La comunidad afro indígena que la colonia condenó a desaparecer 

En marzo de 1682, las autoridades de Oaxaca recibieron una orden virreinal que no dejaba lugar a dudas, disolver por la fuerza el asentamiento de San Mateo de las Castas. No importaba que allí vivieran más de 200 almas, no importaba que llevaran tres generaciones trabajando esas tierras.

 Lo que importaba era que ese pueblo no debía existir, porque en San Mateo africanos liberados e indígenas zapotecos habían hecho algo que el sistema colonial no podía tolerar. Construir una comunidad donde las leyes de castas no tenían poder. La historia de San Mateo comenzó mucho antes de aquella orden de disolución. Comenzó en 1621 cuando un hombre llamado Gaspar llegó al valle central de Oaxaca con un documento que pocos esclavizados africanos lograban conseguir, su carta de libertad.

 Gaspar había trabajado 12 años en los Ingenios Azucareros de Veracruz. Había perdido a su primera familia en la travesía desde Guinea. Había soportado el látigo, la humillación y el trabajo que mataba a hombres jóvenes antes de cumplir 30 años. Pero Gaspar había sobrevivido y cuando su amo murió sin herederos directos, el testamento redactado quizás con remordimiento tardío, le otorgó la libertad.

 Gaspar caminó hacia el interior. Evitó las ciudades grandes donde los oficiales reales pedían papeles y hacían preguntas. Buscó un lugar donde un hombre negro pudiera trabajar sin que cada día fuera un interrogatorio sobre su condición. Encontró ese lugar en las afueras de Tlacolula, en tierras que los apotecos trabajaban bajo el régimen de repartimiento.

Allí conoció a una mujer llamada María. Ella era viuda. Su esposo había muerto en las minas de Simatlán, enviado allí por un encomendero que nunca volvió a acordarse de él. María tenía un pedazo de tierra comunal y dos hijos pequeños. Gaspar tenía brazos fuertes y el conocimiento de cultivos que había aprendido en la costa se necesitaban mutuamente.

 Pero lo que comenzó como necesidad se convirtió en algo más. Se casaron ante un cura franciscano que no hizo demasiadas preguntas. En los registros parroquiales quedó escrito, Gaspar, negro libre con María, india natural. El matrimonio era legal, la iglesia lo permitía, pero el sistema colonial nunca lo vio con buenos ojos. Los años siguientes trajeron más personas como Gaspar y María.

 Llegó Antonio, mulato libre, que había trabajado como arriero y conocía las rutas comerciales entre Oaxaca y Puebla. Llegó Juana, africana de Castamina, que había comprado su libertad lavando ropa para las familias españolas de Antequera. Llegó Pedro, indígena mixe, que había huído de una hacienda donde lo trataban peor que a los animales de carga.

 Todos encontraron refugio en las tierras alrededor de lo que empezaron a llamar San Mateo. No era un pueblo reconocido oficialmente, no tenía cabildo ni iglesia propia, pero tenía familias. Y esas familias empezaron a construir algo que el sistema colonial consideraba peligroso. Una comunidad donde negros, mulatos, zambos e indígenas vivían como iguales.

Cultivaban maíz, frijol y chile. Criaban ganado menor. Algunos fabricaban petates y canastas que vendían en el mercado de Tlacolula. Otros trabajaban temporalmente en las haciendas cercanas, pero siempre regresaban a San Mateo. Las mujeres indígenas enseñaban a las africanas el tejido en telar cintura. Los hombres africanos compartían técnicas de herrería y carpintería que habían aprendido en las haciendas costeras.

 Los niños, esos niños que el sistema colonial llamaba zambos o pardos, con desprecio crecían hablando zpoteco y español. cantando canciones que mezclaban ritmos africanos con melodías indígenas. Para 1650, San Mateo tenía casi 100 habitantes, para 1670, más de 200. Y eso fue lo que encendió las alarmas en Antequera. El problema no era que existiera mestizaje.

 El mestizaje estaba en todas partes. El problema era que en San Mateo el mestizaje se había organizado. En 1671, el alcalde mayor de Tlacolula envió el primer informe oficial a la capital birreinal. El documento conservado en el Archivo General de Indias describía San Mateo como un asentamiento irregular de negros, mulatos y naturales que se han apartado de sus legítimas jurisdicciones.

El lenguaje era técnico, pero el mensaje era claro. Aquella gente no estaba donde debía estar. Los africanos liberados debían vivir en las periferias de las ciudades españolas donde pudieran ser vigilados. Los indígenas debían permanecer en sus pueblos de origen, donde el tributo podía ser recaudado y el trabajo repartido.

 Pero en San Mateo, unos y otros se habían mezclado de tal manera que las categorías del sistema de castas dejaban de funcionar. ¿Cómo cobrar tributo a un sambo que afirmaba tener derechos comunales indígenas por parte de madre? ¿Cómo reclutar trabajadores para las minas cuando los hombres de San Mateo se protegían entre sí, negándose a denunciar quién era indígena tributario y quién no? Lasautoridades intentaron primero el control administrativo.

