La esclava de Puebla, Catarina de San Juan La historia que México se negó a contar 

El puerto de Acapulco bullía de vida en aquella mañana de 1619, pero era una vida que olía a muerte. Los barcos negreros descargaban sus mercancías humanas como si fueran sacos de cacao o barriles de vino. Catarina estaba entre ellos, aunque nadie sabía su nombre verdadero aún. En el vientre del navío, durante los meses de travesía desde oriente, había aprendido que los nombres no importaban.

Lo que importaba era sobrevivir. Tenía 16 años, aunque nadie le preguntaría su edad. Su piel oscura brillaba bajo el sol despiadado del Atlántico y sus ojos reflejaban una inteligencia que sus captores preferían no ver. Había sido princesa en su tierra, hija de un sultán en lo que los españoles llamaban oriente.

 Pero esa vida pertenecía a un mundo que ya no existía. El barco la había arrancado de todo, de su madre, de su idioma, de su fe, de su identidad. Los comerciantes españoles la inspeccionaban como si fuera ganado. Uno de ellos, un hombre corpulento con cicatrices en la cara, la observó con interés. Catarina sintió su mirada recorrer su cuerpo, evaluando su valor en pesos. No bajó los ojos.

 Esa fue su primera acción de resistencia, aunque no lo sabía. Entonces, simplemente se negó a desaparecer. Esta será para la casa de Gómez. dijo el comerciante a su colega. Tiene la Constitución para el trabajo doméstico y esa mirada, esa mirada podría ser útil. Los ricos de Puebla pagan bien por esclavas que sepan mantener la boca cerrada, pero que entiendan lo que ven.

Puebla era una ciudad de contradicciones. Construida en el valle entre dos volcanes. Era una de las ciudades más importantes de la Nueva España, un centro de poder religioso y comercial donde la riqueza y la pobreza convivían en las mismas calles. Los conventos se alzaban junto a las casas de los encomenderos y las iglesias competían por ser más magníficas que sus vecinas.

Era una ciudad donde Dios parecía tener múltiples direcciones y donde el dinero hablaba en todos los idiomas. La casa de Pedro Gómez de Ávila era una de las más grandes de Puebla. Gómez era un comerciante próspero, un hombre que había hecho su fortuna en el comercio de esclavos y en las encomiendas.

 Su casa reflejaba su estatus, muros de piedra gruesa, un patio interior con una fuente, habitaciones amplias decoradas con arte traído de España. Era el tipo de casa donde los criados y esclavas desaparecían en los pasillos, donde sus vidas se desarrollaban en las sombras. mientras sus amos vivían en la luz. Catarina fue asignada al servicio doméstico.

Su trabajo consistía en limpiar, cocinar, lavar ropa y estar disponible para cualquier tarea que la familia Gómez requiriera. Pero desde el primer día algo en ella fue diferente. Mientras otras esclavas bajaban la cabeza y aceptaban su destino con la resignación del derrotado, Catarina observaba. Observaba cómo funcionaba la casa, cómo se movía el dinero, cómo se tomaban las decisiones.

Observaba a los sacerdotes que visitaban a Gómez. Observaba las conversaciones sobre negocios. Observaba los secretos. que se susurraban en los rincones. La esposa de Gómez, doña Juana, era una mujer piadosa que pasaba horas en la capilla privada de la casa. Tenía una devoción casi obsesiva por los santos, especialmente por la Virgen María.

Catarina notó que doña Juana sufría de dolores constantes, migrañas que la dejaban postrada en cama durante días. Los médicos de Puebla no podían hacer nada. Los sacerdotes rezaban por ella. Nada funcionaba. Una noche, mientras Catarina limpiaba la capilla, doña Juana entró doblada por el dolor.

 La esclava vio el sufrimiento en su rostro y algo en ella se movió. No era compasión exactamente, aunque también lo era. Era algo más complejo, el reconocimiento de que el sufrimiento no distinguía entre amas y esclavas, entre libres y cautivas. El dolor era democrático. “Señora, dijo Catarina en español, un idioma que había aprendido rápidamente durante su cautiverio.

 Permítame ayudarla.” Doña Juana la miró con sorpresa. Los esclavos no hablaban a menos que se les hablara, pero Catarina ya estaba actuando, colocando sus manos en las cienes de la mujer, masajeando con movimientos precisos que había aprendido de su madre en Oriente. Técnicas que combinaban el conocimiento del cuerpo con una intuición casi mágica sobre dónde residía el dolor.

 Los dedos de Catarina trabajaron durante varios minutos. Doña Juana cerró los ojos y entonces algo extraordinario sucedió. El dolor se fue, no gradualmente, sino de repente, como si alguien hubiera apagado una vela. Doña Juana abrió los ojos, mirando a Catarina con una mezcla de asombro y algo que podría haber sido miedo. ¿Qué hiciste?, preguntó la mujer.

Solo lo que mi madre me enseñó, señora, respondió Catarina. En mi tierra sabemos cómo escuchar al cuerpo. Esa noche marcó un punto de inflexión. Doña Juana comenzó a depender de Catarina. Cada vez que el dolorregresaba, llamaba a la esclava y cada vez Catarina lo aliviaba. Los médicos de Puebla no podían explicarlo.

 Los sacerdotes murmuraban sobre intervención divina. Pero Catarina sabía la verdad. No era magia, era conocimiento. Era el conocimiento de una mujer que había sido educada en un mundo diferente, que entendía el cuerpo de formas que los españoles nunca habían aprendido. Pero con cada alivio que proporcionaba, Catarina se daba cuenta de algo crucial.

 Su valor estaba aumentando. Ya no era simplemente una esclava, era una esclava especial, una esclava con habilidades, una esclava que podía hacer cosas que nadie más podía hacer. Y eso la hacía más valiosa, pero también más peligrosa. Porque en una sociedad donde el poder se medía por la capacidad de controlar a otros, una esclava que poseía un poder real amenaza. Las semanas pasaron.

Catarina continuó con sus tareas, pero ahora con un nuevo propósito. Observaba más que nunca. Escuchaba las conversaciones de Gómez con sus socios comerciales. Aprendía sobre los negocios, sobre la política de Puebla, sobre cómo funcionaba realmente el poder en la Nueva España. Y mientras aprendía, comenzó a tejer una red invisible de influencia.

