Lucía Herrera (1899, Veracruz) -La Casa de la Novia Roja… banquete bajo sospecha 

El aroma del café fresco inundaba el aire de Veracruz en aquel 1899, mezclándose con la brisa salada que llegaba desde el puerto. Era una época de contrastes marcados. Por un lado, la prosperidad de las haciendas cafetaleras que exportaban el preciado grano a Europa y Estados Unidos.

 Por otro, la tensión silenciosa de los trabajadores indígenas y mestizos que cultivaban la tierra bajo el sol implacable. En este escenario de riqueza y desigualdad se alzaba la hacienda El Cafetal, propiedad de don Alfonso Herrera, un español que había llegado décadas atrás para hacer fortuna en la Nueva España y lo había conseguido con creces.

 La hacienda era un paraíso terrenal, una mansión principal de dos plantas con amplios corredores y balcones adornados con bugambilias, rodeada por hectáreas de cafetales que se extendían como un mar verde ondulante por las laderas de las colinas. Las columnas blancas de la entrada principal, el jardín con fuente de mármol italiano y los establos llenos de caballos de pura raza, eran solo algunos detalles que evidenciaban la opulencia de los herrera.

Amigos que me acompañan en esta historia, si les está gustando este relato de la Veracruz de finales del siglo XIX, no olviden suscribirse al canal para no perderse ninguna de nuestras historias. Déjenme saber en los comentarios desde qué parte de México o del mundo nos están escuchando. Ahora continuemos con esta misteriosa historia de la novia roja.

Pero la joya más preciada de don Alfonso no era su hacienda, sino su única hija, Lucía Herrera. A sus 20 años, Lucía era conocida en toda la región por su belleza extraordinaria, cabello negro como la noche que caía en ondas hasta su cintura, piel clara con un ligero tono dorado por el sol veracruzano y unos ojos color miel que parecían cambiar de tonalidad según su estado de ánimo.

 Su educación había sido esmerada como correspondía a su posición. Hablaba francés e inglés con fluidez, tocaba el piano con maestría y sus modales eran impecables. Sin embargo, había algo en ella que desconcertaba a la sociedad veracruzana, un espíritu rebelde que se manifestaba en pequeños gestos, como su preferencia por cabalgar a horcajadas en lugar de usar la silla de Amazona, o su hábito de conversar directamente con los trabajadores de la hacienda.

 Por fin se casará la niña Lucía. Era el comentario que corría por las cocinas y los patios traseros de la hacienda desde hacía semanas. Don Alfonso había concertado el matrimonio de su hija con Fernando Montero, primogénito de una de las familias más influyentes del puerto. Los Montero eran dueños de varios buques mercantes y tenían conexiones comerciales con Europa que complementarían perfectamente el negocio cafetalero de los Herrera.

 Era una alianza calculada al milímetro por ambas familias. El anuncio oficial del compromiso se había realizado un mes atrás en una cena íntima entre las dos familias. Ahora la hacienda se preparaba para el banquete de compromiso más espléndido que Veracruz hubiera visto jamás. Más de 200 invitados entre la élite local, empresarios extranjeros y políticos influyentes habían confirmado su asistencia.

 Don Alfonso no había escatimado en gastos. El mejor champán francés, orquesta traída especialmente desde la Ciudad de México y manjares exóticos que llegarían en el próximo barco desde Europa. Entrre tanto ajetreo, pocos notaban los cambios en el comportamiento de Lucía. Su habitual alegría se había transformado en una quietud pensativa, casi melancólica.

Pasaba horas encerrada en su habitación y cuando salía lo hacía principalmente para pasear sola por los cafetales al atardecer. Las doncellas que la atendían comentaban en susurros que la habían escuchado hablar sola, o peor aún, responder a voces que solo ella parecía oír. La niña Lucía ha estado muy rara desde que visitó la vieja capilla abandonada”, comentó Martina, una de las doncellas más jóvenes, mientras ayudaba a preparar las habitaciones para los invitados que se quedarían en la hacienda, dicen que ahí se le apareció algo, porque regresó

pálida como un fantasma. “¡Cállate, muchacha!”, le respondió Dolores el ama de llaves. No andes repitiendo chismes. La niña solo está nerviosa por su compromiso. Es natural, pero quizás el detalle más desconcertante era el vestido de novia que Lucía había mandado confeccionar. Contra toda tradición y para escándalo de su madre, doña Carmen, había insistido en que fuera de color rojo intenso, rojo como la sangre.

 Rojo como la pasión, había declarado con una firmeza inusual, dejando a la modista francesa traída especialmente desde la capital con la boca abierta de asombro. Es de mala suerte, mi niña le había dicho la modista. El blanco simboliza la pureza. Entonces, el blanco no es para mí, había respondido Lucía con una sonrisa enigmática.

 A tres días del banquete llegó a la hacienda la últimaincorporación al personal de servicio, Juana, una anciana indígena de origen totonaca, que había sido recomendada como ayudante de cocina para el gran evento. Nadie sabía mucho sobre ella, salvo que venía de un pueblo cercano y que tenía fama de conocer todos los secretos de las plantas medicinales, y según algunos murmuraban, también de las venenosas.

Juana observaba todo con sus ojos negros y profundos, pequeños pero alertas como los de un pájaro. Desde el primer momento, su atención se había fijado en Lucía. La seguía con la mirada cuando la joven cruzaba los patios o bajaba las escaleras. Y en más de una ocasión, Lucía había sentido ese escrutinio y se había girado bruscamente solo para encontrarse con la vieja que bajaba la vista. fingiendo ocuparse de sus tareas.

“Esa mujer me pone nerviosa”, le comentó Lucía a su doncella de confianza Rosario. “Siento que sabe algo, algo sobre mí. Es solo una vieja supersticiosa niña Lucía”, le había respondido Rosario, aunque ella misma sentía cierto recelo hacia Juana. La tarde anterior al banquete, mientras supervisaba los últimos preparativos en el jardín donde se serviría el cóctel inicial, Lucía se encontró cara a cara con Juana, que estaba recogiendo hierbas aromáticas de un pequeño huerto cercano.

