familia ha contenido a luz, pero siempre temporalmente, siempre posponiendo la confrontación final. Esta noche tenemos la oportunidad de acabar con esto para siempre.

 Joaquín, quien había estado escuchando desde el umbral de la puerta, dio un paso adelante. ¿Cómo se enfrenta a algo que no es completamente físico ni completamente espiritual? Doña Remedios sonrió enigmáticamente con lo mismo que ella ha usado para sobrevivir todos estos años, sangre y voluntad. Durante todo el día, la hacienda se preparó para la confrontación.

 Siguiendo las instrucciones de doña Remedios, Elena y Joaquín dibujaron símbolos de protección con ttiza bendecida en cada entrada y ventana. Don Ernesto desenterró un antiguo juego de siete candelabros de plata que habían pertenecido a la familia por generaciones, colocándolos estratégicamente alrededor de la casa. Al atardecer, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas de Zacatecas, doña Remedios reunió a todos en la sala principal.

 “Cada uno debe permanecer en su posición hasta el amanecer”, indicó la anciana. “Pase lo que pase, vean lo que vean, no rompan el círculo de protección. Elena, tú estarás en el centro, ya que eres el objetivo principal. Ernesto, tú vigilarás la entrada principal. Joaquín el patio trasero. Yo mantendré el sello en la puerta del sótano.

 Y si Luz logra manifestarse, preguntó Elena. Doña Remedios le entregó el cuchillo de obsidiana que habían usado para el ritual de protección de Ricardo. Entonces deberás enfrentarla con esto. No es un arma convencional, sino un conducto. Si logra establecer contacto físico contigo, utiliza el cuchillo para cortar ese vínculo.

 Un corte limpio, no en ella, sino en el aire entre ambas. A medida que la noche avanzaba, una inquietante calma se apoderó de la hacienda. El viento, que había soplado constantemente durante todo el día, cesó por completo. Los sonidos nocturnos, grillos, lechuzas, el ocasional aullido de algún coyote lejano, enmudecieron como si toda la naturaleza contuviera el aliento en anticipación.

 Elena permanecía sentada en el centro de la sala, rodeada por un círculo de sal bendecida. Las llamas de los candelabros proyectaban sombras danzantes sobre las paredes, creando ilusiones de movimiento donde no lo había. Elena, la joven, se sobresaltó. La voz había sonado directamente en su oído, como si alguien le hubiera susurrado, pero no había nadie cerca.

Elena, déjame entrar. cerró los ojos con fuerza, intentando bloquear la voz. Sabía que era luz, intentando debilitar su determinación antes de la confrontación real. “No funcionará”, dijo en voz alta. “No te tengo miedo.” Una risa suave, casi melodiosa, pareció emanar de las paredes mismas. No necesito que me temas, querida.

 Solo necesito que dudes, que te cuestiones, que te preguntes si realmente hay otra opción. Las sombras en las paredes comenzaron a condensarse en un punto específico, formando gradualmente la silueta de una mujer. No era una presencia completamente física, sino más bien como si alguien hubiera vertido tinta negra en el aire, creando una forma tridimensional.

¿Sabes por qué siempre regreso? preguntó la figura sombría, su voz ahora claramente audible en la habitación. Porque en el fondo cada generación de tu familia me desea. La promesa del conocimiento prohibido, del poder sobre la vida y la muerte, es irresistible para la ambición humana. Elena mantuvo su posición en el centro del círculo, el cuchillo de obsidiana firmemente sujeto en su mano derecha. Te equivocas.

Regresamos porque cada generación ha sido demasiado cobarde para enfrentarte definitivamente. Siempre optamos por contenerte, por sellarte, por posponer el problema para nuestros descendientes. La figura sombría se acercó al borde del círculo de sal, deteniéndose justo ante él. A medida que se aproximaba, sus rasgos se definían.

 El rostro aristocrático de una mujer hermosa, pero cruel, con ojos que parecían pozos de oscuridad infinita. “¿Y tú crees ser diferente?”, se burló Luz. ¿Crees tener la fuerza que tus antepasados carecían? Fernando pudodestruirme a pesar de amarme más que a su propia vida. Augusto fracasó a pesar de su férrea voluntad. ¿Qué te hace pensar que tú lo lograrás? No estoy sola”, respondió Elena con firmeza.