 Fue durante una cena en la casa de Gómez, cuando Catarina vio al obispo de Puebla por primera vez. El obispo Juan de Palafox y Mendoza era un hombre de considerable poder e influencia, un intelectual que había sido enviado a la Nueva España para reformar la iglesia. Era también un hombre que sufría de problemas de salud crónicos, dolores que los médicos no podían aliviar.

 Catarina no fue presentada al obispo, simplemente estaba allí sirviendo la comida invisible como se esperaba que fuera una esclava. Pero el obispo la notó. Notó algo en su forma de moverse, en la inteligencia de sus ojos, en la manera en que parecía entender lo que sucedía a su alrededor, sin que nadie le dijera nada.

 Después de la cena, cuando Gómez estaba hablando con el obispo en la sala, Catarina escuchó al obispo mencionar sus dolores. Gómez, deseoso de impresionar al hombre más poderoso de Puebla, mencionó casualmente los talentos especiales de su esclava. El obispo mostró interés. Esa noche, Catarina fue llamada a la sala.

 El obispo estaba sentado en una silla. Su rostro reflejaba el cansancio del poder. Gómez explicó brevemente lo que Catarina podía hacer. El obispo, escéptico pero desesperado, permitió que la esclava lo tocara. Catarina trabajó sus manos sobre los hombros y el cuello del obispo, utilizando las mismas técnicas que había usado con doña Juana, pero esta vez agregó algo más.

 Mientras masajeaba, comenzó a hablar en voz baja en un español que mezclaba palabras de su lengua materna, creando un efecto casi hipnótico. No estaba rezando exactamente, pero tampoco estaba simplemente hablando. Era algo intermedio, algo que sonaba casi como una invocación. El obispo se relajó, su respiración se profundizó y cuando Catarina terminó, después de casi una hora de trabajo, el hombre abrió los ojos y se vio transformado.

El dolor había desaparecido. No solo eso, sino que se sentía más vivo, más presente, más conectado con su propio cuerpo de lo que se había sentido en años. ¿Quién eres?, preguntó el obispo mirando a Catarina con una intensidad que la esclava reconoció como peligrosa. “Soy Catarina, señor obispo”, respondió ella, “Una esclava de la casa de Gómez.

” “No”, dijo el obispo negando con la cabeza. Eso no es quién eres. Eso es solo lo que eres ahora. Pero hay algo más en ti, algo que va más allá de lo que vemos. En ese momento, Catarina comprendió algo fundamental sobre el poder. El poder no era solo lo que tenías, sino lo que otros creían que tenías. Y si podía hacer que el obispo creyera que poseía algo especial, algo casi divino, entonces podría usar esa creencia como una herramienta, no para escapar de su esclavitud, porque sabía que eso era imposible, sino para transformarla, para convertirla en algo

diferente, algo que le diera espacio para respirar, para existir, para hacer algo más que una propiedad. Esas historias de lo que Catarina podía hacer comenzaron a extenderse por Puebla. Primero fueron susurros en los conventos, luego conversaciones en las casas de los ricos. Finalmente historias que se contaban en las calles.

 Se decía que una esclava oriental poseía dones especiales, que podía aliviar el dolor con solo tocar, que sus palabras tenían un poder casi mágico. Algunos decían que era brujería. Otros decían que era santidad. Nadie sabía la verdad. Y Catarina no se apresuraba a aclarar. Pero mientras su reputación crecía, también crecía el peligro.

 Porque en una sociedad donde el poder estaba cuidadosamente distribuido entre la iglesia, la corona y los encomenderos, una mujer que poseía un poder que no podía ser fácilmente categorizado era una amenaza. Una esclava que era venerada era una anomalía.Una anomalía que necesitaba ser controlada, explicada, domesticada. Esas historias acontecían en muchos lugares, en muchas ciudades donde el poder se ejercía de formas que nadie quería reconocer.

 Diga, ¿de dónde usted nos ve? ¿Desde qué ciudad observa estas sombras del pasado que aún se proyectan sobre el presente? Porque las historias de opresión y resistencia no son solo del México colonial, son de todos lados, de todas las épocas, de todos los lugares donde los sin voz encuentran formas de ser escuchados. Lo que sucedió después en Puebla fue solo el comienzo de una transformación que cambiaría no solo la vida de Catarina, sino también la forma en que la ciudad entera entendía el poder, la santidad y la resistencia.

Las voces de las plantaciones aún ecoaban en los conventos. Los secretos de los esclavos aún se susurraban en los pasillos de las casas de los ricos. Si quería conocer el resto de esta historia, si deseaba descubrir cómo una esclava se convirtió en leyenda, como una mujer sin voz, llegó a ser escuchada por obispos y nobles, entonces debería seguir las sombras.

 debería volver mañana para descubrir qué sucedió cuando el sistema que la esclavizaba se dio cuenta de que no podía controlar lo que había creado. La noticia de que el obispo Palafox había sido sanado por una esclava se propagó por Puebla como fuego en la paja seca, pero la forma en que se propagó fue cuidadosamente controlada.

El obispo no hablaba de curación milagrosa, sino de intervención divina a través de instrumentos humanos. Catarina no era una sanadora según la narrativa oficial. Era un conducto, un recipiente a través del cual Dios trabajaba. Esta distinción era crucial porque permitía que la iglesia mantuviera el control sobre lo que estaba sucediendo, mientras que simultáneamente elevaba a Catarina a un estatus que ninguna esclava había alcanzado antes.

Pedro Gómez de Ávila se dio cuenta rápidamente del valor que Catarina representaba. Ya no era simplemente una esclava doméstica. era un activo, una fuente de prestigio, una conexión con el poder eclesiástico más alto de la región. Comenzó a permitir que otros miembros de la élite de Puebla visitaran su casa para recibir los tratamientos de Catarina.

 Nobles, comerciantes ricos, incluso algunos sacerdotes menores, llegaban a la casa de Gómez buscando alivio para sus dolencias. Catarina trabajaba durante horas masajeando, tocando, susurrando sus palabras en ese español mezclado con su lengua materna, que parecía tener un efecto casi hipnótico en quienes la escuchaban. Cada sesión era una actuación cuidadosamente orquestada.

