La Horrenda Historia del Albañil que emparedó a su familia, (1949, Oaxaca)

La mañana del lunes 7 de marzo amaneció con ese frío seco que precede al calor intenso de mediodía en Oaxaca. Rogelio Sosa caminaba por la calle Independencia con paso firme, cargando su morral de lona donde guardaba nivel, plomada y cuaderno de cuentas. A sus 32 años era reconocido en tres colonias como el Sosa que trabaja limpio, el albañil que no robaba cemento ni aparecía crudo los lunes.
Esa reputación construida ladrillo a ladrillo desde los 16 era su único patrimonio real. El contrato que acababa de firmar representaba algo más que trabajo, era la posibilidad de respirar. Don Heriberto Madrazo, comerciante de telas con casa antigua cerca del exconvento, necesitaba ampliar su patio interior. Un cuarto nuevo para bodega, refuerzo del muro norte que daba a un callejón oscuro, reparación de humedad que subía desde los cimientos coloniales, 3 meses de obra, pago quincenal garantizado y la promesa tácita de futuros trabajos si el
resultado era bueno. Rogelio había calculado cada peso. Con eso pagaría dos deudas menores. Compraría zapatos nuevos para los niños y tal vez, solo tal vez, dejaría de escuchar el tono de reproche perpetuo en la voz de Elena. Su esposa lo esperaba en la entrada de la vecindad, donde rentaban dos cuartos húmedos en la calle Murguía.
Elena Ochoa de Sosa tenía 28 años y la expresión permanente de quien ha dejado de esperar milagros. Se había casado a los 18 creyendo en las promesas de un hombre trabajador, de esos que no toman ni andan con otras. Y Rogelio había cumplido esas promesas básicas, pero nada más. 7 años después seguían en renta.
Los niños dormían en un catre compartido y cada mes era una ecuación imposible entre lo que entraba y lo que se debía. “Firmaste?”, preguntó sin levantar la vista del metate donde molía chile para el mole amarillo. “Firmé tr meses, Elena. Esta vez es en serio. Ella asintió con un movimiento mínimo. No había celebración en ese gesto, solo el registro mental de una información que podía o no materializarse.
Los niños, Rafael de 6 años y Carmen de 4, jugaban en el patio común con una pelota de trapo. Rafael tenía la inteligencia viva de Elena y las manos hábiles de Rogelio. La maestra de la escuela pública había dicho que podía seguir estudiando si había forma de pagar los útiles. Carmen era pura risa y energía, ajena todavía a la atención que electrificaba cada conversación de sus padres.
“Don Heriberto me adelantó para materiales”, dijo Rogelio sacando un fajo de billetes arrugados. “Voy a comprar lo necesario y empiezo mañana.” Elena secó las manos en el delantal y extendió la palma. Dame la mitad para comida y lo que se debe en la tienda. Rogelio vaciló. La mitad era más de lo que había planeado dejar. Necesitaba cemento, cal, arena de buena calidad.
No podía escatimar si quería que la obra luciera. Pero la mirada de Elena no admitía negociación. Le dio cuatro billetes, guardó el resto y salió sin despedirse. En la ferretería de los hermanos Ruiz, Rogelio compró menos de lo que necesitaba, pero más de lo que podía cargar. El dueño, un español de voz ronca que anotaba todo en un cuaderno con pasta de cuero, lo conocía bien.
¿Seguro que vas a poder pagar todo esto en la quincena Sosa? Seguro, don Esteban. Obra grande, cliente formal. El español entrecerró los ojos. Eso dijiste la última vez. Y tuve que esperarte dos meses. Rogelio apretó los dientes. La humillación de esa deuda, 300 pesos que había pagado en abonos dolorosos, todavía le ardía, pero necesitaba el material.
Y don Esteban era el único que fiaba. Esta vez es distinto. Eso también lo dijiste. Aún así apuntó la compra en la cuenta. Rogelio cargó los bultos de cemento en una carretilla prestada y caminó las ocho cuadras hasta la casa de don Heriberto. El sol ya pegaba fuerte. Sudor y polvo se mezclaban en su frente. Al llegar encontró al dueño supervisando la descarga de unas cajas en la entrada principal. Ah. Sosa, bien, bien.
Empieza por el muro norte. Quiero que quede grueso, que no se cuele ni el frío ni el ruido del callejón y la bodega la trazas donde te marqué ayer. Rogelio asintió. Se puso a trabajar con la concentración metódica que lo caracterizaba, midió. Trazó líneas con carbón sobre el piso de tierra apisonada. Calculó ángulos.
Para media tarde ya tenía los cimientos del cuarto nuevo excavados y listos para recibir la primera hilada de piedra. Don Heriberto pasó dos veces, aprobó con un gruñido satisfecho y le dejó llave del portón lateral para que pudiera entrar temprano. Esa noche Rogelio regresó a la vecindad con las manos agrietadas y la espalda adolorida.
Elena había preparado frijoles con tortillas y un poco de queso. Los niños ya dormían. Comieron en silencio. Ella rompió la tregua a mitad del plato. Tu hermano vino. Dice que necesita hablar contigo. Rogelio dejó la cuchara. ¿Qué quería? No me dijo, pero tenía esa cara,la cara que tenía Germán, su hermano menor, cuando traía problemas.
Rogelio suspiró. Germán era bueno para meterse en líos y mejor para involucrar a otros. La última vez había sido un préstamo que nunca devolvió y Rogelio había tenido que dar la cara ante el prestamista. “Mañana lo veo, Rogelio.” Elena lo miró directo a los ojos. No te metas en nada raro, por favor. Él apartó la mirada.
No me voy a meter. Pero la incomodidad que sentía en el estómago no tenía nada que ver con los frijoles. Germán aparecía solo cuando necesitaba algo y lo que necesitaba nunca era sencillo. Al día siguiente, Rogelio llegó a la obra antes del amanecer. Le gustaba trabajar en esa hora silenciosa, cuando la ciudad todavía dormía y solo se oía el canto de los gallos y el rumor lejano del mercado preparándose.
Mezcló la primera tanda de mortero, colocó las piedras de base con precisión de relojero. La satisfacción física del trabajo bien hecho era lo único que no le fallaba. A media mañana, mientras nivelaba la segunda hilada, escuchó pasos en el callejón. Germán apareció por el portón lateral, flaco y nervioso como siempre, con esa manera de mirar alrededor que tenía la gente que debe favores.
Necesito hablar contigo, hermano. Rogelio no dejó de trabajar. Habla. Germán se acercó, bajó la voz, aunque no había nadie más. Tengo una oportunidad. Pero necesito que me ayudes. No tengo dinero. No es dinero, es un favor. ¿Conoces al licenciado Salmerón, verdad? Rogelio se enderezó. El licenciado Salmerón era funcionario en la presidencia municipal, uno de esos hombres que movían papeles y permisos que decidían quién construía y quién no.
¿Qué tiene que ver? Germán sonrió con esa sonrisa que Rogelio conocía demasiado bien. Tiene material que necesita moverse, cemento, varilla, cosas que sobraron de una obra pública. No está mal, hermano. Es material que de todas formas iba a perderse. Solo necesita que alguien de confianza lo almacene unos días y después lo use.
Te paga bien y el material te queda para tus trabajos. Rogelio sintió un nudo en el estómago. Eso es robo. No es robo si el material ya no está en los libros. Es un arreglo. Todo el mundo lo hace. Yo no. Germán perdió la sonrisa. Rogelio, debo dinero, mucho dinero. Si no consigo ayudar al licenciado, va a haber problemas.
Y si hay problemas para mí, va a haber problemas para ti también. Porque di tu nombre como garantía. El aire pareció espesarse. Rogelio dejó la cuchara de albañil, se quitó el sombrero de palma, se limpió el sudor de la frente. Diste mi nombre. Necesitaba que confiaran en mí. Tu reputación es sólida.
Nadie duda del sosa que trabaja limpio. La rabia subió como una ola, pero Rogelio la contuvo. Golpear a Germán no arreglaría nada. Y si lo que decía era cierto, negarse podía traer consecuencias peores que aceptar. Cuánto material. Germán volvió a sonreír. Tres viajes. Los haces en horarios tranquilos. Nadie pregunta. El licenciado te paga 200 pesos y te quedas con lo que sobre del material.
200 pesos. Casi lo que ganaba en un mes. Rogelio cerró los ojos. Pensó en Rafael. en los zapatos que necesitaba, en Elena, en la forma en que lo miraba últimamente, como si fuera un problema más que un compañero en las deudas que lo perseguían como perros flacos. Una sola vez y no vuelvas a dar mi nombre para nada. Germán le palmeó el hombro.
Sabía que podía contar contigo, hermano. Esa noche Rogelio no le contó nada a Elena. Comieron en silencio otra vez. Ella parecía más cansada de lo normal, con ojeras que no se borraban ni con sueño. Cuando acostaron a los niños, Elena se sentó en el borde del catre y habló sin mirarlo. Mi hermana Magdalena dice que puedo irme a vivir con ella si las cosas se ponen difíciles.