“Tenga cuidado, señorita”, le dijo la anciana sin levantar la vista de las plantas que cortaba. No todas las flores bonitas son inofensivas. Algunas esconden veneno bajo su belleza. ¿Qué quieres decir con eso?, preguntó Lucía, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda pese al calor de la tarde. “Solo digo que cada uno cosecha lo que siembra”, respondió Juana, incorporándose lentamente con un manojo de hierbas frescas en la mano, y algunas semillas dan frutos amargos, por más dulce que sea la flor. Antes de que

Lucía pudiera responder, la anciana hizo una pequeña reverencia y se alejó rumbo a las cocinas, dejando a la joven confundida y perturbada. Por un momento, Lucía sintió el impulso de correr tras ella y exigirle explicaciones. Pero, ¿explicaciones sobre qué? Las palabras de Juana eran crípticas, pero no directamente amenazantes.

 Aún así, algo en su tono, en su mirada, había despertado en Lucía una inquietud profunda. Esa noche, la última antes del gran banquete, una tormenta tropical azotó la costa veracruzana. Los relámpagos iluminaban intermitentemente la habitación de Lucía, donde la joven, incapaz de conciliar el sueño, se levantó y caminó hasta el espejo de cuerpo entero.

 Allí contempló su reflejo mientras los truenos retumbaban en la distancia. Con movimientos lentos, abrió un cajón secreto de su tocador y extrajo un pequeño frasco de cristal que contenía un líquido oscuro. Por nosotros, Etién, susurró, y sus ojos reflejados en el espejo, brillaron con la siguiente descarga eléctrica, revelando por un instante una determinación que nada tenía que ver con los nervios propios de una novia, a punto de celebrar su compromiso.

 La mañana del banquete amaneció con un cielo despejado y una brisa suave que mecía los cafetales. Ha hacienda, el cafetal era un hervidero de actividad desde antes del alba. Los sirvientes corrían de un lado a otro, llevando manteles de encaje importados, vajilla de porcelana china y cubiertos de plata pulida que reflejaban la luz como pequeños espejos.

En el patio central, varios hombres instalaban farolillos de colores que colgarían entre las ramas de los naranjos, creando un ambiente mágico para cuando cayera la noche. Doña Mercedes, madre de Lucía, supervisaba cada detalle con ojo crítico. Sus órdenes resonaban por los pasillos de la casona, mientras los criados se apresuraban a cumplir sus deseos.

 El banquete de compromiso de su única hija debía ser recordado por generaciones. Si estás disfrutando esta historia, te invito a que te suscribas al canal. Déjame saber en los comentarios desde qué parte de México nos estás viendo. Tu apoyo me motiva a seguir compartiendo estas historias de nuestro rico pasado.

En la cocina el calor era sofocante. Juana, la anciana indígena de manos callosas y ojos penetrantes, preparaba con meticulosidad los platillos que se servirían esa noche. A pesar de su edad, sus movimientos eran precisos y seguros. mezclaba hierbas aromáticas en el mole, revisaba los chiles en nogada y dirigía a las otras cocineras con la autoridad que le daban sus años de servicio.

 De tanto en tanto, su mirada se detenía en la puerta como si esperara ver aparecer a alguien. Mientras tanto, en su habitación, Lucía permanecía sentada frente al espejo. Su doncella le cepillaba el cabello negro que caía como una cascada sobre sus hombros. El reflejo le devolvía la imagen de una joven hermosa, pero con una mirada apagada, muy distinta de la vivacidad que la caracterizaba meses atrás.

El vestido rojo está listo, señorita”, anunció la doncella señalando la prenda que descansaba sobre la cama. Era unvestido escandaloso para la época, con un tono carmesí intenso que había causado conmoción entre las familias conservadoras de Veracruz. Pero don Augusto, su padre, había cedido ante su capricho.

 Al fin y al cabo, era solo un banquete de compromiso. Para la boda usaría el tradicional blanco. A medida que avanzaba el día, comenzaron a llegar los primeros carruajes. La élite veracruzana descendía por la entrada principal, donde eran recibidos por sirvientes vestidos con libreas especiales para la ocasión. Las damas lucían elegantes, vestidos importados de París, sombreros adornados con plumas exóticas y joyas que denotaban su estatus social.

 Los caballeros, en sus trajes oscuros impecables, portaban bastones con empuñaduras de plata y oro. Entre los invitados destacaba don Emilio Vasconcelos, gobernador de Veracruz, acompañado de su esposa e hijas. También había llegado el cónsul británico Mr. Thompson, conocido por su afición al tabaco local y sus generosas inversiones en los cafetales de la región.

 Los hermanos Ruis Cortínez, dueños del mayor banco del puerto, conversaban animadamente con varios ascendados españoles sobre las últimas fluctuaciones en el precio del café. Los Montero llegaron puntualmente a las 7. Don Rodrigo Montero, padre del novio, era un hombre corpulento, de bigote, cuidadosamente engomado, que había hecho su fortuna en el comercio marítimo.

 Su esposa, doña Catalina, de origen francés, era conocida por su exquisito gusto y sus críticas mordaces. Fernando, el prometido de Lucía, era un joven atractivo de 25 años, educado en España y con maneras refinadas que encantaban a las madres de las jóvenes casaderas de Veracruz.

 Al anochecer, cuando todos los invitados habían llegado, don Augusto Herrera solicitó la presencia de su hija. Un murmullo de admiración recorrió el salón cuando Lucía apareció en lo alto de la escalera principal. Su vestido rojo contrastaba dramáticamente con su piel clara y su cabello negro. Llevaba el cabello recogido en un complicado moño adornado con perlas, dejando al descubierto su cuello esbelto, donde brillaba un collar de rubíes, regalo de compromiso de los Monteros.

 Fernando se adelantó para recibirla al pie de la escalera, tomó su mano y la besó con galantería. Pero la sonrisa de Lucía parecía forzada, algo que no pasó desapercibido para algunos de los presentes, especialmente para doña Catalina, quien entrecerró los ojos con sospecha. La cena fue servida en el patio central de la hacienda, bajo los naranjos iluminados por cientos de luces.

