Las Hermanas de San Jerónimo — Mantuvieron a su Madre Encadenada en el Pozo (1886)

San Jerónimo era un pueblo pequeño y somnoliento en las afueras de San Luis Potosí, de esos lugares donde todos conocían los secretos de todos, o al menos eso creían. En 1886, las calles empedradas y las casas de cantera rosa mantenían el mismo ritmo pausado de siempre. Los comerciantes abrían sus puertas al amanecer, las señoras asistían a misa diariamente y los niños jugaban en la plaza central bajo la sombra de los fresnos.
Pero había una propiedad que siempre despertaba susurros cuando se pasaba frente a ella, la casona de las hermanas Valenzuela. La residencia se erguía al final de la calle principal, rodeada por un muro alto de piedra, cubierto parcialmente por bugambilias, que con sus flores fucsia parecían intentar suavizar la severidad de la estructura.
Detrás de ese muro vivían las hermanas Valenzuela, Consuelo, Dolores y Margarita, quienes raramente se dejaban ver en el pueblo. Si estás disfrutando esta historia, te invito a que te suscribas al canal. para no perderte ninguna de nuestras narraciones. Y cuéntame en los comentarios desde qué parte de México o del mundo estás escuchando esta historia de San Jerónimo.
Ahora continuemos con el relato de las misteriosas hermanas Valenzuela. Consuelo, la mayor con 38 años, era quien ocasionalmente salía para comprar víveres o hablar con el párroco. Su rostro afilado y su mirada penetrante intimidaban a quien se atreviera a sostenerle la vista. Siempre vestía de negro, como si estuviera de luto perpetuo, y llevaba el cabello recogido en un moño tan apretado que parecía estirarle las facciones.
Dolores de 35 años era vista con menos frecuencia y cuando aparecía lo hacía como una sombra detrás de su hermana mayor, con la mirada fija en el suelo y las manos siempre inquietas, jugueteando con el rosario que nunca abandonaba. Margarita, la menor con 33 años, era prácticamente un fantasma para los habitantes del pueblo.
Algunos jóvenes juraban haberla visto asomarse por las ventanas superiores al anochecer, pero nadie podía confirmarlo con certeza. La Casona había pertenecido a los Valenzuela por generaciones, una familia que había amasado su fortuna durante el periodo colonial gracias a inversiones en minas de plata. Don Augusto Valenzuela, el padre, había fallecido cuando las niñas eran pequeñas, dejando a doña Catalina como única tutora de las tres y administradora de una considerable fortuna.
Era precisamente doña Catalina quien ocupaba los pensamientos y conversaciones de los habitantes de San Jerónimo. Hacía 5 años que nadie la había visto. Su desaparición había ocurrido de manera tan repentina que generó todo tipo de especulaciones. Las hermanas habían explicado que su madre había decidido retirarse a un convento en la ciudad de México, buscando paz espiritual en sus años de vejez.
Pero algo en esa historia no terminaba de convencer a los más suspicaces del pueblo. ¿Han notado que las cartas que supuestamente envía doña Catalina desde el convento siempre las leen las hermanas, pero nadie más las ha visto?”, comentaba doña Mercedes, la panadera, mientras amasaba el pan de cada mañana. Y es extraño que decidiera irse sin despedirse de nadie, ni siquiera del padre Tomás, con lo devota que era, añadía su ayudante, bajando la voz, aunque no hubiera nadie más en la panadería. Los rumores se multiplicaron
con el paso del tiempo. Algunos decían que doña Catalina había oído con un amante, lo cual parecía absurdo, considerando su edad y su conocida severidad. Otros sugerían que había enfermado y las hijas la mantenían oculta para no perder el control de la fortuna familiar. Los más imaginativos llegaban a sugerir que había sido asesinada por sus propias hijas, hartas de su control opresivo.
El jardín de la Casona, antes meticulosamente cuidado por jardineros contratados, ahora crecía salvaje con hierbas que se alzaban entre los rosales descuidados. El pozo de piedra ubicado en el centro del patio trasero, parecía ser el único punto de la propiedad que recibía atención regular. Las hermanas eran vistas a menudo cerca de él y algunos vecinos cuyas propiedades colindaban con la parte trasera de la casona, juraban escuchar extraños sonidos provenientes de esa zona durante las noches.
La rutina de San Jerónimo continuaba su curso y la historia de las hermanas Valenzuela habría permanecido como un simple rumor más si no fuera por la llegada del comisario Javier Mendoza. Originario de la Ciudad de México, Mendoza, había sido enviado a San Jerónimo para sustituir al anterior comisario, quien se había retirado después de 30 años de servicio, sin haber resuelto nunca un caso más complejo que algún robo menor o disputas por tierras.
Mendoza era diferente. A sus 40 años traía consigo una mirada fresca y una formación que incluía estudios en criminología en Francia. Su presencia causó revuelo entre las solteras del pueblo. No solo por su aparienciadistinguida, alto, de bigote bien recortado y ojos color avellana, sino por su educación y sus modales refinados, poco comunes en aquel rincón.
olvidado de San Luis Potosí. Durante sus primeros días en el pueblo, el comisario Mendoza se dedicó a familiarizarse con los habitantes y sus costumbres. Fue durante una de estas conversaciones informales en la cantina del pueblo cuando escuchó por primera vez sobre el misterio de las hermanas Valenzuela.