Rogelio sintió que algo se rompía dentro de su pecho. Le dijiste que las cosas están difíciles. No le tengo que decir, se nota. Estoy trabajando, Elena. Tengo obra por tres meses. Tener trabajo no es lo mismo que estar bien, Rogelio. Estás distinto. Desde hace semanas estás como si cargaras algo que no puedes soltar.
Él quiso responder, pero no encontró palabras que no fueran mentiras o verdades a medias. Se acostó dándole la espalda. Elena no insistió, pero Rogelio supo, con esa certeza terrible que a veces llega en la oscuridad que algo en su matrimonio acababa de quebrarse de una forma que no sabía cómo reparar. Los primeros dos viajes de material fueron sencillos.
Rogelio los hizo de madrugada cargando bultos de cemento y paquetes de varilla desde una bodega abandonada cerca de la estación del ferrocarril hasta el patio de la casa de don Heriberto. Nadie preguntó. El licenciado Salmerón le pagó en efectivo billetes nuevos que Rogelio guardó en un sobre escondido debajo de una tabla suelta del piso.
Con parte de ese dinero, pagó la deuda de la ferretería. Don Esteban lo miró con sorpresa. Veo que la obra vabien. Va bien. El español no hizo más preguntas. Rogelio salió de ahí con la sensación contradictoria de haber hecho algo correcto con dinero sucio. El tercer viaje fue distinto. Germán apareció nervioso con un papel arrugado en la mano.
Cambió el lugar de recogida y hay que hacerlo de noche, no de madrugada. ¿Por qué? Porque sí, Rogelio, no preguntes tanto. Rogelio sintió que algo no cuadraba, pero ya estaba metido. Esa noche esperó a que Elena y los niños durmieran. Salió sin hacer ruido. La ciudad nocturna era otra. Calles vacías, sombras largas, perros ladrando a la distancia.
Llegó a la dirección indicada, una construcción abandonada en las afueras, donde el pavimento se convertía en terracería. Había tres hombres esperando. Uno de ellos era el licenciado Salmerón, pero los otros dos conocía. Tenían la postura y la mirada de gente acostumbrada a resolver problemas con violencia. Sosa, bien. Carga esto y llévalo donde te dije.
No era solo cemento. Había cajas de madera con sellos oficiales, paquetes envueltos en lona. Rogelio no preguntó qué contenían. cargó todo en una camioneta prestada. Condujo despacio por calles secundarias, descargó en el patio de don Heriberto, cubriéndolo todo con lonas viejas. Al terminar, el licenciado le extendió un sobre más grueso.
Buen trabajo, pero necesito que guardes esto un tiempo más, dos semanas nada más. Rogelio quiso negarse, pero la mirada de los otros dos hombres no dejaba espacio para negociaciones. Está bien. Regresó a casa cuando el cielo empezaba a clarear. Elena estaba despierta, sentada en la mesa, con una caja de lata abierta frente a ella.
Dentro estaban los papeles que Rogelio creía bien escondidos, recibos firmados por el licenciado, notas con cifras. El sobre con dinero. ¿Qué es esto? La voz de Elena temblaba de rabia contenida. Rogelio cerró la puerta despacio. Es trabajo. Esto no es trabajo, Rogelio. Esto es, no sé qué es, pero no es trabajo honesto.
Es dinero que necesitamos. Elena se puso de pie. Sus ojos brillaban de una forma que Rogelio nunca había visto. No necesitamos dinero así. ¿En qué te metiste? En nada que te importe. Las palabras salieron más frías de lo que pretendía. Elena retrocedió como si la hubiera golpeado. Nada que me importe. Soy tu esposa. Tenemos hijos.
Todo lo que haces nos importa. Estoy resolviendo. Eso es lo que importa. Resolviendo. Elena rió sin humor. ¿Sabes cuántas veces he escuchado eso? Mi padre lo decía antes de que lo encontraran muerto en un callejón por deber dinero a la gente equivocada. Estoy resolviendo, mi hija. Y después mi madre tuvo que criarnos sola lavando ropa ajena. Rogelio apretó los puños.
Yo no soy tu padre. No eres peor, porque él al menos no mentía sobre lo que hacía. El silencio que siguió fue como un muro entre ellos. Rafael apareció en la puerta del cuarto frotándose los ojos. ¿Por qué gritan? Elena lo levantó en brazos. No pasa nada, mi amor. Vuelve a dormir.
Pero Rafael miró a su padre con esa intuición terrible que tienen los niños para detectar cuando algo está profundamente mal. Rogelio apartó la vista. Los días siguientes fueron una guerra silenciosa. Elena guardaba el dinero que Rogelio dejaba, pero no le hablaba más de lo necesario. Comenzó a pasar más tiempo en casa de Magdalena llevándose a los niños.
Rogelio se refugió en la obra, levantando el muro norte con una dedicación obsesiva. Don Heriberto comentó que el trabajo iba más rápido de lo planeado. Buen ritmo, Sosa. Así me gusta. Pero el ritmo no era producto de la eficiencia, era producto de la necesidad de no pensar, de no estar en la vecindad, donde cada silencio era un reproche.
Rogelio trabajaba hasta que las manos le sangraban, hasta que la espalda le ardía tanto que no podía enderezarse. Y cuando regresaba a casa, Elena ya dormía o fingía dormir dándole la espalda. Una tarde, mientras mezclaba mortero, apareció uno de los hombres que había visto aquella noche. No dijo su nombre. El licenciado necesita que muevas las cajas mañana en la noche.
Dijo, “Dos semanas, apenas ha pasado una.” El hombre sonrió sin humor. Los planes cambiaron. Mañana en la noche no esperó respuesta. se fue como había llegado, dejando a Rogelio con el estómago revuelto. Esa noche intentó hablar con Elena, pero ella levantó la mano. No quiero saber. Solo quiero que esto termine. Va a terminar, te lo prometo.
Elena lo miró con una mezcla de pena y desprecio que dolió más que cualquier grito. “Tus promesas ya no significan nada, Rogelio. Algo dentro de él se endureció al escuchar eso. Toda la humillación acumulada, todo el esfuerzo ignorado, toda la presión de ser el hombre que tenía que resolverlo todo, se cristalizó en un pensamiento frío.
Si ella no podía entender lo que hacía por la familia, entonces no merecía explicaciones. Al día siguiente, Rogelio movió las cajas, pero cuando llegó al punto de entrega,solo estaba el licenciado Salmerón, nervioso y sudando a pesar del fresco nocturno. Cambio de planes. Necesito que guardes esto un poco más. No, ya cumplí.
Salmerón sacó un fajo de billetes. 500 pesos. Solo una semana más. 500 pesos. Rogelio pensó en los zapatos de Rafael, en el vestido que Elena había visto en el mercado y que nunca se atrevía a pedir, en la posibilidad de pagar varios meses de renta por adelantado y respirar sin esa presión constante.
Una semana ni un día más. regresó a la casa de don Heriberto, escondió las cajas en el espacio que quedaba detrás del muro norte y comenzó a levantar la mampostería con una urgencia nueva. Trabajó toda la noche. Para el amanecer, el muro tenía ya medio metro de altura, grueso y sólido, sellando perfectamente el espacio donde había colocado las cajas.
Cuando don Heriberto llegó, admiró el progreso. Caramba, Sosa, trabajas como poseído. Rogelio sonríó, pero era una sonrisa mecánica. Solo quiero terminar bien, don Heriberto. ¿No le dijo que cada ladrillo que ponía se sentía como sellar su propia trampa? ¿No le dijo que el muro que construía para protegerse del ruido del callejón se estaba convirtiendo en el muro que lo separaba de todo lo que alguna vez había sido.
Esa noche, al llegar a la vecindad, encontró la casa vacía. Había una nota sobre la mesa con la letra cuidadosa de Elena. Nos vamos con Magdalena unos días. Los niños necesitan estar en un lugar tranquilo. Yo también. Rogelio arrugó el papel. La rabia le subió como Bilis. Tranquilo. Él era el que trabajaba hasta reventarse, el que hacía lo que fuera necesario para que tuvieran techo y comida.
Y ahora ella se llevaba a sus hijos como si él fuera un peligro. Se sirvió mezcal de la botella que guardaba para ocasiones especiales. Bebió sin medida, algo que casi nunca hacía. El alcohol no trajo alivio, solo magnificó la sensación de injusticia. Se durmió en el suelo con la cabeza llena de pensamientos oscuros y contradictorios.
Al despertar, tenía la certeza de que algo iba a romperse pronto y no sabía si tendría la fuerza para evitarlo. La semana que Elena pasó en casa de Magdalena fue la más larga de su vida. No era solo la distancia física de Rogelio, era la confirmación de algo que había sospechado por meses. Su matrimonio se estaba convirtiendo en una mentira peligrosa.
