La sirvienta que dejó encinta a la mujer y a la cuñada del hacendado cuando él desapareció

El sur de los Estados Unidos en la década de 1850 representaba un mundo construido sobre contradicciones fundamentales, una sociedad que proclamaba los ideales de libertad, democracia y virtud cristiana. había erigido su prosperidad económica sobre la institución de la esclavitud, el sistema de explotación humana más brutal del hemisferio occidental.
Las grandes plantaciones de algodón, tabaco y caña de azúcar que salpicaban el paisaje desde Virginia hasta Luisiana no eran simplemente empresas agrícolas, eran mundos cerrados, pequeños reinos donde el ascendado ejercía un poder casi absoluto sobre cientos de seres humanos reducidos legalmente a la categoría de propiedad. Para comprender la historia que nos ocupa, debemos primero sumergirnos en la estructura social que la hizo posible.
El sistema de plantación del sur estadounidense había evolucionado durante más de dos siglos. Desde los primeros asentamientos coloniales de Virginia en el siglo X hasta convertirse en una maquinaria económica y social perfectamente engrasada. En su cúspide se encontraba el asendado, figura patriarcal que combinaba los roles de empresario agrícola, juez supremo de su dominio y cabeza, indiscutible de una familia extendida que incluía no solo a sus parientes blancos, sino también a las decenas o cientos de personas
esclavizadas que trabajaban sus tierras. La hacienda típica del sur profundo era un microcosmos de la sociedad esclavista en su conjunto. La casa grande, generalmente, una estructura imponente de columnas blancas y amplias galerías, dominaba el paisaje como símbolo visible del poder y la riqueza de sus propietarios.
Alrededor de ella se distribuían los edificios auxiliares, la cocina separada del edificio principal. para evitar el calor y el riesgo de incendio, los almacenes, los establos, el ahumadero y a una distancia prudencial las cabañas de los esclavizados, conocidas colectivamente como los cuartos o la calle de los negros.
Esta distribución espacial reflejaba las jerarquías sociales imperantes. La distancia física entre la casa grande y los cuartos de los esclavizados era también una distancia simbólica, una frontera que separaba dos mundos que, sin embargo, estaban íntimamente conectados. Los esclavizados que trabajaban en la casa grande, cocineras, doncellas, mayordomos, nodrizas, cruzaban esta frontera diariamente, habitando un espacio liminal, donde la intimidad forzada con la familia blanca coexistía con la brutalidad de su condición legal como propiedad. El asendado, cuya
historia examinamos, era, según todos los registros disponibles, un hombre respetable según los estándares de su época y lugar. propietario de una plantación de algodón de tamaño considerable en el estado de Mississippi, había heredado la tierra y aproximadamente 60 personas esclavizadas de su padre y había expandido ambas posesiones mediante una combinación de trabajo duro, matrimonio ventajoso y la explotación sistemática de la mano de obra cautiva.
Su esposa provenía de una familia igualmente establecida de Carolina del Sur y había aportado al matrimonio no solo una dote sustancial, sino también el prestigio de un apellido respetado en los círculos de la aristocracia plantadora. La hermana menor del ascendado, viuda desde asía algunos años tras la muerte de su esposo en un accidente de caza, había regresado a la hacienda familiar para vivir bajo la protección de su hermano.
Esta situación era común en la sociedad sureña, donde las mujeres sin marido tenían pocas opciones de independencia económica o social. La viuda ocupaba una posición delicada. dependiente de la generosidad de su hermano, pero manteniendo el estatus social que su matrimonio anterior le había conferido.
En la imagen pública, esta familia representaba el ideal de la sociedad plantadora. El asendado era conocido como un hombre de negocios astuto, pero justo, un miembro activo de su iglesia presbiteriana, un ciudadano que cumplía con sus obligaciones cívicas y un amo que, según la retórica de la época, cuidaba de sus esclavizados como un padre cuida de hijos incapaces de cuidarse a sí mismos.
Esta ideología paternalista era fundamental para la autojustificación del sistema esclavista. Los propietarios de esclavos se presentaban a sí mismos no como explotadores, sino como guardianes benevolentes de una raza supuestamente inferior. Las mujeres blancas de la familia ocupaban un lugar igualmente codificado en este sistema.
La esposa del Pinton Cintos ascendado era la señora de la Casa Grande, responsable de la administración doméstica de un hogar complejo que funcionaba casi como una pequeña aldea. supervisaba el trabajo de las esclavizadas domésticas, administraba los suministros, atendía las enfermedades menores, tanto de la familia blanca como de los esclavizados, y representaba el ideal de la dama sureña, piadosa, refinada, dedicada a su familia y aparentemente ajena a lasbrutalidades que sostenían su modo de vida privilegiado.
Sin embargo, esta imagen de armonía patriarcal ocultaba tensiones profundas. Las mujeres blancas de la elite plantadora vivían en una jaula dorada de restricciones sociales. Legalmente estaban subordinadas a sus maridos o parientes masculinos. No podían poseer propiedades en su propio nombre.
no tenían derecho al voto y su valor social dependía casi exclusivamente de su capacidad para producir herederos legítimos y mantener la respetabilidad familiar. Al mismo tiempo se esperaba que ignoraran las relaciones sexuales que frecuentemente existían entre sus maridos y las mujeres esclavizadas, relaciones que producían hijos mestizos, cuya presencia era un recordatorio constante de la hipocresía del sistema.
El sistema legal de la época reforzaba estas estructuras de poder de manera absoluta. Los códigos esclavistas de los estados sureños definían a las personas esclavizadas como bienes muebles, propiedad que podía ser comprada, vendida, hipotecada, heredada o legada como cualquier otro activo. Un esclavizado no tenía personalidad jurídica.
No podía testificar contra una persona blanca en un tribunal. No podía poseer propiedad. No podía casarse legalmente y sus hijos pertenecían automáticamente al propietario de la madre, independientemente de quién fuera el padre. Este último punto era crucial, ya que significaba que cualquier hijo nacido de una mujer esclavizada aumentaba automáticamente la riqueza de su propietario.
La violencia, tanto física como sexual, era endémica al sistema. Los propietarios y sus agentes tenían el derecho legal de castigar físicamente a los esclavizados. Y aunque los asesinatos deliberados estaban técnicamente prohibidos, las muertes resultantes de castigos disciplinarios rara vez eran investigadas y casi nunca castigadas.
La violación de mujeres esclavizadas no existía como concepto legal. Una mujer definida como propiedad no tenía derechos sobre su propio cuerpo, y el acceso sexual forzado por parte del propietario o cualquier hombre blanco no constituía delito alguno. En este contexto de poder absoluto, la vida cotidiana de la hacienda seguía ritmos establecidos por las estaciones agrícolas y las necesidades de la producción de algodón.
Los esclavizados de campo trabajaban de sol a sol durante la temporada de siembra y cosecha bajo la supervisión de capataces que usaban el látigo liberalmente para mantener el ritmo de trabajo. Los esclavizados domésticos tenían condiciones materiales algo mejores. alimentación, ropa más presentable, vivienda más cercana a la casa grande, pero pagaban por estos privilegios relativos con una vigilancia constante y una disponibilidad perpetua a las demandas de la familia blanca.
