La Horrible Historia de los Hijos de Doña Teresa — Nacieron con el recuerdo de lo que ella hizo

¿Alguna vez te has preguntado si los recuerdos que tienes son realmente tuyos? En las calles Empedradas de Guadalajara, 1935, una joven sirvienta llamada Magdalena está a punto de descubrir que hay secretos que nunca deberían ser desenterrados. Mientras limpia la mansión de doña Teresa, escucha llantos infantiles tras las paredes y encuentra una misteriosa llave que abrirá puertas a horrores ancestrales que trascienden generaciones.

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 La ciudad de Guadalajara en 1935 no era lo que es hoy. En aquellos días, las calles empedradas aún resonaban con los ecos de la revolución. Y las cicatrices de la guerra cristera permanecían frescas en la memoria colectiva. El barrio de San Juan de Dios, con sus casas de adobe y tejas rojas, era un laberinto de historias susurradas al anochecer, cuando el aire se tornaba frío y las sombras se alargaban sobre las paredes encaladas.

En una de estas casas, la más grande de la calle Reforma, vivía doña Teresa Aguirre, una viuda de 45 años, cuya fortuna procedía de las haciendas que su difunto marido había adquirido durante el porfiriato. La gente del barrio la respetaba y temía a partes iguales, siempre vestida de negro, con un rosario de plata colgando de sus manos huesudas.

Doña Teresa raramente salía de su casona, excepto para asistir a misa en la catedral cada domingo. La casa de doña Teresa era imponente, dos pisos con un patio central donde una fuente de cantera vertía agua día y noche. Y los sirvientes hablaban en susurros sobre los extraños ruidos que se escuchaban tras las paredes gruesas sobre las habitaciones que permanecían cerradas con llave.

 y sobre el sótano al que solo doña Teresa tenía acceso. Magdalena Ruiz, una joven de 19 años recién llegada de un pueblo en Michoacán, fue contratada como sirvienta en la casa a principios de 1935. Alta de piel morena y ojos negros que reflejaban tanto determinación como inocencia, Magdalena necesitaba el trabajo para enviar dinero a su familia.

Las reglas son simples, le explicó Josefina, el ama de llaves de 60 años que había servido a la familia desde antes de la revolución. Nunca entres en las habitaciones del ala este sin ser llamada. Nunca preguntes por el señor Aguirre y nunca, bajo ninguna circunstancia bajes al sótano. Los primeros días transcurrieron sin incidentes.

 Magdalena limpiaba los pisos de baldosas rojas, sacudía el polvo de los muebles tallados y ayudaba en la cocina. Doña Teresa apenas le dirigía la palabra, limitándose a dar órdenes concisas con una voz que parecía no haber sido usada en años. Fue durante su segunda semana cuando Magdalena comenzó a notar cosas extrañas.

 Primero fueron los hoyosos que parecían emanar de las paredes por la noche. Luego la extraña manía de doña Teresa de hablarle a los retratos familiares como si estuvieran vivos. Pero lo que verdaderamente perturbó a Magdalena fue el descubrimiento accidental de una pequeña llave de hierro que encontró mientras limpiaba el dormitorio principal.

¿Qué estás haciendo con eso? La voz cortante de doña Teresa hizo que Magdalena casi dejara caer la llave. No había oído entrar a su patrona. Perdone, señora, la encontré debajo del armario mientras limpiaba. Doña Teresa arrancó la llave de sus manos con una fuerza sorprendente para una mujer de su edad. Sus ojos, normalmente vacíos, ardían con algo que Magdalena no supo identificar.

Vuelve a tus labores y olvida lo que has visto, ordenó antes de guardar la llave en el bolsillo de su vestido negro. Esa noche Magdalena no podía dormir. Compartía una pequeña habitación con Josefina en el área de servicio, y la respiración pesada de la anciana normalmente la arrullaba. Pero aquella noche algo más perturbaba el silencio, un llanto débil, casi imperceptible, que parecía provenir de las entrañas de la casa.

 “Oyeo,”, susurró Magdalena, sacudiendo suavemente a Josefina. La anciana se despertó sobresaltada, con los ojos muy abiertos y una expresión de pánico en su rostro arrugado. “No escuches”, respondió en voz baja, “y no preguntes en esta casa. La curiosidad se paga cara. A la mañana siguiente, mientras Magdalena barría el pasillo central, observó a doña Teresa dirigirse hacia el ala este de la casa.

 Llevaba una bandeja con comida cubierta por un paño blanco. Impulsada por una curiosidad que superaba su miedo, Magdalena la siguió discretamente. Doña Teresa se detuvo frente a una puerta al final del corredor, sacó la pequeña llave de hierro y abrió la cerradura. Antes de entrar, miró a ambos lados del pasillo. Magdalena apenas tuvo tiempo deesconderse tras una columna.

 Cuando la puerta se cerró, Magdalena se acercó sigilosamente. A través de la gruesa madera escuchó la voz de doña Teresa, suave y melodiosa, muy diferente a su tono habitual. Come, mi niño. Necesitas fuerzas para crecer fuerte. Pronto estarás listo. Lo que siguió el sangre de Magdalena, el sonido de cadenas moviéndose y un gemido que no parecía humano.

 Magdalena retrocedió tropezando con un jarrón que se hizo añicos contra el suelo. El ruido resonó por toda la casa como un disparo. La puerta se abrió de golpe y doña Teresa apareció, su rostro contorsionado por la ira. “Tú!”, gritó señalando a Magdalena con un dedo tembloroso. Has desobedecido. Magdalena intentó disculparse, pero las palabras murieron en su garganta cuando vio lo que había tras doña Teresa.

 Una habitación oscura con las ventanas tapeadas y en un rincón una figura encadenada que se movía en las sombras. Señora, yo no quería. Silencio. Doña Teresa cerró la puerta con llave y avanzó hacia Magdalena. Has visto demasiado, ahora tendrás que ayudarme. El resto del día transcurrió en una extraña calma.

 Doña Teresa actuaba como si nada hubiera ocurrido y Magdalena, demasiado aterrorizada para hablar, continuó con sus labores mecánicamente. Durante la cena, servida en el comedor principal bajo la luz temblorosa de las velas, doña Teresa rompió su habitual silencio. Magdalena, esta noche me asistirás en un asunto importante”, anunció cortando meticulosamente un trozo de carne que sangraba en su plato.

Es un honor que pocas sirvientas han recibido. Josefina, sentada en el extremo opuesto de la mesa reservado para los sirvientes de confianza, palideció visiblemente. “Señora”, intervino con voz temblorosa. Quizás yo debería No, Josefina, ya eres demasiado vieja y tus manos tiemblan. Necesito la juventud y la fuerza de Magdalena.

Después de la cena, mientras Magdalena recogía los platos, Josefina la agarró del brazo con fuerza. Escúchame bien, susurró con urgencia. Cuando la señora te llame esta noche, lleva esto contigo. Le deslizó discretamente una pequeña cruz de madera. No hagas preguntas. No la mires a los ojos demasiado tiempo y pase lo que pase, no dejes que tu sangre toque el suelo del sótano.

 Mi sangre, ¿de qué está hablando? No hay tiempo para explicaciones. Solo recuerda, en esta casa los muertos no siempre descansan en paz. A medianoche, doña Teresa llamó a la puerta de Magdalena. La joven, que no había podido conciliar el sueño, ya estaba vestida y esperando con la pequeña cruz de madera oculta entre los pliegues de su falda.

“Sígueme”, ordenó doña Teresa, sosteniendo una lámpara de aceite que proyectaba sombras danzantes en las paredes. Bajaron por una escalera estrecha que Magdalena no había visto antes, oculta tras una falsa pared en la biblioteca. El aire se volvía más frío y húmedo a medida que descendían. El sótano era amplio, con techos abovedados que recordaban a las criptas que Magdalena había visto en las iglesias de su pueblo.

 Las paredes estaban cubiertas de símbolos extraños pintados con lo que parecía ser sangre seca y en el centro había una mesa de piedra rodeada por velas negras. “¿Sabes por qué mi marido era tan rico, Magdalena?”, preguntó doña Teresa mientras encendía las velas una a una. No, señora, porque hizo un pacto, un pacto que le dio tierras, poder y oro.

 Doña Teresa se volvió hacia ella, sus ojos brillando con un fuego antinatural. Pero todo pacto tiene un precio, y el nuestro fue especialmente alto. Nuestros hijos. Magdalena sintió que el frío del sótano penetraba hasta sus huesos. Durante años intentamos tener un hijo, pero cada embarazo terminaba en tragedia. Los niños nacían diferentes, deformes, con recuerdos que no deberían tener, hablando de cosas que nunca habían visto, lugares donde nunca habían estado.

 Doña Teresa continuó mientras preparaba diversos objetos sobre la mesa. Un cuchillo de obsidiana, un cuenco de plata, hierbas secas que Magdalena no reconoció. El último niño, mi pequeño Fernando, nació hace 3 años. Es diferente a los otros, más fuerte. Sobrevivió, pero no es normal. Sabe cosas, Magdalena, cosas que ocurrieron antes de su nacimiento.

 Recuerda lo que su padre hizo para obtener nuestra fortuna y me culpa a mí. Doña Teresa se acercó a Magdalena, el cuchillo brillando a la luz de las velas. Esta noche con tu ayuda voy a liberarlo de esa carga. Voy a darle una nueva vida. Magdalena retrocedió hasta que su espalda tocó la fría pared. No comprendo, señora, qué quiere que haga.

