La Esclava Quedó Embarazada del Amo por Orden de su Esposa… Lo que Nació los Condenó a Todos

Cuando doña Catalina de Mendoza ordenó a Josefa entrar a la alcoba de su esposo esa noche de abril de 1848, sabía que estaba condenando su alma. Pero lo que ninguna de las dos imaginó es que el niño que nacería 9 meses después no sería mulato ni blanco, sino algo que la ciencia colonial no podría explicar.

 Y cuando don Rafael descubrió la verdad, ya era demasiado tarde para todos. La hacienda San Cristóbal se extendía por más de 1000 hectáreas en las afueras de Puebla, México. Sus muros de adobe grueso habían visto pasar tres generaciones de la familia Mendoza, cada una más poderosa que la anterior. Pero en 1848 esos mismos muros amenazaban con derrumbarse, no por temblores, sino por la ausencia de un heredero.

 Doña Catalina de Mendoza tenía 38 años cuando comprendió que su cuerpo jamás le daría un hijo. Llevaba 15 años casada con don Rafael y cada año que pasaba sin embarazo era un clavo más en el ataúdio no por falta de intentos. Las sábanas del hino francés de su lecho matrimonial habían sido testigos de incontables noches donde cumplía su deber de esposa.

Pero mes tras mes la evidencia llegaba puntual, manchando no solo la tela, sino también sus esperanzas. Había probado todo. Los curanderos del pueblo le dieron brevajes amargos que la hacían vomitar durante días. Las monjas del convento rezaron novenas interminables pidiendo el milagro de la fertilidad. Incluso consultó en secreto a una esclava africana que conocía remedios de su tierra natal, hierbas que se tomaban bajo la luna llena y que sabían a tierra mojada. Nada funcionó.

 Don Rafael, por su parte, comenzaba a perder la paciencia. Al principio había sido comprensivo, incluso cariñoso, pero con el paso de los años su frustración se transformó en desprecio apenas velado. Durante las cenas familiares, cuando sus primos presumían de sus numerosos hijos, Rafael evitaba la mirada de Catalina. Y cuando sus tíos hacían comentarios no tan sutiles sobre la importancia de la descendencia, él apretaba los dientes y servía más vino.

 La presión no venía solo de la familia. La ley colonial era clara. Una hacienda sin heredero directo podía ser reclamada por parientes lejanos o peor aún revertir a la corona. Don Rafael tenía tres hermanos menores que miraban San Cristóbal con ojos codiciosos. esperando pacientemente que la esterilidad de Catalina les abriera las puertas de la riqueza.

 Fue en octubre de 1847 cuando todo cambió. Durante una cena particularmente tensa, el hermano menor de Rafael, don Ignacio, se atrevió a decir en voz alta lo que todos pensaban. Rafael, hermano, comprendo tu lealtad a Catalina, pero un hombre de tu posición necesita un heredero. La Iglesia permite el repudio en casos de esterilidad comprobada. Nadie te juzgaría.

 Catalina sintió cómo se le helaba la sangre. Miró a Rafael esperando que la defendiera, que pusiera a Ignacio en su lugar. Pero su esposo solo bajó la vista a su plato y cortó la carne en silencio. Ese silencio dijo más que 1000 palabras. Esa noche Catalina no durmió. Se quedó sentada junto a la ventana de su habitación, mirando las luces de las cabañas de los esclavos a lo lejos.

Sabía que su tiempo se agotaba. Rafael podía repudiarla. podía tomar una amante y reconocer a los hijos bastardos, o incluso podía morir y dejar que sus hermanos se pelearan por San Cristóbal mientras ella era expulsada sin un peso. Pero lo que más le dolía no era perder la hacienda o su posición social, era la humillación.

 Catalina había sido criada para ser la señora de una gran casa, para dirigir a docenas de sirvientes, para organizar bailes que serían recordados durante años. Había aprendido francés y piano. Había estudiado las mejores formas de administrar una propiedad. Todo para esto, para ser descartada como un mueble viejo que ya no servía.

 Fue entonces cuando sus ojos se posaron en la cabaña de Josefa. Josefa era diferente al resto de los esclavos. Para empezar, no trabajaba en los campos. Había sido asignada como dama de compañía de Catalina desde que ambas eran niñas. La madre de Catalina la había comprado específicamente para ese propósito. Una niña mulata de piel clara que podía ser educada para servir en la casa grande.

 Durante 30 años Josefa había estado al lado de Catalina. Había sido testigo de su primer sangrado menstrual. Había trenzado su cabello el día de su boda. Había sostenido su mano durante las noches oscuras de desesperación. Conocía todos sus secretos, todas sus vergüenzas, todos sus miedos. Y Catalina conocía los de Josefa.

 También sabía, por ejemplo, que Josefa había estado enamorada del hijo del Caporal, un joven esclavo de facciones finas y ojos inteligentes. Sabía que ese amor había sido imposible porque don Rafael había vendido al muchacho a otra hacienda cuando descubrió que sabía leer. Sabía que Josefa nunca había conocido a un hombre, porque Catalina siempre habíasido celosa de su compañía y se aseguraba de mantenerla aislada de los demás esclavos.

 Esa conexión, esa intimidad de décadas era lo que hacía que el plan que comenzaba a formarse en la mente de Catalina fuera posible y también lo que lo hacía monstruoso. Pero Catalina aún no sabía que el plan que estaba gestando en su desesperación no solo requeriría la complicidad de Josefa, sino también su sacrificio. Y cuando finalmente se atrevió a pronunciar las palabras en voz alta, descubriría que algunas puertas, una vez abiertas jamás pueden cerrarse.

 Catalina esperó tres semanas antes de hablar con Josefa. Necesitaba estar segura. Necesitaba que el plan estuviera perfectamente formado en su mente, sin fisuras, sin dudas. Durante esas tres semanas observó a Rafael con nuevos ojos, estudió sus rutinas. sus hábitos, sus debilidades. Notó que cada jueves por la noche don Rafael tomaba más vino de lo habitual.

 Era el día que recibía las cuentas de la hacienda y los números nunca eran tan buenos como esperaba. La sequía del año anterior había afectado las cosechas y aunque San Cristóbal seguía siendo rentable, los márgenes se achicaban. Rafael ahogaba su frustración en vino francés y para cuando subía a su habitación apenas podía caminar en línea recta. También observó a Josefa.

 La vio durante las mañanas cuando peinaba el cabello de Catalina. La vio durante las tardes cuando bordaba en silencio junto a la ventana. La vio durante las noches cuando se retiraba a su pequeña habitación contigua a la de Catalina. un privilegio que ningún otro esclavo tenía. Vio a una mujer de 26 años que nunca había conocido la libertad, que nunca había tomado una decisión por sí misma, que existía únicamente para servir.

 Era perfecta para lo que Catalina necesitaba. Una noche de noviembre, después de que don Rafael se retirara a sus aposentos, Catalina llamó a Josefa a su habitación. No era inusual. A menudo conversaban antes de dormir Catalina quejándose de los chismes de la ciudad o de las incompetencias de la servidumbre. Josefa escuchaba en silencio, asentía cuando correspondía y ofrecía palabras de consuelo cuando se requerían.

 Pero esa noche fue diferente. Josefa comenzó Catalina, su voz más suave de lo habitual. ¿Sabes lo que significa para mí no tener hijos? Josefa bajó la mirada como siempre hacía cuando se tocaban temas delicados. Sí, señora, lo sé. ¿Sabes lo que sucederá si don Rafael me repudia? Un silencio. Luego, apenas un susurro. Sí, señora.

 ¿Y sabes qué te pasará a ti cuando eso suceda? Josefa levantó la vista por primera vez. En sus ojos oscuros había miedo genuino. Catalina vio ese miedo y supo que tenía razón. Si Rafael repudiaba a Catalina, ella sería enviada de vuelta con su familia, arruinada y sin recursos. Y Josefa, Josefa, sería vendida probablemente a algún que la pondría a trabajar en los campos, o peor, que la usaría para otros propósitos.