“Nunca lo estuve. Ese fue el error de mis antepasados, creer que este era un secreto que debían cargar individualmente.” La sonrisa de luz vaciló ligeramente. “Hablas como si tuvieras un ejército cuando solo eres una joven asustada con un cuchillo antiguo.” En ese momento, la puerta de la sala se abrió.

 Don Ernesto entró seguido por Joaquín y doña Remedios. Te equivocas, Luz, dijo don Ernesto con voz firme, a pesar de su debilidad física. Mi hija no está sola y nunca lo estará. La figura sombría retrocedió, visiblemente perturbada por la interrupción. Ustedes deberían estar en sus posiciones. El círculo de protección se romperá.

 Doña Remedios avanzó con paso decidido. El círculo nunca estuvo en las posiciones físicas, sino en los corazones unidos contra ti. La verdadera protección siempre ha sido el amor y la lealtad entre los vivos, no los símbolos dibujados en el suelo. Luz soltó un gruñido de frustración. Su forma comenzó a cambiar, expandiéndose como humo negro que intentaba llenar toda la habitación. No pueden detenerme.

Soy parte de ustedes, de su sangre, de su linaje. Eres parte de nuestro pasado corrigió Elena, levantándose y dando un paso fuera del círculo de sal. Pero no de nuestro futuro. Con un movimiento decidido, la joven alzó el cuchillo de obsidiana y lo clavó en su propia palma. Siete gotas de sangre, exactamente siete, cayeron sobre el suelo de madera.

No! Gritó Luz, comprendiendo demasiado tarde lo que Elena pretendía. Con mi sangre voluntariamente derramada”, recitó Elena repitiendo las palabras que doña Remedios le había enseñado. Rompo el vínculo que nos une con mi voluntad libremente expresada. Te libero de tu prisión terrenal. Con mi amor por quienes has dañado, te ofrezco el descanso que has negado durante siglos.

La sangre en el suelo comenzó a brillar con una luz rojiza, similar a la que habían visto en la cámara subterránea, pero más intensa, más pura. La figura sombría de luz se retorcía como si estuviera siendo desgarrada por fuerzas invisibles. “No pueden, no tienen el poder, no tienen el derecho”, gritaba la entidad, su voz oscilando entre la furia y el miedo.

 “Tenemos todo el derecho”, respondió don Ernesto, colocándose junto a su hija. Como descendientes, como portadores de la misma sangre, tenemos el derecho de liberarte de tu tormento. En un acto de solidaridad que sorprendió a todos, don Ernesto tomó el cuchillo y realizó un pequeño corte en su palma, permitiendo que sus propias siete gotas de sangre se unieran a las de Elena.

 Y yo como guardiana de los secretos antiguos, añadió doña Remedios, “tengo el conocimiento para guiar esa liberación.” Joaquín, aunque no compartía la sangre de los Mendoza o los Aguirre, dio un paso adelante. Y yo represento a todas las almas inocentes que has dañado a lo largo de los siglos. Las niñas desaparecidas, las familias destruidas, los sueños robados, todos ellos exigen descanso.

 La luz rojiza se intensificó, formando un pilar que se extendía desde el suelo hasta el techo. La figura sombría de luz quedó atrapada en el centro, su forma desdibujándose, perdiendo cohesión. Este no es el final, amenazó la entidad mientras se desvanecía. La sangre llama a la sangre. Mientras exista su linaje, existirá una parte de mí.

 Quizás concedió Elena, pero ya no como una maldición, sino como un recuerdo, un recordatorio de que cada generación debe enfrentar sus propios demonios, no pasarlos a la siguiente. Con un último grito que pareció resonar más allá del plano físico, la figura de luz se desintegró completamente. El pilar de luz rojiza se expandió brevemente, iluminando cada rincón de la hacienda, y luego colapsó sobre sí mismo, dejando tras de sí solo un pequeño círculo de cenizas donde antes habían caído las gotas de sangre.