Solo necesito un poco de tu sangre, niña. Sangre joven y pura para el ritual. En ese momento, el llanto infantil que Magdalena había escuchado antes resonó por todo el sótano, pero ahora era más fuerte, más desesperado. ¿Qué es eso?, preguntó Magdalena, aunque parte de ella sabía la respuesta. Es Fernando llamando a su madre, respondiódoña Teresa, avanzando hacia ella con el cuchillo en alto.

 Y esta noche finalmente responderé a su llamada. El cuchillo en la mano de doña Teresa reflejaba el parpadeo de las velas, proyectando destellos rojizos sobre las paredes húmedas del sótano. Magdalena sentía que cada latido de su corazón resonaba en sus oídos como un tambor, la sangre de una virgen”, murmuró doña Teresa acercándose lentamente.

 El ingrediente final. Con un movimiento rápido que contradecía su edad, la anciana agarró la muñeca de Magdalena. Sus dedos eran como garras de hierro frío sobre la piel morena de la joven. Solo un poco, niña, un pequeño sacrificio por el bien de mi hijo. Magdalena recordó las palabras de Josefina.

 No dejes que tu sangre toque el suelo del sótano. Con una fuerza nacida del terror logró liberar su mano y en el proceso extrajo la pequeña cruz de madera que había mantenido oculta. El efecto fue inmediato y sorprendente. Doña Teresa retrocedió como si hubiera sido golpeada, su rostro contorsionándose en una expresión que oscilaba entre el miedo y la ira.

“Traidora!”, gritó señalando a Magdalena con el cuchillo. Josefina te ha envenenado contra mí. El llanto del niño se intensificó, convirtiéndose en un aullido que parecía sacudir los cimientos mismos de la casa. Magdalena aprovechó la distracción para correr hacia las escaleras, pero doña Teresa fue más rápida, bloqueando su camino.

“No puedes irte ahora”, dijo. Su voz repentinamente tranquila. Eres parte de esto. Has visto y oído demasiado. En ese momento crítico, cuando Magdalena pensaba que su fin estaba cerca, se escuchó otro ruido. Pasos pesados descendiendo por la escalera. Era Manuel, el jardinero, un hombre de mediana edad con manos callosas y rostro marcado por el sol.

 Llevaba una escopeta. Baje ese cuchillo, doña Teresa”, ordenó con voz firme. La anciana se volvió hacia él, su rostro transformándose en una máscara de furia. “Tú no me das órdenes en mi propia casa. Esta ya no es su casa,” respondió Manuel. No después de lo que ha hecho. Josefina me lo contó todo. Sabemos sobre los niños, sobre los rituales, sobre los cuerpos enterrados en el jardín.

Mientras hablaban, Magdalena notó algo extraño. Las velas comenzaron a arder con más intensidad y las sombras en las paredes parecían moverse con voluntad propia. El aire se volvió denso, casi irrespirable, cargado de un olor dulzón y nauseabundo. “No entienden”, dijo doña Teresa, su voz cambiando, volviéndose más profunda, casi masculina.

 Mi Fernando necesita esto. Necesita liberarse de los recuerdos. ¿Qué recuerdos, señora? Preguntó Magdalena ganando tiempo mientras Manuel se acercaba con la escopeta. La pregunta pareció desestabilizar a doña Teresa, que bajó ligeramente el cuchillo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Los recuerdos de lo que hicimos, susurró mi marido y yo, los sacrificios que ofrecimos para nuestra fortuna, las vidas que tomamos, se volvió hacia el rincón más oscuro del sótano.

 Pero lo peor no fueron los extraños que trajimos aquí, fue lo que le hicimos a nuestro primer hijo, el que nació antes que Fernando. Un escalofrío recorrió la espalda de Magdalena cuando comprendió lo que implicaban esas palabras. “Lo ofrecimos como prueba de nuestra lealtad”, continuó doña Teresa, su voz apenas audible.

 Y cuando Fernando nació, 3 años después, lo supimos de inmediato, tenía los mismos ojos, la misma mirada. Era él regresado para castigarnos. Manuel aprovechó la confesión para acercarse más, pero en ese momento una ráfaga de viento helado apagó todas las velas, excepto una. En la penumbra casi total, Magdalena vio algo que la paralizó de horror, una pequeña figura emergiendo de las sombras detrás de doña Teresa.

 Era un niño de unos 3 años, pero había algo profundamente perturbador en él. Su piel era demasiado pálida, casi traslúcida. revelando un entramado de venas oscuras. Sus ojos, demasiado grandes para su rostro delgado, brillaban con una inteligencia impropia de su edad, y sus pequeñas manos, sus dedos terminaban en lo que parecían ser garras, no uñas.

 “Madre”, dijo el niño con una voz que no pertenecía a un infante, sino a un hombre adulto. “Has intentado silenciarme demasiadas veces.” Doña Teresa se volvió hacia él dejando caer el cuchillo. Su rostro mostraba una mezcla de amor maternal y terror absoluto. Fernando, mi niño, solo quiero ayudarte.

 No soy Fernando, respondió el pequeño. Fernando murió en el vientre. Yo soy Ricardo, tu primer hijo, el que sacrificaste en este mismo altar hace 20 años. Magdalena y Manuel intercambiaron miradas de terror. Josefina les había hablado de rumores sobre un primer hijo, pero nadie había confirmado su existencia. Ricardo murió”, insistió doña Teresa temblando visiblemente.

 “Tú eres Fernando. Tengo los recuerdos de ambos”, dijo el niño avanzando hacia su madre con pasos vacilantes. Recuerdo el cuchillo de obsidiana en mi gargantacuando apenas había dado mi primer aliento. Y recuerdo también cada segundo de los últimos 3es años encadenado en esa habitación, alimentado como un animal, mientras planeabas otro ritual para curarme.

 Manuel intentó intervenir, pero descubrió que no podía moverse. Una fuerza invisible lo mantenía inmóvil al igual que a Magdalena. Ricardo, por favor”, suplicó doña Teresa cayendo de rodillas frente al niño. “Eras tan pequeño, no sabías lo que ocurría.” “Lo recuerdo todo”, repitió el niño con voz implacable.

 “Y ahora, madre, es tiempo de que tú también recuerdes.” Extendió una de sus pequeñas manos deformes hacia el rostro de doña Teresa. Al contacto con su piel, la mujer lanzó un grito desgarrador que pareció durar una eternidad. Cuando finalmente cesó, doña Teresa permaneció de rodillas con la mirada perdida y la boca abierta en un gesto mudo de horror.

 De sus ojos, nariz y oídos manaban hilos de sangre oscura. “Ahora recuerda todo”, dijo el niño, volviéndose hacia Magdalena y Manuel. Cada vida que tomó, cada ritual que realizó, cada traición y crueldad, vivirá con esos recuerdos hasta que su cuerpo ceda, lo que no tardará mucho. La fuerza que inmovilizaba a Magdalena y Manuel desapareció tan repentinamente como había aparecido.

 Manuel levantó la escopeta por instinto, pero el niño levantó una mano en gesto pacificador. No dispares. No les haré daño a ustedes. ¿Qué eres? Preguntó Magdalena, encontrando su voz por primera vez desde la aparición del pequeño. Soy lo que ellos crearon, respondió simplemente. Un hijo que nunca debió nacer con recuerdos que nunca debió tener.

 Miró alrededor del sótano con tristeza. Este lugar está maldito. La casa entera lo está. Deben irse antes del amanecer. ¿Y tú? preguntó Manuel bajando lentamente el arma. Yo me quedaré con mi madre, respondió el niño hasta el final. Magdalena y Manuel subieron las escaleras en silencio, dejando atrás la escena macabra.

 Doña Teresa arrodillada en un charco de su propia sangre y el pequeño Ricardo Fernando de pie frente a ella, su pequeña mano aún posada sobre el rostro de su madre. En el piso superior encontraron a Josefina esperándolos en la cocina. La anciana no necesitó preguntar qué había ocurrido. La expresión en sus rostros lo decía todo.

“Tenemos que irnos”, dijo Manuel. “Ahora y la señora, preguntó Josefina. Ya no es la señora,”, respondió Magdalena con un escalofrío, “Y creo que nunca volverá a hacerlo.” Mientras recogían sus escasas pertenencias, Magdalena se asomó por una ventana que daba al jardín. Bajo la luz plateada de la luna, creyó ver el suelo moverse como si algo intentara salir desde las profundidades.

Pequeñas manos infantiles emergían entre la tierra removida, docenas de ellas. arañando la superficie como si buscaran liberarse. “Vámonos ya!”, gritó, apartándose de la ventana horrorizada. Los tres salieron precipitadamente de la casa sin mirar atrás. Al cruzar el umbral de la puerta principal, Magdalena escuchó una voz infantil que parecía susurrar directamente en su oído.

“Vuelve mañana, Magdalena. Te estaremos esperando. Pero ya en la calle, cuando miró hacia atrás, la casa parecía perfectamente normal bajo la luz de la luna. No había signos de perturbación, ni gritos, ni tierra removida en el jardín. Solo una vieja casona señorial que guardaba sus secretos tras paredes gruesas.

 ¿A dónde vamos?, preguntó Magdalena mientras se alejaban rápidamente. A la policía respondió Manuel con firmeza. No nos creerán, objetó Josefina. Nadie lo hará. Entonces iremos con el padre Domínguez, decidió Manuel. Él sabrá qué hacer. Mientras caminaban por las calles vacías de Guadalajara, la noche parecía cerrarse sobre ellos.