Y esa casona al final de la calle principal parece abandonada, pero he visto movimiento. Preguntó mientras tomaba un trago de mezcal. El cantinero, don Ramón, miró a su alrededor antes de inclinarse sobre la barra para responder en voz baja. Esa es la casa de las hermanas Valenzuela. Viven ahí desde siempre, pero desde que su madre desapareció se han vuelto más reservadas.
desapareció. ¿Se presentó alguna denuncia? El instinto del comisario se activó de inmediato. No, no. Según ellas, se fue voluntariamente a un convento. Pero, pero nadie ha visto ninguna prueba de ello y doña Catalina no era el tipo de persona que se retiraría del mundo sin hacer un anuncio formal.
Era una mujer orgullosa, muy consciente de su posición social. La curiosidad de Mendoza creció en los días siguientes. Observó la casona desde la distancia, notando detalles que otros pasaban por alto, las cortinas que se movían ligeramente, aunque no hubiera viento, el humo que salía de la chimenea incluso en días cálidos y lo más intrigante, las visitas nocturnas de las hermanas al pozo del patio trasero.
Una tarde decidió presentarse formalmente, caminó hasta la casona y llamó a la pesada puerta de madera. Después de varios minutos, la puerta se abrió apenas lo suficiente para revelar el rostro austero de Consuelo Valenzuela. Sí, su voz era fría como el mármol. Buenas tardes, señorita. Soy el comisario Javier Mendoza.
Me estoy presentando con todos los vecinos notables del pueblo. No necesitamos la asistencia de la comisaría. Gracias. Antes de que pudiera cerrar la puerta, Mendoza añadió, “Me han hablado mucho de su madre, doña Catalina. Me gustaría saber si tienen noticias recientes de ella.” El rostro de consuelo se tensó visiblemente. Por un instante, el comisario creyó ver pánico en sus ojos.
Nuestra madre está perfectamente bien en su convento. Le transmitiremos sus saludos en nuestra próxima carta. Buenas tardes, comisario. La puerta se cerró con firmeza, pero no antes de que Mendoza alcanzara a ver una figura más pequeña en el fondo del pasillo. Era Margarita, la hermana menor, observándolo con una expresión que no supo interpretar.
era miedo o una súplica silenciosa. Esa noche, mientras revisaba sus notas en la pequeña oficina que le habían asignado, Mendoza tomó una decisión. Algo no encajaba en la historia de las hermanas Valenzuela y la desaparición de su madre, y él estaba determinado a descubrir qué era, aunque tuviera que remover cada piedra de San Jerónimo para lograrlo.
Lo que no sabía es que algunas piedras, como el viejo pozo de la Cazona Valenzuela, ocultaban secretos mucho más oscuros de lo que podía imaginar. El trayecto de regreso a casa era el momento que más detestaba consuelo. Cada paso por el camino empedrado de San Jerónimo le recordaba que volvía a la prisión que compartía con sus hermanas. era 1886 y las tres seguían atadas a la cazona familiar como si el tiempo se hubiera detenido.
Mientras caminaba con la canasta de víveres, recordó aquella tarde de julio de 1881 cuando todo comenzó a cambiar. Su madre, doña Catalina Montero, viuda del respetado ascendado Antonio Valenzuela, había reunido a sus tres hijas en el salón principal. Si estás disfrutando esta historia, te invito a que te suscribas al canal. Cuéntame en los comentarios desde qué parte de México me estás viendo.
Ahora continuemos con esta inquietante historia. Mis hijas, había dicho doña Catalina con aquel tono que helaba la sangre, esta casa y todo lo que poseo será para ustedes, pero mientras yo viva, no permitiré que ningún hombre las aparte de mí. Consuelo cerró los ojos mientras el recuerdo se hacía más vívido.
Su madre siempre había sido controladora, pero después de la muerte de su padre, su comportamiento se volvió obsesivo. Las tres hermanas Valenzuela eran consideradas buenas partidas en San Jerónimo, educadas, de buena familia y con una herencia considerable, esperándolas. Sin embargo, doña Catalina se había encargado de alejar a cualquier pretendiente.
A sus 38 años, Consuelo ya había renunciado a la idea del matrimonio. Dolores, de 35, mantenía una débil esperanza, mientras que Margarita, la menor con 33, aún soñaba con escapar algún día. El caso de Fernando Álvarez había sido particularmente doloroso para Consuelo. Comerciante respetado de San Luis Potosí, había quedado prendado de ella durante una visita a la iglesia del pueblo.
Durante meses, Fernando enviócartas y pequeños obsequios hasta que finalmente pidió permiso para cortejarla formalmente. Jamás permitiré que un oportunista sin apellido se lleve a mi hija. Había sentenciado doña Catalina rompiendo las cartas frente a Consuelo. ¿Crees que te quiere a ti? Lo que busca es nuestra fortuna. Aquella noche Consuelo había llorado hasta quedarse dormida.
A la mañana siguiente encontró a su madre quemando los regalos de Fernando en el patio trasero. El caso de Dolores no había sido mejor. Enamorada del médico del pueblo, Ernesto Vega, había mantenido un romance secreto durante casi un año. Cuando doña Catalina lo descubrió, acusó públicamente al doctor de conducta impropia, forzándolo a abandonar San Jerónimo para salvar su reputación.
El diario de Dolores escondido bajo una tabla suelta en su habitación revelaba el tormento de aquellos días. Consuelo lo había encontrado por casualidad mientras buscaba un medallón perdido. “Hoy madre ha destruido mi última esperanza”, decía una entrada fechada en diciembre de 1879. Ernesto se ha ido y con él la posibilidad de una vida lejos de estas paredes.