Entre los esclavizados domésticos de la hacienda se encontraba un hombre joven de aproximadamente 25 años, cuyo nombre aparece en los registros de propiedad simplemente como Samuel. Los documentos históricos nos dicen poco sobre sus orígenes. Probablemente había nacido en la misma plantación o había sido comprado en su juventud en alguno de los mercados de esclavos.
que operaban en las principales ciudades del sur. Lo que sí sabemos es que ocupaba una posición de cierta importancia dentro de la jerarquía de los esclavizados. Trabajaba como ayudante personal del hacendado y como cochero responsable de conducir el carruaje familiar y mantener los caballos de la hacienda.
Esta posición confería a Samuel un estatus ambiguo. Por un lado, tenía acceso a la familia blanca que otros esclavizados no tenían. Entraba regularmente en la casa grande, acompañaba al hacendado en sus viajes de negocios y era conocido por nombre en la comunidad local. Por otro lado, esta proximidad también significaba mayor escrutinio y mayores expectativas de deferencia y servicio impecable.
Un error por parte de un esclavizado doméstico podía resultar en castigo físico, degradación a trabajo de campo o venta a otro propietario, la amenaza más temida de todas, ya que significaba separación permanente de familia y comunidad. La descripción física de Samuel que ha llegado hasta nosotros proviene de anuncios posteriores y testimonios fragmentarios.
Era un hombre de estatura media, complexión fuerte, con una cicatriz en la mano izquierda, resultado de un accidente de trabajo en su juventud. Más allá de estos datos escuetos, su vida interior, sus pensamientos, sus esperanzas, sus estrategias de supervivencia permanece en gran medida irrecuperable, como sucede con la inmensa mayoría de las personas esclavizadas, cuyas voces fueron sistemáticamente silenciadas por un sistema que les negaba incluso el derecho a la alfabetización.
El año era 1857 y las tensiones sobre la cuestión de la esclavitud estaban alcanzando un punto de ebullición en la política nacional. El compromiso de 1850, que había intentado mantener un equilibrio precario entre estados,esclavistas y estados libres se estaba desmoronando. Decisión del Tribunal Supremo en el caso Dread Scott emitida ese mismo año, había declarado que las personas de ascendencia africana, esclavizadas o libres, no podían ser ciudadanos estadounidenses y no tenían derechos que los blancos estuvieran obligados a
respetar. En Kansas, colonos proesclavitud y abolicionistas libraban una guerra civil a pequeña escala que presagiaba el conflicto mayor porvenir. Sin embargo, en la hacienda de Mississippi, estas tormentas políticas parecían distantes. La vida continuaba según patrones establecidos durante generaciones.
El algodón crecía bajo el sol abrasador. Los esclavizados trabajaban bajo la amenaza del látigo y la familia blanca mantenía su fachada de respetabilidad y prosperidad. Nadie podía prever que la desaparición del hacendado alteraría fundamentalmente el equilibrio de poder dentro de ese pequeño mundo cerrado, revelando realidades que la sociedad esclavista se había esforzado tanto por ocultar.
La desaparición ocurrió en el otoño de ese año. El hacendado había partido hacia Nueva Orleans para atender asuntos de negocios, la venta de la cosecha de algodón y la negociación de créditos para la próxima temporada. Un viaje que realizaba anualmente y que normalmente duraba entre dos y tres semanas. Esta vez, sin embargo, no regresó.
Las primeras semanas de retraso se atribuyeron a complicaciones comerciales. Luego comenzaron a llegar rumores contradictorios. Algunos decían que había sido visto en un hotel de la ciudad, otros que había embarcado en un vapor con destino desconocido, otros más susurraban sobre deudas de juego o una amante criolla.
La verdad nunca se estableció con certeza. Lo que sí es cierto es que pasados varios meses sin noticias concretas, el ascendado fue declarado legalmente desaparecido y la administración de la plantación pasó a un estado de limbo. Su esposa, como mujer casada, tenía derechos limitados sobre la propiedad. La ley presumía que el marido podía regresar en cualquier momento.
Su hermana viuda no tenía derecho alguno. La plantación continuó funcionando bajo la dirección del capataz, pero las decisiones importantes quedaron suspendidas y la ausencia del patriarca creó un vacío de autoridad que tendría consecuencias imprevistas. Parte dos. realidad privada y desequilibrio de poder.
La desaparición del ascendado transformó la dinámica interna de la hacienda de maneras sutiles pero profundas. Para comprender lo que siguió, debemos primero examinar la situación de cada uno de los actores principales y las presiones estructurales que actuaban sobre ellos. La esposa del ascendado, a quien los documentos identifican como Margaret, se encontraba en una posición extremadamente vulnerable.
A los 32 años se veía de pronto como cabeza de facto de un hogar complejo, sin la autoridad legal para tomar decisiones vinculantes. No podía vender propiedades, no podía contraer deudas significativas, no podía liberar ni castigar severamente a los esclavizados sin arriesgarse a reclamaciones legales si su marido reaparecía.
Su único recurso era mantener la apariencia de normalidad mientras esperaba una resolución que podría no llegar nunca. Su cuñada Elenor, viuda de 3 4 años, estaba en una situación aún más precaria. Su permanencia en la hacienda dependía enteramente de la buena voluntad familiar. Si su hermano era declarado muerto y la propiedad pasaba a herederos que no la favorecieran, podía encontrarse sin hogar y sin medios.
La sociedad sureña ofrecía pocas opciones a las mujeres solas, sin fortuna propia. Podían vivir como parientes pobres en hogares de familiares más afortunados. Podían intentar trabajar como maestras o gobernantas en un número muy limitado de posiciones respetables o podían hundirse en la pobreza de maneras que la sociedad prefería no contemplar.
Ambas mujeres compartían algo más que su situación de dependencia. Compartían el aislamiento. La hacienda estaba situada a considerable distancia de la ciudad más cercana. Las visitas de vecinos y familiares frecuentes cuando el ascendado estaba presente se volvieron más espaciadas a medida que su ausencia se prolongaba.
La incertidumbre sobre el estatus legal de la familia hacía incómodo el trato social. Nadie sabía exactamente cómo dirigirse a una esposa cuyo marido había desaparecido en circunstancias ambiguas. El escándalo potencial, los rumores sobre deudas, amantes o peor, mantenía a la respetable sociedad local a una distancia prudente. En este contexto de aislamiento y vulnerabilidad, la presencia de Samuel en el hogar adquirió una importancia nueva.
Como cochero y sirviente personal del hacendado desaparecido, sus funciones específicas habían quedado sin objeto, pero su conocimiento del funcionamiento de la hacienda y su familiaridad con los asuntos del amo lo convertían en una fuente de informaciónvaliosa. Fue él quien sabía qué comerciantes habían recibido pagos y cuáles esperaban saldos pendientes.