 Magdalena no podía sacudirse la sensación de que algo lo seguía, algo que proyectaba una sombra mucho más grande que la de un niño de 3 años. A la mañana siguiente, cuando la policía acudió a la casa de doña Teresa, no encontraron rastro alguno de perturbación. La dueña de la casa los recibió personalmente, perfectamente vestida y compuesta, explicando que sus sirvientes habían huído llevándose algunas pertenencias de valor.

 No, no deseaba presentar cargos. Sí, estaba completamente sola en la casa. Los oficiales no notaron la mirada vacía en sus ojos, ni las pequeñas manchas de sangre seca en sus oídos. Tampoco escucharon el suave llanto infantil que emanaba de las paredes, ni vieron la pequeña figura que observaba desde las sombras, con ojos demasiado viejos para su rostro infantil.

 Una semana después, Magdalena, Manuel y Josefina regresaron acompañados por el padre Domínguez, un sacerdote jesuita, conocido por su conocimiento en casos de posesiones y fenómenos inexplicables. Lo que encontraron en la casa de doña Teresa cambiaría sus vidas para siempre. La casa de doña Teresa se alzaba bajo el sol de la mañana como un monumento a tiempos pasados.

 Sus paredes encaladas,ahora descoloridas por el tiempo y la negligencia, parecían más grises que blancas. Las ventanas, antes cristalinas y adornadas con cortinas de encaje, permanecían cerradas con postigos de madera carcomida. El padre Domínguez, un hombre de 60 años con rostro severo y ojos que habían visto demasiado para una sola vida, se detuvo frente a la puerta principal.

 Su sotana negra ondeaba suavemente con la brisa matutina mientras sostenía un gastado maletín de cuero. ¿Están seguros de esto?, preguntó volviéndose hacia el pequeño grupo. Una vez que entremos, no hay vuelta atrás. Magdalena, que no había logrado dormir desde su huida de la casa, asintió firmemente. A su lado, Manuel apretaba los puños, su rostro una máscara de determinación.

 Solo Josefina parecía dudar. sus ojos ancianos nublados por el miedo y la culpa. “Debía hablar antes”, murmuró la anciana sirvienta. “Tantos años viendo, sabiendo. No es momento para arrepentimientos”, la interrumpió el padre Domínguez. “Lo importante ahora es detener lo que sea que esté ocurriendo dentro de esos muros.

” Tras antiguarse, el sacerdote golpeó tres veces la puerta de madera tallada. No hubo respuesta inmediata. Pero todos sintieron un cambio sutil en el aire, como si la casa misma hubiera contenido la respiración. Finalmente, la puerta se abrió con un chirrido prolongado. En el umbral estaba doña Teresa, irreconocible para quienes la habían conocido en su esplendor.

 Su cabello, antes pulcramente recogido en un moño, caía en mechones grises y sucios alrededor de un rostro demacrado. Sus ojos, hundidos en oscuras cuencas, parecían dos pozos sin fondo. El vestido negro que llevaba estaba manchado y desgarrado en varios lugares. Padre Domínguez, dijo con una voz que parecía provenir de muy lejos.

 Lo estábamos esperando. El plural no pasó desapercibido para ninguno de los presentes. Doña Teresa, respondió el sacerdote con una calma practicada. Hemos venido a ofrecerle nuestra ayuda. Una sonrisa extraña se dibujó en el rostro de la mujer revelando dientes amarillentos. Por supuesto, pasen, por favor.

 Se apartó de la puerta con un movimiento antinatural, como si sus articulaciones funcionaran en direcciones incorrectas. El interior de la casa estaba sumido en penumbras, a pesar de ser media mañana. Un olor acre impregnaba el aire, una mezcla de humedad, descomposición y algo más, algo dulzón que Magdalena reconoció como el mismo olor que había percibido en el sótano.

 La sala principal, antes un ejemplo de elegancia porfiriana, mostraba signos de abandono y deterioro que parecían imposibles tras solo una semana. Las alfombras persas estaban manchadas de un líquido oscuro. Los muebles de caoba aparecían arañados como por garras enormes y los retratos familiares en las paredes habían sido modificados.

Cada rostro había sido meticulosamente raspado hasta hacerlo irreconocible. ¿Dónde está el niño?, preguntó directamente el padre Domínguez mientras extraía discretamente un frasco de agua bendita de su maletín. Doña Teresa ladeó la cabeza como un pájaro curioso. Qué niño, padre. Nunca he tenido hijos que sobrevivieran.

 Su voz se quebró ligeramente. Ese ha sido mi castigo. Ah, sabemos sobre Fernando insistió Manuel dando un paso al frente. O Ricardo, como quiera que se llame. La expresión de doña Teresa cambió instantáneamente. Su rostro se contrajo en una mueca de furia y dolor. “No pronuncies sus nombres”, gritó.

 y su voz pareció desdoblarse como si dos personas hablaran simultáneamente. No tienes derecho. El padre Domínguez aprovechó la alteración para rociar discretamente agua bendita en un arco frente a él. donde las gotas tocaron el suelo, se elevó un vapor tenue acompañado de un siseo. Esta casa está consagrada a fuerzas que no debieron ser invocadas, declaró el sacerdote avanzando con el crucifijo en alto.

 Doña Teresa, debe decirnos la verdad. ¿Qué pacto hizo su esposo? ¿Qué ofreció a cambio de su fortuna? La mujer retrocedió hasta chocar con la pared. Por un instante, su rostro mostró una vulnerabilidad genuina, un destello de la mujer que alguna vez había sido. No fue solo él, susurró. Yo también participé. Yo también deseaba.

 ¿Qué deseaban? Presionó Magdalena encontrando valor en la presencia del sacerdote. Todo respondió doña Teresa, sus ojos perdiéndose en recuerdos distantes. Riqueza. poder, respeto. Éramos nadie durante la revolución. Lo perdimos todo. Y entonces Manuel encontró el libro. ¿Qué libro? Preguntó el padre Domínguez, tensándose visiblemente.

 Un grimorio antiguo traído de España durante la conquista. Escrito en un idioma que no era latín ni español ni ninguna lengua indígena. Doña Teresa se deslizó a lo largo de la pared como una sombra. Manuel lo encontró entre las ruinas de una iglesia quemada en Zacatecas. No sabíamos lo que decía, pero las ilustraciones eran claras.

 Un ruido sordo en el piso superiorinterrumpió su relato. Todos levantaron la vista hacia el techo, donde una mancha oscura comenzaba a extenderse, goteando lentamente. “Está inquieto hoy”, comentó doña Teresa con una calma perturbadora. Le siente, especialmente a ti, señaló a Magdalena con un dedo tembloroso. Le gustas.

 Dice que tienes la sangre adecuada. Manuel dio un paso protector hacia Magdalena, pero el padre Domínguez lo detuvo con un gesto. Continúe, señora. ¿Qué ocurrió con el libro? Encontramos a alguien que podía leerlo. Un anciano en el mercado de San Juan de Dios que comerciaba con reliquias robadas de iglesias.

 nos tradujo partes. Doña Teresa se estremeció. Nos habló de un ritual, un sacrificio que abriría las puertas a la abundancia. ¿Qué tipo de sacrificio? Preguntó Josefina, aunque por su expresión ya conocía la respuesta. El primogénito, respondió doña Teresa en un susurro ofrecido antes de su primer llanto. El silencio que siguió fue tan denso que parecía ahogar cualquier otro sonido.

Incluso las gotas que caían del techo parecieron detenerse momentáneamente. Y lo hicieron, concluyó el padre Domínguez. No era una pregunta. Doña Teresa asintió lentamente. Ricardo nació en 1915 durante lo peor de la revolución. Era tan pequeño. Su voz se quebró nuevamente, tan perfecto. Pero el pacto exigía sangre inocente.

 Y después presionó el sacerdote, después vino el dinero, tierras que nadie reclamaba. Ganado que aparecía en nuestros corrales, oro encontrado enterrado en el jardín. Los ojos de doña Teresa brillaron con un recuerdo de codicia. Por fin éramos alguien en Guadalajara. Construimos esta casa, compramos respeto.

 ¿Y los otros niños? Preguntó Magdalena, “los que están enterrados en el jardín.” La sonrisa regresó al rostro de doña Teresa, más inquietante que antes. “¡Ah! Los has visto mis pequeños intentos.” Hizo un gesto vago con la mano. Después de Ricardo intentamos tener más hijos, pero cada uno nacía mal, deformes, hablando con voces adultas desde el vientre, recordando cosas que nunca vivieron.

 “El pacto reclamaba más de lo acordado,” murmuró el padre Domínguez. “Sí, el anciano del mercado nos advirtió, pero no le escuchamos. dijo que la sangre llama a la sangre, que Ricardo volvería una y otra vez en cada hijo que concibiéramos. Doña Teresa se acercó a una de las ventanas tapiadas, arañando la madera con sus uñas amarillentas. Y así fue.

Cada embarazo era una pesadilla, cada nacimiento un horror. Los enterramos a todos uno tras otro, hasta Fernando. El ruido en el piso superior se intensificó como si algo pesado fuera arrastrado de un lado a otro. Fernando era diferente, continuó doña Teresa. Más fuerte. sobrevivió al parto. Por un tiempo creímos que había roto la maldición, pero entonces comenzó a hablar, a recordar, a acusarnos.