Magdalena vivía en un barrio más modesto, pero su casa tenía algo que la vecindad de Elena había perdido hacía tiempo. Paz. Su esposo era carpintero, un hombre callado, que llegaba cansado, pero nunca con esa tensión eléctrica que Rogelio traía. Últimamente los niños jugaban con sus primos ajenos a la tormenta que se gestaba. “¿Vas a regresar con él?”, preguntó Magdalena una tarde mientras lavaban ropa en el patio.
Elena estrujó una camisa con más fuerza de la necesaria. “No sé qué hizo. Se metió en algo. No sé exactamente qué, pero tiene dinero que no debería tener y papeles que no debería firmar.” Y cuando le pregunto, se cierra como ostra. Magdalena sacudió el agua de un delantal. Los hombres creen que protegernos es no contarnos nada, pero eso no es protección, es control. Elena asintió.
Esa palabra control describía perfectamente lo que sentía. Rogelio había empezado a decidir todo. ¿Cuándo podía salir? ¿Con quién podía hablar? ¿Qué podía comprar? lo justificaba diciendo que administraba mejor, pero Elena sabía reconocer una jaula cuando estaba dentro de una. Tengo miedo, Magda, miedo de que si regreso las cosas empeoren, pero también tengo miedo de quedarme aquí y descubrir que él hizo algo que nos arrastre a todos.
Magdalena la tomó de las manos. Entonces, no regreses hasta que él dé señales de cambiar. De verdad cambiar, no solo prometerlo. Pero al cuarto día, Rafael enfermó, fiebre alta, tos que no sedía. El médico del barrio dijo que era bronquitis, recetó medicinas caras. Magdalena ofreció pagar, pero Elena no podía aceptar más caridad.
Necesitaba el dinero que Rogelio guardaba. Necesitaba regresar. Cuando llegó a la vecindad, la encontró en un estado deplorable. Ropa sucia amontonada, platos con comida a medio comer, el olor agrio del descuido. Rogelio no estaba. Preguntó a la vecina de al lado, doña Lupita, una mujer mayor que todo lo veía y poco decía.
Sale temprano, regresa tarde, a veces ni regresa y cuando está se oye que camina y camina por el cuarto como animal enjaulado. Elena sintió un escalofrío, limpió lo que pudo, acostó a Rafael en el catre con compresas frías. Carmen preguntó por su papá con esa insistencia infantil que parte el alma. ¿Cuándo va a venir? Pronto, mi amor.
Pero Rogelio no llegó esa noche ni la siguiente. Al tercer día, Elena tomó una decisión. Iría a buscarlo a la obra. Necesitaba respuestas. Necesitaba que él viera a Rafael enfermo y reaccionara como padre, no como el extraño en que se estaba convirtiendo. La casa de don Heribertoera imponente, con portón de madera labrada y balcones de hierro forjado.
Elena tocó en la entrada principal, le abrió una empleada con delantal blanco. Busco a Rogelio Sosa. Es el albañil que está trabajando aquí. La empleada frunció el seño. Está en el patio interior, pero don Heriberto no permite visitas durante el trabajo. Es urgente, es su esposa. La mujer vaciló, luego asintió. Pase rápido y no tarde.
Elena cruzó el zaguán, atravesó una sala con muebles oscuros y olores acera de abeja, salió al patio interior. Lo que vio la dejó helada. Rogelio estaba de espaldas. levantando un muro con movimientos mecánicos casi frenéticos. Tenía la camisa empapada en sudor, el pelo revuelto, las manos sangrando. Pero lo que más la perturbó fue la expresión de su rostro cuando se dio vuelta vacía, como si algo esencial hubiera apagado dentro de él. Elena.
Su voz sonaba rara, pastosa. Rafael está enfermo. Necesito dinero para las medicinas. Rogelio parpadeó como si procesara las palabras desde muy lejos. Enfermo, bronquitis. El médico dice que puede complicarse si no se trata. Él metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó un fajo arrugado de billetes, se los extendió sin contar. Toma.
Elena tomó el dinero, pero no se movió. ¿Qué te está pasando, Rogelio? Nada, estoy trabajando. Esto no es trabajar, esto es No sé qué es. Rogelio volvió al muro, tomó otro ladrillo. Tengo que terminar. ¿Terminar qué? El muro ya está más alto de lo que debería. Don Heriberto quiere que sea grueso. Está grueso ya.
¿Qué estás escondiendo ahí atrás? El silencio que siguió fue tan denso que Elena casi podía tocarlo. Rogelio dejó el ladrillo, se limpió las manos en el pantalón, caminó hacia ella con una lentitud que daba miedo. No preguntes cosas que no quieres saber. Soy tu esposa. Tengo derecho a saber. No tienes ningún derecho.
Las palabras salieron frías, cortantes. Hago lo que tengo que hacer. Tú ocúpate de Rafael y déjame trabajar. Elena retrocedió. Nunca le había tenido miedo a Rogelio, ni siquiera en las peores peleas. Pero ahora, mirándolo parado frente a ese muro que crecía como una obsesión, sintió algo que se parecía mucho al terror.
Voy a llevarlo con el médico y después vamos a hablar. No hay nada de qué hablar. Elena se dio la vuelta y salió casi corriendo. La empleada la miró con una mezcla de curiosidad y pena. Afuera, el sol pegaba fuerte, pero Elena temblaba como si hiciera frío. Esa tarde, después de comprar las medicinas y darle la primera dosis a Rafael, Elena tomó otra decisión.
Abrió el baúl donde Rogelio guardaba sus documentos personales. Rebuscó entre papeles viejos, recibos, cartas. encontró el sobre que había visto antes, pero ahora había más. Había una nota reciente escrita con letra apresurada. Sosa, las cajas tienen que moverse ya. Si no lo haces tú, lo hacemos nosotros y no va a ser bonito.
Tienes hasta el viernes. La nota no estaba firmada, pero el tono era inconfundible. Amenaza. Elena sintió que el piso se movía bajo sus pies. Rogelio no solo estaba metido en algo ilegal, estaba metido con gente peligrosa. Y si algo salía mal, no iba a ser solo problema de él, iba a ser problema de todos.
Guardó la nota en su bolso. Al día siguiente, cuando Rogelio salió temprano como siempre, Elena le pidió a doña Lupita que cuidara a los niños. Caminó las 15 cuadras hasta la casa de Magdalena. Entró sin tocar. se desplomó en una silla y lloró por primera vez en meses. Magdalena esperó a que pasara la tormenta, luego le sirvió agua de Jamaica y se sentó frente a ella. “Cuéntame todo.
” Elena le mostró la nota. Le contó sobre el dinero, sobre el comportamiento errático de Rogelio, sobre el muro que crecía sin sentido. “Está escondiendo algo ahí, no sé qué, pero tiene que ser algo que no puede ver la luz del día.” Magdalena leyó la nota dos veces. Esto es grave, Elena. Si Rogelio está guardando cosas para criminales, lo sé.
Tienes que denunciar. Denunciar a mi esposo y después, ¿qué? Criar sola a dos niños mientras él está en la cárcel. Mejor sola que en peligro. Elena apretó los puños. No es tan simple. Nunca es simple, pero a veces es necesario. Elena se quedó en silencio mirando la nota, la letra apresurada, la amenaza apenas velada.
Pensó en Rogelio, en el hombre que había sido cuando se casaron, en el hombre trabajador, callado pero firme, que prometió cuidarla. ¿Dónde había quedado ese hombre? ¿O nunca había existido? Y ella solo había visto lo que quería ver. Voy a hablar con él una vez más. Le voy a dar la oportunidad de arreglar esto si no la toma. No terminó la frase.
No sabía cómo terminarla. Esa noche Elena regresó a la vecindad decidida a enfrentar a Rogelio. Pero él no llegó ni esa noche ni la siguiente. Al tercer día, doña Lupita tocó a su puerta. Vi a tu marido esta mañana. Venía arrastrando los pies con la mirada perdida. Le pregunté si estababien y ni me contestó.
Solo entró, agarró unas cosas y se fue otra vez. Elena sintió un nudo en el estómago. ¿Qué cosas agarró? No sé bien. Parecían herramientas y una bolsa grande de lona. Herramientas. Bolsa de lona. Elena cerró los ojos tratando de no pensar lo que pensaba, pero la imagen se formó de todas formas.
Rogelio trabajando en ese muro, sellando algo, escondiendo algo, con la urgencia de quien sabe que el tiempo se acabó. Se levantó, se vistió con manos temblorosas, dejó a los niños con doña Lupita. Voy a buscarlo. Si no, regreso en dos horas, vaya con mi hermana Magdalena y cuéntele todo. Doña Lupita asintió con gravedad. sabía que algo terrible se estaba cocinando.
Elena caminó rápido por las calles de Oaxaca. El sol de mediodía convertía el pavimento en espejo ardiente. Llegó a la casa de don Heriberto, tocó con fuerza. La misma empleada abrió con expresión preocupada. Señora, no puede entrar así. Necesito ver a mi esposo ahora. Don Heriberto está enojado con él.
dice que el muro está mal hecho, que no era así como lo pidió. Elena no esperó más explicaciones, empujó la puerta, atravesó la casa ignorando los gritos de protesto de la empleada, salió al patio interior. Lo que vio la dejó sin aliento. El muro norte estaba terminado, grueso, alto, perfectamente en llucido, pero había algo en él que estaba mal.