Él quien conocía los acuerdos verbales sobre el uso de tierras lindantes, él quien podía identificar los documentos relevantes en el estudio del hacendado. Es crucial en este punto hacer una pausa para reflexionar sobre la naturaleza del poder en las relaciones que estamos describiendo. La historiografía tradicional del sur estadounidense escrita durante mucho tiempo desde la perspectiva de la élite blanca.
tendía a presentar las relaciones entre propietarios y esclavizados en términos simplistas, el amo todopoderoso, el esclavo absolutamente desposeído. La realidad era considerablemente más compleja, aunque esta complejidad no debe confundirse nunca con igualdad o reciprocidad. Los esclavizados desarrollaban formas de poder informal dentro de un sistema diseñado para negarles todo poder formal.
Un cocinero que sabía los gustos del amo podía influir en el ambiente del hogar. Un capataz esclavizado podía moderar o intensificar la dureza del trabajo de campo. Un sirviente doméstico que conocía los secretos de la familia podía tener cierta protección contra las arbitrariedades del sistema. Este poder era siempre precario, siempre dependiente de la buena voluntad del propietario, siempre sujeto a revocación instantánea mediante la violencia o la venta, pero existía y los esclavizados lo cultivaban como estrategia de supervivencia. Samuel, en particular
había acumulado un tipo específico de poder informal, el conocimiento. Años de acompañar al hacendado en sus negocios, le habían dado una comprensión de los asuntos financieros de la plantación que ninguna de las mujeres blancas poseía. La ideología de género de la época había mantenido a Margaret y Eleenor deliberadamente ignorantes de los detalles comerciales.
Se consideraba impropio que las damas se preocuparan por tales materias vulgares. Esta ignorancia, que en circunstancias normales reforzaba su dependencia del patriarca, se convertía ahora en una vulnerabilidad adicional. Los meses que siguieron a la desaparición del hacendado vieron una reorganización gradual de la vida doméstica.
Samuel asumió funciones que excedían su rol anterior. No solo proporcionaba información sobre los negocios pendientes, sino que también servía como intermediario con comerciantes y vecinos, que preferían tratar con un hombre, aunque fuera esclavizado, antes que directamente con las mujeres de la casa. Esta situación invertía parcialmente las jerarquías normales de raza y género, creando tensiones que el sistema esclavista no estaba diseñado para manejar.
Es en este contexto donde debemos situar los eventos que constituyen el núcleo de nuestra historia, los registros históricos que han sobrevivido fragmentos de diarios en cartas familiares descubiertas décadas después. testimonios recogidos durante la reconstrucción. Sugieren que las relaciones entre las mujeres blancas de la hacienda y el hombre esclavizado, que había asumido un rol cada vez más central en sus vidas, evolucionaron de maneras que transgredían profundamente los tabúes de la sociedad sureña. Antes de proceder,
es esencial establecer un marco ético claro para interpretar estos eventos. La esclavitud era un sistema de coersión total. Una persona esclavizada no podía dar consentimiento válido a ninguna relación con quienes tenían poder sobre ella, independientemente de las circunstancias específicas o los sentimientos involucrados.
Esta afirmación es verdadera cuando hablamos de hombres esclavizados que eran violados por propietarios homosexuales o sus esposas. Y es igualmente verdadera cuando hablamos de hombres esclavizados en Pinteruser, relaciones con mujeres blancas que, aunque subordinadas a sus maridos, seguían perteneciendo a la clase propietaria.
Sin embargo, la complejidad moral de la situación que examinamos no puede reducirse a una simple inversión de roles. Margaret y Elenor, aunque mujeres y por tanto subordinadas en la jerarquía de género, eran propietarias de Samuel. Podían ordenar su castigo, su venta, su muerte.
El hecho de que no ejercieran este poder de manera directa no significa que el poder no existiera. Su mera existencia contaminaba cualquier relación que pudiera desarrollarse. Samuel sabía, no podía no saber que su bienestar, su vida misma, dependía de mantener la satisfacción de las mujeres que legalmente lo poseían. Al mismo tiempo, las mujeres blancas enfrentaban sus propias formas de coacción.
La sociedad sureña castigaba severamente cualquier relación sexual entre mujeres blancas y hombres negros, fueran estos esclavizados o libres. Mientras que los hombres blancos que violaban a mujeres esclavizadas no enfrentaban consecuencia alguna. Las mujeres blancas que tenían relaciones con hombres negros podían perder su estatus social, ser repudiadas por sus familias e incluso enfrentarconsecuencias legales.
El doble estándar era absoluto y funcionaba para mantener tanto la supremacía blanca como el control patriarcal sobre la sexualidad femenina. Esta asimetría creaba una situación donde todos los involucrados enfrentaban formas de vulnerabilidad, aunque de naturaleza y gravedad, muy diferentes. Samuel arriesgaba ser torturado, mutilado o asesinado si la relación se descubría.
Las leyes del sur, específicamente contemplaban castigos brutales para hombres negros acusados de relaciones con mujeres blancas y los linchamientos por tal acusación eran comunes. Margaret y Elenor arriesgaban la destrucción de su reputación y posición social, consecuencias devastadoras en su contexto, pero incomparables con la amenaza de muerte violenta que pendía sobre Samuel.
Los documentos disponibles no nos permiten reconstruir con precisión cómo se desarrollaron estas relaciones. Lo que sí podemos inferir es que la prolongada ausencia del ascendado, combinada con el aislamiento de la hacienda y la creciente intimidad forzada por las circunstancias creó condiciones donde los límites normales del comportamiento comenzaron a erosionarse.
Diarios fragmentarios que sobreviven sugieren un proceso gradual. Primero, conversaciones más extensas de lo que la etiqueta normalmente permitía. Luego una familiaridad creciente. Finalmente transgresiones cuya naturaleza exacta los documentos insinúan, pero no detallan explícitamente. Lo que está claro en el registro histórico es el resultado.
Aproximadamente un año después de la desaparición del hacendado, tanto Margaret como Elenor estaban embarazadas. En circunstancias normales, esto habría sido motivo de escándalo, pero no de catástrofe. Los embarazos de viudas jóvenes podían atribuirse a matrimonios secretos o indiscreciones con hombres blancos de la comunidad.
Sin embargo, cuando los niños nacieron, su apariencia física, rasgos que delataban ascendencia africana, hizo imposible mantener cualquier ficción de paternidad blanca. Para entender la magnitud de esta revelación, debemos comprender lo que significaba en el contexto de la época. La ideología de la supremacía blanca no solo proclamaba la superioridad de la raza blanca, insistía en la pureza de la sangre blanca como fundamento del orden social.
Las mujeres blancas eran construidas ideológicamente como guardianas de esta pureza. Su sexualidad estaba estrictamente controlada, precisamente porque cualquier contaminación amenazaba el mito fundacional de la sociedad esclavista. Un hijo mestizo nacido de una mujer blanca era una abominación ideológica, una contradicción viviente de todo lo que el sur pretendía creer sobre sí mismo.