 ¿Dónde está ahora?, preguntó el padre Domínguez, cuya mano sostenía firmemente el crucifijo. Doña Teresa levantó la vista hacia el techo. Está en todas partes respondió con una sonrisa serena. Es la casa ahora. Mi Manuel le ofreció un sacrificio final antes de quitarse la vida. Yo, antes de que pudieran reaccionar a esta revelación, un grito infantil atravesó el aire tan agudo y penetrante que varios cristales de las lámparas se quebraron.

 El suelo comenzó a temblar y las manchas del techo empezaron a gotear más rápidamente, revelando su verdadera naturaleza. Sangre fresca. “Debemos salir!”, gritó Manuel agarrando a Magdalena del brazo. No. El padre Domínguez extrajo rápidamente un libro de oraciones de su maletín. Si nos vamos ahora, esto se extenderá más allá de estos muros.

Debemos terminar lo que vinimos a hacer. Doña Teresa comenzó a reír, un sonido que recordaba a cristales rotos. Es demasiado tarde, padre. Ha estado demasiado tarde desde 1915. En ese momento, la sangre que goteaba del techo comenzó a moverse contra la gravedad, fluyendo hacia las paredes y reptando por ellas como si tuviera vida propia.

 Las gotas se unieron formando líneas que comenzaron a dibujar símbolos similares a los que Magdalena había visto en el sótano. “El grimorio, susurró el padre Domínguez con horror. Se está manifestando.” Josefina, que hasta entonces había permanecido en silencio, dio un paso adelante. “Sé dónde está el libro”, dijo con voz temblorosa. “Lo he visto.

 Doña Teresa lo guarda en un compartimento secreto detrás del retrato principal del comedor. Tráelo! Ordenó el sacerdote. Si podemos destruirlo, quizás podamos romper el vínculo. No lo permitiré”, declaró doña Teresa, interponiéndose en su camino. Pero ya no era solo ella. Su sombra en la pared se había multiplicado, formando la silueta de un hombre alto a su lado y la de un niño pequeño aferrado a su falda.

Manuel intentó avanzar hacia ella, pero fue lanzado hacia atrás por una fuerza invisible que lo estrelló contra la pared. Cayó al suelo, aturdido, pero consciente. El padre Domínguez comenzó arecitar oraciones en latín rociando más agua bendita alrededor. Donde las gotas tocaban las líneas de sangre en las paredes, se producía una reacción violenta como aceite hirviente.

Aprovechando la distracción, Magdalena se escabulló hacia el comedor. El retrato principal mostraba a un hombre de mediana edad, elegantemente vestido con traje oscuro y bigote fino, don Manuel Aguirre. Como todos los demás retratos, su rostro había sido desfigurado, raspado, hasta hacerlo irreconocible.

 Pero a diferencia de los otros, este ocultaba un secreto. Magdalena recordó haber limpiado ese cuadro en sus primeros días en la casa. Había notado que el marco era inusualmente grueso en uno de sus lados. Ahora guiada por la urgencia, buscó un mecanismo oculto. Sus dedos encontraron una pequeña protuberancia casi imperceptible en la esquina inferior derecha del marco dorado.

 Al presionarla, escuchó un clic y la parte trasera del retrato se abrió como una puerta, revelando un hueco en la pared. Dentro había un libro de aspecto antiguo encuadernado en lo que parecía ser piel humana curtida. La cubierta estaba adornada con símbolos que dolían a la vista, como si rechazaran ser observados directamente.

 Con manos temblorosas, Magdalena extrajo el grimorio. Pesaba mucho más de lo que su tamaño sugería. Y al tocarlo sintió un frío que penetraba hasta los huesos. Las páginas parecían moverse ligeramente bajo la cubierta como si respiraran. “Lo tengo!”, gritó regresando a la sala principal. La escena que encontró era caótica. El padre Domínguez continuaba su ritual rodeado por un círculo de agua bendita que parecía mantener a raya las sombras que ahora se proyectaban desde todas las superficies.

 Manuel se había recuperado y sostenía a Josefina, quien parecía haber envejecido décadas en minutos, su rostro surcado por arrugas que no habían estado allí antes. Y doña Teresa, doña Teresa flotaba a unos centímetros del suelo, su cuerpo rígido y sus brazos extendidos. De sus ojos, nariz y boca manaba sangre que no caía al suelo, sino que fluía horizontalmente hacia las paredes, alimentando los símbolos que ahora cubrían casi toda la superficie.

El libro, exclamó el padre Domínguez extendiendo una mano. Magdalena avanzó hacia él, pero una fuerza invisible la detuvo a medio camino. El grimorio en sus manos comenzó a calentarse, primero ligeramente, luego con una intensidad que amenazaba con quemar su piel. “Suéltalo!”, gritó una voz infantil que parecía provenir de todas partes.

 “¿Es nuestro?” No. Magdalena se aferró al libro con determinación. Esto debe terminar. Con un esfuerzo supremo dio otro paso hacia el padre Domínguez. El calor del grimorio era casi insoportable ahora y podía sentir su piel ampollándose bajo el contacto. Fue entonces cuando lo vio emergiendo de la sombra de doña Teresa, la pequeña figura de un niño de 3 años.

 era Fernando o Ricardo o quizás ambos. Su cuerpo parecía más sustancial que la última vez que lo había visto, menos etéreo, más humano. Pero sus ojos sus ojos contenían un abismo de tiempo y sufrimiento que ningún niño debería conocer. Magdalena,” dijo el niño, su voz mezclando tonos infantiles con la gravedad de un anciano.

 “No entiendes lo que estás haciendo. Ese libro es nuestra única conexión.” “Conexión con qué?”, preguntó ella, sintiendo que el dolor en sus manos disminuía mientras el niño hablaba. con lo que hay al otro lado, respondió, señalando hacia las paredes donde los símbolos continuaban formándose. Con lo que nos espera a todos.

 El padre Domínguez aprovechó el diálogo para acercarse sigilosamente. No le escuches advirtió. No es el niño quien habla. Es lo que lo posee. Mientes gritó el pequeño volviéndose hacia el sacerdote con furia. Siempre han mentido. La iglesia sabía del grimorio. Lo escondieron durante siglos. Saben lo que hay al otro lado. Un viento sobrenatural comenzó a soplar dentro de la casa, arrastrando objetos pequeños en un torbellino centrífugo.

 Los símbolos en las paredes pulsaban ahora con luz propia, rojiza y enfermiza. “El portal se está abriendo”, murmuró el padre Domínguez. Magdalena, el libro. Ahora, con un último esfuerzo, Magdalena arrojó el grimorio hacia el sacerdote, quien lo atrapó en el aire. Inmediatamente extrajo una pequeña botella de aceite consagrado de su maletín y lo vertió sobre la cubierta de piel. No.

 El grito del niño se fusionó con el de doña Teresa en un aullido sobrehumano. El padre Domínguez encendió un fósforo y lo dejó caer sobre el libro empapado. Las llamas se elevaron instantáneamente de un color azul antinatural que iluminó la estancia con una claridad cegadora. El efecto fue inmediato y violento. Los símbolos en las paredes comenzaron a derretirse escurriendo hacia el suelo como cera fundida.

 El viento cesó abruptamente, creando un vacío que hizo que todos se llevaran las manos a los oídos para protegerse del cambio depresión. Doña Teresa cayó al suelo con un golpe seco, inmóvil. El niño, sin embargo, permaneció en pie, observando como el grimorio se consumía en llamas azules. “Tantos siglos”, murmuró su voz extrañamente calma, “tantos intentos.

 Y ahora, de vuelta al principio, Magdalena, impulsada por una compasión que no podía explicar, se acercó al pequeño. ¿Qué eres realmente?, preguntó el niño. La miró con ojos que parecían contener galaxias enteras. Soy un recuerdo”, respondió simplemente. Un eco de algo que intentó cruzar hace mucho tiempo, algo que sigue intentándolo.

Mientras hablaba, su forma comenzó a desvanecerse, volviéndose translúcida. Volveremos a vernos, Magdalena Ruiz”, dijo antes de desaparecer completamente, “en tus sueños, en los susurros del viento, en las sombras de tu habitación al anochecer.” Y con esas palabras se desvaneció junto con todas las manifestaciones sobrenaturales de la casa.

 Los símbolos desaparecieron de las paredes. La sangre se secó instantáneamente y el grimorio terminó de consumirse, dejando solo un montón de cenizas grises. El silencio que siguió fue absoluto, como si el mundo entero contuviera la respiración. Manuel fue el primero en romperlo, acercándose al cuerpo caído de doña Teresa. “Está muerta”, anunció tras comprobar su pulso. Parece en paz. Y era cierto.

 El rostro de doña Teresa mostraba una serenidad que no había conocido en vida. Las arrugas de preocupación y miedo se habían suavizado y sus labios parecían esbozar una ligera sonrisa. “¿Ha terminado?”, preguntó Josefina aferrándose al brazo de Manuel. El padre Domínguez recogió las cenizas del grimorio en un pequeño frasco de plata que extrajo de su maletín.

 “Por ahora, respondió con gravedad, pero algunas puertas, una vez que se conoce su existencia, nunca pueden cerrarse completamente.” Magdalena miró sus manos esperando encontrarlas gravemente quemadas por el contacto con el libro. Para su sorpresa, estaban intactas, sin marcas ni heridas. “¿Qué hacemos ahora?”, preguntó, sintiéndose repentinamente exhausta.

 “Rezar por el alma de doña Teresa,”, respondió el sacerdote. Informar a las autoridades de su fallecimiento por causas naturales. Y luego miró alrededor a la casa que ahora parecía simplemente vieja y abandonada, sin rastros de horror sobrenatural. “Luego sellaremos este lugar. Nadie debe vivir aquí de nuevo. Mientras el sol comenzaba a descender en el horizonte, proyectando largas sombras a través de las ventanas ahora descubiertas, los cuatro sobrevivientes se prepararon para salir.