 Largas mesas dispuestas en forma de u estaban cubiertas con manteles de encaje y centros florales traídos especialmente de la Ciudad de México. La vajilla relucía bajo la luz dorada de los candelabros y el tintineo de las copas de cristal se mezclaba con las notas suaves del cuarteto de cuerdas ubicado en un rincón. Durante el primer plato, una sopa de mariscos perfumada con azafrán.

 Lucía apenas probó bocado. Fernando, sentado a su lado, intentaba animarla con comentarios sobre su futura vida juntos en la casa que ya estaban construyendo cerca del puerto. “¿Te encuentras bien?”, le susurró Fernando al notar que su prometida miraba insistentemente hacia la puerta del servicio. “Pareces distraída.

 Estoy bien”, respondió Lucía, forzando una sonrisa, solo un poco abrumada por tanta atención. A mitad de la cena, cuando se servía el plato principal, un exquisito mole poblano preparado por Juana, Lucía comenzó a sentirse visiblemente indispuesta. Su rostro había perdido color y pequeñas gotas de sudor perlaban su frente. “Necesito un momento”, murmuró levantándose abruptamente.

 Fernando hizo Ademán de acompañarla, pero ella lo detuvo con un gesto. No es necesario. Vuelvo enseguida. En la cocina, la joven María, una sirvienta de apenas 15 años que había entrado al servicio de los Herrera recientemente, observaba el desarrollo del banquete desde una ventana. Cuando vio a Lucía dirigirse apresuradamente hacia los jardines traseros, en lugar de a sus habitaciones, decidió seguirla sigilosamente.

 La encontró inclinada sobre los rosales, respirando con dificultad. María se mantuvo oculta tras una columna, observando como su señorita sacaba un pequeño frasco de entre los pliegues de su vestido y bebía su contenido con manos temblorosas. Mientras tanto, en el banquete, don Augusto pronunciaba un emotivo discurso sobre la unión de las dos familias.

Fernando miraba constantemente hacia el lugar por donde había desaparecido Lucía, cada vez más preocupado por su prolongada ausencia. María, decidiendo que debía regresar a sus tareas antes de que notaran su ausencia, dio media vuelta y se dirigió a la casa por un camino diferente. Al pasar junto al pequeño cobertizo donde se guardaban los saperos de jardinería, un objeto brillante llamó su atención.

 Entreabiendo la puerta, descubrió un diario de tapas de cuero con un cierre metálico. Intrigada, lotomó y lo escondió bajo su delantal. Lucía regresó al banquete poco después, aparentemente recuperada, aunque con una palidez inusual. Se sentó junto a Fernando y, haciendo un esfuerzo visible, comenzó a mostrarse más animada, riendo de sus bromas y participando en las conversaciones.

Cuando llegó el momento del brindis, todos los invitados se pusieron de pie. Don Rodrigo Montero alzó su copa y pronunció palabras de bendición para la joven pareja. Los cristales tintinearon y el vino tinto brilló bajo la luz de los candelabros. como pequeños rubíes líquidos. Por Fernando y Lucía, que su unión sea tan próspera como nuestras familias y tan duradera como nuestra amistad, concluyó don Rodrigo.

 Mientras todos bebían, María, que había regresado a sus labores sirviendo los postres, observaba fijamente a Lucía. La joven sirvienta había ojeado rápidamente el diario encontrado y algunas frases habían captado su atención. Nombres como Etién y Encuentro Secreto aparecían escritos con la elegante caligrafía de la señorita.

A medida que avanzaba la noche, varios invitados comenzaron a bailar al ritmo del bals que interpretaba el cuarteto. Fernando tomó la mano de su prometida y la condujo al centro del improvisado salón de baile. Mientras giraban entre las otras parejas, el joven notó algo extraño en la mirada de Lucía.

 ¿Sigues pensando en él?, preguntó Fernando en un susurro apenas audible. Lucía se detuvo bruscamente, sus ojos abiertos por la sorpresa. ¿De qué hablas? Respondió con voz temblorosa. Del francés. Dijo Fernando con una calma inquietante. Etien Dubois, ¿crees que no lo sabía? Veracruz puede ser grande, pero los rumores viajan rápido, especialmente cuando involucran a la hija de don Augusto Herrera.

 El rostro de Lucía perdió el poco color que le quedaba. Su mirada buscó instintivamente a su padre, quien conversaba animadamente con el gobernador, ajeno a la escena que se desarrollaba en la pista de baile. “No sé de qué me hablas”, intentó defenderse Lucía, reanudando el baile para no llamar la atención.

 “Tu padre se encargó de él, ¿no es así?”, continuó Fernando. Su voz un contraste perturbador con la sonrisa social que mantenía en su rostro. Desapareció muy convenientemente unas semanas antes de nuestro compromiso. Lo que me pregunto es si lo sabías. Si fuiste cómplice. Las palabras de Fernando cayeron como un rayo sobre Lucía.

 Sus piernas flaquearon y solo el firme agarre de su prometido evitó que cayera al suelo. “Necesito aire”, susurró ella. Esta vez Fernando no la dejó ir sola. La tomó del brazo con firmeza disimulada y la condujo hacia una de las terrazas laterales, lejos de las miradas curiosas de los invitados. En la cocina, Juana seguía sirviendo el postre, un tradicional arroz con leche perfumado con canela y vainilla.

 Sus ojos oscuros seguían los movimientos de todos, especialmente los de don Augusto. La anciana indígena parecía conocer secretos que nadie más sospechaba. María, mientras tanto, había encontrado un momento para leer más páginas del diario. Sus ojos se abrían cada vez más ante las confesiones escritas por su señorita.

 La historia de un amor prohibido con un comerciante francés, los encuentros secretos en la pequeña cabaña junto al río, las promesas de huir juntos a Europa y luego el descubrimiento de su relación por parte de don Augusto y la misteriosa desaparición de Etién. Cuando la joven sirvienta alzó la vista del diario, se encontró con la mirada penetrante de Juana. La anciana se acercó lentamente.