 Ella había aprendido a leer a las personas, a entender qué necesitaban escuchar, qué tipo de toque los relajaría, qué palabras los calmarían. No era magia, era psicología, era conocimiento del cuerpo, era la capacidad de una mujer inteligente de entender las debilidades de quienes la rodeaban. Pero con cada sesión, Catarina también aprendía secretos.

 Los hombres ricos de Puebla, cuando estaban relajados bajo sus manos, hablaban hablaban de sus negocios, de sus rivalidades, de sus miedos. Un comerciante mencionaba sus deudas, un sacerdote confesaba sus dudas sobre la fe. Un noble revelaba sus planes para expandir sus tierras. Catarina escuchaba todo, recordaba todo y guardaba todo en la fortaleza de su mente.

 Doña Juana, la esposa de Gómez, comenzó a notar el cambio en su esclava. Ya no era simplemente una muchacha que hacía lo que se le ordenaba. Había una confianza en Catarina ahora. Una seguridad que no había estado allí antes. Doña Juana, que era una mujer inteligente a su manera, comprendió que algo fundamental había cambiado en la dinámica de poder en su propia casa.

 Su esclava se estaba convirtiendo en algo más que una esclava. Una noche, mientras Catarina le masajeaba las cienes, doña Juana le preguntó directamente, “¿De dónde vienes realmente, Catarina? ¿Quién eras antes de que te trajeran aquí?” Catarina pausó por un momento. Era una pregunta peligrosa.

 Revelar demasiado podría ser interpretado como presunción, como una falta de respeto a su condición. Pero doña Juana había hecho la pregunta y Catarina había aprendido que a veces la verdad cuando se presenta de la manera correcta podía ser más poderosa que cualquier mentira. Fui princesa, señora dijo Catarina suavemente.

 En mi tierra mi padre era un hombre de poder, pero el poder no me protegió cuando los portugueses vinieron. Nada protege a nadie cuando el mundo decide que debe ser propiedad. Doña Juana no respondió inmediatamente, simplemente cerró los ojos mientras Catarina continuaba masajeando. Pero algo había cambiado en la atmósfera entre ellas.

 Doña Juana ahora sabía que no estaba siendo servida por una esclava ordinaria, sino por una mujer que había perdido todo. Y esa pérdida de alguna manera hacía que sus propios sufrimientos parecieran menos significativos.El obispo Palafox comenzó a visitarla regularmente, no solo para recibir tratamiento, sino para hablar. Catarina se dio cuenta de que el obispo era un hombre profundamente inteligente, un intelectual que había sido educado en las mejores universidades de España, pero también era un hombre solo, un hombre que llevaba el peso de la

responsabilidad de reformar la iglesia en la Nueva España. con Catarina podía simplemente ser un hombre que sufría, que tenía dudas, que necesitaba ser escuchado. Durante una de estas sesiones, el obispo le preguntó sobre sus visiones, porque para entonces las historias sobre Catarina incluían relatos de que ella tenía visiones, que podía ver cosas que otros no podían ver, que sus palabras a veces parecían venir de un lugar más allá de su propia mente.

“¿Tienes visiones, Catarina?”, preguntó el obispo, sus ojos cerrados mientras ella trabajaba en sus hombros. Catarina consideró la pregunta cuidadosamente. Tenía visiones. En cierto sentido, sí, pero no eran visiones en el sentido que el obispo probablemente imaginaba. Eran momentos de claridad, instantes en los que podía ver la estructura de las cosas, entender cómo funcionaban las personas, prever cómo se desarrollarían los eventos.

 Era una forma de visión, pero una que provenía de la observación cuidadosa y la inteligencia, no de la intervención divina. “Veo lo que otros no ven, señor obispo”, respondió Catarina. “veo el dolor en los cuerpos de las personas. Veo el miedo en sus ojos. Veo lo que necesitan, aunque no lo digan. ¿Es eso una visión? No lo sé, pero es lo que tengo.

 El obispo abrió los ojos y la miró. Eso es exactamente lo que necesita la iglesia, dijo. Alguien que pueda ver lo que otros no ven. Alguien que pueda entender las necesidades de las personas más allá de lo que dicen. Fue después de esta conversación que el obispo Palafox hizo una propuesta a Pedro Gómez. Quería que Catarina fuera transferida a su servicio, que viviera en la casa del obispo, donde pudiera estar disponible para él y para otros miembros del clero que necesitaran sus servicios.

Gómez, viendo una oportunidad de ganar favor con el hombre más poderoso de Puebla, aceptó, pero no sin negociar un precio. Catarina seguiría siendo técnicamente propiedad de Gómez, pero viviría bajo la protección del obispo. La casa del obispo era diferente a la de Gómez. era más grande, más formal, más llena de libros y arte religioso.

Catarina fue asignada a una pequeña habitación en el ala de servicio, pero tenía acceso a partes de la casa que la mayoría de los esclavos nunca verían. Tenía acceso a la biblioteca del obispo, donde podía leer cuando sus tareas estaban completas. Tenía acceso a las conversaciones de los hombres más educados de Puebla.

 que visitaban al obispo para discutir teología, política y filosofía. Y así gradualmente, Catarina comenzó su transformación de esclava a algo más complejo, más ambiguo. No era libre, pero tampoco era completamente cautiva. Vivía en los espacios entre categorías, en los lugares donde las definiciones se volvían borrosas.

 Fue durante este periodo que Catarina comenzó a desarrollar lo que se conocería como sus prácticas espirituales. Pasaba horas en la capilla del obispo, no rezando exactamente en el sentido tradicional, sino meditando, reflexionando, entrando en estados de profunda concentración. Los sacerdotes que la veían interpretaban esto como santidad.

Catarina sabía que era algo diferente. Era una forma de mantener su cordura, de mantener algún sentido de identidad en un mundo que constantemente intentaba definirla de formas que no eran verdaderas. Pero la transformación de Catarina no pasó desapercibida por todos. Había sacerdotes en Puebla que veían con sospecha el ascenso de una esclava.

 Había hombres que se preguntaban cómo era posible que una mujer sin educación formal pudiera tener tanta influencia sobre el obispo. Había rumores de brujería, de que Catarina utilizaba artes oscuras para manipular a los hombres poderosos de la ciudad. Uno de estos sacerdotes era el padre Cristóbal de la Cruz, un hombre de mediana edad que había pasado toda su vida en Puebla y que veía el ascenso de Catarina como una amenaza al orden establecido.