Enviaron a un escribano para hacer un padrón. Los habitantes de San Mateo le dijeron nombres falsos. edades inventadas, orígenes contradictorios. El escribano regresó con un documento inútil. Enviaron a un recaudador de tributos. La comunidad le dijo que los africanos no tributaban y que los indígenas ya habían pagado en sus pueblos de origen.

 El recaudador regresó sin dinero. Enviaron a un cura para que celebrara misa y registrara bautizos. El cura informó que en San Mateo se celebraban ceremonias de dudosa ortodoxia, donde rezos católicos se mezclaban con invocaciones que sonaban demasiado indígenas, demasiado africanas, pero aún no habían enviado soldados. Todavía no.

 El momento decisivo llegó en 1678, cuando un encomendero llamado Rodrigo de Guzmán reclamó las tierras de San Mateo como parte de su merced. De Guzmán era un hombre de influencia. tenía contactos en la audiencia de México y había prestado dinero a varios funcionarios reales. Argumentó que las tierras que ocupaba San Mateo nunca habían sido legalmente cedidas, que aquellos pobladores eran invasores, que su asentamiento carecía de título virreinal.

 Técnicamente tenía razón. San Mateo había crecido en tierras comunales indígenas, pero nunca había obtenido reconocimiento formal como pueblo. Sus habitantes habían asumido ingenuamente que trabajar la tierra durante décadas les otorgaba algún derecho. Pero el derecho colonial no funcionaba así. Los líderes de San Mateo intentaron defenderse, reunieron dinero entre todos y contrataron a un procurador en Antequera.

Presentaron testigos que declararon que esas tierras habían sido abandonadas antes de que ellos llegaran. Argumentaron que habían pagado diezmos a la iglesia, lo cual probaba su condición de cristianos productivos. Pero el sistema ya había decidido. En enero de 1680, la real audiencia falló a favor de De Guzmán. San Mateo debía ser desalojado.

Sus habitantes debían regresar a sus jurisdicciones de origen. Las construcciones debían ser demolidas. La comunidad se negó a irse. Durante 2 años resistieron. Ignoraron las órdenes. Cuando llegaban oficiales reales, los recibían con silencio y puertas cerradas. Cuando amenazaban con usar la fuerza, advertían que defenderían sus hogares.

 Fue entonces cuando la audiencia tomó una decisión más drástica. Si San Mateo no se disolvía voluntariamente, sería borrado del mapa. En marzo de 1682, 50 soldados españoles y auxiliares indígenas tlaxcaltecas llegaron a San Mateo al amanecer. No hubo batalla. No porque los habitantes no quisieran pelear, sino porque la resistencia armada hubiera dado a las autoridades la excusa perfecta para masacrarlos.

 Los líderes de la comunidad, hombres y mujeres que habían construido ese lugar con sus manos, tomaron la decisión más dolorosa, no derramar sangre, pero tampoco facilitarían la destrucción. Los soldados comenzaron a desmantelar las casas, derribaron paredes de adobe, quemaron los techos de palma, destruyeron los corrales, pisotearon los cultivos.

 Las familias observaban en silencio, aferrando a sus hijos. Algunos intentaron llevarse sus pertenencias. Las autoridades se lo prohibieron. Dijeron que todo lo construido en tierras ilegales era propiedad de la corona. Los habitantes de San Mateo se marcharon con la ropa que llevaban puesta y poco más. A los africanos y mulatos libres se les ordenó regresar a las ciudades.

 A los indígenas se les envió de vuelta a sus pueblos tributarios originales, a los niños ambos, esos niños que no encajaban en ninguna categoría limpia del sistema de castas, se les dispersó entre parientes o se les envió a trabajar en Haciendas. En una semana, San Mateo dejó de existir, pero la historia no termina con el desalojo, porque lo que las autoridades coloniales no podían destruir eran los vínculos que aquellas familias habían formado.

 Gaspar, el mismo hombre que había fundado San Mateo 60 años atrás, murió 3 meses después del desalojo. Tenía más de 80 años. Algunos dijeron que murió de tristeza, otros, más pragmáticos, dijeron que simplemente era viejo, pero todos sabían que ver su comunidad destruida le había arrancado las ganas de seguir.

 María, su viuda, regresó al pueblo zapoteco donde había nacido, pero ya no era bienvenida. Había estado fuera demasiado tiempo. Había tenido hijos con un hombre negro. Los ancianos del pueblo la veían con desconfianza, los jóvenes la trataban como una extraña. Se instaló en la periferia del pueblo, en una choa que le permitieron construir por lástima.

 Vivió 9 años más, aislada, hablando sola en las tardes, recordando cuando San Mateo era un lugar real. Antonio, el arriero mulato, intentó establecerse en Antequera, pero las ordenanzas municipales prohibían a negros y mulatos vivir dentro de la traza española. Lo relegaron a un barrio periférico donde la violencia y la pobreza eran cotidianas.