“Lo que buscas está enterrado junto al cafetal del norte”, murmuró en voz baja, “Donde los árboles forman un círculo y la tierra siempre está húmeda, incluso en época de sequía.” Antes de que María pudiera responder, un grito desgarrador proveniente de la fiesta interrumpió la conversación.

 Todos en la cocina se quedaron paralizados por un instante antes de correr hacia el origen del sonido. Mientras los sirvientes apresuraban sus pasos con bandejas repletas de delicias, el banquete en la hacienda El Cafetal alcanzaba su momento álgido. Los candelabros de plata iluminaban el salón donde la élite veracruzana alzaba sus copas de cristal importado, celebrando el compromiso de Lucía Herrera y Fernando Montero.

 El aroma de los platillos típicos se mezclaba con los perfumes franceses, creando una atmósfera embriagadora bajo el calor húmedo de aquel Veracruz de 1899. Lucía, envuelta en aquel controversial vestido rojo que había escandalizado incluso a su madre, permanecía sentada junto a Fernando. Su mirada parecía perdida, vagando entre las mesas, como si buscara a alguien que sabía no encontraría.

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¿Se encuentra bien, don Tomás?, preguntó doña Eulalia. esposa del ascendado vecino. El hombre intentó sonreír, pero el gesto se transformó en una mueca de dolor. Solo una pequeña indisposición, no se preocupe. Sin embargo, minutos después, la señora Castellanos comenzó a abanicarse con desesperación. Su rostro había adquirido un tono ceniciento.

“Hace demasiado calor aquí”, murmuró con voz débil antes de que su abanico cayera al suelo. Su esposo se apresuró a sostenerla mientras ella se desvanecía. Los murmullos se extendieron por el salón. Don Rodrigo Herrera, padre de Lucía, se puso de pie intentando mantener la calma. Seguramente el calor está afectando a nuestros invitados.

Martín, abre las ventanas”, ordenó a uno de los sirvientes. Pero cuando el banquero Fuentes se desplomó sobre la mesa derramando vino tinto sobre el mantel blanco como una mancha de sangre, el pánico fue inevitable. Las exclamaciones ahogadas se mezclaron con el sonido de sillas arrastrándose mientras varios invitados se ponían de pie.

 “¡Algo está mal con la comida!”, gritó alguien desde el fondo del salón. Don Rodrigo intentó contener la situación, pero su rostro reflejaba preocupación. Por favor, mantengan la calma. Seguramente es solo una coincidencia. La mirada furiosa del acendado se dirigió hacia la cocina. Juana, llamó con voz atronadora.

 La anciana indígena apareció en la puerta. Su rostro impasible ante la escena caótica. ¿Qué has hecho, vieja bruja? susurró don Rodrigo lo suficientemente bajo para que solo ella pudiera escucharlo. Yo solo seguí las instrucciones para preparar lo que me ordenaron, patrón, respondió la mujer, sosteniendo su mirada sin temor. Fernando, que había estado observando a Lucía durante todo el incidente, notó que ella no parecía sorprendida.

 Sus ojos no reflejaban miedo, sino una extraña resignación, como si hubiera estado esperando que algo así ocurriera. “Lucía, ¿estás bien?”, preguntó tomando su mano. Ella lo miró por primera vez en la noche. Realmente lo miró. “No deberías comer nada más, Fernando.” Fue su única respuesta antes de levantarse y dirigirse hacia la ventana.

Mientras tanto, en la cocina Carmela, la joven sirvienta de apenas 17 años observaba la escena desde las sombras. Hacía semanas que había encontrado un diario escondido entre las pertenencias de Lucía mientras limpiaba su habitación. La curiosidad pudo más que su lealtad, y lo que leyó la había dejado intranquila desde entonces.

 Las páginas revelaban la historia de Lucía y Etien Dubo aquel comerciante francés que había llegado a la hacienda meses atrás para negociar la exportación de café a Europa. Lo que comenzó como encuentros casuales en la biblioteca se transformó en una relación clandestina que Lucía describía con una pasión que nunca mostraba hacia Fernando.

 El caos aumentaba en el salón. Dos médicos que se encontraban entre los invitados atendían a los enfermos. El doctor Vázquez, de pie junto al banquero fuentes, levantó la mirada con gravedad. “Creo que han sido envenenados”, declaró provocando gritos de horror entre los presentes. Juana fue rodeada inmediatamente por varios hombres, incluido el capataz de la hacienda.

 “Fue la India”, murmuró alguien. siempre tuvieron resentimiento contra los patrones. Don Rodrigo ordenó que encerraran a Juana en la bodega hasta aclarar lo sucedido. Pero la anciana, mientras era arrastrada, miró directamente a Lucía. “La tierra siempre cobra sus deudas, niña”, dijo en voz alta, “y la sangre llama a la sangre”. Fernando, confundido por estas palabras y por el comportamiento de su prometida, se acercó a Carmela, quien permanecía en un rincón observándolo todo.

 “Tú estás con ella todos los días”, le dijo en voz baja. “¿Sabes qué está pasando?” La joven dudó, el miedo y la lealtad, dividiendo su conciencia. Señor Fernando, hay cosas que he visto y otras que he leído, confesó finalmente, la señorita Lucía no es la misma desde que aquel francés desapareció. Francés. ¿Qué francés? Preguntó Fernando, sintiendo que el mundo comenzaba a desmoronarse bajo sus pies.

 Etien Dubois venía por negocios, pero había algo más entre él y la señorita. Fernando sintió como la ira y los celos se apoderaban de él. Buscó a Lucía con la mirada y la encontró de pie junto a la ventana, ajena al caos que lo rodeaba como si estuviera en otro mundo. Se acercó a ella con pasos decididos y la tomó del brazo, obligándola a mirarlo.

 ¿Quién es Etien Duuba, preguntó con una voz que apenas podía controlar? Lucía lo miró con una mezcla de sorpresa y resignación. Por un momento, pareció que iba anegarlo todo, pero luego sus hombros se hundieron ligeramente. Alguien que ya no está, respondió con una frialdad que Fernando nunca había visto en ella.