La proporción no cuadraba con el espacio, era demasiado grueso para un simple muro divisorio y había un detalle que hizo que el corazón de Elena se detuviera. En una esquina baja, casi al nivel del suelo, había una mancha oscura que el enlucido no había cubierto del todo, una mancha que se parecía demasiado a una huella de mano.
Rogelio estaba sentado en el suelo de espaldas al muro, con la cabeza entre las manos. Al oír los pasos de Elena, levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, vacíos. ¿Qué hiciste? La voz de Elena apenas era un susurro. Rogelio no respondió, solo miraba el muro con una expresión que mezclaba horror y resignación.
Rogelio, ¿qué hiciste? Él cerró los ojos, lo que tenía que hacer. En ese momento, don Heriberto salió de la casa con el rostro encendido de furia. Sosa, ¿se puede saber por qué ese muro está el doble de grueso de lo que pedí y por qué hay marcas raras en el enlucido? Elena sintió que las piernas le flaqueaban.
Se agarró del marco de una puerta. Rogelio se puso de pie con movimientos lentos, mecánicos. El muro está bien, resistente, no va a dejar pasar nada. Don Heriberto frunció el ceño. No te pregunté si está resistente, te pregunté por qué está mal hecho. Está bien hecho. La tensión en el aire era tan espesa que se podía cortar.
Elena miró el muro, miró a Rogelio, miró la mancha oscura que parecía llamarla y de repente supo. Supo con una claridad terrible que algo irreversible había pasado. Se acercó al muro despacio, extendió la mano para tocar la mancha. Rogelio reaccionó con una velocidad que la asustó.
No la agarró del brazo, la jaló lejos del muro. Su agarre era fuerte, doloroso. Don Heriberto se interpuso. Sosa, suelta a tu esposa. Rogelio la soltó como si quemara. Elena retrocedió frotándose el brazo. Las lágrimas le corrían por las mejillas sin que se diera cuenta. ¿Qué hay detrás de ese muro, Rogelio? Nada. ¿Qué hay detrás? Nada.
Don Heriberto había visto suficiente. Quiero que derrumbes ese muro ahora. No, ¿cómo que no? Te estoy pagando no lo voy a derrumbar. Don Heriberto fue hacia la puerta. Voy a llamar a la policía. Esto no está bien. Rogelio no se movió. Elena aprovechó el momento de confusión, corrió hacia el muro, se arrodilló, empezó a raspar el enlucido fresco con las uñas.
La cal le quemaba la piel, pero no le importaba. Tenía que saber, tenía que confirmar o descartar el horror que crecía en su mente. Rogelio la agarró de los hombros, la levantó en vilo, la sacó del patio casi en volandas. Elena gritó, pateó, pero él era más fuerte. La llevó hasta la calle, la soltó en la banqueta.
Vete a casa, cuida a los niños. ¿Qué hiciste? Rogelio la miró con una expresión que Elena nunca olvidaría. No era rabia, no era arrepentimiento, era vacío puro. Lo que tú me obligaste a hacer. Dio media vuelta y entró de nuevo a la casa cerrando el portón con fuerza. Elena se quedó en la calle temblando con las manos sangrando por el rose con la cal.
La gente pasaba, miraba de reojo, seguía su camino. Nadie preguntaba, nadie se metía. Elena caminó sin rumbo por unos minutos. Luego, con una claridad que venía del shock, tomó una decisión. Fue directamente a la comisaría municipal. El edificio de adobe y tejas rojas estaba medio vacío. El oficial de guardia, un hombre de bigote gris y expresión aburrida, la miró con desgano.
¿En qué la puedo ayudar, señora? Necesito reportar. La voz se lebró. Necesito que investiguen a mi esposo. El oficial suspiró como si hubiera escuchado esahistoria mil veces. ¿Qué hizo su esposo? Le pegó. No, él creo que escondió algo en una obra donde trabaja. Escondió qué, no sé, algo que no debería estar ahí.
El oficial se recargó en la silla. Señora, no puedo investigar a alguien porque cree que hizo algo. Necesito hechos. Elena sacó la nota arrugada de su bolso, la puso sobre el escritorio. Esto estaba en mi casa. Es una amenaza. Habla de unas cajas que tiene que mover. El oficial leyó la nota sin mucho interés. Puede ser cualquier cosa, negocios, deudas.
Por favor, tiene que revisar ese muro. Hay algo mal ahí. ¿Qué muro? En la casa de don Heriberto Madrazo, en la calle Independencia. Mi esposo construyó un muro que no debería ser tan grueso y tiene manchas raras. El oficial la miró. con algo que se parecía a la lástima. Señora, los muros tienen diferentes grosores dependiendo de para qué sirvan y las manchas pueden ser humedad, óxido, cualquier cosa.
No puedo molestar a un ciudadano respetable como don Heriberto, solo porque usted tiene sospechas. Elena sintió que la rabia le subía por la garganta. No son sospechas. Mi esposo está metido en algo peligroso y ese muro es la prueba. ¿Tiene alguna evidencia? ¿Vio lo que hay detrás del muro? No, pero entonces no hay nada que pueda hacer.
Elena se quedó mirándolo incrédula. El oficial le devolvió la nota. Mire, señora, le voy a dar un consejo. Los problemas entre marido y mujer se resuelven en casa, no aquí. Vaya, hable con su esposo, arreglen sus cosas y si de verdad hay algo ilegal, venga con pruebas concretas. Elena tomó la nota con manos temblorosas. Quiso gritar, quiso volcar el escritorio, quiso hacer algo que rompiera esa pared de indiferencia, pero sabía que no serviría de nada.
Salió de la comisaría con la certeza amarga de que estaba sola. Afuera, el sol empezaba a caer. Las sombras se alargaban sobre las calles empedradas. Elena caminó de regreso a la vecindad con los pies pesados. Cuando llegó, doña Lupita la esperaba en la puerta con los niños. Lo encontró. Elena asintió sin palabras.
Rafael la abrazó por las piernas. Mami, ¿cuándo va a venir papá? Elena se arrodilló, lo abrazó fuerte, respiró el olor a jabón de su cabello. No sé, mi amor. Carmen se unió al abrazo. Doña Lupita las miraba con una expresión que mezclaba preocupación y algo más profundo, conocimiento, como si ella también hubiera vivido algo parecido alguna vez.
Si necesita hablar, señora Elena, yo estoy aquí. Elena asintió, entró a su cuarto, acostó a los niños. Cuando por fin estuvieron dormidos, se sentó en el borde del catre y dejó que las lágrimas fluyeran sin control. No eran lágrimas de tristeza solamente, eran lágrimas de rabia, de impotencia, de miedo por lo que intuía, pero no podía probar.
Esa noche Rogelio no regresó. Ni la siguiente, ni la siguiente. Al cuarto día, doña Lupita llamó a la puerta temprano. Señora Elena, hay gente preguntando por su marido. Elena abrió con el corazón en la garganta. En la entrada de la vecindad había dos hombres que no conocía. Uno era bajo y fornido, con cicatriz en la mejilla.
El otro era alto y flaco, con ojos que no parpadeaban. Usted es la señora de Rogelio Sosa. Elena asintió. ¿Dónde está? No sé. Hace días que no lo veo. El hombre bajo sonrió sin humor. Eso es un problema porque su marido tiene algo que nos pertenece. No sé nada de eso. El hombre alto se acercó. Su voz era suave, pero había algo en ella que daba más miedo que cualquier grito.
Señora, su marido se comprometió a guardar unas cosas, después se comprometió a moverlas. No ha hecho ni lo uno ni lo otro. Eso nos pone nerviosos. Yo no sé nada, repitió Elena, aunque la voz le temblaba. Entonces, necesita averiguar y decirnos, tiene hasta el domingo. O qué? El hombre bajo le puso una mano en el hombro.
Elena se quedó helada. O vamos a tener que venir nosotros a buscarlo. Y cuando venimos a buscar no somos delicados. Se fueron sin más palabras. Elena se quedó parada en la entrada con el hombro todavía ardiendo donde la había tocado. Doña Lupita estaba pálida. Esa gente es mala, señora Elena, muy mala.
Elena entró a su cuarto, cerró la puerta con seguro, se sentó en el piso, abrazó las rodillas, todo se estaba derrumbando y lo peor era que no sabía cómo detenerlo. Pasó el resto del día en una especie de trance, alimentó a los niños, los bañó, les contó un cuento antes de dormir, pero su mente estaba en otra parte, repasando cada detalle, cada conversación, cada señal que había ignorado.