El padre Cristóbal creía firmemente que las mujeres, especialmente las mujeres esclavas, debían permanecer en su lugar. El hecho de que Catarina estuviera siendo tratada casi como una igual por el obispo era, en su opinión un signo de que algo estaba profundamente mal. El padre Cristóbal comenzó a hacer preguntas.

 ¿Cómo podía una esclava tener acceso a la biblioteca del obispo? ¿Cómo podía una mujer sin educación entender los textos teológicos? ¿Cómo podía una persona que no había sido ordenada por la iglesia tener tanto poder sobre las almas de los fieles? Sus preguntas no eran simplemente curiosidad, eran el comienzo de una campaña para desacreditar a Catarina, para demostrarque lo que parecía santidad era en realidad algo mucho más oscuro.

 Pero el obispo Palafox protegía a Catarina. Cuando el padre Cristóbal presentó sus preocupaciones, el obispo las rechazó. Catarina no era una bruja, era un instrumento de Dios. Sus prácticas no eran oscuras, eran espirituales. Su influencia no era manipulación, era el resultado natural de su capacidad de conectar con las personas en un nivel profundo.

 Sin embargo, incluso la protección del obispo tenía límites, porque lo que estaba sucediendo en Puebla era que Catarina estaba comenzando a ser venerada. Los pobres de la ciudad, aquellos que no tenían acceso a los médicos ricos o a los sacerdotes influyentes, comenzaban a buscarla. Venían a la casa del obispo esperando en las calles, pidiendo que Catarina los tocara, que los sanara, que los bendijera.

 Y Catarina en su propia forma los ayudaba, no porque tuviera poderes mágicos, sino porque entendía el poder de la atención, de ser escuchado, de ser visto. Para muchos de los pobres de Puebla, el simple hecho de que alguien los tocara con gentileza, que alguien los mirara a los ojos y reconociera su humanidad era en sí mismo una forma de sanación.

 Pero esta devoción también creaba un problema. Porque cuanto más era venerada Catarina, más se convertía en una amenaza para el orden establecido. Una esclava que era venerada. Era una esclava que podía inspirar a otros esclavos a creer que su condición no era permanente, que el poder podía ser adquirido de formas que no eran sancionadas por la autoridad establecida.

 Una noche, mientras Catarina estaba en la capilla del obispo, meditando como era su costumbre, el padre Cristóbal entró. Estaba solo y su rostro reflejaba una determinación que Catarina reconoció como peligrosa. “Debes dejar de hacer esto”, dijo el padre Cristóbal, su voz baja pero intensa. “Debes dejar de pretender ser algo que no eres.

 Eres una esclava nada más.” Y cada día que continúes con esta farsa, pones en peligro no solo tu propia alma, sino la de todos aquellos que te creen. Catarina se levantó lentamente. No tenía miedo del padre Cristóbal, aunque sabía que debería tenerlo. En cambio, sintió una especie de tristeza porque comprendía que el padre Cristóbal no estaba tratando de hacerle daño por maldad, estaba tratando de proteger lo que creía que era el orden correcto del mundo.

 Y ese orden no tenía lugar para mujeres como Catarina. Padre, dijo Catarina, yo no pretendo ser nada, solo soy lo que soy. Si otros ven santidad en mí, eso no es mi culpa. Yo solo intento vivir, intento existir de la manera que puedo. Eso es exactamente el problema, respondió el padre Cristóbal. Tu existencia es un desafío al orden que Dios ha establecido y eso no puede ser permitido.

 Después de esa noche, las cosas comenzaron a cambiar. El padre Cristóbal no atacó a Catarina directamente, pero comenzó a sembrar dudas. hablaba con otros sacerdotes sobre la naturaleza de sus prácticas. Sugería que lo que parecía santidad podría ser manipulación. planteaba preguntas sobre si el obispo estaba siendo engañado por una esclava astuta que había aprendido a usar la religión como una herramienta de poder.

Y lentamente, imperceptiblemente, la atmósfera en Puebla comenzó a cambiar. La veneración de Catarina continuó, pero ahora estaba teñida de sospecha. Los mismos hombres que la buscaban para ser sanados comenzaban a preguntarse si realmente estaban siendo sanados o si simplemente estaban siendo manipulados. Los pobres que la veneraban comenzaban a preguntarse si realmente era una santa o si era algo más oscuro, algo que no podían entender completamente.

Catarina se dio cuenta de que estaba en una posición cada vez más precaria. Había ascendido más alto de lo que cualquier esclava debería haber ascendido y ahora estaba siendo tirada hacia abajo por fuerzas que no podía controlar completamente. El obispo Palafox seguía protegiéndola, pero incluso su protección tenía límites.

 Porque si la Iglesia decidía que Catarina era una amenaza, ni siquiera el obispo podría salvarla. Lo que sucedió después fue una serie de eventos que cambiarían para siempre la forma en que Puebla entendía a Catarina. eventos que la llevarían más profundamente en el mundo de la religión, que la transformarían de una esclava que fingía santidad en algo que era mucho más complejo y mucho más peligroso.

 una mujer que había aprendido a usar la fe como un arma, que había descubierto que en un mundo donde el poder estaba concentrado en manos de hombres, la única forma en que una mujer podía tener poder era convenciendo a esos hombres de que ese poder venía de Dios, no de ella misma. El año 1622 marcó un punto de quiebre en la vida de Catarina.

 El obispo Palafox, quien había sido su principal protector, fue transferido a México para asumir responsabilidades más altas en la jerarquía eclesiástica. Su partida dejó a Catarina en unaposición vulnerable. Ya no tenía la protección directa del hombre más poderoso de Puebla. Ahora estaba expuesta a los ataques de aquellos que habían estado esperando pacientemente una oportunidad para desacreditarla.

 El padre Cristóbal de la Cruz intensificó sus esfuerzos. Comenzó a recopilar testimonios de personas que afirmaban haber sido engañadas por Catarina, que decían que sus sanaciones eran falsas, que el alivio que habían experimentado era solo temporal, que sus dolencias habían regresado con mayor intensidad. Algunos de estos testimonios eran verdaderos, otros eran fabricados, historias inventadas por hombres que tenían sus propias razones para querer ver a Catarina caer.