 Lo amabas, insistió apretando su agarre sin darse cuenta. Fernando, este no es el momento, respondió ella señalando hacia los invitados enfermos. Hay personas muriendo y tú sabías que esto pasaría. Por eso me advertiste que no comiera. Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas. No sé quién envenenó la comida, pero sé que en esta casa los secretos pueden matar.

 Mientras discutían, otro invitado se desplomó. Esta vez fue el juez Montellano, amigo cercano del padre de Fernando. El doctor Vázquez corrió a su lado, pero tras unos minutos de intentar reanimarlo, levantó la mirada con pesar y negó con la cabeza. “Está muerto”, anunció provocando un silencio sepulcral en el salón.

 Casi inmediatamente, doña Mercedes Aguirre, una viuda respetada en la sociedad veracruzana, comenzó a convulsionar. Los sirvientes corrieron con agua y paños, pero en cuestión de minutos ella también había fallecido. El pánico se apoderó por completo de los invitados. Algunos corrieron hacia sus carruajes, mientras otros exigían que se llamara a las autoridades.

 Don Rodrigo ordenó a los peones que nadie saliera de la hacienda hasta que llegara el comisario. El Dr. Gutiérrez, el médico más respetado de Veracruz, que afortunadamente se encontraba entre los invitados, comenzó a examinar a los enfermos y a los fallecidos. Esto parece ser algún tipo de veneno vegetal”, declaró después de observar los síntomas.

 “Necesito revisar la cocina y los ingredientes utilizados.” Don Rodrigo lo acompañó personalmente, seguido por Fernando, quien no quería dejar ir el misterio de Etien Dubis, pero comprendía la gravedad de la situación. En la cocina encontraron hierbas y plantas que Juana utilizaba habitualmente para dar sabor a los platillos.

 El doctor las examinó una por una hasta detenerse en un pequeño manojo de hojas oscuras. “Esto parece ser belladona mezclada con otras hierbas”, dijo con gravedad. “En pequeñas cantidades puede causar alucinaciones, pero en dosis altas es mortal. Esa india, exclamó don Rodrigo golpeando la mesa. Sabía que nunca debimos confiar en ella.

 Mientras los hombres discutían en la cocina, Carmela se escabulló hacia la habitación de Lucía, quien se había retirado allí en medio del caos. La encontró sentada frente al tocador, mirando su reflejo con ojos vacíos. Señorita Lucía, susurró la sirvienta. Le he contado al señor Fernando sobre el francés. Lucía ni siquiera pareció sorprendida.

Era cuestión de tiempo, respondió sin apartar la mirada del espejo. Todo siempre sale a la luz, Carmela. Pero, señorita, ¿usted sabía lo del veneno? No exactamente, respondió Lucía con voz débil, pero sabía que esta casa guarda secretos oscuros. Mi padre se detuvo abruptamente y se llevó la mano a la frente. Me siento mal, Carmela.

 Creo que también comí algo envenenado. Antes de que la sirvienta pudiera responder, Lucía se desplomó sobre el tocador. Carmela corrió hacia ella y la ayudó a recostarse en la cama. Ayuda, la señorita Lucía está enferma”, gritó con desesperación. Fernando, que regresaba de la cocina, fue el primero en escucharla y corrió hacia la habitación.

 Al ver a Lucía pálida sobre la cama, olvidó momentáneamente su enojo. “Que venga el doctor”, ordenó a uno de los sirvientes que lo habían seguido. Mientras esperaban, Lucía comenzó a murmurar palabras incoherentes. La fiebre la hacía delirar. Etién, lo siento, padre, ¿qué has hecho? Sangre en el cafetal, no debiste. Fernando escuchaba con horror tratando de dar sentido a aquellas frases entrecortadas.

Carmela, de pie junto a la puerta, palideció al reconocer detalles que coincidían con lo que había leído en el diario. El doctor Gutiérrez entró apresuradamente y comenzó a examinar a Lucía. También ha sido envenenada, pero en menor cantidad, diagnosticó. Hay que hacerla beber mucha agua para eliminar el veneno.

 Mientras atendían a Lucía, Carmela aprovechó la confusión para escabullirse. Había recordado algo que había leído en el diario. Lucía mencionaba que Etién solía encontrarse con ella cerca del cafetal más antiguo, bajo un árbol centenario donde habían tallado sus iniciales. La joven sirvienta tomó una lámpara de aceite y salió sigilosamente de la casa.

La noche era oscura y húmeda, típica del Veracruz costero. Los sonidos de la selva circundante parecían más amenazadores que nunca mientras se dirigía hacia el cafetal viejo. Al llegar al árbol que recordaba de las descripciones, notó que la tierra alrededor parecía haber sido removida recientemente. Con manos temblorosas, comenzó a acabar con un palo que encontró cerca.

 No tuvo que excavar mucho para encontrar lo que inconscientemente temía. Un trozo de tela que reconoció como parte de la chaqueta que solía usar el francés,horrorizada, siguió cabando hasta que sus dedos tocaron algo más sólido. El terror la invadió al confirmar sus sospechas. Eran restos humanos. Casi al mismo tiempo encontró una pequeña caja metálica enterrada junto al cuerpo.

 Al abrirla, descubrió una carta escrita con letra temblorosa y manchada de lo que parecía ser sangre seca. Mientras leía las primeras líneas a la luz vacilante de la lámpara, un ruido entre los arbustos la hizo volverse sobresaltada. Una figura masculina emergió de las sombras. ¿Qué crees que estás haciendo, muchacha?, preguntó una voz que Carmela reconoció de inmediato, helándole la sangre.

 La situación se deterioró rápidamente a medida que el banquete avanzaba. Aquello que comenzó como malestar en algunos invitados se transformó en una tragedia cuando el señor Morales, un comerciante de café y amigo cercano de la familia, se desplomó sobre la mesa con el rostro congestionado y espuma brotando de sus labios.