 Pero antes de cruzar el umbral, Magdalena se detuvo y miró hacia atrás, hacia la sala donde el cuerpo de doña Teresa yacía cubierto con una sábana. Por un instante creyó ver una pequeña figura parada junto al cadáver, un niño de unos 3 años normal y sonriente, sin rastros de deformidad o malevolencia. El niño levantó una mano en gesto de despedida y Magdalena, casi involuntariamente respondió al saludo.

 Vamos, le urgió Manuel desde la puerta. Magdalena asintió y se volvió para seguirlo, pero las últimas palabras del niño entidad resonaron en su mente mientras salían a la calle, “Volveremos a vernos.” Y algo dentro de ella supo con certeza absoluta que esa promesa se cumpliría. Guadalajara, 1950. El sol de la tarde bañaba la plaza de armas con una luz dorada que suavizaba los contornos de la catedral y del palacio de gobierno.

 La ciudad había cambiado considerablemente en los 15 años transcurridos desde los sucesos en la casa de doña Teresa Aguirre. Nuevos edificios se alzaban donde antes había casas coloniales. Las calles principales estaban ahora pavimentadas y los automóviles comenzaban a desplazar a los carruajes tirados por caballos. Magdalena Ruiz, ahora una mujer de 34 años, observaba el bullicio desde un banco de hierro forjado.

 Su rostro, aún hermoso, pero marcado por una seriedad prematura, mostraba pocas señales de la joven asustada que había sido. Vestía con elegante sencillez, un vestido azul oscuro de corte modesto y un pequeño sombrero que protegía su rostro del sol. A su lado, un niño de unos 6 años dibujaba concentrado en un cuaderno.

 Su cabello negro y brillante contrastaba con su piel clara y sus ojos, de un marrón profundo que casi parecía negro, reflejaban una inteligencia impropia para su edad. Ricardo llamó Magdalena suavemente. Es hora de irnos. El niño levantó la vista de su dibujo y sonró, revelando la ausencia de un diente frontal.

 Solo un momento más, mamá”, pidió. “Casi termino.” Magdalena asintió, incapaz de negarle nada a ese rostro. Observó por encima de su hombro lo que dibujaba. Una casa grande con un patio central y una fuente de piedra. Un escalofrío recorrió su espalda. “¿Qué estás dibujando, cariño? La casa de mis sueños”, respondió Ricardo sin dejar de trazar líneas con su lápiz.

 La veo cada noche. Hay una señora que me llama, pero no puedo escuchar su nombre. Magdalenarespiró profundamente, manteniendo la compostura como había aprendido a hacer. Es un dibujo muy bonito comentó acariciando el cabello del niño. Pero debemos irnos. El padre Domínguez nos espera. Al mencionar al sacerdote, Ricardo arrugó ligeramente el ceño.

 Era un gesto casi imperceptible, pero Magdalena lo notó, como notaba cada pequeño detalle sobre su hijo. “Tenemos que ir”, preguntó el niño cerrando su cuaderno. No me gusta como me mira. El padre Domínguez es nuestro amigo respondió Magdalena con firmeza. Y hoy es un día importante, hace exactamente 15 años que se detuvo insegura de cómo continuar.

 ¿Cómo explicarle a un niño de 6 años que ese día marcaba el aniversario de un horror que había cambiado el curso de tantas vidas? 15 años desde que te salvó”, completó Ricardo inesperadamente. Sus ojos se encontraron con los de Magdalena con una intensidad desconcertante. Desde que te salvó de la casa de mis sueños.

 Magdalena sintió que el aire se congelaba en sus pulmones. Nunca le había contado a Ricardo sobre aquellos acontecimientos. Nadie lo había hecho. ¿Quién te habló de eso?, preguntó con voz tensa. Ricardo se encogió de hombros, repentinamente interesado en guardar sus lápices de colores. Nadie, lo sé, simplemente. Antes de que Magdalena pudiera indagar más, una voz familiar la llamó. Magdalena.

 Ricardo Manuel Ortiz, ahora en sus 50 se acercaba con paso vigoroso. Los años habían plateado completamente su cabello, pero su rostro curtido mantenía la misma determinación de siempre. Tras él, caminando más lentamente y apoyada en un bastón, venía Josefina. La anciana, que ahora rozaba los 80 años, se veía sorprendentemente fuerte para su edad, aunque las secuelas de aquella noche en la casa Aguirre nunca la habían abandonado completamente.

 Su mano izquierda permanecía siempre crispada, como si aún sintiera el frío sobrenatural que casi la había matado. “Llegan temprano”, comentó Manuel inclinándose para revolver el cabello de Ricardo. ¿Listo para tu lección de hoy, campeón? Ricardo asintió educadamente, pero Magdalena notó la tensión en sus pequeños hombros.

 “El Padre nos espera en la sacristía”, informó Josefina estudiando a Ricardo con ojos entrecerrados. “Ha estado inquieto toda la semana. Dice que ha tenido sueños.” No, aquí”, interrumpió Magdalena con una mirada significativa hacia su hijo. Los cuatro emprendieron el camino hacia la catedral. Ricardo caminaba ligeramente adelantado, aparentemente absorto en observar a las palomas que picoteaban migas de pan en las baldosas de la plaza.

 “¿Ha habido señales?”, preguntó Manuel en voz baja. Magdalena dudó antes de responder. Los dibujos han vuelto, confesó finalmente. La casa, siempre la casa. Y anoche, anoche lo escuché hablar en sueños. No era su voz, Manuel. Josefina se persignó rápidamente. Le has dado el agua bendita que preparó el padre.

 Cada noche mezclada con su leche no ha ayudado. Llegaron a las imponentes puertas de la catedral que se alzaba majestuosa contra el cielo, cada vez más rojizo del atardecer. Ricardo se detuvo súbitamente, negándose a entrar. No quiero ir, declaró con una firmeza que no correspondía a su edad. Él está esperando. ¿Quién, cariño?, preguntó Magdalena arrodillándose para quedar a su altura.

 Ricardo miró más allá de ella hacia el interior sombrío de la catedral. El hombre del libro quemado respondió en un susurro. Dice que tiene preguntas para mí. Los tres adultos intercambiaron miradas de preocupación. El padre Domínguez nunca había mostrado el grimorio a Ricardo. De hecho, las cenizas del libro maldito habían sido depositadas en una caja de plata sellada con oraciones y enterrada en terreno consagrado detrás del altar mayor.

“Nadie te hará daño”, prometió Magdalena tomando las manos de su hijo entre las suyas. “Estamos aquí para protegerte.” Con visible reticencia, Ricardo permitió que lo guiaran al interior de la catedral. El contraste entre la luminosidad exterior y la penumbra del templo hizo que tardaran unos momentos en ajustar su visión.

 Cuando lo hicieron, vieron al Padre Domínguez esperándolos junto a una de las capillas laterales. El sacerdote había envejecido considerablemente en 15 años. Su cabello, antes negro con algunas canas, era ahora completamente blanco, y su rostro mostraba profundas arrugas que hablaban de noches sin sueño y preocupaciones constantes, pero sus ojos mantenían la misma intensidad, especialmente cuando se posaron en Ricardo.

 “Han venido todos”, comentó a modo de saludo. “Bien, hay mucho de qué hablar.” Los condujo a través de una pequeña puerta lateral que llevaba a la sacristía. y de allí a un estudio privado reservado para los canónigos. La habitación, aunque pequeña, estaba bien iluminada por varias velas y una ventana estrecha.

 Estanterías repletas de libros antiguos cubrían las paredes y un escritorio de roble dominaba el centrodel espacio. “Siéntense, por favor”, indicó el sacerdote señalando varias sillas dispuestas en semicírculo. “Ricardo, ¿te gustaría un dulce? El niño negó con la cabeza, manteniéndose cerca de su madre. No tengo hambre, gracias. El padre Domínguez asintió como si la respuesta confirmara algo que ya sabía.

Bien, comenzó sentándose tras el escritorio. Como saben, hoy se cumplen 15 años desde los eventos en la casa Aguirre, 15 años desde que enfrentamos algo que no debería existir en este mundo. Y 15 años desde que sellamos esa puerta, añadió Manuel. Eso creímos corrigió el sacerdote con expresión grave.

 Pero me temo que solo la entornamos. Un silencio pesado siguió a esas palabras. Fue Josefina quien lo rompió. ¿Qué quiere decir, padre? El grimorio fue destruido. La entidad que poseía al niño desapareció. El libro físico fue destruido. Sí, concedió el padre Domínguez. Pero sus conocimientos, sus secretos, miró directamente a Ricardo, quien le sostuvo la mirada sin parpadear. encontraron otro recipiente.

Magdalena instintivamente colocó un brazo protector alrededor de los hombros de su hijo. No dijo con voz temblorosa. No, no es posible. Ricardo es mi hijo. Lo concebí 9 años después de aquella noche. No tiene ninguna conexión con los Aguirre o su maldición. El padre Domínguez extrajo un sobre amarillento de un cajón de su escritorio y lo deslizó hacia ella.

 Esto llegó hace tr días desde la ciudad de México. Es una carta del Archivo Nacional. Magdalena tomó el sobre con manos temblorosas y extrajo su contenido, un certificado de nacimiento fechado en 1915. No entiendo”, dijo examinando el documento. “Es el certificado de nacimiento del primer hijo de los Aguirre”, explicó el sacerdote.