 Pero lo más peligroso fue cuando el padre Cristóbal comenzó a sugerir que las prácticas de Catarina no eran simplemente engañosas, sino heréticas, que sus meditaciones en la capilla no eran oración, sino invocación de fuerzas oscuras, que sus palabras en su lengua materna no eran bendiciones, sino hechizos, que su capacidad de influir sobre las personas no era un don divino. sino una forma de brujería.

 La acusación de brujería era la más peligrosa de todas. En la Nueva España, como en toda la España colonial, la brujería era un crimen que podía resultar en la muerte. Y aunque Catarina era una esclava y por lo tanto técnicamente propiedad de Pedro Gómez, la acusación de brujería trascendía las categorías normales de poder.

 Si la Inquisición decidía investigarla, ni siquiera su estatus como esclava la protegería. Catarina se dio cuenta de que necesitaba actuar. No podía simplemente esperar a que sus enemigos la destruyeran. necesitaba tomar el control de su propia narrativa y así hizo algo que fue tanto un acto de genio como de desesperación.

Decidió confesar, pero no confesar los crímenes de los que la acusaban. En cambio, decidió confesar sus visiones. Decidió ir ante el nuevo obispo de Puebla, el obispo Juan de Palafox y Mendoza, quien había sido promovido, pero que aún mantenía cierta influencia en la ciudad, y revelar la naturaleza de sus experiencias espirituales.

 Decidió convertir lo que sus enemigos veían como brujería, en lo que la Iglesia podría ver como santidad. El nuevo obispo de Puebla era un hombre diferente al Palafox anterior. Era más conservador, más cauteloso, más preocupado por mantener el orden que por explorar nuevas formas de espiritualidad. Pero era también un hombre que entendía el poder de la narrativa.

Y cuando Catarina se presentó ante él, cuando comenzó a describir sus visiones, sus meditaciones, sus experiencias de conexión con lo divino, el obispo vio una oportunidad. Catarina describió visiones de la Virgen María. Describió momentos en los que sentía la presencia de santos. describió una conexión profunda con lo divino que la guiaba en sus acciones.

No estaba mintiendo exactamente, estaba reinterpretando su propia experiencia a través del lenguaje de la religión católica. Sus momentos de claridad se convirtieron en visiones divinas. Su intuición se convirtió en guía espiritual. Su inteligencia se convirtió en un don de Dios. El obispo escuchó todo esto y vio lo que quería ver.

 Una mujer genuinamente piadosa, una esclava que había sido tocada por la gracia divina, una persona cuyas experiencias espirituales podían ser canalizadas hacia los propósitos de la Iglesia. Pero más importante aún, vio una forma de neutralizar la amenaza que Catarina representaba. Si podía ser incorporada oficialmente en la estructura de la iglesia, si podía ser reconocida como una visionaria legítima en lugar de una bruja, entonces podría ser controlada.

 Y así comenzó el proceso de transformación de Catarina de una esclava venerada en una visionaria reconocida por la Iglesia. Se le permitió vivir en un convento, aunque técnicamente seguía siendo esclava de Pedro Gómez. se le permitió continuar con sus prácticas espirituales, aunque ahora bajo la supervisión de la iglesia se le permitió ser venerada, pero solo de formas que la Iglesia aprobaba.

 El convento donde Catarina fue colocada era el convento de Santa Inés. Era un lugar de mujeres, un espacio donde las monjas vivían vidas de oración y contemplación. Catarina no era monja, pero tampoco era simplemente una esclava. Era algo intermedio, algo que la iglesia no tenía una categoría clara para describir.

 Era una visionaria, una mujer tocada por la gracia, una persona cuya existencia desafiaba las categorías normales. Las monjas del convento de Santa Inés tenían reacciones mixtas a la llegada de Catarina. Algunas la veneraban, viendo en ella una verdadera santa. Otras la veían con sospecha, preguntándose cómo una esclava podía tener experiencias espirituales que parecían más profundas que las suyas propias, y algunas simplemente la veían como una amenaza, una mujer cuya presencia cuestionaba el orden establecido del convento. Pero

Catarina, como siempre, se adaptó.Aprendió las rutinas del convento, participó en las oraciones, ayudó con las tareas domésticas. y continuó con sus prácticas espirituales, ahora con la aprobación oficial de la iglesia. Sus meditaciones se convirtieron en contemplación mística. Sus momentos de claridad se convirtieron en revelaciones divinas.

 Su capacidad de influir sobre las personas se convirtió en carisma espiritual. Durante los años que pasó en el convento de Santa Inés. Catarina desarrolló una reputación que se extendió más allá de Puebla. Se decía que tenía visiones de Cristo. Se decía que podía predecir el futuro. Se decía que sus oraciones tenían poder milagroso.

 Los obispos de otras ciudades escribían al obispo de Puebla pidiendo información sobre esta esclava extraordinaria. Los nobles de México viajaban a Puebla para verla. Los pobres de la ciudad la consideraban una santa viviente. Pero mientras su reputación crecía, Catarina también se daba cuenta de algo crucial. Estaba siendo domesticada.

La iglesia había tomado lo que era peligroso en ella, lo que era amenazante, lo que era revolucionario y lo había transformado en algo que podía ser controlado. Sus visiones eran ahora supervisadas por sacerdotes. Sus palabras eran registradas y analizadas por teólogos. Su existencia misma se había convertido en un texto que la Iglesia podía interpretar de la manera que deseaba.

 Y sin embargo, incluso dentro de esta domesticación, Catarina encontró formas de resistencia, porque aunque la iglesia creía que la controlaba, Catarina sabía que en realidad estaba usando a la iglesia. estaba usando la estructura de la religión, la autoridad de los obispos, la devoción de los fieles para crear un espacio donde podía existir, donde podía tener poder, donde podía ser algo más que una esclava.

Fue durante este periodo que Catarina comenzó a trabajar con los pobres de Puebla de formas más sistemáticas. El convento de Santa Inés se convirtió en un lugar donde los enfermos, los desesperados, los marginados podían venir buscando ayuda. Catarina los recibía, los escuchaba, los tocaba. Y aunque la iglesia interpretaba esto como caridad cristiana, Catarina sabía que era algo más.