 Minutos después, la esposa del alcalde corrió la misma suerte, desvaneciéndose mientras intentaba alcanzar la salida del comedor. Los gritos de horror se extendieron por toda la hacienda. Las mujeres lloraban abrazadas a sus maridos mientras los hombres exigían explicaciones a los anfitriones. El señor Herrera, con el rostro pálido, ordenaba a los sirvientes que trajeran agua fresca y abrieran todas las ventanas.

 Si te está gustando esta historia, no olvides suscribirte al canal y cuéntame en los comentarios desde qué parte de México nos estás viendo. Ahora continuemos con este misterio que apenas comienza a revelarse. Envíen por el doctor Velasco inmediatamente, gritó el señor Herrera a uno de sus capataces, quien montó a caballo y partió hacia el pueblo a toda velocidad.

En medio del caos, Fernando buscaba desesperadamente a Lucía, quien había desaparecido del salón tras su confrontación privada. El doctor Velasco llegó a la hacienda, el cafetal en menos de una hora. Era un hombre de mediana edad, con barba canosa y ojos penetrantes, que habían visto demasiadas muertes en sus años de práctica.

 examinó a los afectados con meticulosa atención, mientras el resto de los invitados permanecían recluidos en la sala principal, temerosos de correr la misma suerte. “Esto no es ninguna enfermedad natural”, declaró el médico después de examinar a los fallecidos. “Estamos ante un caso de intoxicación severa, posiblemente alguna sustancia en la comida o la bebida.

 La acusación inmediata cayó sobre la cocinera indígena. Juana fue arrastrada frente al señor Herrera, donde permaneció con la mirada clavada en el suelo, pero sin mostrar temor. Habla, mujer. ¿Qué pusiste en la comida? Exigió el asendado con voz temblorosa de rabia. Nada que no debiera estar, patrón”, respondió Juana con una calma inquietante.

 “los que conocen las plantas saben que no todas las muertes vienen de la cocina.” El doctor Velasco, más pragmático, solicitó revisar la cocina y los ingredientes utilizados. Entre los restos de la preparación del banquete encontró algo perturbador, pequeñas hojas secas mezcladas con las hierbas para el té que se sirvió después del plato principal.

“Belladona”, murmuró el doctor sosteniendo las hojas con cuidado. Y por la cantidad quien las colocó aquí sabía exactamente lo que hacía. Fernando, quien había permanecido en silencio observando todo, se acercó al médico. ¿Puede alguien sobrevivir a ese veneno? Depende de cuánto hayan consumido, respondió el doctor.

 Los síntomas van desde mareos y visión borrosa hasta alucinaciones, parálisis y, bueno, lo que hemos visto esta noche. En ese momento, una de las doncellas bajó corriendo las escaleras. La señorita Lucía ha colapsado. Está ardiendo en fiebre. Fernando subió las escaleras de dos en dos, seguido por el doctor Velasco.

 En su habitación, Lucía yacía sobre la cama, su piel pálida contrastando dramáticamente con su vestido rojo, ahora desarreglado y manchado. Su respiración era irregular y superficial. El médico la examinó rápidamente. Ha consumido el veneno, pero en menor cantidad, posiblemente solo un sorbo del té. Sacó de su maletín varios frascos y preparó una mezcla.

Esto ayudará a contrarrestar los efectos. Debemos hacer que lo beba y mantenerla hidratada. Mientras el doctor trabajaba, Fernando permaneció al lado de Lucía, sosteniendo su mano. De pronto, ella abrió los ojos, pero su mirada estaba perdida, como si viera más allá de la habitación. “Etién”, murmuró Lucía con voz quebrada.

“te dije que no vinieras, mi padre. Él lo supo desde el principio.” Fernando se tensó al escuchar el nombre del francés. ¿Qué pasó con Etién, Lucía? ¿Qué supo tu padre? Las cartas, las cartas que nos escribíamos, continuó ella en medio de su delirio febril. Él las interceptó. Escuché a mi padre y al capataz hablando en el estudio.

 Encárgate del francés, dijo, “que parezca que se marchó.” Lágrimasrodaban por las mejillas de Lucía mientras su cuerpo temblaba. Yo lo amaba, Fernando. Nunca quise este compromiso. Mi padre me obligó después de que Etien desapareció. El doctor Velasco consiguió hacer que Lucía bebiera la medicina. Poco después cayó en un sueño inquieto.

“Necesita descansar”, indicó el médico. “La crisis no ha pasado. Permanezca con ella, joven. Iré a atender a los demás afectados”. Fernando se quedó solo con Lucía, su mente procesando las revelaciones. ¿Habría sido capaz el señor Herrera de eliminar a Etién? ¿Y qué relación tendría eso con los envenenamientos de esta noche? Mientras tanto, en la planta baja, el doctor Velasco había salido a los jardines para examinar las plantas de la propiedad.

 Entre los arbustos ornamentales encontró lo que buscaba, una planta de Belladona. creciendo casi escondida. Alguien la había cultivado intencionalmente en la cocina. Mercedes, la joven sirvienta que había encontrado el diario días atrás escuchaba atentamente la conversación entre los empleados de la hacienda.

 Todos hablaban sobre el caos, las muertes y las acusaciones hacia Juana, pero algo no encajaba en la mente de Mercedes. Aprovechando la confusión general, la joven sirvienta se escabulló hacia la parte trasera de la propiedad, donde días antes había notado tierra removida cerca de los cafetales más alejados. Con una pequeña lámpara de aceite y una pala que tomó del cobertizo, Mercedes comenzó a excavar en el sitio que había marcado mentalmente.

No tuvo que cabar mucho. A menos de un metro de profundidad, encontró un paquete envuelto en tela encerada con manos temblorosas, lo desenterró y lo abrió. Dentro había una chaqueta de hombre manchada de lo que parecía ser sangre seca y un pasaporte francés a nombre de Tiendubois. Junto a estos objetos encontró una carta sellada dirigida a Lucía.

 Mercedes guardó todo, excepto la carta en el agujero, y lo cubrió rápidamente. Con el corazón latiendo aceleradamente, regresó a la casa donde el caos continuaba. Los invitados que no habían sido afectados por el veneno estaban siendo acomodados en habitaciones para pasar la noche, ya que nadie se atrevía a marcharse hasta que la situación se aclarara.