Siento que el aire se vuelve más pesado cada día. A veces, cuando miro a madre, pensamientos terribles cruzan mi mente. Que Dios me perdone. Las páginas siguientes detallaban el descenso de dolores hacia una melancolía profunda, interrumpida solo por momentos de ira intensa dirigidos hacia su madre. La última entrada, escrita apenas dos meses antes de la desaparición de doña Catalina, era particularmente perturbadora.
Anoche soñé que éramos libres. En el sueño, madre ya no podía controlar nuestras vidas. Al despertar, me encontré de pie junto a su cama, observándola a dormir. Mis manos temblaban. Margarita dice que ha encontrado una solución. Mañana hablaremos las 3 cuando madre vaya a la iglesia. Consuelo nunca mencionó a Dolores que había leído su diario.
Algunas verdades era mejor mantenerlas en silencio. Margarita, siendo la menor, había sufrido quizás la vigilancia más estricta. Su belleza había atraído la atención de varios jóvenes del pueblo, pero ninguno logró acercarse lo suficiente antes de ser ahuyentado por doña Catalina. Las mujeres Valenzuela no necesitan hombres, repetía constantemente la madre. Los hombres traen sufrimiento.
Miren cómo quedé yo cuando su padre murió. Solas estaremos mejor. La realidad era que Antonio Valenzuela había sido un hombre bondadoso que adoraba a sus hijas. Su muerte repentina por una fiebre había transformado a doña Catalina en una mujer amargada y posesiva. El punto de quiebre llegó cuando Gabriel Mendoza, hijo de un ascendado vecino, comenzó a mostrar interés por Margarita.
A diferencia de los anteriores pretendientes, Gabriel era persistente y contaba con el respaldo de su influyente familia. Doña Catalina no podía simplemente ahuyentarlo sin consecuencias. Es un joven respetable, había argumentado Margarita durante una cena. Su familia es incluso más adinerada que la nuestra.
¿No puedes acusarlo de buscar nuestra fortuna? La respuesta de doña Catalina fue contundente. Un golpe seco de su mano contra la mejilla de Margarita resonó en el comedor. Mientras yo viva, ninguna de ustedes abandonará esta casa. ¿Me han entendido? Aquella noche las tres hermanas se reunieron en la habitación de Consuelo. Por primera vez hablaron abiertamente sobre su situación.
Esto no puede continuar”, había susurrado Margarita con la marca roja aún visible en su rostro. “No somos niñas. Tenemos derecho a vivir nuestras propias vidas.” “¿Y qué propones?”, preguntó Consuelo. Siempre la más prudente. Es nuestra madre. Además, legalmente todo le pertenece. He estado revisando los documentos de papá, intervino Dolores.
Encontré su testamento original en el despacho. La casa y la mitad de las propiedades nos fueron dejadas directamente a nosotras. Madre alteró los documentos que presentó ante el notario. Esta revelación cambió algo fundamental en las hermanas. La manipulación ya no era solo emocional, había cruzado al terreno legal.
A partir de esa noche, las dinámicas en la casona Valenzuela cambiaron sutilmente. Las hermanas comenzaron a planificar en secreto mientras aparentaban su misión ante su madre. Dolores se encargó de contactar discretamente a un abogado en San Luis Potosí para verificar la autenticidad del testamento original. Mientras tanto, los vecinos de San Jerónimo comenzaron a notar comportamientos extraños.
Doña Remedios, que vivía en la casa contigua, juró haber escuchado gritos provenientes del pozo de la propiedad Valenzuela en medio de la noche. Son como lamentos, como si alguien estuviera sufriendo, comentó la anciana al panadero del pueblo. Y después vi a las tres hermanas rodeando el pozo, murmurando algo que no alcancé a entender.
El rumor llegó eventualmente a oídos del recién nombrado comisario Javier Robles, quien decidió mantener un ojo vigilante sobre la casona y sushabitantes. Había algo en la historia de la familia Valenzuela que no encajaba. La tensión dentro de la casa alcanzó su punto máximo cuando Trinidad, la antigua sirvienta que había trabajado para la familia durante décadas, anunció su renuncia.
No puedo seguir en esta casa”, le dijo a Consuelo con voz temblorosa. “Lo que hacen por las noches, lo que le están haciendo. No quiero ser parte de esto. No sé de qué hablas, Trinidad”, respondió Consuelo con una calma estudiada. “Si te refieres a nuestras reuniones en el jardín, solo estamos rezando por el bienestar de madre.
” Trinidad sacudió la cabeza. He vivido lo suficiente para reconocer cuando algo maligno está ocurriendo. Que Dios las perdone por lo que han hecho. La partida de Trinidad dejó a las hermanas completamente solas en la casona, exactamente como habían planeado. Sin testigos, tenían libertad para continuar con lo que habían comenzado aquella noche de mayo de 1881, cuando la luna nueva ocultó sus acciones.
Pozo antiguo y profundo guardaba ahora un secreto que las tres hermanas compartían. Un secreto que se manifestaba en forma de gritos ahogados que ascendían desde sus profundidades en las noches más silenciosas. Mientras Consuelo finalmente llegaba a la entrada de la casona, con las compras del día, podía escuchar el murmullo de sus hermanas en el patio trasero.
