La Casa Donde Una Costumbre Nocturna Nunca Fue Explicada

Hay lugares donde el tiempo no cura, solo esconde entre montes cerrados, caminos de tierra y casas que ya no tienen dueño, sobrevivieron historias que muchos intentaron enterrar. Aquí cada huella perdida, cada memoria silenciada vuelve a la superficie. Bienvenido a la morada de la bestia oculta.

 En la provincia de Lugo, Galicia, cerca del límite con Asturias, existe todavía una casa de piedra con las contraventanas clavadas desde hace más de 120 años. Los mapas antiguos la llamaban casa de arriba. Los vecinos del pueblo más cercano, San Joan Doval, la llaman de otro modo: “A casa donde non se dorme.

” Según los relatos guardados por los más viejos, nadie ha pasado una noche completa en esa propiedad desde 1886. El último intento registrado fue en 1911. Duró menos de 3 horas. La historia comienza mucho antes, en una familia que trabajaba la tierra con dignidad y termina en una oscuridad que nadie quiso volver a nombrar.

 Durante generaciones la familia Salgado vivió en esa casa. Eran campesinos modestos, propietarios de 3 hectáreas de Monte Bajo y un huerto cercado con piedras del río. Criaban ovejas, molían centeno, vivían apartados, pero no aislados. Bajaban al pueblo cada domingo para la misa. Vendían queso a los arrieros que transitaban el camino viejo hacia Lugo.

El padre Benito Salgado era hombre callado, trabajador constante. La madre Rosa Soo, conocida por sus manos hábiles en el hilado y por su voz suave cuando cantaba rezos antiguos. Tenían tres hijos, dos varones ya mozos y una niña de 11 años llamada Branca. Según los testimonios más antiguos, la familia tenía buen nombre.

 Pagaban los diezmos, ayudaban en la siega, eran gente de palabra. Nada hacía prever lo que vendría. En el otoño de 1885 comenzaron a circular rumores entre los jornaleros que trabajaban en las propiedades cercanas. Decían que en casa de arriba se oían ruidos extraños después de medianoche, voces, golpes, pasos pesados sobre la madera del piso superior.

 Un peón que vivía en una cabaña a media legua de distancia declaró años después ante el juez de paz que había escuchado cantos que no parecían de este mundo viniendo de la casa de los Salgado. Pero la declaración está incompleta. El resto de la página fue arrancado. Otro vecino más joven contó a su familia que una noche vio luz en las ventanas de arriba, cuando todos sabían que la familia dormía abajo en la cocina, como era costumbre.

 Entonces, nadie habló directamente con los Salgados sobre esto. En las aldeas gallegas de esa época ciertas cosas no se preguntaban, se observaban, se comentaban en voz baja y se evitaban. La noche del 7 de enero de 1886, algo sucedió en casa de arriba. No hay acta oficial, no hay informe del cura. Pero en el libro de defunciones de la parroquia de San Joan Doval aparece una entrada escrita con tinta más oscura, letra temblorosa.

Benito Salgado, fallecido en circunstancias no esclarecidas, enterrado sin velorio, que Dios lo acoja. La partida no menciona causa de muerte, no menciona quién lo encontró, no menciona dónde estaba el cuerpo. Según los relatos orales recogidos décadas más tarde por un estudioso de la región, el cuerpo de Benito fue hallado en el camino que sube hacia el monte a menos de 100 pasos de su propia casa.

Llevaba puesto solo el pantalón de lino y una camisa rasgada, los pies descalzos. las manos extendidas hacia delante como si hubiera intentado agarrarse a algo. Un hombre que ayudó a transportar el cadáver declaró ya anciano en 1942 que Benito tenía en el rostro una expresión que nadie quiso describir después. El entierro fue breve.

 Rosa y los niños no asistieron. Después de la muerte de Benito, la casa permaneció habitada. Rosa continuó viviendo allí con los tres hijos, pero algo había cambiado. Los vecinos dejaron de verlos en la iglesia, dejaron de bajar al pueblo. Las contraventanas permanecían cerradas incluso en días de sol. El humo de la chimenea era escaso, demasiado escaso para una familia de cuatro personas.

 Un comerciante ambulante que pasaba cada mes por la zona declaró que en dos ocasiones llamó a la puerta de casa de arriba sin recibir respuesta, pero escuchó movimiento adentro, pasos lentos, arrastrados. En marzo de ese mismo año, un pastor que cruzaba el monte al amanecer vio a uno de los hijos mayores de los Salgado caminando por el sendero.

 Descalzo con la ropa sucia mirando hacia el suelo. Cuando el pastor lo saludó, el muchacho no respondió. Siguió caminando como si no lo hubiera oído. Semanas después, ese mismo hijo desapareció. No hay registro oficial, solo el testimonio del sacerdote de la época que anotó en el margen de un cuaderno personal. La familia Salgado se reduce. Nadie pregunta.

 Fue una mujer, una viuda llamada Inés Varela, que vivía sola en una casa de piedra al otro lado del valle. Inés tenía fama de valiente. Había criado seis hijos sin marido después de que este muriera en unaccidente con el carro. Conocía las hierbas, curaba fiebres, no temía a la oscuridad ni a las habladurías. En abril de 1886, Inés decidió subir a casa de arriba.

Llevaba pan, queso y un frasco de miel. Pensaba que Rosa y los niños necesitaban ayuda. Cuando llegó, la puerta estaba entreabierta. Años después, Inés contó lo que vio a su nieta, quien lo transcribió en una carta conservada en el archivo municipal de Lugo. Dentro de la casa todo estaba en desorden.