 El que sacrificaron. Su nombre completo era Ricardo Manuel Aguirre Vázquez. Magdalena palideció. Pero, pero yo nombré a mi hijo Ricardo por mi abuelo. No podía saber. “Hay más”, continuó el padre Domínguez. La semana pasada recibí noticias inquietantes desde Zacatecas. La iglesia quemada donde don Manuel Aguirre encontró originalmente el grimorio, ha sido excavada por arqueólogos.

 Encontraron una cripta subterránea con inscripciones similares a las que vimos en el sótano de la casa Aguirre y en un nicho sellado encontraron esto. De otro cajón extrajo un objeto envuelto en un paño negro. Al desenvolverlo, reveló un pequeño ídolo de obsidiana que representaba una figura humanoide con cabeza de ave. Ricardo, que había permanecido en silencio, emitió un sonido ahogado.

 Sus ojos estaban fijos en el ídolo con una mezcla de fascinación y terror. “¿Lo reconoces, verdad, hijo?”, preguntó suavemente el padre Domínguez. El niño asintió lentamente. Es el señor de los sueños, respondió en voz baja, el que susurra desde el otro lado. Magdalena soltó un gemido y abrazó más estrechamente a su hijo.

 ¿Qué está pasando, padre? ¿Qué le ocurre a mi niño? El sacerdote volvió a envolver el ídolo con movimientos cuidadosos. Lo que enfrentamos hace 15 años no era simplemente un espíritu vengativo o un demonio tradicional, era algo más antiguo, algo que ha intentado entrar en nuestro mundo muchas veces a lo largo de los siglos. “¿Y cree que está usando a Ricardo como intentó usar al hijo de los Aguirre?”, preguntó Manuel, su voz tensa.

 “No exactamente”, respondió el padre Domínguez. “Creo que Ricardo es el hijo de los Aguirre. Un silencio absoluto siguió a esta declaración. Fue finalmente Ricardo quien lo rompió con una voz que sonaba extrañamente adulta. Tiene razón, dijo simplemente recuerdo el cuchillo, recuerdo la sangre, recuerdo el dolor y luego la oscuridad.

 Y recuerdo haber esperado durante mucho tiempo hasta encontrar a Magdalena. Magdalena miró a su hijo con horror y confusión. Ricardo, ¿qué estás diciendo? Tú eres mi hijo. Yo te di a luz en el hospital civil. El doctor Martínez atendió el parto. Tienes mis ojos, el color de piel de tu padre. Tu esposo murió antes de que Ricardo naciera.

 Le recordó suavemente Josefina en ese accidente en la carretera a Tepic. Sí, pero ¿recuerdas el embarazo, Magdalena?, interrumpió el padre Domínguez. ¿Recuerdas los sueños que tenías entonces?” Magdalena quiso protestar, pero los recuerdos comenzaron a fluir. Las pesadillas recurrentes sobre la casa Aguirre durante su embarazo, las voces que escuchaba susurrar desde el vientre, las noches en que despertaba para encontrar objetos movidos de lugar en su habitación y símbolos extraños dibujados en el empañado espejo del baño.

 “¡No”, susurró negando con la cabeza. No puede ser. Ricardo es mi hijo, mi bebé y lo es, aseguró el padre Domínguez con sorprendente gentileza. Tu sangre corre por sus venas, pero también lleva consigo algo más, algo que ha estado buscando un camino de regreso durante siglos. Ricardo se separó suavemente del abrazo de su madre y la miró con ojos húmedos.

 Te quiero, mamá”, dijo con lavoz infantil que Magdalena conocía y adoraba. “Y soy tu hijo, pero también soy él. A veces sueño con la casa, a veces recuerdo cosas que no deberían existir.” Y él sigue hablándome cada noche más fuerte. “¿Quién, Ricardo?”, preguntó Manuel inclinándose hacia el niño. ¿Quién te habla? “El que está detrás de la puerta.” respondió Ricardo, el que prometió riqueza a los aguirre a cambio de sangre, el que ha estado esperando desde antes que los españoles llegaran, dice que pronto será el momento de cumplir la promesa.

 El padre Domínguez se levantó abruptamente. Es como temía, el ciclo está comenzando de nuevo. Se dirigió a una de las estanterías y extrajo un libro antiguo encuadernado en cuero marrón. He estado investigando durante años. El patrón se repite cada 15 años en diferentes lugares con diferentes familias. Siempre comienza con un pacto, luego un sacrificio y finalmente un retorno.

¿Retorno de qué? Preguntó Josefina con voz temblorosa. De algo que no pertenece a este mundo, respondió el sacerdote mientras ojeaba rápidamente el libro. Algo que los aztecas conocían y temían, algo que los primeros misioneros encontraron y trataron de destruir. Se detuvo en una página que mostraba un grabado similar al ídolo de Obsidiana, una figura humanoide con cabeza de ave rodeada por símbolos que recordaban a los del sótano de los Aguirre.

 Lo llamaban Tescatlipoca en su aspecto oscuro. El señor de los sueños y la noche, el devorador de estrellas, pero es más antiguo que cualquier nombre que podamos darle. Ricardo asintió como si confirmara información que ya conocía. Dice que yo soy la llave, dijo el niño, que esta vez no fallaremos.

 Magdalena se puso de pie, su rostro una máscara de determinación mezclada con miedo. No, no lo permitiré. No perderé a mi hijo por esta cosa. Nadie perderá a nadie, aseguró el padre Domínguez. Hay una forma de romper el vínculo definitivamente, pero debemos actuar esta noche durante el eclipse. Eclipse, repitió Manuel.

 Un eclipse lunar parcial, confirmó el sacerdote. Comienza poco después de la medianoche. Los antiguos creían que durante los eclipses las barreras entre los mundos se debilitaban. es cuando la entidad intentará manifestarse plenamente a través de Ricardo. ¿Qué debemos hacer?, preguntó Magdalena, su voz firme, a pesar del miedo que la consumía por dentro.

 El padre Domínguez cerró el libro con un golpe sordo que hizo estremecer a todos en la habitación. “Debemos volver a la casa, Aguirre”, declaró con gravedad. Pero la casa fue demolida hace 10 años, objetó Manuel. Construyeron un edificio de apartamentos en su lugar. Los cimientos permanecen respondió el sacerdote. Y es en los cimientos donde realizaron el primer sacrificio, donde la puerta se abrió originalmente.

 Ricardo, que había permanecido extrañamente sereno, asintió lentamente. El sótano sigue allí, confirmó. Lo veo en mis sueños, la mesa de piedra, los símbolos en las paredes, todo está esperando. Josefina se persignó nerviosamente. ¿Y qué haremos allí, padre? No podemos exponer al niño a ese lugar maldito. No tenemos alternativa, respondió el sacerdote.

 El vínculo entre Ricardo y la entidad debe romperse en el mismo lugar donde comenzó. Necesitamos realizar un ritual de purificación durante el eclipse, cuando ambos lados de la puerta están más conectados. Suena peligroso comentó Manuel, su rostro sombrío. Lo es, admitió el padre Domínguez sin rodeos, pero es nuestra única oportunidad.

 Si esperamos al próximo ciclo, la influencia de la entidad sobre Ricardo será demasiado fuerte. Ya no será el niño que conocemos. Magdalena tomó las manos de su hijo entre las suyas, buscando en sus ojos algún rastro de miedo o duda. Lo que encontró fue una serenidad impropia de un niño de 6 años, una aceptación que la aterrorizaba más que cualquier manifestación sobrenatural.

 Ricardo dijo suavemente, “No tienes que hacer esto si no quieres. Podemos buscar otra solución.” El niño sonríó. una sonrisa dulce y triste a la vez. No hay otra solución, mamá, respondió con sencillez. Él ha esperado demasiado tiempo. Si no vamos esta noche, vendrá a buscarme de todas formas.

 El padre Domínguez comenzó a recoger diversos objetos de los cajones de su escritorio. Un crucifijo de plata, varias velas blancas, un frasco de agua bendita y un pequeño libro de oraciones encuaderno. En piel negra. Nos reuniremos aquí a las 11″, indicó mientras guardaba todo en un maletín de cuero gastado. “Llegaremos al edificio poco antes de la medianoche, cuando los inquilinos estén durmiendo.

” “Manuel, ¿crees que puedes conseguir acceso al sótano?” Manuel asintió con determinación. “Conozco al portero. Con la cantidad adecuada de pesos nos dejará entrar sin hacer preguntas.” Bien, aprobó el sacerdote Josefina. Necesitaré que prepares una infusión de las hierbas que te daré.

 Ricardo deberá beberla antes del ritual para fortalecer suespíritu. La anciana asintió, aunque sus manos temblaban ligeramente. Y yo, preguntó Magdalena, “¿Qué debo hacer?” El padre Domínguez la miró directamente, sus ojos transmitiendo la gravedad de lo que estaba por pedirle. Tú, Magdalena, serás la ancla, el vínculo que mantendrá a Ricardo conectado a este mundo cuando la entidad intente reclamarlo completamente.

 ¿Qué significa eso exactamente? Insistió una nota de desconfianza en su voz. Significa que necesitaré algunas gotas de tu sangre”, explicó el sacerdote. La sangre materna es el vínculo más poderoso que existe. Será nuestra protección más fuerte contra lo que intentará emerger esta noche. Magdalena miró a su hijo, que observaba el intercambio con una expresión indescifrable en su rostro infantil.