La hora de la visita se acercaba. Con un suspiro, empujó la pesada puerta de madera y entró, dejando atrás la luz del día y sumergiéndose en las sombras que ahora gobernaban sus vidas. El comisario Robles, por su parte, había comenzado a recopilar testimonios discretamente. La desaparición de doña Catalina, explicada por las hermanas como un repentino viaje a la capital para recibir tratamiento médico, comenzaba a parecer cada vez más sospechosa, especialmente porque nadie había recibido correspondencia de ella
en todos estos años. Investigaré hasta el final”, se prometió el comisario, observando la casona Valenzuela desde la distancia. “Hay algo oscuro ocurriendo tras esos muros y voy a descubrir qué es.” Lo que el comisario no sabía era que estaba a punto de desentrañar uno de los secretos más perturbadores que San Jerónimo había presenciado jamás.
En aquel día de junio, el sol caía a plomo sobre San Jerónimo. Las calles empedradas reflejaban el calor como si fueran brasas y los pocos transeútes buscaban la escasa sombra que proyectaban los edificios. La casona de las Valenzuela permanecía como siempre con sus persianas entornadas, ajena al bullicio del pueblo que ya comenzaba a murmurar sobre la investigación del comisario Mendoza.
Fue entonces cuando una figura inesperada atravesó la plaza principal montado en un caballo zaino. Alejandro Montero, hijo del antiguo ascendado de la región y quien había partido hacia la capital atrás. regresaba a San Jerónimo. Su presencia no pasó inadvertida, especialmente porque todos recordaban su cortejo frustrado con la mayor de las hermanas Valenzuela.
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Ahora continuemos con el relato. Alejandro desmontó frente a la cantina del pueblo. No había cambiado mucho, aunque sus ropas finas y su porte delataban que la vida en la capital le había sentado bien. Después de refrescarse y ponerse al día con algunos conocidos, se dirigió hacia la casa de las Valenzuela. Los vecinos observaron con curiosidad cuando el hombre golpeó la pesada puerta de madera.
Fue Dolores quien abrió y su rostro palideció al instante. Alejandro, ¿qué haces aquí después de tantos años? He venido a resolver asuntos pendientes dolores. Puedo ver a Consuelo. Dentro de la casa, Consuelo se encontraba en el salón bordando. Al escuchar la voz de Alejandro, el bastidor cayó de sus manos.
Habían pasado casi 8 años desde la última vez que lo vio, desde aquella noche en que su madre lo había echado de la casa tras encontrarlos hablando a solas en el jardín. El encuentro fue tenso. Las tres hermanas recibieron a Alejandro en el salón principal, donde los retratos familiares parecían observar con desaprobación al visitante. Margarita, la menor, temblaba ligeramente mientras servía el té.
Me enteré del fallecimiento de doña Catalina”, mencionó Alejandro después de los saludos protocolarios. “Lamento mucho su pérdida.” Las tres hermanas intercambiaron miradas fugaces. Fue hace 5 años, respondió secamente Consuelo. La vida continúa, sin duda. Aunque me sorprende que ninguna de ustedes haya formado su propia familia, recuerdo que tu mayor deseo era tener hijos con suelo.
Un silencio incómodo llenó la habitación. Desde la cocina se escuchó el ruido de un plato al romperse. Esa misma tarde, el comisarioMendoza conversaba con Juana Morales, quien había sido sirvienta en la casa de las Valenzuela durante más de 20 años, hasta pocos días después de la supuesta muerte de doña Catalina.
“Cuénteme sobre la última noche que vio a la señora”, pidió el comisario mientras tomaba notas en su libreta. La anciana suspiró pasándose un pañuelo por la frente sudorosa. Fue una noche extraña, señor. La señora había tenido una discusión terrible con las niñas. Siempre les decía niñas, aunque ya eran mujeres hechas y derechas.
Todo comenzó porque doña Margarita había recibido una carta de un joven profesor de Guadalajara. La mujer relató como doña Catalina había encontrado la carta y montado en cólera. Había roto la misiva en pedazos y abofeteado a Margarita frente a sus hermanas. Esa noche escuché gritos más fuertes que nunca. Luego un golpe seco. Pensé en subir a ver qué ocurría, pero tenía miedo.
A la mañana siguiente, la señorita Consuelo me dijo que su madre había partido de viaje urgentemente a ver a una prima enferma en Zacatecas. Tres días después me despidieron con una generosa compensación y la promesa de que me recomendarían con otras familias. La anciana hizo una pausa antes de añadir. Lo que siempre me pareció extraño fue que la señora no se llevó ni una sola maleta.
Todas sus pertenencias quedaron en la casa. El comisario agradeció la información y se dirigió al despacho del notario del pueblo. Allí descubrió algo inquietante. Tres meses después de la supuesta partida de doña Catalina, las hermanas habían presentado un documento donde su madre les cedía todos sus bienes. La firma parecía auténtica, pero el notario confesó que nunca había visto a la señora firmar el documento personalmente.
Señoritas me aseguraron que su madre estaba indispuesta y no podía salir de su habitación. Confiando en la honorabilidad de la familia, acepté que ellas me trajeran los documentos firmados. Mientras tanto, en la casona, el ambiente se había enrarecido con la visita de Alejandro. Después de su partida, Consuelo se encerró en su habitación, negándose a cenar.
Dolores permaneció en silencio, mirando por la ventana hacia el pozo del patio. Y Margarita, la más frágil de las tres, comenzó a mostrar signos de una enfermedad repentina, fiebre, temblores y pesadillas que la hacían despertar gritando en medio de la noche. Fue durante una de estas crisis cuando el médico del pueblo fue llamado de urgencia. El Dr.