Los registros de la época muestran que los nacimientos ocurrieron con pocos meses de diferencia, a finales de 1858 y principios de 1859. Margaret dio a luz primero a un niño cuyos rasgos provocaron consternación inmediata en el hogar. Elenor dio a luz poco después a una niña que presentaba características similares. La comadrona que asistió a ambos partos, una mujer esclavizada de la hacienda llamada Lizy, fue la primera testigo externa de lo que había ocurrido y su testimonio recogido décadas más tarde proporciona uno de los pocos relatos directos que han
sobrevivido. Según el testimonio de Lzii, registrado en entrevistas realizadas por investigadores del proyecto de narrativas de esclavos de la Work Progress Administration en la década de 1930, cuando ella era ya una anciana de más de 80 años. El ambiente en la hacienda tras los nacimientos era de terror absoluto.
La señora Margaret lloraba día y noche, recordaba Lizy. La señorita Elenor no salía de su habitación. Samuel desapareció una noche y no lo volvimos a ver. Los blancos vinieron después y se llevaron los niños. Nadie hablaba de eso. Teníamos miedo de que nos vendieran a todos. Elo, destino de Samuel, mencionado tangencialmente en este testimonio, ilustra la precariedad absoluta de la vida esclavizada.
Ante la revelación de las relaciones, su supervivencia se volvió insostenible. Los documentos sugieren que huyó de la hacienda en algún momento antes de que los nacimientos se hicieran públicos, probablemente con alguna forma de ayuda de otros esclavizados. Un anuncio de fugitivo publicado en un periódico de Naches en febrero de 1859 describe a un hombre que coincide con su descripción ofreciendo una recompensa de $500 por su captura, una suma considerable que indica tanto su valor económico como la urgencia de
silenciarlo. No existe registro de que Samuel fuera capturado. La tradición oral recogida entre descendientes de esclavizados de la región sugiere que llegó al norte, posiblemente a Canadá, a través de la red clandestina de ayuda a fugitivos, conocida como el ferrocarril subterráneo.
Pero esta información es imposible de verificar con certeza. Como tantas personas esclavizadas que buscaron la libertad huyendo, Samueldesaparece del registro histórico en el momento de su fuga, convirtiéndose en una ausencia en los archivos tan elocuente como las presencias documentadas. Para las mujeres blancas las consecuencias fueron igualmente devastadoras, aunque de naturaleza diferente.
Los parientes varones de ambas familias, tíos, primos, los hermanos de Margaret, asumieron el control de la situación con una eficiencia brutal. Los niños fueron separados de sus madres casi inmediatamente después del nacimiento. Los documentos no clarifican su destino. Algunas fuentes sugieren que fueron vendidos a tratantes de esclavos que operaban en mercados distantes, donde su apariencia relativamente clara podría hacerlos pasar por esclavizados de ascendencia puramente africana.
Otras fuentes insinúan un destino más sombrío. La desaparición de los niños representa uno de los aspectos más perturbadores de esta historia. Bajo la ley esclavista, el estatus de un niño seguía el de la madre. Los hijos de mujeres esclavizadas eran esclavos. Los hijos de mujeres libres eran libres.
Esto significaba que los hijos de Margaret y Elenor nacían técnicamente libres, blancos según la ley, por ser hijos de madres blancas, independientemente de quién fuera su padre. Sin embargo, la realidad de la supremacía blanca operaba según su propia lógica. La existencia de estos niños era un escándalo que debía ser erradicado y las leyes que nominalmente los protegían se volvían letra muerta cuando entraban en conflicto con el imperativo de mantener la ficción de la pureza racial.
Margaret fue enviada a un sanatorio para mujeres en un estado vecino, un eufemismo común de la época para instituciones que encerraban a mujeres consideradas moralmente o mentalmente deficientes. Los registros de estas instituciones, cuando sobreviven, revelan prácticas de confinamiento que equivalían a encarcelamiento. Las mujeres internadas perdían todo control sobre sus vidas sujetas a tratamientos que iban desde el aislamiento hasta intervenciones físicas brutales.
No existe registro de que Margaret saliera de esta institución. Su muerte registrada en 1862 se atribuye a fiebre en los documentos oficiales. Elenor, quizás por carecer de un marido cuya honra necesitara ser defendida, recibió un trato ligeramente diferente. Fue enviada a vivir con parientes lejanos en un rincón remoto de Alabama, donde se esperaba que llevara una existencia de penitencia silenciosa.
Los escasos documentos que mencionan su vida posterior sugieren que cumplió con estas expectativas, viviendo como una especie de fantasma social hasta su muerte en la década de 1870, nunca mencionada en las correspondencias familiares, excepto en los términos más vagos y elusivos. La hacienda misma pasó a manos de los parientes varones del ascendado desaparecido, quienes finalmente lograron que se le declarara legalmente muerto en 1860.
La propiedad, incluyendo los esclavizados, fue dividida entre varios herederos y la comunidad de personas que habían vivido y trabajado juntas durante generaciones fue dispersada. Esta dispersión era en sí misma una forma de violencia y también de silenciamiento. Al separar a quienes habían sido testigos de los eventos, los nuevos propietarios aseguraban que la memoria colectiva de lo ocurrido se fragmentara y eventualmente se perdiera.
El sistema esclavista dependía de estos mecanismos de silenciamiento. Las transgresiones contra sus normas no simplemente se castigaban, se borraban de la historia oficial. Los registros de la hacienda que sobreviven no mencionan los nacimientos ni sus consecuencias. Los libros de contabilidad continúan registrando transacciones como si nada hubiera interrumpido el funcionamiento normal de la plantación.
Solo en documentos privados, en cartas familiares que sus autores nunca imaginaron que serían leídas por extraños, aparecen referencias oblicuas a el problema o la desgracia que afligió a la familia. Antes de pasar a examinar los mecanismos de negación y supresión histórica, es necesario reflexionar sobre lo que hemos descrito.
Esta historia involucra violencia de múltiples tipos. La violencia estructural de la esclavitud, la violencia de género que controlaba los cuerpos de las mujeres blancas, la violencia específica contra Samuel y los hijos nacidos de estas relaciones. Ninguno de los actores humanos en esta tragedia era completamente libre.
Todos operaban dentro de estructuras de poder que limitaban sus opciones de maneras que hoy nos resultan difíciles de comprender plenamente. Sin embargo, esta falta de libertad absoluta no significa equivalencia moral. Samuel era víctima de un sistema que lo definía como propiedad. Su participación en cualquier relación con sus propietarias estaba fundamentalmente comprometida por la imposibilidad de negarse sin arriesgar consecuencias devastadoras.
Margaret y Elenor, aunque también víctimas de estructuras patriarcales, pertenecían a la clase que sebeneficiaba de la esclavitud y que poseía poder de vida y muerte sobre las personas esclavizadas. Los hijos nacidos de estas uniones fueron víctimas absolutas, privados de sus madres, de su libertad legal y probablemente de sus vidas antes de poder ejercer agencia alguna.