 La vida privilegiada que había conocido terminaría de golpe. “Tengo una propuesta,” dijo Catalina midiendo cada palabra, “Una manera de que ambas nos salvemos.” Josefa esperó inmóvil. “Necesito un hijo”, continuó Catalina. “Don Rafael necesita un heredero, pero mi cuerpo no puede dármelo, así que necesito que otro cuerpo lo haga.

” El color abandonó el rostro de Josefa. comprendió de inmediato. “Señora, yo no puedo. ¿Puedes y lo harás?”, la interrumpió Catalina, su voz ahora más firme. Escúchame bien. Tú entrarás a la alcoba de don Rafael una noche. Él estará ebrio, como suele estarlo los jueves. No sabrá que no soy yo. Quedas embarazada.

 Cuando comiences a mostrar, diremos que finalmente estoy en cinta. El niño nacerá y será criado como hijo legítimo de los Mendoza. Tú y yo seremos las únicas que sabremos la verdad. Y si el niño sale, ¿cómo?, preguntó Josefa tocando su propia piel morena. No saldrá como tú, respondió Catalina con una seguridad que no sentía. Tú eres mulata clara.

 Tu padre era español. Don Rafael es blanco. Las probabilidades están a nuestro favor. Y si sale Moreno, entonces diremos que es una marca de nacimiento, una peculiaridad. He visto niños españoles con piel más oscura que la usual. Nadie se atreverá a cuestionar la legitimidad de un heredero Mendoza.

 Josefa guardó silencio durante largo rato. Catalina podía ver el torbellino de emociones en su rostro, miedo, repulsión, incredulidad, pero también vio algo más. Algo que la sorprendió. Vio cálculo. Si hago esto, dijo Josefa, lentamente, ¿qué gano yo? Catalina parpadeó. En 30 años Josefa nunca había pedido nada, nunca había cuestionado una orden, nunca había negociado.

 Tu libertad, respondió Catalina. Cuando el niño nazca sano y sea aceptado como heredero legítimo, te daré tu carta de libertad. Podrás irte a donde quieras, hacer lo que quieras. No, dijo Josefa y por primera vez en su vida su voz sonó firme. Quiero más que eso,más. Quiero una casa. Quiero dinero suficiente para vivir sin trabajar y quiero que liberes también a mi madre.

Catalina sintió una mezcla de furia y respeto. Josefa estaba negociando. La esclava sumisa que había conocido durante décadas estaba mostrando una espina dorsal. que Catalina no sabía que existía. Está bien, accedió finalmente una casa en la ciudad, 1000 pesos de plata y la libertad de tu madre. Pero solo cuando el niño cumpla un año y esté claro que es sano y aceptado, 2000 pesos, 100.

Y eso es final. Josefa asintió. Hay una condición más, agregó. Después de que nazca el niño, nunca más tendré que estar con don Rafael. Solo esta vez, solo esta vez, confirmó Catalina. Te lo prometo. Se miraron a los ojos dos mujeres atrapadas en un sistema que las había despojado de poder de maneras diferentes, pero igualmente devastadoras.

Una era esclava por ley, la otra prisionera de su género y su esterilidad. Y en ese momento forjaron un pacto que las convertiría en cómplices de un engaño que desafiaría todo lo que conocían. Lo que ninguna de las dos podía prever Rafael, en su ebriedad pronunciaría un nombre esa noche, un nombre que no era el de Catalina, y que Josefa, contra todo lo que había planeado, sentiría algo que jamás debió sentir.

 Catalina eligió un jueves de diciembre para ejecutar el plan. El día había sido particularmente difícil para Rafael. Dos esclavos habían intentado escapar y habían sido capturados. La disciplina requerida había dejado a Rafael de mal humor y Catalina sabía que bebería más de lo usual. Durante la cena se aseguró de que las botellas de vino circularan constantemente.

Rafael bebió copa tras copa, su rostro enrojeciendo con cada trago, para cuando terminaron de cenar, apenas podía mantener los ojos enfocados. “Subiré temprano”, anunció Rafael, su lengua arrastrando ligeramente las palabras. “Estoy exhausto, por supuesto, querido”, respondió Catalina con dulzura. Yo subiré en un momento.

 Tengo que dar algunas instrucciones a la cocina para mañana. Rafael asintió y subió las escaleras con pasos irregulares. Catalina esperó 30 minutos exactos. Luego fue a su habitación donde Josefa la esperaba. La esclava estaba pálida, sus manos temblaban ligeramente. Es hora dijo Catalina. comenzó a desvestirse, quitándose el elaborado vestido de noche, las enaguas, el corsé.

 Se quedó solo en camisón, el mismo que usaba todas las noches. Luego se lo quitó y se lo entregó a Josefa. “Póntelo”, ordenó. Josefa obedeció con manos temblorosas. El camisón era de lino fino, con encajes en el cuello y las mangas. Le quedaba un poco grande, pero en la oscuridad la diferencia sería imperceptible.

 Catalina tomó a Josefa por los hombros. Escúchame bien. La habitación estará oscura. No enciendas ninguna vela. Entra en silencio. Él estará dormido o casi. Haz lo que tengas que hacer rápido. No hables. Si dice algo, solo susurra. Cuando termines, sal inmediatamente y vuelve aquí. Y usted, yo estaré aquí esperando.

 Si algo sale mal, si se da cuenta, yo entraré y diré que te mandé a buscar algo, pero no saldrá mal. Confía en mí. Josefa asintió. Aunque la confianza claramente no era lo que sentía. Catalina la acompañó hasta la puerta de la alcoba de Rafael. El pasillo estaba desierto, iluminado apenas por una vela lejana. Podían escuchar los ronquidos de Rafael desde el otro lado de la puerta.

 Ve, susurró Catalina. Josefa respiró profundo y abrió la puerta. La habitación estaba sumida en oscuridad casi total. Las cortinas gruesas bloqueaban cualquier luz de luna. Solo el resplandor tenue de las brasas moribundas en la chimenea proporcionaba algo de visibilidad. Josefa podía distinguir la silueta de la cama grande y en ella la forma de don Rafael acostado de lado.

 Cerró la puerta detrás de ella y se quedó inmóvil un momento, permitiendo que sus ojos se ajustaran a la oscuridad. Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que la delataría. Cada fibra de su ser le gritaba que huyera, que esto estaba mal, que las consecuencias serían terribles, pero pensó en la casa que le habían prometido, en los 1500 pesos de plata en la libertad de su madre.

 En una vida más allá de estos muros, se acercó a la cama con pasos silenciosos. Rafael se movió ligeramente, murmurando algo ininteligible. Josefa se detuvo congelada, pero él solo se dio vuelta y siguió durmiendo. El olor a vino emanaba de él en oleadas. Con manos temblorosas, Josefa se subió a la cama.

 El colchón se hundió bajo su peso y Rafael gruñó, pero no despertó. Ella se acostó a su lado, su cuerpo rígido como una tabla. Esperó. No sabía exactamente qué esperar, pero Catalina le había dicho que dejara que las cosas siguieran su curso natural, que Rafael, incluso en su embriaguez, sabría qué hacer.

 Pasaron minutos que parecieron horas. Josefa consideró irse, decirle a Catalina que no había funcionado, queRafael estaba demasiado ebrio, pero justo cuando estaba a punto de moverse, sintió la mano de él en su brazo. Catalina, murmuró Rafael, su voz pastosa. Catalina, Josefa no respondió, solo se quedó quieta, tal como le habían indicado.