Suárez examinó a la menor de las valenzuela y recetó unos calmantes, pero al salir de la habitación escuchó algo que lo dejó helado. Madre, perdóname, no quise que te encerraran allí abajo. El médico comentó esto con el comisario Mendoza, quien decidió vigilar más de cerca la casona. Durante tres noches consecutivas observó como Consuelo y Dolores salían al patio trasero después de la medianoche, llevando lo que parecía ser un cuenco de comida y una lámpara.
Se acercaban al pozo, descubrían la tapa de madera y permanecían allí unos minutos antes de regresar a la casa. La situación empeoró cuando Margarita, en un estado febril, comenzó a delirar con más intensidad. Una noche intentó escapar de la casa gritando, “¡Está viva nuestra madre! Está viva.” Sus hermanas lograron detenerla y encerrarla en su habitación, explicando a los vecinos curiosos que la pobre sufría alucinaciones debido a la fiebre.
El comisario Mendoza decidió confrontar directamente a las hermanas mayores en un interrogatorio separado, ambas ofrecieron versiones contradictorias sobre los últimos días de su madre. Consuelo afirmó, “Nuestra madre partió hacia Zacatecas para cuidar a nuestra tía. Desafortunadamente, ambas se enfermaron de Tifus y fallecieron.
Recibimos la noticia mediante un telegrama que ya no conservamos. Dolores, por su parte, aseguró, mamá decidió retirarse a un convento en Querétaro para dedicar sus últimos años a la vida contemplativa. Nos pidió que no reveláramos su paradero, pues deseaba romper con su vida anterior. Hace dos años recibimos la noticia de su fallecimiento.
Ninguna pudo presentar pruebas de estas afirmaciones, ni cartas, ni telegramas, ni certificados de defunción. La tensión en la casa llegó a su punto crítico cuando Margarita, recuperada parcialmente de su fiebre, confrontó a sus hermanas durante la cena. “No puedo seguir viviendo así”, exclamó entre lágrimas.
“Cada noche la escucho llorar. Sus lamentos suben desde el pozo hasta mi ventana. Si no decimos la verdad, lo haré yo. Consuelo se levantó de un salto y abofeteó a su hermana menor. Cállate. No sabes lo que dices. La fiebre ha afectado tu mente. Sabes perfectamente que no es así, respondió Margarita limpiándose una gota de sangre del labio.
Lo que hicimos fue un acto atroz y Dios nos está castigando por ello. dolores. Siempre la mediadora intentó calmar los ánimos. Margarita, recuerda por qué lo hicimos. No teníamosalternativa. Ella nunca nos hubiera dejado ser libres. ¿Y acaso somos libres ahora? replicó la menor. Vivimos prisioneras de nuestro secreto, atadas a esta casa, tanto como ella está atada a ese pozo.
Lo que ninguna de las hermanas sabía era que el jardinero, quien trabajaba ocasionalmente en la propiedad, había escuchado la discusión mientras podaba los rosales bajo la ventana del comedor. horrorizado, acudió inmediatamente al comisario Mendoza para relatarle lo que había escuchado. El comisario decidió que era el momento de actuar.
Esa misma tarde, mientras revisaba el jardín trasero de la casona, con el pretexto de investigar un supuesto robo en las propiedades vecinas, descubrió un pequeño montículo de tierra recién removida junto al muro que separaba el jardín del huerto. Al excavar encontró una caja de madera que contenía objetos personales de doña Catalina, un rosario de plata, un diario personal y varias cartas dirigidas a un hombre llamado Ricardo Fuentes.
Las cartas revelaban un secreto que explicaba muchas cosas. Doña Catalina había mantenido un romance secreto en su juventud antes de casarse con el padre de las hermanas. Ricardo había sido el amor de su vida, pero la familia se opuso a la unión por ser él maestro sin fortuna. Las misivas, fechadas apenas 6 meses antes de la desaparición de la mujer, sugerían que los amantes planeaban reunirse después de tantos años.
Querido Ricardo, decía la última carta, después de tantos años de soledad, la idea de pasar mis últimos días a tu lado me llena de una alegría que creía imposible. Mis hijas son adultas ahora, aunque temo que nunca entenderán mi decisión, especialmente Consuelo, quien siempre ha sido la más apegada a las convenciones sociales.
Pero ya he vivido demasiado tiempo para los demás. Es hora de vivir para mí misma. Te esperaré como acordamos el próximo mes de mayo, cuando las jacarandas estén en flor. Esa noche el comisario Mendoza no pudo dormir. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar de una forma escalofriante. Al amanecer tomó una decisión.
Era hora de inspeccionar el pozo de la casona de las Valenzuela. Mientras tanto, en la casa, Margarita había tomado también una decisión. Aprovechando que sus hermanas dormían, se deslizó hasta el patio trasero, descubrió el pozo y con manos temblorosas encendió una lámpara para iluminar su interior.
“Madre”, susurró hacia la oscuridad, “he venido a liberarte. Esto debe terminar.” Desde la profundidad del pozo, un débil gemido le respondió. La tensión en la casona de las hermanas Valenzuela había alcanzado un punto insostenible. Esa mañana de julio, mientras los rayos del sol se filtraban por los vitrales de colores en la sala principal, Margarita, la menor de las hermanas, no pudo contener más el peso de su conciencia.