Antonio, que en San Mateo había sido un hombre respetado, se convirtió en un don nadie vigilado por las autoridades. Juana, la africana de Castamina, fue más pragmática. Sabía que las ciudades coloniales no eran lugar para ella. Caminó hacia la costa, hacia Hamiltepec, donde había comunidades de negros y marrones. Nunca más se supo de ella. Quizás encontró un nuevo hogar, quizás no.

 Los niños tuvieron el destino más cruel. Algunos fueron separados de sus madres y enviados a trabajar como sirvientes en casas españolas. Otros fueron absorbidos por comunidades indígenas, pero siempre como extraños. Siempre recordados como el sambo, el que tiene sangre de negro. Una niña llamada Rosa, hija de padre africano y madre zapoteca, fue enviada a vivir con su abuela materna.

 La abuela la quería, pero el resto del pueblo no. A los 14 años, Rosa huyó. Nadie sabe dónde fue. Esas historias se repitieron decenas de veces. Familias que habían construido una vida común fueron esparcidas por toda la región. Vínculos de sangre, de amistad, de comunidad fueron cortados por decreto, pero algo en ellos resistió.

 Dos generaciones después del desalojo, en los registros parroquiales de varios pueblos de Oaxaca empezaron a aparecer anotaciones extrañas. En Tlacolula, Bautizo de Mateo, hijo de padre no conocido y esperanza. India Parda Enzimatlán. matrimonio entre Lucas, mulato libre y Catalina, natural de este pueblo, enjutla, entierro de domingo de Casta Zambo, que vivía en las afueras.

 Los apellidos variaban, las historias oficiales también, pero había un patrón. En los pueblos cercanos a donde había estado San Mateo, la mezcla afroindígena nunca desapareció del todo, porque las personas que habían vivido en San Mateo, aunque dispersadas, no olvidaron. Siguieron buscándose, siguieron casándose entre ellos cuando podían.

siguieron transmitiendo a sus hijos la memoria de un lugar donde negros e indígenas habían sido iguales. No pudieron reconstruir el pueblo. El sistema colonial se aseguró de eso, pero sí mantuvieron viva la idea. En 1743, un mestizo llamado Sebastián presentó una petición ante el cabildo de Tlacólula.

 pedía permiso para fundar un asentamiento en las afueras del pueblo. Su apellido era Mateo. Su abuela había nacido en San Mateo antes del desalojo. Le negaron el permiso. En 1758, un grupo de familias mulatas e indígenas intentó comprar tierras comunales cerca de Ejutla. argumentaron que tenían derecho porque sus ancestros habían trabajado esas tierras durante generaciones.

 El pleito duró 3 años, perdieron. En 1771 las autoridades de Oaxaca reportaron concentraciones irregulares de castas mezcladas en varias localidades del Valle Central. enviaron instrucciones para dispersarlas. Cada vez que un grupo de familias afroindígenas intentaba organizarse, el sistema colonial lo desmantelaba.

 San Mateo nunca resucitó, pero su fantasma siguió apareciendo durante décadas. Hoy en el valle central de Oaxaca hay pueblos donde los apellidos cuentan historias que los registros oficiales intentaron borrar. Hay familias de piel oscura que hablan zapoteco. Hay tradiciones musicales que mezclan tambores con flautas indígenas. Hay santos patronos venerados con rituales que no aparecen en ningún manual católico ortodoxo.

 Son huellas de algo que existió y que el sistema colonial intentó desaparecer, pero la memoria es más obstinada que las leyes. En 1932, un antropólogo norteamericano llamado Ralph Bills visitó la región de Tlacolula. En sus notas de campo registró una conversación con un anciano zapoteco que le habló de un pueblo viejo donde vivían los negros y los indios juntos antes de que los españoles lo quemaran. Bills no le creyó.

 Pensó que era una leyenda local sin fundamento histórico. 70 años después, en 2003, investigadores de LINA encontraron los documentos del desalojo de San Mateo en el Archivo General de Indias. El pueblo había existido, la comunidad afroindígena había existido y las autoridades coloniales habían hecho exactamente lo que el anciano zapoteco había descrito, borrarla del mapa, pero no de la memoria, porque hay verdades que el sistema colonial no pudo destruir por completo.

 Verdades que persisten en apellidos, en rasgos, en tradiciones que nadie sabe explicar del todo. San Mateo de las Castas fue condenado a desaparecer, pero nunca desapareció completamente. Y quizás esa sea la derrota más grande del sistema que intentó borrarlo. Que 200 años después de que cayera el último adobe, todavía alguien recuerde que existió un lugar donde las leyes de castas no tenían poder, donde africanos e indígenas construyeron algo juntos y donde el crimen más grande no fue lo que esa comunidad hizo, sino lo que el sistema

colonial les hizo a ellos.