 La mano de Rafael se movió desde su brazo hasta su cintura. Luego más abajo, Josefa cerró los ojos y apretó los dientes. Se recordó a sí misma por qué estaba haciendo esto. La libertad, la casa, el dinero, una vida propia. Rafael la atrajo hacia él, su aliento caliente y ácido contra su cuello. Josefa se puso rígida, pero se obligó a no resistirse.

 Dejó que él hiciera lo que quería, disociando su mente de su cuerpo, imaginándose en otro lugar, en otro tiempo. Pero entonces Rafael dijo algo que hizo que todo su mundo se tambaleara. Gracias a Dios”, susurró contra su oído. “Gracias a Dios que finalmente accediste, María, María, no Catalina, María.

” Josefa sintió su corazón detenerse. ¿Quién era María? ¿Acaso Rafael tenía una amante? ¿Estaba soñando con otra mujer? Oh, pero no tuvo tiempo de procesar esto porque Rafael ya estaba sobre ella y lo que tenía que suceder estaba sucediendo. Josefa dejó de pensar, dejó de sentir, se convirtió en un objeto, una herramienta, un medio para un fin.

 Cuando terminó, Rafael se apartó de ella y casi inmediatamente volvió a roncar. Josefa se quedó inmóvil durante un momento más, asegurándose de que estuviera completamente dormido. Luego, lenta y cuidadosamente, se deslizó fuera de la cama. Sus piernas temblaban tanto que apenas podía caminar. Cruzó la habitación como un fantasma y salió al pasillo.

 Catalina la esperaba justo afuera con una expresión de ansiedad en el rostro. “Funcionó”, susurró. Josefa solo asintió. No confiaba en su voz. Catalina la tomó del brazo y la llevó de vuelta a su habitación. Una vez dentro, Josefa se quitó el camisón y se lo devolvió. Sus manos todavía temblaban. ¿Estás bien?, preguntó Catalina y por primera vez parecía genuinamente preocupada.

 Sí, señora mintió Josefa. Estoy bien, perfecto. Ahora solo tenemos que esperar. Si quedaste embarazada esta noche, lo sabremos en unas semanas. Josefa asintió mecánicamente y se retiró a su pequeña habitación contigua. Se acostó en su catre estrecho, todavía temblando, no por lo que acababa de pasar, aunque eso era horrible en sí mismo.

 Temblaba porque Rafael había dicho el nombre María. Y María era el nombre de su madre. Pero Josefa aún no sabía que ese nombre pronunciado en la oscuridad era solo la primera de muchas verdades que saldrían a la luz. Y que cuando descubriera quién era realmente su padre, el pacto que había hecho con Catalina revelaría un horror que ni siquiera ellas habían imaginado.

 Las semanas siguientes fueron una tortura de incertidumbre. Josefa esperaba ansiosamente las señales de embarazo mientras simultáneamente trataba de no pensar en lo que había escuchado esa noche. María. El nombre resonaba en su mente como una campana fúnebre. Su madre, María, había sido esclava de la familia Mendoza desde antes de que Josefa naciera.

 Era una mujer callada, de piel oscura, que trabajaba en las cocinas. Josefa la veía ocasionalmente, siempre de lejos. Siempre en silencio. Nunca habían tenido una relación cercana. Catalina había visto a eso, manteniendo a Josefa aislada de los demás esclavos desde niña. Josefa nunca había conocido a su padre cuando era pequeña y preguntaba.

Su madre solo decía un hombre español y desviaba la conversación. Ahora, con las palabras de Rafael resonando en su memoria, comenzaba a atar cabos que preferiría no atar. ¿Era posible? ¿Podía Rafael ser su padre? La idea la enfermaba. Si era cierto, entonces lo que había pasado esa noche no era solo un acto de desesperación por supervivencia.

Era algo mucho peor, algo que ni siquiera tenía nombre. Pero no podía preguntar, no podía confirmar sus sospechas. Hacerlo significaría revelar lo que había pasado, destruir el plan, perder todo lo que le habían prometido. Así que guardó silencio y esperó. Pasaron dos semanas, luego tres. Josefa prestaba atención a cada señal de su cuerpo.

 Las náuseas matutinas comenzaron en la cuarta semana, sutiles al principio, luego imposibles de ignorar. Estaba embarazada. Cuando le dio la noticia a Catalina, la acendada casi lloró de alivio. Pero tenían que ser cuidadosas. Necesitaban esperar el momento perfecto para el anuncio. “Todavía es muy pronto,” dijo Catalina.

 “Esperaremos dos meses más. Para entonces estarás de casi tres meses. Yo fingiré síntomas. Comenzaré a quejarme de náuseas, a rechazar ciertos alimentos. Cuando finalmente anunciemos el embarazo, ya nadie dudará.” Y así lo hicieron. Catalina se convirtió en una actriz consumada. Durante las comidas apartaba su plato con delicadeza, alegando que ciertos olores la mareaban.

 Pedía que le prepararan caldos suaves. Se quejaba de fatiga. Rafael, todavía sumido en surutina de bebida y trabajo, apenas lo notaba, pero las sirvientas sí y comenzaron a susurrar. “La señora está en cinta”, decían en las cocinas. “Por fin, después de tantos años. En febrero de 1848, Catalina hizo el anuncio oficial, convocó a Rafael a su habitación y le dio la noticia.

 Él reaccionó con una mezcla de sorpresa y alivio. ¿Estás segura? preguntó tomando sus manos. Completamente segura respondió Catalina forzando lágrimas de felicidad. Llevo casi tr meses. El médico lo confirmó esta mañana. Rafael la abrazó, algo que no había hecho en años. Y en ese momento, Catalina sintió una punzada de culpa.

 Estaba engañando a su esposo, sí, pero también le estaba dando lo que más deseaba en el mundo, un heredero. Eso hacía que el engaño fuera menos imperdonable. La noticia se extendió como pólvora. La familia de Rafael celebró con una cena elaborada. Los vecinos enviaron felicitaciones. El padre de la iglesia local ofreció una misa especial de agradecimiento.

 Todos comentaban el milagro. Después de 15 años de matrimonio estéril, finalmente Dios había bendecido a los Mendoza. Mientras tanto, Josefa continuaba con sus deberes como si nada hubiera cambiado. Pero su vientre crecía, no rápido, pero constante. Catalina le ajustaba la ropa para disimular, le hacía usar delantales más voluminosos y cada noche, en la privacidad de la habitación de Catalina medían el progreso.

 “Pronto tendremos que esconderte”, dijo Catalina una noche de marzo. Cuando estés de 5co meses, será obvio. Diremos que estás enferma. Te quedarás en tu habitación. Nadie podrá verte. Y mi madre, preguntó Josefa, se preocupará. Le diremos que tienes fiebres. Le prohibiremos visitarte para que no se contagie. Lo entenderá. Pero Josefa necesitaba hablar con su madre.

Necesitaba confirmar o descartar la horrible sospecha que carcomía su mente. Una tarde, cuando Catalina salió a hacer visitas sociales, Josefa bajó a las cocinas. María estaba allí pelando papas junto al fogón. Cuando vio a Josefa, sus ojos se iluminaron momentáneamente. No estaban acostumbradas a verse. “Madre”, dijo Josefa en voz baja, “neito preguntarte algo.

” María miró alrededor, asegurándose de que estuvieran solas, y asintió. “Mi padre”, continuó Josefa, “djiste que era un hombre español. ¿Quién era? El rostro de María se cerró como una puerta. ¿Por qué preguntas eso ahora? Porque necesito saber, por favor. María guardó silencio durante un largo rato. Luego, sin mirar a Josefa, susurró, “Era el hermano menor del amo.

Don Felipe murió hace 20 años en un accidente con un caballo. Josefa sintió como un peso enorme se levantaba de su pecho. No era Rafael, no era él. ¿Estás segura?”, presionó. “Cletamente segura. ¿Por qué dudas de mí? Preguntó María finalmente mirándola. Sé quién es el padre de mi propia hija.