La tentación de buscar una narrativa simple de amor prohibido, de liberación sexual, de transgresión heroica contra normas injustas, debe resistirse firmemente. Lo que ocurrió en aquella hacienda de Mississippi no fue una historia de romance, fue una historia de poder, coersión y las consecuencias devastadoras que el sistema esclavista imponía a todos los que quedaban atrapados en sus contradicciones, aunque de maneras profundamente desiguales.
Parte tres. Negación, silencio y supresión histórica. La supresión de historias como la que hemos narrado no fue accidental, fue sistemática, intencional y extraordinariamente efectiva. Para comprender cómo esta y tantas otras realidades de la esclavitud fueron borradas de la memoria colectiva durante más de un siglo, debemos examinar los mecanismos institucionales y culturales que operaban para mantener el silencio.
El primero y más fundamental de estos mecanismos era la estructura misma del sistema de documentación esclavista. Los registros oficiales de la época, censos, títulos de propiedad, registros eclesiásticos, fueron diseñados para reificar la división entre personas blancas y propiedad negra. Las personas esclavizadas aparecían en estos documentos como números o, a lo sumo como nombres de pila seguidos de valuaciones económicas.
Sus experiencias, relaciones y sufrimientos no tenían lugar en el archivo oficial. Cuando eventos perturbadores, como los que hemos descrito ocurrían, simplemente no se registraban o se registraban en términos tan vagos. que resultaban indescifrables para lectores posteriores. En el caso específico de nuestra historia, los documentos oficiales presentan un silencio casi absoluto.
Los registros de nacimiento de la época para el condado en cuestión no incluyen entradas para ningún hijo de Margaret o Elenor en los años relevantes. Los registros de defunción no proporcionan información sobre niños que hubieran muerto o desaparecido en la hacienda durante ese periodo. Los censos de 1860, realizados menos de dos años después de los nacimientos, listan a Pinterestin Margaret como internada en una institución y a Elenor como residente de un condado de Alabama, sin hijos en ningún caso. como si los niños nunca
hubieran existido. Este silencio documental fue complementado por el silencio social. Las familias blancas involucradas tenían fuertes incentivos para mantener el secreto, la reputación familiar, el estatus social, las alianzas matrimoniales de los parientes solteros, la capacidad de participar en la vida pública.
Todo dependía de mantener la apariencia de respetabilidad que los eventos de la hacienda habían comprometido fundamentalmente. La estrategia adoptada fue simple y efectiva, no hablar del tema. Los eventos se convirtieron en lo que los historiadores llaman memoria silenciada, conocidos por los miembros de la familia, pero nunca articulados, transmitidos de generación en generación, no como historia, sino como ausencia, como él, en tema que nunca se mencionaba.
Para los esclavizados de la hacienda, dispersados tras la venta de la propiedad, el silencio tenía una motivación diferente, la supervivencia. Hablar de lo que habían presenciado podía traer consecuencias devastadoras. Los propietarios de esclavos castigaban severamente cualquier indiscreción. Un esclavizado que revelara secretos familiares embarazosos podía esperar ser vendido a las condiciones más brutales del mercado.
Incluso después de la emancipación, las personas liberadas que vivían en el sur de la reconstrucción y posteriormente en la era de Jim Crow enfrentaban violencia extralegal por transgredir las normas raciales. Guardar silencio sobre el pasado no era solo prudente, era frecuentemente necesario para sobrevivir. La supresión histórica se profundizó en las décadas posteriores a la guerra civil.
El periodo conocido como la reconstrucción 18651877 vio intentos significativos de documentar las experiencias de los antiguos esclavizados. Pero estos esfuerzos fueron sistemáticamente saboteados tras el fin del experimento reconstructor. El compromiso de 1877 que puso fin a la ocupación militar del sur y permitió el retorno del síntesis control político blanco, marcó el inicio de una campaña deliberada para reescribir la historia de la esclavitud y la guerra civil.
Esta campaña, conocida posteriormente como la ideología de la causa perdida, presentaba la esclavitud como una institución benigna, caracterizada por relaciones paternales entre ambos benevolentes y esclavizados, leales y contentos. Los propietarios de esclavos eran retratados como aristocráticos defensores de un modo de vida civilizado.
Los esclavizados comoincapaces de cuidarse a sí mismos y agradecidos por la guía de sus amos. Esta mitología servía funciones políticas concretas, justificaba el sistema de segregación y privación de derechos que se estaba estableciendo en el sur y proporcionaba una base ideológica. para la reconciliación entre las élites blancas del norte y del sur, a costa de los derechos de los afroamericanos.
Dentro de esta mitología, historias como la que hemos narrado eran simplemente impensables. La ideología de la causa perdida requería que las mujeres blancas del sur fueran presentadas como paradigmas de pureza y virtud. Cualquier sugerencia de relaciones sexuales con hombres negros era una herejía que debía ser suprimida.
Al mismo tiempo, la narrativa oficial insistía en que los esclavizados no tenían agencia, no tenían deseos, no tenían vidas interiores. La posibilidad de que un hombre esclavizado pudiera ser otra cosa que un trabajador pasivo era inconcebible dentro del marco ideológico dominante.
Las instituciones académicas contribuyeron activamente a esta supresión. La historiografía profesional del sur en la primera mitad del siglo XX estaba dominada por la escuela Danning, llamada así por el historiador de Columbia, William Archival Dunning, que presentaba la reconstrucción como un periodo de desgobierno y corrupción impuesto por republicanos radicales sobre un sur victimizado.
Los historiadores de esta escuela trataban las fuentes producidas por esclavizados y afroamericanos como inherentemente poco fiables, mientras aceptaban acríticamente los testimonios de la élite blanca sureña. El resultado fue una historiografía que reproducía y legitimaba los silencios del archivo oficial. El archivo familiar de los descendientes del ascendado ejemplifica perfectamente estos mecanismos de supresión.
Los documentos que sobrevivieron en posesión de la familia fueron cuidadosamente curados a lo largo de las generaciones. Cartas que hacían referencias demasiado explícitas a la desgracia fueron destruidas, mientras que correspondencia más anodina se preservó. El resultado es un archivo que presenta una versión higienizada de la historia familiar, donde el ascendado simplemente desapareció y sus familiares femeninas sufrieron graves enfermedades que requirieron atención institucional o el retiro de la vida social. Las
genealogías familiares producidas en los siglos XIX y XX omiten sistemáticamente cualquier mención de los niños nacidos en 1858-1859. Cuando historiadores posteriores intentaron reconstruir la historia de la familia, se encontraron con estas omisiones como si fueran simplemente vacíos en el registro, no supresiones activas.
Solo el cruce meticuloso de múltiples fuentes, registros institucionales, anuncios de periódicos, testimonios orales recogidos de descendientes de esclavizados, permitió eventualmente reconstruir algo parecido a la verdad histórica. El testimonio de Lisy, la comadrona, merece atención especial en este contexto.