Rogelio había cambiado meses atrás, no semanas. Había empezado con pequeñas mentiras, con dinero que no cuadraba, con ausencias que no explicaba. Y ella había querido creer que era solo estrés, solo presión por el trabajo. Había sido más fácil creer eso que enfrentar la verdad. Ahora la verdad la miraba de frente y era más horrible de lo que había imaginado.
Al día siguiente, Elena tomó a los niños yse fue a casa de Magdalena, no como visita, sino como refugio. Su hermana la recibió sin preguntas. Preparó camas para los tres en el cuarto de visitas. ¿Qué pasó? Elena le contó todo. Los hombres, las amenazas, el muro, la policía que no quiso ayudar. Magdalena la escuchó con el rostro cada vez más serio.
Tienes que sacar a esos niños de ahí si esa gente vuelve. Lo sé y necesitas ayuda. No puedes pelear esto sola. ¿Quién me va a ayudar? La policía que no me creyó. ¿Los vecinos que se hacen de la vista gorda? Magdalena se quedó pensativa. Conozco a alguien que tal vez pueda. Padre Anselmo es sacerdote en San Felipe. No es de los que solo predican, también actúa.
Ayudó a una mujer del barrio cuando su marido la golpeaba. Consiguió que la policía la tomara en serio. Elena no era muy religiosa, pero en ese momento habría buscado ayuda hasta del [ __ ] si hacía falta. Llévame con él. Fueron esa misma tarde. La iglesia de San Felipe era pequeña, con paredes encaladas y santos de madera tallada.
Padre Anselmo resultó ser un hombre mayor, de pelo blanco y manos nudosas, pero con ojos que veían más allá de las palabras. Escuchó a Elena sin interrumpir, asintiendo de vez en cuando, tomando notas en un cuaderno gastado. Cuando terminó, el padre se quedó en silencio unos segundos. Lo que me cuentas es grave, hija, muy grave.
Pero necesitas entender algo. La iglesia puede acompañar, puede presionar moralmente, pero no puede obligar a la autoridad a actuar. Para eso necesitas aliados con otro tipo de peso. ¿Qué tipo de aliados? Padre Anselmo se puso de pie, caminó hacia una ventana que daba al atrio polvoriento.
Conozco a alguien que podría ayudar. Don Fabián Aguirre fue capataz de obras por 30 años. Conoce a todos los albañiles de la ciudad y también conoce cómo funciona el mundo de la construcción con sus arreglos turbios y sus secretos. Si hay algo raro en esa obra, él lo va a saber identificar. Me va a creer.
Si yo le pido que te escuche, te va a escuchar. Lo que crea después depende de lo que le muestres. Elena sintió un destello de esperanza por primera vez en días. ¿Cuándo puedo hablar con él? Mañana. Vive cerca del mercado de abastos. Yo lo voy a buscar esta tarde. Le voy a contar la situación. Estuve preparada para responder preguntas.
Don Fabián no pierde tiempo con rodeos. Don Fabián Aguirre tenía 64 años y la contextura de alguien que había levantado muros toda la vida, manos como palas, espalda encorbada por décadas de cargar bultos, pero mirada filosa como navaja. Cuando Elena llegó a su casa, una construcción modesta pero sólida, con patio lleno de herramientas ordenadas, él ya estaba esperando.
Sentado bajo un tejabán con taza de café en mano, padre Anselmo hizo las presentaciones. Elena repitió su historia, esta vez con más detalles, las fechas, los nombres, la descripción exacta del muro. Don Fabián escuchaba sin cambiar de expresión, pero sus ojos se movían rápido, procesando información.
Cuando ella terminó, el viejo tomó un sorbo de café. ¿Dices que el muro está el doble de grueso de lo normal? Eso dijo don Heriberto, que no era lo que había pedido. Y Rogelio se negó a derribarlo. Se negó. Don Fabián se rascó la barba gris. Eso no tiene sentido. Rogelio Sosa es buen albañil, conoce medidas, conoce proporciones.
Si hizo un muro más grueso de lo debido, tuvo una razón. Y si se niega a corregirlo, la razón no es buena. ¿Me cree? Don Fabián la miró directo a los ojos. Todavía no, pero tengo curiosidad. Y en mi experiencia, cuando un albañil actúa raro con un muro, hay tres posibilidades. Está escondiendo material robado, está tapando trabajo mal hecho o está tapando algo que no debería estar ahí.
¿Cómo podemos averiguar cuál es? Tengo que ver ese muro y tengo que hablar con don Heriberto si me da permiso de inspeccionarlo. No va a querer. Está enojado con todo el asunto. Ya no quiere saber nada de problemas. Don Fabián sonrió sin humor. Don Heriberto me debe favores. Hace 5 años le arreglé un desaguadero que ningún otro albañil pudo resolver.
Voy a cobrar ese favor ahora. Elena sintió que algo dentro de su pecho se aflojaba un poco. De verdad va a ayudarme. Voy a averiguar la verdad. Si eso te ayuda o no, depende de cuál sea la verdad. Esa misma tarde, don Fabián fue a tocar a la puerta de don Heriberto. El comerciante lo recibió con sorpresa.
Fabián, ¿qué te trae por aquí? Negocios, Heriberto. Me dijeron que tuviste problemas con una obra. Don Heriberto frunció el ceño. ¿Quién te dijo? Se sabe, Oaxaca es chica. Puedo ver. Don Heriberto vaciló, pero finalmente asintió. Caminaron juntos al patio interior. El muro seguía ahí imponente y extraño, con su grosor desproporcionado y sus manchas mal tapadas.
Don Fabián se acercó despacio, lo tocó con la palma de la mano, golpeó con los nudillos en diferentes puntos. El sonido que producía era apagado,sordo. ¿Cuánto le pediste de grosor? 30 cm. Esto tiene casi 60. Don Fabián asintió. Y te dijo por qué lo hizo así. Dijo que era para aislar mejor, pero el plano no decía eso.
Y cuando le pedí que lo corrigiera, se puso raro, agresivo. Tuve que echarlo. ¿Dónde está ahora? No sé. No lo he vuelto a ver. Don Fabián siguió examinando el muro, se arrodilló, raspó un poco el enlucido con una navaja que sacó del bolsillo. El material se desprendió fácilmente, demasiado fácil. Debajo había otra capa y debajo de esa otra.
Esto no está bien curado. Lo hizo con prisa. ¿Qué significa eso? Don Fabián se puso de pie, se limpió las manos en el pantalón. Significa que estaba tapando algo urgente. Heriberto, necesito derribar una sección de este muro. ¿Qué? No, ya tuve suficientes problemas con esta [ __ ] obra. Si hay algo ilegal ahí adentro, es mejor que lo sepas ahora, antes de que vengan a buscarlo las personas equivocadas.
Don Heriberto palideció. ¿Qué crees que hay? No lo sé, pero el comportamiento de Sosa no es normal y este muro tampoco. El comerciante se pasó la mano por la cara. Si derrumbas y no hay nada, me vas a dejar con un muro destruido. Yo te lo reparo gratis. Tienes mi palabra. Don Heriberto miró el muro como si fuera una serpiente enroscada.
Está bien, pero hazlo rápido y discreto. No quiero que todo el vecindario se entere. Don Fabián asintió. Regresó al día siguiente con dos ayudantes jóvenes, gente de confianza. Llevaban mazos, cinceles, cubetas. Elena insistió en estar presente. Magdalena vino con ella. Padre Anselmo también como testigo moral de lo que fuera que encontraran.
Empezaron por la esquina baja, donde estaba la mancha oscura que Elena había notado. Don Fabián golpeó con el cincel, desprendiendo el enlucido en placas irregulares. Debajo había una capa de mortero fresco, apenas endurecido. Seguían golpeando con cuidado, como arqueólogos, excavando algo frágil. Al cabo de media hora habían abierto un hueco del tamaño de un plato.
Don Fabián se inclinó, metió la mano, palpó. Su expresión cambió. ¿Hay algo? ¿Qué? Preguntó don Heriberto nervioso. Don Fabián no respondió. Siguió golpeando, ampliando el hueco. El sonido de los golpes era como un corazón latiendo demasiado rápido. Elena sentía que iba a vomitar. Magdalena le tomó la mano.
Cuando el hueco fue del tamaño suficiente, don Fabián metió el brazo hasta el codo. Tocó algo, su rostro se ensombreció. Heriberto, llama a la policía. ¿Qué hay? Llama a la policía ahora. Don Heriberto corrió hacia dentro de la casa. Don Fabián se incorporó, se alejó del muro, miró a Elena y negó con la cabeza. No quieras ver esto, hija.
Pero Elena ya estaba caminando hacia el hueco. Magdalena trató de detenerla, pero se soltó. Se arrodilló, miró dentro. Lo que vio la perseguiría el resto de su vida. Había tela, tela que reconocía, el vestido azul que Elena le había regalado a su hija Carmen para su cumpleaños. y junto a él, apenas visible en la oscuridad del hueco, el borde de una manta que usaban para arropar a Rafael en las noches frías, el mundo se detuvo.