 Perdóname, dijo Josefa, solo necesitaba estar segura. Subió de vuelta a las habitaciones principales, sintiéndose aliviada, pero también confundida. Si Rafael no era su padre, entonces, ¿por qué había pronunciado el nombre de María esa noche? ¿Era solo coincidencia? O había habido algo entre él y María que Josefa no conocía. No importaba, se dijo a sí misma.

 Lo importante era que no había cometido el pecado que temía haber cometido. El niño que crecía en su vientre era producto de un engaño, sí, pero no de incesto. Al menos eso creía. Lo que Josefa no sabía es que María le había mentido y que la verdad sobre su padre sería revelada no por palabras, sino por la piel del bebé que nacería 5co meses después.

 Una piel que desafiaría toda explicación lógica y desataría una investigación que terminaría en tragedia. En abril, cuando Josefa cumplió 5 meses de embarazo, Catalina puso en marcha la siguiente fase del plan. anunció que Josefa había caído enferma con fiebres peligrosas y que por orden del médico debía permanecer en cuarentena total.

 Josefa fue confinada a su pequeña habitación contigua, a la de Catalina. Las ventanas fueron cubiertas con cortinas gruesas para que nadie pudiera verla desde afuera. La comida le era llevada por Catalina personalmente, quien ya no confiaba en ninguna otra sirvienta para esta tarea. Los días se volvieron interminables.

 Josefa pasaba las horas acostada en su catre, sintiendo al bebé moverse dentro de ella. Eran movimientos extraños, más fuertes de lo que había anticipado. A veces el bebé pateaba con tanta fuerza que le dolía. Catalina, por su parte, continuaba su actuación magistral. Usaba almohadillas bajo sus vestidos para simular un vientre creciente.

Se quejaba de dolores de espalda y de pies hinchados. Rafael, completamente ajeno al engaño, la trataba con una gentileza renovada. Incluso había dejado de beber tanto. Después de que nazca el niño le dijo Rafael una noche, las cosas serán diferentes entre nosotros, te lo prometo.

 Catalina sonrió y asintió, sintiendo el peso de la mentira como unapiedra en su estómago. Pero no todo era tranquilidad. Don Ignacio, el hermano de Rafael, visitaba la hacienda con frecuencia. Siempre preguntaba por el embarazo, siempre con esa sonrisa que no llegaba a sus ojos. Es un milagro, ¿verdad?, comentó durante una visita en mayo.

 Después de tantos años, algunos dirían que inusual, los caminos de Dios son misteriosos, respondió Catalina fríamente. Por supuesto, por supuesto, dijo Ignacio. Solo digo que algunos podrían cuestionar. ¿Qué podrían cuestionar exactamente? interrumpió Rafael, su voz cortante. Nada, hermano, solo hago conversación. Pero Catalina sabía que Ignacio sospechaba algo.

 No sabía qué exactamente, pero podía sentir su mirada escrutadora cada vez que la veía. Necesitaban ser más cuidadosos. Mientras tanto, Josefa lideba con su propio infierno. El aislamiento la estaba volviendo loca. No había hablado con nadie, excepto Catalina en semanas. No había visto el sol, no había respirado aire fresco.

 Era una prisionera en una habitación de 2 m² y el bebé crecía. Para junio su vientre era enorme, mucho más grande de lo que había esperado. Catalina también lo notó con preocupación. Estás muy grande para seis meses”, comentó el médico. Dice que mi embarazo está progresando normalmente, pero tú pareces de 8 meses.

 Tal vez sean gemelos sugirió Josefa. La posibilidad aterrorizó a Catalina. Gemelos, ¿cómo explicarían eso? Se suponía que ella estaba embarazada de un solo bebé. No podían presentar dos niños de repente. “Esperemos que no,”, dijo Catalina. Si son gemelos, tendremos que tomar decisiones difíciles. Josefa comprendió lo que implicaba.

 Si nacían dos bebés, uno tendría que desaparecer. La idea la horrorizó, pero sabía que Catalina tenía razón. No había forma de explicar gemelos en esta situación. rezó fervientemente para que fuera solo un bebé grande. En julio, Rafael insistió en que un médico examinara a Catalina. Había escuchado de demasiados embarazos que terminaban en tragedia y quería asegurarse de que todo estuviera bien.

Catalina no pudo negarse sin levantar sospechas, así que permitió que el doctor Herrera, el médico de la familia, la examinara, pero lo hizo en sus propios términos. Doctor”, dijo Catalina, “aprecio su preocupación, pero he escuchado historias terribles de exámenes invasivos que causan abortos. Preferiría que el examen fuera mínimo.

” El doctor Herrera, un hombre mayor y conservador, estuvo de acuerdo. En aquella época los exámenes obstétricos eran rudimentarios. De todos modos, palpó su vientre relleno con almohadillas cuidadosamente colocadas. escuchó con su estetoscopio. Catalina había practicado controlar su respiración para que sonara agitada como la de una mujer embarazada y declaró que todo parecía normal.

 “Está de aproximadamente 7 meses”, dijo. El bebé parece estar en buena posición. Si todo continúa así, debería dar a luz a finales de septiembre o principios de octubre. Catalina sintió alivio. Josefa estaba de 7 meses y medio, muy cerca de las estimaciones del médico. El tiempo funcionaba a su favor, pero entonces el doctor Herrera agregó algo que heló su sangre.

 Aunque debo decir, doña Catalina, su vientre parece más pequeño de lo que esperaría para 7 meses. Algunos bebés son simplemente más pequeños, por supuesto, pero mantengamos vigilancia. Si el bebé no crece adecuadamente, podríamos tener complicaciones. Después de que el médico se fuera, Catalina entró en pánico. Y si el bebé de Josefa nacía demasiado grande, ¿cómo explicarían la discrepancia? Esa noche le dijo a Josefa, necesitamos que el bebé nazca exactamente cuando yo diga que debería nacer, ni antes ni después.

 ¿Entiendes? Josefa asintió. Aunque no entendía cómo podían controlar eso, pero Catalina ya tenía un plan. Había investigado con parteras locales y había descubierto que ciertas hierbas podían inducir el parto. Cuando llegara el momento apropiado, le daría esas hierbas a Josefa para adelantar el nacimiento si era necesario.

 El bebé nacería cuando Catalina lo decidiera, pero la naturaleza tiene sus propios planes. Y cuando el trabajo de parto de Josefa comenzó una noche de agosto, un mes antes de lo previsto, Catalina descubriría que había cosas que ni siquiera su meticulosa planificación podía controlar, y que el bebé que estaba por nacer traería consigo secretos que ninguna de las dos estaba preparada para enfrentar.

 La noche del 15 de agosto de 1848, Josefa despertó con un dolor agudo en el vientre. Al principio pensó que era solo una molestia pasajera, el bebé moviéndose incómodo, pero el dolor volvió más fuerte en oleadas regulares. Trabajo de parto, era demasiado pronto. Se suponía que tenía al menos tres semanas más.

 Catalina había calculado todo para que el parto coincidiera con las fechas que el médico había estimado. Pero los bebés no siguen calendarios humanos. Señora, llamó Josefa con vozdébil. Señora Catalina, Catalina apareció en segundos con camisón y una vela en la mano. Cuando vio la expresión de Josefa y el charco de líquido bajo ella, comprendió de inmediato.

 No susurró, “No puede ser ahora, es demasiado pronto. No puedo controlarlo, jadeó Josefa, el bebé viene.” Catalina entró en modo de crisis. No podían llamar a una partera, no podían involucrar al doctor Herrera. Nadie podía saber que Josefa estaba dando a luz mientras se suponía que Catalina era quien estaba embarazada.