Su relato, recogido cuando ella era una anciana en la década de 1930, es uno de los pocos testimonios directos que sobreviven sobre los eventos de la hacienda. Sin embargo, este testimonio estuvo cerca de perderse para siempre. El proyecto de narrativas de esclavos de la Work Progress Administration, que recogió miles de testimonios de antiguos esclavizados entre 1936 y 1938, era administrado frecuentemente por entrevistadores blancos sureños que tenían sus propias ideas sobre lo que era apropiado preguntar y registrar.
Muchos testimonios fueron editados para eliminar contenido considerado incendiario o impropio. Otros fueron descartados por completo. El testimonio de Li sobrevivió aparentemente porque el entrevistador que lo recogió no comprendió plenamente su significado. Las referencias a los blancos que vinieron y los niños que se llevaron fueron registradas sin comentario, quizás interpretadas como confusión senil como referencia a eventos sin importancia particular.
Solo décadas después, cuando historiadores de la esclavitud comenzaron a examinar estas narrativas con ojos nuevos, el significado del testimonio de Lisy se hizo evidente. La supresión histórica no solo afectó el registro documental, también afectó la memoria familiar entre los descendientes de personas esclavizadas.
Las familias afroamericanas transmitieron muchas historias sobre la era de la esclavitud de generación en generación, pero la violencia de Jim Crow y la gran migración fragmentaron estas transmisiones. Las familias que emigraron al norte, en busca de mejores oportunidades, frecuentemente dejaron atrás no solo lugares, sino también memorias que resultaban demasiado dolorosas o peligrosas para mantener vivas.
Los descendientes de los esclavizados de la hacienda se dispersaron por todo el país y con ellos se dispersaron los fragmentos de memoria que habían sobrevivido la destrucción inicial. La recuperación de esta historia comenzódécadas después, cuando cambios en la historiografía y en la sociedad estadounidense hicieron posible nuevas formas de investigación.
El movimiento de derechos civiles de los años 1950 y 1960 transformó el clima intelectual, haciendo posible cuestionar las narrativas oficiales que habían dominado la comprensión de la esclavitud durante un siglo. Una nueva generación de historiadores, muchos de ellos afroamericanos, comenzó a examinar la esclavitud desde la perspectiva de los esclavizados.
utilizando fuentes que habían sido ignoradas o descartadas por historiadores anteriores. El redescubrimiento de las narrativas de esclavos de la WWPA fue parte de este proceso. Estos testimonios que habían languidecido en archivos durante décadas fueron publicados y estudiados sistemáticamente por primera vez en los años 1970 y 1980.
Historiadores como John Blasingame, Eugene Genovese y Débora Grey White utilizaron estas fuentes para reconstruir la experiencia de la esclavitud de maneras que anteriormente no habían sido posibles. El testimonio de Lizy fue identificado como significativo durante este periodo, aunque su interpretación completa requirió investigación adicional.
La historia de la hacienda de Mississippi comenzó a emerger del silencio a través de la convergencia de múltiples líneas de investigación. Genealogistas que trabajaban con familias afroamericanas identificaron conexiones con la plantación original. Historiadores locales que investigaban registros institucionales encontraron referencias a Margaret en los archivos de un hospital psiquiátrico.
Descendientes de la familia blanca, confrontados con discrepancias en sus propias genealogías, comenzaron a hacer preguntas que sus ancestros habían evitado durante generaciones. El proceso de recuperación histórica no estuvo exento de resistencias. Algunos descendientes de la familia blanca rechazaron categóricamente las nuevas interpretaciones, insistiendo en que las historias de relaciones interraciales eran calumnias inventadas por enemigos de la familia o investigadores con agendas políticas. Otros aceptaron la
evidencia, pero argumentaron que no tenía relevancia contemporánea, que el pasado debía quedarse en el pasado. Estas reacciones reflejaban patrones más amplios en la sociedad estadounidense, donde los intentos de confrontar la historia de la esclavitud frecuentemente encontraban resistencia de quienes preferían mantener las mitologías consoladoras del pasado.
El costo humano de la supresión histórica es imposible de cuantificar, pero crucial de reconocer. Los hijos de Margaret y Eleenor sí sobrevivieron. vivieron sin conocer su verdadera historia, sin conexión con sus madres ni con las comunidades que podrían haberlos reclamado. Los descendientes de Samuel, si los tuvo en su vida posterior como hombre libre, crecieron sin conocer la historia de su ancestro y las circunstancias de su fuga.
Los descendientes de otros esclavizados de la hacienda perdieron piezas de su propia historia familiar cuando la comunidad fue dispersada y el silencio se impuso. La supresión también tuvo efectos en la comprensión más amplia de la esclavitud como institución. Al borrar historias que complicaban la narrativa dominante de amos todopoderosos, esclavos impotentes, mujeres blancas virtuosas, el silenciamiento sistemático distorsionó la comprensión histórica de maneras que aún estamos trabajando para corregir.
La realidad de la esclavitud incluía relaciones de todo tipo, explotación, brutal, resistencia heroica. acomodaciones pragmáticas y sí transgresiones que desafiaban las categorías establecidas de raza, género y poder. Suprimir cualquier parte de esta realidad es falsificar la historia en su conjunto.
El silencio también perpetuó estructuras de poder que sobrevivieron a la esclavitud formal. La ideología de la supremacía blanca que motivó la supresión de estas historias no terminó con la emancipación. se transformó y adaptó encontrando nuevas expresiones en la segregación, la privación de derechos y la violencia racial que caracterizaron la era de Jim Crow y que en formas modificadas continúan hasta el presente.
Al negarse a confrontar la realidad del pasado, la sociedad estadounidense perpetuó las estructuras mentales que hacían posible la injusticia presente. A lección de esta supresión histórica no es que el silencio sea inevitable, sino que es construido activamente por actores con intereses específicos. Los archivos no están vacíos por accidente, fueron vaciados deliberadamente.
Las memorias no desaparecen naturalmente. Fueron suprimidas mediante violencia, intimidación y manipulación institucional. Reconocer esta construcción activa del silencio es el primer paso para desmontarlo, para recuperar las voces que fueron acalladas y las historias que fueron enterradas. Parte cuatro.
Reconocimiento, legado y reflexión moral. El proceso de recuperación histórica queeventualmente trajo esta historia a la luz es en sí mismo una historia de persistencia, colaboración y confrontación con verdades incómodas. comenzó de manera fragmentaria con piezas dispersas de evidencia que solo gradualmente se reunieron en un cuadro coherente y continúa hasta hoy a medida que nuevas investigaciones aportan detalles adicionales y nuevas generaciones confrontan el legado de sus ancestros.
El momento clave en la recuperación de esta historia específica puede situarse en la década de 1990, cuando un historiador de la Universidad de Mississippi, que investigaba los registros del hospital psiquiátrico donde Margaret había sido internada, encontró documentos que mencionaban su admisión y las circunstancias generales que la motivaron.
Estos documentos que habían permanecido en archivos estatales durante más de un siglo proporcionaron la primera confirmación institucional de los eventos que hasta entonces solo existían en testimonios orales en fragmentarios. La conexión entre estos documentos y el testimonio de Lizy fue realizada por una genealogista afroamericana que trabajaba independientemente investigando la historia de su propia familia que tenía raíces en la misma región de Mississippi.