Los sonidos se volvieron distantes como bajo el agua. Elena sintió que sus rodillas cedían, que caía, pero no llegó al suelo. Alguien la sostuvo. Voces gritaban cosas que no podía entender y lo único que alcanzaba a pensar en un loop infinito y terrible era, “No, no, no puede ser, no puede ser, no puede ser.
” Padre Anselmo rezaba en voz baja. Los ayudantes de don Fabián habían retrocedido, pálidos. Magdalena lloraba sin control y en medio de todo eso el muro seguía ahí sólido y silencioso, guardando el secreto más horrible que un ser humano puede esconder. La policía llegó media hora después. No el oficial de bigote gris, que había despachado a Elena con condescendencia, sino un grupo de cinco hombres liderados por el comandante [ __ ] un cincuentón de expresión seria que conocía a don Fabián de años.
Fabián, más vale que esto sea real. Es real. Mira tú mismo. El comandante se acercó al hueco, miró adentro, maldijo en voz baja. Se volvió hacia sus hombres. Acordón en la zona, nadie entra ni sale. Y busquen al albañil Rogelio Sosa. Descríbanlo. Don Heriberto estaba sentado en una silla con la cabeza entre las manos, repitiendo como mantra: “No sabía, no sabía, no sabía nada.
” Elena estaba en el suelo, abrazada por Magdalena, sin lágrimas ya. El shock era tan profundo que había atravesado el llanto y llegado a un estado de vacío puro. Padre Anselmo se arrodilló junto a ellas. Hija, necesitas ser fuerte. Van a necesitar que identifiques. No, Elena, no puedo. No puedo mirarlos así. El Padre apretó los labios.
Entonces, déjame hacerlo yo. ¿Puedes darme algo que describa cómo vestían cuando? Elena cerró los ojos, buscó en su memoria, aunque doliera. Rafael tenía camisa blanca y pantalón café, Carmen el vestido azul con flores y se quebró. Ymedias blancas con encaje que le acababa de comprar.
El padre asintió, se puso de pie, habló en voz baja con el comandante. Los policías empezaron a trabajar con cuidado meticuloso, ampliando el hueco, documentando todo. Trajeron una cámara, tomaron fotografías. El flash iluminaba el patio con destellos blancos que parecían relámpagos silenciosos. Al cabo de dos horas habían removido suficiente mampostería para confirmar lo que todos temían.
Dos cuerpos pequeños envueltos en mantas, colocados con una precisión terrible en el espacio hueco del muro. Y junto a ellos un tercero más grande, Elena. Cuando el comandante se acercó a confirmar con Elena la identidad de la ropa, ella no pudo más. Vomitó en el piso del patio, vaciándose de todo lo que tenía adentro.
Magdalena la sostuvo limpiándole la boca con un pañuelo, murmurando palabras que no servían de consuelo porque no había consuelo posible. Son ellos susurró Elena cuando pudo hablar. Son mis hijos. El comandante apretó la mandíbula. Lo siento mucho, señora. Y la tercera. El comandante miró a don Fabián, luego de vuelta a Elena.
Mujer adulta, vestida con ropa sencilla. No podemos confirmar identidad todavía, pero Elena negó con la cabeza. No soy yo. Estoy aquí. Lo sé. Por eso necesito que pienses quién más podría ser. alguien cercano a tu esposo, alguien que haya desaparecido. Elena buscó en su mente y entonces recordó la vecina del piso de arriba, Josefina, una mujer callada que vivía sola, que a veces cuidaba a los niños cuando Elena tenía que salir.
Hacía dos semanas que no la veían. Elena había preguntado a doña Lupita y ella había dicho que se había ido al pueblo, pero nadie sabía a qué pueblo ni cuándo volvería. Josefina Reyes vivía en nuestra vecindad. Desapareció hace como dos semanas. El comandante anotó el nombre. Vamos a investigar. Los cuerpos fueron removidos con cuidado, colocados en camillas improvisadas, cubiertos con sábanas blancas. Elena no quiso mirar, no podía.
La imagen del vestido azul ya era suficiente para destrozarla. Cuando se llevaron las camillas, el patio quedó en un silencio pesado. El muro ahora tenía un agujero irregular, como boca abierta en grito mudo. Don Fabián se acercó a Elena. Lo siento, hija. Ojalá me hubiera equivocado.
Elena lo miró sin verlo realmente. ¿Por qué? ¿Por qué haría esto? Don Fabián negó con la cabeza. No sé, pero lo vamos a encontrar y va a pagar. La búsqueda de Rogelio Sosa se convirtió en prioridad. El comandante [ __ ] movilizó a todos los hombres disponibles. Pusieron vigilancia en la estación de autobuses, en las salidas principales de la ciudad, en casas de familiares.
Interrogaron a Germán, el hermano, que juró no saber nada, al licenciado Salmerón, que negó conocer a Rogelio más allá de un encuentro casual. Pero Rogelio había desaparecido como humo. No estaba en la vecindad, ni en las cantinas que frecuentaba, ni en ninguno de sus trabajos anteriores. Era como si la tierra se lo hubiera tragado.
Elena pasó esos días en casa de Magdalena en un estado de shock que la hacía funcionar como autómata. Comía cuando le ponían comida enfrente, bebía cuando le daban agua, pero no hablaba, no lloraba. Solo miraba un punto fijo en la pared, perdida en un lugar donde nadie podía alcanzarla. El velorio se hizo tres días después, dos cajones pequeños, blancos, con manijas de latón.
La iglesia de San Felipe se llenó de gente, vecinos que nunca habían cruzado palabra con Elena, pero que venían empujados por esa mezcla de morbo y compasión que traen las tragedias. Padre Anselmo ofició la misa con voz temblorosa. Don Fabián estaba en primera fila con el sombrero entre las manos. Doña Lupita lloraba desconsolada en un rincón.
Elena estaba sentada frente a los cajones, vestida de negro, con la mirada fija en la madera pulida. Magdalena a su lado sosteniéndole la mano. Cuando llegó el momento de despedirse, Elena se puso de pie, caminó hacia el primer cajón. Rafael y puso la mano sobre la tapa. Perdóname, susurró. Perdóname por no haberte protegido. Luego fue al segundo Carmen y repitió las palabras.
Su voz se quebró en la última sílaba. se derrumbó sosteniéndose del cajón, soylozando con un sonido que venía de un lugar más profundo que el dolor físico. Magdalena corrió a sostenerla, pero Elena se resistía aferrándose a la madera como si pudiera traerlos de vuelta con la fuerza de su desesperación. Padre Anselmo tuvo que ayudar a separarla.
La llevaron afuera, al atrio, donde el aire fresco le golpeó la cara. Elena vomitó. otra vez vaciándose de una tristeza que no cabía en el cuerpo. El entierro fue en el panteón municipal bajo un sol que parecía obseno en su brillantez. Dos fosas pequeñas lado a lado. Cuando bajaron los cajones, Elena sintió que algo dentro de ella se rompía definitivamente.
No era solo el corazón, era la estructura misma de su realidad, de su identidad.Ya no era esposa, porque cómo ser esposa de un monstruo. Y ya no era madre, porque sus hijos estaban en cajas de madera bajando a la tierra. No sabía qué era. Josefina Reyes fue identificada dos días después del hallazgo.
Una prima de Puebla llamó a la policía preguntando por ella porque tenían planes de verse y Josefina nunca llegó. El comandante [ __ ] le pidió que viniera a Oaxaca. La identificación se hizo por ropa y un collar de plata que la mujer siempre usaba. La prima lloró, preguntó qué había pasado. El comandante no tuvo respuestas que dar.
Con tres cuerpos y un asesino prófugo, la presión sobre la policía era enorme. Los periódicos locales publicaban la historia con titulares sensacionalistas. Albañil emparedó a su familia. Horror en casa del centro. La gente hablaba en mercados y plazas especulando, inventando detalles. Algunos decían que Rogelio estaba loco, otros que estaba poseído.
Unos pocos, muy pocos, se preguntaban qué lo había llevado a eso. Don Fabián no especulaba, investigaba. Habló con todos los que habían trabajado con Rogelio en los últimos años. visitó las obras donde había estado, buscando patrones, señales, y encontró algo interesante. En dos trabajos anteriores, Rogelio había construido muros más gruesos de lo normal.
En ambos casos, había dado excusas técnicas que sonaban razonables. Y en ambos casos los dueños habían aceptado sin cuestionar, porque Rogelio trabajaba limpio y su reputación era sólida. ¿Revisaron esos muros?”, preguntó don Fabián al comandante. “Los estamos revisando ahora. No encontraron más cuerpos, pero sí material robado, cemento, varilla, cajas con herramientas de obra pública.
Rogelio había estado usando sus trabajos legítimos como tapadera para esconder material ilegal y eso explicaba la conexión con el licenciado Salmerón y su red de corrupción, pero no explicaba los asesinatos. El comandante [ __ ] interrogó de nuevo a Germán, esta vez sin guantes de seda, lo metió en una celda, lo dejó sudar dos días, luego lo presionó con amenazas de complicidad.