 “Tendré que hacerlo yo misma”, dijo Catalina. “He visto suficientes partos de esclavas. Puedo hacer esto.” Josefa asintió sin fuerzas para discutir. Otro dolor la atravesó y gritó. “¡Silencio!”, ordenó Catalina. Rafael está en su habitación. Si te escucha, vendrá a investigar. Josefa se mordió el labio hasta hacerlo sangrar, sofocando sus gritos.

 El dolor era insoportable, como si su cuerpo se estuviera partiendo en dos. Catalina trabajó rápido, puso sábanas bajo Josefa, trajo agua caliente, trapos limpios. Había ayudado en partos antes, aunque siempre como observadora, nunca como la persona principal, pero no tenía opción. El trabajo de parto duró horas. Josefa sudaba y temblaba, tratando desesperadamente de no gritar.

 Catalina la animaba en susurros. Le decía que pujara, que respirara, que aguantara un poco más. Finalmente, cuando el amanecer comenzaba a iluminar el cielo, el bebé nació. Catalina lo recibió en sus manos, todavía cubierto de líquidos y sangre. Era un niño perfectamente formado, con pulmones fuertes que anunciaban su llegada al mundo con un llanto potente.

Es un varón, dijo Catalina y en su voz había genuina alegría. Josefa es un varón sano, pero cuando limpió al bebé y lo examinó bajo la luz creciente del amanecer, su alegría se transformó en confusión. Luego en horror, la piel del bebé no era blanca, tampoco era mulata clara como la de Josefa, era extraña, manchada.

 Había parches de piel clara y parches de piel oscura, distribuidos de forma irregular por todo su cuerpito, como si alguien hubiera pintado a un bebé blanco con pinceladas de piel morena o viceversa. ¿Qué es esto?, susurró Catalina. ¿Qué le pasa? Josefa, exhausta, pero alarmada por el tono de Catalina, logró incorporarse lo suficiente para ver a su hijo.

 Cuando lo hizo, sintió que el mundo se detenía. El bebé era hermoso, con facciones delicadas y un llanto fuerte, pero su piel, su piel desafía toda explicación. No era una condición médica que Catalina o Josefa reconocieran. Era como si el niño fuera dos personas mezcladas en una. Es es un monstruo dijo Catalina retrocediendo.

No gritó Josefa, arrebatándole el bebé de las manos. Es mi hijo. Es perfecto. Perfecto. Repitió Catalina con incredulidad. ¿Cómo vamos a presentar esto como mi hijo? Todos sabrán que hay algo extraño. Todos preguntarán. Esto arruinará todo. Entonces pensaremos en algo, dijo Josefa con fiereza, pero no lo llamarás monstruo.

 No lo volverás a llamar así. Catalina se dejó caer en una silla, su mente corriendo. ¿Qué hacían ahora? Habían planeado cada detalle, habían considerado cada contingencia, pero esto, esto no lo habían previsto. Y entonces escucharon pasos en el pasillo. Rafael, las dos mujeres se congelaron. Los llantos del bebé habían despertado al amo de la casa.

 En segundos estaría en la habitación. Querría saber qué estaba pasando y todo el plan se derrumbaría. Catalina actuó por puro instinto. Tomó al bebé de los brazos de Josefa, envolvió rápidamente en una manta gruesa que ocultaba su piel y le dijo a Josefa, escóndete, métete debajo de la cama. Ahora Josefa obedeció arrastrándose bajo el catre, justo cuando la puerta se abría.

 Rafael entró con el cabello despeinado y expresión preocupada. Catalina, escuché. ¿Qué fue ese llanto? Catalina lo miró sosteniendo al bebé contra su pecho y tomó la decisión más audaz de su vida. Rafael dijo con voz temblorosa, “Ha nacido. Nuestro hijo ha nacido.” Rafael parpadeó procesando las palabras.

 ¿Qué? Ahora sin el médico, sin la partera. Vino demasiado rápido, mintió Catalina. No tuve tiempo de llamar a nadie. Josefa me ayudó, pero el parto fue tan rápido. Oh, Rafael, es un varón. Tenemos un hijo. Rafael se acercó, sus ojos fijos en el bulto envuelto en mantas. Catalina apretó al bebé más cerca, asegurándose de que las mantas cubrieran su piel extraña.

“Déjame verlo”, dijo Rafael. Está muy débil”, dijo Catalina rápidamente. Nació prematuro, necesita calor, necesita descansar. El doctor Herrera debe examinarlo, pero más tarde. Ahora necesita estar tranquilo. Rafael dudó, pero el instinto paternal era más fuerte que la curiosidad. Asintió.

 Enviaré a alguien por el doctor Herrera de inmediato. Mientras tanto, tú también descansa. Has pasado por una terrible prueba. Sí, dijo Catalina. Por favor, envía por el doctor y Rafael. No dejes que nadie más entre aquí. El bebées muy frágil hasta que el doctor diga que es seguro. Nadie, excepto tú, yo y el doctor Herrera, podemos verlo.

 Rafael estuvo de acuerdo y salió apresuradamente para organizar todo. Tan pronto como se fue, Josefa salió de debajo de la cama. Estaba pálida, temblando, sangrando todavía del parto. “¿Qué vamos a hacer?”, susurró. Catalina miró al bebé en sus brazos. El pequeño había dejado de llorar y ahora dormía pacíficamente, ajeno a la crisis que su existencia había causado.

 “Vamos a mantenerlo envuelto”, dijo Catalina lentamente. “Vamos a decir que nació débil y que necesita estar constantemente abrigado. Con suerte su piel. He oído de bebés que nacen con marcas que desaparecen y si no desaparece, entonces diremos que es una condición médica rara, una marca de Dios, lo que sea necesario. Pero este niño será reconocido como heredero de los Mendoza.

 Has cumplido tu parte del trato, Josefa, ahora yo cumpliré la mía. Josefa asintió débilmente y permitió que Catalina la ayudara a acostarse. Estaba exhausta, dolorida y emocionalmente destruida. Pero cuando miró a su hijo en los brazos de Catalina, sintió una fiereza maternal que nunca había conocido. Era su hijo, su sangre y haría cualquier cosa para protegerlo.

 Pero cuando el doctor Herrera llegó esa tarde y examinó al bebé, su rostro palideció de una manera que ningún médico experimentado debería palidecer. Y las palabras que pronunció lanzaron una investigación que desentrañaría no solo el engaño de Catalina y Josefa, sino secretos mucho más oscuros de la familia Mendoza, secretos que habían permanecido enterrados durante generaciones. El Dr.

Herrera llegó a la hacienda San Cristóbal al mediodía, su maletín médico en mano y expresión seria. Rafael lo recibió personalmente y lo escoltó hasta la habitación de Catalina, donde madre e hijo supuestamente descansaban después del parto prematuro. Catalina estaba preparada. Había colocado almohadillas manchadas de sangre de Josefa en la cama para simular el parto.

 Había despeinado su cabello y se había apellizado las mejillas para parecer exhausta, y había mantenido al bebé completamente envuelto en mantas gruesas. dejando visible solo su carita. Drctor Herrera saludó débilmente. Gracias por venir tan rápido. Doña Catalina respondió el médico acercándose. Don Rafael me dice que el parto fue repentino.

 ¿Cómo se encuentra? Cansada, pero bien. El bebé vino más rápido de lo esperado. No tuve tiempo ni de llamarla. El médico asintió y se acercó al bebé. Catalina lo sostenía contra su pecho, las mantas cubriendo todo, excepto su rostro. “Permítame examinarlo”, dijo el doctor Herrera extendiendo sus manos. Catalina dudó apenas un segundo antes de entregarle al niño.

 Rafael observaba desde un rincón con una expresión entre orgullosa y preocupada. El doctor Herrera comenzó su examen de manera rutinaria. revisó los ojos del bebé, su boca, sus reflejos, todo parecía normal. Luego comenzó a desenvolver las mantas. “Necesito revisar su cuerpo completo”, explicó. “Doctor, hace frío,”, protestó Catalina.