No puedo seguir viviendo así, dijo con voz quebrada, sosteniendo una taza de té que temblaba entre sus dedos pálidos. Cada noche la escucho llamarme. Ya no distingo si son sueños o si realmente me está llamando desde Consuelo se levantó bruscamente de su asiento, derramando su propio té sobre el mantel bordado.
Si estás disfrutando de esta historia, te invito a que te suscribas al canal para no perderte ningún relato. Cuéntame en los comentarios desde qué parte de México estás escuchando esta inquietante historia de San Jerónimo. ¡Cállate! No vas a arruinar todo lo que hemos construido”, gritó Consuelo, acercándose amenazadoramente a su hermana menor.
Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, ahora ardían con una mezcla de miedo y furia. ¿Quieres que nos encierren? ¿Quieres perderlo todo? Dolores, siempre la mediadora entre sus hermanas, intentó calmar los ánimos. Por favor, bajemos la voz. Las paredes escuchan y la señora Mendoza está en el jardín recogiendo hierbas.
Me importa un bledo, quien escuche, respondió Margarita poniéndose de pie. Voy a hablar con el comisario Belarde. No puedo cargar con esto ni un día más. Lo que siguió fue un caos. Consuelo se abalanzó sobre Margarita tapándole la boca con una mano mientras con la otra sujetaba sus muñecas. Dolores, dividida entre la lealtad a su hermana mayor y el amor por la pequeña Margarita, permaneció paralizada unos segundos antes de intervenir.
“Suéltala, Consuelo, la vas a lastimar”, exclamó separando a sus hermanas. Tenemos que hablar de esto como personas civilizadas. Cuando finalmente lograron calmarse, las tres se sentaron en el salón con las cortinas corridas. Afuera, la vida en San Jerónimo continuaba ajena al drama que se desarrollaba en la antigua Casona de los Valenzuela.
“Si hablas, nos destruyes a todas”, dijo Consuelo con una calma tenebrosa. “Lo hicimos juntas, lo decidimos juntas. Tu firma está en los documentos igual que las nuestras. Margarita soylozaba silenciosamente. Pero nunca pensé que sería así. Nunca imaginé que la mantendríamos ahí tanto tiempo. Solo iba a hacer un castigo,unas semanas para que entendiera.
¿Y qué querías? ¿Que la liberáramos para que nos denunciara? ¿Para que nos quitara todo y nos dejara en la calle? Respondió Dolores con una amargura inusual en ella. Mientras las hermanas discutían, el comisario Belarde había tomado una decisión. Los rumores persistentes, las contradicciones en las declaraciones de las hermanas y especialmente las palabras de la antigua sirvienta lo habían convencido de que algo siniestro ocurría en esa casa.
Esa misma tarde, aprovechando que las hermanas visitarían a la familia Montero para el bautizo del hijo menor, organizó una inspección discreta de la propiedad. Lo primero que encontraron fueron los objetos personales de doña Catalina. Enterrados en el jardín trasero bajo un rosal de flores blancas, descubrieron una caja de madera labrada que contenía un rosario de perlas, un camafeo con la fotografía del difunto don Augusto Valenzuela y varios documentos personales.
¿Por qué enterrar estos objetos si, como afirmaban las hermanas, su madre había partido voluntariamente a España? Pero el hallazgo verdaderamente perturbador ocurrió cuando el comisario decidió inspeccionar el pozo. Este se encontraba en un extremo de la propiedad, parcialmente oculto por una estructura de piedra y rodeado por una vegetación descuidada, como si intencionalmente quisieran mantenerlo fuera de vista.
Al descender con cuerdas y antorchas, el ayudante del comisario casi se desmaya ante lo que encontró. A unos 8 metros de profundidad, en una pequeña cavidad lateral natural que se abría en la pared del pozo, encontraron evidencia inequívoca de ocupación humana. Un camastro improvisado, restos de comida, un balde que servía como letrina y lo más estremecedor, cadenas fijadas a la roca.
Dios santo, murmuró el comisario cuando su ayudante le describió el hallazgo. Está, hay alguien ahí abajo. El ayudante negó con la cabeza. El lugar parece recién abandonado, señor. Hay comida que no lleva más de un día allí. Esto explicaba el comportamiento errático de las hermanas en los últimos días. Seguramente habían trasladado a su madre a otro lugar, alertadas por el creciente interés del comisario en el caso.
Esa noche, cuando las hermanas regresaron del bautizo, encontraron su casa rodeada por la policía. El comisario Belarde las esperaba en el salón principal, sentado cómodamente en el sillón que solía ocupar doña Catalina. Buenas noches, señoritas Valenzuela, dijo con una calma estudiada. Tenemos mucho de que hablar.
Lo que siguió fue una reconstrucción detallada de los acontecimientos de hace 5 años. Bajo la presión del interrogatorio y las evidencias encontradas, Dolores fue la primera en quebrarse. Todo había comenzado cuando Federico Montalbán, un acaudalado comerciante de Zacatecas, había pedido la mano de consuelo.
Para sorpresa de todos, doña Catalina se había opuesto férreamente a la unión, como había hecho con todos los pretendientes anteriores de sus hijas. Pero esta vez fue diferente. Consuelo, ya con 33 años y temiendo quedarse soltera para siempre, había decidido desafiar a su madre. La discusión esa noche fue brutal.