Tu hermano mató a tres personas. Si supiste algo y no dijiste, eres cómplice. Germán, pálido y tembloroso, juró que no sabía nada de asesinatos. Solo le pedí que guardara material. Eso fue todo. No sabía que iba a hacer eso. ¿Cuándo fue la última vez que lo viste? Hace como 10 días. Vino a mi casa de madrugada.
Estaba raro. Tenía las manos sucias de cal, la ropa manchada. Me pidió dinero. Le diste 20 pesos. Era todo lo que tenía. Dijo, ¿a dónde iba? No, solo dijo que tenía que irse lejos, que había hecho algo que no tenía arreglo. El comandante apretó los puños. ¿Y no pensaste en reportarlo? Germán bajó la mirada. Es mi hermano.
Esa lealtad familiar malentendida, esa idea de que la sangre obliga a cubrir hasta lo imperdonable era algo que el comandante había visto demasiadas veces. Le daba asco, pero sabía que no era ilegal. soltó a Germán con una advertencia. Si se comunica contigo, tienes que avisarme. Si no lo haces, te meto preso por obstrucción.
Germán asintió, salió de la comisaría arrastrando los pies. Pasaron dos semanas, luego tres. Rogelio Sosa seguía sin aparecer. La historia empezó a perder fuerza en los periódicos, desplazada por otras noticias. Pero para Elena el tiempo se había detenido el día del hallazgo. Vivía en casa de Magdalena como fantasma, ayudando en tareas domésticas con movimientos mecánicos, respondiendo cuando le hablaban, pero sin realmente estar presente.
Una tarde Magdalena la encontró en el cuarto de visitas, sentada en el suelo, con una caja de zapatos abierta frente a ella. Dentro había cosas de los niños, un camioncito de madera que Rafael tallaba, un muñeco de trapo que Carmen arrastraba a todas partes, dibujos que habían hecho en la escuela. Elena. Magdalena se arrodilló junto a ella.
Elena acariciaba el muñeco de trapo con dedos temblorosos. No puedo deshacerme de esto. Sé que debería. Sé que solo me hace daño guardarlas, pero no puedo. No tienes que deshacerte de nada. Los extraño tanto que duele respirar. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Me despierto en la noche y por un segundo olvido lo que pasó.
Pienso que tengo que ir a taparlos porque hace frío y luego recuerdo y es como morir otra vez. Magdalena la abrazó. Vas a sobrevivir esto. No sé cómo, pero lo vas a hacer. No quiero sobrevivirlo. Quiero que no haya pasado. No había respuesta para eso. Magdalena solo la sostuvo mientras lloraba, mientras se vaciaba de un dolor que parecía infinito.
El comandante [ __ ] no se rendía. Si no podía encontrar a Rogelio por medios convencionales, usaría otros. Puso recompensa. 500 pesos para quien diera información que llevara a su captura. habló con informantes en pueblos cercanos, con arrieros que movían mercancía por caminos secundarios, con cantineros en fondas de carretera.
Y finalmente, tres semanas y media despuésdel hallazgo, llegó la pista. Un arriero que bajaba de la sierra reportó haber visto a un hombre que coincidía con la descripción en una ranchería cerca de Shutla. Trabajaba como peón con nombre falso, pero tenía las manos de alguien acostumbrado a otro oficio.
Y había algo en su mirada”, dijo el arriero, que le daba mala espina. El comandante organizó un operativo discreto, cinco hombres, viaje nocturno, llegada al amanecer. La ranchería era un puñado de casas dispersas entre milpas y encinos. preguntaron por el peón nuevo. Los lugareños desconfiaban, pero cuando vieron las placas de policía, una mujer señaló hacia un jacal en la ladera.
Ahí está, pero no ha hecho nada malo aquí. Eso lo vamos a determinar nosotros. Rodearon el jacal. El comandante tocó la puerta de madera carcomida. Policía, abra. Silencio. Rogelio Sosa, sé que está ahí. Salga con las manos arriba. Un ruido adentro, pasos. La puerta se abrió despacio y ahí estaba.
Rogelio Sosa, flaco como nunca, con barba crecida y ojos hundidos, levantó las manos sin resistencia. Ya era hora de que llegaran. El traslado a Oaxaca se hizo ese mismo día. Rogelio iba en la parte trasera del vehículo policial, esposado, mirando por la ventana los paisajes que conocía de toda la vida.
No hablaba, no preguntaba, solo miraba con esa expresión vacía que había tenido desde que abrió la puerta del jacal. Al llegar a la comisaría, lo metieron directo a interrogatorio. El comandante [ __ ] se sentó frente a él con libreta y pluma. Un oficial tomaba notas en una esquina. ¿Sabes por qué estás aquí? Rogelio asintió. Vas a confesar otro asentimiento.
Necesito que lo digas con palabras. Rogelio tragó saliva. Su voz salió rasposa como si no la hubiera usado en semanas. Maté a mi esposa y a mis hijos y a Josefina. El comandante sintió un escalofrío a pesar de que esperaba esa confesión. ¿Por qué? Rogelio cerró los ojos porque no había otra salida. Siempre hay otra salida. No para mí.
Abrió los ojos, miró directo al comandante. Estaba atrapado. Debía dinero a gente que no perdona. Había aceptado guardar cosas que no debía. El licenciado me presionaba. Elena me iba a dejar. Iba a llevarse a los niños. Todo se estaba derrumbando. Entonces, ¿hubieras huído o pedido ayuda, no? ¿Huir a dónde? ¿Pedir ayuda a quién? La voz de Rogelio subió de volumen.
Ustedes no entienden lo que es cargar con todo. Ser el que tiene que resolver, el que no puede fallar porque todos dependen de él. Y cuando fallas de todas formas, cuando no hay solución posible, entonces buscas otra solución. No matas a tu familia. Rogelio rió sin humor. Otra solución. Elena me iba a denunciar.
Lo supe cuando encontró los papeles. Iba a ir a la policía, me iban a meter preso y ella se iba a quedar sola con los niños, señalada como esposa de criminal. Los iban a humillar en la escuela, en el barrio. Carmen no iba a poder casarse nunca con ese apellido. Rafael iba a cargar mi vergüenza. Entonces les diste muerte. Qué considerado. Rogelio bajó la mirada.
No lo entienden. Tienes razón. No lo entiendo. Explícame qué pasó. Desde el principio. Rogelio respiró hondo y empezó a hablar. La confesión duró 3 horas. Rogelio contó todo con una frialdad que helaba la sangre, cómo había planeado todo con días de anticipación, esperando el momento en que Elena regresara de casa de Magdalena.
¿Cómo había mezclado somníferos en la comida de la cena, dosis suficientes para que durmieran profundo pero no mortales? ¿Cómo había esperado a que oscureciera? Había cargado a los niños dormidos, primero Rafael, luego Carmen, los había llevado al patio de la casa de don Heriberto, usando la llave que todavía tenía.
Había preparado el espacio detrás del muro en construcción, colocando mantas en el suelo. Había puesto a los niños ahí todavía dormidos, y luego había regresado por Elena. Estaba despierta. No, el somnífero fue suficiente. Te vio. No. El comandante apretó la pluma con tanta fuerza que casi la rompe. Y Josefina, ¿por qué ella, Rogelio vaciló por primera vez? Ella me vio cuando llevaba a Carmen.
Salió de su cuarto, preguntó qué pasaba. Traté de inventarle algo, pero se dio cuenta de que algo andaba mal. Dijo que iba a buscar ayuda, no podía dejarla. Entonces, la mataste también. La empujé. Se cayó. Se golpeó la cabeza. Cuando la revisé, ya no respiraba, entonces la tuve que llevar también. Su voz era monótona, como si estuviera recitando una receta de cocina.
El comandante sintió náuseas y después, después levanté el muro. Trabajé toda la noche. Para el amanecer ya estaba casi terminado. Enlucí con prisa. Sé que quedó mal, pero no importaba. Solo necesitaba sellar. Estaban vivos cuando empezaste a levantar el muro. Rogelio levantó la vista y por primera vez mostró algo parecido a emoción.
No, ya no me aseguré. ¿Cómo? El silencio se extendió. Rogelio apretó los labios. El comandantegolpeó la mesa. ¿Cómo te aseguraste? Con un cojín sobre la cara. Uno por uno. Fue rápido. El comandante se puso de pie. Caminó hacia la ventana. Necesitaba aire. Necesitaba no estar en la misma habitación que ese hombre.
Pero era su trabajo. Respiró hondo, se volvió. ¿Sientes remordimiento? Rogelio lo miró con esos ojos vacíos. Siento que no había otra opción. Siento que la vida me empujó a un rincón, pero remordimiento. No sé qué es eso ahora. El comandante terminó el interrogatorio. Rogelio firmó la confesión con mano firme.