 Era un acto de poder, un acto de resistencia, una forma de crear una comunidad que existía fuera de las estructuras normales de autoridad. Pero esta actividad también atrajo la atención de nuevos enemigos. Había sacerdotes que veían en las actividades de Catarina una amenaza a su propia autoridad. Si los pobres creían que Catarina podía sanarlos, ¿por qué necesitaban a los sacerdotes? Si Catarina podía escuchar sus confesiones espirituales, ¿por qué necesitaban la confesión formal? Catarina estaba, sin saberlo completamente, creando una forma

alternativa de espiritualidad que desafiaba la autoridad centralizada de la Iglesia. El padre Cristóbal de la Cruz, aunque había sido silenciado por el reconocimiento oficial de Catarina como visionaria, no había desistido. Continuaba observando, esperando, buscando cualquier signo de que Catarina estaba yendo demasiado lejos, que estaba excediendo los límites de lo que la iglesia podía permitir.

 Y entonces, en sucedió algo que cambió todo. Una mujer vino al convento de Santa Inés afirmando que Catarina le había hecho un hechizo, que la había maldecido, que sus problemas de salud eran el resultado directo de una interacción con la visionaria. La mujer era la esposa de un comerciante rico, una mujer de estatus, una mujer cuya palabra tenía peso.

 El padre Cristóbal vio su oportunidad, presentó la acusación ante el obispo. argumentó que esto era evidencia de que Catarina no era una visionaria, sino una bruja, que sus prácticas espirituales eran en realidad magia negra, que la Iglesia había sido engañada por una mujer astuta que había aprendido a usar el lenguaje de la religión para ocultar sus verdaderas intenciones.

 El obispo, ahora enfrentado con una acusación formal, no podía simplemente ignorarla. Ordenó una investigación. Catarina fue interrogada. Se le pidió que explicara sus acciones, que justificara sus prácticas, que probara que no era una bruja. Fue durante estos interrogatorios que Catarina demostró la verdadera profundidad de su inteligencia.

 No se defendió negando las acusaciones, en cambio las reinterpretó. Sí, había trabajado con la mujer que la acusaba, pero no le había hecho un hechizo. Había intentado sanarla. Si la mujer estaba peor, era porque la mujer no había tenido fe suficiente. Era porque la mujer había permitido que el miedo y la duda socavar el poder de la sanación espiritual.

Catarina convirtió la acusación en una prueba de su propia santidad, porque una verdadera santa argumentó, no podía ser acusada de brujería. Si era acusada, era solo porque sus enemigos no entendían la naturaleza de su poder espiritual. Era solo porque aquellos que no tenían fe intentaban desacreditarla y de algunamanera funcionó.

 El obispo, después de investigar decidió que no había evidencia suficiente de brujería. Catarina fue exonerada, pero el costo fue alto porque ahora estaba claro que Catarina era una amenaza potencial, que su poder podía ser usado de formas que la Iglesia no podía controlar completamente, que su existencia era fundamentalmente problemática para el orden establecido.

 Lo que sucedió después fue una serie de restricciones cada vez más estrictas sobre las actividades de Catarina. Se le permitió continuar viviendo en el convento de Santa Inés, pero se le prohibió ver a los pobres sin supervisión. Se le permitió continuar con sus prácticas espirituales, pero solo bajo la observación directa de sacerdotes designados.

 Se le permitió ser venerada, pero solo de formas que la Iglesia aprobaba explícitamente. Catarina se encontró atrapada en una jaula de santidad. había escapado de la esclavitud física solo para ser esclavizada por la religión. Había ganado poder solo para descubrir que ese poder estaba completamente controlado por la iglesia.

 Había ascendido más alto de lo que cualquier esclava debería haber ascendido, pero ahora estaba siendo tirada hacia abajo por el peso de su propia reputación. Y sin embargo, incluso en esta situación desesperada, Catarina continuaba encontrando formas de resistencia, continuaba escribiendo, continuaba reflexionando sobre sus experiencias, continuaba buscando formas de mantener algún sentido de agencia en un mundo que constantemente intentaba definirla.

Sus escritos, que fueron preservados por la Iglesia revelan a una mujer que estaba luchando contra las categorías que le habían sido impuestas, que estaba buscando formas de ser humana en un sistema que la veía como algo menos que humano. Pero la pregunta que permanecía sin respuesta era si Catarina realmente creía en sus propias visiones o si simplemente había aprendido a usar el lenguaje de la religión también que había comenzado a creer en su propia actuación.

¿Eran sus visiones verdaderas revelaciones divinas? ¿O eran la creación de una mente brillante que había aprendido que la única forma de tener poder en un mundo de hombres era convencerlos de que ese poder venía de Dios? La respuesta a esta pregunta era lo que la iglesia nunca se atrevería a hacer.

 Porque la respuesta amenazaría los fundamentos mismos de su autoridad. Los años 30 del siglo 17 fueron años de transformación radical para Catarina. Su vida en el convento de Santa Inés se había convertido en una existencia paradójica. Era simultáneamente la mujer más venerada de Puebla y la más vigilada.

 Cada acción era observada, cada palabra era registrada, cada momento de su existencia era interpretado a través del lente de la religión institucional. Pero fue precisamente en esta jaula de santidad donde Catarina comenzó a comprender el verdadero alcance de su poder. El obispo de Puebla en ese momento era Juan de Palafox y Mendoza, un hombre de considerable inteligencia política que había reconocido el valor de Catarina como un activo para la Iglesia.

 Mientras que otros sacerdotes veían en ella una amenaza, Palafox veía una oportunidad. Una esclava venerada como santa podía ser utilizada para fortalecer la autoridad de la Iglesia, para demostrar que la institución eclesiástica era capaz de reconocer y canalizar la verdadera santidad, incluso cuando esa santidad provenía de los lugares más inesperados.

Pero Palafox también era lo suficientemente inteligente como para entender que Catarina necesitaba ser controlada cuidadosamente y así implementó un sistema de supervisión que era tanto protección como prisión. Se asignaron sacerdotes específicos para documentar las visiones de Catarina. Se creó un protocolo formal para cualquier interacción que tuviera con los fieles.