 La joven sirvienta subió discretamente las escaleras hacia la habitación de Lucía. Al abrir ligeramente la puerta, vio a Fernando dormitando en una silla junto a la cama. Lucía parecía más tranquila, aunque su frente seguía perlada de sudor. Mercedes dudó. Debía entregar la carta directamente a Lucía o dársela a Fernando.

 La decisión se tomó sola cuando Fernando abrió los ojos y la vio en la puerta. ¿Qué haces aquí? Preguntó con voz cansada. Señor, encontré algo que creo que deben ver, respondió Mercedes mostrando la carta. Estaba enterrada en los cafetales. Fernando tomó la carta con manos temblorosas. El sello estaba intacto. ¿De dónde sacaste esto? Hace días noté que habían removido tierra allí.

 Hoy con todo lo que ha pasado. Fui a investigar, explicó Mercedes. Hay más cosas enterradas allí. Pertenencias del señor francés. Los ojos de Fernando se abrieron con sorpresa. Miró a Lucía, quien seguía dormida, y luego la carta en su mano. “Creo que deberíamos esperar a que la señorita despierte para abrirla”, sugirió Mercedes.

 “Es para ella, después de todo.” Fernando asintió lentamente. Tienes razón, pero hay algo más que necesito saber. “¿Has visto algo sospechoso en los últimos días? alguien actuando de manera extraña. Mercedes dudó un momento antes de responder. El señor Herrera ha estado reuniéndose con el señor Montero, su padre, a puerta cerrada varias veces esta semana y la señorita Lucía.

La vi recolectando plantas en el jardín trasero hace tres días, plantas que no se usan en la cocina. La expresión de Fernando se ensombreció. Las piezas comenzaban a encajar en un rompecabezas macabro. “Quédate con ella”, ordenó a Mercedes. “No dejes que nadie entre, especialmente su padre.

 Voy a hablar con el doctor Velasco.” Fernando salió de la habitación con paso decidido, dejando la carta sobre la mesita de noche junto a la cama de Lucía. Mercedes tomó asiento en la silla que él había ocupado y observó el rostro pálido de su joven ama. En ese momento, Lucía abrió los ojos. Esta vez su mirada parecía más lúcida.

 “Mercedes”, susurró con voz débil. “¿Qué ha pasado? Ha habido un terrible accidente en el banquete, señorita”, respondió la sirvienta con cautela. Varios invitados se enfermaron. Dos han fallecido. Una lágrima rodó por la mejilla de Lucía. No fue un accidente, murmuró. Sus ojos se posaron en la carta sobre la mesita. ¿Qué es eso? La encontré enterrada en los cafetales, señorita, junto con pertenencias del señor Dubois.

 Al escuchar el nombre de Etien, Lucía intentó incorporarse, pero el esfuerzo fue demasiado y cayó nuevamente sobre las almohadas. Dámela, por favor. Mercedes le entregó la carta. Con dedostemblorosos, Lucía rompió el sello y desplegó el papel. A medida que leía, su rostro reflejaba una mezcla de dolor, horror y resolución.

 “¿Qué dice, señorita?”, preguntó Mercedes después de que Lucía terminó de leer. La verdad, respondió Lucía con una firmeza que contrastaba con su debilidad física, la verdad sobre lo que pasó con Etién y lo que mi padre y el señor Montero planearon. En ese momento se escucharon pasos firmes subiendo la escalera. Lucía dobló rápidamente la carta y la escondió bajo su almohada.

Es mi padre”, susurró con urgencia. “Mercedes, necesito que hagas algo por mí.” Los gritos desgarradores de los sirvientes alertaron a todos. Doña Juana había encontrado a Lucía en el balcón, tambaleándose, aferrándose a la varanda de madera tallada. Su vestido rojo ondeaba con la brisa nocturna como una bandera de sangre contra el cielo estrellado de Veracruz.

 El padre de Lucía, don Augusto Herrera, subió las escaleras tan rápido como su corpulencia se lo permitía. Al llegar a la habitación de su hija, la encontró de pie con una palidez mortal, contrastando con el intenso carmesí de su atuendo. Pero algo había cambiado en ella. Ya no era la muchacha dócil que todos conocían.

 En sus ojos brillaba una determinación feroz, como si hubiera despertado de un largo letargo. “Papá”, dijo Lucía con voz clara que cortó el murmullo de los presentes. “Creo que es momento de que todos sepan la verdad sobre esta casa.” La habitación quedó en completo silencio. Fernando, quien había subido tras don Augusto, observaba desde el umbral con una mezcla de horror y fascinación.

La joven sirvienta Carmela se mantenía en las sombras apretando contra su pecho la carta que había encontrado entre los cafetales. Amigos que me están escuchando, si esta historia los está atrapando tanto como a mí, no olviden suscribirse al canal y activar las notificaciones para no perderse ninguna de nuestras historias.

 Me encantaría saber desde qué rincón de México o del mundo están escuchando esta terrible historia veracruzana. Ahora regresemos a ese fatídico momento en la hacienda El Cafetal. No digas tonterías, hija. Estás delirando por la fiebre. Intentó calmarla don Augusto, acercándose a ella con falsa preocupación paternal. Fiebre.

No, padre, lo que tengo es claridad. Por fin veo lo que has hecho, lo que hiciste con Etién. Un murmullo recorrió la habitación. El doctor Méndez, que había estado atendiendo a los invitados enfermos, miró con interés la escena que se desarrollaba. “Señorita Lucía, debe descansar”, intervino el médico.

 “Varios de sus invitados han sido envenenados y necesitamos determinar envenenados.” Lucía soltó una risa que el heló la sangre de todos los presentes. Sí, doctor. Envenenados, igual que intentaron envenenarme a mí durante semanas para que olvidara, para que me volviera dócil y aceptara casarme con Fernando.

 Don Augusto dio un paso atrás y tropezando con un pequeño taburete. Su rostro se había tornado del color de la ceniza. Hija mía, el dolor te hace decir locuras. Todos sabemos que has estado enferma. Enferma por el arsénico que has estado poniendo en mi té, gritó Lucía, y su voz resonó por toda la hacienda. El mismo veneno que usaste hoy, pero te equivocaste.