“El bebé es muy frágil, solo será un momento”, la interrumpió el médico. Y entonces las mantas cayeron. El doctor Herrera se quedó inmóvil mirando la piel manchada del bebé. Los parches de piel clara y oscura eran todavía más pronunciados bajo la luz del mediodía. Parecían casi deliberados, como un diseño artístico en la piel de una criatura imposible.

 El silencio en la habitación era ensordecedor. ¿Qué? ¿Qué es esto?, preguntó finalmente Rafael acercándose. El Dr. Herrera no respondió de inmediato. Examinó la piel del bebé más de cerca, tocándola con dedos cuidadosos. No era pintura, no era suciedad, era pigmentación real integrada en la piel misma. No lo sé, admitió finalmente.

 En 30 años de práctica médica, nunca he visto algo así. Es una enfermedad, preguntó Catalina su voz temblorosa. Algo que se puede curar, no parece enfermedad, dijo el médico lentamente. El niño está sano en todos los demás aspectos, respira bien. Sus reflejos son normales, no presenta fiebre ni inflamación, pero esta pigmentación es muy inusual.

 Rafael se acercó más, mirando a su supuesto hijo con una mezcla de fascinación y repulsión. ¿Qué lo causa? El doctor Herrera envolvió al bebé nuevamente y se lo devolvió a Catalina antes de responder. Su expresión era grave. Hay casos documentados de pigmentación irregular en la literatura médica. Algunas veces es genética pasada de generación en generación, otras veces es el resultado de mezcla de sangres.

 La implicación quedó suspendida en el aire. Está sugiriendo que mi esposa comenzó Rafael, su voz peligrosamente baja. No estoy sugiriendo nada, se apresuró a decir el médico. Solo estoy explicando las posibles causas médicas. Pero debo preguntar, ¿hay antecedentes en su familia o en la de doña Catalina de pigmentación inusual? Catalina negó conla cabeza, “Ninguno que yo conozca.

 Mi familia es de pura sangre española, al igual que la de Rafael. Entonces, esto es verdaderamente extraordinario, dijo el doctor Herrera. Debo consultar mis textos médicos. Tal vez haya alguna explicación que no estoy considerando. Después de que el médico se fuera, prometiendo regresar en unos días con más información, Rafael se quedó mirando a Catalina con una expresión que ella no podía descifrar.

 Rafael comenzó, pero él levantó una mano para silenciarla. “Necesito pensar”, dijo simplemente y salió de la habitación. Catalina se quedó sola con el bebé, sintiendo como las paredes se cerraban a su alrededor. El plan se estaba desmoronando. El doctor Herrera volvería con preguntas. Rafael comenzaría a sospechar y si alguien decidía investigar más a fondo, esa noche, después de asegurarse de que Rafael estaba dormido en su propia habitación, Catalina llamó a Josefa.

“Tenemos un problema”, dijo el médico. Sospecha no sabe qué. Pero sospecha algo. Josefa, todavía débil del parto, pero más alerta, asintió. ¿Qué hacemos? Necesitamos una explicación, una historia que explique la piel del bebé sin implicarnos. ¿Hay algo en tu familia? ¿Algún ancestro con pigmentación inusual? Josefa pensó, “Mi bisabuela por parte de madre era de una tribu indígena del sur.

 Tenía marcas rituales en la piel, pero eran tatuajes no naturales. Y por parte de padre, no sé nada de la familia de mi padre. Mi madre nunca habló de ellos. Catalina tambaleó sus dedos sobre la mesa pensando, “Necesitamos hablar con tu madre. Tal vez ella sepa algo que pueda ayudarnos.” Al día siguiente, con la excusa de que necesitaba consejo sobre cómo amamantar al bebé, aunque en realidad planeaban usar una nodriza, Catalina hizo traer a María a su habitación.

 La anciana esclava entró tímidamente, sus ojos bajados. No estaba acostumbrada a ser convocada a las habitaciones principales. Cuando vio a Josefa sentada allí, con evidente debilidad postparto, su rostro mostró alarma. Josefa, ¿qué te pasa? Me dijeron que tenías fiebres. Siéntate. María ordenó Catalina. Tenemos que hablar. Y entonces, porque no veía otra opción, Catalina le contó todo.

 El pacto, el engaño, la noche con Rafael, el embarazo. María escuchó en silencio creciente horror, sus manos temblando. “Hiciste, ¿qué?”, susurró finalmente, mirando a Josefa. Con el amo Rafael no tuve opción, dijo Josefa. Era esto o ser vendida cuando doña Catalina fuera repudiada. María se cubrió el rostro con las manos.

 Oh, niña, oh, mi pobre niña, ¿qué has hecho? Ya está hecho, interrumpió Catalina. Y ahora tenemos un problema. El bebé nació con pigmentación irregular. El médico hace preguntas. Necesitamos saber si hay algo en la línea familiar de Josefa que pueda explicarlo. María permaneció en silencio durante un largo rato.

 Cuando finalmente bajó las manos, había lágrimas en sus ojos. Hay algo que deben saber, dijo con voz quebrada, algo que juré nunca decir. ¿Qué? Presionó Catalina sobre el padre de Josefa. Josefa se inclinó hacia adelante. Dijiste que era don Felipe, el hermano de Rafael. Mentí, admitió María. Les mentí porque la verdad era demasiado terrible de decir.

 Entonces, dila ordenó Catalina. María tomó una respiración profunda y temblorosa. El padre de Josefa no era don Felipe, era don Rafael. El mundo se detuvo. Josefa sintió como si le hubieran arrojado agua helada. Catalina se puso pálida como un fantasma. ¿Qué dijiste? Susurró Catalina. Don Rafael repitió María. Hace 27 años, cuando era joven y recién casado contigo, me tomó una noche.

 Yo era joven, entonces trabajaba en la casa grande. Él estaba borracho. Cuando quedé embarazada, su padre, el viejo don Esteban, me hizo jurar que nunca diría quién era el padre. me amenazó con venderme si hablaba. Así que inventé la historia de don Felipe. Él ya había muerto, no podía contradecirme. Josefa no podía respirar. Rafael era su padre.

Había estado con su propio padre esa noche. Y el bebé, “Oh, Dios”, murmuró Catalina. El bebé. La pigmentación irregular. María asintió lentamente. He oído de esto. Cuando hay cuando la sangre está demasiado cerca, cuando padre e hija. Los niños a veces nacen con deformidades, con marcas extrañas.

 Es por eso que el bebé es así, dijo Josefa, su voz apenas un hilo. Porque Rafael es mi padre. Porque cometí, cometimos. No podía siquiera decir la palabra incesto. El silencio que siguió fue absoluto. Tres mujeres mirándose entre sí, comprendiendo la magnitud del horror que habían desatado. Pero lo que ninguna de ellas sabía era que don Ignacio había estado escuchando detrás de la puerta y que las palabras que había oído no solo destruirían a Catalina y Josefa, sino que desencadenarían una serie de eventos que terminarían en sangre. Don Ignacio

había venido a visitar a su hermano esa mañana, como lo había hecho casidiariamente desde el nacimiento del supuesto heredero. Su interés no era fraternal, sino calculador. Si algo estaba mal con el bebé, si había alguna razón para cuestionar su legitimidad, Ignacio podría reclamar la hacienda para sí mismo.

 Había subido las escaleras con la intención de visitar a Catalina y ver al bebé con sus propios ojos. Pero cuando se acercó a la puerta, escuchó voces, y lo que escuchó lo hizo detenerse y pegar el oído a la puerta. Escuchó todo, el pacto, el engaño, la verdadera madre del bebé y lo más devastador, la revelación de que Rafael era el padre de Josefa.