Lo llevaron a una celda donde se sentó en el catre de cemento y se quedó mirando la pared. La noticia de la captura y confesión se difundió rápido. Los periódicos volvieron a sacar la historia a primera plana. En la vecindad de la calle Murguía, los vecinos hablaban en corrillos, repitiendo detalles morbosos, especulando.
Doña Lupita lloraba diciendo que nunca lo habría imaginado del buen Rogelio. Otros decían que siempre habían visto algo raro en él, mintiendo retrospectivamente. Magdalena no le dijo nada a Elena al principio, pero Elena se enteró de todas formas. Alguien dejó un periódico en la mesa con el titular visible, albañil confiesa triple asesinato.
Elena lo leyó sin parpadear, luego dobló el periódico con cuidado, lo guardó en un cajón y siguió con sus actividades como si nada. Pero esa noche Magdalena la encontró en el patio de rodillas vomitando Billy porque no había comido nada en todo el día. Ya lo atraparon, ya confesó, ya se acabó.
Elena negó con la cabeza limpiándose la boca. No se acabó. Nunca se va a acabar. Elena, quiero verlo. ¿Qué? Quiero verlo a la cara. Quiero preguntarle por qué. Ya sabes por qué, confesó. Quiero escucharlo de su boca mirándome a los ojos. Magdalena intentó disuadirla, pero Elena era un muro de obstinación. Al día siguiente fue a la comisaría.
El comandante [ __ ] se resistió al principio. No creo que sea buena idea, señora. No le estoy pidiendo permiso. Estoy exigiendo mi derecho como víctima. El comandante suspiró. La llevó a la sala de visitas. Una habitación pequeña con mesa de metal y dos sillas. trajeron a Rogelio esposado. Cuando vio a Elena, se detuvo en seco. Elena.
Ella lo miró sin expresión. Siéntate. Rogelio obedeció. El comandante se quedó en la puerta por seguridad. Elena y Rogelio se miraron a través de la mesa. El silencio era denso, sofocante. ¿Por qué? La voz de Elena era apenas un susurro. Rogelio abrió la boca, la cerró. Ya confesé todo. No te pregunté qué hiciste. Te pregunté por qué.
Porque buscó palabras, no las encontró. Porque no podía dejarte ir. No podía dejar que te llevaras a los niños y me dejaras como el fracasado que soy. Entonces los mataste a ellos y a mí, excepto que yo no morí. Se suponía que tú también. Se detuvo. Elena se inclinó hacia delante. Se suponía que que debía estar muerta también.
Rogelio asintió con lágrimas corriendo por su rostro. No podía dejarlos solos. No podía dejar que cargaran la vergüenza. Si todos moríamos juntos, al menos, al menos, ¿qué? Al menos estarían muertos con dignidad. Elena rió sin humor. No fue dignidad lo que les diste, Rogelio. Fue terror. Los dormiste, los cargaste como bultos, los sofocaste.
Lo último que sintieron fue el peso de tus manos quitándoles el aire. Eso fue lo que les diste. Rogelio sollyozaba ahora con la cabeza entre las manos. Lo siento, lo siento, lo siento. No lo sientes. Si lo sintieras, habrías buscado ayuda. Habrías dejado que me fuera, habrías hecho cualquier cosa menos esto.
Se puso de pie con tanta fuerza que la silla cayó hacia atrás. El comandante dio un paso adelante, alerta, pero Elena solo miraba a Rogelio con un odio tan puro que casi era tangible. Vas a pudrirte en prisión. Vas a vivir cada día sabiendo lo que hiciste. Y yo voy a vivir cada día también sabiendo que confié en ti, que dormí junto a ti, que hice hijos contigo y voy a cargar eso el resto de mi vida.
Salió de la sala sin mirar atrás. Rogelio se quedó sollozando, llamándola, pero ella no volteó. El juicio fue rápido. Con confesión firmada y evidencia física abundante, no había mucho que deliberar. El abogado de oficio argumentó: “Locura transitoria!” Pero ningún psiquiatra que evaluó a Rogelio encontró señales de enfermedad mental, solo desesperación, orgullo herido y una incapacidad fundamental para aceptar consecuencias.
El juez lo sentenció a 30 años de prisión, tres décadas por tres vidas. Elena estuvo en la lectura de sentencia sentada en primera fila con Magdalena. Cuando el juez pronunció el veredicto, Rogelio se volvió a mirarla. Ella sostuvo su mirada sin parpadear, sin lágrimas, sin nada, solo vacío. Después del juicio, Elena regresó a casa de Magdalena.
empacó las pocas cosas que le quedaban de los niños. Guardó el muñeco de trapo y el camioncito de madera en una caja junto con lasfotografías que tenía. Cerró la caja y la guardó en el armario. ¿Qué vas a hacer ahora?, preguntó Magdalena. Elena miró por la ventana hacia las calles de Oaxaca que conocía de toda la vida. Sobrevivir uno día a la vez es lo único que puedo hacer.
Pasaron los meses, Oaxaca siguió siendo Oaxaca con su ritmo lento, sus mercados coloridos, sus secretos guardados detrás de puertas coloniales. La casa de don Heriberto fue vendida. El nuevo dueño mandó derribar el muro maldito, reemplazándolo por uno nuevo, pero el rumor quedó pegado al lugar como mancha de sangre que no se quita.
Elena consiguió trabajo cosciendo en un taller. No pagaban mucho, pero era suficiente para vivir modestamente. Se mudó a un cuarto pequeño cerca de Santo Domingo, lejos de la vecindad, donde había vivido con Rogelio. Necesitaba empezar de cero, aunque sabía que el cero nunca es realmente cero cuando cargas un pasado así. Padre Anselmo la visitaba de vez en cuando, llevándole comida, ofreciéndole consuelo espiritual que ella aceptaba sin realmente creer.
Don Fabián también pasaba trayendo algún trabajo de costura extra, nunca hablando del horror, pero dejando claro con su presencia que no la había olvidado. Una tarde, casi 6 meses después del juicio, Elena estaba caminando por el mercado cuando vio a Germán, el hermano de Rogelio, flaco y encorbado comprando verduras. Sus miradas se cruzaron.
Germán palideció como si esperara que ella lo insultara o lo golpeara, pero Elena solo lo miró, asintió levemente y siguió su camino. No tenía energía para odiar a todos los que tuvieran que ver con Rogelio, ya cargaba suficiente peso. En la prisión de Oaxaca, Rogelio Sosa se convirtió en otro número más.
Los presos lo evitaban cuando se enteraron de su crimen. Hasta entre criminales hay jerarquías morales y matar niños te pone en el escalón más bajo. Rogelio pasaba los días en silencio, trabajando en el taller de carpintería sin hablar con nadie. Por las noches, acostado en su litera miraba el techo manchado y veía rostros.
Rafael sonriendo con su camioncito, Carmen riendo con su muñeco, Elena mirándolo con amor en los primeros años del matrimonio, cuando todavía había esperanza. Y luego veía otros rostros, los mismos, pero dormidos, inmóviles, fríos. No rezaba, no pedía perdón a Dios porque sabía que no había perdón posible. Solo existía día tras día cargando un peso que nunca podría dejar.
Dos años después de los asesinatos, Elena aceptó una invitación de Magdalena para ir a la iglesia de San Felipe. Era el aniversario de la muerte de los niños. Padre Anselmo ofrecería una misa en su memoria. Elena entró a la iglesia que olía a incienso y cera. Se sentó en una banca trasera. No mucha gente había venido.
Magdalena y su familia, don Fabián, doña Lupita, algunos vecinos que recordaban. Cuando el padre comenzó la misa, Elena sintió algo extraño. No era paz ni consuelo. Era algo más sutil. La sensación de que sus hijos habían existido, de que su vida breve había sido real y valiosa, independientemente de cómo terminó. Al final de la misa, el padre pidió que quien quisiera compartir un recuerdo lo hiciera.
Elena se puso de pie, caminó al frente con piernas temblorosas, miró a la pequeña congregación. Rafael quería ser maestro. Carmen quería tener muchos perros. Su voz se quebró. Eran niños buenos. Merecían crecer. merecían tener vidas largas y felices, y les fue arrebatado por alguien que decía amarlos. Respiró hondo. Pero yo no voy a dejar que su memoria sea solo sobre cómo murieron.
Voy a recordarlos por cómo vivieron, por sus risas, por sus juegos, por las mañanas en que me despertaban con besos. Eso es lo que fueron, no víctimas, mis hijos. Se sentó. Magdalena le tomó la mano. Don Fabián se limpió los ojos con un pañuelo. Afuera, Oaxaca seguía su ritmo eterno. Campanas de iglesia repicando, vendedores pregonando, niños jugando en las plazas.
La vida continuaba indiferente al dolor individual, pero también ofreciendo en esa misma indiferencia la posibilidad de seguir adelante. Elena salió de la iglesia y caminó por las calles empedradas. El sol pegaba fuerte, tenía trabajo pendiente, cuentas que pagar, una vida pequeña pero propia que construir.
No era la vida que había imaginado, pero era la que tenía. Y por ahora eso tendría que ser suficiente.
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