 ¿No calculaste bien las dosis o alguien interfirió con tus planes? Fernando avanzó hacia el centro de la habitación. ¿De qué está hablando don Augusto? ¿Quién es Etién? Fue Carmela quien respondió dando un paso adelante con la carta en la mano. Etien Dubois, el comerciante francés que visitó la hacienda hace 6 meses, el hombre que la señorita Lucía amaba y con quien planeaba escapar.

 El hombre que mi padre mandó asesinar, completó Lucía. Su mirada se dirigió hacia la ventana, hacia el cafetal, donde los trabajadores habían encontrado los restos. Sus huesos están enterrados bajo los cafetos más jóvenes, ¿no es así, padre? El silencio que siguió fue la confesión que todos necesitaban. Don Augusto Herrera, el respetado ascendado español, bajó la mirada por primera vez en su vida.

 Era un don nadie, murmuró finalmente. Un aventurero sin fortuna ni apellido que quería robarse lo más valioso de nuestra familia. no podía permitirlo. “¿Y por eso envenenaste a tu propia hija?”, preguntó horrorizado el Dr. Méndez para mantenerla controlada. “Pequeñas dosis”, confesó don Augusto con una frialdad escalofriante.

 “Solo lo suficiente para mantenerla débil, obediente, para que olvidara esa tontería y aceptara el matrimonio conveniente con los Monteros.” Fernando retrocedió como si hubiera recibido un golpe físico. Pero hoy, continuó Lucía, avanzando hacia su padre. Hoy quisiste asegurarte de que nadie descubriera tu secreto. Envenenaste el vino, pero solo el de ciertas copas, las de aquellos que comenzaban a hacer preguntas incómodas.

Mentira! Gritó don Augusto, pero su voz carecía de convicción.Doña Juana, quien había permanecido en silencio, dio un paso al frente. No es mentira. Yo lo vi. Lo vi cambiando las copas, poniendo algo en ellas antes de que fueran servidas. Por eso intentó culparme a mí, a la vieja indígena que nadie creería.

 Delor Méndez se acercó a examinar a uno de los invitados que ycía inconsciente en un diván. Arsénico confirmó. Los síntomas son inconfundibles. Algunos podrán salvarse si actuamos rápido, pero me temo que para el señor Velasco y doña Mercedes es demasiado tarde. Don Augusto miró a su alrededor, acorralado por las acusaciones, por la verdad que finalmente salía a la luz.

Todo lo hice por esta familia, por nuestro apellido, por nuestra posición, balbuceó. Tú no entiendes lo que significa mantener un legado, Lucía. Ese francés te habría llevado a la miseria. Me habría llevado al amor, respondió ella con una calma aterradora. Algo que nunca entenderás. Con un movimiento rápido que nadie anticipó.

 Lucía sacó de entre los pliegues de su vestido rojo un pequeño frasco de cristal. ¿Sabes qué he aprendido durante estos meses, padre? He aprendido a reconocer el sabor del veneno. He aprendido a guardarlo en lugar de beberlo. Antes de que nadie pudiera detenerla, Lucía avanzó hacia su padre y en un abrazo que parecía de reconciliación derramó el contenido del frasco en la copa que don Augusto aún sostenía en su mano.

 No tendrás que preocuparte más por el escándalo, padre. No habrá juicio ni vergüenza pública para el apellido Herrera. Don Augusto miró la copa, luego a su hija, comprendiendo el significado de sus palabras. Lucía, yo bebe, ordenó ella con una voz que no admitía réplica. Bebe como yo lo he hecho durante meses, sabiendo que cada sorbo acercaba a la muerte.

 La habitación quedó sumida en un silencio sepulcral. Nadie se atrevió a intervenir cuando don Augusto, derrotado por primera vez en su vida, alzó la copa hacia sus labios. Sus manos temblaban. Antes de beber, miró directamente a los ojos de su hija. Siempre fuiste demasiado parecida a tu madre, demasiado rebelde, demasiado apasionada. Bebió.

 El efecto no tardó en manifestarse. En menos de una hora, don Augusto Herrera, el poderoso hacendado, yacía muerto en la misma casa donde había planeado celebrar el compromiso de su hija. La noticia oficial que circuló por Veracruz fue que había fallecido de un ataque al corazón, devastado por la tragedia ocurrida en su banquete.

 Lucía, la novia de Rojo, nunca se casó. La hacienda, el cafetal pasó a sus manos y, para sorpresa de todos la convirtió en una cooperativa donde los trabajadores tenían participación en las ganancias, algo inaudito para la época. Fernando Montero regresó a Europa, incapaz de superar la vergüenza y el horror de lo ocurrido.

 La joven administró la hacienda con mano firme durante años, siempre vestida de rojo, siempre sola. Los rumores decían que en las noches de luna llena se la podía ver caminando entre los cafetales, conversando con un hombre invisible. Otros juraban que en el aniversario del fatídico banquete la casa se iluminaba como si la fiesta continuara y se podían escuchar risas y música donde solo había silencio.

 50 años después, cuando Lucía Herrera murió, fue enterrada junto a los restos de Etien Dubois, que ella misma había recuperado del cafetal. La hacienda pasó a manos del gobierno y eventualmente fue abandonada. Hoy la casa de la novia roja es un sitio turístico en Veracruz. Los guías cuentan la historia de amor y venganza, de veneno y justicia.

 Y muchos visitantes juran que en ciertas noches, cuando el viento sopla desde el mar, pueden ver a una mujer de vestido rojo contemplando el horizonte desde el balcón, esperando eternamente el regreso de su amor perdido. Lo que pocos saben es que entre las ruinas de la antigua Hacienda, en un compartimento secreto de la recámara principal, aún se conserva intacto el diario de Lucía, donde escribió La verdadera historia del banquete bajo sospecha y de cómo en una sola noche una novia vestida de rojo cambió el destino de dos familias y se convirtió en

leyenda. M.