 Un silencio profundo invadió la habitación. Los cuatro se miraron sin atreverse a romper el momento con palabras. Finalmente, fue don Ernesto quien habló. Ha terminado. Doña Remedio se acercó al círculo de cenizas y lo examinó cuidadosamente. No completamente. Nunca terminará del todo. Como ella dijo, mientras exista el linaje, existirá una parte de ella, pero ya no como una entidad consciente capaz de poseer y dañar.

 Ahora es solo historia, un recuerdo en la sangre. Elena se dejó caer en una silla súbitamente agotada. Las precauciones, los sellos en la cámara y en la capilla deben mantenerse, respondió la anciana como medida de precaución. Pero lo que hiciste esta noche, el ritual de liberación en lugar de confinamiento, ha cambiado fundamentalmente la naturaleza de la amenaza.

 Don Ernesto se acercó a su hija y puso una mano en su hombro. Lo has conseguido, Elena. Has hecho lo que generaciones de nuestra familia nopudieron hacer. Lo hicimos todos, corrigió ella con una sonrisa cansada. Cuando el amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas, los cuatro permanecían en la sala, unidos por la experiencia compartida y por la sensación de haber cerrado un capítulo oscuro en la historia de la familia.

 Semas más tarde, una carta llegó desde el monasterio en Puebla. Ricardo estaba completamente recuperado. Los sueños habían cesado y su mente había vuelto a la claridad. Los monjes, maravillados por su recuperación, hablaban de un milagro. Elena sonrió al leer la carta. no era un milagro, sino el resultado de enfrentar directamente un mal ancestral, de romper un ciclo que había perdurado durante generaciones.

Esa noche, mientras escribía en su diario, ya no como registro de una maldición activa, sino como testimonio de su resolución, Elena reflexionó sobre las últimas palabras de luz. La sangre llama a la sangre. Era cierto. La sangre de los Mendoza y los Aguirre siempre llevaría el eco de aquella mujer que había pactado con fuerzas oscuras en 1787.

Pero ahora esa misma sangre había demostrado su poder para sanar, para unir, para transformar una maldición en un legado de fortaleza. Y así escribió Elena en la última página de su diario. Termina y comienza nuestra historia. ya no como vigilantes de una prisión espiritual, sino como custodios de una memoria.

 Que las generaciones futuras recuerden que los secretos familiares solo tienen poder mientras permanecen ocultos y que los demonios del pasado solo pueden ser vencidos cuando los enfrentamos juntos a la luz del día. cerró el diario y miró por la ventana hacia el roble centenario, ahora floreciente en la primavera de 1951. Bajo su sombra, donde una vez había estado enterrado el cofre de luz, ahora crecían flores silvestres.

 La hacienda, liberada de su oscuro secreto, parecía respirar con nueva vida. Elena sabía que la vigilancia nunca cesaría completamente. Cada solsticio, cada generación, cada nacimiento en la familia traería consigo un recordatorio de aquel pacto ancestral, pero ya no era una carga insoportable, sino una responsabilidad compartida, una historia que sería contada no para atemorizar, sino para fortalecer.

 Y en las noches, cuando el viento susurraba entre los árboles de la hacienda, si se escuchaba con atención, quizás se podía distinguir el eco lejano de una voz antigua, ya no amenazante, sino melancólica, como si incluso Luz de Mendoza hubiera encontrado finalmente una forma de paz. Y así concluye nuestra historia de terror ancestral desde las profundidades de Zacatecas.

 ¿Qué les pareció este viaje a través de los secretos de la hacienda Aguirre? Me encantaría saber qué emoción predominó mientras escuchaban. ¿Fue miedo, angustia o quizás un escalofrío de reconocimiento al pensar en sus propios secretos familiares? Si conocen a alguien que disfruta de historias donde el terror no viene de monstruos, sino de la propia sangre que corre por nuestras venas, no duden en compartir este video con ellos.

Hay personas que necesitan escuchar esta historia tanto como ustedes. No olviden suscribirse y dejar su like para que podamos seguir desenterrando historias que han permanecido ocultas por demasiado tiempo. Hasta la próxima. si es que las voces ancestrales nos lo permiten.