Doña Catalina amenazó con desheredarlas a todas si Consuelo se casaba. reveló que había modificado su testamento para dejar toda su fortuna a la iglesia si alguna de sus hijas contraía matrimonio sin su consentimiento. Nos dijo que éramos ingratas. Relataba dolores entre soyosos, que después de dedicar su vida a criarnos, la abandonaríamos por el primer hombre que nos mostrara atención.
Nos llamó traicioneras, inútiles. Fue entonces cuando Consuelo perdió el control. En un arrebato de furia acumulada durante décadas, empujó a su madre, quien cayó golpeándose la cabeza contra el borde de la mesa de mármol. No fue un golpe mortal, pero dejó a doña Catalina inconsciente por varias horas. Aterrorizadas por lo que podría suceder cuando su madre despertara, las hermanas tomaron una decisión fatal.
La encerrarían temporalmente en el pozo abandonado hasta que pudieran convencerla de aceptar el matrimonio de consuelo o en el peor de los casos, hasta que firmara un Nuevo Testamento. “Nunca quisimos hacerle daño permanente”, insistía Dolores. Solo queríamos libertad, poder decidir sobre nuestras propias vidas, pero los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses.
Federico Montalbán, cansado de las evasivas de consuelo, terminó casándose con otra mujer. El encierro, que debía ser temporal, se prolongó indefinidamente mientras las hermanas luchaban con su culpa y justificaban sus acciones. Ella nos encerró durante toda nuestra vida”, dijo Consuelo con una frialdad que heló la sangre del comisario.
“Solo le dimos un poco de su propia medicina.” Durante 5 años, las hermanas mantuvieron a doña Catalina cautiva en el pozo, bajándole comida diariamente y obligándola a firmar documentos que transferían gradualmente sus propiedadesa nombre de sus hijas. La mantenían con vida, pero en condiciones que ningún ser humano debería soportar.
¿Dónde está ahora?, preguntó el comisario, conteniendo su indignación. Las tres hermanas intercambiaron miradas. Finalmente, Margarita habló en la bodega de vinos. La trasladamos hace tres días cuando notamos que usted sospechaba algo. Está está viva, pero no es la misma persona. El comisario ordenó inmediatamente a sus hombres que registraran la bodega.
En efecto, tras una falsa pared encontraron una pequeña habitación donde doña Catalina Valenzuela, irreconocible por los años de cautiverio, yacía encadenada a una cama. Al verla, incluso los policías más experimentados tuvieron que apartar la mirada. La que una vez fue una orgullosa dama de sociedad, ahora era apenas una sombra.
Su cabello completamente blanco, su piel translúcida, sus ojos hundidos en cuencas oscurecidas y lo más perturbador, una sonrisa vacía que no abandonaba su rostro. “Mis niñas, mis buenas niñas han venido a visitarme”, murmuró con voz quebrada cuando los oficiales entraron en la habitación. “Me trajeron mi sopa. Es hora de mi sopa. La mañana del 14 de septiembre de 1886 quedó marcada para siempre en la historia de San Jerónimo.
El cielo estaba teñido de un gris plomizo, como si la naturaleza misma presintiera la gravedad de lo que estaba por descubrirse. El comisario Rivera, acompañado por tres oficiales y el médico del pueblo, llegó a la casona de los Valenzuela antes del amanecer. Las hermanas, sorprendidas en sus camisones de dormir, fueron confinadas a la sala principal, mientras los hombres se dirigían hacia el pozo.
Lo que encontraron allí superó incluso las peores sospechas. En las profundidades del pozo, iluminada apenas por la luz temblorosa de las linternas, apareció la figura esquelética de doña Catalina. La mujer irreconocible estaba encadenada a la pared húmeda, con grilletes oxidados en sus tobillos y muñecas que habían formado llagas profundas en su piel.
Su cabello, antes negro y abundante, era ahora una maraña blanca y rala. Sus ojos, hundidos en cuencas oscuras, reflejaban un vacío aterrador. El rescate fue lento y doloroso. Doña Catalina, incapaz de sostenerse en pie, tuvo que ser isada con cuerdas en una operación que duró casi 3 horas. Cuando finalmente emergió a la luz del día, su cuerpo se estremeció violentamente.
El Dr. Mendoza la examinó allí mismo en el patio trasero, y su diagnóstico fue devastador. Desnutrición severa, múltiples infecciones, ceguera parcial y un estado de deterioro mental profundo. Mis niñas fueron las primeras palabras que pronunció con voz quebrada, mirando a la nada. Ya terminó mi castigo. Mientras trasladaban a doña Catalina al hospital improvisado en la casa del médico, el comisario procedió con el arresto formal de las hermanas Valenzuela.
La escena conmovió incluso a los oficiales más experimentados. Las tres mujeres no opusieron resistencia, casi parecían aliviadas de que su secreto finalmente hubiera salido a la luz. Amigos que nos acompañan en esta historia tan impactante, no olviden suscribirse a nuestro canal para conocer más relatos de la historia oscura de México.
Déjos saber en los comentarios desde qué lugar nos están viendo y qué opinan de estas terribles hermanas. Y ahora continuemos con el desenlace de esta historia que sacudió a todo San Luis Potosí. La noticia se propagó por San Jerónimo como fuego en campo seco. Para el mediodía, una multitud se había congregado frente a la comisaría algunos curiosos, otros indignados, exigiendo justicia.
El caso trascendió rápidamente los límites del pequeño pueblo y llegó a oídos de las autoridades de San Luis Potosí, quienes enviaron representantes para tomar control de la investigación. El juicio contra las hermanas Valenzuela comenzó tres semanas después y se convirtió en el evento judicial más comentado del año.