 Ignacio se alejó de la puerta con una sonrisa lenta, extendiéndose por su rostro. Esto era mejor de lo que jamás había soñado. No solo podía deslegitimar al heredero, podía destruir completamente a Rafael, podía tomar San Cristóbal y también arruinar la reputación de su hermano para siempre. Bajó las escaleras y salió de la hacienda sin hacer ruido.

 Tenía trabajo que hacer. Dentro de la habitación, las tres mujeres seguían en estado de shock. Fue Catalina quien finalmente habló. Nadie puede saber esto nunca, ¿me entienden? Pero el bebé dijo Josefa, su piel, diremos que es una condición médica rara, una de esas cosas inexplicables de la naturaleza. El doctor Herrera no sabe la verdad.

 Nadie la sabe, excepto nosotras tres. Y Rafael, preguntó María, ¿no mereces saber? ¿Saber qué? respondió Catalina con amargura, que violó a una de sus esclavas hace 27 años y que ahora, sin saberlo, ha cometido incesto con su propia hija. ¿Crees que eso mejorará las cosas? María guardó silencio. Tenía razón. La verdad solo traería más dolor.

Esto se queda entre nosotras, continuó Catalina. María, volverás a las cocinas y no dirás una palabra de esto a nadie. Josefa, te quedarás aquí hasta que te recuperes completamente. Luego te darás lo que te prometí y te irás lejos, muy lejos, y yo criaré a este niño como mío. Nadie cuestionará nada.

 ¿Y si alguien ya escuchó?, preguntó Josefa. Y si alguien estaba fuera de la puerta. No había nadie, dijo Catalina con seguridad que no sentía. He estado atenta. Estamos solas, pero no lo estaban. Tres días después, don Ignacio regresó a la hacienda. Esta vez no venía solo. Traía consigo al obispo de Puebla, alcalde de la ciudad y a dos alguaciles.

 Rafael los recibió en la sala principal, confundido por el séquito. Ignacio, ¿qué es esto? ¿Por qué traes a estas personas aquí, hermano? dijo Ignacio con falsa solemnidad. Me duele hacer esto, pero he descubierto algo que debe ser investigado, algo que concierne a la legitimidad de tu supuesto heredero. Rafael se puso rígido.

 ¿Qué estás insinuando? No insinuo nada. Acuso directamente, “El niño que Catalina presentó como tuyo no es tuyo. Es hijo de una de tus esclavas. Y más aún, es producto de un acto tan pecaminoso que apenas puedo decirlo en voz alta. El obispo se adelantó, “Don Rafael, estas son acusaciones graves. Si son ciertas, estamos hablando no solo de engaño, sino de pecados contra Dios y la naturaleza.

Debemos investigar. Rafael miró a su hermano con una mezcla de furia y confusión. ¿Tienes pruebas de estas locuras? Tengo testigos, respondió Ignacio, y tengo oídos. Escuché a tu esposa confesando todo hace tres días. Rafael sintió que el piso se movía bajo sus pies. miró al alcalde, al obispo, a los alguaciles.

 Todos lo miraban con una mezcla de lástima y expectativa. “Traigan a mi esposa”, ordenó con voz temblorosa, y a la esclava Josefa, cuando Catalina fue traída a la sala con el bebé en brazos, supo de inmediato que todo había terminado. La expresión en el rostro de Rafael se lo dijo todo. “¿Sabías? Es verdad, preguntó Rafael, su voz apenas controlada.

 El niño es de Josefa. Catalina consideró mentir. Consideró negar todo, pero cuando miró los ojos de su esposo, vio que la mentira solo empeoraría las cosas. Sí, admitió. Pero Rafael lo hice por nosotros, por salvar nuestro matrimonio, por darte un heredero. Un heredero. Rafael Casi gritó. Es el hijo de una esclava, no puede heredar nada.

 Es tu hijo, dijo Catalina. Josefa lo engendró contigo. El niño lleva tu sangre. Rafael palideció. ¿Qué? ¿Qué quieres decir? Fue entonces cuando Ignacio soltó la bomba final. Lo que tu querida esposa no te está diciendo, hermano, es que Josefa es tu hija. La engendraste en la esclava María hace 27 años.

 Lo que significa que este bebé señaló al niño en brazos de Catalina, es producto de incesto, tu hijo con tu propia hija. El horror en el rostro de Rafael era absoluto. Miró a Josefa, quien había sido traída a la sala y ahora estaba de pie temblando. Miró a Catalina, miró al bebé, no susurró. No, esto no puede ser verdad. Es verdad, dijo María, quien también había sido convocada.

 Hace 27 años me tomaste, aunque estabas recién casado. Josefa es tu hija y ese bebé, ese pobre bebé inocente es fruto del más terriblede los pecados. El obispo hizo la señal de la cruz. Esto es abominación ante Dios. Esto es un crimen ante la ley, agregó el alcalde. Insesto. Aún si se cometió sin conocimiento, sigue siendo incesto.

 Y el engaño, presentar a un hijo ilegítimo como heredero legítimo. Esperen, interrumpió Rafael tratando de procesar todo. Yo no sabía. No sabía que Josefa era mi hija. No sabía que ella, Catalina, ¿cómo pudiste? para salvarnos”, gritó Catalina. “Ibas a repudiarme. Tus hermanos iban a quedarse con todo. Hice lo que tenía que hacer. Hiciste que cometiera el peor pecado imaginable”, respondió Rafael, su voz quebrada.

 Me convertiste en No podía terminar la frase. Ignacio se adelantó apenas conteniendo su triunfo. Propongo que este matrimonio sea anulado inmediatamente, que la mujer sea expulsada de la hacienda sin un peso, que la esclava y su bastardo sean vendidos. Y que la administración de San Cristóbal pase a mí como el hermano más cercano y moral de don Rafael.

 Segundo la moción”, dijo otro hermano de Rafael, quien también había aparecido oportunamente. Rafael miró a su alrededor, viendo las caras ávidas de sus hermanos, la expresión severa del obispo, la frialdad del alcalde, su vida entera se estaba desmoronando. Y entonces miró al bebé en brazos de Catalina, el niño de piel manchada, inocente de todos los pecados de sus padres.

 El niño que era su hijo y su nieto al mismo tiempo. El niño que jamás debió nacer. ¿Qué pasará con el niño? Preguntó en voz baja. El obispo habló con voz solemne. El niño es producto de pecado mortal. No puede ser bautizado. No puede ser reconocido. Debe ser apartado de la sociedad cristiana. Apartado, repitió Catalina. ¿Qué significa eso? Significa, dijo el alcalde, que el niño será declarado hijo de nadie, sin nombre, sin derechos, sin futuro.

 La madre esclava podrá conservarlo si lo desea, pero tendrá que criarlo fuera de estas tierras y ninguno de ustedes volverá a pisar San Cristóbal. Catalina apretó al bebé contra su pecho, lágrimas corriendo por sus mejillas. Josefa se derrumbó en el piso sollozando. María cerró los ojos, rogando por perdón a un Dios que parecía muy lejano.

 Rafael se dio vuelta y salió de la sala sin decir otra palabra. Su mundo había acabado, pero la historia no terminaría ahí. Porque esa noche, mientras los hermanos de Rafael celebraban su inminente toma de control de San Cristóbal, alguien prendió fuego a la hacienda. Y cuando el humo se disipó al amanecer, descubrieron que no todos habían escapado de las llamas.

 El fuego comenzó poco después de la medianoche. Más tarde, los investigadores especularían que había sido intencional, iniciado en múltiples puntos simultáneamente. Primero las caballerizas, luego el almacén de grano, finalmente la casa principal. Para cuando alguien dio la alarma, las llamas ya habían envuelto gran parte de la hacienda.