 Haré lo que sea necesario”, declaró finalmente. Mientras los adultos ultimaban los detalles, Ricardo se acercó a la ventana estrecha de la sacristía. El sol se había puesto completamente y las primeras estrellas comenzaban a brillar en el cielo oscurecido. El niño apoyó su pequeña mano contra el cristal frío y susurró algo que nadie más escuchó.

 Pronto, a las 11 de la noche, el grupo se reunió nuevamente en la catedral. El templo estaba casi desierto, con solo algunos fieles rezando en las capillas laterales. El padre Domínguez vestía ahora una sotana negra sencilla, sin las ornamentaciones habituales. Llevaba su maletín en una mano y un rosario de ébano en la otra.

 Magdalena había vestido a Ricardo con ropa limpia y abrigada, pantalones cortos, una camisa blanca y un suéter de lana azul. El niño parecía extrañamente tranquilo, como si se preparara para un acontecimiento largamente esperado. Manuel llegó último, trayendo consigo una lámpara de aceite y un pequeño maletín de herramientas.

 El portero estará esperándonos”, informó en voz baja. Nos dará 20 minutos antes de que deba hacer su ronda. Josefina entregó a Ricardo una pequeña botella con un líquido verdoso. “Bébelo todo, niño”, indicó con ternura maternal. “Te protegerá.” Ricardo obedeció sin protestar, aunque su rostro se contrajo levemente ante el sabor amargo de la infusión.

 “Es ora”, anunció el padre Domínguez. consultando su reloj de bolsillo, salieron por una puerta lateral de la catedral y caminaron en silencio por las calles semivacías de Guadalajara. A esa hora, la mayoría de los establecimientos habían cerrado y solo alguna cantina ocasional o puesto de tacos nocturno mostraba signos de vida.

 El edificio que se alzaba donde antes estuviera la mansión Aguirre era una estructura moderna de cuatro pisos con fachada de concreto y balcones de hierro forjado. Nada en su apariencia sugería el horror que había existido en ese mismo terreno 15 años atrás. Como prometió Manuel, el portero los esperaba junto a la entrada de servicio.

 Era un hombre mayor, de aspecto somnoliento, que apenas les dirigió una mirada mientras aceptaba los billetes que Manuel le ofrecía. “El sótano está al final de ese pasillo”, indicóñalando hacia un corredor mal iluminado. “Tienen hasta las 12:20. Después tendré que reportar cualquier actividad inusual al administrador.

 Será suficiente, aseguró Manuel. El grupo avanzó por el pasillo en penumbra. El olor a humedad se intensificaba a medida que se acercaban a la puerta metálica que conducía al sótano. Ricardo caminaba adelante como si conociera perfectamente el camino. “Aquí es”, dijo el niño deteniéndose frente a la puerta. Manuel usó una pequeña palanca para forzar la cerradura oxidada.

 La puerta se abrió con un chirrido prolongado, revelando una escalera de concreto que descendía hacia la oscuridad. “Yo iré primero”, se ofreció encendiendo la lámpara de aceite. Descendieron lentamente, el aire volviéndose más frío y denso con cada escalón. Cuando llegaron al fondo, Manuel elevó la lámpara para iluminar el espacio.

 El sótano era ahora utilizado como bodega para el edificio. Cajas, muebles viejos y diversos objetos abandonados ocupaban gran parte del espacio. Pero en el centro, claramente visible, a pesar de los años transcurridos, permanecía una sección del suelo original, losas de piedra antigua dispuestas en un patrón circular.

 La mesa de piedra estaba allí”, señaló Ricardo avanzando hacia el círculo, y las cadenas colgaban de esa pared. El padre Domínguez comenzó a despejar un área alrededor del círculo de piedra, moviendo cajas y otros obstáculos con ayuda de Manuel. “Necesitamos espacio para el ritual”, explicó mientras trabajaba. Magdalena coloca las velas en los puntos cardinales del círculo.

 Mientras Magdalena seguía las instrucciones, Ricardo permaneció inmóvil en el centro, sus ojos recorriendo las paredes como si pudiera ver algo que los demás no percibían. “Los símbolos siguen aquí”, murmuró bajo la pintura nueva. “¿Puedo sentirlos?” Josefina, que se había mantenido cerca de la escalera, de repente se tensó. Algo no está bien”,susurró. El aire ha cambiado.

 Tenía razón. A pesar de estar bajo tierra, una corriente de aire frío comenzó a circular por el sótano, haciendo que la llama de la lámpara parpadeara peligrosamente. “Está comenzando”, anunció el padre Domínguez consultando nuevamente su reloj. El eclipse, lo siente. En ese momento, Ricardo se estremeció violentamente.

 Su pequeño cuerpo se tensó como una cuerda de violín y sus ojos se volvieron repentinamente vidriosos. “Está aquí”, dijo con una voz que ya no era la suya. ha estado esperando tanto tiempo. Magdalena corrió hacia su hijo, pero el padre Domínguez la detuvo. Aún no advirtió, primero debemos completar el círculo. Con movimientos rápidos pero precisos, el sacerdote trazó una línea de agua bendita conectando las cuatro velas.

Luego extrajo el crucifijo de plata y lo colocó en las manos de Ricardo, quien no reaccionó. su mirada perdida en algún punto indeterminado. “Ahora Magdalena,” indicó el padre Domínguez extrayendo un pequeño cuchillo ceremonial de su maletín. “Necesito tu sangre para sellar el círculo.” Con un gesto de determinación, Magdalena extendió su mano.

 El sacerdote hizo un pequeño corte en su palma y recogió varias gotas de sangre en un pequeño cáliz de plata. Manuel, Josefina, quédense fuera del círculo. Ordenó, pase lo que pase, no lo crucen hasta que haya terminado. La BR, el padre Domínguez, mezcló la sangre de Magdalena con agua bendita y comenzó a recitar oraciones en latín mientras rociaba la mezcla alrededor de Ricardo, que seguía inmóvil en el centro.

Repentinamente las velas se encendieron por sí solas, sus llamas elevándose anormalmente altas. Las sombras en las paredes comenzaron a moverse independientemente de los objetos que las proyectaban, contorsionándose en formas imposibles. “Hijo mío!”, llamó Magdalena intentando captar la atención de Ricardo.

 “Estoy aquí, no tengas miedo.” El niño giró lentamente la cabeza hacia ella. Una sonrisa que no pertenecía a un niño se dibujó en su rostro. “Tu hijo está muy lejos ahora”, respondió con una voz profunda y resonante. “Yo he tomado su lugar.” El padre Domínguez elevó la voz, sus oraciones más intensas, mientras rodeaba a Ricardo con movimientos circulares, siempre en sentido contrario a las agujas del reloj.

 Te conozco”, dijo Alente que hablaba a través del niño. “Sé tu nombre verdadero, el que está escrito en las estrellas más antiguas”. La sonrisa en el rostro de Ricardo se desvaneció, reemplazada por una mueca de furia. “Tú no sabes nada, sacerdote.” Espetó. “Tu Dios es joven y débil. Yo existía antes que él. Quizás concedió el padre Domínguez sin detenerse, “pero no perteneces a este mundo y esta noche romperemos tu último vínculo con él.

” El suelo bajo sus pies comenzó a temblar. Pequeñas grietas aparecieron en el concreto, siguiendo exactamente el patrón de las antiguas losas de piedra. “¡Ricardo!”, gritó Magdalena desesperadamente. “Sé que puedes oírme. Lucha contra él! Por un instante, los ojos del niño parecieron aclararse y un destello de reconocimiento cruzó su rostro.

 Mamá, llamó con su voz infantil. Tengo miedo. Estoy aquí, mi amor, respondió Magdalena, avanzando hacia él a pesar de las advertencias del sacerdote. No te dejaré. En ese momento, todas las velas se apagaron simultáneamente, sumiendo el sótano en una oscuridad casi total. Solo la débil luz de la lámpara de Manuel iluminaba la escena proyectando sombras grotescas en las paredes.

 “No te acerques más”, advirtió el padre Domínguez. “El círculo debe permanecer intacto.” Pero Magdalena ya había tomado su decisión. Con un movimiento rápido, cruzó el círculo y abrazó a Ricardo, estrechándolo contra su pecho. “Te tengo”, susurró en su oído. “No te soltaré. Un viento helado surgió de la nada, tan fuerte que derribó a Manuel y Josefina.

 Y el padre Domínguez se aferró a su libro de oraciones, continuando el ritual, a pesar de la furia desatada. Por la sangre de la madre que te dio vida gritó sobre el rugido del viento. Por el amor que es más fuerte que cualquier pacto, te ordeno que liberes a este niño. Ricardo comenzó a convulsionar en los brazos de Magdalena.

 Su pequeño cuerpo se sacudía con espasmos violentos, como si dos fuerzas opuestas lucharan por el control. “No lo soltaré”, declaró Magdalena, aferrándose a su hijo con todas sus fuerzas. “Es mi hijo mío.” El suelo bajo sus pies se abrió repentinamente, revelando las antiguas losas de piedra que habían permanecido ocultas durante años.

 En ellas, símbolos tallados comenzaron a brillar con una luz rojiza enfermiza. “El altar”, exclamó Josefina desde donde había caído. “Es donde sacrificaron al primer Ricardo.” El padre Domínguez comprendió inmediatamente. Avanzando a través del viento sobrenatural, alcanzó a Magdalena y Ricardo. “La sangre!” gritó. “Necesitamos tu sangre en el altar.