El periódico El Sol de San Luis dedicó páginas enteras al caso, describiendo con detalle morboso las condiciones en que había sido encontrada doña Catalina y especulando sobre las motivaciones de las hijas. Durante el proceso, las revelaciones fueron surgiendo una tras otra, dibujando un cuadro familiar mucho más complejo de lo que cualquiera hubiera imaginado.
Consuelo, la mayor, fue la primera en testificar. Con una serenidad perturbadora, relató décadas de maltrato psicológico a manos de su madre. nos decía que éramos demasiado feas para casarnos, que nadie nos querría jamás, excepto por nuestra herencia”, declaró ante la corte. A Margarita le quemó las cartas de amor que recibió del hijo del hacendado Montoya.
A Dolores la encerró en el sótano por tres días cuando la encontró hablando con el maestro de música. Dolores, por su parte, describió cómo su madre había interferido sistemáticamente en cualquier posibilidad de matrimonio para sus hijas, convencida de que lospretendientes solo buscaban la fortuna familiar. nos decía que moriría de tristeza si la abandonábamos, que nuestro deber era cuidarla hasta su último aliento.
Pero fue el testimonio de Margarita el que conmocionó incluso a los más escépticos. La menor de las hermanas reveló los eventos de aquella noche fatídica de 1881, cuando doña Catalina, enfurecida al descubrir que Consuelo planeaba escaparse con su antiguo pretendiente, intentó envenenar la cena familiar. “Encontramos el veneno para ratas en su habitación”, soyó Margarita.
Fue Dolores quien notó el sabor extraño de la sopa y nos impidió seguir comiendo. Cuando confrontamos a nuestra madre, se rió y dijo que prefería vernos muertas antes que libres de ella. Esa noche, según el relato, las hermanas ataron a doña Catalina mientras dormía y la trasladaron al pozo con la intención inicial de asustarla, de darle una lección. Pero algo cambió en ellas.
Al principio bajábamos tres veces al día para alimentarla”, explicó Consuelo. Le suplicábamos que prometiera dejarnos vivir nuestras vidas. Ella solo respondía con maldiciones, jurando que si la liberábamos nos mataría mientras durmiéramos. Con el paso de los meses, el miedo y la costumbre normalización, lo impensable.
Las visitas al pozo se redujeron a dos. luego a una diaria y las hermanas comenzaron a tejer una red de mentiras para explicar la ausencia de su madre. El testimonio del médico añadió otro nivel de horror al caso. Doña Catalina había sobrevivido 5 años en condiciones que habrían matado a cualquier otra persona en cuestión de semanas.
Su cuerpo mostraba signos de haber comido insectos y ratas para complementar las escasas raciones que sus hijas le proporcionaban. El agua que goteaba de las paredes del pozo había sido su principal fuente de hidratación. La sociedad mexicana se dividió ante el caso. Para sorpresa de muchos, surgieron voces que defendían a las hermanas, argumentando que habían sido víctimas de un maltrato prolongado que las había llevado a la desesperación.
Otras voces, principalmente de la Iglesia y las clases conservadoras, condenaban el acto como una aberración imperdonable contra el sagrado vínculo maternal. El veredicto llegó después de dos meses de juicio. Las hermanas Valenzuela fueron declaradas culpables de secuestro y maltrato, pero con circunstancias atenuantes de enajenación mental temporal producto de años de abuso.
La sentencia fue de 12 años de reclusión en el hospicio de mujeres dementes de la Ciudad de México, considerado más un asilo que una prisión. Doña Catalina, por su parte, nunca recuperó completamente la lucidez. Pasó sus últimos años bajo el cuidado de las hermanas de la caridad en un convento de San Luis Potosí. Las pocas veces que hablaba era para preguntar por sus niñas o para murmurar oraciones incompletas.
murió en 1888, apenas dos años después de su rescate, llevándose a la tumba su versión de la historia. El caso de las hermanas Valenzuela tuvo repercusiones que trascendieron lo anecdótico. En 1890, parcialmente inspirado por este suceso, el gobernador de San Luis Potosí impulsó reformas a las leyes estatales sobre maltrato familiar, reconociendo por primera vez la violencia psicológica como una forma de abuso.
La casona de los Valenzuela permaneció vacía por décadas. Los intentos de venderla fracasaron debido a la macabra reputación que la envolvía. Finalmente, en 1912, durante los turbulentos años de la Revolución Mexicana, fue incendiada por tropas zapatistas que desconocían su historia.
Solo quedó en pie el brocal del pozo, como un monumento silencioso al horror que había albergado. Las hermanas nunca completaron su condena. Consuelo falleció de tuberculosis en 1893, mientras que Dolores y Margarita fueron liberadas anticipadamente en 1896 debido a su buena conducta y al asinamiento en el hospicio. Se establecieron en Veracruz bajo identidades falsas y según cuentan vivieron el resto de sus vidas en un modesto aislamiento, dedicadas a la costura y sin recibir jamás visitas.
Dicen los ancianos de San Jerónimo que en las noches de luna llena, si uno se acerca a las ruinas donde alguna vez se alzó la casona de los Valenzuela, puede escucharse el débil lamento de una mujer emergiendo de las profundidades de la tierra, llamando con voz quebrada a sus hijas en un eterno eco de una tragedia que nadie pudo prever y que todos prefirieron olvidar. M.
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