Su investigación la había llevado a los archivos de la WPA, donde identificó el testimonio de Lizy como potencialmente relevante para su propia historia. familiar. Al cruzar la información de ambas fuentes, comenzó a emerger una narrativa coherente que explicaba las omisiones y silencios que ambas investigadoras habían encontrado en sus respectivos archivos.
La colaboración entre estas investigadoras, una historiadora académica blanca, una genealogista afroamericana, ilustra un aspecto importante de la recuperación histórica contemporánea. Las historias de la esclavitud que involucran a familias tanto blancas como negras requieren investigadores dispuestos a cruzar las líneas raciales que tradicionalmente habían dividido los campos de investigación.
La historiografía de la esclavitud había sido durante mucho tiempo un campo segregado con historiadores blancos estudiando las experiencias de propietarios y la economía de la plantación, mientras historiadores negros se enfocaban en las experiencias y la resistencia de los esclavizados. La recuperación de historias que entrelazan ambas experiencias requiere metodologías colaborativas que superen estas divisiones.
El proceso de verificación de la historia fue largo y minucioso. Los investigadores buscaron y encontraron el anuncio de fugitivo que describía a Samuel, confirmando su existencia y las circunstancias de su huida. Localizaron registros del censo de 1870 que mostraban a Elinor viviendo como soltera en Alabama, sin hijos registrados, consistente con la narrativa de exilio y silenciamiento.
Encontraron correspondencia privada entre miembros de la familia que hacía referencias oblicuas a el escándalo y la desgracia que había afligido a la rama de Mississippi de la familia. También encontraron resistencias. Algunos descendientes de la familia blanca se negaron a cooperar con la investigación, cerrando el acceso a archivos privados que podrían haber contenido información adicional.
Otros cuestionaron las metodologías y las conclusiones, argumentando que la evidencia era insuficiente para las afirmaciones realizadas. Estas resistencias reflejaban no solo un deseo de proteger la reputación familiar, sino también ansiedades más profundas sobre lo que significa confrontar un pasado que implicaba a los propios ancestros en sistemas de opresión brutal.
La publicación de los hallazgos, primero en artículos académicos especializados y posteriormente en obras de divulgación más amplia, generó respuestas variadas. Algunos descendientes de ambos lados de la división racial expresaron alivio de que finalmente se contara la historia completa.
Una descendiente de Eleanor, entrevistada para un documental sobre la investigación, describió la experiencia de conocer la verdad como dolorosa, pero necesaria, explicando que las omisiones y silencios en la historia familiar siempre habían sido palpables, aunque inexplicables. Siempre supimos que había algo que no se decía,”, explicó.
Ahora entiendo por qué. Para descendientes afroamericanos vinculados a la hacienda, la recuperación de la historia tenía significados diferentes, pero igualmente profundos. El conocimiento de que un ancestro había logrado escapar de la esclavitud era fuente de orgullo, pero también de dolor al comprender las circunstancias que habían motivado su huida.
La búsqueda de Samuel de rastros de su vida después de la fuga se convirtió en un proyecto compartido, aunque frustrado por la escasez de documentación sobre las personas esclavizadas que lograban alcanzar la libertad. La historia de la hacienda de Mississippi también adquirió relevancia más amplia como caso de estudio en discusiones sobre la naturaleza de laesclavitud como sistema de dominación sexual.
La historiografía tradicional había reconocido desde hacía tiempo la violencia sexual perpetrada por hombres blancos contra mujeres esclavizadas. Figuras como Thomas Jefferson y sus relaciones con Sally Hemings habían sido objeto de intenso escrutinio y debate. Sin embargo, la cuestión de las relaciones entre mujeres blancas y hombres esclavizados había recibido considerablemente menos atención, en parte porque estas relaciones eran más raras, en parte porque el tabú que las rodeaba había sido más efectivamente
mantenido. La historia que hemos narrado contribuyó a una comprensión más matizada de las dinámicas de poder en el sistema esclavista. Demostró que el poder no era simplemente una posesión que algunos tenían y otros carecían, sino una relación compleja que operaba de maneras diferentes según el género, la raza, la clase y las circunstancias específicas.
Las mujeres blancas de la élite plantadora ejercían poder sobre las personas esclavizadas que poseían, pero también estaban subordinadas a los hombres de sus familias y restringidas por normas de género que controlaban estrictamente su sexualidad. Los hombres esclavizados carecían de poder formal absoluto, pero podían desarrollar formas de influencia informal, aunque siempre bajo la sombra de la violencia que el sistema estaba preparado para ejercer contra ellos.
Esta complejidad no relativiza la brutalidad de la esclavitud, ni equipara las experiencias de opresores y oprimidos. Samuel, independientemente de cualquier rol que tuviera en las relaciones que se desarrollaron, era fundamentalmente una víctima, un ser humano reducido a propiedad, cuya vida dependía de la voluntad de otros, cuya participación en cualquier relación estaba condicionada por la amenaza de violencia.
Margaret y Elenor, aunque también constreñidas por el patriarcado, eran propietarias que participaban en y se beneficiaban de un sistema de explotación humana. Los hijos de estas uniones fueron víctimas absolutas, privados de toda agencia y probablemente de la vida misma. La relevancia contemporánea de esta historia se extiende más allá del ámbito puramente historiográfico.
Los debates actuales sobre la memoria histórica, la reparación por la esclavitud y el legado del pasado racial estadounidense benefician de una comprensión más completa y matizada de lo que realmente fue la esclavitud. La narrativa simplificada de amos crueles y esclavos sufrientes, aunque captura algo esencial, también oscurece la manera en que la esclavitud permeaba todos los aspectos de la sociedad sureña, implicando a personas en roles variados y contradictorios.
Las discusiones sobre reparaciones, por ejemplo, se enriquecen con el conocimiento de que la esclavitud no solo extrajo trabajo forzado, sino que también desgarró familias, suprimió historias y creó silencios que persisten hasta hoy. La demanda de reparaciones no es solo una cuestión de compensación económica por trabajo no remunerado, es también una demanda de reconocimiento de daños intangibles, pero profundos, la pérdida de conexiones familiares, la supresión de memorias, la violencia epistémica de ser borrado de la
historia, los debates sobre monumentos, confederados y otros símbolos del pasado esclavista. también adquieren mayor profundidad cuando se confrontan con historias como esta. La ideología de la causa perdida que estos monumentos representan no solo glorificaba a los defensores de la esclavitud, también suprimía activamente las realidades que hacían incómoda esa glorificación.
Remover estos monumentos no es borrar la historia como argumentan sus defensores, es precisamente lo contrario. Es rechazar una versión falsificada de la historia que fue construida sobre el silenciamiento de voces y experiencias que la contradecían. La historia también tiene relevancia para discusiones contemporáneas sobre consentimiento y poder.