Se establecieron límites claros sobre dónde podía ir, a quién podía ver, qué podía hacer. Fue durante este periodo que Catarina comenzó a escribir sus memorias espirituales. O más precisamente, fue durante este periodo que los sacerdotes asignados a ella comenzaron a registrar lo que ella decía, transformando sus palabras en un texto que pudiera ser analizado, interpretado y controlado.

Catarina dictaba y los sacerdotes escribían. Sus visiones se convertían en documentos, su experiencia se convertía en texto. Pero lo que los sacerdotes no entendían completamente era que Catarina estaba utilizando este proceso de documentación para su propio propósito. sabía que sus palabras estaban siendo registradas, sabía que serían analizadas por teólogos y así cuidadosamente, deliberadamente, comenzó a construir una narrativa de sí misma que era tanto verdadera como estratégica.

hablaba de sus sufrimientos de formas que resonaban con la teología cristiana del sacrificio. Describía sus visiones en lenguaje que era ortodoxo, pero también profundamente personal. Creabauna imagen de sí misma que era imposible de desacreditar, sin desacreditar también los fundamentos de la fe católica. En 1631 sucedió un evento que cambió fundamentalmente la posición de Catarina en Puebla.

Una epidemia de cólera azotó la ciudad. Cientos de personas murieron. Los médicos no podían hacer nada. Los sacerdotes rezaban, pero sus oraciones parecían inútiles. La ciudad estaba en pánico y la autoridad de la iglesia estaba siendo cuestionada. El obispo Palafox, desesperado, permitió que Catarina saliera del convento para trabajar con los enfermos.

 No fue una decisión fácil, fue un acto de desesperación, una admisión de que la Iglesia institucional no tenía respuestas, que necesitaba recurrir a una mujer que poseía algo que los sacerdotes ordenados no poseían. Catarina trabajó durante semanas tocando a los enfermos, hablándoles, proporcionándoles consuelo.

 Algunos de los enfermos se recuperaron, otros murieron. Pero lo importante fue que Catarina estaba allí presente ofreciendo algo que los médicos y los sacerdotes no podían ofrecer. la presencia de alguien que entendía el sufrimiento, que no tenía miedo de la muerte, que podía mirar a los moribundos a los ojos y reconocer su humanidad.

Cuando la epidemia finalmente pasó, Catarina había adquirido un nuevo estatus. ya no era simplemente una visionaria, era una santa viviente, una mujer que había arriesgado su propia vida para cuidar a los enfermos, que había demostrado que su poder no era simplemente espiritual, sino también práctico, que podía hacer una diferencia real en el mundo.

 Pero con este nuevo estatus vino también un nuevo peligro, porque ahora Catarina era demasiado valiosa para ser simplemente mantenida en un convento. Ahora era un símbolo viviente del poder de la Iglesia, una prueba de que la institución eclesiástica podía producir verdaderas santas. Y símbolos vivientes, como Catarina estaba aprendiendo, eran símbolos que podían ser utilizados, manipulados y, finalmente, descartados.

El padre Cristóbal de la Cruz, quien había estado esperando pacientemente durante años, vio su oportunidad. Argumentó que el trabajo de Catarina durante la epidemia no era evidencia de santidad, sino de arrogancia, que había actuado sin la autorización adecuada de la Iglesia. que había asumido un rol que no le correspondía, que había en esencia usurpado la autoridad de los sacerdotes ordenados.

 Pero esta vez el obispo Palafox no permitió que el padre Cristóbal ganara, en cambio, utilizó el trabajo de Catarina durante la epidemia como justificación para elevar aún más su estatus. propuso que Catarina fuera reconocida formalmente como una visionaria de la Iglesia, que sus escritos fueran preservados como documentos espirituales importantes, que su vida fuera considerada como un ejemplo de verdadera santidad.

Lo que sucedió después fue una serie de eventos que llevaron a la canonización de Catarina, aunque no de la manera que la mayoría de la gente esperaría. No fue un proceso formal de canonización, sino más bien un reconocimiento gradual de su santidad por parte de la Iglesia y del pueblo de Puebla.

 Se escribieron biografías de ella, se recopilaron historias de sus milagros, se comenzó a venerarla como una santa, aunque oficialmente nunca fue canonizada durante su vida. Pero incluso mientras era venerada, Catarina se daba cuenta de que estaba siendo traicionada. La iglesia estaba utilizando su imagen, su historia, su existencia para sus propios propósitos.

estaban transformando su vida en una narrativa que servía a los intereses de la institución eclesiástica, no a su propia humanidad. Estaban convirtiendo su resistencia en conformidad, su poder en obediencia, su libertad en una jaula más sofisticada. Fue durante este periodo que Catarina escribió algunas de sus reflexiones más profundas en sus escritos que fueron preservados por la Iglesia.

 aunque frecuentemente malinterpretados, expresaba su comprensión de la trampa en la que se encontraba. Escribía sobre la naturaleza del poder, sobre cómo el poder que parecía liberador podía convertirse en una nueva forma de esclavitud. escribía sobre la diferencia entre ser visto y ser entendido, entre ser venerado y ser amado, entre ser santificado y ser humanizado.

 He sido transformada en un símbolo”, escribió Catarina en uno de sus textos más reveladores. “Pero un símbolo no es una persona. Un símbolo puede ser venerado, pero no puede sufrir. Un símbolo puede ser interpretado, pero no puede hablar por sí mismo. He ganado el respeto de obispos y nobles, pero he perdido el derecho a ser simplemente humana.

Estas palabras, cuando fueron descubiertas por los teólogos que estudiaban sus escritos, fueron interpretadas como evidencia de su humildad, de su comprensión de que toda santidad provenía de Dios, no de ella misma. Pero Catarina sabía que estaba diciendo algo muy diferente. Estaba diciendo que el sistema que la habíavenerado era el mismo sistema que la había esclavizado, solo que de una forma más sofisticada.

En 1635, Pedro Gómez de Ávila, el hombre que técnicamente era su dueño, murió. Catarina, que había sido técnicamente su esclava durante toda su vida, fue finalmente liberada legalmente. Pero la ironía era que su liberación legal no cambió nada. Seguía siendo prisionera del convento de Santa Inés. Seguía siendo controlada por la Iglesia.

 seguía siendo venerada y vigilada simultáneamente. Fue alrededor de esta época que Catarina comenzó a sufrir de problemas de salud graves. Desarrolló dolores crónicos, fiebres que no podían ser explicadas, una debilidad general que la consumía lentamente. Los médicos no podían hacer nada. Los sacerdotes rezaban y Catarina, la mujer que había sido venerada por su capacidad de sanar a otros, se encontraba incapaz de sanarse a sí misma.