” Magdalena, sin soltar a Ricardo,extendió su mano herida sobre las losas de piedra. Las gotas de sangre que cayeron parecieron absorber la luz rojiza de los símbolos, cambiándola gradualmente a un tono azulado. “Funciona”, exclamó el sacerdote. “El vínculo se está rompiendo.” Un grito inhumano surgió de la garganta de Ricardo.

 Un sonido tan antiguo y terrible que hizo que todos se cubrieran los oídos, excepto Magdalena, que continuó abrazando a su hijo. Vuelve a mí”, suplicaba una y otra vez. “Vuelve a mí, Ricardo.” El niño se arqueó violentamente una última vez y luego se desplomó en los brazos de su madre, completamente inmóvil.

 “¡Ricardo!”, gritó Magdalena, sacudiendo suavemente su cuerpo inerte. “Ricardo, despierta.” El silencio que siguió fue absoluto. El viento sobrenatural había cesado, las grietas en el suelo se habían cerrado y los símbolos ya no brillaban. Solo quedaba una madre sosteniendo a su hijo inconsciente en un sótano oscuro y frío.

El padre Domínguez se arrodilló junto a ellos, colocando dos dedos en el cuello del niño. Tiene pulso anunció con alivio. Débil, pero está vivo. Manuel se acercó con la lámpara, iluminando el rostro pálido de Ricardo. Josefina, apoyándose en su bastón, observaba desde una distancia prudencial sus ojos llenos de lágrimas.

 ¿Ha funcionado?”, preguntó Manuel, su voz apenas un susurro. Como respondiendo a su pregunta, Ricardo abrió lentamente los ojos, miró alrededor confundido, hasta que su mirada se posó en el rostro angustiado de su madre. “Mamá, llamó débilmente. Tuve un sueño muy feo.” Magdalena lo abrazó con fuerza, lágrimas de alivio corriendo por sus mejillas.

 Todo está bien ahora, mi amor. Solo fue una pesadilla. El padre Domínguez estudió atentamente al niño, buscando cualquier signo de la presencia sobrenatural que lo había habitado. Los ojos de Ricardo eran claros y despejados, sin rastro de la inteligencia antigua y malévola que los había dominado momentos antes.

 “Creo que lo logramos”, declaró finalmente. El vínculo se ha roto. ¿Estás seguro? preguntó Josefina acercándose cautelosamente. No podemos estar completamente seguros, admitió el sacerdote, pero la sangre materna sobre el lugar del primer sacrificio creo que ha cerrado el círculo. Ha completado lo que comenzó hace 15 años.

 Ricardo, ajeno a la gravedad de lo ocurrido, bostezó y se acurrucó contra el pecho de su madre. “Tengo sueño”, murmuró. “¿Podemos ir a casa?” Magdalena miró al padre Domínguez, quien asintió. “Llévenlo a casa”, indicó. “Pero estaré pendiente. Visitaré a Ricardo regularmente para asegurarme de que todo está bien.” Manuel ayudó a Magdalena a ponerse de pie mientras sostenía a Ricardo, que ya se había quedado dormido nuevamente.

Josefina recogió las velas y ayudó al padre Domínguez a guardar sus implementos rituales. “¿Qué pasará con este lugar?”, preguntó Manuel mirando alrededor del sótano, que nuevamente parecía ordinario y mundano. “Lo consagraré mañana”, respondió el sacerdote, “y luego sellaré la puerta. Nadie debería entrar aquí de nuevo.

” Mientras subían las escaleras, Magdalena notó que Ricardo sonreía en sueños. Era una sonrisa pacífica, infantil, sin rastro de la malevolencia que había mostrado antes. Mi niño susurró besando su frente. Mi verdadero niño. En las semanas que siguieron no hubo señales de que la entidad hubiera sobrevivido. Ricardo no volvió a tener pesadillas sobre la casa Aguirre, ni dibujómbolos extraños, ni habló con voces que no eran suyas.

 Era simplemente un niño normal de 6 años, lleno de energía y curiosidad por el mundo. El padre Domínguez visitó a la familia regularmente durante el primer mes, realizando discretas bendiciones y observando atentamente cualquier señal de actividad sobrenatural. No encontró ninguna. Una tarde, mientras Ricardo jugaba en el parque cercano a su casa, el sacerdote se sentó junto a Magdalena en un banco.

 “Parece que realmente lo logramos”, comentó observando al niño que corría felizmente tras una pelota. “Sí”, respondió Magdalena con una sonrisa cansada, pero satisfecha. “Es como si hubiera despertado de un largo sueño. Ya no habla de cosas que no debería saber. ya no tiene miedo a la oscuridad. El vínculo se rompió completamente, confirmó el sacerdote.

 Tu sangre, Magdalena, tu amor maternal fue más fuerte que un pacto ancestral. Magdalena observó a su hijo, que ahora reía con otros niños. ¿Cree que alguna vez recordará algo de lo ocurrido? El padre Domínguez negó con la cabeza. Los niños tienen una notable capacidad para olvidar los traumas. Con el tiempo todo esto será como un sueño vago que eventualmente desaparecerá por completo.

Y la entidad, el señor de los sueños, volverá a intentarlo con otra familia. El sacerdote suspiró profundamente. No lo sé, admitió. Estas fuerzas antiguas son pacientes, pueden esperar siglos, pero creo que al romper el ciclo en la casa Aguirre hemos cerrado almenos una puerta. Ricardo se acercó corriendo, sus mejillas sonrojadas por el ejercicio y la excitación.

 “¡Mamá, mira lo que encontré”, exclamó extendiendo su pequeña mano para mostrar una moneda antigua. Magdalena examinó el objeto. Era una moneda de plata del periodo porfiriano con el águila mexicana grabada en una cara y el valor en la otra. “Es muy bonita, cariño”, comentó devolviéndosela. “¿Dónde la encontraste? Estaba enterrada junto al árbol grande”, respondió Ricardo, guardando cuidadosamente su tesoro en el bolsillo, como si alguien la hubiera dejado allí para que yo la encontrara.

El padre Domínguez y Magdalena intercambiaron una mirada de preocupación momentánea, pero la desecharon rápidamente. No había nada sobrenatural en encontrar una moneda vieja en un parque de Guadalajara. “Ve a jugar un poco más”, indicó Magdalena. Nos iremos pronto. Mientras Ricardo se alejaba nuevamente, el sacerdote reflexionó en voz alta.

 Quizás algunas cosas están destinadas a permanecer misteriosas. Quizás no necesitamos entender completamente lo que ocurrió. Lo único que necesito saber, respondió Magdalena con firmeza, es que mi hijo está a salvo, que es mío, verdaderamente mío. Lo es, aseguró el padre Domínguez. en todos los sentidos que importan. Al caer la tarde, mientras madre e hijos regresaban a casa tomados de la mano, Ricardo tarareaba una melodía que Magdalena no reconoció.

 Era una tonada extrañamente melancólica para un niño de su edad. ¿Qué canción es esa, cariño?, preguntó con curiosidad. Ricardo se encogió de hombros sonriendo. No lo sé, solo la escuché en mi cabeza. ¿Te gusta? Es bonita. respondió Magdalena, eligiendo no preocuparse. Los niños siempre inventan cosas. Esa noche, mientras arropaba a Ricardo en su cama, el niño la miró con sus grandes ojos marrones, tan inocentes y claros.

“Mamá”, dijo mientras bostezaba, “¿Sabes que te quiero más que a nada en el mundo? Yo también te quiero más que a nada, mi cielo,” respondió Magdalena, besando su frente. “Y nunca te dejaré”, continuó Ricardo, sus párpados cerrándose pesadamente. “Nunca, nunca.” Magdalena sonrió apagando la lámpara de la mesita de noche.

 “Descansa, mi pequeño. Mañana será otro día.” Mientras salía de la habitación, no notó que la moneda antigua que Ricardo había encontrado en el parque ahora descansaba sobre su mesita de noche, colocada exactamente en el centro, como si fuera un objeto de gran importancia, ni tampoco vio la casi imperceptible sonrisa que se dibujó en los labios del niño dormido.

 Una sonrisa que quizás contenía un eco de algo más antiguo y paciente que cualquier ser humano podría comprender. Fuera. La luna llena iluminaba las calles de Guadalajara con su luz plateada. La vida continuaba su curso normal. Parejas paseando, vendedores ambulantes recogiendo sus puestos, perros callejeros buscando comida entre la basura.

 Nadie prestaba atención al edificio de apartamentos construido sobre los cimientos de la antigua casa Aguirre. Nadie notaba que en una de las ventanas del sótano una pequeña grieta había comenzado a formarse, siguiendo exactamente el patrón de uno de los símbolos que alguna vez habían adornado las paredes de aquel lugar maldito.

 La ciudad dormía ajena al hecho de que algunas historias nunca terminan realmente. Solo esperan pacientes como las montañas para ser contadas nuevamente. Y así concluye la horrible historia de los hijos de doña Teresa. Me encantaría saber qué sensación les ha dejado esta historia. Perturbación, inquietud o quizás ese escalofrío que nos recuerda que algunas puertas del pasado nunca se cierran completamente.

 Si conocen a alguien que disfruta de historias donde lo sobrenatural se entrelaza con lo psicológico, no duden en compartir este relato con ellos. Estoy seguro que apreciarán sumergirse en los oscuros secretos de la familia Aguirre. No olviden suscribirse y darle like si desean más narraciones que exploren los rincones más sombríos de nuestras tradiciones latinoamericanas.

Hasta la próxima. Y recuerden, algunas historias solo duermen esperando pacientemente para manifestarse de nuevo.