 Los esclavos corrieron de sus cabañas con cubetas, tratando desesperadamente de contener el incendio. Pero el fuego se extendía demasiado rápido, alimentado por la madera seca y el viento nocturno. Rafael fue despertado por los gritos, se levantó de su cama y corrió a la ventana. Lo que vio lo paralizó. su hacienda, el legado de tres generaciones, ardiendo como una antorcha bajo el cielo oscuro.

 “Catalina!” gritó corriendo hacia su habitación. La encontró despierta, mirando por la ventana con el bebé en brazos. “Josefa estaba con ella, todavía débil, pero de pie. “Tenemos que salir”, dijo Rafael. “Ahora fue Ignacio”, preguntó Catalina. “¿Hizo esto para asegurarse de quedarse con la hacienda?” No lo sé. No importa. Tenemos que salir antes de que el techo colapse.

 Pero cuando Rafael abrió la puerta, encontró el pasillo lleno de humo. Las escaleras ya estaban en llamas. No había manera de bajar. La ventana, dijo Rafael. Tendremos que saltar. Estaban en el segundo piso. No era una caída mortal, pero sí peligrosa, especialmente con un bebé. Rafael improvisó rápidamente, ató sábanas juntas, creando una cuerda improvisada, la ató poste sólido de la cama y la lanzó por la ventana.

 Tú primero, le dijo a Catalina, baja con el bebé. Josefa, después yo iré al último. Catalina miró la cuerda de sábanas con terror, pero el humo se hacía más denso por segundos. No tenía opción. Con el bebé atado contra su pecho con otra sábana, comenzó a descender. El bebé lloraba, asustado por el humo y el caos. Catalina bajó lentamente, sus manos temblando.

 A mitad de camino, una de las sábanas comenzó a rasgarse. Rápido! Gritó Rafael desde arriba. Catalina aceleró y justo cuando la sábana finalmente se rasgó completamente, sus pies tocaron el suelo. Cayó de rodillas. pero logró proteger al bebé del impacto. “Josefa”, ordenó Rafael, pero Josefa, debilitada por el parto reciente, no tenía la fuerza.

 Cuando intentó agarrar la cuerda improvisada, sus manos simplemente no aguantaban su peso. “No puedo”, dijo convoz ahogada por el humo. Rafael no dudó. La tomó en brazos como si fuera una niña y comenzó a bajar con ella. Era peligrosísimo el peso de ambos tensando la cuerda de sábanas al límite, pero no había alternativa. Estaban a medio camino cuando escucharon un crujido terrible desde arriba.

 Parte del techo se estaba derrumbando. “Salta!”, gritó alguien desde abajo. Rafael soltó la cuerda y ambos cayeron los últimos metros. Rafael torció su cuerpo para que Josefa aterrizara sobre él absorbiendo el impacto. Sintió algo romperse en su espalda cuando golpeó el suelo, pero logró salvar a Josefa. Manos anónimas los arrastraron lejos del edificio en llamas. Rafael apenas podía moverse.

 El dolor en su espalda era cegador, pero estaba vivo. Todos estaban vivos. Se quedaron allí los cuatro. Rafael, Catalina, Josefa y el bebé, mirando como la hacienda San Cristóbal ardía hasta los cimientos, tres siglos de historia familiar convirtiéndose en cenizas. Ignacio apareció entre el caos con ollin en la cara, pero ileso.

 Cuando vio a Rafael, su expresión fue de shock, seguido por furia apenas disimulada. “Rafael, gracias a Dios, estás bien”, dijo, pero su tono carecía de sinceridad. Rafael lo miró con ojos que lo veían realmente por primera vez. Fuiste tú, hijo. Quemaste la hacienda. ¿Qué? No, yo estaba, fuiste tú para que no quedara nada que heredar, para que pudieras reconstruir bajo tu nombre.

Hermano, estás en shock, no sabes lo que dices. Pero Rafael sabía. Y cuando los alguaciles comenzaron a investigar el origen del fuego en los días siguientes, encontraron evidencia. Trapos empapados en aceite, escondidos en la habitación que Ignacio había usado. Testigos que lo habían visto moviéndose sigilosamente esa noche.

Ignacio fue arrestado. Enfrentaría juicio por incendio intencional y intento de asesinato. Pero eso era poco consuelo para Rafael, quien había perdido todo. Mientras la hacienda ardía, Rafael se sentó en el suelo sucio, mirando las ruinas de su vida. Catalina se sentó a su lado, todavía sosteniendo al bebé.

 Josefa estaba acostada cerca, demasiado débil para sentarse. ¿Qué vamos a hacer ahora?, preguntó Catalina en voz baja. Rafael guardó silencio durante un largo rato. Luego dijo, “El obispo dijo que el niño debe ser apartado, que no puede llevar nuestro nombre, que debe ser criado lejos de aquí. Sí, entonces eso haremos. Josefa tomará al niño y se irá lejos como se ordenó tú y yo.

 No sé, tal vez podamos reconstruir algo de esto o tal vez no. Pero el niño el niño merece una oportunidad que nosotros no podemos darle. Josefa logró sentarse apoyándose en un codo. ¿Me está dejando ir? Preguntó. Con mi hijo. Es tu hijo dijo Rafael. Y había lágrimas en sus ojos. Siempre fue tu hijo y merece más que las cenizas de nuestros pecados.

 Catalina miró al bebé en sus brazos. El niño había dejado de llorar y ahora dormía ajeno a que su mundo se había incendiado literalmente. Lo besó suavemente en la frente y se lo entregó a Josefa. “Cuídalo”, susurró. “Cuídalo mejor de lo que yo podría.” Josefa se estableció en un pueblo pequeño en el norte, lejos de Puebla, donde nadie conocía su historia.

 Con los 1500 pesos que Catalina finalmente le dio, honrando su promesa, incluso en la ruine, compró una casa modesta y abrió una pequeña tienda de telas. Su hijo, a quien llamó Diego, creció fuerte y saludable a pesar de sus orígenes. Su piel manchada se volvió menos pronunciada con los años, aunque nunca desapareció completamente.

 La gente del pueblo preguntaba sobre ello ocasionalmente y Josefa simplemente decía que era una marca de nacimiento. Diego nunca supo la verdad sobre su concepción. Josefa le dijo que su padre había muerto antes de que él naciera. Un hombre bueno que la había amado. No era verdad, pero era una mentira más amable que la realidad.

 María fue liberada como se prometió y vivió con Josefa hasta su muerte 3 años después. En su lecho de muerte le rogó perdón a Josefa por no haber revelado la verdad sobre Rafael antes. Josefa la perdonó. ¿Qué otra cosa podía hacer? Rafael y Catalina nunca reconstruyeron San Cristóbal. No había dinero y, francamente no había corazón.

 Se mudaron a la Ciudad de México, donde Rafael tomó un puesto administrativo menor en el gobierno. Vivieron como extraños bajo el mismo techo, unidos solo por el secreto compartido que nunca hablarían en voz alta. Rafael murió en 1855. de una infección pulmonar. Catalina vivió 20 años más, sola y olvidada, en una pequeña casa que era muy diferente de la hacienda que una vez administró.

Nunca volvió a ver a Diego. A veces se preguntaba cómo habría sido el niño, si habría heredado los ojos de Rafael o la risa de Josefa, si sería feliz, si alguna vez preguntaría sobre los padres que nunca conoció. Ignacio fue ejecutado por incendio intencional en 1849. Nadie de la familia asistió a su ejecución y el bebé de piel manchada,Diego, creció sin saber nunca que era hijo de un pecado que no tenía nombre.

Creció creyendo que era amado, que era deseado, que su existencia era un regalo y no una maldición. Tal vez esa fue la única gracia en toda esta historia de engaños, traiciones y fuegos que consumieron vidas, que el niño, el inocente, en medio de todo esto, fue salvado de la verdad, porque algunas verdades son demasiado terribles para ser conocidas