 Pero incluso en su enfermedad, Catarina continuaba siendo utilizada por la Iglesia. Sus sufrimientos eran interpretados como sacrificio. Sus dolores eran vistos como evidencia de su santidad. Su lenta decadencia física era transformada en una narrativa de redención espiritual. La Iglesia estaba extrayendo valor incluso de su muerte.

 El padre Cristóbal de la Cruz, ahora un hombre anciano, vino a verla una última vez. Catarina estaba en cama, demasiado débil para levantarse. El padre Cristóbal se sentó a su lado y durante un momento la máscara de antagonismo que había mantenido durante años pareció caer. “¿Fue todo esto real?”, preguntó el padre Cristóbal. “Tus visiones, tus poderes, tu santidad, ¿o fue todo una construcción, una forma de escapar de tu esclavitud?” Catarina lo miró con ojos que habían visto demasiado, que habían comprendido demasiado.

Importa, respondió. Importa si fue real o si fue construido. Lo que importa es que existí, que fui visto, que dejé una marca en este mundo que no puede ser borrada sin importar cómo la Iglesia intente reinterpretarla. El padre Cristóbal no respondió, simplemente se sentó allí en silencio mientras Catarina cerraba los ojos.

 Lo que sucedió en los últimos años de la vida de Catarina fue una intensificación de la contradicción que había definido su existencia. Fue venerada más que nunca, pero también fue más controlada que nunca. Su imagen fue utilizada para fortalecer la autoridad de la iglesia, pero su voz fue silenciada. Su vida fue transformada en una narrativa de santidad, pero la verdad de su existencia, la complejidad de su resistencia, la profundidad de su lucha, fue enterrada bajo capas de interpretación religiosa. Y sin embargo,

incluso en esta situación final, Catarina había logrado algo extraordinario. Había tomado un sistema que estaba diseñado para mantenerla esclavizada. y lo había infiltrado. Había tomado las herramientas de su opresión, la religión, la fe, la espiritualidad y las había transformado en armas de resistencia. Había demostrado que el poder no era simplemente algo que se poseía, sino algo que se creaba, que se construía, que se tejía a través de la inteligencia, la observación, la comprensión de cómo funcionaban realmente las cosas. Pero el precio de

esta resistencia había sido alto. Había pagado con su libertad, con su identidad, con su humanidad. Había ganado poder, pero había perdido la capacidad de ser simplemente ella misma. Y ahora, en su lecho de muerte, se enfrentaba a la pregunta final. ¿Había valido la pena? ¿Había logrado algo real? o simplemente había sido absorbida por el sistema que intentaba resistir.

Catarina de San Juan murió el 5 de enero de 1688, a los 85 años. Su muerte fue recibida como la partida de una santa. La Iglesia organizó un funeral magnífico. Miles de personas vinieron a rendirle homenaje. Se escribieron eljías. Se recopilaron historias de sus milagros. Su cuerpo fue enterrado en el convento de Santa Inés y rápidamente comenzó el proceso de transformarla en leyenda.

Pero la verdadera historia de Catarina, la historia que México se negó a contar, no era la historia de una santa, era la historia de una mujer que había sido despojada de todo, que había sido esclavizada, que había sido transformada en propiedad y que a través de una combinación de inteligencia, observación y una comprensión profunda de cómo funcionaba el poder, había logrado crear un espacio para sí misma en un mundo que no le permitía existir.

 No fue un triunfo fácil, no fue una victoria clara, fue una resistencia silenciosa tejida en los espacios entre lo permitido y lo prohibido, entre lo visto y lo invisible. Catarina no escapó de su esclavitud, pero la transformó, la infiltró, la utilizó contra sí misma. Los escritos de Catarina, preservados por la Iglesia, revelan a una mujer que comprendía profundamente la naturaleza del poder.

 Comprendía que el poder no era simplemente algo que se poseía, sino algo que se creaba a través de la creencia.Comprendía que en un mundo donde las mujeres no tenían voz, la única forma de ser escuchada era convencer a los hombres de que tu voz venía de Dios. comprendía que la santidad era una herramienta, una forma de resistencia que podía ser utilizada por aquellos que no tenían otras opciones, pero también comprendía el costo.

 Comprendía que cada acto de resistencia la atrapaba más profundamente en el sistema que intentaba resistir. Comprendía que la veneración era una forma de control. comprendía que ser transformada en símbolo significaba dejar de ser humana. La pregunta que permanece sin respuesta. La pregunta que México nunca se atrevió a hacer es si Catarina fue realmente una santa o si fue una revolucionaria que el sistema precisó santificar para silenciarla.

 ¿Fueron sus visiones verdaderas, revelaciones divinas? ¿O fueron la creación de una mente brillante que había aprendido a usar el lenguaje de la religión como arma? La respuesta a esta pregunta amenaza los fundamentos mismos de cómo México entiende su propia historia. Lo que es cierto es que Catarina dejó un legado, no el legado que la Iglesia quería que dejara, sino un legado más profundo, más perturbador.

Dejó la evidencia de que el poder podía ser adquirido de formas inesperadas. Dejó la prueba de que una esclava podía influir sobre obispos. dejó la demostración de que la resistencia podía tomar formas que el sistema no podía anticipar completamente. Y así, Catarina de San Juan permanece en la historia de México como una figura ambigua, una mujer que fue venerada como santa, pero que fue también de alguna manera una revolucionaria silenciosa.

Su vida fue un acto de magia espiritual, pero no la magia que la Iglesia creía que era. Fue la magia de una mujer que había aprendido a transformar su propia esclavitud en poder, que había descubierto que en un mundo donde todo le había sido arrebatado, su mente era lo único que no podían quitarle. México canonizó a Catarina de San Juan, pero nunca reconoció la verdad de su existencia.

 Nunca admitió que la santidad que veneraba era también una forma de resistencia. Nunca enfrentó la pregunta incómoda que su vida planteaba. ¿Cuántos milagros necesita hacer una mujer para que finalmente la vean como humana?