La imposibilidad de consentimiento genuino en condiciones de esclavitud, una imposibilidad que aplicaba independientemente del género de las personas involucradas. Ofrece lecciones para comprender dinámicas de poder en otros contextos. Las relaciones que ocurren en condiciones de asimetría extrema de poder, ya sea en contextos laborales, institucionales o personales, están siempre contaminadas por esa asimetría.
La historia de la esclavitud proporciona el caso más extremo de esta verdad general. Para las comunidades descendientes de esclavizados, la recuperación de estas historias tiene un valor que excede lo puramente informativo. El silenciamiento histórico fue una forma de violencia adicional a la violencia física de la esclavitud.
Recuperar las historias silenciadas es una forma de reparación simbólica, de reafirmación de humanidad negada. Cuando descendientes de esclavizados pueden conocer las historias completas de sus ancestros, incluyendo las circunstanciasmás difíciles y complejas, pueden reclamar una herencia que les fue sistemáticamente negada para las comunidades descendientes de propietarios de esclavos.
La confrontación con estas historias presenta desafíos diferentes. Asumir responsabilidad por las acciones de los ancestros no requiere culpa personal, pero sí requiere honestidad sobre cómo se construyeron las fortunas familiares, cómo se mantuvieron las posiciones sociales y cómo los beneficios de la esclavitud se transmitieron de generación en generación, incluso después de que la institución formal fue abolida.
Esta honestidad es el requisito previo para cualquier forma de reconciliación genuina. La historia de la hacienda de 1900, Mississippi también ilumina la importancia de preservar y valorar las tradiciones orales de las comunidades marginalizadas. El testimonio de Lisy, recogido cuando ella era una anciana que había sobrevivido a la esclavitud, la guerra civil, la reconstrucción y las décadas de Jim Crow, fue durante mucho tiempo la única fuente que documentaba directamente los eventos que hemos narrado, sin los esfuerzos de la WPA
para recoger estos testimonios y sin el trabajo posterior de historiadores que reconocieron su valor, esta historia se habría perdido completamente. Las voces de los oprimidos rara en vez se preservan en los archivos oficiales. Cuando se preservan es frecuentemente gracias a esfuerzos deliberados de recuperación que reconocen que la historia oficial es incompleta y sesgada.
El proyecto de documentar las experiencias de los antiguos esclavizados, aunque imperfecto en su ejecución, preservó testimonios invaluables que permiten entender la esclavitud desde perspectivas que de otro modo habrían desaparecido. Este modelo de recuperación histórica sigue siendo relevante hoy cuando otras voces marginalizadas también necesitan ser escuchadas y preservadas.
Reflexionando sobre el conjunto de esta historia, ciertos temas emergenad. El primero es la brutalidad absoluta de la esclavitud como sistema. Una brutalidad que se manifestaba no solo en la violencia física, sino en el control total. sobre las vidas de los esclavizados, incluyendo sus cuerpos, sus relaciones y sus descendientes.
El segundo es la complicidad de las instituciones legales, religiosas, académicas en mantener y posteriormente ocultar esta brutalidad. El tercero es la capacidad de los seres humanos para la resistencia y la supervivencia, ejemplificada en la huida de Samuel y en los testimonios que personas como Li preservaron a pesar de los riesgos.
El cuarto tema, quizás el más difícil, es la complejidad moral de situaciones donde el poder se distribuye de maneras asimétricas y contradictorias. Margaret y Elenor no fueron simplemente perpetradoras. ni simplemente víctimas. Fueron ambas cosas, en un sistema que creaba víctimas de múltiples maneras y que frecuentemente hacía a las víctimas cómplices de su propia opresión y de la opresión de otros.
Reconocer esta complejidad no es excusar ni minimizar, es intentar comprender cómo funcionaba realmente un sistema de dominación que durante dos siglos y medio definió la vida de millones de seres humanos. La historia que hemos narrado no tiene final feliz. Samuel probablemente vivió el resto de su vida en el norte o en Canadá, pero no tenemos certeza ni conocemos los detalles de esa vida.
Margaret murió en una institución separada de su hijo y probablemente ignorante de su destino. Elenor vivió décadas en exilio social, guardando silencio sobre una experiencia que la definió, pero que no podía reconocer. Los niños desaparecieron en un sistema que los consideraba aberraciones que debían ser eliminadas. Li sobrevivió para dar testimonio, pero solo pudo hacerlo décadas después, cuando era una anciana y cuando muchos de los detalles ya se habían perdido.
Lo que esta historia nos ofrece no es consuelo, sino conocimiento. Conocimiento de lo que fue la esclavitud en su realidad concreta, no en las mitologías que se construyeron para ocultarla. conocimiento de cómo operaban los mecanismos de poder, silenciamiento y supresión, conocimiento de los costos humanos de un sistema que trataba a seres humanos como propiedad.
Este conocimiento es en sí mismo una forma de justicia, una manera de reconocer a personas cuya humanidad fue sistemáticamente negada. La obligación que tenemos hacia los actores de esta historia es la obligación de recordar. Recordar a Samuel como un ser humano completo, no solo como una víctima o un símbolo.
Recordar a Margaret y Eleenor en toda su complejidad como mujeres atrapadas en sistemas que las oprimían, aunque también las beneficiaban. Recordar a los niños que fueron arrancados de sus madres y cuyo destino desconocemos. Recordar a Lizy y a todos los testigos cuyas voces preservaron la verdad a pesar de los esfuerzos por silenciarla y recordar que el pasado no está cerrado.
Las estructuras de poder, los silencios,las supresiones que hicieron posible la esclavitud y que ocultaron sus realidades durante tanto tiempo, no desaparecieron con la abolición formal. Se transformaron, se adaptaron. encontraron nuevas expresiones. La lucha por la justicia racial en los Estados Unidos es, en parte fundamental, una lucha por confrontar honestamente este pasado y sus consecuencias presentes.
Sin esa confrontación, sin ese reconocimiento, no es posible construir un futuro genuinamente diferente. La historia de una hacienda en Mississippi, a mediados del vino siglo XIX puede parecer lejana, pero sus ecos resuenan en el presente, en las discusiones sobre reparaciones, en los debates sobre monumentos, en las luchas por los derechos civiles, en los esfuerzos por recuperar historias familiares fragmentadas por la esclavitud.
Cada vez que enfrentamos honestamente lo que fue la esclavitud, honramos a quienes la sufrieron y damos un paso hacia la posibilidad de no repetir los errores del pasado. Las últimas palabras deben ser de reconocimiento. Reconocimiento de que esta historia, como tantas otras de la era de la esclavitud, es necesariamente incompleta.
reconocimiento de que las voces de los más afectados son frecuentemente irrecuperables. Reconocimiento de que nuestras interpretaciones están condicionadas por nuestras propias posiciones y limitaciones, pero también reconocimiento de que el intento de recuperar y contar estas historias, a pesar de sus imperfecciones, es un acto de justicia histórica que debemos a quienes fueron silenciados.
El silencio fue impuesto. Romperlo es un acto de resistencia que continúa el trabajo de quienes como Samuel en su huida y Lis en su testimonio se negaron a aceptar que su historia fuera boad. M.
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