 La mesa volcada, los platos rotos en el suelo, las mantas amontonadas contra una pared, como si alguien hubiera intentado construir una barricada. Rosa estaba sentada en el suelo, cerca de la chimenea apagada. tenía la mirada perdida. No respondió cuando Inés la llamó, solo murmuraba algo en voz baja una y otra vez.

 Inés se acercó, escuchó las palabras, decía, “Él sube todas las noches. Él sube todas las noches.” Los dos hijos que quedaban no estaban en la casa. Branca, la niña, estaba escondida debajo de una escalera que llevaba al piso superior. Temblaba, no hablaba. Inés intentó sacarla de allí. Branca gritó, se aferró a las tablas con fuerza.

 Gritaba algo que Inés no entendió del todo, algo sobre pasos en la madera y él que llama desde arriba. Inés salió de la casa, bajó al pueblo, habló con el alcalde Pedáneo, con el cura, con dos hombres de confianza. Regresaron al día siguiente. La casa estaba vacía, rosa, branca y los dos hijos. habían desaparecido. En el suelo del cuarto principal encontraron un libro viejo, encuadernado en cuero desgastado, sin título.

 Dentro había anotaciones, fechas, nombres, frases incompletas. Una de las páginas, fechada en diciembre de 1885 decía, “No debimos abrir la puerta de arriba, no debimos dejarle entrar. Ahora él conoce nuestras voces y viene cada noche. Golpea, llama, susurra nuestros nombres desde el otro lado. Otra página sin fecha contenía solo una línea.

Benito intentó cerrarla. Benito ya no está. El resto del libro estaba en blanco. El cura ordenó quemar el libro, pero uno de los hombres lo escondió. Años más tarde, su hijo lo entregó a un historiador local. El libro se conserva hoy en una colección privada en Santiago de Compostela.

 El alcalde convocó una reunión. Algunos vecinos afirmaron que todo era producto de la locura, que Rosa había perdido la razón tras la muerte de su marido, que los ruidos eran ratas, que los pasos eran viento. Otros dijeron que la familia había huído, que se habían marchado a otra provincia para escapar de la vergüenza. Un hombre mayor, ya retirado del trabajo en el campo, dijo algo distinto.

 Dijo que en esa casa había ocurrido algo parecido muchos años atrás, en tiempos de su abuelo, pero nadie recordaba los detalles. El cura prohibió hablar del asunto desde el púlpito. La casa quedó abandonada. En 1893, un arriero que venía de Asturias pidió permiso para pasar la noche en casa de arriba. desconocía la historia.

 Le dijeron que la casa estaba abandonada, pero no le contaron por qué. El hombre entró al anochecer, encendió un fuego en la chimenea, comió pan seco, se tendió en el suelo con su manta. A medianoche salió corriendo, llegó al pueblo gritando. Decía que había escuchado pasos en el piso de arriba, pesados, regulares, como si alguien caminara de un lado a otro.

 siempre en la misma dirección. Cuando dejó de escuchar los pasos, escuchó otra cosa, una voz, llamándolo por su nombre. El arriero juró que nadie en Galicia conocía su nombre. Había llegado esa misma tarde, no había hablado con nadie. Partió antes del amanecer. No volvió jamás. En 1911, un maestro rural recién llegado a la zona llamado Antón Rey decidió investigar la casa.

 Era hombre instruido, escéptico, no creía en supersticiones. Subió solo, de día, con cuaderno y lápiz. Inspeccionó cada habitación, midió los espacios, revisó las maderas, encontró nidos de pájaros, humedad, dearañas, nada fuera de lo común. Decidió quedarse hasta la noche. A las 11 de la noche anotó en su cuaderno todo en calma.

 Silencio absoluto, hipótesis confirmada, miedo irracional. A las 12:30 anotó ruido en el piso superior, probablemente una viga que se contrae con el frío. A la 1 de la madrugada anotó, “Los pasos son regulares, demasiado regulares. No encuentro explicación racional.” A la 1:15 dejó de anotar. A las 3 de la madrugada, Antón Rey salió de la casa caminando despacio con el cuaderno abierto en las manos.

 Un campesino que volvía de velar a un enfermo lo vio pasar. Dijo que el maestro tenía los ojos muy abiertos, que caminaba como quien ha visto algo que no debería haber visto. Antón Rey abandonó la región tres días después. Pidió traslado urgente, no dio explicaciones. El cuaderno quedó en manos del cura de San Joan Doval.

 La última anotación escrita con trazo tembloroso decía, “Él está arriba y sabe que estoy aquí. Hoy casa de arriba sigue en pie. Las contraventanas fueron clavadas en 1918por orden del Ayuntamiento. La puerta está cerrada con cadenas. Un cartel advierte propiedad privada. Prohibido el paso, pero no hay propietario registrado.

 Los archivos municipales indican que la propiedad pertenece a herederos desconocidos de la familia Salgado. Nadie ha reclamado la herencia, nadie ha vuelto. En las noches de invierno, algunos vecinos de San Joan Doval dicen que todavía se ve luz entre las rendijas de las contraventanas. Otros dicen que es reflejo de la luna. Un guarda forestal que patrulla la zona declaró en 2005 que una noche escuchó pasos sobre madera crujidos, regulares, lentos, pero la casa está vacía desde hace más de un siglo.

 ¿Quién camina entonces? M.